LOS AMIGOS DE LA UTOPÍA—1 Capítulo–I Sección

por Juanjo Gabiña

CAPITULO 1

En el desierto de Takla Makan

I

Meng-Tzu se había refugiado en el interior de la mezquita de Suleiman de la ciudad de Turfan para protegerse del fuerte viento del desierto que amenazaba con dejarle durante un tiempo, ciego o ahogarle con la arena que arrastraba a su paso. Varias veces había sentido miedo de que el chorro de arena, que se mezclaba en remolinos con el aire, pudiera penetrar por su boca y llegara a taponarle la tráquea. Cuando, por fin, hubo accedido al interior de aquel edificio tan singular fue cuando, de verdad, se sintió tranquilo. Junto a aquella mezquita solamente destacaba la eterna torre exterior. Un alminar al que los naturales denominaban Alminar Imin o Sungongta. Ese día, el erguido y antiguo alminar parecía osar o hacer frente a la furia desatada por la tormenta de arena de aquel desierto, conocido también como el desierto de Takla Makan. 

Durante más de cuatro horas, aquel hombre solitario permaneció solo en el interior de la mezquita, esperando la llegada de otra persona. Tras haber sido acompañado hasta allí por su anterior guía de contacto, Meng-Tzu se quedó solo en aquel perdido lugar. Un lugar tanto en el tiempo como en el espacio. Allí era donde debía aguardar a su nuevo contacto. Una persona cuyo nombre y características incluso se las ocultaron por seguridad. Sólo sabía que se trataba de un hombre que a él sí le conocía y que, cuando se encontraran en aquel inhóspito edificio, éste le llamaría por su nombre. Desgraciadamente, toda esa escasa información, no impedían que el chino desconociera quién sería su nuevo guía y ello le provocaba una cierta ansiedad que, hasta cierto punto, le disgustaba. Meng-Tzu sabía que los peligros que le acechaban eran grandes y, por eso, aguardaba receloso y medio-escondido detrás de un armario pues sabía perfectamente que se encontraba en un territorio hostil. Su reloj biométrico, detector de presencia humana, no emitía ninguna señal.

De cualquier modo, cada vez que oía un ruido extraño, aunque fuera  el choque de la arena y las piedras empujadas por el viento contra las puertas y ventanas de aquel desapacible lugar donde el desierto hacia años que se había apoderado del entorno, se levantaba y observaba la gran sala provisto de sus gafas de visión nocturna. De igual modo, cuando oía un ruido que pareciera el abrirse de una puerta, el chino de la etnia Han se levantaba desde su escondite y echaba mano de la pistola que llevaba. Meng-Tzu era consciente de que, si se descuidaba un poco, los uigures podrían sorprenderle fácilmente en aquel lugar. También sabía que en caso de que lo descubrieran y capturaran, a pesar de su cinturón protector y de su pistola laser, él tendría entonces grandes dificultades para mantenerse mucho tiempo con vida, salvo que llegaran refuerzos o alguno de los rebeldes uigures le dejara explicarse. 

Él era un chino del Este de China y sabía que sus compatriotas chinos de la etnia dominante Han habían atacado sin miramientos, ni piedad contra los terroristas yihadistas que controlaban los numerosos uigures rebeldes de la Región Autónoma de Xinjiang y se habían cometido muchos errores al bombardear indiscriminadamente poblaciones y aldeas que eran leales a China. Todo ocurrió tras el levantamiento general de la Región Autónoma reclamando su independencia que se produjo a comienzos del año 2030, hacía tan sólo año y medio. Entonces, el ejército chino fue el encargado de acabar con la rebelión.

Como en todas la guerras civiles, la mayoría de los muertos se habían producido al margen de las batallas militares. Aunque en este caso, la mayoría de los uigures militarizados por los yihadistas fueron muertos y capturados después de las derrotas que sufrieron, la gran mayoría de los muertos fueron civiles ajenos a la contienda cívico-religiosa. Los yihadistas también causaron importantes bajas entre las filas del ejército chino al explotarse en el interior de sus numerosos cuartetes improvisados. La estrategia de eliminación de los musulmanes yihadistas se aplicó de un modo poco claro y distintivo. Al principio, muchos de los terroristas fueron asesinados debido a denuncias de traición pero, más tarde, las muertes se extendieron a los familiares y amigos de los terroristas y comenzaron a ser de manera masiva e indiscriminada, afectando también a ancianos, mujeres y niños. 

Según los iban deteniendo, los metían salvajemente en camiones y, así, eran transportados hasta los precipicios de las montañas donde se les obligaba a tirarse al vacío, en medio de inútiles gritos implorando perdón. De este modo, eran ajusticiados sin que mediase para ellos ningún tipo de justicia, ni de perdón. Tan sólo en Ürümqi, la capital de la Región Autónoma de Xinjiang, más de medio millón de uigures, kazajos, kirguises y otras minorías de lengua turca y de religión islámica habían sido asesinados por el ejército chino. 

