EL FUEGO PURIFICADOR—16 Capítulo

por Juanjo Gabiña

Capitulo 16

A cambio de sangre

I

La muerte del presidente, era la noticia del día. Esta información era la que ocupaba todos los titulares y noticiarios de todos los medios de comunicación. Michael Donovan no se había enterado de ello hasta que se despertó, por sí sólo, a las nueve de la mañana, y puso la televisión. La víspera por la noche, había dado orden en la recepción del hotel de que no le despertasen aunque le llamase el mismísimo presidente. Los del hotel, fieles cumplidores de las órdenes de sus clientes, cumplieron el encargo escrupulosamente. Su jefe, el teniente Paul Johnson le había llamado cinco veces y dejado, a su vez, dos notas en la recepción del hotel. En la primera le decía que estuviese tranquilo que todo iba bien. En la segunda, después de dos llamadas más, le decía que, aparte de estar tranquilo y que él no dudaba de que así estaría, a ver sí se los había pesado últimamente. Cuando leyó las notas, sonrió, más que por lo graciosas que pretendían ser, por lo que querían decir. Estaba claro: el presidente, gracias a su información, estaba vivo.

Del Hotel Madison, al refugio donde Bárbara se encontraba, había una buena distancia, pero Michael Donovan se había despertado de buen humor, y había decidido darse una vuelta y pasear, tomando un desvío por Washington Square. Los pronósticos de tiempo no eran buenos. Habían amenazado que se acercaban días muy lluviosos que comenzarían con una fuerte tormenta para la tarde noche, de aquel día. El agente del FBI, entre los huecos de cielo que dejan los rascacielos descubrió el color azul y algunos rayos de sol que también se filtraban. Entonces, pensó para sí que iba bien sin gabardina:

— ¡Ojalá, se equivoquen los meteorólogos, con sus pronósticos, hoy también! 

Paseo por las calles de Manhattan despacio y comprobó que los muchachos que había en Washington Square tenían cara de despreocupados. Miró a la gente que le rodeaba y observó la cara de afanosos que todos tenían y lo deprisa que le adelantaban. 

— ¿Será posible que hayan matado hoy a nuestro presidente y la vida siga en Nueva York como si nada? ¿ Será posible o es que todos estos saben como yo que todo es mentira y que el presidente está vivo? —Michael Donovan se quedó con la duda y así, estuvo, hasta que llegó al refugio de Greenwich Village. Los agentes del FBI, le abrieron, muy despacio, la puerta del apartamento.

— ¿Alguna novedad? —preguntó de modo rutinario mientras se dirigía a la habitación donde sabía que se encontraría Bárbara— aparte de lo del atentado contra el presidente…

— Sí —le contestaron para su sorpresa— ha llamado el mismísimo David Carrere y quiere que tú y Bárbara Podiaski os reunáis con él, hoy por la mañana 

 Michael se acordó del recado que, la víspera, le dejó a su secretaria sobre lo de Johnson y lo de su mujer y se temió lo peor. Pensó que tendría que decir adios a la placa. Se lo había merecido. A veces, la lengua bífida que tenía, le solía traicionar. Había ocurrido con el Gran Jefe y consideró que debería pagarlo. Pero no debió ser así porque el otro agente de los federales continuó:

 — Nos ha dicho, que te felicitemos por tu información y que te digamos que les ha sido muy útil.

La cara de Donovan se transformó y el federal empezó a pensar en positivo. Su información les había sido muy válida para evitar un nuevo magnicidio. Lo de que el presidente había salido con vida estaba muy bien. Michael pensaba que le querrían felicitar. Quizás ascender. Lo de concederle unas vacaciones extra ya sabía que no. Además, aquello no le convenía porque, al final, siempre se convertían en promesas que luego nunca se cumplían. Pensó que era bueno que le hubiesen llamado. Sin embargo, había algo que no encajaba: ¿Para qué demontres requerían, también, la presencia de Bárbara? Ella, mientras tanto, en su habitación se desesperaba porque el teléfono móvil de su novio seguía sin estar operativo.

