EL FUEGO PURIFICADOR—11 Capítulo

por Juanjo Gabiña

Capitulo 11 

Sucedió ayer, los matarán al amanecer

I

A  Louis Fourquet, se le ponía la carne de gallina, solamente de pensarlo. No había terminado de digerir las horripilantes imágenes de las ciudades destruidas, primero, Tokyo; luego fueron Zürich y Frankfurt; más tarde París y Londres, cuando se encontró con un infierno, en su propia casa. Sobre todo, en honor a la verdad, le había impresionado la destrucción de la capital de Francia. Tantos muertos y, casi todos franceses, compatriotas suyos, aquello había sido horrible. Para el granjero vendômois, aquello había sido el peor de los holocaustos que había visto y oído ocurrir en su vida.

Pero, paradójicamente,  a pesar de lo difícil que resulta comparar ambas desgracias, todas estas muertes, los millones que se citaban por los telediarios, se quedaron pequeños aquella noche. Casi habían estado a punto de matarle. Aquello sí que había sido una carnicería. Fourquet no lograba borrar de su mente la imagen de aquellos pobres, muchachos y muchachas, con los rostros desfigurados, ensangrentados, acribillados a balazos. Le horrorizaba que hubieran asesinado vilmente a aquellos que cuando vieron, horrorizados como él, las imágenes de París arrasado, lleno de cadáveres y cubierto por densos y humeantes humos, se santiguaron, pidiendo a Dios que tanta muerte y destrucción sirviesen para dar al paso al bien, trayendo la paz y la justicia, sobre la faz de la Tierra.

— ¡Pobres chicos! —pensó el viejo granjero— ¡ Con los majos y simpáticos que eran!. ¡No había derecho! Francia ya no era lo que era. En realidad, no lo había sido desde que un camionero, por imprudencia, matara su esposa, y ni el juez, ni los gendarmes hubieran intentado que se hiciera justicia. Sin embargo, aunque a su edad ya no debía asombrarse de nada, su vena patriótica, de buen francés, también se revelaba ante estos hechos. ¿Qué hacían unos americanos extranjeros disparando y matando, tan salvajemente, a unos jóvenes franceses? ¿ Por qué la propia policía francesa, cuando acudió a raíz de su llamada, una vez inspeccionado el lugar de los crímenes y levantados los cadáveres, le conminó a que guardase silencio y no dijese a nadie,  nada de lo ocurrido?

El viejo, enmudecía de rabia y de impotencia cada vez que lo pensaba. No podía creer que hubiese tal impunidad antes unos crímenes tan viles que él, personalmente, había tenido la desgracia de presenciar. Incluso, recordó cómo uno de los asesinos le había apuntado con la metralleta con intención de matarle. Le salvó el que otro que parecía el jefe  le detuviese a su posible asesino. Hablaban entre ellos, en inglés.

Buscaban a alguien que no encontraron y a otro que debió huir, corriendo por campo a través. Aquello era parecido a cuando los americanos desembarcaron en Normandía. Solamente que las acciones, esta vez, fueron muy diferentes. Aquellos no venían como amigos, sino como enemigos. Tres muchachas y dos muchachos franceses, en total cinco, habían sido brutalmente asesinados, en aquella noche y en su casa, por unos diez hombres extranjeros, armados hasta los dientes, con pistolas y metralletas.

Todos los asesinos, en apariencia eran blancos y parecían, por el inglés que hablaban, americanos. Habían llegado poco después de la tres de la madrugada. Llegaron todos a la vez en tres coches. Debían conocer, perfectamente, la casa, pues actuaron muy rápidos y de forma, excesivamente, sincronizada. Cuando a Louis le despertaron las primeras ráfagas, se levantó de la cama y encendió la luz. Esperó unos minutos y siguió escuchando los disparos. Dudo sobre lo que debía hacer pero ni entonces, ni nunca le había gustado permanecer ante el peligro, escondido en su madriguera como si fuera un conejo.

