El FUEGO PURIFICADOR—15 Capítulo

por Juanjo Gabiña

Capitulo 15

El poder de la aceleración se va deprisa

I

La imagen inconfundible de Nueva York, alineada con los rascacielos de Manhattan, se destacaba desde la ventana de una de las habitaciones del hospital de Jersey City a donde le habían llevado a Hellen Martínez. Michael Donovan estaba haciendo cola para subir en uno de los ascensores y estaba un tanto enojado. Había necesitado casi una hora para atravesar el túnel Holland, por culpa de un accidente de tráfico ocurrido, poco antes y a la salida del mismo. Fue algo sin importancia, un accidente en el que colisionaron varios coches, sin que se produjesen heridos graves, pero lo suficientemente aparatoso como para que el tráfico rodado quedase retenido durante bastante tiempo. 

Donovan y el agente  de color que le transportaba en el coche del FBI y que no era otro que el que les había llevado anteriormente hasta Greenwich Village quedaron, así, atrapados, en medio del túnel y con el motor del coche apagado. El agente que conducía el coche y que supo que se llamaba Abraham Clay, comía chicle con gran avidez. Michael pensó que seguramente estaba intentando dejar de fumar. Por otra parte, el ambiente del interior del túnel se había hecho irrespirable debido a la combustión de los coches. 

En un momento dado, quizás a los diez minutos de haberse quedado atrapados, Michael se dio cuenta de que el coche de adelante seguía con el motor encendido, echando humo por el tubo de escape. Sin poder reprimirse, abrió la puerta del coche y salió fuera. Sacó el arma de su funda y se acercó despacio al otro coche. En su interior, con la música rap, puesta a tope, dos  jóvenes afro-americanos, con gafas oscuras y uno de ellos, con una enorme boina de color morado, calada hacia un lado, se liaban dos porros. 

Cuando Jack  le abrió la puerta al conductor de aquel coche y éste vio al agente con la pistola en la mano, la cara de susto que puso fue impresionante. Instintivamente su compañero, tirando el canuto que poco antes se había laboriosamente liado, alzó la manos. A Donovan aquello le hizo gracia, arrancó las llaves de la cerradura de paso y, apagándoles el motor del coche, le tiró las llaves al conductor, que todavía estaba sin poder reaccionar y con las manos en alto, diciéndole:

— Cuando aprenderéis que los porros sólo se fuman en el Marcus Garvey Park —y cerrando de un golpe la puerta, dejó a los jóvenes con el mosqueo durante un buen rato. Al dirigirse, hacia su asiento, tropezó con el otro agente federal que estaba fuera vigilando, por sí acaso. Al verle, de pie y delante de él, enseñando los blancos dientes y con una señalada sonrisa burlona. Donovan le espetó:

— ¿ Qué?, ¿Te ha hecho gracia?

— Ya lo creo, Donovan, después de lo que te oído contar antes, acerca de la bomba atómica, del complot de la CIA y del golpe de Estado… en realidad, ya todo me hace gracia… —y dándole una palmada en el hombro a Michael, siguió riéndose.

 El vehículo de la policía federal, por fin, le pudo acercar al agente Donovan a aquel hospital. Allí, tampoco las cosas le empezaron a salir bien. Intentó comprarle flores a Hellen, pero, desgraciadamente, al florista se le había muerto alguien y no había abierto ese día, en señal de luto. Donovan pensó, con sarcasmo, si se habrían llevado todas las flores para el familiar muerto porque en el escaparate de la tienda de flores que estaba cerrada, no había más que cactus y pequeños bonsais. 

Para el colmo, en aquel negro día, el Gran Jefe, David Carrere, no estaba ni en su despacho, ni era localizable. Desde que el agonizante agente de la CIA le había dicho lo del complot, se encontraba cada vez más desquiciado e imponente. Había hablado por teléfono a los pocos minutos con su jefe inmediato, el teniente Paul Johnson. Metido en el coche con Bárbara Podiaski y dos agentes del FBI, que la escoltaban hasta un piso de seguridad situado en Greenwich Village, la conversación con el teniente no pudo ser más surrealista.

El conductor del vehículo, que sin quererlo, como todos los demás que estaban dentro, incluida Bárbara, no podía sino oír todo lo que Michael le estaba contando a su jefe, no hacía más que sudar tinta por sus poros y confundirse al tomar los cruces de las calles. Fue una conversación larga que duró todo el trayecto hasta que llegaron al refugio. Donovan no se explicaba bien porque tenía él también que llamarle a David Carrere y contárselo él y porqué no podía hacerlo el mismísimo Paul Johnson. Le dio varias vueltas al tema y llegó a la conclusión de que su jefe no le había creído y prefería, guardarse las espaldas, no dando la cara. Por eso le había pedido que fuese él mismo el que se lo contara. Poco a poco, Donovan se convenció de que estaba en lo cierto y terminó exclamando:

— ¡Será posible que ese búfalo de Paul no me haya creído! —Bárbara, que estaba sentada, al lado suyo, le miró y le dijo, en voz baja, con los ojos muy abiertos:

— Yo sí que me lo he creído. ¡Vaya que sí! —y se puso a mirar por su ventana, poniendo una expresión enigmática. Mientras, el coche detenía su marcha y se arrimaba a la acera. 

Una vez enfrente del portal que daba acceso al mismo, el vehículo se detuvo y un agente del FBI descendió escoltando a Bárbara hasta el interior de aquel portal y, luego, se perdieron por él, acompañados por otros cinco agentes que les aguardaban. Con extrañeza, Michael recordaba cómo la muchacha, poco antes de bajarse del coche, le había agarrado de la mano, y se la había apretado significativamente. 

— Eso no ha sido un signo de despedida. Tampoco ha sido un signo de agradecimiento porque no iba esposada—pensó Donovan— Creo que podría ser una buena señal. 

— Quizás sea que me quiere indicar que está dispuesta a colaborar. En fin, a la vuelta de visitar a Hellen en el hospital se lo preguntaré y, entonces, lo sabremos…

Con esos pensamientos, salió un momento del vehículo federal para sentarse junto al conductor que le aguardaba con las manos al volante. Miró al reloj para ver la hora que era. El tiempo pasaba y tenía muchas cosas que hacer. Le preguntó al agente que lo conducía, si llegarían pronto a aquel hospital de Jersey City. Aunque el gesto fue afirmativo y el agente de color arrancó el coche, acelerándolo enseguida, ni uno ni otro sabía que les aguardaba el atasco del túnel Holland. 

II

David Carrere había entrado de nuevo en la sala de reuniones, donde se estaba celebrando una de las sesiones más decisivas de la historia de los Estados Unidos de América. Allí, estaban reunidas más de veinte personas entre las que se encontraban: su ayudante el teniente Johnson y varios altos cargos del FBI; el secretario del Departamento de Estado y, también, los secretarios de los departamentos de Transportes, Trabajo, Energía, Hacienda, Educación y Bienestar Social, Interior, Vivienda y Urbanismo, Sanidad y Comercio; el almirante Douglas Stanley y algunos otros altos cargos de las Fuerzas Armadas; los jefes de la mayoría y de la minoría del Congreso, que incluía la Cámara de los Representantes y la del Senado, y varios congresistas; los directores de algunos medios de comunicación y algunas asesores, en materia de seguridad, del propio presidente. El director general del FBI, se sentó en la mesa, sonriente.

