LOS AMIGOS DE LA UTOPÍA—1 Capítulo–III Sección

por Juanjo Gabiña

En el desierto de Takla Makan

III

Meng-Tzu miró su reloj con impaciencia y desde el portalón se alejó con sumo cuidado hacia el exterior de la mezquita. El viento había amainado y se sentó en el suelo apoyando su espalda contra la pared de aquel alminar. Frente a él, aparecía impresionante el prodigio natural conocido como el oasis de Tarfán. Más a lo lejos, y por detrás de aquel oasis, las dunas del desierto de Takla Makan se asemejaban a unas lenguas de color semi-rojizo que parecían señalar el camino del infierno. 

El profesor pensó que aquel era el camino que China había emprendido desde que, en 1997, Hong Kong fuese un territorio reincorporado a China dejando de ser un dominio británico y se convirtiera, junto con numerosas ciudades y regiones chinas, en la fábrica del mundo para suministrar los productos baratos que fabricaban las multinacionales en China e invertir sus ganancias en una economía consumista, apalancada y especulativa que ya no daba más de si, tras sufrir el declive de las exportaciones y una fuerte contracción del consumo interno. 

En efecto, China se había convertido en la principal fábrica del mundo. Se trataba de un conglomerado de empresas industriales que ocupaba un vasto territorio de casi 10 millones de km2 perfectamente organizado en gigantescas áreas industriales. En el año 2025, contaba con más de 107 millones de empresas que se distribuían en tres grandes zonas industriales que aglutinaban cerca del 80% de las fábricas chinas. 

Estas macro áreas industriales respondían a una estrategia geopolítica y económica del gobierno chino orientada a la optimización de los recursos y a la organización del espacio disponible. Cuestiones como las rutas de transporte (aprovechando tanto los puertos marítimos como fluviales de los grandes ríos), el acceso a las materias primas y el establecimiento de áreas económicas especiales (régimen fiscal especial, costes laborales más bajos o facilidades a la constitución de sociedades) habían potenciado el nacimiento de estas tres grandes áreas industriales, entre las que se encontraban las siguientes.

1.- Área industrial del Delta del río Yangtze.

En torno a una de las mayores megalópolis de China, Shanghai se concentraba una importante área industrial que aglutinaba a otras importantes ciudades como Nanjing, Suzhou, Hangzhou, Ningbo o Xuzhou. Dos puertos —Shanghai y Ningbo—, cuatros aeropuertos —Shanghai, Ningbo, Nanjing y Hangzhou— y siete grandes líneas de ferrocarril que dotaban al Área Económica del Delta del Río Yangtze de las infraestructuras necesarias para la gestión de una zona geográfica con más de 135 millones de habitantes.

Esta área industrial se caracterizaba por la fabricación de productos como muebles, cristal, electrodomésticos, artículos para el hogar, materiales de construcción, vehículos a motor, bicicletas, manufacturas de metal, etc. Eran empresas cuyas fabricaciones eran de bajo coste con niveles de calidad relativamente bajos 

2.- Área industrial del Delta del río Guangdong

Situada en el Sur de China, en la provincia de Guangdong. La zona comercial del Delta del Río Perla engloba un área de cerca de 7.000 km2 y una población de algo más de 45 millones de habitantes. Sus ciudades más importantes eran Guangzhou y Shenzhen, aunque también se encontraban importantes núcleos de fabricación en Foshan o Dongguan y constituían la puerta de entrada a la puerta a núcleos como Hong Kong o Macao.

Se caracteriza por la fabricación de: electrónica, iluminación, textil, productos para la construcción, calzado, juguetes, etc. Sus productos eran de altos estándares de calidad y gracias a la tradición exportadora de sus fábricas, estaban más acostumbradas a trabajar con empresas de todo el mundo. sin embargo, con el tsunami tecnológico de la 4ª Revolución Industrial se volvieron menos competitivas que las empresas occidentales, mucho más robotizadas y digitalizadas, como amplias aplicaciones debidas a la IA.

3.- Área industrial de la Bahía de Bohai

Situada en el norte del país se conoce con este nombre por aglutinar las principales áreas que rodean el mar de Bohai. Allí se encuentran ciudades muy importantes como Beijing o Qingdao. Y engloba a provincias de gran tradición productiva como Shandong, Hebei, Tianjin o Liaoning.

