EL FUEGO PURIFICADOR—12 Capítulo

por Juanjo Gabiña

Capitulo 12

Los cerdos también tienen alas

I

El Boeing 747, donde viajaba Bárbara Podiaski, volaba por encima de Wrightstown, a unos 25.000 pies de altura. Wrightstown era una pequeña población del este de Pennsylvania, próxima a la frontera con New Jersey. El comandante de la nave se dirigió personalmente a los pasajeros para que se abrochasen los cinturones. Iban a entrar en una zona donde se esperaban turbulencias de aire. Bárbara, estuvo todo el vuelo intentando dormir. No lograba conciliar el sueño pues los pensamientos que le asaltaban no se lo dejaban. Cada vez que miraba el asiento vacío que tenía a su lado, no hacía más que pensar en Jack. Por eso, entre sueños, en muchas fases del vuelo, sus pensamientos terminaban valorando el cambio que había experimentado su vida, a raíz de la muerte de su padre. Jack Logan le había devuelto dos cosas muy importantes: la ilusión de luchar en la vida y la capacidad de amar. El saber odiar les unía mucho más. Era algo que compartían juntos puesto que eran conscientes de que, además del amor que les unía, también tenían los mismos enemigos. 

Él le había sacado de la enorme depresión en la que se encontraba y en la que se hundía, cada vez, más y más. Los documentos que le había entregado a su padre, antes de que lo matasen, le habían demostrado lo débil. Al principio, intentó luchar por esclarecer la verdad. Se le cerraron todas las puertas que esperaba que encontraría abiertas. Aquello le desmoralizó muchísimo y le hizo ver la cruda realidad de la vida. La sociedad sigue estando dividida entre amos y esclavos. Si no ayudas a los amos y haces que corran peligro sus status, tu vida puede desaparecer, impunemente, en cualquier momento. Amigos que visitó de su padre le hicieron comprender lo impotente que era. Estaba segura de que hubiera llegado a suicidarse si es que Logan no la hubiese acogido en su vida. 

Recordaba, perfectamente, cuando le conoció. Fue en aquel bar, junto al puerto deportivo de Sausalito. Ella, que pasaba una temporada en casa de una amiga, había renunciado a salir, aquel día, en yate con sus amigas y sus amigos, y navegar por la bahía de San Francisco. Se encontraba triste y prefería quedarse sola. La víspera, había recibido una carta en la que la agencia de detectives que había contratado le comunicaba que se desentendía del caso de su padre. Su propio abogado hacía tiempo que lo había hecho. Bárbara se encontró más impotente que nunca. Se encerró en su habitación y se disculpó ante su amiga. Sin embargo, se dio cuenta rápidamente de que había hecho mal pero ya era tarde. La depresión comenzaba a angustiarla de nuevo. Bárbara sabía cual era la mejor terapia.

Odiaba las pastillas. Necesitaba compañía, alguien con quien hablar. Poco a poco, le empezó a entrar una especie de claustrofobia. Decidió salir a pasear, tomar el aire y distraerse paseando. A media mañana, después de un paseo de una hora, había llegado hasta el puerto. Sintió hambre. Aquello era buena señal y vio varios bares junto al puerto. Decidió sentarse en la terraza de uno de ellos y tomarse un sandwich y un café. Cuando quiso pagar, se sorprendió de que no llevaba dinero, ni tarjetas de crédito, encima y ese hecho, le puso nerviosa. El hombre que estaba sentado detrás de ella, sí que había visto en ella, los gestos característicos de aquel que busca algo, de manera incesantemente, una y otra vez, metiendo las manos en los bolsillos y en el bolso y no encuentra lo que desea. 

Bárbara se agarraba desesperada de la cabeza. Aquel hombre, que no era otro que Jack Logan. En un momento dado, éste se levantó, se acercó a ella y le ofreció un billete de 100 dólares. Entonces fue cuando Bárbara vio, por primera vez, a Jack. La primera impresión que tuvo de él, era la de que se trataba de un hombre alto y fuerte, de duras pero bellas facciones, que tenía unos profundos ojos azules y llevaba una barba, incipientemente canosa. También recordaba sonriente, la camisa a cuadros y la gorra de capitán de yate que vestía. 

