EL FUEGO PURIFICADOR—1 Capítulo

Resumen de la novela: EL FUEGO PURIFICADOR

La acción de la novela de Juanjo Gabiña, el Fuego Purificador, se inicia en el año 2004.  En la ficción, se trata de un año decisivo para la historia de la Humanidad. Tras una prolongada época de crisis global, la fatiga es evidente en algunos países. Un agotamiento progresivo del modelo socioeconómico y una pérdida de valores creciente que se acrecienta por la falta de autoridad, a nivel mundial.

Desde muchos lugares del mundo, se reclama un país que sea líder para efectuar los profundos cambios que se necesitan hacer para salir airosos de la crisis mundial. La tentación de establecer un Nuevo Orden que ponga fin al caos social y económico imperante, donde los bancos y entidades financieras sólo son los que salen beneficiados de la crisis, y el esto se empobrece.  La economía financiera se ha hecho dueña de las naciones que comprenden el mundo. Desde los estamentos políticos y militares norteamericanos se impulsa el restablecimiento  del liderazgo de Estados Unidos en el mundo para acabar con la progresiva pérdida de poder que sufre el País norteamericano en el contexto mundial.

El retorno del Principado dará paso a una nueva era. En Estados Unidos, se produce un golpe de Estado bajo las órdenes del General Thomas J. Greeley que establece  la Dictadura Constitucional. Al mismo tiempo, con la ayuda del Pentágono y la CIA se decide destruir las ciudades donde  se alojan las sedes bursátiles más importantes del mundo. En poco días, Tokyo, Zürich, Frankfurt, Paris, Londres…son destruidas al estallar en cada una de ellas una bomba atómica. La autoría de estos monstruosos atentados ha sido atribuida a una organización terrorista formada por un conglomerado multinacional que reúne a japoneses, suizos, alemanes, vascos, bretones, irlandeses y norteamericanos.

Al parecer, la llamada PAZ AMERICANA se encuentra a punto de establecer un nuevo orden que tiene grandes visos de imponerse en todo el mundo. Los defensores  del Orden Nuevo defienden un sistema político de corte fascista y parece que, para lograr sus objetivos de dominación a nivel mundial,  no parece que van a encontrar ningún obstáculo de importancia…pero Jack Logan, Barbara Podiaski, Seán MacNeills y Beñat Elixpuru, así como los agentes federales Michael Donovan y David Carrere, Director General del FBI, y el propio Presidente de los Estados Unidos, Arthur Thomsom, se ocuparán de hacer frente a los golpistas…

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ÍNDICE

Capitulo 1: Aparece cada uno en su sitio

Capitulo 2: Cuando se fuma se crea humo

Capitulo 3: Algunos caminos no tienen vuelta

Capitulo 4: Lobos convertidos en pastores de ovejas

Capitulo 5: Un gato persiguiendo a los ratones

Capitulo 6: Los pobres siempre perdiendo

Capitulo 7: De uno en uno se consiguen dos

Capitulo 8: Las razones del juego sucio

Capitulo 9: No siempre el cielo es azul

Capitulo 10: La caza y la huida van juntas

Capitulo 11: Sucedió ayer, los matarán al amanecer

Capitulo 12: Los cerdos también tienen alas

Capitulo 13: La locura proporciona su propia suerte

Capitulo 14: ¿Es posible una lechería con olor a vino?

Capitulo 15: El poder de la aceleración se va deprisa

Capitulo 16: A cambio de sangre

Capitulo 17: Nunca hay que perder para siempre

Capitulo 18: Las vacas también tienen cuernos

Capitulo 19: Preparado el infierno del horror

Capitulo 20: Adiós desde la Tierra de los vascos

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Capitulo 1

Aparece cada uno en su sitio

I

A las diez de la noche del 30 de abril del año 2004, siete camiones militares hicieron su entrada en la base Edwards que las Fuerzas Aéreas tenían en el Estado de California. Su objetivo no era otro que el de cargar unos extraños objetos y sacarlos fuera, con rumbo desconocido. Se trataba de un cargamento que comprendía siete bombas atómicas de las denominadas “tipo cañón”. Siete bombas casi idénticas a la que explotó en Hiroshima, en 1945. Se trataba de unas bombas viejas, clasificadas para desactivar y destruir y que tenían muy poca potencia, en comparación con las bombas de hidrógeno y los misiles con cabezas múltiples de que disponía el ejército americano. Las bombas eran del tipo más sencillo. El Pentágono había clasificado 538 bombas, de este tipo, y había decidido eliminar todo este arsenal. 

