EL FUEGO PURIFICADOR—3 Capítulo

por Juanjo Gabiña

Capitulo 3

Algunos caminos no tienen vuelta

I

El sol ya se había ocultado y el cielo había dado paso al resplandor que desprendían las luces nocturnas de la alborotada ciudad de Los Ángeles. Jack Logan había encendido otro cigarro.

Ya quedan pocos —comentó entre dientes, para luego añadir— aunque cada vez os encuentro más sabrosos.

Se tumbó sobre la cama y alzó la vista para seguir con las noticias. De nuevo conectó con la CNN. El reportero joven había salido de nuevo a la escena informativa. La rubia parecía incansable.  Jack bajó un tanto el volumen pues notaba que le disgustaba aquella mujer. Con el sonido bajo, en la habitación del hotel se respiraba mejor. Sin embargo, las imágenes que dieron de una ciudad incendiada no eran las de Tokyo. Jack pegó un bote en la cama. Unos letreros, a pie de pantalla, informaban que aquella ciudad era Zürich.

— ¡Dios mío! —exclamó- poniéndose de pie como electrizado— Algo va mal. Esa bomba debía haber estallado una hora después de Frankfurt.

Miró rápidamente al teléfono y como si se cruzasen las mentes por el ciberespacio al descolgar escuchó de nuevo la voz de Águila negra:

— ¡Tranquilo Aguijón! No pasa nada. Sabíamos ya que se iba a producir este cambio del programa. Guillermo Tell ha hecho lo correcto y nosotros también. Estate atento a las noticias —y colgó.

Jack se dirigió de nuevo a su cama y se sentó encima de ella. Mirando al televisor, elevó el volumen del sonido. Las noticias comentaban entonces que también se había producido otro atentado en Frankfurt. Por el momento las imágenes se referían tan sólo a los escenarios de Tokyo. Haciendo, de nuevo, zapping, se detuvo en un canal de la televisión local que había conectado con la WDR alemana. Allí se vieron las primeras imágenes de Frankfurt. Desde la torre del aeropuerto se observaba, en el entorno negro de la noche alemana, un inmenso incendio en la ciudad. De nuevo aquí, como en Tokyo y en Zürich, se especulaba con que las victimas y los destrozos habían sido cuantiosos e innumerables. Se hablaba de cientos de miles. Tras un corte publicitario, el canciller alemán apareció de pronto ante la pantalla. Estaba de pie sobre un atril, rodeado por innumerables periodistas. Las noticias reflejaban que la hora local alemana eran las siete de la mañana. Con gesto serio y grave, en medio de una lluvia de flashes, el canciller comenzó su interlocución. Un ayudante le entregó una serie de papeles que colocó nervioso sobre el atril y comenzó a leerlos:

— Hoy, a las seis de la mañana ha estallado una bomba nuclear en la ciudad de Frankfurt. Como consecuencia de su explosión, podemos afirmar, sin ningún género de dudas, que se han perdido millares de vidas humanas y que, prácticamente, todo el centro comercial de la ciudad de Frankfurt y sus alrededores han quedado arrasados. También tenemos que comunicar que se ha desatado un gran incendio que amenaza al sector este de la ciudad. Por el momento, estamos iniciando los primeros trabajos para controlar la situación pero, mucho nos tememos, que ésta será una tarea muy ardua y difícil. El alcalde de la ciudad y el presidente del Land se encuentran ilocalizables. Lo mismo pasa con los jefes de bomberos y de las policías con sede en Frankfurt. Suponemos que ellos también habrán muerto en el atentado. ¡Es horrible y espantoso! —añadió el canciller de su cosecha y prosiguió leyendo:

— Ante la alta gravedad de los hechos, el gobierno federal ha tomado medidas de urgencia que implican el establecimiento de un estado de alerta máxima y la movilización de todos sus efectivos de seguridad, incluido el ejército. El general Wolfgang Schuster ha tomado el mando de las operaciones tendentes a recuperar el orden. Esto es todo por el momento. No hay preguntas…

Las cámaras enfocaron entonces a los numerosos periodistas que se apilaban junto al escenario. Varios de ellos, con el micrófono en la mano y seguidos de algunos cámaras de televisión,  pretendieron abordar al canciller. A un gesto del ayudante, de entre las cortinas, surgieron una media docena de guardaespaldas. No se anduvieron con chiquitas. Agarraron por el cuello a los dos periodistas más osados que se habían adelantado al resto y les retorcieron, zarandeándoles, el brazo. Uno de ellos cayó al suelo y le empujaron a patadas, bajándole por las escaleras del escenario. Se oyeron unos gritos y se cortó la emisión.

— Aquello era la bestia de la muerte —pensó Jack. Una bestia que también se ocupaba de los poderosos. Ya no serían sólo los humildes y los excluidos los condenados a padecer exclusivamente las desgracias y los sufrimientos de la humanidad. De ahora en adelante, los tendrían que padecer todos. Era una bestia cruel pero justa y  que no entendía de razas ni de diferencias de clase. Por primera vez, Logan esbozó una sonrisa. Por primera vez había visto hecho realidad su sueño de que la justicia fuese ciega e igual para todos. Ante la bomba, todos habían resultado ser iguales. Ella se había comportado con justicia y equidad. Al que más tenía, más le había quitado. A los ricos de nada les había servido el dinero que poseían y que tan habitualmente utilizaban para comprar a los políticos, a los periodistas, a los jueces y a la policía. La bestia no hacía preguntas tan sólo actuaba. Lo hacía sin excepciones y cumplía implacablemente la misión destructora que se le había encomendado. Como decía Hans:

— No penséis que estas bombas son una imagen del mal. También son el fuego purificador y todo lo que purifica, al final, siempre nos conduce hacia el bien.

Jack se detuvo entonces a recordar a su amigo Águila negra, ya que era éste el apodo con el que también se  conocía a Hans Maier. Recordaba la primera vez que le vio en aquel bar de Stuttgart. Estaba esperándoles,  sentado en una mesa leyendo un libro. Por su cara y su aspecto abandonado pero limpio, Jack lo identificó como un profesor de universidad. No se equivocó en absoluto. Era profesor de sociología en la de aquella ciudad. Había estado años en la cárcel acusado de dar cobijo y protección a varios estudiantes suyos que, a su vez, se les acusaba de pertenecer a las Brigadas Rojas. La policía no tenía ninguna prueba pero se las inventaron y falsificaron. Lo que bien se podía haber convertido en una acogida inocente y natural que cordialmente un profesor de universidad puede ofrecer y dispensar a cualquiera de sus alumnos, se complicó con la acusación de pertenencia a banda armada.

Al principio, Hans no se lo podía creer y pensaba que todo se trataba  de una confusión y de un mal sueño que pronto se solucionaría. En el fondo, Maier confiaba en la justicia. Su padre había sido juez y hasta que fue secuestrado y fusilado más tarde por las SS, siempre había dado muestra de equidad y de respeto a la ley y a los derechos humanos. Hacía poco tiempo que con ocasión de la memoria de su padre Otto Maier y de otros jueces también asesinados por los nazis, el gobierno alemán les había homenajeado en un acto especialmente preparado para el caso. Por eso, el trato que recibió en comisaría no fue, en ningún momento, correcto, ya que sufrió constantemente amenazas e intimidaciones si no hablaba. Mejor dicho, si no firmaba lo que la policía quería que reconociese

Ante el juez se limitó a decir la verdad declarando que desconocía que sus alumnos perteneciesen a organización o banda armada alguna. Argumentó que era público y notorio que era simpatizante de los movimientos de izquierda pero a su vez añadió que también era absolutamente contrario a todo acto de violencia. Subrayó que participaba activamente en varios movimientos pacifistas y ecologistas. Sus ideas y opiniones eran conocidas por todos,  incluso por la policía. Hans las había expuesto constantemente tanto en sus clases y a través de los artículos periodísticos como, de una manera más formal y rigurosa, a través de los dos libros que había escrito y que habían encontrado un cierto éxito entre el público joven universitario.

Hans también tuvo la desgracia de que el juez Ernst Pflüger, un conocido juez de Baden-Württemberg que antes de la guerra se le había conocido como simpatizante de los nazis, se ocupara del caso. El juicio se celebró en Stuttgart. Fue un caso que la prensa y los demás medios de comunicación recogieron con muchísimo interés. Sin darle ninguna oportunidad para que pudiera gozar de la debida presunción de inocencia, algunos periodistas le atribuyeron ser uno de los cerebros de la banda armada. Le llamaban El profesor y en todos los fantásticos relatos, los periodistas siempre recurrían a citas que hacían referencias a fuentes policiales o provenían de fuentes próximas a la policía.  A pesar de todas estas burdas calumnias, Maier dio prueba, en todo momento, de una gran serenidad.

— No tienen pruebas —se decía a sí mismo, una y otra vez, como queriéndose engañar. Su propio abogado, un amigo íntimo de Hans que también era profesor de la universidad, comenzó a mostrarse preocupado pero Hans se encargaba siempre de tranquilizarle:

— Estoy muy preocupado por el juicio paralelo que te están haciendo desde los medios de comunicación—le dijo un día Karl Steiner, su abogado, queriendo trasmitirle su preocupación.

Sin embargo, Águila negra parecía, lejos de inquietarse por dicho comentario, el más imperturbable de los seres humanos. Cuando eligió a su amigo, Karl Steiner como su abogado, sabía que carecía de la experiencia necesaria pero ello no le importó. A Hans le sobraba tal como a su amigo, el profesor de derecho, ingenuidad y confianza en la bondad de los seres humanos. Incluso, cuando escuchó la sentencia condenatoria, no quiso dar crédito a lo que el juez dictaminaba:

— Bueno Karl, confío en que desde mañana trabajarás para aclarar este error y sacarme cuanto antes de la cárcel.

— Hans te han condenado para quince años —le respondió su amigo, un tanto angustiado y poniendo una cara como la de aquel que ha fracasado en la prueba más fácil de un examen.

Sí, ya lo sé, lo he oído como tú —y agregó con cierto tono de ironía en su voz— pero no te preocupes, todavía tenemos amigos en la política que nos podrán ayudar a resolver este caso…

¡Pobre Hans!, aquel intelectual que había resultado ser tan brillante en la denuncia del sistema se mostraba, entonces, incapaz de entender que había sido devorado por aquello que tanto criticaba. Hasta el final, seguiría pecando de ingenuo confiando en que los niveles de corrupción de la política, aunque importantes, no serían tan elevados como para que permitiesen tamaña injusticia. A los cinco años de permanecer en la cárcel, Maier tuvo que, ante la evidencia de los hechos, cambiar de opinión. En las diferentes prisiones que ocupó, durante los siete años que estuvo recluido, Hans conoció todo tipo de vejaciones. Escribió, bajo un pseudónimo, un libro  que criticaba, con crudeza, el sistema penitenciario alemán. Conoció un amplio éxito y fue traducido a varios idiomas. Cuando, encontrándose todavía en la cárcel, el director de la prisión donde estaba le llamó a su despacho, Maier sintió miedo, por primera vez. La conversación fue muy breve pero lo suficientemente explícita como para que nunca se le pudiera borrar de su cerebro:

— ¿Has escrito tú esta porquería de libro? —le inquirió agresivamente el director de la prisión, acompañado por dos de sus gorilas.

Hans, como estaba acostumbrado a hacerlo, calló. Sabía que, en la cárcel, todo lo que digas antes un carcelero es hablar siempre en tu contra. Por eso, prefirió callar. A una señal del director, uno de los gorilas le agarró de los pelos y le alzó de la silla, para dejarlo caer, ante los gritos de dolor que daba sobre el suelo.

El director le hizo, de nuevo, la misma pregunta. Tampoco entonces hubo respuesta por parte de Hans. Una patada en el estómago, seguida de otra en la barbilla y de otra en la nuca acabaron por dejarle fuera de combate. Cuando despertó, lo hizo desnudo en una celda muy húmeda. Tardó varios minutos en hacerse cargo de la situación. Le dolían las zonas donde él recordaba que le habían infringido los golpes. Así estuvo, varias horas, en medio de dolores hasta que se abrió una puerta y, levantándole bruscamente, le sacaron a rastras de aquella celda:

—Ven aquí, ¡maldito hijo de p… !,  que te vamos a hacer recordar —le dijo uno de los gorilas que él recordaba haber visto en el despacho del director.

Durante dos días, fue sometido a todo tipo de tormentos, a pesar de que ya les había reconocido, desde el principio, que él era el autor de aquel libro. No importaba, se habían cebado con Hans. Como no tenían ya más que sacarle, se divirtieron probando hasta donde llegaban los límites y el aguante que tenía el ser humano ante el sufrimiento y el dolor físico. Los verdugos hacían, incluso, sus apuestas:

—Te juego cincuenta marcos a que no me aguanta, sin perder el sentido, más de una patada entre las piernas —le decía un gorila a otro que respondía al nombre de Otto.

Hans tuvo la suerte de quedar sólo impotente. No murió porque gozaba de una fisiología extraña que le mantenía vivo en la peor de las condiciones físicas. Cuando ingresó, al cabo de una semana, en la enfermería, todavía tenía trazas de los malos tratos recibidos. El médico le preguntó, delante de los gorilas, que le había pasado y éstos replicaron que se había caído por unas escaleras. Con mucha parsimonia y como quien actúa como un autómata, sin darle aparentemente importancia a lo que le contaban, el doctor hizo un gesto de aprobación. Una vez que los carceleros se hubieran ido, comenzó a acariciar las cejas de Maier, interrogando a Águila negra acerca de sí todo había sucedido tal como ellos le habían dicho. Hans, como siempre, no dijo nada y calló. Al ver que cerraba los ojos y que no podría, por entonces, saber de él nada acerca de la verdad, el médico, acercándose al herido, prefirió observar, con mucho mayor detenimiento, las heridas que el cuerpo de Hans presentaba. Roturas de costillas, hematomas, cortes, quemaduras… Aquello era demasiado como para poder tragarlo y dejar pasar por alto —pensó el galeno.

A los pocos días, Hans fue trasladado a otra prisión. Allí fue ingresado también en la enfermería. Le acompañaba el médico que le había atendido la primera vez. Le reconocieron tres médicos. Uno de ellos exclamó:

— Le quedarán serias secuelas pero, al menos, está vivo y podrá contarlo. Otros mueren “suicidándose”.

Y así fue. Siete meses más tarde, Hans se encontró en la calle gozando de libertad provisional. Tal como él recordaba, había perdido su condición de hombre pero había ganado un odio que tardaría mucho en curarse.  Gracias a la ayuda y al cariño que le dispensaron sus amigos y, también hay que decirlo, gracias a las grandes cualidades humanas que tenía, Maier pudo superar, en gran medida, el horror que le supuso la estancia en la prisión. Se volvió más taciturno. Poco a poco, se fue convenciendo de que tenía que comenzar a trabajar de nuevo y, si no olvidar su pasado, sí intentar ocuparse de un proyecto que le devolviese la ilusión y la alegría de vivir. Cuando se planteaba abandonar Alemania e iniciar una nueva vida en Italia, una revisión del caso, declaró inocentes y libres de cargos a los dos jóvenes que él había albergado aquella noche en su casa y por los cuales Maier había sido condenado. Aunque su caso tuvo que ser revisado, la justicia demostró que seguía siendo tan ciega como anteriormente lo había sido. Fue rehabilitado en su puesto de profesor pero, en ningún momento, se admitieron los cargos y acusaciones que Hans había presentado contra el director de la prisión. Su propia hermana y su abogado le desaconsejaron continuar. Todo estaba perdido y no había nada que hacer. Le dijeron queriéndole hacer apartar la idea de la cabeza.

Y así era. Ganar ese juicio era poner al Estado alemán contra las cuerdas y, en las democracias, no había ser humano capaz de enfrentarse a las razones de Estado. Su abogado, esta vez un verdadero profesional del Derecho, con mucha frialdad pero también con mucha sinceridad, así se lo había dicho y, aunque algunos no quisieran aceptarlo, en el fuero interno de Hans algo le decía que aquel abogado tenía razón…

II

Sonaron dos golpes en la puerta de la habitación. Al escucharlos, Logan detuvo una vez más sus pensamientos y se levantó perezoso de la cama. Había estado pensando en Hans y se encontraba, de repente, terriblemente cansado. Nunca le habían gustado las historias tristes, aunque reconocía que, para su desgracia, e incluso por lo que se desprendía de la suya propia, estaba rodeado de ellas. Tal como esperaba, al abrir la puerta, se encontró con la expresiva mirada de Bárbara.

— ¡Buenas noches, cariño! —dijo la mujer dándole un beso cariñoso en los labios. Llevaba como vestido un conjunto de color rojo. Sus zapatos también eran del mismo color, lo que hacía que contrastase más con el rubio de su melena. Cuando entró en la habitación, Bárbara tiró el bolso sobre la cama y se quitó los zapatos. Encendio un cigarro, sentándose en el sillón, y se recogió el cabello, estirando coquetamente el codo para atrás. Sabía que a Jack le gustaban las mujeres con moño. A ella le gustaba provocarle a Jack y a él, ella sabía que aquello no le disgustaba, ni mucho menos. Una fantasía sexual corrió por su mente. Sin embargo, aunque esbozó una sonrisa, pestañeando sus grandes y hermoso ojos de color violeta, no prosiguió con lo que, de tratarse de otra ocasión, hubiera dicho. También era consciente de que no eran momentos para andar pensando en hacer el amor. Así pues, cuando Jack le hubo ofrecido un vaso de whisky y se sentó frente a ella, le atajó con una pregunta:

— ¿Ya sabes lo de Zürich? —Jack hizo una mueca afirmativa.

— Sí, menos mal que Águila negra me lo ha explicado… —empezó Jack a responderle.

— ¿Te refieres a la modificación del Plan? —Bárbara no esperó a la respuesta del hombre para proseguir— tampoco yo sabía nada. Me lo dijo Ave Phoenix cuando me llamó para confirmar nuestro vuelo a Nueva York.

— ¿ A qué hora nos esperan?

— Tal como estaba acordado. A las ocho de la mañana en el apartamento de la calle 50 de Manhattan…¿Ya sabes?…

— O.K. —comentó Logan mientras se ponía en pie— Tenemos el vuelo a las doce de la noche. De aquí al aeropuerto de Los Ángeles necesitaremos algo más de media hora. Son las diez de la noche. Todavía tenemos algo de tiempo para comer algo. Pediré que nos lo suban. ¿Quieres un sandwich de queso o prefieres la hamburguesa de costumbre?…

La mujer respondió con una fresca y abierta sonrisa que sólo Logan era capaz de entender lo que significaba. Descolgó el teléfono y encendió uno de los tres cigarros que le quedaban. Cuando marcaba el número del servicio de habitaciones, vio que la televisión recogía la noticia del atentado de Paris. Bárbara se puso de pie, y torció su cabeza hacia el aparato de la televisión, siguiendo la indicación de las señas que Jack le había hecho con el dedo índice de su mano. Eran unas imágenes que parecían recogidas de alguna prueba de trucaje de las películas de ciencia-ficción.  La torre Eiffel aparecía curvada hasta el suelo, en medio de una grandes llamaradas que surgían desde las mismas  profundidades del Paris milenario…

Viendo las mismas imágenes, la reacción de ambos fue diferente. Bárbara, se había tapado la boca de asombro. Logan, podía haber hecho, tranquilamente, lo mismo, pero una voz se lo impidió:

—Servicio de habitaciones. ¿Qué desea? —preguntaba una voz de mujer.

— Por favor, tráiganos cuantos antes dos sandwiches de queso y dos coca-colas a la habitación 122.

— ¡O.K.!—contestó la otra voz— dentro de cinco minutos, señor, le llevaremos los sandwiches y las coca-colas —y añadió— ¿Necesitan hielo?

— Sí, por favor —contestó Logan y colgó.

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