A la 11.10 de la mañana y en el helipuerto situado en el último piso de aquel edificio, Bárbara Podiaski, acompañada por el agente federal Michael Donovan, se introdujo en un helicóptero del FBI, que les esperaba desde hacía algún tiempo. En su interior, se encontraba aguardándoles el mismísimo David Carrere. Aquel que fuera el gran amigo de Steven Podiaski, el padre de Bárbara, y que para ésta no había sido más que un cobarde. Cuando se vieron los dos. Él la abrazó y ella le aceptó el abrazo devolviéndoselo. En aquel instante, ella supo que le había perdonado y David supo, también, que debería ayudar a aquella muchacha, hasta lo indecible, en sus cuentas pendientes con la justicia. Debería ayudar, precisamente, a aquella huérfana, hija del que fuera su mejor amigo, con la que tantas veces había jugado él, y a la que, una vez, era consciente de que, de algún modo, él le falló. No habría otra segunda vez. David Carrere, el jefe del FBI, así se lo prometió a sí mismo. 

Al despegar, el helicóptero elevó, primero su cola, y luego se subió la panza, girando hacia el sur. En esa dirección siguieron, hasta salir de encima de la isla de Manhattan. Después, se dirigieron siempre hacia el este, hasta alta mar. Durante el vuelo, hablaron del atentado al presidente. Este y el secretario del Departamento de Justicia, se encontraban, vivos y escondidos, por el momento, a bordo del portaaviones o carrier Enterprise. Cuando llegaron hasta donde se divisaba una gran flota situada, a unas trescientas millas al este de Nueva York y que navegaba en dirección hacia el sur. El helicóptero descendió sobre la pista del portaaviones Enterprise, acompañado por otros helicópteros de la Marina y rodeados  por una nube de aviones F- 115 que volaban cerca, dándoles constantes pasadas en derredor. En aquella flota, se divisaban más de cincuenta barcos, entre portaaviones, cruceros y destructores, la mayoría de ellos con base en Virginia. También, entre aquellos potentes barcos de guerra, se encontraban algunos submarinos que navegaban sin sumergirse, siguiendo la estela de la flota.

II

El presidente estaba reunido en la sala de oficiales con mandos militares y algunos civiles. Estudiaban un posible Plan de ataque por parte de las escuadrillas de las Fuerzas Aéreas y sus posibles alternativas de defensa. Entre otros objetivos se planteaban el de poder llevar al presidente y al secretario de Justicia a la base naval más próxima a Washington D.C. Se barajaba la base naval de Anacostia. Desde allí el camino a la Casa Blanca vendría garantizado por el FBI. En un plano de la sala, que reflejaba la bahía de Chesapeake que baña las costas de Virginia y Maryland y que, a través del rio Potomac, asciende aguas arriba, hasta la misma capital federal. En aquel mapa, se señalaban, también las posiciones de las diferentes bases militares. 

La base de las Fuerzas Aéreas de Andrews, en Maryland, se consideraba en manos de los golpistas. No así la de Langley, en Virginia, cuyo comandante en jefe estaba en aquella reunión. Cuando llegaron, les hicieron esperar un momento y, en seguida, les hicieron pasar al interior de la sala donde se encontraba el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas americanas. El propio presidente se levantó de su asiento cuando les vio entrar y se dirigió hacia ellos, con la mano tendida. Se la estrechó, primero a David y luego a Bárbara, a quien le insinuó que todavía había americanos buenos. Finalmente, se acercó al agente Donovan y tras estrecharle la mano le dio un abrazo, diciéndole:

— ¡Dios sea alabado contigo, hijo! Has salvado la vida no sólo a tu presidente sino también a la nación americana y al mundo entero de un peligro peor que la muerte. Has salvado a la humanidad, entera, de la vuelta al esclavismo…

Michael escuchó estas palabras bonitas pero no las entendió. Bárbara y David, por el contrario, las entendieron perfectamente. Cuando volvieran Bárbara se prometió intentar conectar con Jack. ¡A ver si, esa vez, lograba tener más suerte!  