Los camiones y coches de escolta, conducidos por verdaderos soldados, entraron en la base. Iban bien documentados, por lo que nadie puso ninguna objeción a su paso. Como de costumbre. Como quien carga el motor de un avión para ser montado en una base alejada. Los soldados cargaron los camiones en el interior de aquellos silos, cuyo subsuelo albergaba uno de los tantos arsenales de armas nucleares que tenían las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos. Esta era una operación ya rutinaria, y que los americanos venían realizando, desde hacia dos meses. Todos los permisos y salvoconductos venían directamente firmados por el propio jefe militar del Pentágono, general Greeley. Aquel día, salieron los camiones y los coches de escolta, también de noche. Pero, esta vez, no se dirigieron a Nuevo México, como era habitual, ya que allí se encontraba el Centro de Desactivación. En su lugar, cinco camiones cargados con las bombas, tomaron el camino hacia la base aérea de Vandenberg, al norte de Santa Bárbara, junto a la costa del Pacífico. 

Los otros dos camiones, cargados también con bombas, se perdieron por la carretera que se interna en el desierto de Mojave. Serían siete bombas atómicas de las que nunca existieron. Gracias al desarrollo de la multimedia, el general Greeley pudo manipularlo todo y hacer desaparecer todo rastro. En aquella, todavía emergente, sociedad de la comunicación y de la información, un código secreto de acceso y las huellas digitales de un usuario tan relevante como el propio jefe del Pentágono, eran suficientes como para que cualquier registro de datos, incluso de los calificados Top Secret, referentes a actividades relacionadas con hombres, equipos, materiales u operaciones, pudiera ser anulado impunemente, siempre y cuando se contara con un gran equipo de buenos  informáticos, muy inteligentes y capaces pero, en igual medida, sin ética y sin escrúpulos. Greeley los tenía y les pagaba muy bien. Como ocurre con muchos que trabajan con dineros que no son suyos, al general poco le importaba que ese equipo de alto rendimiento, costase por silenciarlo y hacerle trabajar en asuntos sucios y criminales, más de tres millones de dólares al año al Erario Público y en, consecuencia, a los contribuyentes de los Estados Unidos.

Al día siguiente, y también por la noche, cinco aviones de las fuerzas aéreas de los Estados Unidos, despegaban de la base aérea de Vandenberg. Cada avión llevaba la bomba correspondiente en el interior de una caja de acero. En el exterior de ésta, se podía leer: Material antigases. Producto químico inflamable. También, los dibujos de varias calaveras, pretendían subrayar el signo de peligro que encerraban estos envases. En eso sí que no engañaban a nadie. Varias horas más tarde, en la base americana de Okinawa aterrizaba uno de los aviones. El resto lo hacían en la de Rota, situada en España. Desde esta última, tres días más tarde, cuatro camiones civiles, salieron con la carga nuclear, camuflada entre unas cajas que portaban fruta y verduras, y se dirigieron hacia cuatro diferentes países europeos: Suiza, Alemania, Francia y Gran Bretaña fueron las naciones agraciadas con las bombas. 

II

En una base secreta de Arabia Saudí, próxima a la localidad árabe de Al-Jauwf, un grupo de comandos de acción urbanos estaba cursando un periodo de formación y entrenamiento. Como curiosidad se podría añadir que todos los integrantes de aquel grupo de comandos, salvo su comandante en jefe, creían que se encontraban en una base iraní de entrenamiento de guerrilleros. En concreto, creían que estaban en una de las diferentes bases que Irán solía proporcionar, para entrenamiento y formación, a determinados grupos terroristas que le eran afines a sus intereses ideológicos y geoestratégicos. En aquella base, se habían juntado unas cuarenta personas, hombres y mujeres, para recibir la instrucción necesaria. Se trataba del grupo revolucionario internacional Juicio Final, de reciente formación. En aquel campamento, se escuchaban muchas lenguas diferentes:  inglés,  francés,  alemán y japonés, eran las más oídas. También lo era el árabe. Se oían además otras lenguas más extrañas y lejanas como el vasco y el gaélico irlandés. En particular, cuando se juntaban, después de cenar, y comenzaban a cantar. 

