1489: EL MAPA VASCO DEL NUEVO MUNDO—16 Capítulo

por Juanjo Gabiña

Capitulo 16º

Desde la nación Timukúa hasta el paraíso de la isla del Bohío[1] pasando por el mar de los Aztecas y el mar de los Mayas

I

A comienzos del año 1489, la fiesta de despedida que les organizó el matrimonio Mocama-Katapamin en el Timukuán occidental, fue muy sencilla, pero también muy sincera y entrañable. Aunque lo hicieron por turnos también asistió a la fiesta la totalidad de la tripulación. Llevaban casi dos meses viviendo en aquella tierra tan plana —cuya altura media con respecto al nivel del mar apenas alcanzaba los tres metros— y se habían quedado sin conocer los huracanes de los que todo el mundo hablaba. Sin embargo, habían conocido lo que significaba enfrentarse a una jauría de asesinos y tener luchar por la vida a cualquier precio.

A nadie de los allí presentes se le olvidaría nunca lo sufrido aquella noche en la que se enfrentaron a vida o muerte, a más de cien piratas crueles y sanguinarios. En el momento de los discursos, Naomi quiso dejar claro delante de todos que ella no había sido la creadora del plan sino que todo había sido de producto de lo que cada uno fue aportando. Ella, junto a su marido, se habían ocupado de que aquello fuera posible.

Lo contrastaron entre todos y dieron con la solución que ofrecía el menor riesgo. De este modo todo el mundo supo lo que había que hacer y porqué lo hacia. Ayudó mucho que todos se concienciaran de que cada uno si lo hacía también salvaba la vida a los demás. Finalmente, ella recordó la memoria de los dos marineros muertos en la batalla y, entre todos, se oyó una ovación que actuó de traca final.

Mocama y Katapamin les había organizado reuniones como diferentes personas que conocían o habían estado en los territorios hacia los cuales se dirigían y que se encontraban en las costas del Golfo Cálido[2]como así lo conocían en aquella región. Casi todos con los que se reunieron coincidieron en aconsejarles que tuvieran mucho cuidado con la nación Azteca que había conquistado al resto de naciones próximas y se había constituido en un imperio muy poderoso que gobernaba en base a la imposición de la fuerza y del terror sobre sus naciones vasallas.

En efecto, el Imperio azteca era una especie entidad para el control territorial, político y económico. En realidad, estaba integrada por los dominios de la Triple Alianza entre las naciones de Texcoco, Tlacopan y México-Tenochtitlan. Las tierras de la Alianza se gobernaban efectivamente desde Tenochtitlan[3], mientras que los otros socios de la alianza habían asumido roles subsidiarios.

Según manifestaron dos constructores de ciudades Timukúa, que pasaron dos años aprendiendo las técnicas utilizadas para la construcción de la ciudad mexica de Tenochtitlan (aztecas) y de las ciudades de la península de Ma’ya’ab[4] (mayas) y que habían regresado recientemente a Timukuán, ellos pasaron tanto miedo durante el tiempo que vivieron entre los aztecas y los mayas que juraron que no volverían allá nunca más.

Según explicaron, Tenochtitlan era la ciudad sagrada del pueblo mexica y la capital del Imperio azteca. Una ciudad rodeada de canales que estaba siendo muy bien construida sobre un lago pero también era un ciudad que se había convertido en el centro de miles de sacrificios rituales, donde la muerte era solo el principio. Cuando los sacerdotes arrancaban el corazón a sus víctimas, éstas apenas iniciaban un viaje hacia un mundo espiritual espeluznante que continuaba con la decapitación de las víctimas para luego descuartizarlas con unas cuchillas de obsidiana hasta dejar limpios los huesos del cráneo y la cara.

Así pues, Tenochtitlan era también un régimen de terror encarnado en el seno de una religión que adoraba a unos dioses que nunca se saciaban con la sangre humana que se les sacrificaba. Por ello, nadie que fuera extranjero y que tuviera el más mínimo sentido del horror sobre lo que representan los sacrificios humanos podría vivir tranquilo en aquel régimen de terror.

Por lo que se refería a los grandes centros urbanos mayas de la península del Ma’ya’ab tampoco se podía garantizar seguridad alguna. Cada ciudad maya tenía su autogobierno y su propia fuerza militar y, con bastante frecuencia, estas ciudades se encontraban en guerra, haciendo prisioneros que ofrecían a sus dioses como sacrificio. En la península de Ma’ya’ab, los sacrificios humanos eran consustanciales a su propia cruenta religión.

Por ello, estos dos constructores Timukúa consideraban también que los riesgos que podía contraer cualquier extranjero que se encontrara viviendo en algunas de la ciudades maya en guerra eran enormes. La suspicacia era tremenda. Un extranjero podía ser acusado de espiar para las otras ciudades enemigas a nada que hiciera alguna pregunta relacionada con el urbanismo y la vida económica y social. Lo cual era prácticamente imposible si uno era mínimamente curioso.

Por ello, la recomendación que les dieron fue la de que no entraran en contacto con el Imperio azteca y que tampoco mantuvieran relación alguna con la civilización maya. Por el contrario, sí que les recomendaron que deberían visitar alguna isla del Golfo Cálido como la isla de Cubao, la isla del Bohío, la isla de Borinken[5]  (Borikúa) y la isla de Jaimaca[6]. En especial, recomendaron visitar la isla más bella y también la más poblada: La isla del Bohío.