 Cuando volvían, comentando los últimos incidentes y lo que ello estaba suponiendo para el FBI, a la hora de preparar la contraofensiva, el piloto les pasó, a través de los auriculares, la transmisión radiada de la declaración oficial de la muerte del presidente, la del secretario de Justicia y las del jefe de Gabinete de la Casa Blanca. El vicepresidente Richards estaba anunciando dichas muertes al país y asumía el poder de la nación, tal como lo hacía preceptivo la Constitución americana, en el artículo II, Sección I, Cláusula 6, en caso de muerte del presidente. A continuación, sus declaraciones se centraron en condenar el magnicidio y en acusar a Irán y a Libia, de estar, cobardemente, detrás de aquel ataque perpetrado con misiles SAM de fabricación rusa, al avión del presidente, que había sido abatido en las proximidades de Rapid City, Dakota del Sur. Señalando que se estaban realizando grandes esfuerzos para la localización de las cajas negras. 

También, hacía votos por la recuperación rápida de los cuerpos de las víctimas o de sus restos y juraba ante Dios, ante el pueblo americano y ante la memoria del que fuera, hasta hace poco, presidente de los Estados Unidos de América, que dicho crimen no quedaría impune. En cuanto jurara el cargo de presidente, su primera tarea sería, utilizando todos los medios a su alcance, la de acabar con la ola de terrorismo que asolaba a las distintas naciones del mundo e instaurar el orden. Se acordó de los muertos recientes por las bombas atómicas e hizo votos porque una nueva América surgiera de las cenizas del dolor e iluminara al mundo entero, con el nuevo camino que iba a emprender, sacándole del sueño letal  de la blandura y de la tolerancia y de la obscuridad, derivada de la decadencia en la que las democracias estaban inmersas. Habría que imponer el orden, por la fuerza, si ello fuera necesario. Esa sería la misión de la Gran América que se avecinaba. Terminó diciendo que había llegado la hora de un nuevo mundo y un nuevo orden mundial, donde no se diese oportunidad, ni tregua, al malvado. 

La paz tiene un precio, quizás éste sea el de la libertad —fueron las últimas palabras del vicepresidente Richards como presidente en funciones, en su primera declaración.

III

El discurso fue seguido por todo el país, a través de todos los medios de comunicación.  Aquella vez, en las diferentes cadenas de televisión no hubo pausas para la publicidad. La única publicidad era la que había hecho, de manera eufemista, el vicepresidente. La democracia en América tenía los días contados. Así lo comentaban, tras haber oído el discurso, los dos ocupantes de un Pontiac rojo, que se dirigía hacia Nueva York a través de la autopista interestatal I-80, cargados con una bomba atómica en su interior.

— Este Richards es un verdadero fascista —comentaba sin empacho Elixpuru— se debe creer que es Marco Antonio o algo así. Además tiene muchísima desvergüenza. ¡Qué cinismo! Acaban de asesinar al presidente y ya está echando las culpas a otros. Me parece que Hitler se va a quedar pequeño con lo que se nos avecina…

Logan asentía y callaba. Su preocupación seguía siendo Bárbara. Había comprado el cargador de coche y su teléfono ya estaba listo, pero no se producía ninguna llamada. Habían cogido en la ciudad industrial la llave y todo el equipo necesario que precisaban, sin ningún  problema. Elixpuru lo revisó y vio que no faltaba nada. El coche monovolumen circulaba despacio debido al peso y al deseo que tenían de no llamar la atención. Se dirigían por la autopista 80, hacia Nueva York. Una lluvia torrencial  se había desatado en las proximidades de Mooresburg, una vez atravesados los montes Apalaches. A las diez de la noche, cansados y extenuados, decidieron pasar la noche y descansar en un motel cercano a la autopista, cerca de Miffinville, Pennsylvania. Al día siguiente, les esperaba un trabajo muy especial para desarrollar, en Manhattan y debían encontrarse en plena forma, para ello.

En la habitación del motel, la lluvia seguía golpeando intensamente sobre el tejado. Jack y Beñat, que compartían la misma habitación, se estaban preparando para dormir, cuando el teléfono de Elixpuru comenzó a sonar. Era una llamada de Seán. Había marcado al número de Jack pero su teléfono estaba fuera de servicio. Después, lo hizo con el de Beñat y, esta vez, sí hubo respuesta. Estaba preocupado por la situación de sus amigos y les ofrecía la infraestructura antigua del IRA para refugiarles y sacarles de los Estados Unidos:

— ¡Muchas gracias, Seán!, pero no es necesario. Además tenemos un trabajo que hacer aquí.

