EL FUEGO PURIFICADOR—13 Capítulo

por Juanjo Gabiña

Capitulo 13

La locura proporciona su propia suerte

I

El vuelo del avión de American Airlines aterrizó, veinticinco minutos antes, que el avión en el que volaba Jack Logan. Como el vuelo de Beñat Elixpuru era internacional, éste tuvo mayor trámite al pasar la aduana. No tuvo ningún problema. Su inglés era excelente y ya era la quinta vez que viajaba a los Estados Unidos. Una vez en la salida del aeropuerto, acompañó a la muchacha española, que había conocido en el avión hasta la parada de taxis. Ella le agradeció el detalle pues apenas entendía lo que le decían y se confundía mucho al intentar hablar.

— ¡Lo ves! —le comentaba ella, avergonzada— ¡Tantas clases de inglés para esto!

— ¡No te preocupes Elena!. Eso es sólo al principio. Luego, verás cómo de pronto les comienzas a entender todo —Aquellos ánimos le vinieron bien a la joven.

Llegó el momento de la despedida. Se miraron y ella le ofreció el mejor de sus besos en los labios. Al joven vasco, aquello le turbó y le recordó a la joven todo lo que le había dicho durante el vuelo. Beñat le había recomendado que, antes de llegar al día siguiente al apartamento donde su amiga vivía en Nueva York, se fuese primero a conocer Boston y pasara allí la noche. Tenía tiempo de sobra para coger un tren que le dejaría en la capital de Massachusetts, antes de la media tarde. Elixpuru le dio las instrucciones oportunas al taxista y este partió raudo para la estación de ferrocarriles de Newark que el joven le indicaba. Los ojos de la joven siguieron manteniendo la mirada hacía donde él se encontraba, durante algún tiempo. Beñat se dijo que nunca olvidaría aquellos ojos negros tan bonitos, ¡Nunca! Quizás él no, pero la joven a él sí. En asunto de mujeres, Beñat todavía era un inocente. Todo era como consecuencia del complejo de Edipo que padecen la mayoría de los vascos, que comparan siempre a su madre con cualquier mujer que conocen…

II

En uno de los servicios del avión de Logan, un hombre olvidó el pasaporte. Jack tuvo la gran suerte de que fue después. Cuando lo vio tirado en el suelo, creyó que era una tarjeta. Lo vio abultado y lo recogió. Era un pasaporte español de la Comunidad Europea.

— ¡Que suerte! —Pensó Jack, enseguida.

Logan dominaba bastante bien el español pues en la familia de su mujer lo hablaban frecuentemente y él lo había estudiado y practicado. Además, en el Estado de California, hacía poco, que, en un referéndum se había establecido también al español como lengua oficial. En el pasaporte, al final, aparecía la foto de un hombre. Por los datos era de casi la misma edad que él. También era ingeniero, como él, y aunque era natural de Bilbao, vivía en Zarautz, Gipuzkoa, Spain. Se llamaba Ander Lejarreta. Jack comenzó, entonces, a darse cuenta.

— ¡Pero si es el pasaporte de un vasco! —Se guardó el pasaporte en el bolsillo y se puso a reír por dentro. Aquello le hizo una gracia terrible. Cuando viera a Beñat, para ir a juego con su nueva identidad, le iba a saludar en euskara, en el idioma vasco. Él ya sabía decir algunas palabras que aprendió durante los meses que estuvieron juntos en Irán entrenándose para la ejecución del Plan. Jack empezó a recordar cómo se saludaba en vasco. Tardó un poco pero, por fin, le vino a la memoria:

— ¡Kaixo!, ¡Kaixo Beñat! —le saludaría al vasco de este modo.

III

— ¡Kaixo Beñat! —Una voz familiar le saludaba, en euskara, por la espalda y el joven vasco reaccionó, dándose la vuelta enseguida, para ver quién era el que le hablaba de esa manera.

Cuando lo hizo, se encontró con un tipo canoso que no había visto, ni conocido, en su vida. Iba vestido con ropas de cowboy. Su sombrero tejano de color blanco hacía juego con su bigote. Vestía unas grandes gafas oscuras que se le acercaron tanto que pudo ver su cara de sorpresa reflejada en los cristales. Aquel hombre fuerte se le agarró y lo peor de todo fue que no le soltaba y no dejaba de abrazarlo. El joven quería salir de aquella situación tan embarazosa. No había venido a Nueva York para liarse con un hombre. Iba Beñat a propinarle una patada para que el otro se le soltara, cuando aquella risa del vaquero que le abrazaba le delató.

— ¡Dios mío!. ¡No puede ser!. Pero, si eres… ¡Jack! —grito el joven, entre impresionado y radiante de alegría. Se quedó observándolo, cierto tiempo. Comenzaron a reírse ambos y los dos amigos se fundieron, de nuevo, en un fuerte abrazo.

El taxi iba todo lo deprisa que podía, pero más bien avanzaba despacio, ya que el tráfico de Jersey y Nueva York era, horriblemente, denso, a aquellas horas. Durante gran parte del trayecto, no sufrieron ningún atasco, pero la circulación fue, inevitablemente muy lenta. Por el camino, Jack le contó sus peripecias. La muerte de los de la CIA en el aeropuerto  de Los Ángeles. La conversación que había mantenido, desde el avión, con Seán MacNeill. Le contó todo, hasta lo que de Nelson era un agente de la CIA, pero de una forma rápida y escueta. Al vasco no hacía falta darle muchos detalles y, además, lo de Nelson le había dejado trastocado. No se lo esperaba y estaba decidido a acudir adonde él, pasase lo que pasase. Quería tener un careo con Nelson y llamarle a Seán para confirmarlo en su presencia y ver que cara ponía. Los ojos que pusiera Ave Phoenix  le delatarían. Si era un traidor, habría que eliminarlo. En eso, a Beñat no le iba a temblar el pulso. El grupo seguiría con el Plan. Logan hablaba cada vez en voz más baja. Lo hacía para evitar ser oído por el taxista. Este último miraba demasiadas veces por el retrovisor y era seguro que tenía la antena puesta. Beñat lo entendió y se limitó, tan sólo, a escuchar a su amigo. Le preguntaba lo imprescindible y nada más.

