1489: EL MAPA VASCO DEL NUEVO MUNDO—19 Capítulo Epílogo final

Capitulo 19º

Epílogo final

I

Por fin, el  lunes, 12 de agosto de 1489, la reina Isabel I de Castilla mantuvo una reunión con el navegante, Cristóbal Colón, que fue del todo decisiva. El encuentro se produjo en el antiguo palacio episcopal del obispo Luis Osorio de la dinámica ciudad de Jaén que ya tenía una población de unos 15.000 habitantes. A esta reunión asistió también el cartógrafo y armador vasco, Juan Vizcaíno de la Lakotsa que, nombrado expresamente por la reina castellana, sería el responsable de controlar e informar de las decisiones que tomara Cristóbal Colón.

En cambio, excusó su ausencia Hernando de Talavera, examinador de los proyectos de Cristóbal Colón, que había sido denunciado ante la Inquisición por ser de una familia judeoconversa. En dicha reunión, la monarca castellana, que ya se había hecho con el mapa del Nuevo Mundo y había comprobado que el descubrimiento sería una realidad, accedió a sufragar el viaje de Colón, una vez que la guerra para la conquista del reino de Granada hubiera concluido. 

Los trabajos cartográficos realizados por Ochoa de Andraka y Naomi de Besalú habían sido la prueba palpable de la existencia de un nuevo continente. Otra prueba palpable fue la exhibición de plantas y productos agrícolas del Nuevo continente, desconocidos hasta entonces en Europa, como las plantas de tomate, los chile-pimientos, los aguacates, las limas, los frijoles, el maíz y la calabaza, entre otros. La reina estaba entusiasmada, especialmente, cuando vio los trabajos hechos en oro y plata.

Finalmente, fue la presencia de dos mujeres aborígenes del nuevo continente la que causó el mayor impacto. Fue la guinda para la reunión secreta que Ochoa de Andraka,  junto con Hernando de Talavera y Juan Vizcaíno de la Lakotsa, mantuvieron con la reina de Castilla, Isabel I, en el Alcázar de Córdoba, a finales del mes de Julio del 1489. 

Al terminar la reunión que daba el visto bueno y abría la puerta a la expedición de Colón a las Indias, todos se levantaron cuando la reina lo hizo. La monarca castellana se despidió muy satisfecha, alabando el trabajo realizado por los expedicionarios de la nao “Ciburu” y, a continuación hizo amago de irse pero, de repente, se dio la vuelta y le llamó aparte a Ochoa de Andraka para que éste se le acercara. Antes de que él hubiera dado dos pasos, le hizo un seña para que la siguiera porque quería hablar con él tras hacerle sentar en otra sala contigua.

Allí quedaron los dos sentados entorno a una mesa redonda desnuda, un balcón sin flores y el ruido del chorro de una fuente de agua que procedía del patio. Estaban mirándose frente a frente y una insana sensación de extrañeza recorría la mente del vasco. La reina fue muy directa. Le preguntó a Ochoa por su esposa Naomi de la que ya sabía por sus fuentes de información que era judía y catalana. Ochoa ni afirmó, ni desmintió nada. Solo dijo que aquello era un tema que pertenecía a la esfera de lo privado. La reina le confesó:

— Si alguna vez lo fue, pronto dejará de serlo. Las presiones religiosas y políticas que nuestros reinos reciben para imponer una sola religión son cada vez más fuertes. Tanto mi esposo, Fernando II de Aragón, como yo, hemos intentado aplicar durante años una política de convivencia pacífica entre judíos, moros y cristianos pero hemos fracasado y los nuevos tiempos exigen que el Estado Moderno aplique el principio de inflexible eliminación de todos aquellos que sean disidentes, bien sean éstos religiosos o políticos. 

— ¡Con todo el respeto Majestad!, ¿No pretenderá justificar ahora a Poncio Pilatos porque mandó crucificar a Jesús por ser un disidente, ni disculpar a los emperadores romanos porque enviaban a los que eran cristianos al circo para que fueran quemados en hogueras o para que se los comieran las fieras? 