— ¿Trabajo?, ¿Qué trabajo? —respondió el irlandés, un tanto perplejo.

— ¡Vaya pregunta!. Se puede saber a qué vine yo hasta acá. Que yo sepa no vine de vacaciones. ¿No?

— No, pero se torcieron las cosas y os quedasteis sin material… —el eufemismo era extraordinario en aquella conversación. Beñat respondió siguiéndole la corriente.

— Eso era antes. Ahora ya hemos conseguido otro material idéntico…

— ¿Qué?…

— ¡Como lo oyes! Ave Phoenix  nos lo dejó, por si el otro no funcionaba…

— ¿Y… ?

— Pues que mañana vamos a ponerlo en funcionamiento…

— ¿Estáis locos?…, después de todo lo que está pasando allá… ¡Me dices que estáis pensando poner ese material a funcionar!… —la voz de Seán se elevaba de tono por instantes.

— Que estamos pensando… ¡No!. ¡Qué lo tenemos ya decidido! —le contestó el vasco, aguantándole el tono. Después se produjo un silencio y de nuevo surgió la voz de Seán, cuando hubo digerido la noticia.

— ¡Estáis locos!.,  pero, en fin… vosotros veréis. Ya os llamaré, después del trabajo. Seguro que me enteraré, pronto, de vuestra obra. Por sí acaso, ¡cabezotas!,  prepararé a los nuestros de Baltimore —y colgó.  

IV

Durante todo el día, el vicepresidente había estado resolviendo cantidad de problemas de Gobierno. Había recibido innumerables llamadas de personalidades de todo el país y de todo el mundo, que mostraban su condolencia por lo ocurrido. El peor trago fue cuando tuvo que ir, al ala este de la Casa Blanca, para entrevistarse con la esposa del presidente fallecido y con sus hijos, que habían ido a acompañarla, en tal desgraciado trance. No aparecía ningún cadáver, ni resto del mismo. A pesar de haber destinado más de dos mil hombres del ejército a las tareas de búsqueda.  A las nueve de la noche, del mismo día, habían aparecido las dos cajas negras y todavía las estaban examinando. Había convocado una reunión urgente, en pequeño comité, para las diez de la noche y estaba nervioso. Sin cadáver, los funerales deberían retrasarse y aquello le perturbaba. Además, alguien, en la Casa Blanca, había lanzado el rumor de que el presidente Thomson seguía vivo. Ignoraba, hasta donde estaría extendido tal rumor, pero lo que sí sabía era, que no le gustaba la idea de tener que luchar contra un fantasma y en aquella casa, la presencia del presidente Thomson se sentía por todas las paredes. 

La reunión en el Despacho Oval comenzó puntualmente. Además de Greeley, Blackjack y Duckworth, acudieron Dupont, Macgregor y Goldstein. Los siete se sentaron en las butacas de aquella sala de color azul para analizar los últimos acontecimientos. Poco a poco revisaron, uno a uno, todos los temas pendientes: el nombramiento y jura como presidente sería la semana siguiente. Aunque el primer ministro británico no había muerto, sería anulado políticamente por un golpe de Estado, a realizar, que dirigiría el actual ministro de Interior. Los planes en Japón también marchaban bien. Lo mismo que en Francia, España e Italia. 

La NATO, a través de su secretario general, y de diversos mandos militares se había puesto a disposición del Pentágono. Así, lo confirmó el general Greeley que estaba ultimando el ataque a Irán y a Libia y, posiblemente a Irak. Rusia estaba dispuesta a colaborar. Tenían muchos problemas con los musulmanes en su propia área de influencia y estratégicamente les interesaba dar un golpe de muerte al fundamentalismo islamista. En el exterior, las cosas evolucionaban según lo previsto. El único problema, comentaba el jefe del Pentágono, era en el interior de los Estados Unidos, donde existía una creciente contestación sobre todo en la Marina. 

