EL FUEGO PURIFICADOR—18 Capítulo

por Juanjo Gabiña

Capitulo 18

Las vacas también tienen cuernos

I

La sede del FBI de Independence Avenue, de Washington D.C. se había convertido en el centro de operaciones del contragolpe. A tan poca distancia de la Casa Blanca, nadie hubiera pensado que se pudiesen perseguir objetivos estratégicos tan contradictorios y antagónicos. El teniente Paul Johnson, en tan sólo cinco horas, había convertido dicha sede —aprovechando los adelantos de la multimedia y los datos que Michael Donovan les había suministrado sobre los golpistas y que se recogían en la exhaustiva lista facilitada por Beñat Elixpuru y Jack Logan— en una base de datos de valor estratégico incalculable. Crearon un programa capaz de identificar y de suministrar todos los datos inimaginables acerca de los golpistas implicados, mediante el cruce con una serie importante de bases de datos que tanto el FBI como el Departamento del Tesoro o el del Comercio poseían.  El acceso era múltiple e interactivo desde cualquier ordenador autorizado y un equipo ad hoc del FBI se ocupaba de actualizar cualquier tipo de dato, por banal que este fuese, incluyéndolo en los diferentes campos de información creados exprofeso. 

El teniente Paul Johnson estaba orgulloso de su equipo. Trabajaban sin descanso y la inmensa mayoría lo hacía por encima de su deber. Poco a poco, se pudo disponer de una ficha tan completa de cualquiera de los golpistas que era prácticamente imposible que hiciesen un movimiento que no pudiese ser detectado. Para las 3.00 p.m. del día 15 de mayo, estaba programado que todas las comunicaciones que realizasen dichos sujetos serían también interceptadas. Lo mismo se haría con sus amistades y familiares. Por cada implicado, recogido en la lista de Donovan, se había destinado un equipo de quince agentes del FBI para encargarse de su vigilancia y seguimiento. Se trataba de conocer toda la tela de araña de relaciones de los golpistas, a partir de sus movimientos, sus conversaciones, sus contactos, etc. Todos esos datos serían suministrados, en tiempo real, al centro de operaciones de Inpendence Avenue para su correcta difusión logística.

Otro de los  temas a solucionar por el FBI, era la seguridad en el traslado del presidente, desde el acorazado Arkansas atracado en la Estación Naval de Anacostia hasta su residencia, en la Casa Blanca. El desplazamiento se iniciaría a la 17.30 pm desde un punto situado en la margen derecha del río Potomac, en Washington D.C. y debería concluir a las 18.00 p.m., en la Casa Blanca. De este modo, se evitaría pasar cerca del Pentágono. Los servicios de Seguridad de la Casa Blanca, en su mayoría, eran leales a la Constitución. A aquella hora, le correspondía el mando y la responsabilidad a Edwin Ladd, un antiguo compañero de estudios de Paul Johnson y que había servido con él,  más de veinte años en el FBI. El principal obstáculo eran los seis agentes del equipo de seguridad sobre los que había dudas de su lealtad. Aquella tarde, un equipo especial del FBI reforzaría los servicios de seguridad del presidente y se encargaría de neutralizarlos, diez minutos antes de su llegada a la Casa Blanca por el pórtico norte. A las 19.00 de la tarde, el presidente daría una rueda de prensa que se televisaría a todo el país. Cinco cadenas de televisión, leales a la Constitución, ya habían sido avisadas para acudir. 

Lo mismo ocurría con otros medios de comunicación escrita.  Los puntos más problemáticos y difíciles eran los referentes a las operaciones a desarrollar para la toma y el control del mando en el Pentágono y para la detención, no violenta y con honor, del vicepresidente Richards. El tema de la CIA, aunque en un principio parecía un escollo insalvable, estaba totalmente controlado. Además, dentro del FBI, el hecho de las muertes de los dos agentes del FBI había soliviantado los ánimos y las ganas de revancha de los federales contra ellos. En caso de duda, los agentes del FBI, no dudarían en disparar contra la CIA. No ocurriría de nuevo la emboscada ocurrida en Manhattan. De eso, el teniente Johnson estaba más que seguro.

