EL FUEGO PURIFICADOR—8 Capítulo

por Juanjo Gabiña

Capitulo 8

Las razones del juego sucio

I

El día 12, amaneció muy nublado en Long Island. Christopher Duckworth, desde su residencia-refugio cercana a Hampton Bays, contemplaba el océano Atlántico, intentado ver, si las nubes que aparecían en el horizonte, tendrían acaso diferente color que otros días. Era curioso, tantas bombas y tantas muerte para que el amanecer, en Long Island, fuese igual que el de otros días. Notaba que estaba preocupado, pero, en absoluto, era por el número impresionante de muertos que las bombas habían producido. Aquello le daba igual. Su preocupación era que tenía que ir a Nueva York y desconocía ciertos datos importantes que no habían recogido las noticias de la radio y la televisión.

Las bombas atómicas que ya habían estallado, lo habían hecho, correctamente y según los planes trazados, en países que se situaban hacia el este de dónde él se encontraba en esos instantes. Eso ya lo sabía. Sólo le faltaba saber, con certeza, que la bomba atómica que se encontraba hacia el oeste, en concreto, en algún local de la gran ciudad de Nueva York, no llegaría nunca a estallar, tal como lo habían planeado. En ello, se jugaba toda su fortuna. Hacía dos meses que había invertido todo lo que tenía, y mucho más que había conseguido prestado, en diferentes divisas convertibles en dólares. En total, se había jugado cerca de diez billones de dólares. Él era un jugador nato, le gustaba apostar, pero prefería siempre jugar con ventaja. Tampoco le importaba hacer trampas, si, para ganar la partida, consideraba que era necesario. Su lema preferido era: «Lo importante es ganar, para participar, ya están los demás».

Christopher era el único hijo de una de las familias, más auténticamente americanas. Sus antepasados —según decía, con orgullo— eran unos de los primeros en desembarcar en Nueva Inglaterra. De familia protestante muy rica, fue educado en varios colegios de corte presbiteriano, aunque seguía siendo un puro calvinista que creía como Calvino en la elección de Dios y en el determinismo. Su educación la concluyó en Boston, donde obtuvo un brillante M.A. en derecho y económicas, en la Universidad de Harvard. Después, comenzó a trabajar en un despacho de las oficinas que su padre tenía en Wall Street de Nueva York.

A su muerte, siguió con los negocios de su padre; tal como éste había seguido con los de su abuelo. Su pasión era conseguir el mayor poder posible y para ello tenía que lograr hacerse con la mayor cantidad de dinero posible. Como buen calvinista, tenía claro que Dios daba el poder y la gloria  a quienes se lo merecían, no sólo en el cielo, sino también en la Tierra. Christopher Duckworth estaba convencido de que él era unos de los elegidos por Dios, para dirigir los destinos de toda la humanidad y, como paso previo para ello, debía conseguir ser, infinitamente, rico y poderoso.

Duckworth era sin duda el hombre que más claro lo tenía de todo el grupo de golpista del porqué no había otra salida exitosa para la humanidad, si no era mediante la consecuencia, rápida y urgente, de un Nuevo Orden, mundial, liderado por los Estados Unidos. El era, hacía tiempo, muy consciente de que su país era el primero en sufrir la decadencia. Hombre culto como era, sabía que Aristóteles ya había dicho que el enemigo de la democracia era la demagogia y, en América, desde la época de los Kennedy, más que una democracia se había instaurado una demagogia. Los líderes de la mayoría de los países del mundo, hacían promesas a sus electores que nunca las cumplían.

Consideraban que la masa era estúpida y fácilmente manipulable. No les importaba engañar a sus electores con tal de conseguir los votos que les aupasen al poder. Como el envejecimiento de la población en los países desarrollados se había acelerado, enormemente, en los últimos años, el peso de los votos de los situados en la Tercera Edad era considerable y se habían convertido en un lobby muy poderoso y no sólo por los votos, sino también por el poder del dinero de los fondos de pensiones, que, cada vez más, se iban invirtiendo fuera del Estados Unidos. Los líderes tampoco se atrevían a enfrentarse al chantaje de los sindicatos y la sociedad se iba llenando cada vez más excluidos y marginados, como consecuencia de unas reglas obsoletas de juego en el tema de las relaciones laborales. Este hecho afectaba principalmente a Europa.