II

Desde que zarparon del territorio de los Timukúa repletos de víveres y de agua, la navegación de la nao “Ciburu” hacia el oeste estaba sufriendo muchos vientos variables. Eran vientos que, muchas veces, por el hecho de no ser vientos favorables, obligaban a fondear al barco pero, sin embargo, debido  ala experiencia sufrida en los cayos, procuraban hacerlo lo más lejos posible de la costa.

En efecto, después de la trágica y sangrienta experiencia sufrida con los Calusa y de la información tan negativa que habían recibido sobre los aztecas, los mayas y otras tribus residentes en las zonas costeras preferían ser prudentes.  Es cierto que tendrían que ir caboteando por aquellas costas del Golfo Cálido pero habían bajado mucho los ánimos de tener contacto con otros grupos indígenas. Por esa razón, el maestre capitán Johan de Ursua prefería fondear a un mínimo de cinco millas náuticas de la costa.

El hecho de observar todos los días una gran cantidad de delfines que iban acompañando al barco era, sin duda, un espectáculo que animaba mucho a la tripulación. Sobre todo, le entusiasmaba a Naomi, que se notaba que ya estaba cansada de tantos días de viaje. En realidad, todos estaban cansados y por eso se buscaban otras actividades en las que ocuparse y, así, pasar el tiempo mientras se esperaba a que soplaran vientos que fueran favorables.

Por ello, cuando permanecían fondeados durante algunos días, Ochoa animaba a otros muchos marineros a dedicarse a pescar con cañas o a lanzar las redes para capturar peces y mariscos, tales como la corvina, el pargo, el mero, el gallo, la trucha moteada y el sargo entre los diferentes tipos de peces y los cangrejos azules, los camarones marrones y blancos y algunas langostas. En aquella nao, el cocinero sabía cocinar de manera excelente y cuando él contaba con peces o mariscos de calidad y recién pescados, entonces las comidas podían llegar a ser espectaculares.

A finales de Enero del 1489, en la posición geográfica: Latitud 28,70 Norte; Longitud 66,33 Oeste, se encontraron con el delta de un gran río que los nativos llamaban Misisipi en lengua ojibua, que es un idioma que tiene rasgos parecidos a la lengua algonquina, y que significa “grandes aguas” o “padre de las aguas”. Por otro lado, la navegación iba muy despacio, habían transcurrido veintitrés días desde zarparon de Timukúa y tan solo habían recorrido 440 millas náuticas.

Pero no todo iba saliendo mal, necesitaban hacerse con vegetales y con agua fresca y aquel delta del Misisipi lo facilitó todo. Los vascos comprobaron que a casi 10 millas náuticas de la costa el agua que descargaba el río Misisipi era dulce por lo que podían rellenar las barricas en la mar.

Además, las tres txalupas que marcharon a las islas del delta del Misisipi en busca de vegetales regresaron con casi 200 kg de piña tropical que habían encontrado que se cultivaba en algunas islas habitadas. Tropezaron con los nativos que, al verlos, se dieron un susto de muerte. Al final, pudieron intercambiar espejos y collares por piña tropical y maíz.

El trayecto hasta el territorio azteca se realizó caboteando la costa del Golfo Cálido y arribaron el día 5 de Febrero de 1489 hasta la posición que más al oeste que habían alcanzado de la costa del Nuevo Mundo cuyas coordenadas geográficas eran: Latitud 23,73 Norte, Longitud -71,7 Oeste. A partir de este punto contornearían la costa azteca y la costa maya para enfilar hacia la isla de Cubao.

III

En la posición geográfica: Latitud 21,91 Norte, Longitud -72,0 Oeste, la nao “Ciburu” abandonó la línea de costa de la península de Ma’ya’ab, en territorio maya, que seguía la dirección norte-sur y enfiló lentamente en dirección oeste. La velocidad de la nao “Ciburu” era muy baja a pesar de contra con viento de popa. Ello era debido a que una corriente de agua caliente iba en dirección este y frenaba la  velocidad de desplazamiento de la nao a pesar de soplar viento ONO[7].

Alguna vez, Ochoa y Naomi habían comprobado en sus mediciones a lo largo del Golfo Cálido que la nao “Ciburu”, a pesar de contar con viento a favor, en realidad iba retrocediendo, al ser arrastrada por aquella extraordinaria corriente caliente. El lugar geográfico por donde surgía con fuerza la corriente caliente hacia el Océano Atlántico era por el estrecho formado por la península de Txini y la isla de Cubao.

En esos tramos tan difíciles de navegar, el maestre capitán Ursua había aprendido que para navegar en sentido contrario a la corriente caliente del Golfo Cálido debía hacerlo, o bien con fuertes vientos favorables que soplaran contracorriente, o bien navegando cerca de la costa cuando los vientos favorables que soplaban fueran más débiles.

En el momento que el vigía de la nao “Ciburu” logró divisar la costa occidental de la Isla de Cubao y dio el grito de alerta, el piloto viró ligeramente a estribor para continuar navegando siguiendo la línea costera del sur de la isla. En base a la información que había recibido por los Timukúa, los vascos desistieron de desembarcar en la isla de Cubao.

Se sabía por la información recogida que la tribu hegemónica era la de los Tainos, aunque también debían existir algunas otras tribus como los Siboneyes que eran indígenas más atrasados y salvajes que habitaban los territorios situados más hacia el oeste de la isla de Cubao y vivían en cuevas y abrigos habitables en las rocas, cerca de las playas o los ríos y, en ocasiones, vivían también en campo abierto, en bohíos fabricados de manera muy tosca.