En esta zona es donde se ubica la industria pesada de China  —siderometalúrgica, petroquímicas, aviación, astilleros o automoción— La influencia de la capital china, Beijing, también se deja notar en el desarrollo de una industria consolidada en sectores como el software, I+D, aeroespacial, etc.

Esta área industrial posee una alta capacidad de producción, así como una desarrollada infraestructura productiva y logística. Sus puntos más débiles, la alta concentración de producción para satisfacer la demanda interna.

Existían otras áreas industriales en constante desarrollo, como por ejemplo en el Oeste de China (provincias como Gansu, Guizhou, Qinghia, Shaanxi, Sichuan o Yunnan) que poco a poco iban adquiriendo una mayor relevancia en la medida que se mejoraban las infraestructuras de la zona. Representaban grandes áreas de terreno, tradicionalmente agrarias, que se habían visto beneficiadas por el crecimiento imparable de la producción en la primera potencia mundial por volumen de producción, por delante, incluso, de Estados Unidos que en 2.013 dejaba su cetro en manos de la imparable China. Sin embargo, la revolución tecnológica de la Industria 4.0, paró en seco estos desarrollos y las máquinas inteligentes empezaron a sustituir a los trabajadores en las fábricas, comercios y servicios. Entonces empezó el declive de China

Por el contrario, tras el recrudecimiento de la crisis en el año 2018, primero fue Estados Unidos y, años más tarde, lo hizo la Unión Europa que elevaron sus aranceles e, incluso, cerraron las fronteras a algunas de sus exportaciones y, sin esos dos importantes mercados,  las exportaciones de este país oriental cayeron en picado. China buscó su salida a la crisis mundial en base a un neo imperialismo. La invasión de Taiwan y el bombardeo de Taipé, durante la primavera del año 2026, habían puesto gravemente en peligro la paz mundial. 

En aquellos momentos tan tensos, a nivel mundial, faltó muy poco para que Japón y Estados Unidos llegaran a declarar la guerra a China. Fue un pulso muy tenso entre gallos de pelea. Ningún país quería llegar a un conflicto nuclear, aunque todos los arsenales, repletos de cabezas nucleares, estuvieran, durante varios meses, en estado de máxima alerta, esperando que alguien, ante las amenazas, no se echara atrás. China fingió que las amenazas no le inmutaban y continuó con la ocupación de Taiwan. Los Estados Unidos protestaron enérgicamente, y hasta desplazaron algunas tropas al lugar de las operaciones, pero, al cabo de unas semanas, se tuvieron que replegar ante el poco apoyo, incluso moral, que recibieron por parte de sus aliados europeos de la OTAN. 

Tal como la mayoría de los expertos esperaban, fueron Rusia y la Unión Europea quienes más contribuyeron a que el conflicto se enfriase. También lo hicieron los propios taiwaneses que desde hace tiempo gozaban de grandes privilegios en sus actividades dentro de la China continental y que prefirieron no protestar en exceso, a fin de evitar males mayores. 

A decir verdad, la mayor repercusión se produjo en el interior de los Estados Unidos. La autoridad del Presidente norteamericano quedó en entredicho, así como el liderazgo mundial de aquel País. Todo el mundo hablaba de la amenaza de un tercer golpe de estado. Desde hacía tiempo, se sabía, más o menos, que un gran número de militares, empresarios y políticos estadounidenses estaban preparando un golpe que permitiese la implantación de un sistema dictatorial. Sólo eran rumores porque los medios de comunicación preferían huir hacia delante, silenciando dichas noticias. Querían confiar en los resortes de la democracia americana. En definitiva, todos querían que se produjese el milagro y que aquella situación de inseguridad que ponía en peligro la democracia no fuera más que un mal sueño. Tan sólo la opinión de los más optimistas prevalecía. Los llamados realistas eran confundidos con los pesimistas históricos e, incluso, en muchos foros eran despreciados por su alarmismo. Los múltiples debates que el profesor chino tuvo ocasión de presenciar así lo atestiguaban.

Meng-Tzu se dio cuenta entonces de que, de nuevo, sus pensamientos se estaban escorando hacia el lado de la amargura. Sentía unas sensaciones desagradables que le abatían el ánimo, sobre todo, en aquellos momentos de tan larga espera que también le estaban atormentando. Por eso, para evitar esa desagradable sensación de abatimiento, comenzó a pensar en otros temas menos deprimentes y recordó, esta vez  queriendo, la cara y las expresiones de su amigo canadiense. 