El camuflaje de Jack era perfecto y su nueva identidad también. Había andado por el aeropuerto  sin que le detuviera nadie. Ni tan siquiera tuvo que enseñar el pasaporte. Los diferentes agentes de la policía y del FBI allí apostados le miraban, pero como a todos los demás. Por suerte, el aeropuerto  a aquellas horas estaba lleno de gente. Por precaución, le había arrancado la foto al pasaporte, soltando el plástico que lo protegía. En una cabina de fotos al momento, se sacó una foto, con su nuevo “look”, y la colocó en el lugar donde había estado la otra foto. Después, calentó el plástico, suavemente, aprovechando el calor de su mechero. Apretó el plástico sobre la página donde iban los datos personales y la foto y cerró el pasaporte. No era un trabajo perfecto pero bastaría.  A partir de entonces, sería el señor Ander Lejarreta de Bilbao. A Beñat le hizo tanta gracia esta feliz casualidad que le empezó a hablar en euskara a su amigo, para tomarle el pelo. De pronto, sintió que había dejado lo de la traición de Nelson es segundo plano.

Logan estaba contento de cómo se le habían solucionado las cosas pero estaba, a su vez, preocupado y ansioso por ver a Bárbara, cuanto antes, y poder besarla y abrazarla. Pensaba en lo que estaría sufriendo ella por él y aquello no le gustaba. Tampoco le agradaba pensar que estuviese con el traidor. Las veces que habían llamado por teléfono a Nelson no conseguían obtener señal de llamada. El no obtener respuesta le olía mal. Desde que se enteró que el jefe era uno de la CIA y que, seguramente, les habría traicionado también a ellos, le parecía más obligado localizar, cuanto antes, a su novia y avisarla.

A las llamadas que hacía, tan sólo, le respondía la voz de la telefonista que les avisaba que, el número aquel, estaba fuera de uso. Aquello les contrariaba pues los dos tenían ganas de juntarse con Nelson, cuanto antes, para arreglar las cuentas y desenmascararlo ante los demás. Les quedaba, sólo, Nueva York, la última misión, ya que la de Chicago se había descartado, a última hora, del Plan. Tanto Beñat como Jack estaban mentalizados y preparados para hacer estallar Manhattan. Lo primero era dar con Nelson Garfield y con el resto del grupo.

Al llegar a la calle 48, una vez pasado Grand Central Terminal, tuvieron que detenerse puesto que más adelante, la Park Avenue estaba cortada. Al fondo, se veían las luces intermitentes características de los bomberos y de la policía. Pagaron el taxi y descendieron. Beñat agarró su bolsa de mano y se adelantó rápidamente a su amigo, quien le hacía señas para que no fuera tan corriendo. Cuando el vasco se detuvo y Logan pudo alcanzarle, ya habían llegado prácticamente, hasta la esquina de la Calle 50, casi enfrente de la catedral de San Patricio. Una gran multitud se agolpaba junto a las cintas con que la policía había acordonado la zona. Los bomberos estaban terminado de apagar el fuego. No había ya ninguna ambulancia. Una señora era entrevistada, antes las cámaras de la TV, por una reportera de la cadena ABC. Estaban, delante de Jack y de Beñat, a menos de tres metros. La periodista mirando hacia la cámara y agarrando un micrófono decía:

—¡Buenos días América! Les habla Susane Galbraith para seguir informándoles, en directo, sobre el tiroteo y posterior incendio producido en un edificio céntrico de Nueva York, situado en la Calle 50, en el barrio de Manhattan, y en el que se han producido siete muertes. Junto a mí se encuentra una mujer, la señora Robinson, que ha sido testigo directo de todos los incidentes, desde el principio.

 — Bueno… me llamo Mary Jo… Mary Jo Robinson —Se peinó el pelo con la mano. Se humedeció los labios de carmín rojo púrpura que llevaba y continuó— ¡Ha sido horrible! Aquellos hombres parecía que los habían sacado de un manicomio. Yo estaba en mi cocina, preparándome el desayuno, como lo hago cada mañana. Suelo desayunar fruta y luego café con tostadas y margarina. Es por lo del colesterol… ¿Saben? Me gusta más la mantequilla… — La periodista estaba impaciente y le cortó, colocándose la máscara de sonreír.

— Pero díganos más…, señora Robinson. ¿Cuantos coches fueron los que vinieron a cometer el atentado? ¿Cuántos hombres descendieron de los mismos? —Le pasaron una nota y volvió a acercarse el micrófono, luciendo la mejor de las sonrisas:

— Al parecer, se trata de un ajuste de cuentas entre integrantes de la mafia. Naturalmente, esta información no la hemos obtenido a través de la señora Robinson. Ella no tendría porqué saberlo. Pero, les adelantamos esta noticia porque fuentes próximas de la Policía Metropolitana así nos lo han hecho saber —de nuevo se volvió, hacia la mujer que entrevistaba.

— ¡Señora Robinson! Brevemente, podría usted decir a nuestros telespectadores qué es lo que ha sucedido. En definitiva, cuéntenos lo que ha visto usted…

La periodista le puso el micrófono casi en la boca, esperando que Mrs. Robinson respondiera a las preguntas como lo había hecho cuando la entrevistaba antes, sin cámaras, ni micrófonos delante. Mary Jo Robinson le había dicho que lo había visto todo y podría reconocer hasta a los asesinos. Le habló de unos muy guapos, con pinta de soldados…

—…Ejem… ¿Ha dicho usted algo referente a que han sido los de la mafia?…o es que yo ¿he oído mal?