Entre turbada y complacida por el socorro y la ayuda prestados, Barbará aceptó, enseguida, aquel billete, con la promesa de que, muy pronto, se lo devolvería. Aprovechando de que ella tomaba una servilleta para escribir los datos de él, Logan se sentó a su lado y pidió otro whisky con agua, al camarero. Comenzaron a charlar los dos pero, la única que, de verdad, habló, durante las tres horas que estuvieron sentados en aquella terraza del bar, fue Bárbara. Aquel hombre, mayor que ella, le inspiraba confianza y le gustaba. Ella necesitaba, desesperadamente, hablar con alguien. Él parecía que también estaba a gusto escuchándole, bebiéndose los whiskies y fumando cigarrillos, sin parar. Se invitaron mutuamente a comer. Almorzaron en un restaurante situado a, tan sólo, cincuenta metros de donde estaban y Bárbara aprovechó para desahogarse y contarle su vida. 

La parte más dura, y la que Logan con mayor atención escuchó, fue la referente al asesinato de su padre y a los intentos baldíos por desenmascarar perseguir y condenar a los culpables. Cuando le pidieron la cuenta al camarero, se habían hecho tan amigos, que éste les despidió, confundiéndoles como si fueran un matrimonio. Aquello les hizo gracia. De nuevo, la risa había empezado a aflorar a sus labios. Cuando se lo comentó a Jack, éste le confesó que a él le había sucedido lo mismo. Estaba claro, se necesitaban el uno al otro. Aquella tarde, Bárbara comprendió, con ese sexto sentido que caracteriza a la mayoría de las mujeres, que no era una casualidad el que hubieran contactado tan bien, entre ellos. Se dio cuenta de que no podía esperar a una próxima cita para hacerse con aquel hombre. La idea de ofrecerle la posibilidad de acompañarle en coche hasta su casa, fue muy buena. La excusa era que, entonces, ella podría devolverle rápidamente el dinero prestado. A decir verdad, fue muy buena idea, y no sólo para salir con éxito de este tipo de situaciones, también serviría para convertir un encuentro casual con un hombre tan interesante en un cita amorosa.

Después de hacer el amor en el apartamento de la amiga de Bárbara, Jack comenzó a verse atosigado por las muchas preguntas que ella, vestida con un fino salto de cama que lo transparentaba todo, le hacía, sentada encima de la cama. A Bárbara, le hacía sonreír siempre la imagen de Jack, teatralizando gestos de dolor y angustia, agarrando la lámpara  de pie  y enchufándosela en la cara,  gritando, al mismo tiempo:

— ¡Comisaria! ¿Cuándo termina este interrogatorio? …— No fue más que una manera infantil de hacer gracia y de salir del paso. Jack se creía que, con ello, ella dejaría de atosigarle. ¡Que equivocado estaba! y ¡qué poco conocía a las mujeres!. Bárbara, entre risas, seguía insistiendo a Logan para que le contase cosas de su vida. Tanto insistía que, el Jack Logan cerrado y receloso de los últimos tiempos, habló sin parar, durante más de una hora. Fue como vaciar su vida. Le contó lo de su mujer y de su hija. Le contó cómo les mataron y imposible que resultaba hacer justicia en los Estados Unidos. Le contó lo corrupto que pensaba que era el sistema. Le contó también que le habían despedido el trabajo y de que había ido a Sausalito a vender el yate que tenía allí atracado. Le habían pagado bien y con ello pensaba tirar otros seis meses. Después vendería la casa que tenía en Menlo Park y del resto, no tenía ni idea. Se dejaría llevar por la corriente. Todo lo que contó y dijo Jack aquella tarde fue lo que su alma desgarrada sentía. Todo lo hizo, con una expresión tan real y tan humana, que Bárbara comprendió, mientras le escuchaba, que se había enamorado locamente de aquel hombre. Entonces, fue cuando decidió no dejarle escapar nunca. A la semana siguiente, ya vivían juntos en Menlo Park.