El chino había conocido a Mikel Pierre Garmendia, hacía muchos años, en San Francisco, cuando viajó a los Estados Unidos, por primera vez. Fueron unos meses antes de que Garmendia partiera hacia el Planeta Staezer. Fue, pocas semanas después de que se produjera el fatal accidente mortal que acabó con la vida de la que fuera su novia. Por aquellas fechas de finales del siglo XX, los dos estaban hospedados en el mismo hotel de aquella ciudad californiana. Cada uno de ellos tenía una motivación y un destino diferentes. Mientras que al canadiense, una vez transcurrido aquel largo fin de semana, le esperaban en Stanford para compartir un premio sobre robótica con otro investigador americano de aquella universidad, el chino era aguardado en los Laboratorios de Investigaciones Marinas de La Jolla, para empezar a cooperar en un programa internacional de acuacultura aplicada sobre temas relativos a producciones masivas y sobre el control de enfermedades de las especies piscícolas. 

De manera coincidente, en aquel fin de semana, tanto Meng-Tzu como Mikel Pierre Garmendia habían decidido disfrutar de las bellezas de la Ciudad de San Francisco. Quiso también el azar y la casualidad, que sus destinos se cruzaran allí, en aquella populosa ciudad, para comenzar a caminar juntos, desde entonces.

La sonrisa de Meng-Tzu se amplió, sobremanera, cuando, en su mente, se hicieron nítidas las imágenes de aquel providencial encuentro. El canadiense era muchísimo más despistado que él, que tenía, ya por entonces, una bien ganada fama de serlo. Estirando todavía más los rasgos lineales de sus oblicuos ojos, la figura de un joven occidental apareció con claridad en sus registros mentales. Meng-Tzu sintió entonces, recordando de nuevo, cómo alguien pegaba en la puerta de su habitación, de aquel hotel situado en Powell Street, junto a una de las estaciones de los famosos “cable cars” de San Francisco.

— ¡Ya voy!. ¡Un momento, por favor!, en seguida le abro la puerta —exclamó el joven Meng-Tzu que justo, justo había tenido tiempo de orinar en el cuarto de baño de su recién estrenada habitación.

Cuando la abrió, se encontró con unos furibundos ojos azulados que le miraban inquisitoriamente. Eran los ojos del mismo joven que había coincidido con él en la recepción del hotel, a la hora de formalizar el registro y de recibir, cada uno, las llaves de su correspondiente habitación adjudicada. Aquellos ojos del intruso intentaban, sin ningún tipo de disimulo, otear todo lo que se encontraba dentro de la habitación y miraban por detrás de la entreabierta puerta que Meng-Tzu había dejado.

— ¡Lo siento! — exclamó el también joven Mikel Pierre, con una voz que denotaba, sin apenas disimulo, que se encontraba muy enojado— creo que usted se ha llevado mi maleta, por equivocación…

Para entenderse, no hubo ninguna necesidad de terminar aquella frase porque tanto Meng-Tzu como Garmendia se abalanzaron sobre una maleta grande y de color verde que se encontraba junto a una de las camas de la habitación. Debieron de realizar este ejercicio con mucho ímpetu porque, sin querer y víctimas de la inercia que impulsaron sus cuerpos, los dos jóvenes tropezaron el uno contra el otro, perdieron el equilibrio y se dieron de bruces contra el suelo. La situación era ridícula. Era el efecto que producía el ver a ambos muchachos tumbados en el suelo, junto a una maleta verde totalmente erguida y altanera, y que parecía preguntar quién de los dos sería su dueño y, por tanto, merecedor de  hacerse con ella. Se formó entonces un gran silencio y los ojos de los dos muchachos se encontraron frente a frente. Había una pregunta que se sostenía flotando en el aire. Pero la respuesta no debía saberla nadie puesto que lo único que se escuchó en aquel momento y en aquella habitación, fueron unas risas provenientes de las sanas gargantas de aquellos jóvenes. Al final, y queriendo romper con aquella pintoresca situación, fue el oriental quien primero se puso en pie, ofreciendo una mano tendida al canadiense en señal de amistad y ayudándole, al mismo tiempo, a levantarse.