— ¡Señores! Traigo buenas noticias. Acabo de convencer al presidente para que no tome su avión desde Tacoma-Seattle para venir a Washington D.C., si bien, hemos acordado que el avión del presidente, “Air Force One” despegará de igual modo que si volase el presidente dentro y seguirá el trayecto programado, siguiendo el plan de vuelo ya establecido por el NSC. Esta noche, el presidente y el secretario de Justicia, escaparán a la misma hora que despegue el avión, en el mismo helicóptero que le transportará desde Bremerton a Tacoma. Se dirigirán hacia otro refugio secreto, situado en otro lugar más próximo a Washington D.C., que por el momento no puedo rebelarles cuál es, por razones que les serán obvias. Así pues, volveré a repetir, brevemente —entonó más despacio David Carrere, dándose cuenta de que antes había hablado demasiado de prisa y algunos presentes, de cierta edad, no le habían entendido, quizás por problemas de sordera, también— esta noche, al mismo tiempo que parta el avión hacía la Casa Blanca, el presidente saldrá también en helicóptero, siguiendo otra ruta. El secretario del Departamento de Justicia y el jefe de Gabinete le acompañarán. El vuelo del helicóptero será bastante raso y se realizará a través del espacio aéreo canadiense. Las autoridades de nuestro vecino país, ya están informadas y han ofrecido una escuadrilla de Harriers, a su disposición, y como medida protectora. Dado el alto índice de compromiso con el golpe que tienen la Fuerzas Aéreas americanas hemos aceptado. De cualquier modo, aviones de la Marina están prevenidos para actuar cuando el helicóptero entre en el espacio aéreo de los Estados Unidos. En el “América 1” no volarán más que los pilotos, prestos a saltar del avión en cuanto el radar les avise de cualquier peligro. Por ahora hemos podido prepararnos para evitar el golpe pero, otra vez, puede ocurrir que no tengamos tanta suerte. Les sugiero, y éstas son las órdenes del presidente, que organicemos un plan de ataque. Este plan sólo podrá tener éxito si se realiza guardando el mayor de los secretos, desde el principio hasta el final. Creo que sobre eso, el teniente Johnson tiene ciertas ideas desarrolladas. ¡Paul!, cuando quiera usted.. 

— ¡Gracias Mr. Carrere!. Seré breve. Por ahora sabemos que están implicados, en el golpe: el general Greeley, Blackjack y el vicepresidente Richards. Desconocemos quiénes son los demás. Lo sabemos porque un agente de la CIA, antes de morir en el tiroteo que esta mañana hemos tenido en Broadway, así, se lo confesó a nuestro agente Donovan. Sabemos que la red está muy extendida y que afecta a grandes hombres de negocios que controlan sectores importantes de las finanzas, de la industria y de los medios de comunicación. También sabemos que, a nivel de mandos, las Fuerzas Armadas están muy tocadas. Sobre todo, las Fuerzas Aéreas que han dependido durante mucho tiempo del mando del general Greeley. La Marina parece ser la que está más sana… —Paul Johnson miró al almirante Stanley agradeciéndoselo—… también hay muchas policías metropolitanas cuyos mandos están con los golpistas. Donovan me habló también de políticos y congresistas implicados la trama. Aunque no me lo dijo, me figuro que también habrá gobernadores, alcaldes de grandes ciudades, etc. Este es el panorama, sabemos cómo es la parte más visible del iceberg, pero desconocemos lo que se oculta debajo del agua. La situación es grave. Yo diría que muy grave pero que, si queremos contraatacar, y tener éxito, tenemos que esperar. Ahora no es el momento…

— ¡Perdone teniente Johnson! —le interrumpió el almirante Stanley que, al parecer, no compartía esa opinión— Soy un militar de profesión desde hace tantos años que no me acuerdo —todos rieron del chiste— Sé, por la experiencia que tengo, en materia de estrategia militar, que no es bueno lanzarse al ataque demasiado pronto cuando se desconoce muchos datos del enemigo pero tampoco es bueno esperar hasta saberlo todo, porque puede ser que ese día nunca llegue o llegue demasiado tarde. Me explicaré mejor. Estoy de acuerdo en que detener ahora al general Greeley y a Blackjack, incluso al vicepresidente, lo único que haría sería levantar la liebre y que todos los implicados huirían o destruirían todas las pruebas. Por lo cual, nunca podrían ser cazados. En eso estoy de acuerdo. Pero creo que a usted se le olvida algo muy importante. No estamos hablando de unos golpistas meramente. En este caso de unos golpistas americanos que quieren acabar con nuestro país y sus libertades. Estamos hablando de algo más y muchísimo más grave. Estamos hablando de unas…, no sé si se puede llamarles personas, …de unos asesinos responsables de grandes crímenes contra la humanidad. 

Los millones de muertos que han originado con las bombas que han colocado  en Frankfurt, en Tokyo, en París… Esas vidas humanas, cruelmente asesinadas, por las órdenes de esas mentes diabólicas, no pueden esperar a nada. Debemos un respeto a la justicia y a la memoria de los muertos. No podemos consentir que nuevos Hitler aunque sean americanos, puedan andar libres, ningún momento. 

Creo, además, que toda la humanidad y, sobre todo, el conjunto de los países donde ha habido alguna ciudad arrasada por una bomba atómica nuestra no nos lo perdonaría. Tampoco lo haría la historia con los que estamos aquí reunidos si tomamos la decisión de esperar y  de no hacer nada, aunque sólo sea, por el momento. ¡Señores!, mi opinión es que debemos actuar, ahora, la marina en bloque estaría dispuesta a intervenir, si es necesario. Sugiero que detengamos a Blackjack y al general Greeley, cuanto antes. Señor Carrere, usted es el director general del FBI. En caso de paz, como paradójicamente estamos ahora, es  usted quien tiene la autoridad. ¡Contraataquemos!…

Los generales  que habían venido a la reunión, entre los que también había alguno de las Fuerzas armadas, asentían con la cabeza. Entre los convocados se notaba que había división de opiniones. David Carrere, mirando al almirante tomó la palabra.