Nadie de aquel grupo había oído hablar nunca iraní. Si se les hubiese preguntado algo acerca de los idiomas de Oriente Medio, hubieran respondido todos que el iraní era un dialecto del árabe. Por lo tanto, a nadie se le pasó por la cabeza que aquellos hombres armados que vigilaban la base desde el exterior, no fueran iraníes sino árabes. Solían pasar mucho tiempo juntos, para conocerse mejor. Incluso, dormían juntos en dos grandes barracones. A pesar de los diferentes orígenes de cada integrante del grupo, tenían cosas importantes en común. Todos habían sufrido la pérdida de seres queridos debido a la injusticia del sistema. Aunque muchos, llegaban a sentir cierto nivel de odio y de rencor, entre ellos, se sentía que existía una gran camaradería. Si alguien los hubiese visto juntos y hubiera observado el ambiente de amistad y de cariño que allí se respiraba, jamás hubiera pensado que aquellas personas tan alegres, estuvieran decididas a destruir tanta vida humana, de una manera tan cruel y despiadada. No eran unos seres fanáticos. Ellos consideraban que no había otra salida y disculpaban y justificaban su propósito, tal como se hace con la ira del justo.

Durante más de un mes, estuvieron discutiendo juntos la elaboración, hasta el último detalle, del Plan del Apocalipsis. Un plan concebido para destruir las ciudades, donde se ubicaban las sedes de las bolsas más importantes del mundo: Tokyo, Frankfurt, Zürich, París, Londres, Nueva York y Chicago habían sido las ciudades elegidas para ser destruidas. Se trataba de darle un golpe mortal a la ola de capitalismo salvaje que reinaba en todo el mundo y que amenazaba con llenar a la Tierra de excluido y miserables, frente al creciente poder de los poderosos, cada vez más avariciosos e inhumanos. Se trataba de impedir que el neoliberalismo destruyese los niveles de civilización conseguidos y evitar que resurgiese el fascismo, sobre el planeta.

Nelson Garfield era el jefe natural de aquel grupo. Él los había llamado a todos y era quien había elaborado las líneas generales del Plan. Su nombre en clave era Ave Phoenix y así le gustaba que le llamasen todos, cuando estaban en grupo. Tendría unos sesenta y tantos años y había trabajado durante muchos como asesor en temas militares para el ejército y el gobierno americanos. También era un experto en armamento. Sobre todo, en armamento nuclear. Así lo estaba demostrando en la clase de formación que estaba impartiendo al resto del grupo y que éste seguía con mucho interés. 

Nelson había reunido aquella mañana a todos, para enseñarles el funcionamiento de la bomba atómica. Ante un dibujo esquemático, explicaba:

— En el extremo de un cilindro, se sitúa un fragmento de uranio, en concreto del isótopo U-235, de masa ligeramente inferior a la crítica y forma esférica, de la que os parecerá que se ha extraído una cuña cónica. Este hueco de dirección radial se encara al otro extremo del cilindro, donde se coloca otro fragmento de U-235 más pequeño y en forma de cono, con el vértice dirigido al trozo de uranio mayor y, con una forma que se corresponde, exactamente, con la cuña que le falta a la esfera. Ambas piezas juntas componen lo que llamaríamos la masa crítica —miró al grupo y preguntó— ¿Alguna duda?.

Nadie respondió y, Ave Phoenix pudo comprobar que casi todos estaban demasiado ocupados en tomar apuntes. Jack, de profesión ingeniero, sonreía viendo que su amigo Beñat, el joven vasco, le copiaba el dibujo a Seán, el irlandés,  y que éste, a su vez, se lo copiaba a Jean, el suizo. En aquella clase, las miradas de reojo eran muy frecuentes y, por lo visto, un componente más de la didáctica. Chíeko, se ponía las gafas y se las quitaba, para observar mejor el dibujo de la pizarra y poder copiarlo, en sus papeles, con todo detalle. Además, como sus otros compañeros japoneses, tenía la habilidad de copiar, todo lo que oía y leía en inglés, en perfecto japonés. Hans, el alemán, se divertía viéndoles con qué destreza escribían, utilizando los signos jeroglíficos del kanji. Tras una pausa, Nelson continuó:

— Detrás de la pieza pequeña de U-235, la que veis arriba, es necesario colocar una carga de explosivo de elevada potencia. Cuando se hace explosionar esta carga, el cono es lanzado sobre la esfera y la fuerza del impacto suelda, sólidamente, ambas piezas. Si esto ocurre, inmediatamente, tiene ocasión la explosión atómica, comenzando la reacción en cadena —Nelson volvió a preguntar— ¿Alguna duda? —Nadie respondió.