Cuando se decidió, por fin, a abrir la puerta de su alcoba y recoger su escopeta del armario de la sala de estar, un cañón le apuntaba, de arriba a bajo y directamente, sobre su cara. Un individuo, que debía medir los dos metros, le indicó en inglés y con gestos que hacía con el alma de la metralleta, que alzase las manos y saliese del dormitorio como estaba vestido, en ropa interior, hacia el exterior de la  puerta. Otro individuo que estaba detrás, y que llegó más tarde, comenzó a enfocarle en la cara con una linterna.

Hablaron, rápido y chillando, algo, entre ellos. Algo que el viejo no entendió pero que pudo deducir que no sería nada bueno para él y que, ese momento, como en otros más, a lo largo de aquella horrible y espantosa noche, se estaba decidiendo si matarle o no. Se estaba, en definitiva, jugando con su vida. Aquellos dos hombres encendieron la luz de la sala de estar y apagaron, entonces, la linterna. Le obligaron a sentarse en el suelo y le ataron los pies por delante y las manos por detrás de la espalda. Para Louis, no había duda de que aquellos eran unos soldados profesionales.

No eran ningunos gangsters, ni mafiosos. Sus maneras de actuar, su juventud y su carácter de atletas, así lo revelaban. Estaban acostumbrados a recibir órdenes y a ejecutarlas sin pestañear, ni dudar en ningún instante. El viejo lo reconocía, no porque lo hubiera personalmente vivido, sino porque lo había visto en muchas películas de guerra que daban por la televisión. Él oía gritos que querían ser órdenes. Oía gente que corría. Oía lo que suponía que eran maldiciones y palabrotas expresadas en inglés.

También dedujo quién era el que mandaba en aquella banda. Alguien que estaba abajo y que era algo mayor que los demás pero sin llegar a los cuarenta años, era el que debía ser el que mandaba a aquel grupo. A Fourquet le extrañó que los de la banda no tuvieran la cara manchada, llevasen el pelo extremadamente corto, como los presidiarios y prisioneros de guerra de sus tiempos, y vistiesen todos, además, traje y corbata, en lugar de los oscuros trajes deportivos que él había visto por la televisión y que utilizaban los comandos especiales.

El tiempo iba pasando y hacía varios minutos que ya no se oían ruidos de disparos. Fue entonces cuando subió el jefe de aquel grupo de asesinos. Vestía una gabardina de verano que le tapaba el traje. No llevaba ningún arma y fumaba un puro habano. Hizo levantar al viejo del suelo y ordenó a sus hombres que le soltasen y le ofreciesen una silla para sentarse. En un perfecto y cuidado francés, le preguntó:

— ¿Dónde están los que faltan? —Louis Fourquet calló. El no sabía a quienes se refería. Tampoco sabía a cuántos habían matado, ni cuantos habían podido huir. Levantó la cabeza, le miró fijamente al hombre de la gabardina y se encogió de hombros. Louis Fourquet, ya estaba resignado y había asumido lo peor. Lo que le pedía e imploraba, por dentro, a Dios, era que no le hicieran daño, ni le torturaran. Una bala en la sien sería más que suficiente. Se acordó de las imágenes dantescas del París destruido, hacía dos días, por la explosión nuclear y se acordó del juicio final…

— ¿Dónde está Beñat, ése que es el vasco del grupo? —le preguntó con ira el jefe de la banda— Sabemos que Noël, el bretón, ha huido, pero, no nos preocupa, sabemos a dónde irá y le cogeremos. Lo que nos preocupa es el paradero de Beñat. Te lo vuelvo a repetir, ¡Maldito seas viejo del diablo! —agarrándole al granjero por el cuello y en un tono muy amenazante, el de la gabardina le puso a Louis, entonces, el puro cerca de la cara y después se lo apretó contra su piel en la mejilla.