— Le agradezco su exposición porque ha sido brillante y le honra como militar que sabe valorar las muertes inocentes. Estoy de acuerdo con todas las reflexiones  que usted nos ha expuesto pero también creo que usted se olvida de otra reflexión también importante. No soy militar, pero he estado muchos años, deambulando por diferentes embajadas en países europeos. He conocido no la guerra real pero sí bastante de la guerra fría. Yo sé que muchos acuerdos de paz se han logrado desde el momento en que ambas partes han asumido el principio de la destrucción mutua. Este es nuestro caso. Si nosotros contraatacamos ahora, las probabilidades de que la nación americana entre en un conflicto bélico, son bastante grandes. Además, delante del país, de los ciudadanos y de las Fuerzas Armadas tanto el general Greeley como Blackjack son dos héroes nacionales que han salvado al País. Nadie nos creería y los detenidos bien podríamos ser nosotros. No olviden, señores, que en ausencia del presidente son el vicepresidente y, dada la situación alerta que todavía no se ha anulado, el presidente de la Comisión de Seguridad, quienes tiene la máxima autoridad y esos ellos. No, nosotros no lo olvidaremos. Lo más sensato, estando de acuerdo con los dos: el teniente Johnson y el almirante Stanley, es que esperemos, pero no mucho tiempo. Si nuestras informaciones son ciertas, esta noche atentarán contra el avión del presidente. Haremos que parezca que el presidente ha muerto. Dejaremos que ellos enseñen sus bazas y que el vicepresidente, también, salga a la palestra. Detrás de éste, Greely y Blackjack aparecerán otros rostros con nombre y apellidos. Se creerán que tienen el poder y actuarán al descubierto. No pasarán muchos días. Ya lo verán hasta que lo sepamos todos, o casi todo de la red. Entonces, sacaremos a la mesa nuestra mejor baza: el presidente electo de los Estados Unidos de América que explicará a la Nación y al mundo entero lo ocurrido… —el almirante quiso intervenir y levantó la mano— enseguida acabo y le cedo la palabra, —se le adelantó Carrere, con un comentario dirigido a los presentes:

— Creo que hay que contraatacar preparándonos. Esta mañana mis hombres han sido atacados, abiertamente y en público, por agentes  de la CIA y de algún clan de la mafia, que operaban conjuntamente. Es en cierto modo, un paso hacia la guerra civil que debemos evitar. El recientemente fallecido, y como sabemos ya, asesinado por la CIA, el señor Lewis Lemass, antes de ser secretario del Departamento de Defensa, era uno de los más prestigiosos jueces del Estado de Illinois. Una vez me confesó que, muchas veces, lo más difícil para la acusación fiscal era precisamente demostrar lo evidente. Señores sabemos lo evidente pero, ¿Podríamos demostrarlo? —miró a los reunidos y pudo comprobar que ni tan siquiera el almirante ponía cara de decir que sí. Por ello, concluyó diciendo:

— Esperemos por tanto y animemos a que cada uno vaya preparándose y organizándose desde el lugar donde está y desde el puesto que ocupa, desde las fuerzas y recursos reales con los que dispone, y desde la responsabilidad de que nuestro contraataque sea conjunto y tenga éxito. Cuando llegue el momento debemos estar todos preparados y con los cuchillos bien afilados. ¿De acuerdo?

Todos asintieron. Cuando terminó la reunión, David y Paul se quedaron comentando algunos otros temas. La secretaria del director general les interrumpió para decirle a su jefe: 

— ¡Señor Carrere, tengo un recado urgente para usted! Ha llamado Michael Donovan. Por cierto que le ha llamado a lo largo del día, más de cinco veces. Pero en esta última me ha dicho que es muy urgente y cuestión de vida o muerte y algo que afecta al honor de su familia, por lo que he corrido rápidamente a decírselo — le miró fijamente al teniente Paul Johnson, y dudó antes de proseguir. El teniente entendió y salió de la habitación cerrando la puerta. David Carrere, intrigado, le animó a su secretaria, una cincuentona soltera y muy eficiente, para que continuase. Ella, ruborizada por el tema tan delicado que debía comunicarle a su jefe, así lo hizo.

— El señor Donovan me ha dicho que le diga que le ha estado llamando para darle una información que, con seguridad, el teniente Johnson ya se la habría contado. Por ello, él añadía que no sabía porqué el teniente Johnson le había ordenado que le llamase para contarle algo a usted que anteriormente a él ya se lo habría contado el propio teniente Johnson. Donovan creía que sería una broma del teniente…De todos modos, también me comunicó que le dijera, confidencialmente, que, sin que usted lo sepa, su mujer le engaña con el teniente y que, si usted no se lo cree, que se lo pregunte entonces directamente al propio teniente Johnson, y que de paso, le cuente de nuevo él mismo lo que Donovan ya le contó por teléfono esta mañana, acerca de un golpe de Estado en el que están implicados el general Geeley, el jefe de la CIA, Blackjack y el vicepresidente…

No le dejaron terminar las últimas frases cuando estallaron las carcajadas que empezó a soltar el director del FBI. Cuando salieron de la sala, David y su secretaria y se reunieron con el teniente en el pasillo. David, todavía con lágrimas en los ojos, se paró ante él. Le agarró por el hombro y le soltó al instante:

— Era un recado del agente Michael Donovan. Por lo visto le has ordenado tú que me llamase para contarme lo que tú ya me habías contado. Bueno…, pues ya lo ha hecho y ha dejado recado a mi secretaria para que me cuentes de nuevo lo que hace tres horas ya te había contado y, a continuación, tú también me habías contado… —Paul puso una cara de inocencia. David, sin soltarle el hombro le dijo sonriente y siguiendo la broma:

— Cuando le veas a Donovan le dices de mi parte que ya te he preguntado todo acerca de lo del golpe de Estado, pero que no me has contestado nada en relación con lo de si mi mujer se acuesta contigo —el teniente Johnson abrió la boca. Quiso decir algo pero se atragantó. Lo que sí pensó con cariño, era que ese Donovan era todo un diablo y  que él se merecía la broma que le había gastado y sonrío por aquella salida…

III

A las 21.05 de la noche, hora de Washington D.C., el avión DC-10 del presidente americano, estalló en el aire en mil pedazos. Prácticamente se desintegró. Fue tan rápido que, justo, justo, los únicos tripulantes del avión pudieron saltar, a tiempo, del aparato, para después descender en paracaídas y escapar con vida. Dos misiles SAM, de fabricación rusa, siguiendo las trazas del calor que dejan los motores de turbina, viniendo por la cola, impactaron al avión conocido como América 1 y lo destruyeron, extendiendo una nube de miles y miles de restos del avión por un área de unos 20 Km2, de extensión, sobre el Badlands National Park, situado en el Estado de Dakota del Sur. Quince minutos más tarde, tres cadenas  de televisión de cobertura nacional dieron la noticia del atentado y las consecuentes muertes del presidente Thomson y del secretario del Departamento de Justicia. No se citaron fuentes, si bien, una de estas cadenas, hizo alusiones al Pentágono como informante.

IV

A las 22,30 de la noche, una limusina, de color negro y en la que, en su interior, iban Ronald Blackjack y el general Greeley, salía del Pentágono y se dirigía hacia la ribera derecha, con el objetivo de internarse en el Distrito de Columbia. En lugar de atravesar el rio Potomac, a través del puente George Mason Memorial, como de costumbre, la limusina cogió la carretera que conduce al puente Rochambeau Memorial. Una vez cruzado dicho puente, se desvió hacia la izquierda tomando la carretera que conduce al edificio donde se alberga el Departamento de Agricultura. Allí subieron otros dos hombres a la limusina. Uno era el secretario de Agricultura, John B. Vargas y el otro, era el mismísimo vicepresidente Richards. Poco después, la limusina volvió a partir. Se introdujo en la autopista del suroeste o Southwest Freeway y tomó la dirección que va hacia Forestville, conectando con la Pennsylvania Avenue. Al entrar en la autopista que circunvala Washington D.C., la Capital Beltway I-495, giraron hacia el sur y, desde allí, se dirigieron hasta la base Andrews de las Fuerzas Aéreas, situada en el Estado de Maryland, donde entraron. 