Hasta entonces, todo parecía fácil. A continuación, Nelson, les mostró un esquema más real de la bomba atómica que tendría que manipular cada grupo. En dicho esquema, se observaba el cono y las aletas estabilizadoras de la cola que cada grupo debería cortar y separar, pues de nada les valdría y les sería inservible, del todo, para su utilización posterior. La bomba que utilizarían sería la más pequeña posible. Aquellas eran unas bombas, demasiado grandes para transportarlas en una furgoneta normal de reparto. Estaban diseñadas para explotar en el aire y contaban con gran cantidad de dispositivos de seguridad que hacían imposible que un hecho accidental pudiese iniciar la escisión y dispararse la bomba. Para ello servían la entrada y los deflectores de aire, los sensores de presión y el detonador de presión de aire. En su lugar, un dispositivo especial se deberá conectar, con mucho cuidado, a la empaquetadura y a la cabeza detonadora que comunican con la carga explosiva convencional. Proseguía Nelson: 

— Las espoletas, las baterías, el recipiente de plomo, el reflector de neutrones y las dos cargas de U-235 que aparecen en el plano, no sufrirán modificaciones. Lo único que habrá que instalar nuevo, será este dispositivo electrónico que, como veis, es semejante a los controles numéricos que se instalan en las máquinas herramientas. La bomba, en ningún caso, podréis accionarla, por control remoto. Deberá ser programada en el lugar mismo, donde vaya a explosionarse. Una vez accionada la bomba y, puesta en marcha la cuenta atrás, os advierto que será imposible detenerla. Si alguien lo intenta, estallará, inmediatamente. Si las cosas van bien, y salen como esperamos todos, solamente contaréis, con un tiempo máximo de media hora, para escapar. De cualquier modo, estos pequeños sensores electrónicos que os enseño, y os daré más adelante a cada uno, servirán para que, cualquiera que sea vuestra posición, estéis informados de que la bomba ha sido activada y del tiempo del que disponéis para escapar, antes de que estalle. El que pueda hacerlo en coche o en tren, tendrá tiempo de sobra pero, el que tenga que huir a pie, como os ocurrirá a más de uno de vosotros, tendrá que recorrer corriendo, más de siete kilómetros, que es la distancia de seguridad. Por eso, ahí va una buena recomendación: ¡Entrenaros corriendo dos horas todos los días y dejar de fumar, o fumar menos! —Todos rieron, al oír esta última sugerencia y concentraron sus miradas en Jack Logan, que fumaba como un carretero. Aquella vez, estaba también fumando un cigarrillo. Sin preocuparle, lo que acababa de escuchar, a pesar de que él sería uno de los que les tocaría también correr, aspiró otra calada y hecho el humo lentamente hacia arriba. De pronto, el compañero que tenía delante se levantó, le cogió el cigarrillo que sujetaba con su mano derecha y se lo quitó. Logan hizo intención de querer arrebatárselo pero el otro fue más rápido y se lo apagó con el pie. Lo hizo tosiendo, como para intentar demostrar que el cigarro que fumaba Jack le perjudicaba, en su calidad de fumador pasivo. Hubo risas y todos alabaron la salida de Beñat. Este joven era también conocido como Cuatro cabezas, una traducción de la palabra vasca “lauburu” y que, a su vez, recogía la figura de un símbolo muy querido por los vascos que representaba al sol. Beñat llevaba siempre, colgando en su pecho, una cadena de plata con el símbolo vasco del “lauburu”. A su vez, era todo un experto en el tema de programación de máquinas herramientas. A él le tocaría explicarlo al resto de sus compañeros.

III

En una habitación de un pequeño hotel de Vancouver, junto a Capilano Canyon, un hombre gordo de pequeña estatura, de unos sesenta años, que se había inscrito como Harrison Spencer, descolgaba el teléfono que estaba sonando. Jane, una prostituta de lujo de la llamada “Beautiful British Columbia”, se apresuró a saltar de la cama y aprovechó este momento para meterse en el baño. Mientras cerraba la puerta y se sentaba en la taza, no pudo menos que comentar para sí:

— ¡ Será cerdo, el tío ese!. En mi vida, me habían pedido que les hiciera lo que esa bola de grasa ha hecho. Y además, ¡Parece que no se cansa, nunca!… Si no fuera, por lo mucho que me paga, le iba yo a aguantar a ese —tiró de la cisterna, preparó la mejor de sus sonrisas, y abrió, suavemente, la puerta. Fuera, la voz ronca de aquel hombre atronaba toda la habitación.

— ¡Qué no!, ¡So imbécil!. Os dijimos seis bombas, y no siete. No sabíais que lo de Chicago se desestimó porque era muy peligroso…

Un silencio se escuchó entonces y Jane aprovechó para sacar la cabeza y sonreír al hombre. Harrison Spencer, que no era otro que el mismísimo Ronald Blackjack, el jefe de la CIA, le hizo señas a la prostituta para que entrase en la habitación, de nuevo, y se metiese con él en la cama y, así, poder seguir manoseándola con los gruesos dedos de su pequeña mano. En un momento, Blackjack debió escuchar algo que le desagradaba, se levantó de la cama, dejando sus desnudeces de cerdito, al descubierto.