— ¿Dónde está Beñat? —el granjero, medio desfallecido por la quemadura que le había producido aquel habano, comenzó a hablar, con rabia y chillando.

—¡ No lo sé! Hace, por lo menos, dos días que no le he visto en la granja —Al escuchar esta respuesta, los americanos hablaron entre ellos y decidieron irse. Allí, ya no tenían más que hacer.

Se fueron, dando fuertes pisadas, todos menos el gigante, que le siguió apuntando con la metralleta, con cara de malas intenciones. Algunos minutos después, al gigante le silbaron desde abajo. Se movió hacía la puerta, dio la vuelta y levantó el arma, con intención de disparar y matar al viejo granjero. Un brazo amigo se lo impidió. Alguien que para el granjero bien podría haberse tratado de su santo patrón, el Arcángel San Miguel.

El otro hombre le hizo descender el cañón de la metralleta que apuntaba, en aquel entonces, al anciano Louis Fourquet. Fue alguien que le salvó, que dio al gigante unos gritos y los dos bajaron, corriendo después, las escaleras. Cuando el viejo granjero escuchó los ruidos de los coches que se alejaban, también él bajó las escaleras y se encontró, entonces, con aquella carnicería.

— ¡Dios mío! —exclamó— ¡Qué horror!, ¡Cuanta maldad! — Si lo de París había sido una bestialidad inhumana, Louis Fourquet pensó que a él le había tocado vivir su pequeño París. Él también había conocido su propio infierno.

Las paredes estaban manchadas de sangre y cinco cuerpos, semidesnudos, aparecían despedazados por el odio de las balas. Al viejo granjero, lo que menos le importaba era que le hubieran destrozado las puertas y todos los muebles de la casa y que las paredes, de todos los cuartos, estuvieran destrozadas y salpicadas de los agujeros que dejan las balas. Lo que le importaba era que, de repente, tanta crueldad impune hubiera segado la vida de cinco jóvenes  que, a su vez, eran tan alegres y simpáticos y que tanto prometían en la vida.

— La humanidad está loca, loca —pensó, al tiempo que marcaba el teléfono de la gendarmería de Vendôme.

El viejo granjero Louis Fourquet era viudo, desde hacía muchos años. Sin familia cercana y sin hijos, vivía sólo, la mayor parte del año. Durante el verano, acostumbraba a alquilar a los turistas, la parte baja e intermedia de la granja que tenía. Se reservaba para él el desván, donde había construido y amueblado: un dormitorio, una sala de estar, una pequeña cocina y un cuarto de baño. De este modo, obtenía unos pequeños ingresos suplementarios que le ayudaban a tirar mejor para adelante y reforzar, así, la escasa pensión con la que contaba. A sus setenta y dos años, se encontraba sobrado de salud y de fuerzas y aunque, hombre solitario, siempre le gustaba gozar de compañía, sobre todo de las personas jóvenes. Por eso, cuando a mediados de marzo, a finales de aquel duro y largo invierno que había soportado, recibió la visita de aquellos jóvenes, chicos y chicas, franceses, su corazón notó cómo saltaba de alegría.

Aquella mañana, temprano, vinieron cinco jóvenes a la granja. Se acercaron en un gran coche, un Renault 25, y descendieron de él, observando a la granja y a sus alrededores. Louis salió a recibirles y dos de los muchachos se le acercaron para saludarle. Eran tres chicos y dos chicas, aunque luego serían siete. Querían alquilarle las dos plantas más bajas de la granja, durante dos meses, por lo menos. Querían utilizarla como residencia, el tiempo que les ocupase aprender a pilotar aviones, y el curso, se iniciaba a mediados de Marzo. Las clases las daban en un pequeño aeropuerto  privado. De nombre: Aérodrome de Blois-le-Breuil, situado a unos pocos kilómetros de Vendôme, en dirección a Blois.

