EL FUEGO PURIFICADOR—2 Capítulo

Por Juanjo Gabiña

Capitulo 2

Cuando se fuma se crea humo

I

Jack Logan, había apagado uno de sus últimos cigarrillos. Desde mañana no fumo —se había repetido una y otra vez a lo largo del día. Miró el reloj y, humedeciendo sus labios con su lengua, descolgó el teléfono. No había recibido ninguna llamada durante la mañana, lo cual equivalía a que todo marchaba en orden siguiendo perfectamente el plan acordado. A las ocho de la tarde, hora de California, Jack marcó un número de un teléfono situado a larga distancia. Como esperaba, nadie respondió a la llamada.

Dejó sonar el teléfono durante más de medio minuto y colgó. A continuación, volvió a repetir la llamada. Esta vez, se alargó hasta la encimera de la mesa y robó un cigarro del paquete que había dejado sobre ella. Lo encendió y mientras aspiraba la primera bocanada volvió a colgar el teléfono. De pronto se puso nervioso y apretando el botón de recuperación de última llamada, se sentó sobre la mesa. Los segundos se le hicieron más largos que nunca. Parecía como si una eternidad se hubiera detenido en cada sonido intermitente de la llamada. Al final de esta larga espera, por fin, una voz sonó al otro lado de hilo:

— Aquí  Trébol de cuatro hojas.

— Aquí  Aguijón —respondió Jack algo más calmado y añadió a continuación, alzando el tono de voz—todo va perfecto. Las órdenes son continuar sin que haya posibilidad de marcha atrás. ¡Suerte! —y colgó, una vez que hubo comprobado que no había respuesta negativa por parte de su interlocutor.

Después se dirigió hacia el mueble-bar y extrajo un botellín de whisky y una botella de agua mineral. Abrió las dos y volcó sus contenidos, al mismo tiempo, en el interior de un vaso anteriormente usado.

— La suerte nos acompaña —pensó para sí— ¡Ojalá que no suframos ningún contratiempo y todo salga como esperamos!.

Otra bocanada de humo se anticipó al trago de whisky con agua. Después buscó asiento en el sillón y encendió la tele.  No esperaba todavía encontrar nada pero, por si acaso, realizó el correspondiente zapping por las diferentes cadenas de televisión. La noticia del día había sido que el helicóptero en el que viajaba el Secretario del Departamento de Defensa americano, Lewis Lemass, se había estrellado contra un monte de las denominadas White Mountains del Estado de Arizona.

El helicóptero había partido, una hora antes, de la base de Kirtland que las Fuerzas Aéreas tiene junto a la población de Alburquerque, capital del Estado de Nuevo Méjico. Se dirigía, a la también base aérea de Davis Monthan, situada próxima a la localidad de Tucson, Arizona. Aquella noticia le dejaba perplejo. No entendía cómo se descartaba, tan fácilmente, la hipótesis de que aquel presunto accidente hubiera podido ser, más bien, un atentado. Malhumorado, cambió de canal. A Jack, le gustaba el baloncesto. Su equipo, los famosos Bulls de Chicago, que capitaneó en su día Michael Jordan, iban perdiendo por más de veinte tantos. Otras noticias hablaban de que se había retrasado, una vez más, el lanzamiento de la sonda a Marte. También, se informaba de que, un huracán de nombre Norma, se acercaba a las costas de Florida.

— Era curioso —Jack hizo una mueca mezcla de sorpresa y de interrogación— su mujer y su hija se habían llamado de la misma manera. Sería aquello una premonición, una ironía de la vida o tan sólo una mera casualidad.

La habitación del hotel comenzó a iluminarse de color amarillento debido a los rayos del sol que caía hacía su ocaso. Jack Logan miraba el reloj y se impacientaba. Su amiga Bárbara llegaba con retraso. En un momento, sin apagar el televisor, se levantó y se acercó a la ventana para contemplar el mar. Nunca le había gustado Santa Mónica pero aquella vez era diferente. Presentía que iba a ser el más feliz atardecer de su vida. Por fin iba a conseguir que se hiciese justicia y que el mundo retomase el verdadero rumbo. Junto a la taberna de la playa, unos jóvenes, chicos y chicas, se divertían empujando un gran balón.