La toma del control del Pentágono tenía dos variantes principales y alguna que otra variante secundaria. La primera de ellas, sin el general Greeley dentro, esa solución no ofrecía grandes dificultades. La  segunda, en cambio, con el general al frente del Pentágono, era más  complicada. Los militares no piensan y sólo cumplen las órdenes de sus superiores. 

Desde el Pentágono, se podía ordenar una acción militar en cualquier punto del planeta Tierra, allá donde hubiera un militar americano en activo. La única solución para que no recibieran órdenes era sustituir al mando y anular sus funciones. El presidente como comandante en jefe, sí que podría hacerlo. Caso de seguir esa línea de actuación, el Pentágono no podría ser anulado hasta después de la rueda de prensa del presidente en la Casa Blanca. Siempre existiría el riesgo de que algunos jefes militares implicados en el golpe se declarasen en rebeldía y desobedecieran las órdenes del presidente. 

Si a la cabeza de esta fracción golpista se colocase el jefe del Pentágono, las consecuencias podrían ser parecidas a las de una guerra civil breve, por su carencia de legitimidad, pero con consecuencias desastrosas debido a la enorme capacidad de destrucción con que contarían ambas partes en conflicto. El hecho de conocer de antemano, gracias a la lista enviada por Beñat Elixpuru y Jack Logan, quiénes eran los generales, coroneles y almirantes que estaban implicados en el golpe, facilitaba mucho las cosas, ya que una nueva variante de alternativa de contraataque que se estaba considerando era la de detener a estos altos mandos militares y hacerlos inoperativos. 

En realidad, era una forma de cortarle a Greeley la hierba debajo de los pies. Aunque nunca del todo ya que el Pentágono, con el acuerdo del Vicepresidente, podía activar los sistemas de defensa concernientes a las bases de lanzamiento de misiles. Este último punto era el que estaban estudiando algunos generales leales a la Constitución, bajo el mando y la supervisión de almirante Stanley pero, hasta el momento, no habían encontrado respuestas satisfactorias.

II

La pareja formada por Michael y Bárbara caminaba agarrada de la mano por la Quinta Avenida en dirección a Central Park. Iban despacio, hablándose y mirándose el uno al otro como si vivieran en un sueño. Al principio, hablaron sobre los acontecimientos recientes pero, después, se centraron en hablar sobre su propio futuro. Por primera vez, se habían enfrentado al hecho de que había sitio para compartir juntos un futuro abierto y lleno de esperanza. En un momento determinado, cuando atravesaban Madison Square Park, Jack le preguntó a Bárbara:

— ¿Cuántos hijos te gustaría tener?

— No sé. Me figuro que más de uno y menos de diez… —después agarrándole de la cintura, el brazo del hombre se puso sobre el hombro de ella. La hizo girar suavemente hacia él y la abrazó. Cuando la tuvo completamente agarrada en aquel abrazo, ella añadió sonriente, antes de darle un beso muy sonoro en la mejilla. Bárbara lo dijo con un tono de voz muy meloso— …también depende del dinero que traigas a casa. Hoy en día, ya sabes, los hijos ya no vienen con el pan debajo del brazo…

Mientras hacían los planes que, habitualmente, todas las parejas comienzan a hacer cuando deciden dar el paso de casarse, formar un hogar y crear una familia, sin darse cuenta, ya habían sobrepasado hacía rato, dejándolo atrás a mano izquierda, el edificio del Empire State y estaban llegando al cruce con la fatídica calle 50 que tan malos recuerdos les traía. Cuando se encontraban, ya próximos a su esquina, unos hombres y una mujer con gabardinas les pararon en la calle, agarrándoles del brazo. 