Los jóvenes, le dijeron que, a mediados de mayo, decidirían si se quedaban más tiempo no. Todo dependería de los resultados de las clases y al granjero, aquello le pareció, lo más natural. Debían de ser, económicamente, pudientes pues ni regatearon,  ni le dieron gran importancia al precio del alquiler de la granja. Fourquet, por experiencia, sabía que esa era la fase de negociación más delicada, con sus potenciales clientes. Aquella vez, no hubo problemas. Incluso, los jóvenes sugirieron que pagarían la mitad por adelantado y, el resto, la otra mitad, al final. Al viejo granjero le pareció que aquella proposición era excelente y, la aceptó, inmediatamente, sin detenerse a pensarlo dos veces. Además, presentía  que aquellos muchos le iban a caer bien.

Eran algo especiales. Sobre todo, Beñat que, aunque era el que más tiempo pasaba, yendo y viniendo a Paris por motivos de trabajo y parecía que era el líder nato entre aquellos jóvenes, era el que más hablaba con él y el que más caso le hacía, en consecuencia. Siempre que se tropezaba con el anciano granjero, siempre tenía unas palabras y una sonrisa que ofrecerle.

Algunas veces, Beñat fue tan amable con él que hasta le invitó a cenar con ellos; pero, el granjero rehusó, cortésmente, hacerlo, pues prefería mantener las distancias y escuchar, desde su buhardilla, las risas que, de noche, se oían de los jóvenes. Ignoraba si los jóvenes mantendrían alguna relación amorosa entre ellos. Tampoco le importaba mucho, pues suponía que sí. De cualquier modo y de momento, cada uno había ocupado una habitación individual y pagaba por ella.

En el trato, los muchachos parecían más mayores que lo que sus rostros les delataban. Se comportaban como adultos. Les gustaba visitar los monumentos y, en aquella región del Valle del Loira, había muchos castillos. Los muchachos, los fines de semana, sentados en el porche de la antigua caballeriza convertida en taller, donde reparaban un motor de aviación o algo parecido, disfrutaban contando lo que más les había gustado de los castillos visitados, durante el sábado y el domingo.

Para unos, Chambord era el favorito. Para otros, en cambio, era Chenonceau, el más impresionante de todos. Louis les escuchaba y se alegraba de que aquellos jóvenes supiesen apreciar lo bello. El granjero tenía una edad en la que, fundamentalmente, gobiernan los recuerdos y la experiencia y había visto mucho. Demasiado era lo que ya había visto, a lo largo de su vida.

Sabía distinguir cuando un joven se ha convertido en un hombre y cuando sigue siendo un adolescente. Aquellos jóvenes eran unos hombres. De eso, no tenía ninguna duda. No había más que ver, el orden y la higiene que gobernaba la casa. Una vez, uno de ellos se dejó un aparato, en forma de tubo,  con las tripas abiertas, sobre la mesa del comedor de abajo. Louis Fourquet lo vio y le preguntó, después, a Beñat para qué servía ese artilugio. Aquella noche, hubo un silencio total. Durante mucho tiempo, se oyó sólo hablar a la voz, fuerte y potente, del joven vasco.

Todos, los demás, escuchaban en silencio y escuchaban lo que parecía ser una seria reprimenda. Lo mismo pasó cuando se dejaron un plano de París, lleno de anotaciones, extendido sobre la mesa de la cocina o cuando, una de las muchachas, que solía acompañarle a Beñat a París, en el TGV, se le olvidó cerrar la puerta de atrás de la furgoneta que habían alquilado, dejando aquel extraño artilugio al descubierto.

Al viejo granjero, le extrañaban algunas cosas pero prefería no hacer preguntas, ni meterse en camisa de once varas. Sabía, por experiencia, que la curiosidad y el cotilleo eran malos consejeros. Eran jóvenes y a los jóvenes modernos se les podía perdonar todo. En especial, si eran tan amables y educados como aquellos. El también había sido joven aunque, aquello sí que le daba cierta envidia, no había podido disfrutar de las libertades que gozaban los de ahora. Había vivido la guerra mundial de joven. Sus padres, granjeros de Vendôme, murieron pronto.