— Esconder la bomba donde queráis. Ya es imposible volver a dejarla donde estaba, ni llevarla a Nuevo Méjico. Por ahora, dejarla donde la tenéis y dentro, de unos días, cuando llegue de Arabia Saudí, consultar, entonces, con Nelson…. Sí, con Nelson Garfield…Con quién querías que fuese…Eres un perfecto idiota —exclamó chillando— Sí, consultarle dentro de una semana. ….él estará aquí y lo localizaríais en el teléfono móvil. …él os lo dirá. Hasta pronto. Y colgando el teléfono, se fue al baño. Desde la habitación, el ruido de la orina al caer parecía que no iba a dejar de oírse nunca. Cuando salió, cogió dos vasos de whisky y llenándolos con hielo, se tumbó en la cama. Jane alcanzó el vaso que le ofrecía. El jefe de la CIA, le rodeó con su cuerpo, poniéndose sentado después encima de ella, usando una postura ridícula.

— Y ahora sé buena y déjame que te chupe los pezones, como si tú fueras mi mamá y yo fuera tu nene pequeñín. Si te portas como antes y hacemos, luego, el incesto, te daré otra raya de coca —Ronald Blackjack le miró a la joven prostituta que se prestaba a hacer, diligentemente, su trabajo. Ya en sus brazos, Blackjack comenzó a reírse, por dentro. Aquella vez, le iba a salir todo gratis. Con todo lo que aquella joven le había oído hablar por teléfono, había razones más que suficientes para matarla. Sin embargo, mientras estuviese con él, no había prisa por liquidarla. Su escolta estaba en la habitación de al lado y se encargarían, a la mañana siguiente, de hacerlo limpiamente y, sin dejar, ninguna huella. ¿Quién se iba preocupar porque una prostituta aparece muerta?. Jane le miró a los ojos y vió que éstos tenían un brillo especial. Tal como, para ella, eran los hombres, pensó que sería producto de la lascivia. Aquella noche, como buena profesional que era, trabajó, de lo lindo. Quizás fuese la noche que más le costó ganarse su jornal ya que tuvo que tragarse, muchas veces, el asco y la repugnancia que le producían aquel hombre. Desgraciadamente, fue una tarea ingrata, de la cual nunca tendría la oportunidad de cobrar. Tres días más tarde, su cadáver apareció tirado en una cuneta de la carretera que une Seattle con Vancouver. Fue encontrado por unos excursionistas, a dos millas de Bellingham, una población, del Estado de Washington, cercana a la frontera con Canadá. Los hombres de Blackjack se habían encargado del trabajo y lo habían hecho muy bien. Fue un caso sin importancia para la policía. Causas de la muerte: atropello fortuito de una prostituta, que “hacía la carretera”, por un vehículo que, posteriormente y tras atropellarla, se había dado a la fuga. Fue un caso que se archivó enseguida. Nadie reclamó aquella muerte y la policía sabía que, en esos casos, las probabilidades de dar con el homicida eran, prácticamente, nulas. Ronald Blackjack, sentado en una mesa del Seafood Bar que tiene el Pier 59 de Seattle, sonrió, con un trozo de langosta en la boca, cuando uno de los agentes de la CIA que operaba en Seattle, le dio la noticia. Con la boca llena, se llevó el vaso de vino blanco a los labios. Apurándolo de un trago y tragando después el bolo de langosta empapada, pegó un eructo que se oyó en casi toda la sala del comedor. Los guardaespaldas del jefe de la CIA que conocían al informante, se levantaron entonces, como presintiendo que algo había salido mal:

— ¡Fue una lástima!. Estaba muy buena la tía esa…—comentó para sí, Blackjack y, a continuación, se limpió uno de sus incisivos con la uña del dedo meñique. Saludó, dándole las gracias con la cabeza, al agente que se alejaba y siguió comiendo aquella sabrosa langosta, con mayor placer que antes. Hizo una seña a sus guardaespaldas para indicarles que no pasaba nada, y éstos, volvieron a sentarse en la mesa de al lado, para seguir comiendo, con cierto asco, la ración de un pescado llamado halibut —también conocido como fletán—que habían pedido. Era bien evidente que, para aquellos hombres, lo mejor para comer era la carne y, entre las diferentes clases de carne, la hamburguesa, ¡Por supuesto!

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