El avión había descendido por debajo de las nubes y se podía observar como se acercaba desde el mar hacía Long Island. Una vez, que aterrizaron en el aeropuerto de John F. Kennedy, donde la mayoría de los pasajeros esperaba hacer la conexión con otros vuelos internacionales. Bárbara se puso las gafas de sol, agarró las bolsas con las dos manos y salió directa hacia la salida. Esperó en la cola de los taxis y, en el preciso momento que le iba a recoger uno, dos hombres, vestidos con gabardina, que se identificaron como agentes del FBI, le preguntaron:

— ¿Bárbara Podiaski? —La expresión de la cara que puso la mujer fue más que suficiente. Los agentes despidieron el taxi que fue rápidamente ocupado por otros pasajeros y se les acercó otro coche de color gris que iba ocupado por dos personas. Los tres  se sentaron, en el asiento de trasero, dejando que Bárbara ocupase el medio. El chirrido de los neumáticos y el empujón de la inercia hacia atrás indicaban que la aceleración imprimida a aquel coche era grande. A lo lejos se veía, cada vez más cerca, la ciudad de Nueva York.

II

Hellen entró corriendo en el despacho del teniente Johnson, donde también se encontraba reunido con él Jack y otros agentes. Al ver que ni le hacían caso prefirió escuchar y esperar a hablar cuando se callasen. Comentaban y analizaban los resultados de sus pesquisas sin que, hasta el momento, hubieran dado resultado alguno. El presidente, por ahora, se encontraba seguro en Bremerton. Los funerales oficiales por la muerte del secretario del Departamento de Defensa se habían retrasado, hasta que la situación fuese más favorable. David Carrere, junto con los secretarios de Estado y de Transporte, estaba muy ocupado en controlar a Greeley y a Blackjack. De todos sus pasos informaba puntualmente, a David Carrere y, a su vez, éste informaba al secretario del Departamento de Justicia, Robert O’Neill, que estaba en Bremerton con el presidente.

Tras la evacuación del presidente de la Casa Blanca, el 43 presidente de los Estados Unidos, las cosas habían cambiado bastante. El vicepresidente Richards y el general Greeley, en calidad de secretario del Departamento de Defensa, eran los que, de verdad, mandaban en el NSC o Consejo de Seguridad Nacional que había incorporado amplias atribuciones de poder, debido a la situación especial que atravesaba la nación americana. En dicho consejo, se barajaban, a espaldas del secretario del Departamento de Estado y algunos asesores, la posibilidad  de aplicar una especie de ley marcial, tal como hizo Lincoln. El vicepresidente, una vez, desvariando, y amenazando con que, en ausencia del presidente, según decía la Constitución americana en el articulo II, Sección I, Cláusula 6, el poder era él, sugirió establecer el toque de queda, a las ocho de la noche, en todo el país. 

Peter Hasting, el secretario del Departamento de Estado, asustado por ese despropósito llamó inmediatamente a Robert O’Neill, el cual actuó diligentemente haciendo intervenir al propio presidente desde su refugio en Bremerton. Gracias a la desautorización del presidente, que se opuso tajantemente a dicha medida por indicación de O’Neill, es como se pudo detener el tirón. Lo más grave fue comprobar que en el NSC eran minoría, precisamente, los que comulgaban con la política del presidente Thomson. El vicepresidente Richard, el secretario del Departamento de Defensa en funciones y, a su vez, jefe del Pentágono, el director de la CIA y algunos asesores más, votaban en bloque. Además, un hecho insólito era que las reuniones, en ausencia del presidente, se realizasen en la Casa Blanca, en el mismísimo Despacho Oval. 

Donovan se levantó a por otro café y tropezó con Hellen que estaba de pie junto a la puerta:

— ¡Vaya Hellen! ¡Dichosos los ojos…! ¿Me acompañas a por un café?

— ¡No, gracias Michael! —miró los papeles que traía y añadió— traigo algo importante. Se trata de la pista que teníamos en Los Ángeles. Han encontrado en su aeropuerto  dos cadáveres. ¿Adivinas quiénes eran? —A Donovan, el corazón le dio un vuelco, pensando en Jack Logan. La agente prosiguió, poniendo cierto aire de misterio.