Se identificaron como agentes del FBI y les conminaron a meterse en un coche. Lo primero que pensaron fue que habían sido traicionados. El federal que iba sentado juntos a ellos, les tranquilizó. Tenían orden, tan sólo de protegerlos, contra la mafia y la CIA. Ellos podían elegir le sitio que les gustase y el FBI sólo se limitaría a acompañarles y darles protección. Cuando les preguntaron a dónde les gustarían ir. Jack se quedó un tiempo meditándolo y,  después de hacerlo, exclamó:  

— Nos gustaría ir a descansar a un hotel que está cerca de aquí y que me debe una noche, en una grande y elegante suite desde donde se contempla Central Park. ¡Vámonos, pues, al Hotel Plaza! —alguien silbó de entre los agentes y el que estaba sentado al lado de ellos, se limitó a matizar.

— ¡De acuerdo!,  pero con una condición…—Jack y Bárbara se le quedaron mirando un tanto intrigados— …¡Paga el Gobierno!

III

El guarda de vigilancia n º 353 del edificio Penn, no salía de su asombro. Había bajado a la segunda planta del garaje para cerciorarse de que, efectivamente, allí seguía la furgoneta roja aparcada. De nuevo subió a su garita y llamó por el teléfono interior a su jefe. Debía dar parte de todo, cuanto antes. Eran las 14.10 y durante más de media hora había estado excesivamente ocupado con la llegada de un centenar de coches conducidos, muchos de ellos, por choferes militares. Entre la 13.30 y la 14.00 de tarde, había tenido que tener la barrera abierta para que pudiesen entrar toda esa gran fila de grandes y elegantes vehículos que deseaban aparcar en el garaje del Edificio Penn. 

Por lo visto, debía de haber una importante reunión en la planta 22. Entre los personajes que acudieron, había identificado a varios de ellos. Los conocía por ser personajes públicos y conocidos. A la 13.30 en punto, entraba la limusina del jefe del Pentágono, acompañada de otros cuatro coches de escolta. Poco después, lo hacía la del secretario del Departamento de Agricultura, John B. Vargas. También, se internó presuroso en el garaje subterráneo, en un cadillac flamante y escoltado por otros dos coche más, el director general de la CIA, Ronald Blackjack. A la 13.45 entraba Lewis Dupont, presidente de I.M.T & Co. Seguidamente, llegaba Kevin  Macgregor, propietario único de Laserprint. 

El último en llegar fue el que más cerca tenía su despacho, Zacarías Goldstein. Este personaje era el máximo accionista del grupo consultor Goldstein & Goldstein y tenía sus oficinas, tres calles más abajo, en la misma Wall Street.  En medio, llegaron altos jefes militares, congresistas, gobernadores y representantes locales y diferentes hombres de empresa que el guarda nº 353 no reconoció pero que le parecieron ser extraordinariamente importantes, a juzgar por los vehículos, el atuendo y la escolta que llevaban.

Cuando hubo entrado el último de los convocados a aquella importante reunión a celebrar en los cuarteles generales del mismísimo Christopher Duckworth. El guarda de seguridad de la entrada del garaje miró al reloj. Todavía le quedaba casi una hora de trabajo hasta que le relevasen. En ese tiempo debía solucionarlo todo si es que no quería ser despedido. Cuando le llamaron de seguridad de la planta 22, avisándole sobre la entrada de unos cien coches, entre una y dos de la tarde, preguntó por la avería de la fuga de aguas. 

Su sorpresa fue mayúscula cuando le comunicaron que allá no había habido ninguna avería. Volvió a preguntar a ver si había habido algunos fontaneros de buzo blanco y la respuesta volvió a ser negativa. Aquello le intranquilizó y bajó al garaje a comprobar si la furgoneta seguía allí. Cuando la vio, no sabía si debía tranquilizarse o todo lo contrario. Por un momento, pensó que lo que ocultaba aquella furgoneta era algo gordo e importante, como una gran y potente bomba. Luego, desechó esa idea y prefirió pensar que aquellos fontaneros eran unos vulgares rateros. Aquel guardia de seguridad nunca llegó a saber, lo cerca que había estado de descubrir la verdad. Cinco minutos más tarde, desde su puesto marcaba el número del teléfono interior con el objeto de hablar con el jefe de los servicios de seguridad. 