La reina aguantó la réplica sin responder a la incisiva y molesta pregunta que Ochoa le formulaba porque ponía el dedo en la llaga de la hipocresía. En temas de Estado, la reina castellana vivía un mundo de hombres, donde el monarca debía estar acostumbrado a no aceptar críticas, aunque éstas fueran justas, porque ello supondría mostrar debilidad. Por ello siguió con su cínica perorata:

— Siendo sinceros hemos de reconocer que todos los reinos siempre han necesitado tener un chivo expiatorio para tener alguien a quien echarle la culpa de sus propios fracasos. El nuevo reino que emerge de la Edad Media necesita ese chivo expiatorio más que nunca y ese chivo son los judíos. Le guste o no, Ochoa de Andraka, todas las minorías han llegado a ser un estorbo para mantener la paz y la concordia social. Una lacra que hay que combatir si se quiere reinar sin sobresaltos. Le adelanto que, en nuestro caso, no habrá más remedio que expulsar pronto de los reinos de Castilla y de Aragón, incluida parte de Baskonia, a todos los judíos que no quieran convertirse al catolicismo —concluyó su exposición la reina que sabía que se enfrentaba a un vasco que además de culto, era de talante universal y amante de las libertades.

La reina castellana se quedó callada por un momento, esperando quizá ver un cierto temor en los ojos de Ochoa. Pero no vio nada de eso. Tampoco sintió que ello le forzara al vasco a reconocer que la mejor salida para evitar la eminente expulsión de su familia debería ser la conversión al cristianismo de su esposa y aceptar el nuevo orden de tolerancia cero con la disidencia. Sin embargo, tampoco se amilanó:

— Tengo que confesarle algo Majestad. Mi esposa es catalana primero y, por religión, es judía. Yo también soy vasco por los cuatro costados, pero también, en la esfera de lo privado y respetando al que tiene una fe diferente o no la tiene, soy judío de religión, y espero que lo sean también nuestros hijos, siempre que el judaísmo sea tolerante y contribuya a hacernos a todos más solidarios, los unos con los otros y, a su vez, a apoyar el hombro en la construcción de un mundo mejor y de progreso. 

— ¿Quiere decir que usted tampoco es católico? —interrogó la reina castellana con cara de cierta indignación.

— No soy católico por muchas razones pero, sobre todo, porque su mensaje cristiano no tiene nada que ver con el mensaje de paz, amor, justicia social y tolerancia de Jesús, y le recuerdo que él fue siempre judío y murió por ser judío. Haga usted lo que quiera, Majestad, que su condición no es de origen divino como le dicen los del negocio de la fe, sino que su origen es bien humano y está en la condición humana que si uno no vive como piensa, termina pensando como vive. Lo que ustedes viven y pretenden hacer vivir a los demás, no tiene que ver nada con el amor, caridad, respeto y tolerancia que predicaba Jesús. ¡Que cada cual aguante el palo de su vela! —concluyó Ochoa dándole a la frase final un toque con sabor marinero, mientas la reina se levantaba y, sin despedirse siquiera, se alejó de aquella sala con cara de controlada indignación. 

Ochoa tampoco se levantó de su silla y se encogió de hombros. Nunca estaría de acuerdo con gobernantes déspotas y tiranos donde el fin justificaba los medios y no tenían ningún respeto a las minorías. Como Aristóteles, Ochoa también creía en la democracia, la ética y las libertades. El sabia que para la reina expulsar a los judíos de Castilla y Aragón era un gran negocio. A los judíos, los reyes siempre los habían considerado como un patrimonio suyo a los que cobraban grandes impuestos y acudían a ellos para que les prestaran dinero al objeto de financiar sus guerras para satisfacer sus ansías de conquista de otros territorios. 

En sus cálculos entraba que la mayor parte de los dos millones de maravedíes que solicitaba Cristóbal Colón para su viaje a las Indias, la reina pensaba pagarlos mediante un crédito que solicitaría a los judíos y que había fríamente calculado Castilla nunca lo pagaría. Es más, también gracias al decreto de expulsión de los judíos que pronto firmarían, ella y su marido, se quedaría con todos los bienes y riquezas de los judíos y sería una reina muy rica. 