Christopher era consciente de que, en el futuro, habría cada vez más marginados en el interior de cada país y entre los países de la Tierra. Por lo tanto, sólo un régimen dictatorial podría hacer frente, con mano dura, a la ola de descontento y de deseos de revolución que se avecinaba, de manera imparable. Ya no habría que hablar, sólo, de un Tercer Mundo, también habría que hablar de un Cuarto Mundo que existía en el interior de los Estados Unidos y, muy pronto, se hablaría de un Quinto, mucho más marginal y peligroso. Christopher Duckworth era un furibundo anticomunista.

Él sabía que los comunistas habían sido sus verdaderos y leales enemigos. Era la lucha entre la acumulación de capital en manos del Estado contra la acumulación de capital en manos privadas. Los comunistas habían perdido pero nadie había ganado. El mundo había perdido las ventajas de vivir en un mundo bilateral., donde se enfrentaban los buenos contra los malos. La guerra fría había favorecido el incremento del gasto armamentístico, pero la llegada de la distensión y la generalización de los sistemas democráticos, lo habían frenado. El maravilloso programa de la guerra de las Galaxias se paró y no salió adelante porque el primer presidente Bush fue un mediocre que prefería gastarse el dinero en otros temas de menor importancia estratégica.

La caída del muro de Berlín y la superación de la guerra fría fue el comienzo del declive. Sin la amenaza de la guerra, pensaba Duckworth, no habría orden y sin orden habría desorden y vagancia y la vagancia, para Duckworth, era el origen de todos los males y vicios de la humanidad. Además, la demagogia que imperaba sólo hablaba de derechos, entre los que se incluían los de los holgazanes. Para aquel multimillonario, los holgazanes y los parásitos de la sociedad, no tenían más derecho que a morir cuanto antes.

La víspera había tenido una discusión con diferentes compañeros que habían estudiado con él en Harvard. Todos, más o menos, habían triunfado en la vida pero todos para disfrutar de su éxito tenían que pagarse su propia seguridad y vivir en sus ghettos de confort. De cada cinco negros, entre 18 y 35 años, dos estaban en la cárcel. La población reclusa había ascendido,  a pesar de la generalizada pena de muerte en casi todos los Estados de la Unión, había pasado de casi millón y medio en 1996 a  tres  millones en el año 2004.

Casi un 3% de la población adulta americana o estaba o había estado en la cárcel o se encontraba en libertad provisional. De noche, la inmensa mayoría de los barrios de las grandes  ciudades eran zonas de altísima inseguridad ciudadana. Las muertes por asesinato se habían multiplicado, en 10 años, por 50. Los crímenes, robos, violaciones… que se cometían en las grandes ciudades eran imposibles de contraatacar, a pesar de los crecientes gastos policiales. Con todo, el número de policías privados duplicaba  a los del Gobierno y diferentes administraciones juntas.

El consumo de droga había alcanzado, también, unos fuerte niveles muy superiores a la década anterior. El fracaso escolar también había crecido y los marginales juveniles pululaban por todas las ciudades cometiendo actos criminales. Aunque las estadísticas hablaban de índices de paro del 7%. El paro sólo recogía a los que se inscribían en la oficina de desempleo pero no contabilizaba a los miles que vivían de una ocupación criminal. La tasa real era superior al 20%. El número de personas que vivían de manera marginal era cada vez mayor. Los índices de compra de armas también habían aumentado alarmantemente.