Había que desembarazarse del almirante Stanley, cuanto antes. Greeley propuso que si se quería instaurar una Dictadura Constitucional que acabase con la decadencia de la democracia, era necesario eliminarlo. Tenía un plan pero, por el momento, era muy arriesgado. Decidieron entre todos, esperar a que pasase una semana para poner en marcha la fase siguiente. Había que esperar, también, a que se analizaran los contenidos en las cajas negras y se encontraran algunos restos de las víctimas en la zona de Badlands National Park. Se había ultimado quienes serían los nuevos miembros del Gabinete presidencial y del Ejecutivo. Tan sólo repetiría el actual secretario del Departamento de Agricultura. El resto serían hombres de confianza y, muchos de ellos, militares de carrera. Goldstein comentó el avance increíble de la cotización del dólar en los mercados bursátiles cuyo valor ya rondaba su multiplicación por veinte. Blackjack sonreía, el que más de entre todos los allí reunidos. Su sueño era tan azul como las paredes de la sala donde se encontraban. Se había convertido en multimillonario. Esa era la ilusión de su madre. Ella estaría orgullosa de él. El hijo de un padre desconocido y de una prostituta de Cleveland no podía tener mejor final feliz.

V

A la misma hora que se celebraba esa reunión de los golpistas en la Casa Blanca, el portaaviones USS Enterprise, de 342 metros de eslora, iba navegando con toda su flota, a la altura de las costas de Delaware. El gigante de los portaaviones, como buque insignia, acogía a una serie de cargos y personalidades americanas que habían acudido en helicópteros de la marina, acudiendo a la llamada, que expresamente y en secreto, les había hecho el máximo mandatario de los Estados Unidos de América. La reunión comenzaba, exactamente, a las 10.15 de la noche. Precisamente, cuando todos los barcos que componían aquella gran flota habían superado el paralelo que también cruzaba por  Dewey Beach, una de las playas que más le gustaba disfrutar a David Carrere y a su familia, durante el verano.

En aquella reunión, coordinada entre la Marina y el FBI, acudieron, además de la mayoría de los secretarios del Ejecutivo, el presidente “pro tempore” del Senado y el “speaker” de la Cámara de los Representantes, así como una representación importante de senadores y delegados, junto a la no menos numerosa representación de militares, de todos los cuerpos de las Fuerzas Armadas americanas. No faltaban hombres de negocios y algunos directores de los principales medios de comunicación. También se encontraban el director general del FBI y su ayudante. 

Antes de comenzar la reunión, se les sirvió a los asistentes una especie de lunch, ofrecido por el almirante Wickersham, que estaba al mando de aquella poderosa flota. Era curioso observar el humor y el ambiente de alegría y optimismo que se respiraba en aquella gran sala del portaviones. Muy pocos sabían que la flota navegaba en estado de alerta de guerra, presta para responder a cualquier ataque que se le presentara y que eran muy numerosos los misiles del tipo Tomahawk que estaban apuntando, prestos para ser disparados en cualquier momento, hacia diferentes bases estratégicas que se sabía que estaban controladas por los golpistas, en especial, contra diversas bases de las Fuerzas Aéreas, distribuidas por todo el país. La reunión tuvo un tema único: los planes para el contraataque contra los golpistas, con el objetivo prioritario de restaurar la situación  y evitar, siempre que fuera posible, una cruenta guerra civil.

Tras los aplausos y los vivas de felicitación que recibieron tanto el presidente como el secretario del Departamento de Justicia, se inició la reunión. Empezó informando de que había llamado al primer ministro israelí para tranquilizarle y decirle que estaba vivo. Ambos mandatarios eran muy amigos y los dos, junto con Yasser Arafat, habían contribuido decisivamente a la paz en Oriente Medio. El primer ministro israelí le había llamado muy preocupado, aquella tarde, para informarle de que el Mossad o “Mossad Merkazi le-modiin u-letafkidim meyuhadim”, también conocido como el Instituto Central de Inteligencia y Seguridad israelí y que creó Isser Harel, tenía datos muy importantes acerca de las actuaciones de la CIA en los Estados Unidos y en el resto del mundo. Diversos agentes dobles que operaban tanto para la CIA como para el Mossad, habían suministrado, por error, información a ambas centrales de inteligencia. 