En el horizonte del futuro a medio plazo del reino de Castilla, la reina veía muy posible autofinanciar su próxima campaña para llevar a cabo la conquista de Navarra y, soñaba con, si tras su muerte y la de su esposo, Fernando II, el reino de Aragón se resistía a la voluntad del reino de Castilla, también caería después bajo la bota desusada descendientes castellanos. 

Pensando en los próximos años, Isabel I era consciente de que muy pronto tendría dinero para ello y para más y así, pensando en la riqueza de los judíos con la que ella se quedaría y en el oro y la plata que traería para Castilla del Nuevo Mundo, se introdujo en sus aposentos del Alcázar de Córdoba esgrimiendo una gran sonrisa y se tumbó perezosa sobre la cama. El mundo era de los ambiciosos y osados como ella.

II

A mediados de Agosto de 1489, Ochoa y Naomi, celebraban la inauguración de su nueva casa, en el barrio extramuros del Santo Espíritu de Baiona. La casa comprendía unas ocho hectáreas de terreno que el matrimonio quiso destinar a la producción de frijoles y pimientos y dedicarse, también a la comercialización de productos alimenticios originarios del Nuevo Mundo. Hasta el momento, las semillas de maíz, de frijol, de pimientos y de calabaza se estaban adaptando muy bien y algo se había empezado a producir. Habían creado una especie de cooperativa junto con Johan y Kattalin y había otras personas más que también querían juntar esfuerzos y trabajar de manera colaborativa.

Muy pronto, Naomi cumpliría los seis meses de embarazo y su madre estaba siempre pendiente de que su hija no hiciera un esfuerzo innecesario y que luego le ocasionara un aborto. Por ello, Rebeca había dado órdenes estrictas, mientras su hija y su yerno habían estado viviendo en la casa de los padres, para que nadie la dejara llevar ningún peso, ni hiciera tareas que pudieran fatigarla, ni comiera sustancias abortivas. Rebeca recordaba que a la edad de su hija había perdido el niño que llevaba dentro por cargar una bolsa de garbanzos que pesaba demasiado para su estado. Aquella fue una lección que no olvidaría nunca y, por eso, velaba para que a su hija no le llegara a pasar lo mismo.

A la fiesta acudieron también los primos Johan y Kattalin y sus tres hijos. En un momento de la conservación salió una pregunta que siempre resulta clave entre los judíos. ¿Cuál es el nombre que le iban a poner al niño de Ochoa y Naomi que iba a nacer dentro de tres meses? Ochoa le miró a su esposa para que respondiera y Naomi intentó responder en forma de evasiva, pues apenas había hablado con su esposo sobre ello, pero se le ocurrió preguntar algo que hacía tiempo que rondaba por su cabeza:

— ¿Cómo es que siendo todos vosotros judíos solamente Johan lleva un nombre hebreo?  

 En realidad, aquella pregunta intentaba tapar un problema mayor. Según la tradición judía sefardí, al menos en Catalunya, cuando nace un hijo varón se le pone el nombre del abuelo paterno. En el caso de ellos, el padre de Ochoa se llamaba Cherrán y ni el nombre era judío, ni tampoco su padre. Así que esa cuestión era un tema muy delicado para tratar porque, además de que ese nombre no le gustaba nada para ponérselo a su hijo, tampoco estaba de acuerdo en que el nieto, que no tenía ninguna culpa de nada, tuviera que llevar forzosamente el nombre de su abuelo. Algo de ello debió intuir Kattalin cuando le respondió intentando quitar importancia al asunto, si bien sabía que el padre de Naomi, Jacob, era muy ortodoxo con la religión y que se podía molestar por lo que allí se hablara.