— ¡Dos agentes de la CIA!

— ¡No!

— ¡Sí!, aquí tengo una copia del correo electrónico que me han enviado y que lo confirma. Lo acabo de recibir y ha sido enviado por la Policía Metropolitana de Los Ángeles —respondió Martínez, alzando la voz para que la oyesen todos— se trata de algo muy extraño. ¿Qué hacía la CIA, en aquel lugar? Sí iban en busca de Bárbara Podiaski y de su acompañante, que, como suponíamos, bien podría ser Jack Logan, porqué no alertaron al FBI y a la Policía del Aeropuerto para que colaborasen en la captura como hubiera sido lo más lógico? Otro dato más… —las miradas de todos se posaban en Hellen, denotando un mayor y creciente interés—… esta última suposición se ha confirmado por el registro del despacho de billetes. Dos billetes de avión para el vuelo Los Ángeles-Nueva York habían sido comprados y registrados a nombre de Bárbara Podiaski y de Jack Logan…

— ¿A qué hora salía el avión? —le interrumpió el teniente

— A las doce de la noche hora de Los Ángeles, a la misma hora que mataron a los dos agentes de la CIA

— ¿Se ha confirmado si tomaron dicho avión? —atajó, de nuevo, el teniente.

— Se ha confirmado, porque acabo de hablar con el comandante de la nave, que Bárbara Podiaski sí viaja en dicho avión. No es así el caso de Jack Logan.

— ¡Muy bien, Hellen!, Por lo menos ya tenemos algo. Investiga también qué otro avión ha podido tomar Logan. Investiga las rutas no directas. Ese hombre es un diablo. Sospecho que ha sido él que se ha cepillado a los de la CIA —Hellen salió apresurada a cumplir dicho cometido. El resto desapareció también para informar a los de Nueva York para que estuviesen alerta. El teniente y Donovan se quedaron solos mirándose. Johnson, que le conocía muy bien, le puso la mano sobre le hombro diciéndole:

— A ver, Michael , ¡Suéltalo, ya! 

— No son más que corazonadas, jefe —empezó a explicarse el agente — creo que Hellen se ha atrevido a decir algo que hace tiempo estaba pensando. Me huele mal ese Blackjack. Y creo que la CIA está metida en todo esto —el teniente le miraba muy serio y atento, pero sin decir nada. Donovan prosiguió:

— No sé. Me parece todo muy extraño. ¿Por qué sabían tanto?, cuando los del MI-5, los del MI-6 y el resto de los servicios secretos europeos no sabían nada. Tampoco se han puesto en contacto con ellos. Todo lo tengo muy confuso pero sé que nos están engañando y que aquí se está tramando algo grave. La propia muerte de Lemass me parece una excesiva casualidad que, incluso, estoy pensando que bien podría haber sido un asesinato…

— ¿ Quieres decir que la CIA está colaborando en todo esto con Irán? ¡Por favor, Michael! Sé que estás cansado y que llevas mucho tiempo sin dormir, pero eso es ir demasiado lejos. ¿No crees?…

— Quizás sí y quizás no. Quizás lo de Irán sea otra pista falsa…

— ¡Cómo que otra! ¿ Es que has visto alguna más? —respondió el teniente Paul Johnson cada vez más intrigado.

— ¡Pues claro! Es evidente. Nos han estado tomando el pelo miserablemente, con lo de que la bomba la colocarían en Washington. No tiene sentido…

— ¡Cómo que no! — le atajó el teniente poniéndose en pie— las bombas las han puesto en las capitales. Si no, mira: Tokyo, París,  Londres..