— Sí. He dicho que han sido los de la mafia… —contestó dubitativa y contrariada Susane Galbraith —… ha sido una información que nos facilitado la policía…

— Pues yo le daré otra. Yo no he visto nada. No sé ni cuántos coches eran, ni quiénes eran. En realidad no he visto nada. He oído ruidos de disparos y de explosiones como todo el vecindario. Pero, cuando me he asomado, ya se habían ido los coches y, en el edificio de enfrente, vi que había un incendio en los últimos pisos… —la periodista se había quedado con los ojos y la boca abiertos. De nuevo, insistía, con toda clase de perífrasis y circunloquios, en hacerle a la señora Robinson las mismas preguntas. Aquella mujer la estaba haciendo quedar en ridículo en un programa que estaba siendo emitido nada menos que en directo.

— Le repito que ni sé, ni he visto nada. Ustedes los periodistas siempre andan inventando historias y necesitan a pobres viejas como yo, para que ratifiquemos delante de las cámaras, las falsedades más grandes del mundo que ustedes inventan. ¡Pues no! Lo he dicho antes y lo diré siempre. ¡Yo no he visto nada!…Además…, ¡Déjeme en paz! Yo no sé que hago aquí con usted —y empujó suavemente a Susane Galbraith, totalmente desencajada para entonces. Después, inició la maniobra de irse, mientras decía en voz más alta, para que le escuchasen todos los curiosos que allá estaban.

— ¡Yo no quiero tener complicaciones con la mafia! — se puso los brazos en jarras y se alejó, poniendo cara de enojada y abriéndose paso entre la gente agolpada.

La locutora siguió hablando explicando no sé qué. Inventando todo lo fuera posible para salir del paso y cerrar la emisión cuanto antes. Cuando terminó, su sonrisa había desaparecido totalmente. Se le notaba que estaba de muy malhumor. Discutía con alguien a viva voz. Tanta, que se le escucharon algunos juramentos, perfectamente.

Después de ser testigos presenciales de este episodio, Jack le hizo una señal a Beñat para que le siguiese. Cuando le alcanzó, había abordado a la mujer que antes estaba siendo entrevistada. La había agarrado del brazo y le hablaba de una manera gesticulante.

— ¡Perdone! Yo no soy periodista, ni policía, ni de la mafia. Mi mujer trabajaba allí —dijo señalando el edificio del que todavía salía humo— Conteste si quiere:

— ¿Ha visto alguna mujer entre los muertos?—la mujer dudaba. Miró, primero, a Jack. Luego le miró a Beñat. Le debieron parecer buenas personas porque, al final, respondió sonriendo:

— ¡No, tranquilo! Su mujer no estaba entre los cadáveres…

— ¿ Cómo puede estar tan segura? —intervino el joven vasco.

— Muy sencillo. Porque entre los cadáveres no había ninguna mujer. Esto es todos lo que os puedo decir y ahora, si no os importa, me gustaría poder irme a mi casa. ¡Bastante he hablado hoy, ya! —los dos hombres se miraron y saltando de alegría se volvieron a abrazar.

— ¿Te das cuenta? ¡Bárbara está viva! —exclamó Jack lleno de júbilo. Beñat le miro y le respondió:

— Ahora el problema es otro. ¿Dónde está? —y añadió pensativo— de nuevo, hemos sido traicionados. Recuerda lo que me contaste que te dijo Seán por teléfono, cuando volabas a Nueva York. Es preciso que nos escondamos cuanto antes. Si llegamos a estar a la hora convenida, en el apartamento. Para ahora, los tres estaríamos también muertos.

IV

Después de mucho andar por la Park Avenue, en dirección hacia Broadway, para alejarse del lugar de aquel lugar, lleno de policías. Casi sin darse cuenta, llegaron a Union Square. Siguieron andando, deprisa y sin rumbo, por la Calle 14 y se cruzaron con la Quinta Avenida. A Jack le molestaban las botas de vaquero y se quejaba de ello al caminar. Beñat no le dejaba detenerse. A veces le agarraba del brazo y le pegaba en el trasero con la bolsa de mano que llevaba. Así, se adentraron, dando la vuelta y avanzando en dirección contraria a la que habían venido desde la Calle 50, por la Quinta Avenida.

Ambos caminaban deprisa, tropezando con la gente, constantemente. No tenían ni ganas ni ánimo para disfrutar de la vista que producen los múltiples rascacielos que protagonizan las líneas del cielo y la perspectiva vertical de dicha avenida. Siguieron andando en dirección a Central Park, hasta llegar a la altura donde se encuentra el célebre edificio del Empire State. Allí, con cara de dolor, Jack hizo gestos a su amigo para que detuviese su marcha. Le dolían los pies y le indicaba que ya no podía más. Esta vez, el joven le hizo caso, vieron un bar abierto y se metieron en él. La “Ciudad de los Rascacielos” seguía funcionando como si nada hubiera pasado, veinticinco calles más arriba. Un aparato de televisión estaba colocado, precisamente, enfrente del lugar donde se colocaron ellos, sentados junto a la barra. Jack le indicó al camarero que les atendió si podía encender el televisor. Sin hacer ningún gesto lo encendió como si fuera un autómata, diciendo.

— ¡Oye cowboy!, te aviso que los partidos de rugby empiezan a la tarde y que, además, ni los Giants de Nueva York, ni los tuyos, los Rangers de Texas, juegan hoy — Jack hizo un gesto como que aquello no le importaba y el camarero, que había hecho ademán de apagarlo, dejó el televisor encendido, encogiéndose de hombros.

