EL FUEGO PURIFICADOR—5 Capítulo

por Juanjo Gabiña

Capitulo 5

Un gato persiguiendo a los ratones

I

La policía alemana entró, bruscamente, en la casa que Hans había alquilado recientemente, junto al aeropuerto , en las afueras de Stuttgart. Junto a él, se encontraban seis colaboradores más de la Organización “Juicio Final”. Uno de ellos intentó sacar una pistola, pero fue en vano. Unas granadas se introdujeron por las ventanas abiertas y estallaron de pronto. Allí murieron todos: policías y terroristas. La casa comenzó a arder y se transformó en un infierno. Poco tiempo después, llegaron más de cinco ambulancias y otros tantos coches policiales.

El jefe de Policía o Polizeichef de Stuttgar, Wolfgang Müller, estaba muy serio y enfadado. Despidió con cajas destempladas a cuantos periodistas se le acercaron. Para evitarlos, ordenó poner un cordón policial a más de cien metros de la casa, todavía humeante y en llamas. Algo había salido mal. El plan, acorde con su intención, había sido el de coger vivos a los terroristas. Ello hubiera sido posible pero alguien había lanzado las granadas, sin su consentimiento, y lo había estropeado todo. Habían muerto, inútilmente, siete hombres de los suyos y tres de los servicios secretos alemanes, al igual que un número indeterminado de terroristas.

Necesitaba, por tanto, interrogar cuanto antes a sus hombres de confianza para saber qué era lo que, de verdad, había pasado. Presentía que había sido engañado y utilizado, al mismo tiempo. El problema era conocer por quiénes había sido utilizado. Dando vueltas alrededor de la carretera, en la espera de que los bomberos, que inexplicablemente habían llegado los últimos, apagaran el fuego, empezó a poner en orden los recuerdos que tenía sobre los sucesos recientes y que habían sido los que les habían conducido hasta el desagradable y lamentable punto en el que se encontraban. Presentía que la Interpol, los servicios secretos o la CIA le habían hecho alguna jugada.

Dos días antes de que estallasen las bombas nucleares en Zürich y en Frankfurt, un denunciante anónimo comunicó al puesto policial de Ludwigsburg, una población situada al norte de Stuttgart, la presencia de dos camiones sospechosos que se dirigían en dirección a Frankfurt, escoltados por varios coches y, en cuyo interior, iban algunos hombres armados con rifles. Las patrullas de tráfico fueron alertadas pero no pudieron observar ninguna anomalía de este tipo.

Al día siguiente, los servicios secretos suizos les comunicaron que un conocido y peligroso extremista, de nacionalidad suiza, llamado Jean Bauvin había pasado la frontera suizo-alemana por Singen, en compañía de un súbdito alemán, domiciliado en Stuttgart y de nombre, Hans Maier. Alertada, toda la policía del Land, en un control de carreteras, cuatro individuos abandonaron el vehículo que ocupaban y se dirigieron a pie, campo a través, hacia la localidad de Balingen.

Las pesquisas allí efectuadas no dieron resultado y se descubrió que el coche abandonado, había sido robado tres días antes en la ciudad balnearia de Baden-Baden. Tras la desgraciada noche en la que estallaron las bombas y destruyeron Zürich y Frankfurt, Wolfgang apenas había podido dormir más de dos horas. La mayoría de su gente había sido movilizada para acudir en apoyo y socorro de la población de ambas ciudades. El Land de Baden-Württemberg se había quedado con lo mínimo. Viendo el mapa que tenía enfrente de mesa de despacho, observó la equidistancia de Stuttgart entre Frankfurt y Zürich.

— No me extrañaría que los responsables de estos monstruosos atentados, estuvieran aquí, tranquilamente —susurró en voz alta.

Como si alguien que supiera la verdad le hubiese, realmente, escuchado, comenzó a sonar el teléfono negro de su despacho. Aquel teléfono era secreto y muy pocos tenían acceso a su número-clave. El Herr Polizeichef de Stuttgart, se levantó para escuchar mejor.

— ¿Wolfgang Müller?— se escuchó una voz de hombre al otro lado del hilo.