IV

El federal Michael Donovan se destornillaba de risa cuando Beñat le contaba, el engaño del que se habían valido para introducir la furgoneta, con la bomba atómica dentro, en las mismísimas fauces de aquel rascacielos, conocido como Edificio Penn y donde se ubicaban los cuarteles generales del imperio de los negocios que controlaba Christopher Duckworth. Al llegar a la entrada, Beñat saludó con la mano y forzando una espléndida sonrisa, al guardia de seguridad que estaba de pie en la garita  y que no era otro que el mismo que habían conocido a la mañana. No había bajado la mano del saludo, cuando les salieron, al paso, seis gorilas armados con pistolas. Les pusieron contra la pared y les cachearon, arrebatándole a Donovan su revolver reglamentario. También le cogieron la placa y uno de aquellos hombres se la enseñó al que parecía el jefe de aquel grupo de pistoleros.

— ¡Con qué agentes del FBI!.— comentó el que parecía el jefe— ¡Qué poco habéis escarmentado de lo que os hicimos el día pasado! 

Donovan reconoció entonces a aquel hombre. Se trataba de Salvatore Fasoli, un conocido gangster, de unos cuarenta años, que era jefe de un grupo heterodoxo de la mafia italiana que operaba, fundamentalmente, en New York City y que tenía sus cuarteles generales en Brooklyn. Tenía una horrible cicatriz en la cara que le atravesaba desde una de las orejas hasta la barbilla, desfigurándole el lóbulo de una oreja y el labio superior y que, según decían algunos, se la había hecho el mismísimo diablo antes de que Salvatore le vendiera el alma. Otros, en cambio, afirmaban que esa cicatriz se la habían hecho, de joven, en una pelea callejera, en su ciudad natal de Sicilia. Salvatore era considerado un hombre muy cruel y despiadado que disfrutaba torturando a sus víctimas. 

Tenía una mirada muy aguda y penetrante y de la que él alardeaba diciendo que asustaba hasta a los muertos. Era un hombre muy maniático y especial, a pesar de llevar viviendo más de quince años en los Estados Unidos, hablaba muy mal el inglés y por ello, prefería hablar en italiano a sus hombres, aunque ninguno de ellos entendiese más de veinte palabras, por mucho que la mayoría, de ellos llevasen apellidos italoamericanos. Fasoli era también un presumido que le gustaba vestir trajes de más de mil dólares. Tenía fama de que con las mujeres, a pesar de la fea cicatriz, era un gran conquistador. Le gustaban las habitaciones poco iluminadas y, casi siempre, solía llevar vestido un sombrero calado hacia ese lado de la cara, con el objeto de ocultar la cicatriz. Cuando hubieron registrado totalmente a Michael y a Beñat y sus hombres comprobaron que ya estaban completamente desarmados, haciendo un gesto con la mano, el jefe de aquellos matones exclamó:

—Ci vediamo subito! — Salvatore ordenó a sus hombres e, inmediatamente, todos se pusieron en marcha, hacia el interior del garaje. Fasoli iba el segundo, siguiendo al guarda de vigilancia que era quien iba primero indicándoles el camino. Los otros cinco iban detrás, con las pistolas en la mano. Elixpuru y Donovan iban en medio del grupo con las manos puestas sobre sus cabezas. Tres de aquellos gángsters se ocupaban de hacerles avanzar, empujándoles con las puntas de los cañones de sus pistolas automáticas. El vigilante le comentó a Salvatore que faltaba el que tenía pelo y bigote blancos  y que él era el que conducía la furgoneta a la mañana y que ahora no estaba. A Salvatore eso le daba igual. A él le habían dicho que liquidase a los dos de la furgoneta y eso iba a hacer. También le habían dicho que sacase del garaje el vehículo y eso es también lo que iba a hacer. Ni más ni menos. A él le pagaban por hacer, no por pensar. Cuando llegaron hasta donde estaba la furgoneta, pidieron las llaves a Michel. Él dijo que no las tenía y entonces le cachearon. Como no encontraron nada, le empujaron violentamente contra la furgoneta, le pegaron varias patadas y lo tiraron al suelo. Después se volvieron a donde estaba el joven vasco. Éste que no tenía madera de héroe, y antes de que le pegaran, sacó las llaves del bolsillo y se las ofreció a aquellos gángsters. Se las enseñaron a Salvatore y éste, haciendo un gesto con la cabeza, les indicó que entrasen dentro y que sacasen la furgoneta fuera del garaje. Cuando pusieron la llave en el contacto y arrancaron el Pontiac rojo, Beñat exclamó:

— ¡No! ¡No lo muevan!—y dándoles un empujón a los dos que tenía delante, echó a correr y se escondió entre varios coches de los que había en una fila de aparcamiento. Esta distracción fue aprovechada hábilmente por el federal que tirando a uno de los gángsters al suelo, le agarró del brazo y se lo retorció para arrebatarle el arma. De seguro que aquel hombre ya podría contar con un miembro roto. Los gritos de dolor que daba se oían en toda la planta de aquel garaje. Donovan se acurrucó y pegando un salto como un felino se tiró hacía otro de los gángsters y lo hizo, junto con él, rodar por el suelo. Cuando levantó la cabeza para mirar, Donovan le había metido un tiro en la frente. Se levantó, esquivando una ráfaga de disparos y se hizo con la segunda pistola. Se acercó hasta donde estaba Elixpuru y le dio una de las pistolas, para después iniciar una loca carrera hacia la salida. Los de la furgoneta echaron primero marcha atrás y luego, imprimiendo al vehículo una gran velocidad, comenzaron a perseguirlos por el garaje, disparándoles al mismo tiempo. Ocultándose entre los coches y las columnas lograban evitar las balas que amenazantes les disparaban. Mientras tanto, el guarda de vigilancia  y Salvatore Fasoli se acercaban también disparando. Beñat se ocultó debajo de un automóvil y espero a que pasasen conteniendo su respiración, para no ser delatado. Cuando vio que los cuatro pies ya le habían sobrepasado, sacó la mano izquierda que agarraba la pistola y pegó tres tiros. Una de las balas alcanzó de muerte en el corazón, al guarda 353 que se desplomó inmediatamente. Las otras dos balas golpearon la espalda del italiano que cayó al suelo como si estuviera muerto. Beñat, pensando que estarían muertos les sobrepasó, saltando por encima, y corrió a donde se encontraba el federal para ayudarle. 

Michael, mientras tanto, se defendía como podía de los dos gansters que iban en la furgoneta y que le asediaban, sin dejar de disparar. El agente del FBI, escondido entre dos coches que impedían el paso de la furgoneta, estaba recargando su arma. Cuando la hubo cargado, a una señal que le hizo a Beñat, salieron del escondrijo donde se encontraban y echaron a correr hacia la salida con todas las fuerzas que podían y con la máxima velocidad que les permitían sus piernas. El vasco era mucho más joven y más rápido y Donovan se iba quedando, desesperadamente, atrás. La furgoneta, a toda velocidad, les estaba dando alcance, mientras disparaban sin cesar  contra ellos. Todo parecía perdido pero, en un momento de lucidez, Donovan se detuvo, se ocultó, parapetándose detrás de una columna, y disparó contra el conductor de la furgoneta. Un tiro certero sesgó su vida y la furgoneta, sin ningún control, chocó contra la pared del garaje. Fue un golpe seco y contundente que desnucó al otro gánster que iba en la furgoneta. 