Los Siboneyes se alimentaban de productos naturales y no poseían ningún conocimiento de la agricultura. Algunos de los frutos con los que se sustentaban, los comían en sazón o cuando éstos estaban ya maduros, tomándolos directamente de las plantas que los producían. Otros frutos, como los cocos y los corojos, los almacenaban en cuevas para ser consumidos durante las épocas de escasez de alimentos. Los cangrejos terrestres y los caracoles formaban una gran parte del alimento diario del los Siboneyes. Si bien, también comían con frecuencia pescado, roedores y otros pequeños animales.

Por otro lado, los Tainos, que en el idioma de ellos quiere decir: “gente buena y pacífica”, vivían en pequeños poblados situados en terrenos llanos de cultivo, donde tuviesen un suministro de agua potable que estuviera cerca. Las casas se construían alrededor de un espacio vacío, llamado “batey”. Eran de madera y de forma circular. Las paredes estaban hechas de gruesas estacas clavadas en el suelo y los techos estaban hechos con varas de madera, a las cuales amarraban cujes, destinados a atar en ellos las pencas u hojas de palma.

Para navegar por los ríos y por el mar, los Taínos construían canoas a partir de grandes troncos ahuecados por medio del fuego, de modo que quedara una sola cavidad. Algunas canoas eran muy grandes y estaban muy bien construidas. Las canoas se impulsaban a base de remos.

Para cortar madera y realizar otros usos semejantes, los Taínos utilizaban una piedra muy dura, conocida como pedernal, para fabricar sus hachas. Algunas hachas las pulían muy bien, dándoles una forma tan perfecta, que resultan muy difíciles de superar. Estas hachas se montaban y amarraban en mangos de madera. Los Taínos realizaban también trabajos de talla de piezas de madera, de hueso y, de conchas, utilizando cuchillos, raspadores y taladros hechos de pedernal.

Los objetos que fabricaban los pulían, empleando para ello piedras areniscas, destacando sus tallas de concha y de madera. A su vez, los objetos eran decorados con patrones o modelos geométricos, generalmente círculos, óvalos y complicados dibujos de líneas, con figuras representando formas convencionales de personas, animales y seres sobrenaturales.

Sus principales diversiones consistían en celebrar unas fiestas llamadas “areitos” que se celebraban casi siempre de noche y consistían en cantar y bailar a la luz de hogueras encendidas en medio del batey. Otro de sus placeres consistía en fumar tabaco.

Los Taínos no solían llevar ropa encima y casi siempre iban desnudos. Sólo las mujeres Taínas se vestían con un pequeño delantal que solía estar tejido de algodón o de paja. En cambio, les gustaba adornarse mucho, se pintaban el cuerpo y vestían collares y pendientes de piedra, de concha y de hueso, así como aretes circulares de concha para las orejas. También empleaban para el adorno personal semillas, frutas de diversas plantas y plumas de colores vivos y vistosos.

Es importante señalar que dormían en hamacas, que construían a partir de una red de hilos gruesos de algodón, Las hamacas se colgaban de las vigas del techo. También tenían unos asientos inclinados a los que llamaban “dujos” y que, con frecuencia, se trabajaban de una manera muy bella. Los Taínos hacían vasijas de madera o de alfarería, hermosamente decoradas, así como cestas de tejidos de hojas de palma y otras materias, colgadas de las vigas.

Los Taínos vivían principalmente de sus cosechas de maíz, del casabe que preparaban con los tubérculos de la yuca, y de los frutos de otras plantas indígenas. Preparaban el casabe de yuca que es un pan ácimo, crujiente, delgado y circular hecho de harina de yuca. Además, cultivaban boniatostabaco y algodón.

Se dedicaban también a la pesca y a la caza, pero la caza tenía poca importancia porque apenas había algo que cazar. Para la pesca utilizaban, además de redes y anzuelos, unos palos cortos y gruesos, llamados macanas, y jabalinas que eran sus instrumentos favoritos para la caza y la guerra. El arco y la flecha, aunque existían entre ellos, parece que eran poco usados. Cocían los alimentos en cazuelas u ollas de barro, fabricadas por ellos mismos.

En general, se puede decir que los Taínos eran personas de carácter amable y pacífico. Los padres eran cariñosos con sus hijos y los cuidaban lo mejor que podían. Los que vivían en un mismo pueblo, tenían un jefe, al cual llamaban cacique. El cacique era respetado y obedecido por todos los del pueblo, de manera que mantuvieran unas buenas relaciones. La caza, la pesca y los frutos que recolectaban, se entregaban al cacique y éste lo distribuía después entre todos.

Generalmente, los Taínos eran muy pacíficos. De hecho, nunca los que habitaban un pueblo determinado mantenían peleas contra los moradores de los pueblos próximos, si bien, cada pueblo era independiente y la Isla no tenía un gobierno común para todos. Los Taínos no tenían la cualidad de la previsión, propia del hombre civilizado. Pensaban poco en el porvenir y vivían al día. No obstante, eran fieles y leales con sus amigos.

Aunque no eran guerreros, a veces tenían que pelear con indios procedentes de otras islas situadas más al sur y que venían a Cubao y a otras islas como a la Isla del Bohío a robar y secuestrar mujeres como hacían principalmente los Caribes de las pequeñas islas de sur, los cuales solían hacer incursiones a las costas de la isla de Cubao.