— ¡Perdona, Paul! —esta vez, fue Donovan quien le interrumpió tuteándole, sin dejarle acabar la frase a su superior— En geografía, creo que ando mejor que tú. Frankfurt no es la capital de Alemania. Su capital es Berlín y hasta, hace unos años, lo fue Bonn. Tampoco Zürich es la capital de Suiza sino Berna. Lo que tienen en común esas cinco ciudades es que son las sedes donde se ubican las bolsas financieras más importantes del mundo. ¿ Cuál falta? Nueva York y quizás, pero no creo, Chicago. La CIA hablaba de seis bombas. Hagámosles caso. Son seis bombas. Han explotado cinco. Por consiguiente, falta una sólo. ¿ Cuál? ¡La de Nueva York! Sí tienes alguna duda, respóndeme porqué volaban  Logan y Podiaski a Nueva York y no, a Washington.

Paul Johnson abrió los ojos y miró hacia el techo, levantando, a la vez, los brazos implorante. Luego los bajó y se los puso, suavemente, sobre la cabeza. Intentó decir algo pero lo pensó mejor y prefirió callarse. En su lugar, se sentó en la silla y miró a Michael, haciéndole señas afirmativas con la cabeza

— ¡ Dios mío! Entonces, estamos ante un golpe de Estado…

— Piensa lo que quieras pero todo es posible. Por el momento, tenemos que impedir que la bomba atómica estalle. Yo me voy con Duke, Bill y Hellen a Nueva York. Tú controla a la CIA. 

Cuando se fue, Paul Johnson envidió lo osado que era Donovan para decir las cosas que decía, aunque sólo fueran intuiciones. Él nunca se hubiera atrevido a decirle a David Carrere una acusación tan grave como esa. Tenía mucho sentido del ridículo y si él acusase alguien de intentar un golpe de Estado, le podrían acusar de antiamericano…

Mientras se dirigían los cuatro agentes hacía el aeropuerto  para tomar un avión especial del FBI que les llevaría a Nueva York, recibieron una llamada del teniente, comunicando que otros agentes del FBI habían detenido a la salida del aeropuerto  a Bárbara Podiaski y que les esperaban para interrogarla. Ya en el vuelo, Michael les contó a sus compañeros la discusión que había mantenido, poco antes, con el teniente Johnson. Fue muy curioso, tanto Duke como Bill y Hellen, habían pensado algo parecido.

III

A las siete y media de la mañana, siete coches se detuvieron en la esquina que forma la calle 50 con la Park Avenue, muy cerca de St. Bartholomew’s Church. Eran hombres de la CIA y de la mafia que actuaban juntos. No era la primera vez que lo hacían y algunos de ellos, hasta se conocían, de trato. Algunos hombres con metralletas subieron por las escaleras de incendios de los edificios de al lado de la casa donde se encontraba, presumiblemente, Nelson Garfield y su grupo. El apartamento del edificio de la Calle 50, donde se situaba la guarida de los terroristas, era un edificio estrecho de unas diez plantas. Aquel apartamento, al igual que los demás  apartamentos, ocupaba toda la planta. No era una vivienda pero se utilizaba como si fuese una oficina-vivienda. El resto de los apartamentos, las  nueve plantas restantes, eran sólo oficinas. 

La CIA había sabido elegir bien el lugar. Algunos atacantes se apostaron en la casa de enfrente para disparar granadas e introducirlas, a través de las ventanas, para que explotasen en el interior. Otros, cargados con explosivos y rifles que usaban balas de gran calibre, subieron por las escaleras, desalojando, a su paso,  a todos que los encontraban en el resto de las plantas y encerrándoles en la planta baja, donde funcionaban las oficinas de una compañía de líneas aéreas europea que acababa de abrirse al público recientemente. El jefe de aquel grupo atacante comentó algo a través del micrófono portátil que llevaba. Unos hombres adiestrados, se colocaron al lado de la puerta y colocaron un explosivo en la puerta. 

Después preguntó por cada uno de los puestos y aguardó sus respuestas. Cuando se hubo cerciorado de que todo marchaba bien, que le oían todos a través de sus auriculares y que todos estaban preparados, dio la orden de comenzar las operaciones de ataque. Un explosivo destrozó la puerta de entrada y, a continuación, los que estaban en el rellano de la escalera, comenzaron a disparar contra la entrada del apartamento. Inmediatamente, desde el edificio de enfrente, se dispararon las granadas contra todas las ventanas. Las explosiones fueron tremendas y las llamaradas de fuego que se producían salían hasta por la puerta de entrada. 