No hubo ninguna explosión pero sí la suficiente inercia como para que activase, con el choque, el mecanismo que iniciaba la bomba atómica y fundía las partes de uranio, de manera que se alcanzase la masa crítica. El dispositivo de alarma comenzó a pitar en el bolsillo interno del pantalón de Beñat. Lo consultó y comprobó que, a partir de entonces, tendrían, sólo, media hora para escapar. Elixpuru le gritó a Donovan para que saliese fuera cuanto antes. Le gritó que la bomba atómica se había activado. Cuando Michael se percató de la gravedad de lo que Elixpuru le decía, abandonó su parapeto y comenzó a correr hasta donde se encontraba el vasco, aguardándole. Mientras corría el federal, sonó un disparo por detrás de él y Donovan tropezó, agarrándose su pierna dolorida. Beñat alzó entonces su pistola y la apuntó al hombre que había disparado. Un Salvatore Falosi que andaba titubeante cayó abatido sobre el cemento del suelo del garaje. Tenía los ojos abiertos y le salía un chorro de sangre de un agujero de bala que tenía entre las dos cejas.

Cuando, por fin, salieron a la calle y vieron la luz del día, Beñat intentó detener un taxi, pero todos estaban ocupados, a aquellas horas. La bomba se había activado, exactamente, a las 14.46 de la tarde. Elixpuru, aguantando al federal con sus brazos tiraba de él, desesperadamente, por la acera, en dirección a Broadway Avenue. Era curioso que nadie de los encorbatados que por allí circulaban se hubieran percatado de que Michael Donovan, iba cojeando y sangrando de su pierna derecha. Cuando llegaron a la esquina, Beñat le quitó el cinturón al federal y le hizo un torniquete en la pierna. El agente del FBI se tendió en el suelo y le dijo a Beñat, dando muestras de una gran generosidad, que escapase solo. El vasco, sin hacerle caso, le levantó del suelo y le ayudó a caminar por el borde de la acera, asiéndolo con uno de sus brazos mientras que, con el otro brazo que tenía libre, iba haciendo gestos para que parase algún coche. Beñat pedía a los Cielos que alguien les parase y así, ocurrió. 

Un coche-patrulla de la policía metropolitana se detuvo y Beñat, asustándose, echó a correr, dejándole en el suelo a su compañero. Corría todo lo que le daban sus piernas por todo Broadway. Uno de los patrulleros le dio el alto y desenfundó su arma con la idea de disparar. Donovan, con muchos reflejos, le levantó el arma y el disparo pegó en una ventana de un banco. Les dijo que dejaran a aquel joven, que él era agente del FBI y que, precisamente, aquel muchacho le había salvado la vida. Los patrulleros llamaron por radio y se comunicaron también con el FBI para anunciar el caso. Diez minutos más tarde llegaba una ambulancia y varios coches del FBI. 

De uno de ellos, descendía cojeando la agente Hellen Martínez que, enterada del incidente, había acudido rauda donde Michael se encontraba. Aunque se dieron un abrazo al verse, Hellen se dio cuenta, enseguida, de la extraña angustia que desprendían los ojos de Michael. Este se desesperaba explicándoles a quienes querían oírle, que escapasen cuanto antes de allá, que una bomba atómica iba a explotar en Wall Street. Era inútil, nadie le hacía el menor caso, solamente su compañera Hellen, que le acompañaba hasta la ambulancia, mientras le llevaban unos enfermeros en camilla, le prestaba algo de atención. Cuando cerraron las puertas y partió la ambulancia con la sirena puesta y en dirección al hospital más próximo, Michael, desesperado, le pidió la pistola a su amiga.

— ¡Hellen!, ¡Dame tu arma!—ella se la dio, dudando de si hacía bien o no y mirando atónita lo que Donovan intentaba hacer. Michael, con la pistola en la mano y haciendo un gran gesto de dolor, que se le reflejaba en la cara, logró sentarse encima de la camilla. Se acercó, después, al cristal que les separaba de los camilleros que iban adelante y lo rompió de un culatazo, para seguidamente apuntarles, diciendo en un tono de voz amenazante y, a su vez, muy convincente:

—  ¡Metánse por West Side Highway y sigan hacia Riverside Park, aprieten el acelerador a tope y no paren hasta que se les acabe la gasolina! ¿Entendido? —los dos camilleros, viendo cómo Donovan empuñaba un arma que les apuntaba, hicieron gestos de que sí entendían. En pocos minutos, la ambulancia sobrepasaba el cruce de la autopista con la entrada a la calle 96. Entonces, de repente el cielo se iluminó más que la luz del día y, a continuación, se escuchó una gran explosión que provenía de algún lugar situado a sus espaldas…  

V

La carrera de los 10.000 metros, era una tontería si la comparamos con la gran carrera que estaba protagonizando Beñat Elixpuru aquella tarde, mientras recorría a toda velocidad la Avenida de Broadway hasta Madison Square Park y desde allí continuar corriendo, y siguiendo recto hacia el norte, toda la Quinta Avenida. Corriendo entre la gente, a un ritmo no muy fuerte pero mantenido, a un ritmo de carrera que muchas veces había ensayado, el vasco iba ganando los metros necesarios como para poder escapar de los efectos de la bomba. 

A su paso, parecía que los grandes rascacielos se quedaban contemplando asombrados la carrera de un loco. En los cruces, los coches pitaban y frenaban bruscamente por culpa de aquel peatón insensato que osaba desafiar el territorio perteneciente al automóvil. Poco a poco, los minutos pasaban y la masa verdosa de Central Park se le hacía a Elixpuru más cercana. Pronto, sobrepasó corriendo el Zoo. Beñat comenzó a tranquilizarse cuando alcanzó el Museo Metropolitano de Arte. Miró el obelisco famoso y conocido como Cleopatra’s Needle y comenzó a sentir que ya casi se encontraba a salvo. 

Se acordó entonces del dispositivo de alarma y vio que le quedaban cinco minutos todavía. Siguió corriendo y aceleró el ritmo. Era como correr la última vuelta en el estadio, cuando los corredores de los 5.000 metros o de los 10.000 metros han de sacar fuerzas de flaqueza y darlo todo. Él hizo lo mismo. Cruzó el Museo Guggenheim y se acordó del otro museo, del mismo nombre, que, hacía dos años, había visitado en Bilbao. Llegó hasta Jewish Museum y al llegar allí, decidió entrar en Central Park. Una vez en su interior, todavía siguió corriendo hasta el cruce con la Calle 96. De pronto, unos pitidos insistentes que salían del dispositivo de alarma le indicaron que el tiempo se le había terminado. Corrió cinco pasos más y se tiró sobre la hierba, ocultando su cara contra ella y tapándose la cabeza con los brazos. Una explosión enorme sacudió la tierra y una gran llamarada iluminó, aun más, el cielo grisáceo de aquella tarde de primavera. 

VI

La suite de Plaza Hotel era todavía más grande y confortable de lo que Jack había creído cuando anteriormente Beñat y él estuvieron alojados en aquel hotel. Indudablemente, siempre mejora la percepción que se tiene de la habitación de un hotel, si la persona que te acompaña, en el caso de ser varón, es la mujer que uno ama y no un amigo, por mucho que se le quiera y sea grata su compañía.  Logan se había duchado y pensaba meterse a la cama, y estaba esperando a que Bárbara terminase de bañarse y se metiera con él.  Estaba muy contento, había recuperado a Bárbara, con el FBI el final había sido feliz, no habían tenido que explosionar la bomba y, encima, eran ricos. Miró los fajos de billetes de cien dólares que estaban, fuera de su bolsa y encima de una especie de mesa y sonrió. 

Naturalmente, la mitad sería de Beñat pero, de todos modos, seguía siendo mucho dinero. Se tumbó feliz y risueño sobre su almohada y encendió un cigarrillo. Bárbara cantaba, metida en la bañera. Tenía una voz muy bonita. Aspiró una calada y tiró el humo por las narices. Miró el cigarrillo y recordó que se había prometido no fumar, nunca más, a partir de que se le acabase el cartón que tenía. Bárbara le había prometido que le ayudaría a hacerlo y, además, que ella, a su vez, también intentaría dejar de fumar, cuando él lo hubiese conseguido.