— ¡Lo siento!, me parece que usted tenía razón. Esa no es mi maleta. Se han confundido al traérmela — exclamó hablando despacio Meng-Tzu como queriendo disculparse para añadir, de inmediato, mientras le alargaba al otro joven de nuevo la mano— me llamo Meng-Tzu…

—…y eres chino de China —concluyó aquella frase Mikel Pierre, estrechándole la mano ofrecida, para agregar entre risas— yo me llamo Mikel Pierre Garmendia y soy canadiense descendiente de abuelos vascos.

— ¿De los que juegan a basket, a baloncesto?

— ¡No!. ¡Vasco o baskón no viene de basket!. Eran baskones de Baskonia, del País Vasco francés.

— País Vasco…¿Donde está ese país? —preguntó el joven chino, contrariado por parecerle quizás inculto y maleducado a su interlocutor.

—¡Puf, es muy difícil de explicar. Mis abuelos eran europeos que nacieron en Baskonia o Gascuña, mis padres canadienses de Terranova y yo provengo de Montreal, Quebec, que, a su vez, es una Provincia de Canadá.

— ¿Así que eres de origen europeo pero nacido en Canadá y ahora estás conmigo en San Francisco, Estados Unidos? —Meng-Tzu intentaba adivinar la posición geográfica de Baskonia, recordando sus conocimientos sobre el tema. Sabía donde se encontraba el Golfo de Gascuña o de Bizkaia pero no recordaba que allí existiera ningún país europeo situado con ese nombre.

— Ni lo encontrarás en el mapa nunca porque no se ponen de acuerdo sobre el nombre que el territorio debería tener siquiera —apuntó Garmendia sin mucho convencimiento de que ese explicación valiera para que el chino lo entendiera.

— Es decir que es un país que tiene cien nombres y cada uno reniega del nombre que él otro le pone con lo que resulta muy difícil adquirir unas señas de identidad y un sentido de pertenencia que sea parecido —Meng-Tzu hizo el gesto característico de quien recuerda con sorpresa agradable que, a pesar de conocer bien la historia y la geografía mundial, todavía había países desconocidos para él y se echó a reír, mostrando más que nunca su amplia y bien cuidada dentadura blanca.

— ¡Sí, es algo parecido! Según decía mi abuelo, Baskonia era como una extraña raíz que nunca permitía que su savia alimentara el tallo, las ramas y las hojas. Lo que hubiera permitido hacer crecer a la planta y dar buenos frutos. De este modo, como ocurrió con Sócrates en la antigua Grecia, a las personas que más aportaban, los condenaban al ostracismo social. Por eso, las personas más inteligentes, por ser más críticas, nunca fueron tenidas en cuenta en la construcción de Baskonia, empobreciendo de este modo su propio futuro —asintió con cierta ironía el canadiense.

Dos horas más tarde, los dos amigos se encontraban cenando juntos, en un restaurante chino del famoso Chinatown de San Francisco. Ambos compartían la alegría de vivir, de sentir que, siendo hombres jóvenes, tendrían toda la vida por delante para aprender. También se confesaron la mutua afición que sentían por los platos de pescado y, aunque cada cual desconocía la cocina del otro, acordaron, por amistad, que tanto la cocina quebequense de los Garmendia como la china eran, en ese aspecto, insuperables, si bien, para Garmendia, aquellos sabores de la cocina china le parecían más fuertes y picantes que a los que él estaba acostumbrado.

A decir verdad, aunque no era la primera vez que Mikel Pierre comía en un restaurante chino, nunca había probado platos como el primero que les sacaron, para hacer boca. Se trataba de la holoturia, una especie de plato de babosas de mar mezcladas con unas verduras que tenían un tremendo sabor a algas. Al principio, le pareció que aquel sabor a yodo era demasiado fuerte para él e, incluso, un tanto repugnante. Por un momento, tuvo miedo de que su ingestión le produjese unas incontenibles ganas de vomitar.

— ¿Te gusta? —preguntó divertido Meng-Tzu, viendo la cara de asco que ponía su amigo canadiense.

— Si quieres que te sea sincero no lo sé —respondió Mikel Pierre que nunca había probado un manjar tan extraño como aquel y que, durante todo el tiempo, había estado haciendo fuerzas para dominar los impulsos expelentes de su estómago.

— Te acostumbrarás con el tiempo y, entonces, te convertirás en un hombre culto —añadió sin inmutarse mientras comía su ración, disfrutando de aquellos sabores que a él, como chino, le parecían tan familiares y tan extremadamente suculentos. 