Las noticias que estaban dando en aquel canal eran las referentes a los sucesos ocurridos en la Calle 50. De repente, otro locutor citó algo acerca de un comunicado que la organización terrorista Juicio Final había remitido a la agencia France Press. Dicha organización se reconocía autora de los atentados con bombas nucleares realizados contra las ciudades de Tokyo, Zürich, Frankfurt, París y Londres. También amenazaba con hacerlo con Nueva York. Y como si fuera una película de intriga que se proyecta en “prime time”, comenzaron los anuncios. Elixpuru se apercibió de que, poco a poco les habían ido rodeando algunas personas que se encontraban cerca de ellos y que también habían oído la noticia. Tras los anuncios, la figura hinchada del general Greeley que anunciaba al país, desde su despacho del Pentágono, la desarticulación total del grupo terrorista y la recuperación de la bomba atómica. Pedía serenidad y tranquilidad a todos los ciudadanos porque, felizmente, todo estaba controlado gracias a la eficiente colaboración de los servicios de inteligencia del Pentágono y la CIA. Relacionaba el altercado de la calle 50 con la actuación conjunta de un comando de marines y otro de la Fuerzas Armadas que supieron localizar el escondrijo de los terroristas y de la bomba siguiendo las emisiones radioactivas que éstas emanan. Tras mostrar, ante las cámaras, lo que decía que eran unos potentes contadores Geyger con los cuales desde helicópteros de las Fuerzas Armadas se habían utilizado en las operaciones de búsqueda y rastreo de la bomba atómica, se despidió ensalzando a América, a las Fuerzas Armadas, al presidente y a los ciudadanos americanos. A continuación, el telediario daba cuenta de que el jefe de los terroristas había muerto en el asalto al apartamento, al igual que otros seis integrantes de la banda terrorista. En la pantalla, apareció la fotografía de Nelson Garfield e imágenes del edificio, en llamas, de la Calle 50. Se daban ciertos datos biográficos de Nelson que tanto Logan como Elixpuru ya sabían.

Lo que desconocían era que fuese un espía, al servicio de Irán y de Libia. Un último aviso cerraba aquel telediario, el aviso procedía de la Comisaria Central de la Policía Metropolitana de la Ciudad de Nueva York. En él se decía que un peligroso terrorista había logrado huir. Apareció la foto de Jack Logan. Se le consideraba como un criminal con inclinaciones antiamericanas y muy amigo de los fundamentalistas árabes. Advertía a la población para que comunicase a la policía cualquier pista que pudiese ayudar a la detención de tan peligroso terrorista. Lo calificaban como el enemigo nº 1 de América.

Cuando acabó el noticiario de la televisión, a Beñat le hizo gracia que Jack se hubiese puesto, de nuevo, las grandes gafas de sol y calado el sombrero tejano hasta las orejas.

—¡Tranquilo, Jack!. Con este disfraz no te descubre ni tu madre — le dijo señalándole el sombrero y colocándoselo en su sitio.

— ¡Venga! Paga la cuenta y vámonos. Tenemos que coger un hotel para escondernos, por si acaso —y añadió con una voz que resultaba maliciosa— ni a Beñat Elixpuru, ni a Ander Lejarreta les busca nadie en este país…

El hotel Plaza de Nueva York era uno de los más elegante y caros de la ciudad. Habían cogido una suite con dos habitaciones, cuyos balcones daban al Central Park. Beñat había hecho las registraciones en la recepción, mientras su amigo se entretenía mirando el hall de aquel hotel tan suntuoso. Cuando entraron en la habitación acompañados por el mozo que les llevaba la única bolsa de mano y encendió las luces, Jack empezó a chillar pero el joven le hizo señas para que se callase. Cuando se hubieron ido el mozo y la propina por la puerta de salida. Jack estalló como aquel que se reprime durante mucho tiempo.

— Se puede saber ¿Qué diablos te pasa?… ¿Cómo vamos a pagar esto? ¿Ya sabes lo que vale esta suite al día? —Elixpuru hizo señas afirmativas con la cabeza y se sentó en una butacas del salón de estar. Su amigo seguía gritando exasperado y moviendo los brazos, cada vez más y más, ante la pasividad que demostraba el joven.

— No te quedes mirándome con cara de tonto. ¡Casi mil dólares al día!, y, eso sólo por dormir. ¡Dios mío! ¿Tú ya sabes lo que son mil dólares?— le miró fijamente y viendo la cara risueña y divertida que le ponía Beñat, no le pareció muy difícil adivinar la respuesta— mil dólares son una fortuna En dos semana acabas con todo lo que tengo. Esto me pasa a mí, por juntarme a pasear por Nueva York con un vasco aldeano que sólo sabe sacar a pastar las ovejas…

— ¡Muy bien, mal genio! Tú si que pareces un tejano, al que una vaca le ha metido el cuerno por un sitio que yo me sé. ¡Ven aquí y verás! —se acercó a donde estaba la bolsa de mano. La abrió y se la enseño.

— ¡Uahhauh! —fue el aullido de admiración y de sorpresa que se le escapó a aquel falso cowboy— pero… ¿de dónde has sacado tanto dinero?…Y además… ¡Si son todos de los grandes y nuevecitos!—exclamó entusiasmado, mientras agarraba ansioso con las manos, un fajo de billetes. Luego sacó otro más, y luego otro, hasta que depositó todos los fajos encima de la mesa baja del salón. En total, veinte fajos.

 — ¡Sí, en efecto! Es un millón de dólares. Nelson me los hizo llegar a Vendôme, antes de partir hacia aquí. Al paquete, le acompañaba una carta. En ella, no decía nada de particular, salvo que me indicaba que llevase el dinero conmigo, por si acaso.—Beñat se quedó pensativo y añadió, como si pensara en voz alta:

—Lo que no soy capaz de atar es el hecho de me enviara la nota, con el dinero de la bolsa, con el hecho de que sea un traidor. Cuando me dijiste que era un traidor y que te lo había dicho Seán me lo creí. Sentí tanta rabia por la traición que me olvidé de relacionarlo con el dinero. Ahora que sabemos que lo han asesinado, seguramente los de la CIA, ya no tengo dudas de que es inocente.