— En Baskonia, es costumbre que los niños judíos que nacen también lleven el nombre de sus abuelos pero mi madre que se llamaba Séfora, por culpa de una de sus abuelas se llamara así y, además, era un nombre que odiaba, se prometió que a ninguno de sus hijos le ocurriría lo mismo. Para ella, y así me lo inculcó, el nombre de los hijos lo deben elegir los padres que son que los tienen, los educan y los mantienen. Así que cuando nació ella, a su hermana mayor —la madre de Ochoa— ya se había adjudicado el nombre de Ester que era bien bonito, pero a ella, a mi madre, le tocó el nombre de Séfora que siempre le pareció horrible y se hacía llamar Sara. Así que cuando yo nací, mi madre no tuvo ninguna duda que a mí no me pasaría lo mismo y me puso el nombre Kattalin, en vez de llamarme Abigail como se llamaba mi abuela, ya que le parecía horrible para una mujer  —concluyó Kattalin su intervención sin querer mirar hacia donde estaban el rabino y padre de Jacob, sabiendo que éstos estarían molestos por su discurso.

— ¿Y por eso se llaman tus hijos con nombres que no bíblicos? —preguntó el rabino sonriente y divertido por lo animada que se estaba poniendo la velada.

— Ese es otro tema. Los nombres hebreos de nuestros hijos los elegimos mi esposo y yo y realmente se llaman Yoel, Miriam y Oziel. Solamente que llevan otro sobrenombre más adaptado a la idiosincrasia y cultura del país y nosotros somos vascos por pertenecer a esta nación y judíos por nuestra religión. Desde hace tiempo sabemos que vienen tiempos difíciles para nosotros y que cada vez hay más cripto-judíos que tienen que vivir su fe en la clandestinidad para no tener que sufrir robos, linchamientos, violaciones e incluso asesinatos. Urtzi, Maddi y Beñat son nombres que no abundan pero que nos gustan para ellos y queremos evitar que, en el futuro, si las cosas se tuercen como parece que va ocurrir por el antisemitismo creciente, sus nombres los delaten.

Fue una sorpresa comprobar que Jacob de Besalú ya no era tan rígido como antes. El contacto con los judíos sefardíes que huían de Castilla y buscaban asilo en Baiona le había hecho conocer el momento tan cruel y peligroso que a los judíos les estaba tocando vivir. Cuando está en juego la vida, las reglas de juego cambian y el hecho de llevar nombres no hebreos podía ser una salvación.

A finales del siglo XV, la comunidad judía ya no era rica e influyente como antaño. En realidad, los judíos sefardíes no formaban un grupo social homogéneo. Había entre ellos clases como en la sociedad cristiana, una pequeña minoría de hombres muy ricos y muy bien situados, junto a una masa de gente menuda que desempeñaba los oficios de agricultores, artesanos, tenderos.​  

III

La mujer Timukúa se había casado con el cocinero, se había convertido al cristianismo y se había cambiado el nombre por otro nombre de pila, Uxue, y se puso el apellido, Uharte, debido a que su nombre en lengua timukúa significaba “Isla”. La mujer Tlaxcalteca seguía siendo la más salerosa, alegre y positiva de todas las nativas del Nuevo Mundo que llegaron a Baskonia. Ella también se había casado con el joven marinero de Bidart. El mismo con el que supuestamente hacía guardias de vigía por las noches en el barco. 

La joven pareja empezó a vivir en casa de los padres del muchacho desde que desembarcaron de la nao “Ciburu” pero un día vino el cura del pueblo y algo fuerte les debió decir a los padres del joven porque la madre salió llorando, el padre estuvo tres noches durmiendo en casa de su hermano, enfadado con el cura y la mujer y en una semana le bautizaron a la novia, le pusieron el nombre de Andere Bidart, se casaron y ahora están esperando familia para dentro de cinco meses y medio. Desde hace mes y medio, el joven se encuentra navegando en un ballenero camino de Terranova, como ahora le llaman todos a Vinlandia.

La mujer Caribe durante un tiempo fue novia de uno de los marineros que habían sido soldados mercenarios en varios ejércitos europeos y que había sido miembro de la tripulación de la nao “Ciburu” pero no llegó a casarse, ni a convertirse al catolicismo. Lo que si había hecho es cambiarse el nombre. 

Decidió llamarse “Itsaso” porque significaba “mar” y el mar había sido todo en su vida y apellidarse “Ohiango” porque nació en una hermosa selva tropical de la tribu Caribe. Pero con respecto a lo que haría con su vida, algo en su interior le decía que no debía precipitarse y que aún tenía mucho que aprender. Por ello, porque buscaba una respuesta, acudió a la posada del padre de Naomi donde todavía vivía el matrimonio Andraka-Besalú y se sinceró con su amiga catalana.