IV

La isla del Bohío era una isla de extraordinaria belleza situada en el archipiélago del mar de los Taíno. Sus límites geográficos eran: al norte, el Océano Atlántico; al sur, el mar de los Caribe; al este, el Canal de Borinken que la separaba dela isla de Borinken; y al oeste, por un lado, el Paso de los Vientos que el estrecho que separaba a la isla del Bohío de la isla de Cubao y, por el otro, el Canal de Jaimaca, que la separaba de la isla de Jaimaca.

A la zona más occidental de la isla, le llamaban también Haití que significaba “tierra de altas montañas”. Sin embargo a toda la isla se la conocía por la isla del Bohío en honor  a un tipo de cabaña que tenía forma circular y que era utilizada por los Taínos. Los bohíos se construían a base de madera, paja y barro y carecían de ventanas.

Tal como les habían recomendado, los Timukúa de la península de Txini, los vascos iban a desembarcar en uno de los cinco cacicazgos de la Isla del Bohío llamado Higüei que estaba situado al sudeste de la isla y que era el cacicazgo más desarrollado de todos. La isla del Bohío era la más poblada del archipiélago y contaba con una población de unos 400.000 aborígenes de etnia mayoritariamente Taína, aunque también había otras etnias como los Lucayo, los Ciguayo y los Caribe. Todas estas etnias repartidas en cinco cacicazgos. Así:

  • El cacicazgo de Jaragüa, situado al noroeste, estaba gobernado por Bohetxío,
  • El cacicazgo de Marién, situado al suroeste, estaba gobernado por Guakanagaritz,
  • El cacicazgo de Maguá, situado al nordeste, estaba gobernado por Guarionetz,
  • El cacicazgo de Maguana, situado en el centro-sur, estaba gobernado por Caonabo y
  • El cacicazgo de Higüei, situado al sudeste, estaba gobernado por Kaiakoa.

Todos los  caciques eran de etnia Taína menos Caonabo, que era de etnia Caribe. Al parecer, Guakanagaritz estaba enfrentado con Caonabo en la clásica disputa por el poder y ello creaba problemas a los demás caciques que por nada del mundo deseaban verse envueltos en estúpidas guerras. Sin embargo, el equilibrio de la paz era muy estable gracias al poder y a la pujanza del cacicazgo de Higüei, donde residía más de mitad de la población de la isla.

Al jefe o cacique de la tribu se le pagaba un tributo significativo. Los caciques tenían el privilegio de llevar colgantes de oro llamados “jain”. Los caciques vivían en bohíos rectangulares en lugar de los bohíos redondos que los demás pobladores habitaban y se sentaban en taburetes de madera cuando recibían huéspedes.

La estructura sociopolítica se dividía en cuatro clases sociales: los naboria, los nitaíno, los bohique y el cacique. En la estructura sociopolítica, de carácter teocrático-guerrero, el cacique y el bohique representaban los poderes sobrenaturales del día y la noche. La palabra cacique representaba el poder solar del dios del fuego. Por su parte, la palabra bohique se relacionaba con el bohío. El cacique Taíno, Kaiakoa, del cacicazgo de Higüei, era tan poderoso que cobraba tributos al resto de los cacicazgos.

Los poblados Taínos de la isla del Bohío estaban organizados en claros de la selva, tierra adentro, con dos clases de habitáculos: el bohío (vivienda común circular de los habitantes del yucayeque) y el caney (más grande, rectangular y con ventanas, donde habitaba el cacique con su familia). Estas viviendas se construían con hojas de hinea (que se recoge en ríos y lagos), y maderas de los árboles de capá prieto y canela cimarrona. Para dormir utilizaban hamacas tejidas de algodón (la palabra hamaca viene de la lengua Taína).

La vestimenta de los Taínos en la isla del Bohío era ajustada al medio tropical donde crecía su cultura y tenía sus variantes con respecto a la isla de Cubao. Así, los hombres se cubrían con un simple taparrabos y las mujeres casadas vestían un delantal de paja, algodón u hojas llamado naguas. En cambio, las mujeres solteras andaban siempre completamente desnudas. Ambos sexos se aplicaban pintura corporal de diferentes colores como: negra, blanca, roja y amarilla.

De igual modo, decoraban sus cuerpos con tatuajes religiosos para protegerse de los malos espíritus y horadaban orejas y labios con oro, plata, piedra, hueso y concha. Entre los objetos que confeccionaban los habitantes de la isla del Bohío, estaban las cestas, los cacharros de cerámica, las tallas de madera, las redes y la joyas de oro, que era un mineral abundante en los ríos de la Isla del Bohío.

La principal actividad económica de los Taínos de las isla del Bohío era la agricultura, para lo cual construían sembrados que llamaban conucos. Cultivaban mandioca o yuca en sus variedades dulce y amarga, para lo cual empleaban abonos y sistemas de riego. Otros cultivos importantes eran el maíz, el cacahuete (o maní), la pimienta, la piña, el cacao, el algodón y el tabaco.

Cazaban pequeños roedores como las jutías, iguanas, algunas variedades de pájaros como la higuaca, y serpientes. Para pescar utilizaban varias técnicas empleando anzuelos, redes, veneno, etc. Fabricaban objetos como la hamaca, camas de leña (o coyes, como las llamaban). Fermentaban la yuca para obtener una bebida embriagadora llamada uicú o cusubí. El casabe era una especie de pan de yuca o torta circular de yuca que se tostaba al sol o al fuego y formaba parte de su dieta regular.