Él trabajaba, por entonces, de mecánico, en un taller de reparación de automóviles y tractores. Tenía aspiraciones y creía que podría conquistar el mundo. Una mañana, se levantó cambiado, pidió la cuenta en el trabajo y se despidió. A la semana siguiente, vendió la granja de sus padres, al igual que todos las tierras que tenía, a unos parisinos que querían comprar una casa de campo, para los fines de semana, en la región del Loira. Se fue, primero a París, allí pronto encontró empleo, pero no de mecánico, sino de camarero. Ganaba bien con las propinas, pero metía muchas horas y, apenas, encontraba tiempo para andar con chicas que era lo que él deseaba. Por eso, fue cambiando de oficios que le permitiesen disfrutar de mayor tiempo libre

Su vida sentimental también estuvo cuajada de fracasos. Nunca pudo tener hijos. Se había casado tres veces y divorciado en otras dos ocasiones. Para él, según le dictaba la experiencia vivida por él y los que le rodeaban, en general, las mujeres son muy egoístas y aunque parecen muy románticas y sentimentales eso es de puertas para la calle. De puertas para dentro, las mujeres son tremendamente prácticas y materialistas y, muchísimo más listas que los hombres. Sus dos divorcios casi le habían arruinado y eso que no tuvo hijos. Las mujeres casadas, valoran a su marido, en función de lo que gana y del dinero que entrega en casa. Había trabajado por todos los rincones Francia, de diferentes oficios y profesiones, y cuando cumplió los cincuenta y cinco, visitó, en fiestas, a su pueblo de origen, después de más veinte años. Conoció a una mujer viuda, granjera, y sin hijos. Louis Fouquet era un hombre justo y no le gustaba que nadie, le acusase de haberse aprovechado nunca de una mujer. Se casó con la condición de que ella le vendiera la mitad de la granja y mantuvieran, una vez casados, separación de bienes. Tras muchas discusiones ella aceptó. Hicieron la valoración y a la mañana siguiente, Louis fue a la sucursal de la Banque Agricole y sacó sus ahorros. Casi se gastó todo lo que tenía, pero merecía la pena.

Anne France, como se llamaba su mujer, murió, a los doce años de casados, de una manera trágica y como consecuencia de un accidente de carretera. Un atardecer de verano, cuando volvía a la granja, con la intención de prepararle la cena a su marido, un camión que circulaba a bastante velocidad por aquella carretera secundaria, se la llevó por delante y la mató. Ocurrió, a finales de un mes de Septiembre, después de una celebración familiar, y cuando su mujer, tranquilamente paseando por una carretera secundaria, se dirigía hacia la granja. Aquella celebración no había sido otra cosa que una comida-fiesta que acostumbraban a tener, de vez en cuando, con sus familiares en Vendôme y a la que Louis, aquella vez, porque se encontraba un tanto indispuesto, no había podido acudir.

La granja se encontraba, relativamente, cerca del centro del pueblo. Andando se podía llegar en algo menos de una hora. Los Fourquet, en aquellas ocasiones, siempre acostumbraban a acudir, paseando. Para no mancharlos y caminar más cómodos, llevaban sus zapatos de vestir en una bolsa de mano y paseaban con zapatillas. Además, ellos pensaban que, a la vuelta de tales comilonas, donde se suele comer y beber demasiado, aquel paseo hasta la granja, les venía muy bien para echar los aires y ayudar a hacer la digestión.

— Es lo mismo que hacemos con las vacas, cuando las sacamos a pasear —comentaba, muchas veces, su mujer al respecto.