La reunión de los golpistas se celebró en aquella base y concentró a más de cuarenta personas, venidas desde los más diferentes puntos de los Estados Unidos. La mayoría había venido en sus jets particulares y aterrizado en cualquiera de los aeropuertos que facilita el tráfico aéreo a la capital federal. Sin duda, el más utilizado fue el National Washington Airport, situado ya en el Estado de Virginia, aunque otros aterrizaron en el aeropuerto internacional de Dulles, más alejado y situado en Chantilly, también en Virginia, o en el de Friendship, éste ya cercano a Baltimore, Maryland. No obstante, también hubo otros que, en su calidad de militares y personas civiles autorizadas, pudieron hacerlo en la propia base aérea de Andrews. 

La reunión la presidia el propio vicepresidente. A su lado, se sentaban el general Greeley y Christopher Duckworth. El tema de la reunión era comentar la muerte, en atentado, del presidente Thomson, aquella misma noche. El vacío de poder planteado. El discurso a la nación del vicepresidente y el anuncio de la asunción del poder por él mismo tal como establece la Constitución. También se hablaron sobre medidas a tomar urgentemente y una de ellas hablaba de la supresión del habeas corpus y otra serie de medidas limitativas de las libertades, del tesoro público, de la propiedad y del comercio. 

Se planteó por algunos asistentes la inconstitucionalidad de una medida de ese tipo y el general Greeley argumentó que ya existía el precedente del presidente Lincoln cuando estableció la Dictadura Constitucional como medida excepcional para hacer frente a la situación creada con ocasión de la Guerra de Secesión. Una vez todos estuvieron de acuerdo con el Plan trazado. La sesión se levantó a las 1.30 de la madrugada. Cuando se despedían y se retiraban el grueso de los golpistas para volver la mayoría de ellos, aquella noche, a sus puntos de origen. El ya presidente, en funciones, de los Estados Unidos de América hasta la jura del cargo, que lo convertiría en 44 Presidente de la historia de los Estados Unidos, le habló al general Greeley diciendo:

—O, my God!. We did it, we did it!. Thank you very much, general Greeley!.— Thomas J. Greeley sintió tantas náuseas que no pudo disimularlo, cuando sólo contemplaba la espalda y la nuca del vicepresidente. Christopher Duckworth divertido con la escena que contemplaba le guiñó el ojo, sonriendo, al jefe del Pentágono.

V

Cuando entró Michael Donovan en el apartamento de seguridad y protección de testigos que el FBI tenía en Greenwich Village, le dijeron que Bárbara Podiaski estaba acostada. Pensó que a él también no le vendría mal hacerlo y ya iba a salir por la puerta cuando, la figura en bata, de una mujer, surgió desde una de las habitaciones, llamándole:

— ¡Agente Donovan! ¡Espere, por favor!—Michael se detuvo, giró y se acercó a ella, que le indicó para que entrase en su habitación. Una vez dentro, Bárbara le dio las gracias por haberle salvado la vida por la mañana, se lamentó de la muerte de sus amigos, Bill y Duke, y preguntó, después, cómo se encontraba Hellen.

— ¡Bien! Esa es muy dura. Creo que, en dos días estará en la calle y, si no, no quisiera estar en la piel del doctor que le diga que no puede hacerlo.

— ¡Me alegro mucho de que se recupere pronto! —comentó Bárbara— es muy bonita y además, creo que, entre ustedes dos, hay mucho más que sólo una buena amistad.— Michael se quedó cortado pero reaccionó con humor diciendo:

— ¡Vaya por Dios! Aquí, todo el mundo se da cuenta menos ella…

Bárbara Podiaski no le había llamado para decirle sólo eso. Ella quería que supiese que también estaba dispuesta a colaborar con el FBI. Desde que se enteró de lo del golpe de Estado y de que la CIA, el vicepresidente y el Pentágono estaban detrás de ello, le pareció que no podía hacer otra cosa. Debía alertar a Jack y a Beñat que, seguramente, estarían juntos, escondidos. ¡Dios sabría dónde! Además, ellos habían sido unos tontos útiles. Habían sido engañados por los golpistas. Utilizados en todos sus planes. Podrían ser culpables, pero nunca los chivos expiatorios de los verdaderos criminales golpistas que habían jugado tan hábilmente con ellos. 

Quería hablar, cuanto antes, con Jack, la persona a la cual ella tanto amaba. Cuando se lo contó todo a Michael Donovan éste le dio un beso en la frente a la mujer que tenía delante con los ojos húmedos por la emoción y le dio su teléfono. Lo intento más de cinco veces pero siempre le salía una telefonista indicándole que aquel numero se correspondía a un teléfono del tipo GSM que no se encontraba en servicio.

— ¡Este Jack! —exclamaba la muchacha desesperada— seguro que lo ha perdido o lo ha roto.

— ¡Tranquila! Lo estará cargando es cualquier hotel. Eso me ha pasado a mí, cantidades de veces…

 Michael se levantó de la butaca, se puso la chaqueta y recogiendo su móvil, no sin antes pedirle a uno de los agentes del FBI que la protegían para que le consiguieran un teléfono móvil a Bárbara. Michael Donovan se miró al espejo. Tanto tiempo sin dormir, su cara parecía la de un enfermo crónico. Se sentía muy cansado y necesitaba cuanto antes una cama. Aquella que había visto en la habitación que ocupaba la detenida le había trastornado. Solamente, la mera visión de aquella confortable y amplia cama, es lo que le había debilitado. En pocos instantes, notó como una sensación de cansancio le invadía todo el cuerpo. Abrió la boca para bostezar y pensó en el hotel Madison. Se acordó que tenían tres habitaciones reservadas y pensó que bien podría aprovecharse una de ellas. Se acercó a la puerta para irse y se despidió, hasta el día siguiente, de la mujer, diciéndole:

—Tú, también, procura dormir, de nuevo, y que sea durante toda la noche. Mañana, intentaremos hablar, otra vez, con tu novio, Jack Logan. ¡A ver si tenemos más suerte que hoy! Me temo, no sé por qué, que mañana será un día muy movido…

VI

La autopista interestatal 78 fue más difícil de acceder que lo que Jack se pensaba, en un momento. El dueño de la tienda de venta de coches de ocasión que les vendió aquel Toyota de color azul oscuro, muy bonito pero sin radio en el coche, tenía razón. 

— Salgan de Manhattan y atraviesen el río Hudson por el Holland Tunnel, siguiendo Broadway Avenue, al salir a la ribera derecha del Hudson, estarán en Jersey City y siguiendo la autopista I-78, ésta les conducirá hasta Harrisbug. Allí podrán empalmar con la I-76, y siguiéndola llegarán hasta Pittsburgh. 