Todos parecían sonrientes y contentos y cuando uno de ellos rodó por encima del balón hasta dar con su cabeza en el suelo, Jack esbozó una sonrisa. Ya no se sentía nervioso. El ver a aquellos jóvenes jugando y el disfrutar de la belleza de aquel atardecer en el mar le habían devuelto una gran tranquilidad de ánimo. Fue todo una ilusión pasajera porque, de pronto, notó cómo una sombra de tristeza comenzaba a invadirle su alma. Lo que antes había sido una sensación de sosiego y de felicidad se había convertido, en décimas de segundo, en una sensación de odio y amargura. No era la primera vez que aquello le ocurría y sabía porqué. Abajo en la playa había una chica que se parecía mucho a su hija. ¡Malditos! exclamó apretando su puño izquierdo, al tiempo que apuraba el último trago del vaso.

El teléfono comenzó a sonar. Jack se acercó despacio y lo descolgó arrimando mucho la oreja derecha al auricular.

— Aquí Aguijón —entonó secamente. Entonces, una voz de hombre se escuchó a través del cable

— Aquí Ave Phoenix —la conversación continuó durante poco tiempo. Apenas duró medio minuto. Una vez que Jack hubo colgado el teléfono se dirigió de nuevo, pero esta vez corriendo y deprisa, hacia el sillón. Cogió el mando de la tele y buscó la cadena CNN. Cuando consiguió sintonizarla, subió el volumen. El locutor daba noticias acerca de un atentado que se había producido en Tokyo:

— “…aunque la policía japonesa se ha negado a hacer declaraciones parece que han estallado diversos artefactos de muy alta potencia en la ciudad de Tokyo. Por el momento, se desconoce el número de víctimas, pero se estima que pueden ser numerosas. Más de cien edificios, del Area Central de Tokyo, han quedado completamente destruidos y aunque carecemos todavía de imágenes sí podemos precisar que los destrozos han sido terribles y cuantiosos. Un portavoz de los bomberos aseguraba recientemente que un inmenso incendio, muy difícil de controlar, se ha desatado en los barrios de los alrededores por lo que se ha considerado necesario comenzar a evacuar muchas áreas de la ciudad…” —Seguidamente, comenzaron los anuncios de hoteles, al son de la musiquilla clásica de la CNN.

Jack Logan  que observaba fríamente el televisor, decidió cambiar de canal. En el resto de los canales parecía que no había sucedido nada. No había ninguna información sobre el atentado de Tokyo y todas las cadenas seguían retransmitiendo como de costumbre. A pesar de que pueda parecer asombroso, Jack se detuvo unos instantes viendo el partido de su equipo, los Bulls  de Chicago. Todavía iban perdiendo. Cambió de nuevo a la cadena CNN. Esta vez se veían unas imágenes de una ciudad tomada por las llamas:

— “…les ofrecemos las espeluznantes y dantescas imágenes de un Tokyo ardiendo, en medio de una gigantesca torre de humo negro—allí aparecía la cara regordeta y llena de sudor de un periodista que más que hablar, gritaba angustiado— miles de personas han muerto y cientos de edificios han quedado completamente destruidos y abatidos. Parece como si una bomba nuclear hubiera caído sobre Tokyo tal como ocurrió anteriormente en Hiroshima y Nagasaky y hubiera destrozado gran parte de la ciudad…”. De pronto, desaparecieron las imágenes y surgió, durante unos segundos, la niebla característica de los cortes televisivos. Rápidamente recompusieron el incidente, haciendo aparecer las imágenes de los periodistas sentados en el estudio de Atlanta. Ninguno de ellos parecía triste, ni preocupado. Más bien parecían felices como aquel al que le ha tocado la suerte de acertar en la ruleta. Jack, que conocía muy bien lo morbosos que son los periodistas, comentó en voz baja:

— ¡A esa rubia, parece que le van a estallar las tetas, de lo hinchado de satisfacción que tiene el pecho, je, je!  —y añadió pensando— Es normal. Saben que han dado con un filón y que, en pocos minutos, los niveles de audiencia de la CNN se van disparar por las nubes, rompiendo todos los récords. Al final les llegarán los premios Emmy…

El más pequeño de los tres reporteros, un hombre joven de unos treinta y pocos años, parecía que nadaba en la gloria. No era nadie conocido. Seguramente este sería su primer programa de noticias y presentía que había dado el salto a la fama. Hablaba despacio y tenía una voz chillona y desagradable.

— Será el hijo de algún importante accionista de la CNN —sentenció Jack irónicamente. Mientras hablaba el otro compañero y la periodista sonreía a las cámaras con esa falsa sonrisa que les caracteriza, al más joven le pasaron unos papeles. Sin esperar a que el otro periodista acabase, le enfocaron las cámaras a las que él observaba con mirada interrogante. Entonces, el joven comenzó a leer, balbuceando, el comunicado y, nunca mejor dicho, perdio los papeles. Literalmente,  se le cayeron cuando comenzó a decir:

— “…. según noticias que acabamos de recibir y que proceden de algún representante del Ministerio del Interior Japonés, que como saben ha quedado, completamente destruido… el atentado ha sido debido a la explosión de una “pomba” nuclear. Perdón quiero decir “pomba” —añadió confundido y nervioso— ¡No, “pomba” no!, ¡Bomba!. Ha sido una bomba nuclear… —se le fue la voz y del interior de su boca salió un extraño pitido, mientras se le caían los papeles al suelo.

La reportera, más acostumbrada a estos lances, no se lo pensó dos veces y se abalanzó hacia el suelo, recogiendo los papeles perdidos. Después, tras darles una rápida lectura y sin perder, en ningún momento, su habitual sonrisa, decidió arriesgarse y continuar leyendo la noticia. Entonces ocurrió algo cómico como casi siempre ocurre cuando se produce algo trágico. El joven reaccionó intentando arrebatarle los papeles y seguir leyéndolos. La mujer le respondió, instintivamente, esquivando sus manos y guardando los papeles entre sus brazos plegados y sus abultados pechos.

Esta vez, la reportera perdió totalmente su sonrisa y le dirigió una mirada llena de odio. Sus ojos brillaron intensamente y hubieran sido capaces de matar al joven, si no hubiera sido porque en la CNN hubieran interrumpido, bruscamente,  el programa, iniciando una pausa para la publicidad. Cuando comenzó de nuevo el programa de noticias, el joven ya no estaba. La mujer y el otro reportero veterano aparecieron ofreciendo la mejor de sus sonrisas:

— “…Muy buenas tardes a todos nuestros telespectadores. Continuamos informándoles acerca del atentado que hace apenas media hora, a las tres de la tarde, hora local del día 12 de mayo, ha sufrido la ciudad de Tokyo. Por el momento, se desconoce la cuantía de los daños tanto humanos como materiales que se han ocasionado, aunque las primeras estimaciones dicen que miles de personas han resultado muertas y heridas y cientos de edificios han quedado completamente destruidos. El Palacio Imperial, el edificio del Gobierno, la zona de los ministerios y embajadas, así como la de las sedes de las grandes corporaciones industriales y financieras de Japón se encuentran en ruinas. Se teme que han muerto el emperador y el primer ministro japonés…” —la mujer esbozó una mueca de seriedad y dándole un tono más grave a su voz, continuó. Esta vez lo hizo comenzando a leer los papeles que el joven anteriormente había dejado caer al suelo

— “…según noticias que acabamos de recibir y que proceden de un portavoz autorizado del Ministerio del Interior Japonés… el atentado ha sido debido a la explosión de una bomba nuclear. Así lo indican los niveles de radioactividad registrados en las proximidades al área siniestrada. Se puede decir que la situación del Area Metropolitana de Tokyo-Yokohama es la de completo caos. El gobierno japonés ha decretado el estado de alerta máxima y son muchas las unidades de soldados las que están sido enviadas al área con la intención de controlar la situación y facilitar la evacuación de los heridos que puedan rescatarse en aquel infierno…”.

— Bueno, ya hemos dado el primer paso —pensó Jack. En realidad, no se encontraba ni contento ni descontento. En aquellos momentos, le parecía que su mente o su alma se encontraban flotando en el espacio cibernético de las redes de telecomunicación. Ensimismado con los acontecimientos, lanzó su mirada hacia el techo de su habitación y, despertándose, lo observó salpicado del rojo del atardecer.

— Aquello era sangre, mucha sangre, y además, la mayoría de ella, inocente —notó cómo una voz se lo repetía en el cerebro. Jack cambió de pensamientos. No quería pensar en la sangre. Bastante sangre había visto a lo largo de su vida. Consideró que aquel no era el momento para remordimientos. Él era creyente y sabía que, tarde o temprano, debería comenzar a tener remordimientos pero también creía que aquel no era el momento. Por ello, comenzó a pensar en Chíeko. Aquella mujer siempre le había impresionado por la firmeza y el convencimiento que se desprendían de sus expresiones.

Fue ella la que mayores pegas puso, desde el principio, cuando comenzaron a discutir y a establecer el Plan del Apocalipsis. Era una mezcla de budista y sintoísta y aunque su marido murió de infarto debido al “karoshi” producido por el exceso de horas de trabajo, jamás pensó en venganzas, ni deseó siquiera la muerte a nadie. Casi hasta el final, defendió una posición firme. Ella se oponía a que hubiera pérdidas de vidas humanas. Algo debió pasarle en los últimos meses. Todos creíamos que se había retirado del Plan y, cuando discutíamos, preocupados, acerca de cómo vigilarla por motivos de seguridad, se presentó ante nosotros apoyando el Plan con igual firmeza como antes lo había rechazado.

Parecía la misma pero en su voz se notaba una cierta amargura. A Jack, con el que mantenía cierta amistad especial, le confesó que le habían echado de su humilde vivienda porque tras la muerte de su marido apenas tenía dinero para poder pagarla y mantenerla. Anduvo de casa en casa de algunos familiares de su marido pero, con el tiempo, ella iba encontrando que le ponían mala cara. Hubo quien se atrevió a recriminarle que ellos no podían acarrear con su familia, que sus casas eran pequeñas… Una mañana agarró a sus pequeñas y se fue a vivir a una casa abandonada del extrarradio. La casa se encontraba completamente destartalada. Aquello a Chíeko no le importó y, como era muy laboriosa y activa, comenzó a limpiarla y a repararla. Así,  en pocos meses, la convirtió en la más limpia y agradable de vivir de todas las humildes viviendas de aquel barrio. Parecía que, a pesar del dolor, las penas comenzaban a ser superadas.

En los atardeceres, se solía arrodillar junto a sus hijas para dar gracias a Buda y admirar el saliente cono terrenal del Fujiyama. Sin embargo, las desgracias vinieron de nuevo. De pronto, aquella casa abandonada a la intemperie conoció un dueño. Al principio, no se había preocupado, en absoluto, por el hecho de que su casa la hubiera ocupado aquella mujer con sus dos pequeñas hijas pero cuando vio lo reconstruida y bonita que estaba decidió reclamarla ante los jueces. Sin previo aviso, éstos enviaron a la policía y desalojaron a la mujer y a las niñas. Sacaron los pocos enseres que tenían y las condujeron con todos ellos hasta la comisaría del pueblo.

A Chíeko y a sus hijas la tristeza les volvió a invadir y el juez como excepción permitió que fueran conducidas a un pequeño hotel hasta que se decidiese qué hacer con aquella pobre familia. Los jueces habían considerado que lo mejor sería que las niñas se separasen de su madre y fuesen entregadas a familias pudientes que deseaban adoptar un hijo. Un día, Chíeko no pudo aguantar más el ver a sus hijas tristes y llorando y, al atardecer, después de que una asistenta social le hubiera preguntado sobre la posible adopción de su hija menor, huyó con las dos pequeñas. Se refugió en un establo y al poco tiempo su hija menor enfermó de tuberculosis. Aunque le atendieron bien en el hospital local, no pudieron evitar que, al poco tiempo, muriese:

— La niña está muy enferma —le comunicaron enseguida los médicos que observaron y diagnosticaron a su hija.

— Pero… ¿Vivirá? —les interrogaba incesantemente la joven madre.

— No se  sabe, la ciencia hace todo lo que puede —le respondían los médicos.

Durante cinco días, Chíeko no se apartó de la cabecera de su hija. Los antibióticos y las vacunas, anteriormente tan efectivos para combatir la tuberculosis no hicieron ningún efecto. Le dijeron que se había producido una mutación del bacilo que le había vuelto inmune al tratamiento. Existía una vacuna pero tenía un precio excesivo y muy elevado. El hospital no podía suministrársela. Al final, e irremediablemente, la niña murió y ella, completamente destrozada y aun sin superar la amargura de aquel dolor, tuvo que emprender una nueva vida con la otra hija que le quedaba.

Encontró un trabajo de montaje en una empresa de componentes  electrónicos… Desgraciadamente, tenía que pasar más de once horas fuera de casa y apenas tenía tiempo para atender a su hija. Una mujer mayor que vivía con un hijo soltero, en la vecindad, se le ofreció a cuidarla. Al principio, las cosas iban bien pero, un día, el hijo de aquella mujer se presentó, de noche, borracho, pidiéndole que se acostase con él. Chíeko le rechazó y, aunque era una mujer fuerte,  no pudo resistírsele. Aquella noche, a pesar de sus gritos, nadie acudió en su ayuda. Aquella noche Chíeko fue violada salvajemente ante los ojos asustados y horrorizados de su propia hija.

A la mañana siguiente, Chíeko no fue a trabajar. Cogió a su hija y se dirigió a la comisaría de policía más próxima para denunciar el hecho. Cuando bajaba las escaleras se tropezó con la anciana mujer que cuidaba a la niña. Las miradas se cruzaron y la anciana desvió la suya avergonzada. Agachó la cabeza y se arrodilló agarrando a Chíeko por el vestido. Esta vez, se atrevió a alzar la mirada implorante:

— Mi hijo no es malo. ¡perdónale! Es la bebida y las malas amistades con que cuenta las que le vuelven así.

Chíeko estaba indignada y reaccionó, bruscamente, apartándola mientras dejaba a la anciana mujer tendida en la escalera exhalando algo parecido a unos pequeños sollozos. En la comisaría todo eran preguntas insidiosas acerca de sí ella no lo hubiera provocado. Un oficial se atrevió, incluso, a insinuarle que entendía que una joven viuda quisiera ganarse un nuevo marido en base a trucos seductores que las mujeres tan bien saben utilizar. También le insinuó que le parecía raro que no hubiese signos de violencia en la puerta de la casa y que, a su entender, una mujer que deja entrar de noche a un hombre en su casa, es bastante sospechosa…

Los recuerdos de Chíeko se cortaron cuando sonó de nuevo el teléfono en la habitación del hotel que ocupaba Jack Logan. Sin que diera respiro a ninguna pausa, la mente de Jack se concentró en recibir la llamada. Descolgó suavemente el teléfono y afirmó:

— Aquí Aguijón.

— Aquí Águila negra —contestaron al otro lado del hilo.

— Buda que renace ha funcionado— agregó Jack

— Lo sabemos, también nosotros. Adios —y añadió la voz con acento alemán— pronto lo podrás observar.

De nuevo, Logan encendió el televisor. El zapping le demostró que todos los canales de televisión habían interrumpido sus programas para anunciar sobre el atentado de Tokyo. Las imágenes que aparecían eran las mismas que estaban dando en el resto de los diferentes canales de televisión. Fundamentalmente eran imágenes y sonidos suministrados por las propias cadenas de televisión japonesas. El espectáculo era horrible y casi todo el corazón de Tokyo parecía preso por las llamas. Se hablaba de más de un millón de muertos. Aunque, resultaba curioso que en la mayoría de las cadenas siguiesen intercalándose anuncios a Jack no le extrañó:

— Son unos cerdos, hasta con la más horrible de las tragedias y con las muertes humanas son incapaces de dejar de hacer negocios —y repitió, carcajeándose— Negocios son negocios…

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