Alertados del peligro, los servicios secretos israelíes, se dedicaron a investigar en profundidad el alcance y la veracidad de aquellas noticias. Cuando explotaron las bombas atómicas en Tokyo, Frankfurt y Zürich, alertaron al ministro francés del Interior y a su homónimo el ministro inglés. Fue una tarea en balde, pues luego comprobaron que ambos ministros estaban complicados en el asunto de las bombas. En los Estados Unidos, se pusieron en contacto con el secretario del Departamento de Interior y con el Director del FBI, aunque fue ya un poco tarde, como para evitar que atentasen contra el propio presidente.

Los datos aportados hablaban de que se estaba preparando, desde hace tiempo, un golpe de Estado que implantase una dictadura de corte fascista, en los Estados Unidos. Para ello, se necesitaba recurrir a la famosa táctica de la ceremonia de la confusión. Crear el caos y el desorden a nivel mundial para luego aparecer ellos como los salvadores de la paz y el orden, en todo el planeta. Contrastados estos datos con las investigaciones que había realizado el FBI, se deducía, fácilmente, que la CIA y las Fuerzas Aéreas americanas habían sido los principales responsables de la explosión de las bombas atómicas que, recientemente, habían convulsionado y destruido algunas de las ciudades más importantes del mundo y aniquilado millones de vidas humanas. 

Aquella tremenda noticia sí que cayó como una bomba en la sala y levantó los ánimos de los más de cien asistentes a la reunión. Parecía increíble. Los Estados Unidos, o mejor dicho: diferentes instituciones dependientes del Gobierno y financiadas con los impuestos de todos los americanos, habían sido los causantes de tan monstruosas atrocidades. El secretario del Departamento de Justicia que presidía la reunión, por cesión del presidente, empezó a reclamar silencio, por los altavoces de la sala:

— ¡Por favor, señoras y señores! guarden silencio, por favor! Tan sólo el presidente nos ha expuesto una serie de hechos, a los que esta Nación, y nosotros como sus representantes, tendremos que enfrentarnos, tarde o temprano, y responder ante los gobiernos de los diferentes países, sobre todo los damnificados, y ante la opinión pública mundial. Pero, por el momento, nuestra principal batalla es la de ganar al Gran Hermano que tenemos delante, intentando aniquilarnos e instaurar su nuevo orden dictatorial. Este Big Brother no es otro que la triarquía formada por el general Thomas J. Greeley, jefe del Pentágono y actual secretario de Defensa en funciones; el director de la CIA, Ronald Blackjack; y el magnate de los negocios, Christopher Duckworth, que todos ustedes conocen perfectamente… —al oír aquel nombre los murmullos ocuparon todo el espacio sonoro de la sala. Robert O’Neíll, ante la mirada afirmativa de Peter Hasting, secretario del Departamento de Justicia, continuó insistiendo en sus razonamientos a la vez que solicitaba silencio:

— ¡Cálmense, señoras y señores!.. Porque todavía no ha llegado lo más grave… —todo el mundo guardó silencio, de una manera expectante—… según los datos de que disponemos, en caso de una confrontación directa, ellos tendrían todas las de ganar… 

Los murmullos arreciaron de nuevo y Robert O’Neill intentó callarlos aprovechando los vatios de los altavoces. 

— … digo que tienen las de ganar porque son los malos y cuentan con un arsenal de armas nucleares ante el cuál sería una locura no rendirnos para evitar nuestra propia autodestrucción. Sé que son acusaciones graves pero eso todo ustedes ya lo saben. Ayer noche, el presidente y yo mismo, junto con el jefe del Gabinete, escapamos de una muerte segura gracias al FBI. Esta institución sí que ha dado pruebas de valor enfrentándose desde el principio al mal que nos acechaba y que, desgraciadamente, nos sigue acechando —miró a David Carrere y le anunció— Cuando quiera puede proseguir, señor director general de la Oficina Federal de Investigación.