Desgraciadamente, Jack no le hizo caso y tiró por el Lincoln Tunnel lo que les hizo perder un tiempo precioso hasta conectar con la autopista I-78, a través de la 95. Beñat, que seguía el recorrido con un mapa, como buen copiloto, le reprochaba sus errores. Esto lo hacía, más que para llegar cuanto antes, para tomarle el pelo a su amigo:

— Por lo visto, en este país, el carnet de conducir se lo dan a cualquier toro. No me extraña que los coches de aquí no tengan marchas. A algunos de Chicago, les complicaría la vida el hecho de tener que conducir un coche con marchas.

— Un momento, ¡pastor de ovejas! En primer lugar, yo no tengo carnet de conducir. Mi conducción es ilegal. Olvidas de que ya no soy Jack Logan sino que soy un tal Ander Lejarreta, nacido en Bilbao y que sólo tengo el pasaporte, pero no el carnet de conducir. En segundo lugar, estoy muy cansado y si me hubieses dejado dormir un poco, en aquella espléndida cama que tenía, en esa suite de mil dólares al día, que ni tan siquiera hemos aprovechado, te prometo que conduciría mucho mejor, al menos no tendría el sueño y el cansancio que tengo ahora… — Elixpuru se reía de la respuesta de su amigo que hablaba con un tono de aquel que está un tanto enojado— … y en tercer lugar, yo no soy ningún toro. Vosotros los europeos sí que estáis con los cuernos a vueltas todo el día…

Beñat no le replicó, enseguida. Prefirió que hiciese la maniobra para adelantar el camión que tenían delante y, después de hacerlo, le contestó.

— ¡Bueno!, por lo que veo, el mal genio no se te va, ni aunque estés medio muerto de cansancio. En fin, gruñón, yo también tengo que decirte algo… —Jack puso la cara risueña  y traviesa del que espera oír algo divertido.

— En primer lugar, que el hecho de que algún tío mío, hermano de mi madre, viniera hace cuarenta años a tu país y trabajara como pastor de ovejas, en Idaho y luego, se instalara en Reno, no te da derecho a llamarnos a los vascos pastores como ofensa. Es un oficio, tan noble como el que más. También hubo otros que vinieron a traer la cultura y la civilización a estas tierras. Tú has vivido o vives en Palo Alto, ¿No? 

Logan asintió con la cabeza, encendiendo un cigarro, al mismo tiempo. Había decidido empezar a dejar de fumar, de nuevo, cuando encontrasen a Bárbara. Pero por el momento, prefirió añadir a la cuenta de los mil dólares del hotel, el coste de un cartón de tabaco. El vasco prosiguió con su defensa:

— Pues fueron los vascos quienes desarrollaron la misión colonizadora en aquella tierra americana, con éxito… — le miró para ver la cara que ponía y vio que se estaba haciendo el loco. Jack sabía eso y mucho más pero le gustaba tomarle el pelo al joven. El apellido de su mujer era de origen vasco y él era un fanático de la historia. De cualquier modo, Beñat era incansable y continuó con lo suyo:

— Cuando tus antepasados elaboraron la Constitución americana en mi país hacía siglos que conocíamos la democracia y las libertades, a través de nuestras juntas y biltzarres. La democracia la conocimos mucho antes, incluso, de que los ingleses se dotasen de la famosa Carta Magna. En segundo lugar, que el nombre de Bulls que habéis elegido para los del equipo de baloncesto de Chicago que juega en la NBA, no me lo he inventado yo —Logan le miró de reojo, riéndose de la salida—  Y, en tercer lugar, que cuando te sientas más cansado, paras el coche y cojo, entonces, yo el volante. Te echas, después, sobre el asiento trasero y duermes. No será como el Plaza Hotel pero… menos es nada —y añadió, de manera vibrante y animosa— ¡Adelante, piloto! Pittsburgh y el amigo de Nelson Garfield nos esperan, mañana a la ocho de la mañana.

VII

Al llegar a Allenton, ya de noche, Logan detuvo el coche y Elixpuru continuó la marcha, tomando el asiento del conductor. Beñat no quiso ponerse a cantar canciones de su país para dejar a su amigo conciliar el sueño en el asiento trasero. Cuando se carece de la compañía de una radio en el coche, a 55 millas por hora, manejando un confortable automóvil por una buena autopista y de noche, lo difícil es no intentar pensar en algo que te mantenga despierto, si es que uno no quiere quedarse dormido en el volante, y el vasco no hizo otra cosa que pensar en los suyos. 

Comenzó a recordar su infancia y su vida de adolescente en las calles de Donibane Garazi, una pequeña población de Euskadi, como Beñat Elixpuru y el resto de los vascos llaman al País Vasco. Habían sido tres hermanos. Su hermana resultó muerta en un altercado con la policía española y su otro hermano, en una cárcel francesa, acusado de colaborar con el grupo terrorista Iparretarrak o IK. Su padre, tras la muerte de su hermana la mayor, fue incapaz de superar dicho golpe y se encerró en su mundo. A los dos años, su padre murió, según dicen de tristeza. Murió poco después de cumplir los sesenta años de su vida. 

A Beñat, sólo le quedaba su madre que vivía en un caserío o “baserria”, próximo a la localidad rural de Ainhice-Mongelos. Vivía con un hermano soltero que ella tenía y que le acogió en su casa. Ella era quien mantenía, dentro de los Elixpuru, las difíciles relaciones existentes dentro de una familia que había quedado rota por las desgracias. Todos los meses iba a visitar, dos o tres veces, a su hijo Mattin, que estaba en la cárcel. Su madre sufría mucho pero nunca les decía nada de ello a sus hijos. Como buena cristiana que era, la resignación ante el destino y la fe en Dios y en la Virgen eran sus principales fortalezas. 

Cuando Beñat, tras acabar sus estudios de ingeniería en Burdeos, se colocó allí, en una empresa de investigación sobre nuevos materiales, la madre se alegró mucho de ello, aunque todo el mundo sabía que la haría sufrir mucho el tener que vivir tan alejada de su hijo pequeño. De vez en cuando, Beñat le visitaba y ella se esforzaba por hacer que su estancia fuese agradable. Como buen vasco, para Beñat su madre era lo más sagrado y respetable de cuantos seres vivían sobre la faz de la Tierra.

 Cuando estaban solos, ella le acogía y le trataba con muchísimo cariño y siempre estaba pendiente por saber lo que le gustaría comer. Con esa ternura que caracteriza a las madres vascas que siempre consideran a sus hijos sus criaturas, aunque éstos tengan cincuenta años y estén ya casados y casi sean abuelos a Beñat le hacía gracia como le reprendía todavía porque tenía algunos cosidos que hacer en la ropa, porque llevaba la camisa un tanto sucia o porque los pantalones los llevaba mal planchados. Más de una vez, cuando Beñat había quedado a cenar con una chica e iba  a salir, la madre le había obligado a quitarse los pantalones para planchárselos. Aquella escena: él en calzoncillos y vestido con zapatos, calcetines, camisa y chaqueta y ella, con cara de atareada, planchándole a conciencia los pantalones, mientras le decía:

—Nola neska horrek maiatatuko zaitu bada gero. Hain gaizki jantzita joaiten bazara beregana!. (¡Cómo quieres que te quiera una chica si vas tan mal vestido!)