— Le he dado vueltas a lo que quiero ser y me he dado cuenta de que el mejor ejemplo de lo que ahora más ambiciono es el de ser como usted, Naomi. No es que desee dibujar, hacer cálculos geográficos, elaborar mapas y otras cosas que hace usted sino que lo que deseo es ser una mujer instruida como usted, dueña de si misma y casarme y crear una familia y criar buenos hijos con un hombre noble, instruido y que me ame tanto, como lo ha logrado usted —Naomi se quedó en silencio porque no tenía nada que decir a sus alabanzas y le hizo señas a su amiga encarnada en Itsaso de Ohiango, para que prosiguiera, para que así la muchacha echara todo las ilusiones y esperanzas que guardaba escondidas en su alma y las compartiera con ella.

— Tampoco deseo ser cristiana. No me gusta que una religión que te considere, te persiga y te eche en cara que eres una impía y una pecadora si no eres de su secta. Durante toda la vida,  ya he conocido la intolerancia entre los de mi tribu Caribe y no quiero saber nada de ello. En cambio, me gustó mucho la historia que nos contó usted en el barco acerca de su profeta Moisés y de cómo liberó a su pueblo de la esclavitud. Si no es mucho pedir, me gustaría que usted me enseñara más sobre su religión. Tengo mucho que aprender Naomi, y acudo a usted porque es la única amiga que podría ayudarme. Somos de la misma edad, Naomi, y ya ve usted la diferencia que hay entre las dos, yo todavía no sé nada y soy muy consciente de que necesito saber para situarme en la vida y poder ser dueña de mi propio destino. Por eso le pido que me aconseje sobre lo que debo hacer —concluyó la mujer Caribe.

Naomi sintió que asumía una gran responsabilidad si le contestaba a esa pregunta pero no se echó atrás en ningún momento. Ella era amiga de sus amigas y siempre lo sería. Le contestó despacio para que entendiera bien todas sus palabras y lo hizo con el convencimiento de que le estaba diciendo lo mismo que ella pensaría si estuviera en su misma situación. 

Le recomendó a Itsaso que trabajara, aprendiera a leer y escribir bien y se pusiera a estudiar lo que ella considerara asistiendo a clases de un licenciado, de los que solían impartir lecciones en Baiona. También le dijo que había que ir poco a poco y que ello le tomaría un tiempo de unos cuatro años. Durante ese tiempo tendría tiempo para aprender, conocer y madurar sobre lo que ella quería ser. 

Por de pronto, Naomi se ofreció a hablar con sus padres para que ella trabajara mientras tanto en la posada y tuviera un salario y un lugar donde dormir pero también le propuso que podía trabajar con ella y su marido en la producción y administración de la granja agrícola, a partir del mes de enero del año siguiente. 

Le contó que dos compañeras suyas ya estaban trabajando para dejar todo listo, de modo que se pudiera comenzar el trabajo fuerte el año que viene. Todas ellas, al igual que Itsaso, serían socias y tendrían participación en los beneficios de la empresa agrícola y comercial de productos ultramarinos.

— En cuanto a lo de la religión judía, si quiere usted conocer más acerca del judaísmo no creo que yo sea la persona indicada para enseñarle nada pues no soy muy religiosa, como tampoco lo es mi esposo, pero si puedo hablar con el rabino para le haga una visita y queden ustedes para hablar —contestó sonriente Naomi y recogiendo otra sonrisa mayor de la que hasta hace poco era conocida como mujer Caribe y despuntaba ya como Itsaso de Ohiango. Ambas sabían que llegarían a ser grandes amigas.

IV

Todos los asistentes a la fiesta de inauguración de la casa de los Andraka-Besalú ya se habían ido y en ella quedaron, además del matrimonio, algunos sirvientes que trabajaban en la granja y que estaban ayudando a recoger y limpiarlo todo. Cuando éstos terminaron y se fueron a la casa de al lado donde los empleados de la granja vivían, en la casa principal solo quedaron Naomi y Ochoa. 