A pesar de aquel infierno, algún terrorista intentó huir aunque estuviera muy herido. Pero fue, rápidamente, alcanzado y muerto en la refriega. Antes de que todo se convirtiera en pasto de las llamas, se dio la orden de alto el fuego. Seguidamente, una unidad equipada con máscaras y trajes contra el fuego logró entrar en el apartamento, disparando contra todo bulto sin cesar. Durante más de cinco minutos no se dejó ningún segundo de disparar.

Nadie pudo escapar con vida de aquel infierno. Finalmente, lanzaron dos bombas incendiarias al interior y todo el grupo atacante huyó corriendo, chocando y empujándose a trompicones entre ellos. Muy pronto, no tardó en desatarse un gran incendio en las tres plantas de arriba del inmueble. El resto no sufrió apenas daños ya que el fuego pudo contenerse en esas plantas gracias al sistema contraincendios que funcionaba bien y activó las válvulas de chorreo con agua. Cuando llegó la policía, los bomberos y las ambulancias al lugar de la criminal refriega, los atacantes habían huido velozmente, en los siete coches que les aguardaban aparcados en la esquina de la Park Avenue. Ave Phoenix y cuatro de su grupo habían muerto. También lo hicieron dos de los atacantes que cayeron muertos por las balas de sus compañeros. 

Mientras tanto, otro grupo operativo, esta vez formado por un comando de operaciones especiales de las Fuerzas Aéreas americanas, acudía, a la misma hora, al garaje situado en un barracón portuario de los muelles de Brooklyn donde se ocultaba la bomba. Como esperaban, nadie vigilaba la camioneta. La bomba no estaba activada y, sin pensárselo dos veces, tres soldados entraron en la furgoneta. Con mucha precisión, hicieron un puente eléctrico al motor y, arrancándolo, se llevaron el vehículo a toda velocidad. Aquella operación fue una de las más fáciles que habían realizado en su vida.

IV

Blackjack marcó personalmente aquel número de teléfono que muy pocos conocían.

— ¡Diga!. ¡Sí! ¿Quién es? —rugió la voz de Christopher Duckworth.

— Soy yo, Ronald Blackjack. Tengo que darte muy buenas noticias. Todo ha salido tal como esperábamos. Hemos recuperado ya la bomba. En estos momentos, la estarán desactivando y todo dispuesto para depositarla, después, en mitad del Atlántico. De igual modo, “nuestros” terroristas ya han sido liquidados. Te enterarás de esos detalles por los medios de comunicación. También, aunque no haya aparecido en la prensa, te comunico que los terroristas franceses, de igual modo, han sido eliminados…

— Me alegro de ello —le interrumpió el magnate de los negocios— Te diré que me estaba impacientando. ¿Tenemos, pues, el camino libre?

— No exactamente. Nos falta atar algunos cabos…

— Te refieres… a lo del Número Uno.

— Sí, especialmente, aunque hay otros cabos sueltos…

— ¿A qué refieres?

— Bueno…, son cabos que se podrán resolver en cuanto nos hagamos con el poder. No me gusta la actitud de Carrere. Por ahora, no podemos hacer nada. Sería demasiado peligroso intentar atentar, en estos momentos, contra él. Después del golpe de gracia que acabe con el Número Uno, lo podremos destituir. Mientras tanto, tendremos que aguantarlo.

— ¿Sospecha de algo?…

— ¿ A qué te refieres con esa pregunta?