— Pero, entonces…, lo que me dijo Seán. A él se lo comunicó el I.R.A…

— I.R.A., E.T.A., Iparretarrak…, todos son lo mismo. Tienen buenas fuentes de información pero, a veces, se equivocan como nos ocurre a todos los humanos. Más tarde, cuando Seán se entere de lo del altercado ya verás como nos llama y aclaramos la cuestión. ¡Lástima que hayas dejado el número de su teléfono en tu bolsa! Si no, le llamaríamos ahora… —se quedó mirándole a su amigo y levantándose a encender el televisor, añadió:

— ¡Venga!, saca unas cervezas del mueble-bar. Enciéndete un cigarrillo y olvídalo — Beñat se calló unos instantes como para coger aire y respirar, y añadió:

— Nelson es tan inocente como tú y yo juntos. Ahora, vamos a olvidarnos de todo y a intentar distraernos que falta nos hace. Luego, ya pensaremos lo que hacemos para dar con Bárbara —viendo Elixpuru la cara inexpresiva de su amigo, le preguntó, por sí acaso:

— ¿ O es que prefieres dormir, ahora? —Jack hizo un gesto con la cabeza, desde el mueble-bar, diciendo que no— Entonces, vamos a ver si tenemos suerte y cogemos un partido de la NBA y ¡Ojalá! sean los Bulls…

En el canal que salió de la televisión, no aparecía ningún partido de baloncesto. En su lugar, daban una película de ciencia ficción. Beñat recogió el mando e hizo zapping. Mientras Logan  se le acercaba  con una cerveza y un vaso vacío y, seguidamente, se volvía a por el vaso de whisky con agua, que se había preparado y había dejado junto al mueble-bar. En otro canal, en el famoso programa de Bob Laramy, se  entrevistaba al jefe de la CIA, el siniestro Ronad Blackjack.  Encendiendo el último cigarrillo que le quedaba, Jack le hizo una indicación para que no cambiase de canal. La CIA, y todo lo relacionado con ella, era algo que había comenzado a interesarle de manera muy especial.

— …así que usted considera que Irán y Libia están detrás de estos atentados— le entrevistaba un Bob Laramy sonriente, vestido con una chaqueta y una corbata a juego, tan chillonas y tan extravagantes como de costumbre…

— Bueno, si usted quiere, no tenemos todas las pruebas —comentaba el Gordo, poniendo una voz estudiada, de antemano, para parecer más interesante—… la Agencia Central de Inteligencia que yo dirijo, tenía y sigue teniendo muchos pruebas y muchos indicios. Los terroristas se entrenaron en Irán. Tenemos pruebas y de eso, no tenemos ninguna duda. ¿Las bombas atómicas? Bueno…, también tenemos pruebas de que salieron, efectivamente de Irán. Lo sabíamos hace días. Cómo también sabíamos a dónde y a qué países, las habían llevado…

— Si lo sabían con anterioridad a la explosión de las bombas… ¿Por qué no avisaron a dichas naciones para que se prepararan?

— Porque las cosas no son simples ni tan fáciles. Uno puede llegar a saber que un avión que sale Teherán se ha dirigido a Zürich. Que otro ha volado a Tokyo. Otro a París, etc. Usted no puede saber con certeza que llevan bombas atómicas. ¿De qué les va a alertar a los gobiernos de esos países? ¿ Les debe avisar de que un avión que ha salido de Teherán ha aterrizado en un aeropuerto  de su país? ¡Muy bien!, nos contestarían. Son ustedes los americanos unos verdaderos paranoicos. Eso nosotros también lo sabíamos y ¿qué?… —Blackjack comenzó a reírse de su propio chiste y lo mismo hizo Bob Laramy— Cuando cayeron las bombas en Tokyo, Zürich, Frankfurt y Paris, fue cuando atamos cabos, cruzando todas las informaciones de que disponíamos. Gracias al ordenador, dimos con la clave de esos aviones y los relacionamos con la colocación de las bombas atómicas. Después, gracias a helicópteros especiales de la Fuerzas Armadas, utilizando potentes contadores Geyger de largo alcance, detectamos, por las trazas de radioactividad que deja la bomba atómica, el lugar donde ésta estaba escondida en Nueva York. Las señales procedían de un edificio ubicado en la calle 50. Preparamos un plan de ataque, minuciosamente la CIA y el Ejercito. Atacamos y logramos acabar con los terroristas. También, lo más importante fue que rescatamos la bomba y liberamos a la ciudad de Nueva York del peligro que le acechaba. Hoy los neoyorquinos pueden respirar el aire, a gusto. Eso ha sido todo…

— ¡Qué fascinante! —se le escapó al presentador de televisión. Blackjack se detuvo en su exposición, como un torero que mira al tendido, dándole la espalda al toro— pero…, ¡Siga, siga! Perdón le he interrumpido — concluyó, dándole la palabra, de nuevo, al jefe de la CIA.

— Quiero decir que descubrimos que Londres y Nueva York iban a ser los siguientes objetivos…

— ¿Avisaron a Londres?…

— Lo hicimos. ¡Claro que lo hicimos! Pero, los británicos, que son tan buen aliados nuestros, no son tan eficaces como nos lo dice la fama que tienen. Nosotros hemos demostrado que sí lo somos. El ejemplo de hoy ha sido claro. Hemos acabado con los terroristas y hemos rescatado la bomba atómica. ¿Qué hicieron los británicos?. ¡Hicieron el necio!, ellos dejaron que la bomba explotase y nosotros no. Somos un gran país. Somos los mejores. América volverá a ser la Gran América…

— ¿A qué cree usted que fue debido el hecho de que el Reino Unido no supiese hacer frente a los terroristas como nosotros? Es un país desarrollado. ¿No lo cree?

— Bueno…, efectivamente lo es pero también influyen otros factores. Por ejemplo: la decadencia de sus sistemas políticos. Hay que tener en cuenta que Gran Bretaña hace tiempo que dejó de ser lo que fue. Hoy en día, es una isla que tiene un rey, recientemente nombrado, que por cierto se ha salvado de la bomba atómica pues estaba durmiendo en uno de los muchos castillos que tiene, que ha resultado medio ecologista, que se divorció de una señora que estaba de muy buen ver y que, además, murió extrañamente en un accidente de coche en París, y que se lió con otra que era más vieja y muchísimo más fea que la tía buena esa, la famosa Lady Di… — Las carcajadas que se oyeron, en el estudio, fueron contagiándose y creciendo, más y más. Ronald Blackjack con lágrimas, de risa, en los ojos, seguía comentando:

— ¿Qué se puede decir de ese nuevo rey?,  no olvidemos que es el jefe del Estado, que se va con aquella a quien le pone los tampax y encima, le dijo, como declaración de amor, que le gustaría ser uno de ellos…—las carcajadas y la risas fueron terriblemente escandalosas.