Era el tiempo de ellos. Era el tiempo de disfrutar de la soledad compartida y también el tiempo de comunicarse entre la pareja. Lo hacían sin que nadie más existiera cerca y les distrajera y con la sensación de bienestar que desprendía el poder hacerlo en su propia casa y sin que persona alguna les importunara.

Naomi estaba feliz porque ya tenían su propio hogar y porque tenía a su marido consigo en aquel mes de agosto. El mes de julio pasado y parte del mes de agosto, Ochoa había tenido que viajar a Bilbao y luego hasta Córdoba, junto con Juan Vizcaíno de Lakotsa, para reunirse con la reina Isabel I de Castilla y había estado casi un mes fuera de casa. Aunque el trabajo realizado por la pareja vasco-catalana había sido calificado de excelente por la propia reina castellana, Naomi observaba que su esposo había regresado algo distinto de aquel viaje que hizo para reunirse con la reina de Castilla. 

Esta vez, lo encontró más serio a su esposo y quería saber porqué, pues le veía un tanto triste e intranquilo por algo. Ochoa le abrió su corazón para desahogarse y le confesó sentirse muy preocupado por el antisemitismo visceral emergente que iba permeando foros de la libertad y la democracia gentilicia como habían sido las Juntas Generales de Gernika para caer en la intolerancia, los prejuicios, la iniquidad y la tiranía. 

Mientras le oía hablar a su esposo, Naomi intuitivamente captó que él, incluso, estaba perdiendo ilusión por su propio trabajo de cartógrafo. Tenía varias propuestas interesantes pero no quería hablar de ellas.

De repente, tras la conversación con la reina Isabel de Castilla I y el hecho de haber podido contemplar con sus propios ojos que la reina la piedad y la tolerancia habían muerto y sentir toda su frialdad a la hora de admitir que solo le movían las razones de Estado, a Ochoa se le había movido el piso del suelo. 

Pero el vasco ya no estaba solo como antes. Tenía su linda esposa de quien estaba profundamente enamorado y esperaba un hijo, al que soñaba con ofrecerle un mundo mejor que el que él había conocido al nacer. El hecho de ser judío le impedía vivir en su amada Bizkaia y tenía que andar ocultando como un cobarde su judaísmo para no ser víctima del odio y la sinrazón que las autoridades de Bizkaia habían permitido. 

Se sintió que, en cierto sentido, lo habían convertido en apátrida y bendecía y se sentía orgulloso de la Baskonia norte por apoyar y acoger a los vascos de religión judía y defender las libertades. Lo que presumía que no serían capaces de hacer el resto de los territorios vascos que sucumbirían a la presión o invasión castellana.

Ochoa de Andraka supo identificar con claridad que Europa se encontraba al final de una era. Quizás, mejor que cualquier otro de su época, porque era un continente que ya conocía y era muy consciente de lo que supondría el descubrimiento cercano del Nuevo Mundo y del potencial que ello representaría para Europa, especialmente, a nivel alimentario.

Era evidente que muy pronto se produciría el surgimiento de una economía-mundo tras el descubrimiento de esa nueva frontera que representaría aquel nuevo continente para los europeos. Sin embargo, tenía mucho miedo de cómo llegaría a desarrollarse la colonización del Nuevo Mundo. En Europa, era cierto que gracias al desarrollo del comercio, se había producido la aparición de una nueva y pujante clase social compuesta por los comerciantes que parecían mejor que la decadente nobleza pero nunca se sabía. Los pecados como la avaricia, la lujuria, la soberbia y la gula convertísn a los seres humanos en verdaderos demonios.

Además, con el desarrollo del comercio también se había desarrollado la corrupción. En todos los reinos de Europa, la corrupción se había convertido una lacra social que, de manera generalizada, se había extendido entre los nobles, burgueses, comerciantes y demás mandatarios políticos y las autoridades eclesiásticas de finales de la Edad Media.

Por si fuera poco, en aquellos tiempos de finales del siglo XV, la incompetencia y la mediocridad que caracterizaban a los monarcas y los príncipes de aquella época producía unos efectos tan nefastos y desastrosos en el gobierno de sus reinos que hasta los más tranquilos y confiados vasallos comenzaban a mostrarse temerosos de su suerte. La envidia, la codicia, la mentira y la traición unidas al fanatismo religioso y a los intereses espurios de los reyes, aliados con la creciente burguesía, se habían convertido en el motor del desarrollo.