— Aquí Wolfgang Müller, Polizeichef de Stuttgart…

— Le habla John Stoke, de la Agencia Central de Inteligencia americana. Mi nombre no le dirá nada pero le añadiré que suelo colaborar, habitualmente, con la BKA y con la BND. Hubiera preferido que fueran ellos los que le hubieran llamado primero pero, dados los acontecimientos que se han producido, no ha podido ser así y he preferido adelantarme para decirle que, en menos de dos horas, espero estar en su despacho. Le ruego que me espere. La información que tengo que suministrarle es de alto secreto y preferiría entregársela personalmente. En breves minutos,  alguien de la BKA que usted ya conoce confirmará esta llamada y, así, usted podrá verificar la autenticidad de mi visita… — el agente de la CIA colgó y se cortó la comunicación.

— Es increíble —pensó Müller— en toda mi vida, a lo largo de todos mis años de servicio, no me había sucedido cosa parecida.

Llamó a su ayudante y le informó de lo ocurrido. Presentía que iba a necesitar todos los hombres, y más, de los que, en ese momento, disponía. Por eso, decidió dejar en alerta a todos los policías, incluso a los que se habían retirado a dormir unas pocas horas. Lo mismo hizo con los puestos de policía cercanos, cuando recibió la llamada de la BKA, confirmándolo todo.

Puntualmente, tal como el agente de la CIA le había indicado, se presentó John Stoke en el despacho de Müller. Apareció acompañado por otro hombre que desconocía el alemán. Empezaron a hablar sobre el asunto, nada más hacer las presentaciones. Pero enseguida, el tal Stoke le interrumpió, diciéndole:

—Entschuldigen Sie, bite! Aber… mein Freund… versteht kein Deutsch. Could you speak english?, please! —Esta petición tan cortés fue la que le obligó al Herr Polizeichef a tener que engrasar su oxidado inglés. En la reunión, le informaron rápidamente del motivo de su visita. Le entregaron una serie de fotografías y un plano. Se trataba de las fotografías de los presuntos terroristas que, a juicio de los servicios secretos americanos, eran los que habían cometido los horribles atentados. Müller pidio permiso para llamar a varios colaboradores y entre todos fueron identificando, con ayuda del ordenador, los diferentes y presuntos malhechores: Hans Maier, Sabine Koch, Ernst Seifert…También aparecían en las fotos otros hombres y mujeres y, a uno de ellos, lo identificaron como Jean Bauvin.

—Estos deben ser los suizos—  exclamó un ayudante del Polizeichef.

Los agentes de la CIA también indicaron que, en la afueras de Stuttgart, en los alrededores de Reutlingen, los terroristas estaban escondidos en una casa rural que el profesor Maier había alquilado, hacía un mes. Les indicaron que llamasen a la agencia de alquiler y venta de apartamentos para confirmarlo. La investigación dio un resultado positivo. Hans Maier había alquilado la casa de campo en aquella población. Faltaba confirmar si es que alguien se encontraba todavía en aquella casa.

Rápidamente, varios coches de policía camuflados, acompañados por policías del puesto de Tübingen, se personaron en aquel lugar y observaron que varios coches estaban aparcados, detrás de la casa. No había ninguna duda, por las matrículas de los coches allí aparcados, se deducía que pertenecían a vehículos registrados en algunas localidades suizas. En concreto: Ginebra y Berna. También se comprobó que Hans Maier estaba en la casa. Su automóvil estaba también aparcado allí, junto a otros dos más, de matrícula alemana. Sólo quedaba preparar el plan. Eso era lo primero, y, después, dar la orden de asalto.

Para las once de la mañana, en poco más de media hora, habían preparado todo el plan. El propio Herr Polizeichef dirigiría el asalto. Se trataba de cogerlos vivos. John Stoke y su amigo, el otro agente americano, se ofrecieron para colaborar activamente. Müller decidió que los de la CIA no entrasen en el primer grupo, aquella tarea le correspondía a la policía alemana…

Ensimismado con sus recuerdos, Wolfgang Müller, no pudo ver a uno de sus ayudantes que se le acercaba corriendo.