Beñat casi apagó la televisión. Él era vasco. No se sentía francés pero sentía un gran respeto por los franceses. Otra cosa era la Francia imperialista que machacaba su País Vasco. Tampoco era inglés, ni británico pero le parecía una grosería y una falta de consideración y respeto, para con los británicos, enorme. Además, lo que estaba diciendo sobre aquel rey, aunque fuese él, alguien que critica y no comparte la idea de la monarquía, le parecían obscenidades y ganas de meterse y burlarse de la intimidad de una persona. A Jack le pasaba lo mismo. Se sentía americano hasta la médula pero no le gustaban esas maneras de hacer patriotismo barato.

La sarta de mentiras que le había oído decir, en relación con las operaciones realizadas, para detectar el lugar donde se encontraba la bomba atómica, utilizando contadores Geyger, le habían dejado atónito. Recordó que se las había oído contar, hacía una hora, al general Greeley. Pero, entonces, no les prestó atención. Al escucharlas de nuevo, en boca de Blackjack, y más relajado y seguro, se dio cuenta, como ingeniero que era, que aquello era una gran mentira pues era algo que resultaba, técnicamente, del todo imposible. Una bomba sin explotar no podría nunca detectarse con contadores Geyger por la sencilla razón de que no habría en ella, ningún escape de radioactividad.

La carcasa de plomo lo impediría. Otra mentira, que Blackjack y el general Greeley, habían dicho era que afirmaron que la bomba se encontraba en el apartamento, cuando ellos sabían positivamente que estaba guardada en el interior de una furgoneta aparcada, en un barracón de los muelles de Brooklyn. El de Chicago se lo comentó al joven pero no obtenía de él respuesta alguna. El vasco le escuchaba, mirando fijamente la pantalla de la televisión apagada, sin decir nada. La rabia y un sentimiento de impotencia le subían por las venas.

La audiencia del programa debía estar marcando un nuevo récord. Así se lo comentó, el productor del programa, por el teléfono interno, a Bob Laramy. Este escuchó lo que le aconsejaban y se hinchó de vanidad, mirándole con ojos risueños e interesados a su entrevistado. El productor le había sugerido que le riese, escandalosamente, todas las gracias que se le ocurriesen a Blackjack. Aquel cerdito, estaba triunfando…

V

— ¡Muy bien Ronald! —Christopher Duckworth era la primera vez que le llamaba por su nombre al jefe de la CIA— Has estado insuperable. Ha sido genial. Te has metido a toda América en un puño.

— ¿Tú crees? —le respondió Blackjack con una voz que denotaba una tremenda falsa modestia.

— ¡Absolutamente! La popularidad tuya y la de Greeley es ya tremenda. Eso nos vendrá bien después que se culmine, esta noche, con éxito la fase dos. Hasta pronto.

VI

La opinión del teniente Paul Johnson era todo lo contrario. Desde que tuvo aquella discusión con Donovan, le encajaban las piezas del rompecabezas, cada vez más y mejor. Tenía casi todo el puzzle hecho sólo le faltaba demostrarlo. ¡Y estaba, empezando a poder hacerlo!

— Ese cerdo de Blackjack ha dicho que sabían que la bomba la iban a poner en Nueva York. A nosotros nos hicieron tragar el anzuelo de Washington.

Lo que no sabía era el porqué pero empezaba a pensar lo peor. Se lo había comunicado a David y esté también era de la misma opinión.

— ¿Cómo pudieron saber, casi al cuarto de hora de ocurrir la explosión nuclear, que la bomba había sido colocada en la Gare Montparnasse, cuando hasta siete horas después no pudo saberse con precisión por los expertos franceses? —Paul le daba vueltas y vueltas a dichos jeroglíficos y no encontraba la solución hasta que recordó algo que le había dicho Carrere:

— ¡Utiliza el método!

— ¡Eureka! Eso es lo que tengo que hacer: aplicar el método —pensaba Johnson en voz alta— lo haré, pero haciéndolo como Descartes recomendaba en el “Discurso del método”. En primer lugar, deberíamos empezar a dudar… Donovan tiene razón. La CIA está detrás de todo esto. Por tanto, hay que dudar sobre todo lo que nos han dicho y comunicado que sea cierto. Incluso, hay que dudar que sean demócratas y, en consecuencia, habrá que considerar sus actividades como antiamericanas. Vamos a ver… —Johnson seguía dándole a la imaginación—… lo de Irán… es una mentira. Las bombas las ha puesto la CIA. Lo de los aviones… no ha habido tales aviones… —  el teniente Johnson pegó un salto y se dirigió al despacho de al lado de su secretaria gritando:

—¡Dorothy! Ponme, lo más pronto posible, con los servicios de control de tráfico aéreo de Francia, Gran Bretaña, Alemania, Suiza, Austria… y por si acaso… con los de Italia y Turquía —volvió a su despacho y marcó un número interior.

— ¡Sussy! Soy yo, Paul. ¿Estás muy ocupada?… pues déjalo todo y hazme este favor. Es muy importante. ¿Sabes francés, no?… O.K. Pues coge el primer avión que vuele hasta Francia y averigua, en un aeropuerto  cercano a Vendôme, si aterrizó un avión reactor, procedente de Turquía, de Irán o de algún país de esos, entre el 20 de abril y el 10 de mayo… ¿Qué donde está Vendôme?… ¡Hija mía!, lo miras en el mapa… Buena suerte… ¡Ah!, y que no se te ocurra venir hasta que no hayas obtenido toda la información… ¿Que quieres más detalles? Te lo diré claramente. La CIA nos ha mentido y quiero demostrarlo. Ya sabes la historia que nos contaron sobre esos aviones-reactores procedentes de Irán, cargados, cada uno, con una bomba atómica, etc…, uno de ellos, dicen que aterrizó allí. Quiero que me demuestres que eso es mentira… ¡Adiós!, y ¡Suerte Sussy! ¡Cuídate! —el teniente colgó y volvió a marcar otro número interno del FBI.