Los monarcas y príncipes, halagados por los grandes comerciantes, habían despilfarrado fortunas en guerras, en la construcción de palacios de capricho y en la celebración continua de grandes faustos y bacanales. Así pues, la mayoría de los monarcas europeos habían gastado todo lo que tenían y lo que no tenían también.

Muchos reyes y príncipes quebraron y para financiar sus enormes y crecientes deudas no se les ocurrió otra cosa que la de aumentar los impuestos a costa de echar la culpa a los judíos a los que se mortificaba con el pago de grandes impuestos. Las guerras de conquista representaban tener que gastar enormes sumas de dinero para financiar los ejércitos de mercenarios que arruinaban a los países europeos. 

Por ello, es por lo que quebraban los reyes que tenían que vender parte de sus extensos dominios a burgueses enriquecidos y a nobles poderosos, sin importarles un comino las consecuencias que ello tendría para el empobrecimiento de sus siervos, muchos de ellos sometidos al desarraigo forzoso, cuando no a la expulsión de las tierras de su feudo que, antaño, fueron comunales. 

Sin embargo, había que creer en la esperanza y pensar que el hecho de vivir un mundo en crisis, también era un mundo abierto a los cambios y sujeto a profundas transformaciones, muchas de ellas cargadas de grandes esperanzas. Ochoa, lo vio claro, era necesario huir del fatalismo y del determinismo histórico, poniendo toda su esperanza en la urgente necesidad de alcanzar un nuevo humanismo en base a la voluntad y a la razón. 

Él, su esposa, sus hijos y su familia pondrían su granito de arena. Al fin y al cabo, los seres humanos, fueran creyentes o no, tuvieran la religión que tuvieran, pertenecieran a una nación o a otra, animados por el deseo y la razón, fueran quienes podrían emprender, por sí solos, la reconstrucción de una sociedad entre todos que se convirtiera en un mundo mejor, donde nadie escupiera sangre para que otro viviera mejor.

V

Ochoa de Andraka estaba convencido de que el almirante Colón nunca utilizaría las cartas náuticas que Juan Vizcaíno de Lakotsa le entregaría, si es que lo hacía. Estaba muy seguro que, debido al alto nivel de egolatría del genovés —que estaba también encantando de conocerse— rompería la copia del mapamundi y de los mapas de Nuevo Mundo aduciendo que era falsos para que no le quitaran el mérito del descubrimiento. 

Por otro lado, Juan Vizcaíno de Lakotsa se había convertido en un potente armador y hombre de negocios y estaba pensando en trasladarse a vivir al Puerto de Santa María en Andalucía.

En octubre de 1489, Ochoa estaba trabajando en la búsqueda de alternativas que evitaran que el puerto de Baiona tuviera que depender de Capbreton. Por los trabajos de cartografía que él y Naomi desempeñaban, los había contratado la corporación de Baiona que pretendía desviar el cauce actual del río Adur hacia una nueva desembocadura más próxima al mar y situada en el interior de Baskonia. Una tarde de esas en las que se ocupaban de hacer planos, Ochoa recibió la extraña visita de un veneciano que se hospedaba en la posada de Jacob y que había preguntado insistentemente por él.

Se reunieron en la sala privada del suegro de Ochoa que tenía en la entrada de la posada de Jacob. Una habitación que daba al patio interior y que él utilizaba tanto como comedor privado como para recibir visitas de gente importante que él no quería pasarlas a su despacho. El viajero de la visita se trataba de Giovanni Chabotto que era ciudadano de Venecia y que, como ingeniero naval que era, estaba empezando a trabajar con el comerciante catalán, Gaspar Rull, en torno a un proyecto de construcción de un nuevo puerto. Este proyecto quería aprovechar también, tal como lo hizo Venecia, los canales de la ciudad de Valencia. 