Diversos intentos por evitarlo chocaban con la famosa Enmienda II. De este modo, el americano que quería vivir sin miedo con su familia y tenía medios económicos, no tenía otra salida que la de tener que vivir en complejos residenciales cerrados y exclusivos y protegidos por su propia policía. Pero para ello, muchos ciudadanos americanos tenían que soportar, además de los ingresos crecientes necesarios para hacer frente al déficit público que originaban los políticos demagogos americanos de corte Kennedysiano, el coste de los gastos derivados de su propia protección y seguridad.

Los Estados Unidos, como ocurrió con Nabucodonosor, se habían convertido, a juicio de Duckworth, en un gigante con pies de barro. Después de la segunda guerra mundial, los Estados Unidos controlaban  cerca de 50% del PIB a nivel mundial. En el año 2003, tan solo controlaban el 18%. El dólar ya no controlaba nada. Podía perturbar eso sí, pero ya controlaba nada. Beneficiaba el hecho de que los europeos, por sus egoísmos no habían sabido sacar, hasta hacía pocos años, una moneda fuerte como el euro. Ahora que la utilizaban, el valor del dólar se estaba resintiendo y depreciando, progresivamente. Christopher Duckworth era consciente de que, sin un dólar fuerte, no habría un liderazgo fuerte por parte de los Estados Unidos.

También era consciente de que el exceso de multilateralidad en las relaciones geoestratégicas mundiales les perjudicaba. Existían enanos militares que eran gigantes económicos como Japón, Alemania y, en cierta medida, Suiza. También había otros que eran gigantes militares pero, en el aspecto económico, se comportaban como enanos. Tal era el caso de Rusia y Ucrania. Los Estados Unidos eran gigantes militares pero cada vez gastaban menos en rearme porque se estaban debilitando económicamente y China les estaba dando alcance y eso era muy peligroso. Los niveles del presupuesto destinado a gastos sociales eran crecientes. Christopher era consciente de que esta guerra por el poder no podía haber términos medios. O gastos en desarrollo e incremento del poder militar de los Estados Unidos, o gastos crecientes en esa basura de programas sociales, que habían introducido tanto Clinton como Thomson. Estos gastos despilfarradores eran los que hacían peligrar más el mantenimiento de los presupuestos del Pentágono.

Desde su refugio de Long Island, Christopher Duckworth junto con varios asesores suyos había perfilado un plan diabólico para solucionar, durante más de cien años, los problemas del planeta Tierra. Sus apuestas eran reforzar económicamente el dólar y avanzar todavía más en el desarrollo del potencial militar de los Estados Unidos. El mundo necesitaba un líder que fuese, a la vez, militar, político social y económico. Sólo había una salida: aplicar una estrategia de guerra real. Para ello, necesitaba un líder militar y lo había encontrado en la persona del general Thomas J. Greeley. Él sería el elegido para salvar al mundo del desastre y de la decadencia.

Todo ocurriría bajo la égida de un sistema dictatorial, a nivel mundial, y comandado por los Estados Unidos de American, al igual que aconteció en tiempos de la Roma Imperial. Al siglo XXI se le conocería, en los siglos posteriores, como la Era de la PAX AMERICANA y el general Greely, su Caesar Augusto. Pero debían darse prisa por sus enemigos cada vez eran más poderosos. Lo de las Torres gemelas del  World Trade Center sólo había sido un aviso.

Aquel día, Duckworth estaba bastante nervioso, debía acudir a una reunión financiera muy importante que se iba a celebrar en la planta 22 de su rascacielos de Manhattan, el Edificio Penn, situado en pleno Wall Street. El helicóptero le aguardaba, hacía tiempo, presto para despegar pero prefirió no subir en él y no volar a Nueva York, hasta haber confirmado que la policía había detenido a todos los terroristas y la bomba atómica había sido recuperada e inutilizada. Hasta el momento, las noticias no habían hablado de ello, pero, también pensó que quizás fuera porque la policía y el FBI habían decidido guardarlo en secreto y no comunicarlo todavía a la prensa y a los medios de comunicación.