Garmendia no contestó y, herido en su amor propio, siguió engullendo todo lo que sus palillos acertaban a atrapar. Lo hacía con mucho empeño y se esforzaba para no parecer descortés. Nunca, hasta entonces, cuando alguna vez había indicado que un plato de comida no le agradaba, le habían tratado como si fuera un bárbaro inculto. Sabía que los chinos se consideraban las criaturas más refinadas del mundo en el arte de comer, por mucho que su amigo hubiese aceptado que la cocina quebequense también era sabrosa. Seguramente, pensó con acierto, no habría oído nunca hablar de ella y habría asentido sólo por educación. Mikel Pierre se sintió avergonzado de su alta presunción. ¿Cómo se había podido atrever a hablarle a un chino de lo que era la cocina quebequense?, ¿Cómo había podido osar a decírselo a alguien que se considera, desde que nace, que es integrante del pueblo que cuenta con las más viejas y mayores tradiciones de la Tierra y que, a su vez, considera que dichas tradiciones son las más cultas y refinadas del mundo?. 

La verdad es que no había muchas respuestas, pero el canadiense prefirió olvidarlas todas y ocuparse, exclusivamente, en darle la vuelta a aquella situación que resultaba tan embarazosa para él. Su pueblo no tendría unos orígenes tan antiguos como el chino. Comparada con China, la Provincia de Quebec sería, en habitantes, un pueblo pequeño pero con igual dignidad que el chino, ¡Por supuesto!. Mikel Pierre siempre se había crecido ante las dificultades y, aunque tuviera la sensación de que Meng-Tzu le consideraba un blanco inculto y atrasado, había ya decidido sorprenderle en su terreno y demostrarle que también él era capaz de apreciar los sabores de la comida más exquisita del mundo. Aquella experiencia podría ser tan sólo buena o, por el contrario, demoledora. Meng-Tzu pensó que todo dependería de su voluntad y de sus dotes gastronómicas. 

El canadiense era consciente de que sus dotes consistentes en su afición a los buenos manjares, que no dudaba que tenía, serían sus mejores armas. Por eso, se entretuvo observando a Meng-Tzu y estudiando los gestos que ponía al comer aquel plato y que hacía con tanta devoción. Garmendia empezó a imitarle y comprobó que a cada bocado de más, que introducía en su boca, su mezcla con los jugos salivares le proporcionaban un mayor placer. Las papilas gustativas aprendían de prisa, se dijo para sí. Pronto se convenció de que también, algún día no muy lejano, aprendería a dominar aquellos sabores con tanta soltura como su amigo chino. 

Mikel Pierre pensó que aquella primera batalla gastronómica aunque no fuera ganada, tampoco la había perdido. El canadiense se prometió que, al día siguiente, le invitaría a comer a un restaurante quebequense cuya dirección había obtenido en el hotel. Aquella noche, el partido se estaba jugando en terreno contrario. Otro día sería en el suyo y Mikel Pierre sonrió acordándose de otros platos gastronómicos como los frijoles al horno (fèves au lard) y el “poutine” que es un alimento popular de la provincia canadiense de Quebec. El nombre significa “desorden” en francés, y  es un alimento popular de la provincia canadiense de habla francesa de Quebec. El nombre significa “desorden” en francés, y está elaborado con patatas fritas, queso en grano fresco y salsa de carne caliente, que funde el queso y ablanda las patatas. Es un plato muy sabroso. Lo malo es que tiene muchas calorías,  con un alto índice de colesterol y de grasas. 

Mikel Pierre se imaginaba la cara de asco que pondría Meng-Tzu al probarlos. Por lo tanto, en consecuencia con lo que estaba pensando, se esforzó en no hacer esa vez el ridículo y quedar bien frente al chino. Mientras tanto, se adiestraba como podía, y más lentamente de lo que hubiera deseado, en el arte de los palillos. Por deferencia con su acompañante y por tratarse de un restaurante chino, el canadiense rechazó elegir otros platos y prefirió que fuera Meng-Tzu quien ordenase el resto del menú. Una sopa de nido de golondrina, aletas de tiburón o “yuchi” y un carpa agridulce fue el menú que aprobaron. Cuando el camarero se retiró, Meng-Tzu le agradeció a Mikel Pierre Garmendia el detalle:

— Xiaoxiao! Podríamos haber elegido otros platos pero he preferido obsequiarte con un menú típico y propio de mi país natal pues has de saber que yo soy de originario de Shandong. Para ti, todos los chinos debemos ser iguales cuando no es el caso. Shandong en una región situada al nordeste de China, al sur de Beijing y es una región bañada por el Océano Pacífico y de la que yo estoy muy orgulloso de pertenecer y de haber heredado sus tradiciones, puesto que, Shandong, ha proporcionado a la cultura china, los más grandes filósofos que jamás han existido en Oriente.

Mikel Pierre era obstinadamente curioso. Desde niño, siempre le había gustado aprender cosas nuevas atendiendo las conversaciones que escuchaba de los mayores. Con un gesto, le indicó a su amigo que estaba interesado en lo que estaba contando y que, por favor, prosiguiera con la narración iniciada. Meng-Tzu sonrió de nuevo al ver que Mikel Pierre perdía un poco la paciencia, intentando que sus palillos atrapasen un travieso trozo de “yuchi” y prosiguió:

— Mi nombre, como ya sabes, es Meng-Tzu o Meng-Tse, según el dialecto chino—continuó con agrado el joven chino— pero has de saber que no he sido el único que he llevado dicho nombre a lo largo de la historia. Hace casi 2.400 años nació un filósofo llamado Meng K’O, que vosotros habéis llegado a conocer a través de su nombre latinizado como Mencio. Pertenecía a una noble familia, la familia Meng de la cual yo también procedo, y fue educado por Tzu-Ssu, un nieto del que fuera el padre de los filósofos chinos, K´ung-Tzu o K’ung-Fu-Tzu, que seguramente conocerás como Confucio. “Tse” o “Tzu” en chino-mandarín significa “maestro”, aunque dándole otro tono también significaría “casa”. En mi caso es maestro o profesor y eso es precisamente lo que yo soy.

— ¿Me quieres decir que tu desciendes de ese Mencio que fue discípulo y seguidor de Confucio? —Mikel Pierre al que siempre le habían entusiasmado las historias más extrañas, no salía de su asombro.

— ¿Me alegro que hayas oído hablar de ambos. Precisamente yo nací en Tai’an, a pocos kilómetros de Qu-Fu, el pueblo donde naciera el gran maestro Confucio.

—¿Y qué hizo tu antepasado Mencio o el Meng-Tzu que tú pronuncias?— replicó intrigado el joven quebequense.

— Pues hizo algo parecido a lo que yo pretendo hacer con mi vida, a pesar de mi profesión de oceanólogo. Me gustaría ser como lo que él fue, un filósofo del pueblo. Mencio pretendía que las gentes pudieran alcanzar tanto la felicidad material como la espiritual. Como lo hiciera vuestro Rousseau en Occidente, casi dos milenios después, Mencio ya pensaba que el hombre esencialmente era bueno y que las personas eran lo más importante de cualquier nación. Para él los gobernantes deberían siempre estar al servicio de la gente para procurarles el alcance de la felicidad. Los mandatarios de cualquier país son los primeros que deben dar ejemplo, deben dotarse también de una fuerte autoridad moral, en lugar de recurrir a las intrigas y a la fuerza para gobernar a sus súbditos.

— ¡Qué curioso! Yo también pienso así —comentó entusiasmado Garmendia.

— ¿Eres acaso católico?— preguntó Meng-Tzu cambiando inexplicablemente el sentido de la conversación.

— No, no tengo ninguna religión aunque no te negaré que creo en Dios a mi manera. De todos modos te diré que nací en el seno del catolicismo…pero no soy católico. Personalmente creo que pesan demasiado las razones de estado en la Iglesia católica como para que me atraiga. Tampoco me creo que la Biblia sea una verdad de revelación divina como para creerme que Jesucristo es Hijo de Dios.

— A mí, sin embargo, me atraen los católicos. Lo que predican de amor al prójimo, en especial a los más pobres, y de entrega los demás tiene mucho gancho y atractivo. Sé que cometieron muchos errores y que casi siempre estuvieron con el poder pero desde hace unos años, quizás debido a que se les escapaban los fieles, han cambiado y mucho. El Papa Juan XXIII era un hombre muy santo al que le tengo mucha estima y devoción. Leí mucho sobre él. Este Papa fue un revolucionario. Él buscaba la paz y animaba a luchar contra la pobreza y las desigualdades. Perseguía que se respetara, ante todo, la dignidad de las personas. Siempre hablaba a favor de las personas humildes y de los países del Tercer Mundo. Juan XXIII amaba a los pobres tal como nos dijo Mencio que lo hiciéramos nosotros. En este sentido, el discurso de los cristianos es el mismo que tenía mi pueblo hasta no hace muchos siglos. 

  • Judíos, musulmanes o cristianos. Todos en teoría dicen prácticamente lo mismo —atajó Mikel Pierre matizando
  • ¿Lo mismo? —preguntó sorprendido el chino

Lo mismo no, pero, según algunos que entienden, las religiones del Libro son bastante parecidas. Me refiero al Tanaj o a la Biblia como quieras llamar al Libro. Yo soy agnóstico y la que fue mi novia era israelí y de religión judía —fue la lacónica respuesta del canadiense que añadió —El judaísmo, en especial el Reformismo, me cae bien por haber actualizado los principios y valores que trasmite y porque carece de dogmas de fe, pero, admito que todas las religiones y sus diferentes sectas son capaces de hacer de un hombre culto y sabio un perfecto idiota fanático. Sobre todo, mientras sigan siendo tan intransigentes entre ellas. En ese sentido, ni el Papa ni la Iglesia Católica, ni el Rabanut me satisfacen. Son los negocios de la fe que defienden sus intereses creados y han olvidado el verdadero mensaje de amor, de ayuda mutua y de solidaridad social. 

— Para mí —añadió  Mikel Pierre con cierta vehemencia— lo peor es cuando estas corrientes religiosas se convierten en partidos políticos. Es cuando pierden toda su credibilidad y nos demuestran claramente que las religiones son un instrumento de control y dominación para mantener el poder en torno a una casta dominante. Considero que el Cristianismo fue una invención de la Secta de los Esenios y que el Judaísmo fue otra invención que se desarrolló en los tiempos de Josías, rey de Judá, pero sé que detrás de estás invenciones hay algo más. Soy como un creyente sin fe que no se cree eso de que el universo es fruto del azar. Sería como creer en un dios que juega a los dados con su creación. Algo que me parece que es tan infantil como estúpido.

Meng-Tzu lo entendió y asintió con la mirada. Se dio cuenta que estaba hablando de lo que no sabía. Por ello, no quiso seguir con el mismo tema y prosiguió narrando.

— Recuerda lo que Marco Polo contaba en su libro acerca del viaje que efectuó a China. La historia cuenta que, sobre todo, visitó Shandong. A mi parecer, los occidentales que más me atraen son los que le dan un sentido humano a la vida. Ellos hablan como otro hombre católico, del que he leído algo, y que también nos visitó siglos atrás; debió venir desde Portugal; vivió en la India, luego marchó a Japón y, finalmente, murió en nuestra China, hace casi quinientos años —Mikel Pierre alzó las cejas esperando que Meng-Tzu le aclarase de quién estaba hablando— quizás tú lo conozcas. Se llamaba Francisco de Xavier.

Cuando oyó aquel nombre, el canadiense casi saltó de la silla.

— ¡No lo voy a conocer! Realice mis estudios de ingeniería en la Universidad Concordia de Montreal y algunos de mis profesores fueron jesuitas. Por eso sé que él era baskón, como también lo era mi abuelo!. Francisco de Xavier se llamaba Francisco Jaso Azpilikueta y nació en Xavier, un pueblo de Navarra, la Baskonia central. Mi abuelo, desde su infancia, había mamado la misma cultura y se había expresado en la misma lengua: el idioma vasco, el euskara.

Meng-Tzu dibujó una amplia sonrisa que se transformó, poco a poco, en una sonora carcajada.

— ¡Mencio y Francisco de Xavier!, unidos a través del destino y de los tiempos a través de los corazones de Mikel Pierre Garmendia y Meng-Tzu. Mis dos grandes filósofos del amor se encuentran en San Francisco a través de sus descendientes. ¡Es increíble!. Yo no soy tampoco religioso pero, por lógica, algo he de creer en Dios, porque es muy difícil explicarse este mundo sin su ayuda. Personalmente prefiero a los filósofos. Tanto Confucio como Lao-Tse y Mencio, como vuestro Platón y Aristóteles, aunque no pasaron de ser unos buenos filósofos siempre intentaron buscar la verdad. 

Men-Tzu se detuvo entonces para beber un trago de agua. A continuación, ante la mirada atenta del canadiense, prosiguió, alzando aún más la voz.

—Ya sé que casi todas las religiones se basan en normas y preceptos. ¡No hagas…!, ¡Haz esto…!. En mi fuero interno sé positivamente que nunca he sido ateo, ni agnóstico y , mucho menos, después de haber tenido la oportunidad de hablar con el staezerino Urbión sobre estos temas tan metafísicos. Confucio solía decir que si uno apenas sabe de la vida y del cuerpo humano menos tendría que saber de la muerte y de los espíritus. Lo malo es que nosotros, sí sabemos mucho de la vida y del cuerpo humano y, por tanto, nos tenemos excusa para no ocuparnos también de la metafísica. Yo también, aunque pretendo ser muy respetuoso con la religiones no puedo evitar el ser crítico con aquellas que aíslan a sus fieles o seguidores del resto del mundo y predican, por consiguiente, la irresponsabilidad social, de manera generalizada. Particularmente, coincido con los confucianos cuando critican a los budistas su falta de compromiso con la especie humana, al centrarse en ellos mismos y dejarse dominar tan sólo por lo que significa los hitos del nacimiento y de la muerte. A nosotros, los chinos, nos faltó la supuesta revelación directa de Dios que a vosotros, presumiblemente, os llegó, directamente, a través del Tanaj, Micrá, o la Biblia.

— ¡Perdona! No fue tan directamente puesto que los baskones no fueron evangelizados hasta casi los siglos IX y X —le interrumpió Mikel Pierre— A pesar de ello, te admito que su cultura es una mezcla de la cultura judía y de la cultura griega, a través del filtro de la cultura romana y con algunas raíces propias autóctonas. Pero recuerda también que el cristianismo vino desde Israel y que, desde Israel, se llega antes a las fronteras de China que a las de Baskonia. Además, a vosotros os llegó antes el mensaje del cristianismo que a nosotros. En el siglo I, Santo Tomás estuvo predicando en la India y a vuestros antepasados os llegó el cristianismo poco después a través de los seguidores de Nestorio.

— ¡Perdóname tú a mí, Mikel Pierre! —añadió Meng-Tzu— me alegro que seas una persona tan culta con la que se puede conversar de tú a tú. Es una lección que hoy he aprendido y que no olvidaré en adelante, cuando hable con occidentales. Te había subestimado. A veces los chinos solemos ser demasiado orgullosos y tendemos a ser maniqueos, como vosotros decís. Lo que no es nuestro lo consideramos de los demás y viceversa. También te confesaré, y esto es algo que critico de mis compatriotas, que consideramos, equivocadamente, que el mundo se divide en China y el resto. Pienso que deben ser los efectos de los conceptos opuestos del Yin y del Yang que tan arraigados están en nuestro pueblo y en nuestra cultura.

— ¡Bueno! —concluyó el canadiense, intentado quitar hierro al asunto— creo que no sólo es propio de los chinos el considerarse el ombligo del mundo. En muchos pequeños países, también hay quién se lo cree y peca de lo mismo que muchos chinos. Vosotros tenéis una cultura milenaria que siempre levantó expectación entre los pensadores occidentales. Ahí tienes a Leibniz y al propio Voltaire que no hicieron, en su tiempo, más que alabanzas de vuestra cultura, filosofía y organización política. Es natural que cada pueblo se sienta orgulloso de su pasado. Lo malo es cuando ese pueblo se duerme en los laureles del pasado y no lucha ni se esfuerza para estar orgulloso también de su futuro. Pretende vivir de rentas y, al final, sus decadentes tendencias prolongadas le conducen a su propia muerte. Yo creo firmemente que el futuro se escribe en clave mundial y que, lo mismo que no hay más raza que la humana, tampoco hay más futuro que el que se deriva de vivir todos juntos el mismo proceso histórico 

Meng-Tzu cerró los ojos y asintió con la cabeza. El también compartía dichos pensamientos y presentía que la amistad que había nacido, entre los dos, aquel día, duraría toda la vida. Mikel Pierre estaba seguro de que ambos acabarían luchando juntos, codo a codo, por los mismos ideales, como así se demostraría con el paso del tiempo y todo ello, gracias a los staezerinos o habitantes del planeta Staezer. 

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