En cuanto a la religión, se puede decir que los Taínos tenían una creencia religiosa politeísta como muchas otras tribus del Nuevo Mundo. A la divinidad principal se le conocía como YaYa. También se le conocía como Semiñe que significaba “dios” en lengua Taína. La palabra Cemí cuyo significado en lengua Taína significa “ángel”, designa a los seres espirituales de la mitología Taína. Algunos de estos eran: Yocajú Bagua Maorokoti, Opiel Guobiran, Baibrama, Korokote y Maketaurié Guayaba.

También creían que había varios espíritus que, cuando se unían, causaban mucha tragedia y destrucción al pueblo Taíno. Así, Juracán era el nombre que le daban los Taínos a los fenómenos atmosféricos conocidos como las grandes tormentas tropicales y que eran provocados por Guabanzetz, quien era acompañada por Guataubá y Kuatriskié. De igual modo, en la isla del Bohío, el monte más importante en la cultura Taína era la montaña Yuké, donde se hacían las ceremonias principales para su “dios”.

En las creencias religiosas de la cultura Taína también había lugar para el animismo. Así, los Hupia eran los espíritus de los muertos y se diferenciaban de los Goeiza que eran los espíritus de los vivos. Este animismo otorgaba grandes poderes al Bohití o Bohíque (chamán o curandero brujo), al ser este personaje el encargado capaz de comunicarse con los espíritus.

Para este fin, se confeccionaban ídolos de algodón, piedra, hueso, concha y otros materiales, que recibían el nombre de Cemíes. Los Cemíes tenían poderes sobre los seres humanos, ya que en ellos residían los espíritus de antepasados muertos, rocas, árboles, etc. Indudablemente, era un negocio que movía mucho dinero y del que, no sólo se enriquecía el chamán, sino también el cacique.

V

Según les informaron los Timukúa, el estrecho de mar conocido como el “Paso de los Vientos”, era muy respetado por todos los indios Taínos que se atrevían a atravesarlo. El hecho de intentar  pasar con sus canoas de un isla a otra por dicho estrecho suponía muchas veces la muerte. Por ello, quienes conocían aquel estrecho le daban diferentes calificativos como: desafiante, temible, tenebroso, traicionero, etc., pero todo ello se debía, no a los vientos, sino a los “Vientos Invisibles” que ocasionaban las fuertes corrientes marinas que por allí circulaban. Incluso, muchos indios Taínos que habían logrado atravesar dicho estrecho se negaban a repetir la travesía, ya que pasaron mucho miedo por lo “traicionero de aquellas aguas”.

En aquella zona del mar Taíno, la dirección de los vientos predominantes era del este hacia el oeste. La nao quería navegar hacia el este, luego sus tripulantes tendrían que tener mucha paciencia. Tras la espera de casi una semana para poder atravesar el estrecho conocido como “Paso de los Vientos” que conectaba la isla de Cubao con la isla del Bohío, la nao “Ciburu” tuvo suerte y recogió un constante viento de poniente que le permitió llegar a su destino, aunque ello no fue nada fácil pues hubo que escorarse mucho para pasar el estrecho del “Paso de los Vientos”, de lado a lado.

 

Cuando el sábado, 9 de Marzo de 1489, por fin llegaron a la zona situada en el sudeste de la Isla del Bohío, por motivos de seguridad, el capitán decidió fondear un tanto lejos de la costa y hacerlo al sur de una diminuta isla plana, llena de palmeras, rodeada por una hermosa playa de arena blanca y unos acantilados de piedra caliza, situada en las coordenadas geográficas: Latitud 18,34 Norte, Longitud 43,00 Oeste. Por precaución, el maestre capitán Ursua siempre fondeaba allá donde el viento venía de la tierra a la mar.

La isla estaba deshabitada pero era un lugar que podía ser muy provechoso para nadar, descansar y relajarse mientras esperaban que alguien les hubiera visto y hubiera avisado al cacique. Además, en algunas pozas situadas en la cabecera de las playas, había agua dulce suficiente. También se podía hacer acopio de los sabrosos cocos tropicales que todos tuvieron ocasión de conocer en Timukuán.

Cuando el cacique Taíno, Kaiakoa, del cacicazgo de Higüei, se enteró de que una gran serpiente de mar había llegado a su territorio, a los cinco días, decidió que tendría que viajar y personarse ante el barco de los vascos para dar la bienvenida a sus tripulantes, a los que, supuestamente, consideraba como dioses llegados del cielo. El poblado donde residía el cacique estaba tan solo a unos veinte kilómetros junto a la costa y, situado hacia el oeste. En dicho poblado, residían unas 18.000 personas distribuidas en seis poblados de unos 3.000 habitantes cada uno, conectados entre sí, y con la residencia del cacique de Higüei.

Al enterarse de las intenciones del cacique, y también por motivos de seguridad, decidieron entre Johan, Ochoa y Naomi que sería que mejor ella no estuviera en el barco cuando llegara la comitiva del cacique. Aquella sociedad era pacífica pero también un lugar donde la condición de ser mujer no valía para nada. Los caciques practicaban la poligamia, algo que era infrecuente entre la gente normal del pueblo. Según les contaron, esta práctica estaba justificada por el exceso de muchachas en edad núbil o edad de casarse que había y porque entre los Taínos era un deshonor no tener hijos. Esa es la excusa que permitió la poligamia para que el cacique le arrebatara la mujer a cualquiera de sus súbditos.

Las relativas riquezas de los caciques, su estatus, y las pocas aspiraciones del pueblo, permitían a éstos poseer varias mujeres e hijos. La poligamia creció por la constante lucha contra los indios caribes. Las numerosas bajas entre la población masculina y la imperiosa necesidad de mantener un nivel de población, fueron factores determinantes para propagar la poligamia entre las tribus Taínas. En una visita que hicieron a un poblado que se encontraba en la costa, Ochoa se había enterado que el cacique Kaiakoa se había hecho con un harén de más de treinta mujeres.