— ¡Mike! ¿Llevas tú el caso del avión-reactor que, procedente de Teherán y cargado con una bomba atómica, aterrizó cerca del área de Burlintong… Pues, ¡déjalo!… Sí, sí, que lo dejes… es mentira… pásate por el despacho de Sussy y acompáñala a Francia… ella ya te lo contará todo…. ¡Ah!, Mike y no te pienses que es un viaje de novios… Te conozco… ¡Adios y buena suerte a los dos! —cuando Paul Johnson colgó el teléfono, estiró los brazos y se apoyó contra la cabecera de su butaca-asiento. Por primera vez, estaba contento. Había empezado a mover los peones en la buena dirección. Los había movido para buscar las pruebas que le faltaban y eso era sólo el comienzo.

VII

Seán MacNeills estaba haciendo tiempo, paseando por el centro universitario de Oxford, donde su famosa Universidad agrupa, a su vez, a otros famosos treinta y cinco colleges. Aquel paseo era uno de los más agradables que conocía para poder pensar y reconfortar el espíritu. Se sentía trasladado al inmóvil, eterno e inmortal espacio donde descansa toda la sabiduría. En Oxford, parecía que el tiempo se había detenido en el siglo XVIII. Las personas con las que se tropezaba, respiraban frescura y despreocupación. Se notaba, enseguida, que la bomba de Londres no había hecho mella en ellos. Parecían todos despreocupados por lo que ocurriese fuera. Las noticias del mundo eran una curiosidad intelectual. Algo distante. Algo sobre lo que tener que hablar, nada más. El mundo podría destruirse pero, en Oxford, la vida seguirá igual. De eso, Seán ya no tenía ninguna duda, viendo dos chicos como abordaban a otras dos chicas, cargadas con libros. Aquel acoso funcionó y a MacNeills le hizo gracia y sonrió.

Había quedado, a las siete de la tarde, en la puerta del Examitation Schools del Madgalen College, donde su novia Mary Lynch, estudiaba y trabajaba, para obtener el M.A. en medicina. Aquella tarde, Broad Street estaba muy concurrida de estudiantes. A Seán le gustaba, en especial, la zona de esta calle que comunica con Radcliffe Square. El Museo de Historia de la Ciencia, lo había visitado muchísima veces. Dudó en si entrar de nuevo pero pensó que prefería pasear. El sol había salido y aquel día de primavera bien merecía un paseo. Se quedó contemplando y admirando, con mayor detenimiento que nunca el Sheldonian Theatre y su cúpula. Le sorprendió, por que no los había visto hasta entonces nunca, los fascios romanos que surgían de la cabeza de un león que había, en una de sus esquinas. Admiró, durante bastante tiempo, la arquitectura neoclásica del Edificio Clarendon. Le recordaba al Trinity College de Dublín donde el había cursado sus estudios y obtenido el master en ciencias físicas. También se maravilló del estilo de la Biblioteca Bodleian y, entrando por Catte Street, la inolvidable vista de Radcliffe Square. En el centro de la plaza se erigía el edificio circular de Radcliffe Camera, rodeada de diferentes y famosos colleges y tapando, al fondo, la torre de la iglesia de Santa María Virgen. MacNeills iba caminado despacio, disfrutando de la vista que le ofrecían aquellos monumentos. Se detuvo, en un lado de la plaza rectangular, junto a All Souls College, para observar el Wren’s Sundial. Aquel de reloj de sol, señalaba la hora exacta. Las seis de la tarde. Unos que parecían profesores o “fellows”, por su apariencia, mientras observaba aquel reloj de sol, comentaban algo acerca del ataque a los terroristas y del rescate de la bomba atómica. Azuzó más el oído y escuchó que se referían a Nueva York. Al irlandés aquella noticia le dio un vuelco. Pensó en sus amigos Jack, Bárbara y Beñat y temió por sus vidas. Instintivamente, sacó el teléfono móvil del bolsillo de la chaqueta y marcó el número del móvil de Logan.

— ¡Aquí Aguijón! —Le contestó la voz conocida que ansiaba oír.

— ¡Aquí Trébol de cuatro hojas! ¡Menudo susto! ¿No? Me acabo de enterar de lo Nueva York… Creía que vosotros también habríais caído. Me alegra oírte y, saber que estas vivo.  Y Beñat ¿está contigo? —MaCNeills parecía una metralleta hablando

— ¿Cuatro cabezas? ¿Te refieres al impresentable ese?… Pues claro que está conmigo. Ahora mismo te lo paso. Además, quiere tener unas palabritas contigo…

— ¿Sobre?

— El te dirá. ¡Adiós Trébol de cuatro hojas!

Beñat  tomó con su mano derecha el teléfono móvil que su amigo le ofrecía. Se sentó junto a Jack para que escuchase también y saludó al irlandés. La conversación fue tirante al principio. Elixpuru estaba serio y parecía muy molesto. Le echaba en cara a Seán que se dijesen tales acusaciones, de una manera tan gratuita. Nelson Garfield estaba muerto y había que tener un respeto por los muertos. Sobre todo por su memoria. Antes de colgar, Seán, sensiblemente lleno también de dudas, le contestaba al joven vasco:

— ¡De acuerdo!. No dudo de que puedas tener razón. Ya sabes que estas cosas ocurren. De todos modos, y para tu tranquilidad, pediré otra nueva confirmación. Estoy de acuerdo en que, el hecho de que lo hayan asesinado también, te da la razón  a tí. ¡Tranquilo! Investigaré más y cuando haya obtenido respuesta os lo comunicaré. Mientras tanto, seguir como estáis. No hagáis ningún movimiento, ya que el “regalo” que teníais que colocar ha sido robado. Pronto os daré nuevas instrucciones. ¡Hasta pronto! Adiós — Beñat también colgó el teléfono y se lo entregó a su amigo que había escuchado toda la conversación, diciéndole:

— Te acabas de quedar sin baterías. Ya puedes ponerlo, en seguida, a cargar —y añadió— Déjalo desconectado. Se cargará antes.