La muerte de su esposa originó el correspondiente atestado. Se tomaron declaraciones al marido, a algunos familiares y al chófer del camión. Con mucho cinismo, el camionero argumentó a los gendarmes que la culpa del accidente la había tenido, sólo y exclusivamente, la mujer. El conductor, siempre que tuvo que declarar algo, lo hizo delante del abogado que la empresa propietaria del camión le había designado. Decía que él sentía mucho lo ocurrido pero que ella le salió al camino, se le había metido debajo de las ruedas y, aunque él frenó e intentó evitarla, le fue imposible hacerlo.

No había testigos. Louis y sus familiares, al principio, tampoco reaccionaron. ¡Bastante tenían con la desgracia de la muerte trágica de Anne France! Sin embargo, a un sobrino de su mujer que era taxista en Blois y que se encontraba en la fiesta, si que le extrañaron los frenazos tan largos que había tenido dar el camión. La culpa era el exceso de velocidad y el despiste del camionero que conducía el camión, demasiado arrimado hacia la izquierda de la carretera. Sacó unas fotografías de las frenadas y las presentó al juez. Inexplicablemente, éste no quiso aceptarlas como prueba, alegando que la policía no había presentado ninguna objeción con respecto a un posible exceso de velocidad, por parte del camión.

Louis Fourquet, en aquel tiempo, no comprendió nada. Creía en la justicia y pensaba que el sobrino de su mujer, actuaba con buena fe, pero él estaba convencido que la muerte de su mujer se debía a la mala suerte, sin más. Varios años más tarde, otra sobrina, que trabajaba como abogado en un bufete de Burdeos, le dijo que dichas pruebas eran habituales en todos los juicios relativos a accidentes de tráfico, donde, por ley, era obligado, en caso de ocasionar daños graves, establecer las posibles culpabilidades y responsabilidades del conductor del vehículo causante de los daños. Cuando se enteró de que el juez que juzgó el caso era el hermano del director de la empresa transportista, el viejo granjero vendômois se convenció de que la justicia podía ser engañada más fácilmente de lo que uno pensaba, pero que desde luego, no lo haría a favor de los más humildes.

Una vez que se hubieron ido los gendarmes, Louis pensó en la terrible tarea que tendría para poder olvidar todo. Había decidido irse a pasar unos días, al día siguiente, a casa de unos amigos que se habían ofrecido a ayudarle y que vivían en Tours. Unos sobrinos, con lo que mantenía muy buena relación, se dedicarían a repararle la casa, en su ausencia.  Como no sabía en qué ocuparse, aunque le sobraba todavía mucho tiempo, decidió, para mantenerse ocupado, hacer su maleta. Mientras comenzaba a pensar con qué llenaría la maleta, a través de la ventana, el viejo vio una figura familiar que se acercaba a la granja, intentando ocultarse lo más posible. No había ninguna duda era Noël, el muchacho que había logrado huir ileso de aquella salvaje carnicería. Dejó la maleta a medio hacer y, descendiendo rápidamente por las escaleras, atravesó la planta baja, no sin antes santiguarse tres veces, y le atajó al muchacho, en la entrada.

— ¡Espera Noël! —lo dijo en un tono implorante y mirando por si afuera había alguien observándoles— es mejor que no entres. Todos tus amigos han sido asesinados. Tú y Beñat sois los únicos que quedáis vivos.

— Ya lo sé, llevo rondando la granja más de un día y he estado observando todo el tiempo que estuvo la policía. También vi como se llevaban los cuerpos de mis amigos muertos en aquellas ambulancias… —se paró, un momento, para tomar respiración y añadió, en un tono más bajo y reservado— estoy escondido en la caseta de la presa de abajo.