— Que si sospecha, por ejemplo, de la CIA…

— ¿De nosotros? —Ronald Blackjack quiso poner la voz más categórica posible para infundir tranquilidad a su interlocutor. Sabía que su principal mérito consistía en que era el mejor haciendo los trabajos sucios. Ello exigía siempre dar la impresión de que nada se teme y de que se sabe cómo controlar la situación, en todo momento. Por eso añadió, algo que le había oído comentar, alguna vez, al general Greeley:

— ¡Qué va! Carrere es tan americano que nunca podrá en duda que sus instituciones no son democráticas. Es de los clásicos americanos tontos y sentimentales que cuando les sueltan las palabras: libertad, familia, moral, ética, honor, lealtad, progreso y patria, todo lo relacionan con la bandera americana. Que yo sepa, en la CIA,  esa es la bandera que defendemos, por ahora. Por lo tanto, no creo que nos debamos preocupar por ello. Al director del FBI, no le gustaría que nuestro lobby de prensa, le acusase de antiamericano. El nieto de un puto rabino no puede permitirse tales lujos…

Christopher Duckworth asintió, se despidió y colgó. Le gustaba ese Blackjack. Era tan cínico e inteligente como cruel y despiadado. Para ganar en el siglo XXI, América necesitaba, en el poder, personas como él. Quizás el físico que tenía, pequeño y regordete, y su origen oscuro y humilde, no le ayudasen mucho pero había demostrado una gran capacidad para superar este handicap. Sus armas habían sido el tener una ambición desmedida y una falta absoluta de escrúpulos para llegar a la cima a donde había llegado. Duckworth se felicitaba de haber sido lo suficiente perspicaz como para haber acertado, a la hora de haber elegido aquel hombre. Indudablemente, Blackjack sería un buen ayudante de Greeley. Este último era mucho más culto y astuto. Militar de carrera. Hijo y nieto de militares. No se había intoxicado con las memeces de la sociedad civil. Para Thomas J. Greeley la palabra democracia era una mentira imposible. Era como pretender que los cojos ganaran las carreras de velocidad. Sostenía que, en la vida, siempre habría ganadores y perdedores. La competitividad estaba en la condición humana. A los perdedores hay que ayudarles a perder cuanto antes. Calvinista como era también, sabía que Dios sólo daba el poder a los elegidos y el general Greeley era tan bueno y brillante como un César. En círculos cerrados, Greeley, solía comentar que no se podía atentar contra las leyes naturales que Dios había impuesto a la naturaleza. Por el ejemplo: solía citar la del darwinismo. Sobreviven los mejores de cada especie. ¿Por qué ayudar a los débiles y a los pobres y no ayudarles a morir, cuanto antes? Preguntaba a sus interlocutores como si aquello fuese un chiste o un juego mental. Duckworth era uno de los pocos que sabía que no era tal chiste, que lo decía bien en serio, tal como Platón defendía que había que matar a los heridos y a los ancianos pobres porque causaban un excesivo gasto a la sociedad, en su “República”.

V

En el Pentágono, circulaban diferentes rumores críticos acerca de cómo se estaba llevando el control de la situación. Las Fuerzas Armadas de la Marina y del Ejército estaban en situación de alerta máxima pero sin que se les encomendase ninguna operación en especial. Tan sólo eran los del ejército del aire y la Guardia Nacional quienes jugaban el mayor protagonismo y tenían mayor libertad de movimientos. El almirante Douglas Stanley, constantemente, recibía quejas de sus oficiales subalternos. Se rumoreaba que la V, VI y VII flotas podrían quedar, en el plazo de un mes, bajo el mando único de un general de la Fuerzas Aéreas. 

Estos datos le perturbaban. Tampoco entendía porqué su jefe ejecutivo, el general Greeley, había prohibido a todos los mandos militares del Pentágono, ponerse en contacto o en comunicación directa con el presidente o con sus jefes del Gabinete o de Prensa. Esto era lo que más le dolía, pues Robert Mitman, jefe del Gabinete del presidente y amigo personal suyo, le había llamado esa mañana y no le habían pasado la comunicación, por motivos de seguridad y hasta nueva orden.  Recelaba, al igual que otros muchos altos oficiales, del general Greeley, del que se decía que había querido ser masón pero que le rechazaron por ser excesivamente radical en sus posiciones políticas y un ambicioso sin límites. Se hizo amigo del presidente Thomson, a través del propio vicepresidente. De este modo logró que el Partido Demócrata le apoyase para su nombramiento como jefe del Pentágono. 