Tras la muerte de Nelson, Seán MacNeills se había convertido en el jefe de los pocos que quedaban de la organización Juicio Final. Él era el que más experiencia tenía de todos, en este tipo de lucha. Desde los diecisiete años en el I.R.A y habiendo cumplido los treinta y cinco, era una buena experiencia. Las órdenes eran que debían permanecer allí. Sin embargo, a los reunidos en la suite del Plaza Hotel, les preocupaban otras cosas. Tenían dinero y el lugar era un sitio muy confortable pero debían encontrar a Bárbara…

VIII

La oficina del FBI en Nueva York estaba llena de agentes que comentaban los últimos acontecimientos. Las noticias, sobre el ataque y posterior recuperación de la bomba atómica, les había dejado fuera de juego. Todos los tantos, una vez más, se los habían apuntado la CIA y el Ejército. Descendiendo de dos coches que les habían esperado en el aeropuerto  de La Guardia, salieron corriendo, los agentes del FBI. Duke y Bill,  precedidos por Hellen Martínez y  Michael Donovan que habían llegado en el primer coche. Al subir las escaleras, corriendo, Hellen tropezó con los tacones y cayó a suelo. Michael, servicial, le ayudó a levantarse y le agarró de un brazo que no soltó hasta entrar en una habitación de la planta séptima. En ella, se encontraba Bárbara Podiaski rodeada de tres agentes del FBI que, al parecer, estaban interrogándola. Al verlos entrar, dos de los agentes salieron acompañados por Duke y Bill. Hellen y Michael se quitaron las chaquetas, ante la mirada atenta de una Bárbara, que ponía una cara muy seria e impenetrable.

— ¿Habéis tenido buen vuelo desde Washington? —les preguntó, con una sonrisa cansada, a los recién llegados, el agente que se había quedado con ellos, en la habitación.

— Sí y nos ha dado tiempo de todo —respondió Michael sonriendo a Jim Lucas, el agente del FBI en Nueva York que él ya conocía, de antes— he dormido más de media hora y, encima, me ha dado tiempo, también, para afeitarme la barba y asearme —miró a Hellen y añadió:

— Ella ha dormido todo el tiempo hasta que aterrizamos. Las mujeres no tienen problemas de afeitado —todos sonrieron. Incluso, también lo hizo, aunque se reprimió al darse cuenta, Bárbara Podiaski.

—  Queréis café, ¿no?—preguntó Jim

— Sí, claro..— Hellen le miró a la mujer que estaba sentada y añadió— tráenos, por favor, tres vasos de café y algo para comer y… lo que tú quieras para tí.

Se habían quedado los tres solos. Bárbara miraba a los nuevos interrogadores. Había escuchado que venían de Washington. Allí trabajaba, como Gran Jefe, el que fuera, en su tiempo, un gran amigo de su padre y de su familia: David Carrere. Lo consideraba un cobarde que no había hecho nada en el caso de su padre. Los dos agentes que llegaron le parecieron simpáticos y ello le daba seguridad. Temía que la pegaran y la torturasen. La presencia de la mujer agente, con ella y en aquella habitación sin ventanas, la tranquilizaba más.

IX

El paseo por Central Park les hizo muy bien a los dos. Estiraron las piernas y comieron algo que les reconfortó. Jack acostumbrado a su nuevo atuendo de cowboy veía que éste no concordaba con su nueva identidad. Un vasco llamado Ander Lejarreta sólo se vestiría con esas trazas, en Carnaval. Decidieron irse de compras y Beñat le ayudó a comprarse el traje más parecido al que un empresario vasco llevaría vestido en Nueva York. Un traje azul oscuro. Camisa blanca. Una corbata a rayas, blancas y rojas, como los colores del Athletic de Bilbao, el equipo favorito de fútbol de Beñat. Unos calcetines y unos zapatos negros. Todos estos elementos conformaron el atuendo con el que Jack salió vestido de aquella tienda. En la acera de la misma, se produjo una llamada en el teléfono de Beñat. Lo sacó del bolsillo de la chaqueta y se lo puso en la oreja:

— ¡Aquí, Cuatro cabezas.

— ¡Aquí un amigo de Ave Phoenix !  Él me dejó un paquete, que te debía entregar, en caso de que él muriera en un atentado. Desgraciadamente, ha ocurrido esta mañana y, fiel a mi promesa, te he llamado —haciendo caso a las señas que Beñat le hacía con el brazo, Jack apretó, también, su oreja contra el aparato.

— ¿En qué lugar de Nueva York, lo tengo que recoger?

— En Nueva York, no ¡Hijo! Yo vivo en Pittsburgh y soy muy mayor para viajar —respondió la otra voz que parecía, verdaderamente, la de un anciano— mi casa está cerca de Wilkinsburg. Tú, ahora, ¿dónde te encuentras?

— En una bocacalle de la Quinta Avenida.

— ¿En Nueva York?

— Sí, en Nueva York.

— Bueno, pues tendrás que venir aquí a recoger el paquete. Mañana, te llamaré, a este mismo número, a las ocho de la mañana, para darte la dirección exacta de mi casa. Hasta mañana. ¡Hijo! ¡Sé puntual y no me falles!. Tenemos que saber respetar la memoria y la última voluntad de los muertos —cuando colgó, Logan se quedó boquiabierto. Elixpuru, por el contrario, parecía como si aquella llamada fuese algo que esperaba.

— El viejo Nelson Garfield nunca muere… — comentó, sin más, el joven y dándole una palmada a su amigo,  en la ancha espalda que tenía, añadió:

— ¡Vámonos My Lord!. Tenemos muchas cosas que hacer.  Hay que dejar el hotel. Hay que pagar la cuenta. Hay que alquilar un automóvil. Hay que viajar hasta Pittsburgh…

Logan miraba a su amigo y se quedaba maravillado, con la boca abierta. Se ajustó mejor el nudo de la corbata y le acompañó, deprisa, hasta el hotel.

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