— Me interrogaron también, preguntaron por tí y por Beñat. Tu paradero no les importaba mucho. Dijeron que sabrían localizarte. Parecía que sabían, perfectamente, a dónde te podrías dirigir…

Louis Fourquet se dio cuenta de que el muchacho temblaba y de que parecía estar algo enfermo. Por un instante, por su cabeza pasó la idea de hacerle pasar al interior de la casa. Se acordó de las paredes manchadas de sangre y de los muebles completamente destrozados que allí se encontraban. Pensó en otra solución mejor. Agarrando al joven bretón por el brazo, le acompañó hasta los viejos establos que ahora servían de garaje del coche y de almacén. En el interior, sentados junto a una mesa, el viejo descolgó un salchichón. Sacó la navaja y lo troceó, ofreciéndole un trozo al muchacho. Seguidamente, cogió una botella de vino y un par de vasos

— No están muy limpios, pero valdrán —dijo en voz alta el granjero, mientras descorchaba la botella y llenaba, a continuación, los dos vasos.

El joven comió el trozo de salchichón y bebió el vaso de vino, con avidez. Louis, sonriendo paternalmente como si fuera su padre, se lo llenó de nuevo y agarrando, entonces, el suyo, se sentó junto a Noël y le siguió contando:

— Me alegro de verte aquí vivo y de poder contártelo, ¡Hijo mío! Porque, si hubieras ido al lugar que ellos pensaban que irías, ya estarías muerto. Ten, por seguro, que allá, te estarán esperando. Esos americanos no se andaban con bromas. ¡Dios mío! ¡Qué manera de matar! ¡Con qué sangre fría lo hicieron y qué rápido! Ya sabes que, incluso, casi me matan a mí. Si no llega a ser por uno de ellos, al cual le debí dar más pena que otra cosa, ahora, ya sería un fiambre como el que te estás comiendo. Además, el sinvergüenza del jefe que tenían parecía un diablo. Yo no sé de qué infierno lo habrían sacado, pero malo y cruel, lo era en cantidad…

El viejo encendió la luz y le enseñó la quemadura de puro que tenía en su mejilla. El muchacho seguía comiendo, sin decir nada. Asentía con sus grandes ojos marrones y se le movía, al tragar, la abultada nuez de su garganta desnuda. Fourquet, más veterano, pensó que el bretón estaba asustado

— Es natural—pensó para sí— han matado brutalmente a sus amigos y él se ha escapado, por chiripa, de sufrir la misma suerte. No me extraña que todavía no tenga ganas de hablar.

A Louis le pareció que guardar silencio no debía ser bueno. Pero, por el contrario, presentía que, tampoco, sería bueno presionar al muchacho y hacerle hablar, si es que él no quería. En un momento de su monólogo, le dijo que podía quedarse allí, por aquella noche, y le ofreció un café. El joven asintió con la cabeza y él le dijo que le esperara allí, mientras se lo preparaba. Cuando Louis regresó con una bandeja que contenía una jarra de café, recién hecho, unas tazas, un plato y cubiertos, unas tostadas con mantequilla, una ensalada de tomate y una tortilla de dos huevos, Noël estaba de pie, junto a  la ventana, esperándole:

— ¡Gracias, Louis! —le dijo con voz grave, que el viejo percibió como más natural en el joven— no sé cómo pagarte, lo que estás haciendo por mí. Si estoy preocupado, no pienses qué es sólo por lo que les ha sucedido a mis compañeros. En este momento, lo que más me preocupa es saber que hemos sido traicionados y que han estado jugando con nosotros —mientras le escuchaba, con muchísima atención, Louis depositó el contenido de la bandeja sobre la mesa y le indicó al joven que se sentara para cenar.