Es cierto que los diferentes caciques tomaban esposas procedentes como regalo de otros cacicazgos o “yucayeques” y que consideraban mujeres de tratado, a las que llamaban “lieguas”. Las mujeres tenían que ser vírgenes, y mayormente las utilizaban para mantener la paz con los otros cacicazgos. Sin embargo, el cacique Kaiakoa había empezado a coleccionar mujeres de otras naciones que acompañaban en sus viajes a diferentes comerciantes. De este modo, un comerciante Timukúa se había quedado sin su joven esposa al tener de regalársela al cacique Kaiakoa como pago por salvar su vida.

Por ello, no es de extrañar que, por prudencia, y con ocasión de la visita que el cacique Kaiakoa les iba a hacer, Ochoa y Naomi, decidieran pasar unos días en la pequeña isla junto a la que habían fondeado el barco. Habían descubierto una pequeña cueva situada en un acantilado donde ellos podrían pasar dos o tres días escondidos.  La entrada de la cueva, aunque oculta a la vista desde el barco, en realidad no se encontraba muy lejos de donde la nao “Ciburu” había fondeado.

De hecho, desde la entrada cueva se podían ver los mástiles del barco y parte de la proa. Desde la entrada de la cueva, unas pequeñas escalas naturales conducían a un poza que se encontraba casi a nivel del mar. El agua se renovaba durante las pleamares pero sólo cuando la amplitud de marea era superior a los 0,66 metros, lo cual no ocurría siempre ya que la diferencia de mareas no llegaba a un metro. Las mareas eran predominantemente semidiurnas (dos pleamares y dos bajamares diarias) de diferente amplitud de marea y de escasa amplitud.

Las masas de agua que bañaban las costas de la isla del Bohío eran muy calientes durante todo el año (26° C de media). La variación de un mes a otro era reducida, oscilando entre 24 y 29° C. Los meses más fríos eran febrero y marzo y los más cálidos agosto y septiembre. El Mar Taíno era, durante todo el año, más caliente que el Océano Atlántico.

La salinidad del mar Taíno era, en general, muy alta (36 partes por mil), debido a la gran evaporación de la región, la cual era favorecida por el viento y las altas temperaturas del aire y de las aguas. La salinidad disminuía en la desembocadura de los ríos importantes y en las zonas de gran pluviosidad, sobre todo después de lluvias abundantes.

VI

El cortejo del cacique Taíno, Kaiakoa, del cacicazgo de Higüei llegó a media mañana y estaba formado por unas quince personas en su mayoría hombres. Habían venido en tres canoas desde el poblado de su yucayeque y traían regalos para casi todos los recién llegados. La comunicación, sin la presencia de Ochoa, no fue tan ágil pero, al menos, se hicieron entender y, si no lo entendieron todo, el resto se lo imaginaron.

Además, el cacique trajo dos mujeres Timukúa que actuaron de interpretes y, seguramente, una de ellas habría sido la esposa de aquel comerciante que tuvo que cedérsela al cacique para poder salir vivo de aquella isla. Así pues, traduciendo del Taíno al Timukúa y del Timukúa al Taíno, pasaron las horas hasta que llegó la media tarde y regresaron, no sin antes invitar formalmente al maestre capitán, Johan de Ursua, al contramaestre y al cocinero para que pasaran unos días en su casa rectangular o caney que era mucho más grande que los bohíos circulares del pueblo, pues era de forma rectangular y con ventanas y donde el cacique habitaba con toda su familia, incluido el harén.

Cuando ya por fin, el cacique y su séquito se hubieran ido, el contramaestre exclamó:

— ¡Vaya personaje que es el cacique Kaiakoa!, lo primero que me ha preguntado ha sido si en el barco traíamos mujeres. Parecía que era lo que más le interesaba. Yo intentaba explicarle cómo funcionaba el barco pero eso no debía tener mucha importancia para él. De cualquier modo, sí hubo algunos de los que le acompañaban que me hicieron muchas preguntas sobre la tecnología y la construcción de estos barcos y también preguntaron sobre nuestra civilización del Viejo Mundo.

— ¡Qué bien hicieron Ocho y Naomi yéndose ayer a la pequeña isla de al lado! Ese personaje, como usted dice —exclamó el capitán refiriéndose a lo que había dicho momentos antes el contramaestre— es muy caprichoso y peligroso y en su cacicazgo ya ha empezado a mandar matar a todo aquel que logre levantar sus sospechas. De momento, Kaiakoa tiene suerte pues dos los caciques que le disputan el liderazgo, como son el cacique de Marién, Guakanagaritz, y el cacique de Maguana, Caonabo, están enfrentados entre si. Eso me lo ha dicho la mujer Timukúa que la retuvieron para que pasara a ser miembro del harén del cacique de Higüei.

— Es una mujer muy inteligente —añadió el cocinero— Durante el almuerzo me estuvo preguntando como sumo interés, muchas cosas sobre Baskonia y me pidió también un favor. Ella quiere que sepamos que, tras nuestra estancia en el caney o casa rectangular del cacique, ella se escapará, huyendo del cacique Kaiakoa que la secuestró, y me ha solicitado que le pregunté a usted, maestre capitán, si sería tan buena persona de dejarla subir a nuestro barco y así poder reunirse con su esposo y su familia. Para no comprometernos, me dijo que ella se escondería en la isla pequeña y subiría al barco poco antes de zarpar para la nación Timukúa —concluyó el jefe de cocina del barco, con la esperanza de que el capitán aprobara dicha fuga.