Beñat sonreía, mientras conducía por la autopista interestatal 76 en dirección a Pittsburgh, pensando en esos pequeños pero entrañables recuerdos que guardaba en lo profundo de su corazón.

En realidad, la madre de Beñat sabía muy poco de su hijo en relación con lo que, de verdad, era y representaba. El nunca le hablaba de política. Tampoco le dijo que desde hacía cinco años, poco después de morir su hermana, se había comprometido para militar en IK. A veces, Beñat pensaba que las madres tienen un sentido especial y sí conocen donde andan sus hijos, lo que pasa es que no preguntan. Los recortes de periódico que le guardaba su madre cuando volvía a casa, casi siempre tenían que ver con la cultura o las libertades del Pueblo Vasco. Además le encantaba poder responder a su hijo cuando éste le preguntaba sobre el significado real de tal o cual palabra vasca.

Elixpuru no estaba casado, ni tan siquiera tenía novia. O no tenía tiempo o no le había salido la oportunidad como para liarse con una chica y pensar en crear una familia. Tampoco la vida que llevaba, le permitía dichos lujos. Tenía amigas con las que salía, de vez en cuando, pero sólo eran amigas, con las que mantenía un trato más o menos íntimo. Lo suyo, lo tenía bien claro, era la liberación de su país. El País Vasco o Euskal Herria, había sido siempre presa de los intereses de los reinos y países que le rodeaban. Francia y España siempre habían luchado desde tiempos inmemoriales por dominar su territorio. Los vascos siendo los únicos restos culturales de las poblaciones pre-indoeuropeas eran los indios de Europa. Su cultura y su lengua se remontaban hasta el neolítico. Todos los demás pueblos: griegos, celtas, germanos, iberos, romanos vinieron de fuera. 

Para mantener su independencia y su soberanía tuvieron que luchar contra los romanos, los visigodos, los francos, los castellanos, los aragoneses…. Hoy en día,  el territorio vasco está repartido entre los Estados español y francés. En casi cien años, ambos Estados se han ocupado seriamente del genocidio cultural de los vascos. Impidiendo que ellos desarrollen su cultura y lengua autóctonas y su propio autogobierno. Tanto IK como E.T.A., lo habían dejado claro: la paz civil se conseguiría, en tanto en cuanto, los gobiernos español y francés reconociesen la soberanía de  Euska Herria. Eso fue lo que las dos organizaciones  armadas vascas propusieron hace siete años, en 1996, cuando Beñat todavía era un estudiante, novato en política, que asistía a las clases de euskara que impartían algunos jóvenes nacionalistas vascos, en Burdeos. 

Desde entonces, la única respuesta de dichos gobiernos había sido continuar con la tónica anterior: la represión policial. En ningún momento, debido quizás a su prepotencia, habían querido darle soluciones políticas al problema vasco. Más de setecientos presos y cientos de muertos, de uno y otro lado, era el balance de tantos años de lucha del pueblo vasco por sus libertades. Un pueblo que existía hacía más de quince mil años, no podría morir en el siglo XXI. De eso, Elixpuru estaba convencido y en ello empeñaría su vida. Su única y gran duda era que, en su fuero interno, cada vez estaba más convencido, que la lucha armada contra unos estados desarrollados como España y Francia era del todo estéril y no servía para nada. Con el agravante que desmovilizaba a la población civil.

En coherencia con ello, Beñat cada vez estaba más convencido de que había que abandonar la lucha armada unilateralmente. Sostenía que la única manera de conseguir mantener vivo a su pueblo era luchando por su libertad y su soberanía por medios democráticos. Pero también tenía grandes contradicciones cuándo observaba que los avances en materia de autonomía logrados con respecto al Estado francés,  habían sido nulos, al contrario que en el País Vasco Sur, donde la Comunidad Autónoma del País Vasco y la Comunidad Autónoma de Navarra gozaban de un amplio autogobierno dentro del Estado español. 

Los franceses, tan amantes de las libertades, tenían una mentalidad hipócrita, derivada de esa concepción jacobina y centralista del Estado, que anulaba todas las expresiones y riquezas culturales y soberanas de los pueblos sometidos a París, como eran: los bretones, los corsos, los alsacianos, los saboyanos o los vascos. Habían impuesto la cultura francesa para lograr una limpieza étnico-cultural. A Beñat, todos los estudios que había cursado se los habían impuesto en francés. La política represiva de los diferentes gobiernos franceses había sido imperialista y con el objetivo de hacer desaparecer el idioma vasco. Francia había atentado durante muchos siglos contra las libertades, la vida, el alma y las raíces profundas de Euska Herria.

La bomba atómica sobre París estaba bien merecida. Los franceses, en general chauvinistas, despreciaban a cualquier región francesa que buscase el encuentro con sus propias raíces. Eran tan malos como los españoles que cuando ocupan un país ya nunca lo abandonan y se esfuerzan por desculturizarlo como hicieron con los árabes o los incas. No entienden la diversidad de los pueblos, aunque sí defiendan, con cierto ardor y tesón, la protección de diversidad de las especies animales y vegetales. Una vez, un amigo venezolano, descendiente de vascos y que estaba estudiando con él en Burdeos, le comentó a Beñat,  algo que siempre se le quedó grabado:

— Lo que no sé, es que pintan los españoles y los franceses en vuestro país. Allí, en América Latina, pasó lo mismo con los españoles. Les aguantamos hasta que les dijimos basta y con Bolívar, el Libertador y también, descendiente de vascos, los tuvimos que echar. Los españoles nunca se van. Ya lo sabes. Hay que echarlos. Lo mismo pasa con los franceses que los tuvieron que echar de Argelia, del Vietnam y de tantas partes…. Pienso que vuestro nacionalismo es justo y necesario si queréis sobrevivir. Es una reacción lógica y meritoria contra otro nacionalismo opresor que no os deja vivir libres, y os impide ser como queréis ser. Los españoles que conozco, que se quejan y lamentan del nacionalismo vasco, son unos cínicos o unos ignorantes. Son como aquellos que se quejan de que la pared les ha hecho daño en la mano después de haberle dado un manotazo… —aquel venezolano tenía gracia y se expresaba de una manera, tan sencilla, que sus razonamientos apenas merecían discusión.

Las señales indicaban que Pittsburgh se encontraba a tan sólo 20 millas. Eran las cinco de la mañana y Elixpuru aparcó el coche junto a un bar-cafetería-restaurante, de los que no cierran en toda la noche, y que estaba en una de las salidas de la I-76. Apagó el motor y echó su asiento hacia atrás, con el fin de poder dormir un rato antes de que les llamase por teléfono, el amigo de Nelson. Logan seguía profundamente dormido y cuando despertó ya había amanecido hace tiempo. Mientras se espabilaba. 