Chabotto también le dijo el motivo de su visita era que había hablado con John Day y que éste le informó sobre los mapas del Nuevo Mundo que Ochoa había elaborado y también sobre los que él disponía gracias a la expedición financiada por los mercaderes de Bristol. Le añadió que había tenido noticia sobre el viaje que los vascos habían hecho al Nuevo Mundo y que Ochoa de Andraka había elaborado un mapa del nuevo continente que abarcaba miles de millas de norte a sur y que estaba dotado de una cartografía con mucho detalle. Ochoa aguardó en silencio a que el ingeniero veneciano siguiera con su exposición:

— También quiero informarle que el monarca inglés, Enrique VII, se muestra muy interesado en que yo dirija bajo la bandera de Inglaterra y Gales una expedición al Nuevo Mundo —comentó inicialmente el que sería más tarde John Cabot para los ingleses, para proseguir con una oferta de colaboración al vasco: 

— Si pudiera, señor Andraka, contar con sus cartas náuticas y su estrecha colaboración, indudablemente le diría que sí a los de Bristol. Por eso, le propongo que seamos socios y organicemos una expedición al nuevo continente para colonizarlo en nombre del reino de Inglaterra y Gales. Usted cobraría el doble de lo que le pagó la reina de Castilla. Si usted aceptara ahora mi propuesta, podríamos mantener pronto una reunión con el propio rey inglés, Enrique VII, a la que nos acompañaría también John Day.

— Me agradaría mucho poder complacerle, señor Chabotto —Ochoa le respondió atentamente al veneciano— pero, debido a mis compromisos profesionales y mi sentido de la ética, hasta dentro de unos tres años no podré facilitarle ninguna información. Sin embargo, he de confesarle que si estoy interesado en su propuesta. Tres años pasan muy deprisa y cuando Cristóbal Colón descubra el continente que ya conocemos nosotros, todo mis conocimientos, mapas y documentos podrán estar a su entera disposición y a la del reino de Inglaterra. 

En aquel momento, llamó alguien a la puerta de aquella sala y, tras recibir autorización por parte de Ochoa, entró una mujer alta y delgada, de bonitas facciones y que ojos tenía unos bellos y grandes ojos marrones que destacaban en su cara de tez morena, un tanto rojiza. La mujer le entregó una carta que acababa de recibirse y procedía del ayuntamiento de Burdeos. El veneciano se debió quedar muy impresionado por la belleza griega de aquella mujer. Cuando Itsaso de Ohiango, la que fuera la mujer Caribe, salió y cerró la puerta, Chabotto no pudo más que preguntar, mostrando una gran curiosidad.  

— ¡Perdone “siñore” Andraka! ¿No será esa joven que ha venido procedente de alguna isla griega del Mediterráneo?

— Más bien creo que no —respondió Ochoa divertido con la pregunta— Esa joven que ha conocido es originaria de una isla del Nuevo Mundo. Es la prueba palpable que le mostraremos al rey de Inglaterra, Enrique VII, dentro de unos tres años. Hasta entonces seguiremos en contacto señor Chabotto.

El veneciano no daba crédito a lo que habían visto sus ojos. Pero sabía que ello era cierto. Tres años pasarían enseguida y, mientras tanto, podía ir madurando la idea. Mientras tanto trabajaría el proyecto del puerto de Valencia. Él no dudaba de que podría contar con el cartógrafo Ochoa de Andraka que además de conocer aquellas tierras, tenía amigos allí y hablaba  su lengua. 

Sin embargo, Giovanni Chabotto desconocía que Ochoa de Andraka, aunque fuera vasco, era también de religión judía como su esposa y su parte de su familia. Inglaterra tampoco se había portado bien con los judíos. Ochoa de Andraka sonreía solo de pensarlo. Le haría pagar al rey inglés aquellos robos y asesinatos contra su gente. Inglaterra no pagaría el doble de lo que le pagó el reino de Castilla sino que pagaría diez veces más y sería a costa de los usureros banqueros cristianos de Londres. Unos banqueros, como los flamencos o los propios venecianos, contra los que ni el rey, ni el Papa, ni la Inquisición y ni los frailes dominicos nunca se metieron. Como se atribuye al rey bíblico Salomón: “Nada nuevo bajo el sol”.

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