David Carrere se acercó al estrado, saludó al presidente y al secretario del Departamento de Justicia y miró a los congregados, para iniciar su exposición. El teniente Paul Johnson se movía inquieto en el asiento donde se encontraba, delante de la tribuna presidencial.

— ¡Señoras y señores! Quisiera despejarles todas las dudas que puedan tener con respecto a la implicación de la CIA, de algunos sectores del mundo de las finanzas y de la industria y de una parte importante de los mandos de las Fuerzas Armadas americanas — cogió un vaso de agua que un marinero le había servido y bebió un trago largo. Después prosiguió, intentando saciar la expectación despertada— Comenzamos a sospechar de la CIA por algo que todos Ustedes comprenderán. Todos tenemos nuestra autoestima y comprobamos que los tontos de este infierno éramos precisamente el FBI. La CIA lo sabía todo. Daba cuentas de los detalles más nimios y nosotros y la Interpol y la policía japonesa sin enterarnos. Tampoco sabían nada los servicios de inteligencia británicos, ni los alemanes, ni los franceses… Los únicos listos eran los de la CIA. Y ese fue el principal error  que cometieron. Empezamos a dudar de ellos y preguntamos. Dudamos como hubiera hecho Descartes, utilizando el método de la duda sistemática, y, entonces, lo empezamos a ver todo más claro y las respuestas a nuestras dudas se volvieron positivas y comenzaron a resolverse. La CIA en colaboración con el Pentágono fue quien suministró las bombas a un grupo de desquiciados idealistas, los alentó ideológicamente y los instruyó en una base de Arabia Saudí para colocar las bombas en esas ciudades. ¿Objetivos? Tres eran los objetivos que perseguían, fundamentalmente. El primero era socavar las economías de esas potencias económicas y reforzar el papel regulador del dólar. El segundo era hacerse con el poder de los Estados Unidos de América. El tercero era crear las condiciones a nivel mundial para que la población ansiase un nuevo orden. Más tarde, conseguirían hacerse con el liderazgo mundial.

Se necesitaba un chivo expiatorio e Irán, Irak y Libia se lo ofrecieron fácil por su habitual política antioccidental y, sobre todo, antiamericana y anti-israelí y su apoyo descarado al terrorismo islamista de uno u otro signo: chiita o sunita. Alemanes, japoneses, suizos, franceses, británicos y americanos, disconformes con el sistema capitalista actual que crea cada vez mayor número de excluidos fueron el brazo ejecutor. Yo, personalmente, aunque la justicia podrá decir otra cosa, no seré quien culpe con fuerza a estos integrantes de la organización, autodenominada Juicio Final.  Considero que han sido una víctimas más de los planes diabólicos de la triarquía golpista a la que el secretario de Justicia antes hacía referencia. A quien culpo es a esos a los que debemos combatir antes con inteligencia. Las informaciones suministradas por el Mossad y el Shabak o Servicio de Seguridad General, nos han confirmado que es mentira la implicación de Irán, tal como ha apuntado esta mañana el vicepresidente. Ningún avión despegó entre los días 8 y 14 de mayo con destino a ninguna ciudad de las siniestradas por las bombas atómicas. 

Agentes del FBI que enviamos, hace unos días a Francia para investigar en la población Vendôme, nos han comunicado y ratificado que ningún avión aterrizó allí. También hemos comprobado que las informaciones que nos suministraba la CIA y el Pentágono se anticipaban al conocimiento posible de la realidad. El teniente Johnson, mi ayudante en el FBI,  fue el primero en darse cuenta de que era imposible que Blackjack supiese, a la hora que nos lo dijo, en la reunión que mantuvimos, de madrugada, con el presidente, en la Casa Blanca, que la bomba atómica de París se había colocado en la Estación o Gare de Montparnasse, a menos, que la hubiera ordenado colocar él mismo…

La expectación había sido enorme y la curiosidad también. En aquella reunión se habían saciado hasta los más exigentes, pero, después de sofocadas las dudas, eran el miedo y la impotencia los humores o sensaciones que quedaban latentes en la sala. Hubo varias preguntas y todas dirigidas a cómo poder hacer frente al golpe. Sin embargo, David Carrere prefirió seguir con su exposición, para luego pasar a responder a las preguntas que le hacían:

— ¿De dónde se extrajeron las bombas y cómo fueron a parar allá? Son aspectos que desconocemos, por el momento, pero que estamos investigando. Nuestra hipótesis es que esas bombas son tan americanas como lo somos Ustedes y yo y que fueron robadas de alguna base de la Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos y trasladadas a aquellos países en aviones, también, de las Fuerzas Aéreas. Se las entregaron a los terroristas de la organización Juicio Final para que las colocasen en la hora y lugares convenidos y las programasen para explotar. También sabemos que todos los terroristas implicados en la explosión de las bombas atómicas fueron, el mismo día o al día siguiente, eliminados; o bien, por agentes de la CIA o bien, por comandos especiales del ejército de los Estados Unidos, salvo la excepción hecha de Gran Bretaña, donde intervino el ejército británico, de modo y manera que no pudiese evitar la explosión atómica en Londres. En nuestro país, parece ser que sólo se trataba de un simulacro para justificarse ante el mundo. De este modo, también ganarían prestigio y credibilidad, ante el mundo, en lo referente a la capacidad de hacer frente y de tener éxito en la lucha antiterrorista.

Como podemos apreciar, hasta ahora todo, o casi todo, les ha salido bien. Eliminaron al secretario del Departamento de Defensa para poder controlar el NSC. Han atentado contra el presidente para que el monigote del vicepresidente asuma el poder y les facilite el cumplimiento de sus planes. ¿Qué podemos hacer? Desde mi punto de vista, sólo hay una salida: contraatacar. Hay que contraatacar pero evitando, al mínimo los derramamientos de sangre. Ayer perdimos en el FBI, dos buenos agentes, enfrentándose a la CIA y a elementos de la mafia que actuaban, conjuntamente. Sin embargo, cuando digo contraatacar quiero decir hacerlo de manera inteligente. Una confrontación abierta no nos interesa, pues podríamos perder. Tenemos que jugar con el factor sorpresa y éste es nuestra principal baza 

La atención en la sala era tremenda. No se oía ni el vuelo de una mosca. El presidente Thomson estaba orgulloso de Carrere, pues, para no ser éste un militar experto en estrategia, ni un orador habituado a hablar en los mítines políticos y en el Congreso, estaba demostrando unas grandes dotes para hacerlo. David Carrere tenía a toda la sala, incluido al presidente, en un puño.

 — La sorpresa es importante pero muchísimo más lo es, si ésta se da desde el máximo poder. Nosotros, aunque los golpistas no lo sepan, tenemos al máximo poder —David se detuvo en su larga pero necesaria exposición, señalando al presidente Thomson— El máximo poder de la nación más poderosa de este Planeta es el presidente de los Estados Unidos —se oyeron aplausos que, poco a poco, fueron creciendo, hasta generalizarse, ininterrumpidamente. David Carrere, aplaudiendo también al presidente, continuó, chillando.

El máximo poder es el presidente de los Estados Unidos, ¡Aquí, presente! Él es el comandante en jefe de todas las Fuerzas Armadas de este país. Tenemos que conseguir que llegue a la Casa Blanca, sano y salvo y sorprenda a nuestros enemigos,  y desde allí se dirija, a través de todos los medios de comunicación al país y a todo el mundo, desenmascarando a los culpables. El FBI está ya trabajando en la elaboración de la lista de los golpistas y estableciendo un plan de contraataque, en colaboración con las Fuerzas Armadas leales, que son la mayoría, poder detener y hacer frente, y con éxito, a todos los golpistas. Esa es la mejor solución posible que tenemos, hoy por hoy. ¡Dios nos ayude a derrotar  a los enemigos del bien y de la democracia! 

Todos se levantaron y aplaudieron. El propio presidente estaba emocionado y aplaudía también, con cara de cansado. Sólo hubo uno, que se quedó en el asiento sentado, era el teniente Paul Johnson que se había desmayado de la emoción que le supuso escuchar tan brillantemente a su jefe. Estaba orgulloso de ser un federal. 

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