— Todo podía ser… pero él, Christopher Duckworth era Christopher Duckworth y, un Duckworth, siempre tiene medios para saber lo que los demás nunca podrían llegar a saberlo, por mucho que quisieran— sacó una pequeña agenda electrónica de su bolsillo interno de la chaqueta. Pasó unas páginas y se detuvo en la letra B —Blackjack, ¡Aquí está! Seguramente que este cerdo, lleno de tocino, estará en la cama con alguna fulana. No importa lo cansado que se encuentre. Le despertaré —marcó el número de un teléfono móvil y saltó, enseguida, la llamada. Tras unos pocos pitidos, el propio Ronald Blackjack contestó, al otro lado del sistema complejo de fibras ópticas, cables  coaxiales, ondas hertzianas y microondas:

— ¡Aquí, Blackjack!. ¿Quién me llama? —el tono de la voz que imprimía en sus palabras dejaba bien claro que no era, precisamente, la voz de uno al que se le ha sorprendido dormido. Duckworth, en seguida, se dio cuenta de ello e intuyó que debía cambiar tanto el tono como la forma de la pregunta que tenía preparada. Que Blacjack, el Gordo, fuese un cerdo no quería decir que fuese un idiota, de eso sí que estaba seguro.

—  Soy yo, ¡Christopher Duckworth!. Te llamo para conocer, con precisión, ciertas noticias que me preocupan, en relación con el atentado de Nueva York. —Ronald, el Gordo, sabía que estaba hablando con el mismísimo Mr. Duckworth. El viejo era un viejo zorro, muy poderoso, al que no se le podía torear. Era un hombre tan cruel y despiadado como él y de los que no se andaban nunca con bromas. Su ejército personal de gorilas, su imperio de negocios, muchos de ellos muy sucios, y su gran fortuna, le hacían acreedor del sobrenombre de Pulpo como se le conocía en algunos círculos. Para Blackjack era un líder, de los que estaban llamados a gobernar el mundo en la nueva era.. Era uno de los pocos hombres a los que el Gordo tenía respeto. Siempre que le había visto expresarse en público o había hablado con él, había comprobado que era un hombre que siempre iba al grano. Por eso, el director de la CIA, no dudó en contarle todo lo que sabía, desde el principio, con pelos y señales.

—Ha habido algunos cambios en los planes, pero todo va muy bien. Como podrás imaginarlo, las bombas han estallado según lo previsto. Los comandos de Japón, Suiza y Alemania han sido eliminados por nuestros hombres de la CIA. En esos países, hemos hecho desaparecer todas las pruebas y testigos. En Gran Bretaña, las cosas no nos han podido salir mejor. El propio ejército británico y Scotland Yard se han encargado del trabajo sucio. Lo malo para ellos y lo bueno para nosotros es que lo hicieron, lo hicieron demasiado tarde. A pesar de que pudieron aniquilar a todos, no pudieron evitar, como teníamos previsto, que la bomba estallara. Próximamente, en pocas horas, eliminaremos también al comando francés. Lo tenemos localizado, sabemos exactamente dónde se esconde y acabar con él,  será cosa fácil. Como no nos fiamos de la policía francesa y menos de su ejército, dos comandos del ejército americano, especializados en operaciones de lucha antiterrorista, se encargarán de la misión. Tendremos que gastar más dinero en sobornos a algunos gendarmes franceses para que luego no metan demasiado las narices, pero merece la pena. Nuestros hombres son insuperables.  El general Greeley ha elegido, personalmente, a los hombres. ¡Son todos de la mejor raza que ha producido América en los últimos años! —y añadió, imprimiendo cierta ironía a su voz— Esta vez, no habrá ningún negro, ni ningún chicano, entre ellos…

— Y lo de aquí. ¿Qué ha pasado con el comando de aquí —insistía Duckworth— ¿ Ya han sido detenidos?. ¿Y la bomba?…, ¿ Ya ha sido localizada?…—el tono de la voz de Christopher Duckworth denotaba una gran ansiedad.