La felicidad no dura siempre y, aquella vez, ocurrió algo que lo corroboró. Del sillón donde Logan había dejado sus pantalones empezó a surgir un extraño e insistente pitido. Jack pensó que era el reloj despertador de la otra mesilla, pero al rato, descubrió que no lo era. Se acercó, un tanto perplejo, a donde se encontraban sus pantalones y comprobó que el pitido se emitía desde ellos. Recordó el dispositivo de alarma. Lo buscó en uno de los bolsillos y lo extrajo fuera. Apretó un botón y se encendieron las luces de la función “cuenta atrás”. Quedaban veintisiete minutos para la explosión de la bomba. Logan reaccionó como un loco y se puso a gritar. Entró en el cuarto de baño y le sacó a Bárbara de la bañera. Ella no tardó mucho en reaccionar y en menos de siete minutos salían los dos por la puerta de la suite, con la bolsa de mano llena de dólares. 

Al salir, tropezaron con dos agentes del FBI. No tardaron tampoco mucho en comprenderlo. Avisaron raudos a sus compañeros y dando gritos de alarma, por todo el hotel, anunciando a todo el mundo lo de la bomba y de que era mejor que desalojasen el hotel, se adentraron, corriendo, a través de Central Park. Y así, bordeando el Zoo, avisando del peligro a la gente con la que se encontraban en el camino, una riada de personas que surgieron corriendo desde el Hall del Plaza Hotel se encaminaba corriendo, cada uno como podía, hacia el norte. Algunos se detuvieron exhaustos cuando llegaron a los terrenos de Delacorte Theatre. Bárbara y Jack superaron Cleopatra’s Needle y llegaron muy cansados, agarrados de la mano, hasta el cruce con la Calle 96. Allí se tumbaron, miraron para atrás y se fijaron en un joven que corría hacia ellos. Aquel joven no era otro que Beñat. Su figura era inconfundible. Le hicieron señas, pero el muchacho ya se había tumbado, para entonces, sobre la hierba. Jack le llamó, con fuerza, pero una tremenda explosión le obligó a silenciar su grito. La luz blanca cegadora que partió desde la punta sur de la isla de Manhattan, le obligó a cerrar los ojos y  volvió el rostro hacia su novia. 

Tumbados y abrazados, Jack y Bárbara sintieron como el suelo de Central Park se estremecía. Después, surgió una llamarada muchísimo más grande, detrás sobre sus cabezas y se formó una gigantesca y creciente nube que se elevaba en forma de hongo sobre el sur de Manhattan. En unas décimas de segundo, sonó el estruendo de un golpe de sonido horrible y una ráfaga de viento cálido, a gran velocidad, pasó por encima de sus cabezas. Cuando ese viento sofocante pasó, finalmente, llegó el silencio: el silencio de la muerte. Transcurrieron cinco minutos de este horrible, macabro e inhumano silencio y entonces, Beñat levantó la cabeza y miró hacia atrás. 

Observaba una columna densa de humo blanco y luego negro que se elevaba hacia el sur, en forma de hongo. También la observaron Bárbara y Jack. Poco a poco, se fueron levantado todos los que allí se encontraban, tumbados sobre la hierba. No eran muchos pero todos miraban aterrorizados hacía la columna de fuego y humo. Todos sintieron que estaban vivos y que el aire se había vuelto ionizado y era más irrespirable. Hubo algunos que ante tanta barbarie se echaron a llorar. El humor general era de una gran congoja. De pronto, Beñat sintió el calor de una mano en la suya y el peso de otra, sobre su hombro. Se dio la vuelta y tropezó con las caras risueñas pero tristes de Jack y Bárbara. Los tres se dieron un fuerte abrazo y así quedaron durante mucho, mucho tiempo. Siguiendo esa misma calle, la Calle 96, milla y media hacia adelante, hasta llegar al rio Hudson. Desde el interior de una ambulancia, a través de su puerta trasera que había quedado abierta, un hombre y una mujer, ambos agentes de la Oficina de Investigación Federal, se abrazaban, contemplando parecido desastre e idéntico caos. 

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