Oyó sonar el teléfono de Beñat. Se acordó que todavía el suyo no estaba en funcionamiento. No lo había puesto a cargar y se prometió a sí mismo comprar un cargador de coche, lo antes posible. Podría darse el caso de que Bárbara intentase llamarle y no encontrase respuesta en su aparato por estar fuera de servicio. Beñat había colgado el aparato. La conversación había sido toda en francés. Jack sólo pudo captar algunas frases finales donde le decía que estaba de acuerdo y que le llamaría más tarde: 

— Mais, oui!. Je le sais bien. Néanmoins tu dois rester tranquille…bon, c’est ça…Oui, oui…c’est trés claire…bon, Noël!. Je suis d’accord, je t’appelerai plus tard…Au revoir! 

El vasco se alegró que su amigo Noël  se hubiera tranquilizado y que viera que ellos en Estados Unidos estaban fuera de peligro pues controlaban la situación.  Después vio que Logan ya se había despertado y le comentó sobre la conversación con el bretón que también a él le había despertado:

— Era Noël Bouchart, el bretón. ¿Te acuerdas de él? — Jack asintió

— Me ha dicho que los de mi grupo han sido todos asesinados excepto él que pudo escapar. Ha sido, hoy por la noche, y lo han hecho, impunemente, marines americanos vestidos con trajes de civiles. ¡Dios mío!, me duele en el alma el que América no pueda pagar todo esto… —y añadió con la cara crispada por el dolor y la ira— …si tuviéramos otro regalo de esos…Calló unos instantes, tragó saliva y añadió.

— ¡Ah! También me ha dicho que esta noche unos misiles han destruido el avión donde iban volando el presidente Thomson y el secretario de Justicia…

— ¿Esta noche? —miró el hueco vacío de lugar de la radio y prosiguió— ¡Claro y nosotros, sin enterarnos!. Esto es cosa de la CIA y del ejército. Me juego lo que quieras…

VIII

A las ocho de la mañana, en punto, sonaba de nuevo el teléfono de Beñat. Habían desayunado. Se habían aseado y afeitado y hasta les había dado tiempo de dar una vuelta, con el coche, por aquel barrio de Pittsburgh, en Wilkinsburg. El viejo amigo de Nelson Garfield les esperaba a los 9.00 en el lado este del Auditorio Cívico, situado en el conocido Golden Triangle de Pittsburgh. Les esperaría su nieto mayor, de nombre Ted. Llevaría una camisa roja, una gorra de los Pittsburgh Pirates y estaría esperándoles en el interior de un Pontiac, también de color rojo, de los de tipo monovolumen y convertido en furgoneta. La furgoneta estaría aparcada delante del Civic Aiditorium. El muchacho llevaría todos los documentos, se los entregaría con el resto de las  cosas y no se volverían a ver, nunca más. Eso era todo lo que el viejo había acordado o se había comprometido con Nelson Garfield. Y eso era lo que estaba dispuesto a hacer, pero, no más.

Cuando colgó y Beñat le relató a Jack la conversación, recordándola se hecho a reír. Logan cogiendo el volante y dirigiendo el coche hacia el centro de la ciudad, le preguntó, intrigado:

— ¿ De qué te ríes?

— Del viejo ese que tiene sentido del humor. Cuando le he preguntado dónde estaba el lado este del Civic Auditorium me ha respondido: “No te preocupes por eso, ¡Hijo!, tú ponte en el lado donde más pega el sol, en ese momento, y busca la furgoneta”.

Pittsburgh, la Ciudad del Acero de Pennsylvania, para ser una ciudad no muy grande, si la comparamos con Nueva York, debía ser muchísimo más complicada para Jack Logan. Este último, herido en su amor propio, por lo ocurrido a la salida de Nueva York, se negaba a aceptar cualquier indicación del copiloto. Después de dar mil vueltas, atravesando calles y cruces llegaron al famoso Three Rivers Stadium donde jugaban los Pirates y de allí, pasando el puente, confluyeron junto a Allegheny Center. Siguiendo el río pudieron llegar, diez minutos más tarde de la hora, al Auditorio Cívico. Allí, en la parte donde más pegaba el sol de aquel recinto, cubierto con una bóveda de acero inoxidable, les aguardaba, solitaria, la furgoneta roja. Aparcaron al lado de ella, y salieron los dos al exterior del parking. En el interior de la furgoneta, había un muchacho moreno, que vestía una camisa roja y llevaba puesta la gorra  de los Pittsburgh Pirates. Le saludaron, llamándole por su nombre. Cuando vio dos hombres que se le acercaban se intranquilizó. Aquel muchacho no tendría más de diecisiete años. Su abuelo le había hablado de un hombre extranjero que vendría solo y llamado Beñat Elixpuru. No le había hablado de dos.

— ¿Ted? Soy yo, Beñat Elixpuru —al ver que no apartaba la vista de su amigo y les miraba de modo receloso, añadió:

— Y este es Jack. Jack Logan. No temas es un amigo que me acompaña. Es de toda confianza.

El muchacho asintió, diciendo que comprendía y descendio del Pontiac monovolumen de color rojo y sin ventanas atrás, con un sobre cerrado y lo que parecía la llave de contacto de un coche.

— Bueno, señor… —sacó del bolsillo trasero del pantalón una foto de Beñat, y comprobando que, efectivamente, era él, continuó hablándoles, un tanto nervioso:

— Mi abuelo me ha dicho que le entregue este sobre y esta furgoneta. Tome la llave Mr. Elixpuru.

Tanto Beñat como Jack se debieron quedar con la boca muy abierta, como aquel que no entiende nada. De cualquier modo, como si el muchacho esperase esa reacción, les sonrió y prosiguió explicándoles, también muy deprisa:

— No se preocupen por nada. El señor Grafield era muy amigo de mi abuelo y éste, antes de morir, le dio el número del teléfono móvil de usted para localizarle y este sobre y esta furgoneta para entregárselos, una vez él estuviera muerto. El vehículo está puesto a su nombre, Mr Elixpuru. Esa fue la voluntad de Mr Garfield. Les ruego que la cojan y que se alejen lo antes posible —sacó unos papeles del bolsillo. Los desdobló y les dijo a ambos, a continuación:

— Ese coche, el Toyota azul ¿ Es comprado o alquilado?

— Comprado —respondió Logan cada vez más intrigado.

— ¿ A nombre de quién? —volvió a preguntar el muchacho

— A nombre mío —intervino Beñat

—¡Perfecto!, denme los documentos de compra y los de identificación del vehículo —Logan se apresuró a entregarle lo que pedía como un autómata. Miró a Elixpuru y prosiguió:

— Usted firme aquí y aquí…   saquen las cosas del coche y denme las llaves del mismo —se detuvo un momento, mientras el vasco firmaba los documentos para explicarle a Logan, que era el más extrañado de los dos estaba:

— No se preocupen. Les estoy haciendo un favor. Han firmado, tan sólo, un documento de venta del coche a nombre de mi abuelo. Los datos del vehículo ya los rellenaremos después. Así, es como podremos venderlo tranquilamente y sin problemas. Ustedes ya no lo necesitarán. Ya tienen el Pontiac… ¡Ah!, se me olvidaba. La próxima parada que tienen es Youngstown, en el Estado de Ohio.