— Herr Polizeichef Müller. Hemos rescatado los cuerpos calcinados. Los nuestros son los que ya sabíamos pero los cuerpos de los terroristas encontrados son de siete. Cinco hombres y dos mujeres. Por el momento, hemos identificado sólo a Hans Maier. Con el resto, estamos trabajando, intentando conocer sus identidades… —Müller, que esperaba esta noticia tal como se la estaban contando, hizo una señal de asentimiento con la mano y la cabeza. Sin embargo, el policía no se retiró:

— Herr Polizeichef, también tenemos que darle una mala noticia. A cuarenta metros de la casa, por la parte de atrás, ha aparecido muerto uno de los agentes de la CIA. Le han dado un disparo en la nuca. Suponemos que le han asesinado. Creemos que el muerto se trata de John Stoke — Müller abrió entonces enormemente los ojos y la boca, para luego ponerse la mano, tapándosela con estupor. Quiso empezar a decir algo sobre el otro agente americano, pero no tuvo tiempo de terminar, puesto que su ayudante le respondió cortándole:

— El otro agente ha desaparecido misteriosamente, Herr Polizeichef. Aunque hemos registrado toda la zona, no hemos encontrado ningún rastro de él. Tan sólo, bajo el cadáver de Stoke hemos recogido esta granada de mano…

II

El “Constable” o agente de Scotland Yard, Paul Macpherson, estaba completamente desorientado. Su jefe, el comisario Henry Brixham, les había encomendado, a él y a su compañero, una extraña misión. Debían vigilar los movimientos de camiones que se produjeran en una granja situada en las afueras de Reading, una ciudad situada al oeste de Londres. Llevaban así, varias horas, casi desde el amanecer, tumbados y vestidos de paisano, sobre la hierba de una pequeña colina próxima, oteando con los prismáticos, tras algunos matorrales, los posibles acontecimientos que se produjeran, pero, allá abajo, no había ningún rastro de camiones.

No se explicaba bien qué es lo que pasaba. Sabía lo de la tragedia de las bombas atómicas que habían caído o estallado en Tokyo, en Zürich y en Frankfurt. Aquello le había dejado incapaz de saber darle un calificativo adecuado a todo lo que estaba ocurriendo. Para él aquello era una monstruosidad, un salvajismo absoluto, una locura inenarrable. Su mujer y sus hijos se encontraban en Londres y tenía miedo. Les habían dicho que no eran grandes las posibilidades de que una bomba como aquellas estallase allí y que todo estaba controlado.

Macpherson, en ningún momento, se lo había creído. Habían recibido órdenes estrictas, de no comentar nada con nadie, ni tan siquiera con  la mujer o la familia. Estaban en estado de alerta máxima. Lo que exigía discreción y silencio absolutos. El Constable era un profesional y sabía obedecer las órdenes. Lo que le molestaba a Paul era que su jefe, en unos trances tan graves como por los que estaban pasando, le hubiera encomendado una misión tan tonta como aquella…

Miró, una vez más, nervioso al reloj, al tiempo que se tapaba mejor con la manta para protegerse del frío y de la intemperie. Hacía poco tiempo que habían dado las ocho de la mañana y, aunque era el mes de Mayo, la noche había sido tan fría que impedía que los pocos rayos de sol que atravesaban las nubes calentasen todavía el ambiente. Paul pretendió encender un cigarro y su compañero, con los prismáticos puestos y dirigidos hacia la casa, le hizo señas para que no encendiese el mechero como pretendía hacer y atendiese, no obstante, al camino que unía la granja con la carretera. Inmediatamente, Paul cogió sus prismáticos y los enfocó hacia aquella posición, Un camión de mediano tamaño, acompañado por dos automóviles, se dirigía hacia la granja.

Mientras los coches daban la vuelta delante de la granja y aparcaban, el camión entraba directamente en uno de sus establos. De la casa salieron entonces dos hombres y una mujer. Uno de ellos llevaba un rifle y los otros portaban una pistola. También, los cuatro hombres que descendieron de los coches iban armados. Paul cogió el teléfono y llamó a la Central de Scotland Yard. Le pusieron, inmediatamente, con el comisario Brixham.