A cambio, el presidente nombró a Lewis Lemass, un conocido activista que luchó, en contra de la guerra de Vietnam, para el cargo de secretario del Departamento de Defensa. Los equilibrios parecían buenos pero Lemass, desgraciadamente murió en un accidente. El almirante Stanley sospechaba de Greeley de la muerte de Lemass pero, al igual que muchos, no tenía pruebas. Además, según los expertos de las Fuerzas Aéreas, el motivo del accidente había sido que el helicóptero chocó contra un poste del tendido eléctrico. Stanley se le iluminó el cerebro con una idea. Descolgó el teléfono y llamó a su hijo que trabajaba de ingeniero en el Edisson Electric Institute. Quería investigar sobre el asunto. En esos momentos, dudaba de que pasasen líneas eléctricas por White Mountains.

— ¿Ronald? Aquí el general Greeley. ¿ Cómo van las cosas por ahí? —comenzó  a hablar el jefe del Pentágono mientras observaba, desde la ventana de su despacho, cómo dos ambulancias atravesaban deprisa, y con las luces intermitentes, el puente de George Mason Memorial hacia la ribera izquierda del río Potomac, donde se ubicaban la Casa Blanca y el Capitolio. 

— ¡Perfectamente! Ya os he informado antes a ti y a Duckworth.

— Lo sé —le interrumpió Greeley— he hablado antes con él. Me ha dicho que tú también tenías algunos problemas…

— Bueno andamos con algunos problemas con el FBI, pero  no es nada que, luego, no pueda solucionarse cuando el Número Uno sea eliminado.

— Lo mismo me pasa a mí. Algunos mandos comienzan a sospechar. Hemos interceptado una llamada del almirante en jefe de la Marina, Stanley, informándose, donde su hijo trabaja, acerca de sí hay líneas eléctricas de alto voltaje que pasan por las White Mountains de Arizona. Creo que es necesario iniciar, cuanto antes, la siguiente fase. Duckworth está de acuerdo y los otros que he consultado también. ¿Tú qué opinas? 

— Por mí, cuanto antes se haga mejor —respondió sin dudarlo el jefe de la CIA, y añadió:

—¿ Cuándo será? 

— ¡Hoy mismo! El Air Force One parte esta noche del aeropuerto de Tacoma-Seattle para volar hasta su madriguera. Ese pájaro nunca llegará. ¡Te lo aseguro! Algún búho hambriento saldrá a cazarlo y se lo comerá. No sólo a él sino también a ese picapleitos que volará con él. Mataremos a dos pájaros de un tiro. ¡Nunca mejor dicho! —se refería al secretario del Departamento de Justicia, Robert O’Neill— Te informaré si es que hay alguna novedad o contratiempo. No lo creo pues todo está muy estudiado y mis muchachos no fallan. Todos están ya preparados e impacientes, como tú y yo. El Número Dos también. Cuando se lo contado a ese idiota petulante, no sabes cómo se ha puesto de contento. Me ha comentado, por enésima vez, las humillaciones a la que sometía el otro. Lo odia sabes. También odia a David Carrere. ¿Estarás contento? Sin embargo, no te fíes. Es un hombre sin categoría.

— ¿Te ha dicho algo más acerca del judío de Carrere? —preguntó Blackjack interesándose por su rival y odiado enemigo.

— No, no dijo nada más. Tan sólo que tenía ya, completamente escrito, el discurso que pretende dirigir al país, mañana, cuando tenga que asumir las tareas de gobernar y dirigir a la nación. Es tan narciso que hasta quería leérmelo, por teléfono. Le he dicho que se olvide que ese discurso y que no haga nada. Que se esté quieto, que se relaje y que espere, sólo, nuestras instrucciones. Que no se preocupe por el discurso. Que ya se lo daremos nosotros escrito, en cuanto tengamos noticias. Al principio, no creo le haya gustado mi proposición. Para él ha sido un corte. Pero, al final, la ha aceptado. Le he hecho ver que sus tareas serán otras y muchísimo más importantes y que de esas minucias se encargan siempre los jefes de prensa o los colaboradores. ¡Sólo nos faltaba, que los tontos que nos rodean empiecen ahora a pensar! ¡Menos mal que todo durará poco!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: