Recomendaciones para que el conocimiento sea útil y con el tiempo se convierta en sabiduría y así llegar a ser un sabio

El conocimiento puede convertirse en sabiduría pero la inmensa mayoría de las veces no ocurre así. Como diría Platón: “La peor forma de injusticia es la justicia simulada” que es precisamente lo que nos pasa hoy en día. Para evitarlo necesitamos tener una gran claridad de pensamiento. Necesitamos luz para discernir entre la justicia real y la justicia simulada que siempre apoya a los poderosos y que hace que la justicia no sea ciega, en absoluto, sino totalmente manipulada.

Necesitamos el concurso y la denuncia de los sabios. Para ello, se requiere que el conocimiento cumpla con una serie de condiciones que son muchas y variadas y que, al final, hacen que una persona se convierta en un sabio y nos ilumine el camino de la verdad que alumbra la constante e inacabable lucha por la justicia que tanto se repite en la historia de la humanidad.

Intentaré explicar qué condiciones tiene que cumplir una persona para ser considera sabia. Lo haré de manera sencilla, y, de todo modos, aunque me deje muchas ideas en el tintero, también trataré de abreviar y simplificar. Así que expondré sólo las seis condiciones para ser sabio que considero que son las más importantes:

En primer lugar, el sabio debe tener un conocimiento útil y contrastado para poder construir el futuro con los mínimos niveles de riesgo e incertidumbre en un sistema cada vez más complejo y lleno mentiras o de medias verdades, de estereotipos falsos, de intransigencia con el contrario y de intereses creados que nos confunden.

En segundo lugar, los conocimientos deberán cubrir un amplio abanico de saberes y, a su vez, éstos deberán tener un valor universal y generalista. En consecuencia, no podrá nunca ser sabio un especialista que llega a saber tanto, tanto de tan poco que, al final, no sabe nada.

En tercer lugar, el aspirante a sabio deberá demostrar ser una persona justa y no apegada a intereses materiales. Por lo tanto, no podrá serlo ningún rico, ningún vividor y ningún cínico, por muy listo que éste sea.

En cuarto lugar, el sabio deberá haber sido perseguido por sus ideas y pensamientos de libertad y sus principios y valores éticos. Especialmente, destacará por su lucha contra la avaricia, la corrupción, la desigualdad social, la injusticia y la lujuria. Todo aquel que no haya sufrido marginación y ostracismo por lo que piensa, significa que nunca se enfrentó, ni denunció a los poderosos. Por tanto, no podrá ser nunca sabio sino que seguirá siendo un interesado con mucha inteligencia. Un sabio deberá ser precavido pero nunca un cobarde.

En quinto lugar, en la mayoría de los casos, deberá contar con una edad avanzada y una experiencia dilatada y variada, pero también rica en fracasos. Todo lo que se quiera mover o eliminar para construir un mundo mejor tiene un dueño y esa persona es muy rica y poderosa, tanto que hará que la mayoría de las veces tus nobles esfuerzos por alcanzar una mayor justicia social se conviertan en un fracaso. De igual modo, no es lo mismo cincuenta años de experiencia que un año de experiencia, cincuenta años repetido. El que ha tenido muchos éxitos en su vida es porque nunca ha arriesgado y/o ha estado al servicio de los que detentan el poder. Más que hermanita de los pobres, ha preferido ser amiguita de los ricos. Será un listillo, acompañado con el éxito de moda, pero nunca un sabio.

Y finalmente, en sexto y último lugar, deberá ser una persona positiva, con mucha empatía, de muy buen corazón y trabajar siempre al servicio de la construcción de un mundo mejor (nada que ver con el personaje de la obra de Voltaire, Cándido, el clásico optimista histórico). Un sabio nunca estará entre los que impulsan políticas que hacen mucho ruido para dejar luego las cosas como siempre han estado de mal. Es decir, nunca colaborará con los rentistas del sistema, con los que persiguen un mundo, donde el rico sea cada vez más rico y el pobre sea cada vez más pobre o que las clases medias se empobrezcan más y más y las clases ricas se enriquezcan sin parar, día a día, a costa de los demás, mientras que los que deberían defender al pueblo, a los ciudadanos, a la gente, callan como bellacos. Un sabio nunca podrá callarse ante las graves injusticias de un mundo como el actual, donde nunca se había acumulado tanta riqueza y dinero y, además, en manos de tan pocas personas.

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