— Creo que es un favor al que no nos podemos negar y me parece bien que se esconda y suba al barco poco antes de zarpar. De cualquier modo, de ese cacique me fío muy poco y habrá que hacer guardias para evitar sorpresas. Tras la visita, compraremos algunos víveres y, al final, remontaremos el río que tenemos aquí cercano hasta alcanzar agua dulce y allí llenar las barricas de agua. Una vez recargadas nuestras barricas de agua, ya no tendremos nada que hacer en la isla y zarparemos sin mayor dilación hacia el Océano Atlántico para arribar a las costas de los Timukúa.

VII

Tras un brusco pero bello anochecer en el paraíso que representaba aquella isla, surgió una noche de verdadero ensueño. La noche presentaba un cielo negro cuajado de infinitas estrellas y de una luna menguante. Los astros del cielo se reflejaban sobre la superficie del agua de la poza situada a los pies de la cueva. Allí era  donde Ochoa y Naomi había preparado la cama con hojas de palma para pasar la noche.

La idea de pasar unos días y sus noches solos en aquella maravillosa isla tropical era también un sueño erótico que los dos habían compartido. La visita que el cacique de Higüei haría al día siguiente para dar la bienvenida a la tripulación de la nao “Ciburu” fue la excusa perfecta para que la pareja vasco-judío-catalana se hiciera un espacio en la vida para amarse, conocerse y, obviamente, gozar más el uno de otro.

Lo habían decidido y soñado previamente. En el momento que el sol se pusiera en aquella isla, los dos andarían completamente desnudos. Entonces, sus cuerpos se buscarían instintivamente para besarse, acariciarse con cariño, entrelazarse y hacer el amor, una y otra vez, hasta que éstos quedaran saciados. La experiencia de estar acariciándose y besándose desnudos en la poza, en medio la naturaleza, sería una sensación única. Sería sentir entre la tibieza de aquellas aguas como la pasión daría paso a un frenético deseo que, tras un orgasmo y otro, lejos de apagarse la pasión, resurgiría cada vez con más fuerza.

Naomi sintió que el hecho de andar desnuda la excitaba todo el rato y que no podía dejar de abrazar y besar a su ser amado que le correspondía de igual modo. Se besaban en mil posturas y por todo el cuerpo. Se besaban cada zona erótica de su cuerpo, al tiempo, que cada amante le enseñaba al otro lo que más placer le producía. Así es como se comprendieron y fusionaron sus almas y sus cuerpos en uno para concluir en una locura de convulsiones de placer ilimitado y siempre creciente, cuando como colofón él la penetraba en su enloquecida vagina.

Naomi comprendió entonces lo que significaba el amor en toda su plenitud. De pronto, se sintió realizada y más dueña de si misma que nunca porque había aprendido a entregarse a su esposo sin ningún tipo de reparo. Ochoa nunca había hecho el amor así, tan real como salvaje pero educado y cariñoso y siempre con el deseo supeditado al placer del otro. Ambos se había liberado de sus egoísmos y habían comprendido lo que era el amor, donde los dos ofrecen y los dos reciben, porque cada uno se comportaba igual, recibía lo mejor del otro y se entregaba sin cortapisas, ni prejuicios al otro.

Fue una noche que no era para dormir precisamente y el cansancio vino con el amanecer. Se despertaron cuando el sol estaba en lo alto. Lo hicieron los dos a la vez y sintieron que tenían mucha hambre. Sin embargo, las sensaciones que aportan dos almas que se aman con locura y encarnadas en dos cuerpos abrazados y desnudos son suficientes como para dejar aparcado el hambre y dejar que la fuerza de la naturaleza dé rienda suelta a la pasión hasta desfallecer de nuevo. Cuando la próxima vez llegaran a despabilarse, ya sería media tarde y les despertaría la voz del primo Johan que les gritaba desde la playa:

— ¡Ochoa, Naomi, estáis por ahí! —Ochoa, se despertó en seguida y miró con gran cariño a su esposa que dormía plácidamente apoyada en su pecho— Creo maitetxo que ya se nos acabó lo bueno —exclamó el esposo mientras le acercaba a Naomi la ropa para que se vistiera y le ofrecía un vaso con jugo de piña y una tortilla maíz de rellena de bacalao con pimientos verdes para que desayunara.

Regresaron en un bote a la nao mientras Johan no dejaba de hablar y de contarles cómo se había desenvuelto la visita del cacique al barco. Les dijo que en unos días irían a devolverle la visita pero que había pensado que no se quedarían a dormir. Utilizarían la escucha de que estaban muy cansados y como el trabajo cartográfico que les había encargado la reina Isabel I de Castilla ya estaba hecho, cuanto antes zarparan hacia el Viejo Mundo antes estarían en casa, en Baskonia.

VIII

A las siete de la mañana, el maestre capitán Ursua, el cocinero, el escribano, el sargento y ocho soldados de la nao “Ciburu”, convenientemente armados, se pusieron en camino hacia el caney o casa rectangular o residencia del cacique en el poblado o yucayeque situado hacia el oeste, a unos veinte kilómetros de distancia. A las 12 del mediodía, cuando el sol se situaba más en lo alto, llegaron a la residencia que estaba rodeada unos veinte guerreros Taínos.