— Lo de aquí, como tú dices, va despacio pero va. La reunión que hemos mantenido, muy de madrugada, con el presidente, nos ha obligado a modificar algo los ritmos de información para que, tanto el FBI como la policía de Nueva York, no nos lleguen a distorsionar el Plan. Les hemos lanzado un señuelo y se han creído que la bomba estallará en Washington. Nos interesaba que la eliminación física del comando y la localización de la bomba, por seguridad, la realizase nuestra gente. De cualquier modo, para darle verosimilitud a la historieta que les hemos contado, les hemos tenido que dar algunas pistas. El FBI, hace horas, que tiene ya las fotografías y todos los datos del comando americano. Por ahora, no han detenido a nadie…

— ¿A nadie? ¡Malditos sean! Y te quedas tan tranquilo, diciéndomelo —le atajó Duckworth, visiblemente, alterado— he convocado una reunión para las nueve de la mañana en Wall Street con el grupo de brokers. Por el momento, hoy no tendremos jornada de bolsa, en solidaridad y duelo con las bolsas de las ciudades destruidas. Quizás tengamos que suspender las sesiones de mañana y de pasado mañana, pero quisiera reiniciar las actividades el próximo lunes y, para ello, necesito que se haya aniquilado a todo el grupo terrorista americano y se haya recuperado e inutilizado la bomba atómica. ¿Cuándo crees que tendréis noticias? —Blackjack le contestaba al otro lado del flujo de microondas— Bien, en cuanto sepas algo me llamas, urgentemente.

II

Ronald Blackjack esperó a que Duckworth colgara. Estaba recibiendo una llamada por el teléfono azul y suponía que se trataba de algo urgente. Descolgó y aguardó a que el comunicante comenzara a hablar.

— ¡Ronald!, ¡Ronald!… — se oía a alguien nervioso.

— Dime, Bill —le conminó  a explicarse Blackjack— Suelta lo que tengas que decir…

— ¡Malas noticias desde Los Ángeles! Jack Logan y la chica, Bárbara Podiaski, han conseguido escapar.

— ¡Malditos seáis! — al jefe de la CIA se le escaparon otros cuatro juramentos más — ¿Cómo es posible que haya ocurrido eso? No te dije que te ocupases personalmente del caso…

— Y así ha sido, envié a Dallas para que realizara el trabajo. Ya sabes lo preciso que es, pero ha fallado. Hace una media hora han encontrado su cadáver y el de su compañero, en un restaurante del aeropuerto. Este Logan es más peligroso de los que nos figurábamos.

El Gordo calló durante un momento. Quería tener la mente fría. No podía, por ahora, hasta que les hubiesen localizado y eliminado dar la voz al FBI. Sabían en que apartamento se iban a encontrar y en que garaje se escondía la bomba.

— ¿ A qué hora te comentó Nelson que se iban a encontrar todos?

— A las ocho de la mañana, hora de Nueva York.

— ¡O.K.! Estar preparados para liquidarlos a todos a las ocho y cuarto. A esa misma hora tenéis que haceros con la bomba.

— ¡A todos? — preguntó Bill, dubitativo y de ese modo, añadió — Yo creía que Nelson era de los nuestros…

— ¡ A todos! —le gritó Blackjack— Olvídate de pensar y obedece las órdenes.  ¿Con cuantos hombres habías pensado hacerlo?

— Con siete que son de lo mejorcito…

— Coge a catorce hombres y si es necesario utiliza a algunos de la mafia. Llama a Salvatore de mi parte y él cumplirá. Nos deben muchos favores y no preguntarán nada. No quiero policías metropolitanos. ¿Entendido?…

— ¡De acuerdo jefe!. ¿Pongo también gente en los aeropuertos?