IX

La autopista I-76 era el nexo que unía Pittsburgh con aquella otra ciudad. Una vez que leyeron la carta, tanto Logan como Elixpuru, comprendieron perfectamente el motivo y el significado de la últimas palabras de Ted. La carta, de unas treinta páginas, tenía tres partes. En una primera, escrita a mano. Nelson Garfield le pedía perdón por haberles traicionado. Recordaba las reuniones y los encuentros que habían tenido todos juntos y los motivos y objetivos del Plan del Apocalipsis. Narraba cómo, aprovechando los archivos de la CIA, había contactado, uno a uno, con todos los integrantes del grupo y cómo les había convencido para enrolar y pasar a formar parte de  la, autodenominada,  organización Juicio Final,  cuyo nombre él había inventado, y no por casualidad. También decía la carta algunos párrafos referentes a Beñat. De cómo Nelson se fijo en él por ser él más duro y constante de todos y, a su vez, el más convencido de que no había otra salida. Mencionaba la palabra primitivo cuando consideraba a Elixpuru como integrante de una raza que hunde sus raíces en los albores de la historia de la humanidad y que pervive gracias  a su ardor guerrero y su sentido de la supervivencia. También le consideraba a él como el único del grupo capaz de continuar con el Plan, en caso de que él resultase asesinado. En otras palabras, consideraba a Beñat, el elegido para colocar la bomba de Nueva York. 

La bomba, la otra bomba atómica la tenían en la parte de atrás de la furgoneta. Cuando se lo comunicó a Logan que conducía el vehículo en dirección a Youngstown, casi se salen de la autopista, evitando a un coche que venía por detrás, del frenazo que pegó a la furgoneta. Era la bomba que se preparó para Chicago pero que luego se desestimó utilizarla. Garfield la había guardado en aquella furgoneta sin que lo supiese la CIA. El control numérico y los equipos, eléctrico-electrónico-mecánicos complementarios para la explosión de la bomba, junto con la llave de la parte trasera que da acceso al depósito de aquella, estaban en una bolsa, guardada dentro un buzón de la estación de autobuses. La pequeña llave y el número de la combinación del candado aparecían con la carta. Nelson comentaba que la intención de guardar la llave y el equipo en aquella ciudad era para darle tiempo a Elixpuru de poder reflexionar sobre su compromiso de hacer explosionar la bomba en Nueva York. Caso de que decidiese no hacerlo, tenía dinero suficiente, el millón de dólares que él le había dado, para alejarse y huir a donde quisiera. En caso de querer hacerlo, como Garfield esperaba, desde Youngstown hasta Nueva York no tendría más  que continuar la autopista I-80. La carta también hablaba de que se acercaba, de nuevo, una especie de fascismo mundial. Hablaba del complot de la derecha americana y del golpe de Estado y de sus seis fases. Estas fases son las que describía a continuación:

La primera, hablaba del asesinato del secretario del Departamento de Defensa. La segunda, se refería a la colocación y explosión de las bombas atómicas en las ciudades de Tokyo, Frankfurt, Zürich, Paris y Londres y eliminación posterior, total y absoluta, de los terroristas utilizados. La tercera fase relataba el atentado contra el presidente americano. La cuarta, planteaba la asunción del poder de la nación por parte del vicepresidente y la consiguiente instauración de una Dictadura Constitucional en los Estados Unidos de América. La quinta coincidía con la extensión del conflicto, a nivel mundial. América se hacía con el control de la NATO, desde donde asumía la dirección en la guerra y posterior destrucción de Irán, Irak y Libia. Se trabajaba también con la probabilidad de amenazar, y si fuera necesario atacar, a China y Corea del Norte. Cuba sería invadida en esta fase y se ayudaría a la materialización de golpes de Estado similares en Gran Bretaña, Japón, España, Francia e Italia. La sexta y última fase se denominaba la de la PAX AMERICANA o la de la América Augusta. Se crearía un Gobierno Mundial de corte dictatorial bajo la égida y el poder de los Estados Unidos de América. El inglés sería el nuevo latín. El dólar sería el denario. Washington sería la nueva Roma mundial y el presidente americano sería el nuevo Caesar Augusto. Se inauguraría una nueva época que llamarían el Principado y para el cargo de Principe se habría elegido al general Greeley.

En alguna parte de la carta, Nelson también comentaba que, respecto a la bomba de Nueva York, la CIA y el Pentágono querían que fuese sólo un simulacro, pues necesitaban que el dólar se convirtiese en el nuevo patrón con un valor cincuenta veces superior al actual. Por lo que se deducía de la carta, Garfield esperaba la traición y su posterior asesinato. También volvía a perder perdón por las muertes de Chíeko, Hans, Jean, Seán y Jack. El se había ocupado de que se salvase  Beñat, cuya identidad nunca estuvo en manos de la CIA. El siempre les dio la foto falsa y los datos de una tal Beñat Muñagorri, pero de Beñat Elixpuru no habría ninguna pista. Lo mismo hizo con Seán MacNiells, con Noël Bouchart y con algún otro más. Manipuló los datos de estas fichas para que quedasen incompletas. Lo mismo que hizo con Beñat, en el caso de Seán, la ficha recogía la foto de un señor con barbas y gafas oscuras de nombre Seán Irishman, y en el caso de Bouchart, al parecer se convirtió en una persona, un poco fea para ser del sexo femenino, y con el apellido ilustre de Chateaubriand.

La tercera parte era la más extensa y estaba escrita en un ordenador. Era una lista extensa donde aparecían todas las personas implicadas en el golpe. En total, más de trescientas, de las cuales, la inmensa mayoría eran ciudadanos de los Estados Unidos. En primer lugar. aparecían el vicepresidente Richards; el general Greely, jefe del Pentágono y Ronald Blackjack, director general de la CIA. Como cerebro del Plan golpista, aparecía el nombre de Christopher Duckworth. También se apuntaban numerosos hombres de empresa, sobre todo, del sector armamentístico y del mundo de las finanzas. Senadores y representantes en Washington, gobernadores… Numerosos militares de alta graduación, la mayoría de la Fuerzas Aéreas. El secretario del Departamento de Agricultura venía entre los nombres, así como el de varios embajadores en el extranjero como eran los destinados en París, Roma, Madrid, Londres y Tokyo. La lista se completaba con nombres de políticos extranjeros. Citaba al secretario general de la NATO y a muchos generales europeos, entre otros. También aparecían diversos ministros de los diferentes Gobiernos europeos y del propio Gobierno japonés…

Cuando terminó de leer esta gran lista y de hacer todos los comentarios posibles que se le ocurrieron, Jack Logan, con su corbata blanquirroja desabrochada, pegó un grito:

— ¡Iuuuhiii!, la que les espera a esos cerdos. Ya se donde se la vamos a poner a esos cornudos. ¿Has dicho que el cerebro de toda esta mierda es un tal Christopher Duckworth? Ese tío será una de las fortunas más grandes del país. Es el clásico Wasp brillante de Harvard. Además, da la coincidencia de que ese tío tiene unos negocios que ocupan todo un edificio de Wall Street —Beñat sonreía viendo como chillaba su amigo y se alegraba de verlo animado— Pues bien, vamos a mandarle al mismo infierno, poniéndole, esta bomba que llevamos en la furgoneta, debajo de su mismo trasero…

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