— ¡Aquí Paul Macpherson!, tenemos novedades. Un camión acompañado por dos coches, con gente armada dentro, ha entrado en la granja…

— ¡Correcto!, no dejéis que salgan de la granja y puedan llegar hasta la carretera. Situaros, rápidamente, en la confluencia del camino de la granja con la carretera… —y agregó con el mismo tono de voz— pero acercaros despacio, para que no levantéis sospechas, y ocultar bien vuestras armas. En menos de diez minutos tendréis allí unos helicópteros… —y añadió con cierta alegre ironía—… ¡Ah! y cuando veáis que llegan poneros bien a cubierto, van a disparar misiles.

Acababan de llegar al cruce, cuando un característico ruido de hélices girando, precedió la estela de tres helicópteros del ejército que se acercaban velozmente. Unos silbidos, seguidos de sendas explosiones, fueron los siguientes ruidos que se escucharon. Después surgió una gran humareda negra y continuaron las explosiones, durante varios minutos. Cuando éstos finalizaron, sólo quedó el ruido de los motores de los helicópteros que merodeaban, acechando, los contornos de la granja. Paul y su compañero se quedaron mudos observando el penacho de aquella gran humareda. En pocos instantes, habían sido traslados al escenario de la guerra total.

— ¡Dios mío! —acertó a decir Paul— esto si que es capacidad ofensiva, eficaz y efectiva —y comenzó a rascarse la cabeza, añadiendo— no creo que haya quedado nadie vivo después de este infierno…

Y así fue efectivamente. Diez minutos más tarde, unidades especiales aerotransportadas del ejército británico, protegidas con máscaras antigás y trajes contraincendios, entraron en lo que antes había sido la granja. Todo lo que no había sido quemado, había quedado destruido por las explosiones. Había sido un ataque por sorpresa y a los terroristas no les había dado tiempo de reaccionar, ni tan siquiera de intentar huir. Todos los cadáveres para su posterior identificación, habían sido cuidadosamente extendidos sobre el suelo ennegrecido del camino. De dicha tarea, parecía que se encargaban algunos soldados

— ¡Malditos irlandeses! —exclamó uno de ellos pegándole, al mismo tiempo, una patada a uno de los cadáveres. Nadie le hizo caso, pues se notaba que existían otras preocupaciones. La mayoría de los soldados, con avidez, buscaba algo. Por sus caras y el afán que demostraban, era algo que debía seguir allí, sin encontrarlo, entre los restos. Paul supuso que debía de tratarse de una bomba atómica, aquello que buscaban tan afanosamente. Dos oficiales portaban contadores Geiger y parecían preocupados. Entonces llegaron dos helicópteros de Scotland Yard. De uno de ellos, descendió el comisario Henry Brixham. Este reconoció con su mirada aguileña la zona, saludó a los hombres que allí se encontraban y se acercó a Macpherson para felicitarle, de una manera especial. Le comentó sobre la bomba que había estallado, hacía horas, en Paris. Paul no había tenido noticias de ello y le impresionó la noticia. Cuando se estaban despidiendo, dándose la mano, y Paul se alegraba de regresar a Londres y de abrazar a su familia, se les acercó corriendo el capitán del ejército que mandaba aquellas unidades especiales. Casi sin detener su loca carrera, comenzó a hablar, jadeando:

— Comisario. No existen restos de la bomba. Creemos que no se encuentra en este lugar…

— Lo cual quiere decir que…—le atajó Brixham asustado, mirando en la dirección donde, presumiblemente, se encontraba el cielo de Londres.

— Que la bomba ya ha sido colocada y presta para estallar en Londres…

No pudo continuar porque una luz blanca cegadora apareció en el horizonte, hacia el este. Después, la tierra tembló y una llamarada muchísimo más grande se produjo en el mismo punto del horizonte, dando paso a una gigantesca y creciente nube que se elevaba en forma de hongo. Después, sonó un estampido horrible y una ráfaga de viento cálido atravesó aquellos parajes. Cuando Paul alzó la cabeza. Sintió que estaba vivo y vio que todos yacían, como él, en el suelo. La cara que ponía el comisario era como la de alguien que se tropieza, horrorizado, con un fantasma. Paul se acordó, entonces, de su mujer y de sus hijos y rompió a llorar. Otros comenzaron a hacer lo mismo. En aquel momento y en aquel lugar, aquellos llantos eran las únicas señales de vida de los que todavía eran humanos. De los que decían que poblaban y reinaban sobre la faz de la Tierra…

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