— ¡No! —fue la seca y ronca respuesta de Blackjack— ¿ Eres idiota? No sabes que el FBI y la policía metropolitana ya tienen las fotografías y los datos de esos dos. Ellos ya les cogerán y cuando lo sepamos, ya nos encargaremos de que no salgan vivos de la comisaría donde los lleven. Por ahora, ocúpate de Nelson y de su grupo. Me figuro que también es muy probable que ese Logan y su amiguita, burlen al FBI, y se reúnan con ellos. Eso sería lo mejor que nos podría ocurrir —se detuvo para tomar aire y le dijo con voz más fuerte— ¡Ah!, y esta vez no quiero fallos. Si queréis utilizáis granadas de mano. Si es preciso incendiáis el apartamento para que salgan y los matéis a placer. No quiero que salga ninguno vivo, aunque para ello os tengáis que cargar a toda la vecindad y arda todo la manzana, en llamas. Tenéis todos los permisos del mundo para hacer la mayor salvajada que se os ocurra, pero no quiero ningún error. ¿Entendido? …

III

Por fin, Michael Donovan pudo contactar con su amigo inglés. El teléfono de la extensión 3925 estaba calentísimo y el cenicero de su mesa, lleno de cigarrillos. Paul Macpherson estaba sensiblemente alterado, al otro lado de  la línea. Michael comprendió su situación. También se figuraba que la mujer de su amigo y sus hijos habrían muerto. Le pareció violento pero no tenía más remedio que iniciar así la conversación. Era algo que siempre entraba en los gajes del oficio de un policía.

— ¿Se sabe algo de tu familia?….

— Todavía no, pero tengo esperanzas. Ya sabes que vivimos casi en las afueras de Londres, hacia el norte, en Wood Green. Allá, los impactos de la bomba atómica han sido más limitados, debido la potencia de la bomba, que se estima próxima a los 20 kilotones de TNT, a la distancia y también a que ha estado soplando, todo el día, viento del noroeste. Tengo grandes esperanzas de que todavía estén vivos. Se calcula que la bomba ha estallado junto a Charing Cross cerca de Trafalgar Square. Westminster y el Southwark han dejado de existir. Se han vaporizado o destruido,  por completo. Desde Victoria Station, pasando por el Parlamento, Buckingham Palace, Downing Street, las oficinas del Gobierno, National Gallery, British Museum, incluso hasta gran parte de la City, todo ha quedado devastado. De este modo, en el centro de Londres no se ven más que ruinas y humo. Otros distritos, más alejados han sufrido daños graves debido a la onda explosiva. De igual modo y como ya sabrás, entre lo que se considera que han muerto, se encuentra la Reina Isabel II y su esposo, así como el Lord Canciller y numerosos ministros y parlamentarios. Felizmente, el que se supone será el nuevo rey , el Príncipe Charles y sus hijos no durmieron ayer en Londres, por lo que se han salvado. También, esa suerte ha sido la que ha corrido el primer ministro, James Burton, que estaba de viaje oficial por España y que ha regresado, esta mañana, desde Madrid, en cuanto le ha sido posible, para hacerse cargo de la situación. El distrito donde vivo está fuera de alcance de la explosión, pues supera las cuatro millas. Sin embargo, como consecuencia de la explosión, se han producido muchos incendios. Sobre todo, en las zonas más próximas a Westminster que son las que quedaron más inflamables. De todos modos, Michael, la mayor desgracia que tenemos ahora es soportar el caos que nos abruma. Nada funciona y los hospitales no dan abasto. No tenemos apenas ambulancias y los camiones del ejército no hacen más que atascarse y entorpecer el tráfico a través del poco espacio que para circular permiten algunas calles. He intentando localizar a mi familia, aunque, por el momento, me ha sido imposible contactar con ella. Todas las líneas telefónicas y el suministro eléctrico han quedado cortados y, por tanto, interrumpidos. Ya sabrás también que se hablaba de un millón de muertos. En realidad, la cifra es bastante menor. Se estima, ahora que tenemos más datos, que no llegarán a la mitad aunque nos preocupa el número de heridos que puede ser muy variable. ¡Dios mío! Ha sido horrible. Si la hubieras visto, como yo, estallar todavía estarías temblando Pero, en fin, cuando sepa algo ya te avisaré y espero, que las noticias que te trasmita sean las que más deseo, en estos momentos.