A medida que el joven daba cuenta con aquella cena, en igual medida se le soltaba la lengua. También ayudó, esta vez con la ayuda del granjero,  la botella de vino que vaciaron, rápidamente. Noël hablaba, sin interrupción, y como queriendo eliminar los remordimientos que le atormentaban el alma. Aquella tarde, al viejo que tenía sentado enfrente, le contó todo lo que sabía y todo lo que, él y sus compañeros, habían hecho, con todo clase de detalles. El viejo Fourquet le escuchaba atónito, sin pestañear.  Al acabar con la segunda botella de vino, Louis Fourquet era conocedor de la historia más salvaje y cruenta del mundo. Le parecía asombroso que estuviera sentado delante de aquel genocida  y que no se le ocurriera ir en busca de la escopeta para matarlo o, al menos, intentar detenerlo y entregarlo sin más dilación a la policía. Le veía la cara de ángel que tenía, recordaba las caras de sus amigos, incluso la del vasco Beñat, y le parecía imposible que esos jóvenes, que le habían parecido tan alegres, tan serviciales y simpáticos, hubieran sido capaces de haber hecho tal monstruosidad.

A medianoche, Louis había decidido ya, que no haría nada contra aquel joven. El no era Dios y, a estas alturas de su vida, tampoco creía demasiado en la justicia de los hombres. Le ofrecería cama y albergue, por aquella noche. Pero, al día siguiente, muy de mañana, tendría que irse. Así lo acordaron. Ayudó a Noël a preparase un catre, señalándole un viejo colchón que se veía en el fondo del garaje. Después, le ofreció unas mantas que recordó que su mujer guardaba en un viejo baúl, para que se tapase y no se enfriase durante la noche. El muchacho se lo agradeció, con lágrimas en los ojos. Pero Louis, que suponía lo que el muchacho podía estar pensando, le dijo muy serio y con un no disimulado aire de reproche:

— No creas, en ningún momento, que te perdono u os perdono lo que habéis hecho. Esa será una maldición y una pena que arrastrarás mientras vivas. Algún día tu alma tendrá que darle cuentas a Dios del terrible mal que ha hecho. Espero que, antes de morir, te arrepientas de ello, y le pidas perdón a Él y a la humanidad….

El muchacho no decía nada. Su cara parecía el mismo espejo de la amargura y del remordimiento. De pronto, Noël se echo a llorar y se abalanzó sobre el anciano, abrazándole y ocultando su cara, en uno de sus hombros. Louis no pudo hacer otra cosa que devolverle el abrazo. Cuando vio que el joven dejaba de llorar y se tranquilizaba, se apartó, un poco, de él y le dio un beso, mientras le acariciaba la cabeza. Después, turbado y confuso, sin atreverse a mirar hacia atrás, se dio la vuelta y marchando hacia la pared de aquel local, alcanzó la puerta, para después abrirla y volver a cerrarla tras él.

Fuera no había luna y el cielo estaba cubierto de estrellas. Miró hacia arriba y aspiró, profundamente, el aire de aquella noche.  En ese preciso momento, el viejo vendômois vio una estrella fugaz que atravesaba el cielo negro, de parte a parte.

— Es igual que ese cometa —pensó— ya nunca más lo veré, de nuevo. Pasará, hoy aquí la noche y, mañana, desaparecerá para siempre de mi vida.

Ya en la cama, el viejo no podía conciliar el sueño y, como alternativa, se le ocurrió empezar a rezar. Aquella noche, rezó, como nunca antes lo había hecho. Rezó despacio y movido por una gran piedad y una profunda devoción. Había recuperado la fe. Sintió, por primera vez en su vida, que Dios le había tocado con el dedo y una grandísima sensación de felicidad, como tampoco nunca había conocido, ni sentido, comenzaba a invadirle el alma.

Rezó por la paz y por la felicidad de todos los hombres en la Tierra y se acordó de la tragedia que representaría para los familiares y amigos de todos aquellos millones de seres que habían muerto, en los últimos días. Desde su corazón, una luz, llena de amor y de perdón escapó hacia las estrellas para, después, caer dispersa por toda la Tierra, al igual que una bengala luminosa. Se acordó de su mujer y perdonó al conductor del camión, a la policía francesa y al juez. Sonrió y se durmió, con el espíritu, sosegado y lleno de paz.

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