Los que habían podido salvarse, habían escapado a través de los pasos montañosos que desde Kasghar se dirigían al Tadjikistan o a Kirguisia, siguiendo uno de los caminos de la ancestral «Ruta de la Seda». Cuando los pasos de montaña, como el Paso de Turugart, fueron copados por los batallones aerotransportados del ejército chino, los más osados de los rebeldes decidieron que, antes que morir asesinados, sería preferible enfrentarse a los aludes de las montañas Kara-Korum para intentar refugiarse en el Pakistán. Otros huyeron al Kazajstán desde el norte y los más desesperados optaron por caminar hacia el sur, siguiendo la «Ruta de la Seda», y dirigiéndose, lentamente, hacia los pasos de montaña controlados por los pakistaníes y los hindúes en su acceso a la Región de Cachemira.

Durante varias semanas, millares de uigures, en su mayoría mujeres, ancianos y niños, caminaron hacia las inmensas montañas del oeste de los Himalayas, huyendo de una muerte cierta que los bombardeos chinos estaban propiciando a la mayoría de los uigures que eran considerados rebeldes. 

Una de estas múltiples columnas de huidos, ante el temor de que, de un momento a otro, las tropas chinas rompiesen el movedizo frente de guerrillas que oponían los uigures, se habían refugiado en un pequeño poblado situado junto a la montaña de Muztagata. Se trataba de Tashkurgan, una población que Meng-Tzu conocía muy bien ya que cuando era joven, y realizó su primera visita al Pakistán, viajó por aquel paso de montaña.

En Tashkurgan, también conocida como Sarikol o «Torre de piedra», la vida era muy dura, como corresponde a cualquier población que se sitúe a 3.600 metros de altura sobre el nivel del mar. Aquella población, considerada como la última avanzada de China frente a Pakistán, se había llenado, en pocas semanas, con más treinta mil refugiados, principalmente uigures, que escapaban de las garras de la más horrible de las muertes, a manos de los chinos. 

Parecía mentira que aquella ciudad, que ya describiera Ptolomeo como el lugar donde intercambiaban sus mercancías los mercaderes procedentes del Oriente chino con los de Occidente, fuese también el lugar donde los aviones, helicópteros y drones chinos hubiera ensayado aquel ataque salvaje con bombas muy destructivas, convirtiendo aquel valle en un infierno de fuego, de destrucción y de sangre que incrementaba el horror y el pánico de todos los seres humanos que allí se encontraban. 

Los pocos uigures y tadzhiks que pudieron escapar de aquella matanza, lo hicieron atravesando locamente el puerto de Khunjerab o «Valle de la sangre». Muchos murieron en el intento y los pocos cientos que lograron ponerse a salvo en el Pakistán, no pararon hasta llegar a Gilgit, atravesando, durante el recorrido, innumerables pinturas murales y esculturas que recordaban al caminante las épocas doradas de la «Ruta de la Seda», pero que aquellos medio enfermos y aterrorizados uigures fueron incapaces de disfrutar, en su huida de la muerte.

Meng-Tzu recordaba, en su escondrijo, las imágenes que difundieron casi todas las cadenas de televisión mundiales sobre los crímenes de guerra perpetuados por el ejército chino, en su represión de las Regiones de Xinjiang, o «Nueva Frontera», y la Mongolia Interior. Aquellas imágenes fueron patéticas y estremecedoras. Meng-Tzu había tenido oportunidad de observarlas por televisión vía satélite, sintonizando una cadena americana. Ello había ocurrido varios meses antes, cuando se encontraba en un hotel de Beijing adonde solían acudir hombres de negocios extranjeros. Precisamente, cuando se hallaba reunido clandestinamente allí, con Hitza y Malko, para tratar asuntos relativos a la situación inestable que atravesaba China. 

En efecto, tras el estallido de la crisis financiera mundial, en el año 2008, China fue el país que menos se resintió de la crisis y su economía aumentó en un 40%. Sin embargo, a mediados de los años 2020, debido al amplio despliegue de las tecnologías de la 4ª Revolución Industrial, el desempleo creció vertiginosamente y los niveles de descontento social aumentaron alarmantemente. Los niveles de apalancamiento de las economías superaron los dos dígitos, lo que facilitó las quiebras de sus bancos y de las grandes empresas chinas que cayeron como una consecuencia del efecto dominó. 

Estados Unidos, UE, Reino Unido y Japón también sufrieron el mayor agravamiento de la crisis desde que se inició la Tercera Depresión Económica y tuvieron que cerrar sus mercados bursátiles y recortar las importaciones chinas durante meses. Aunque la economía mundial quedó muy tocada, pudieron soportar la embestida contra sus ya debilitadas economías. Un acuerdo entre los bancos centrales de Estados Unidos, La Unión Europea y Japón posibilitó una tímida salida que, en cierta medida, recompuso el equilibrio financiero de nuevo.

China no fue capaz de adaptar su economía a la nueva situación financiera y optó por la vía de recuperar su vitalidad económica, reprimiendo brutalmente la disidencia interna y anexionando países circundantes. Tras la ocupación militar china de la isla de Taiwan se habían desactivado, a nivel mundial, demasiadas señales de alerta máxima a nivel militar. El hecho de que se hubiera producido aquella invasión de la China continental amenazaba seriamente el mantenimiento de la paz mundial, ya que diversas potencias como Japón y los Estados Unidos habían desafiado a China con el estallido, si fuera necesario, de una III Guerra Mundial.. 

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