— Yo también lo espero —le contestó Michael, vivamente emocionado. El agente del FBI sabía que tenía que sobreponerse y haciendo un esfuerzo por serenarse y evitar los problemas personales,  continuó preguntándole al Constable de Scotland Yard— ¡Paul! —añadió con voz más firme— También te llamaba para que me contases algo. Sabemos que recibisteis información, a través de la CIA. ¿ No te extrañó que vuestros MI-5 y MI-6 no estuviesen al corriente de nada y de que se pusieran, en contacto directamente con vosotros?

— Sí, eso que dices es cierto. Nos extrañó pero, dadas las circunstancias tampoco le dimos importancia. Tampoco fuisteis vosotros los que nos distéis la pista de donde se encontraban los terroristas como hubiera sido también normal.

— Lo hicimos, una vez los de la CIA nos informaron. Cuando os llamamos, vosotros ya lo sabíais hacía tiempo…

Michael recibió una nota de Hellen indicándole que confirmase que los terroristas eran del IRA.

— Sabemos que, en colaboración con el ejército, los habéis capturado a todos. Nos gustaría que les interrogaseis. Ya sabes que nos tememos  que la próxima bomba estallará aquí y necesitamos toda la información del mundo…

— Pues ya lo siento. No os podremos ayudar en nada. Los muchachos del ejército lo han arrasado todo y no ha quedado nadie vivo. Nosotros apenas hemos intervenido

Paul bajó un poco la voz, y, en un tono más confidencial, añadió:

— En realidad, creo que no nos han dejado que hagamos nada. Solamente identificar a los muertos. Han sido siete tal como nos habían informado. Seis de ellos están ya completamente identificados y, efectivamente, son norirlandeses,..,  algunos de ellos legales, otros eran personas que habían huido y varios reconocidos miembros del I.R.A. A estos últimos, los creíamos en los Estados Unidos. Sin embargo, hay un dato que no encaja. Hemos encontrado un cadáver de un hombre de unos sesenta años, el séptimo, que, desde el principio, no coincide con los datos de los terroristas. Suponemos, por ciertas informaciones que tenemos, que se trata de un taxista que fue llamado, aquella mañana, desde la granja, para llevar a dos pasajeros al aeropuerto de Heathrow…

— ¡La leche!… — exclamó sin pensarlo dos veces Donovan, que le escuchaba con muchísimo interés a su amigo—… si eso que me dices es cierto. Eso quiere decir que os habéis cepillado a uno que no era y… —Macpherson le interrumpió para comentar al unísono, los dos.

—… y ha salido con vida, otro que sí era —Paul añadió esta vez sólo— Efectivamente, existe otro terrorista que no estaba allí y que todavía estará con vida, paseándose, tranquilamente, por cualquier lugar de Gran Bretaña.

— Tenéis que encontrarle cuanto antes —exclamó esperanzado Michael, mientras encendía un nuevo cigarrillo.

— Sí, en eso estamos. Pero, no te hagas ilusiones, creo que nos quieren quitar el caso.

— ¿ Quién?

— ¿Qué quién? —repitió el agente de Scotland Yard— No te lo vas a creer. Te lo digo confidencialmente. Aunque a estas alturas ya poco importa —añadió— el propio ministro de Interior. Es uno de los pocos ministros que, teóricamente, estaban en Londres y que está vivo. Al parecer, esta mañana no acudió a su despacho, aduciendo que tenía gripe, Mi jefe ha despachado con él y le ha visto como se ponía, como un loco, cuando le ha dicho que andábamos tras la pista de un terrorista que ha escapado. Según nos contaba después, lo de la gripe era un cuento. ¡En fin!,  que hay tipos que tienen más suerte que nadie, hasta cuando se la juegan a su mujer con una amiguita y pasa la noche fuera de casa…

— ¡Ya! —se expresó el agente del FBI, un tanto contrariado— De todos modos, ¡Hazme un favor!, seguir la pista de ese del I.R.A., aunque os retiren del caso. Como tú muy bien has dicho antes. A estas alturas. ¡Qué más da!

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