Antes de llegar a las puertas de la residencia, éstas se abrieron dando paso a un centenar de personas y entre ellas, muchas mujeres que rodearon a los recién llegados y a los que lanzaban pétalos de flor. Tan solo el capitán y el escribano tomaron asiento en un patio interno junto al cacique mientras el resto permanecía de pie contemplando una baile de bienvenida en el que se alternaban posturas de guerra y danzas del folklore de la isla.

Una muchachas prácticamente desnudas, lo que denotaba que no estaban casadas, repartían a todo el mundo tortillas de maíz con frijoles y casabe o pan de yuca con tomate y para beber chicha de maíz. Después, las mismas muchachas empezaron a distribuir entre los soldados una bebida alcohólica que extraían de la fermentación de la yuca y que llamaban uicú o cusubí. La mujer Timukúa del harén del cacique le dijo al cocinero que no bebieran aquel bebedizo pues les querían emborrachar.

Aquel aviso se pasó a todos a tiempo pero ya Johan empezó a ver claro que aquello era una encerrona. A una señal suya, la comitiva vasca se juntó en el centro del patio y Johan pidió a la mujer Timukúa que repartiera los espejos y las cucharas entre todos los asistentes. El cocinero le ayudó a explicar para qué servían dichos objetos y la mujer Timukúa lo hizo con tanta gracia que provocó las risas de todos.

Como colofón, Johan dio un pequeño discurso de agradecimiento, informando de que muy pronto el pueblo Taíno sería visitado por otros como ellos y que también provendrían del Viejo Mundo. Les dijo que agradecían el recibimiento pero que ellos se encontraban muy cansados y tenían que zarpar pronto.

A continuación, Johan saludo al cacique, al que abrazó varias veces y le dijo despidiéndose que hasta pronto. El cacique le miraba totalmente sorprendido, sin saber cómo reaccionar. El cacique Kaiakoa no se esperaba que la fiesta que había preparado con tanto detalle para aquella tarde-noche no se celebrara porque los extranjeros se iban. Su intención no era otra que la de emborracharles con la ayuda inestimable de aquellas muchachas solteras y luego cortarles la cabeza a todos, menos al capitán, que lo utilizarían como rehén para así hacerse después con el barco.

A una segunda señal del capitán Ursua, todos los de la comitiva vasca salieron fuera del edificio y se pusieron firmes luciendo sus corazas, sus espadas, sus picas y sus cascos. De pronto, los dos soldados que portaban un arcabuz dispararon un tiro contra dos arbolitos que habían enfrente de la casa que hicieron que muchas ramas y hojas volaran por los aires. Se produjo un silencio aterrador y la comitiva vasca giró sobre sus talones mientras se alejaba de la residencia caciquil volviendo por el mismo lugar por donde habían venido. Afuera se quedaba la gente, cacique incluido, pensando que los dioses les habían perdonado tener que sufrir una muerte cierta.

A unos tres kilómetros de la isla pequeña que tapaba el barco, aparecieron siete mujeres jóvenes que les salieron al paso. Johan distinguió entre ellas a la mujer Timukúa que les había salvado de emborracharse y de morir degollados y que se había hecho amiga del cocinero. Le acompañaban otras seis mujeres procedentes de distintas naciones indias y que también eran mujeres del harén del cacique.

Johan sabía que tenía que pensar bien y hacerlo rápido para tomar una decisión que fuera correcta. Aquellas mujeres no podían ya regresar a la residencia del cacique. Habían dado un paso que solamente se saldaría con la muerte. Además, sería una muerte cruel, dolorosa e inhumana. Era claro que no podía dejarlas en aquella tierra. El problema era cómo transportarlas y hasta dónde. Mujeres y marineros mezclados en un barco podía ser una mezcla explosiva. De pronto sonrió, ¿Quién sabría cómo manejar una situación parecida? No había ninguna duda. Naomi había demostrado muchas veces que era capaz de solucionar los embrollos más difíciles y, en este caso, siendo además mujer, seguro que sabría lo que habría que hacer en todo momento.

El capitán no detuvo su marcha. Cuando llegó a la altura donde se encontraban las siete mujeres, les hizo señas para que les acompañaran y les dijo que eran bienvenidas y zarparían con ellos. Aquella fue la orden más fácil de cumplir que seguramente ellas habrían escuchado en la vida. Confiaban plenamente en el capitán, en el cocinero, en el escribano y en todos aquellos soldados. Pero, aunque tenían sus miedos del mundo que les aguardaba, también confiaban en que conocerían un mundo mejor que el que, hasta entonces, habían tenido que vivir.

Cualquier observador no alertado, se hubiese quedado perplejo ante aquella imagen tan grotesca e hilarante. Aquel batallón que desfilaba hacia el barco era una muestra de la ironía chocante de los dos mundos. Un maestre capitán de naos, cocas y carabelas, rodeado de su escribano y su cocinero que desfilaba al frente de una patrulla de un sargento y ocho aguerridos soldados con sus corazas, cascos, espadas y picas al hombro y detrás del grupo masculino, desfilaba al mismo ritmo, un simpático y sonriente cortejo de siete bellas jóvenes mujeres, vestidas tan solo con unas falditas hechas con unos colgajos de hierba seca que lo enseñaban todo y que iban cerrando aquel desfile triunfal hacia la libertad.

[1] También conocida como la Isla Española  que comprende a Haití y la República Dominicana

[2] Hoy es conocido como el Golfo de México

[3] Ciudad de México

[4] Península de Yucatán, México

[5] Isla de Puerto Rico

[6] Isla de Jamaica

[7] Viento procedente del Oeste-Noroeste

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