1489: EL MAPA VASCO DEL NUEVO MUNDO—9 Capítulo

 

Por Juanjo Gabiña

Capitulo 9º 

Un mapa que salva el calendario para navegar hasta el Nuevo Mundo

I

El capitán Johan de Ursua no hacia más que pensar en las cosas que tendrían que hacer si querían zarpar hacia el Nuevo Mundo a comienzos de septiembre. Desde que salieron de Brujas, llevaban navegando más de trece días rumbo a Baskonia con vientos de componente NO y cuando ya habían recorrido unas 800 millas náuticas se desató a la altura del puerto de Burdeos un fuerte viento Sur que impedía a la embarcación avanzar hacia Baiona, vía Bilbao. Como se imaginaban que la situación podría durar algunos días Ochoa y Johan tomaron la decisión de buscar refugio en el estuario del puerto de Burdeos, en la desembocadura del río Garona.

Al no tener que realizar ninguna operación de carga o descarga portuaria, no merecía la pena que la nao “Ciburu” subiera por el río Garona hasta los muelles. En el puerto de Burdeos había una ordenanza que obligaba a las naves y grandes barcos que anclaran a menos de 45 brazas de la orilla para permitir la circulación de los barcos pequeños o en su caso, tendrían que pagar 48 sueldos de multa al preboste o autoridad responsable del cumplimiento de la norma.

Además, para poder llegar desde el estuario hasta el puerto de Burdeos se perdían bastantes días. Los barcos tenían que saber aprovechar los vientos del Oeste-Noroeste y la corriente de flujo, esquivando los bancos de arena. En esas condiciones, los barcos podían tardar entre dos y cuatro días en realizar una subida de unos 90 kilómetros, con un mínimo de tres paradas. En nuestro caso, en vista de que el viento Sur persistía, cualquier pretensión de navegar con la nao “Ciburu” hasta el puerto de Burdeos, hubiera sido del todo imposible.

Un antepuerto en la desembocadura hubiera permitido reducir el tiempo de viaje y los peligros de navegación, pero los bordeleses se negaron a esta solución porque al ser otro puerto, el comercio se les escaparía a su control. Por ello, prefirieron seguir gozando del privilegio de tener la exclusividad en la exportación de vinos a que surgiera otro puerto que les hiciera competencia.  

A lo largo de la historia, el desarrollo de Burdeos se había realizado a partir del siglo XII, cuando ganó importancia tras el matrimonio de la duquesa Leonor de Aquitania con el conde Henri de Anjou, nacido en Le Mans, y que posteriormente sería coronado como el rey Enrique II de Inglaterra.

Durante este periodo la ciudad floreció, principalmente debido al comercio del vino. Fueron en esos años cuando se edificaron monumentos como la catedral de Saint André. Burdeos fue también la capital de un estado independiente bajo Eduardo, el Príncipe Negro (1362-1372), pero finalmente, tras la batalla de Castillon (1453) fue anexionada por el rey de Francia, que amplió así su territorio.

El Château Trompette y el Fort du Hâ, construidos por Carlos VII de Francia, fueron símbolos de la nueva dominación francesa que, sin embargo, privó a la ciudad de su riqueza, al detener el comercio del vino con Inglaterra. En 1462, Burdeos instauró un parlamento propio, pero la ciudad no recobró la importancia de antaño.

Las actividades y el papel de los puertos marítimos y fluviales medievales como lugares de entrada, de salida y de intercambio de mercancías habían tenido mucha importancia desde el punto de vista del tráfico mercantil[1] (tipos y volúmenes de productos, mercados de origen y de destino, actores y técnicas comerciales). El control que ejercían las autoridades reales, señoriales y municipales que disponían de poderes judiciales, fiscales o militares sobre los espacios portuarios y sus accesos marítimo-fluviales tenía mucha importancia. De este modo, ejerciendo estas competencias, contribuían a estructurar el espacio, tanto el del puerto como de sus alrededores en un radio más o menos amplio. Burdeos constituía un buen ejemplo para demostrar las posibilidades que ofrecía este tipo de planteamiento.

En efecto, a mediados del siglo XII, Burdeos fue una villa de segundo orden durante la época de los Plantagenet, pero adquirió importancia durante el primer cuarto del siglo XIII cuando los reyes de Inglaterra perdieron la mayoría de sus feudos continentales. Es decir: perdieron Normandía, Anjou, Maine, Poitou, Aunis y Saintonge y la ciudad bordelesa pasó a encabezar un ducado de Aquitania reducido a Gascuña. Fue entonces cuando la ciudad empezó a desempeñar el papel de capital política, como sede de la administración ducal y económica y como principal puerto para los intercambios con Inglaterra. Ello aceleró su desarrollo demográfico y topográfico que había comenzado en el siglo XII.

La perdida del Aunis en 1224, principal provincia del Oeste de Francia que proporcionaba vinos al mercado inglés hasta esta fecha, estimuló el crecimiento del viñedo en los alrededores de Burdeos y el desarrollo del tráfico de su puerto que substituyó a La Rochelle para exportar vinos hacia Inglaterra. Durante el primer tercio del siglo XIV, Burdeos conoció un importante auge económico y las exportaciones anuales representaron una media de 73.000 toneles.

La burguesía, enriquecida por este desarrollo comercial, aprovechó la relativa debilidad del poder ducal para dotarse de una municipalidad en 1206 e incrementar su independencia administrativa frente a los oficiales ducales. A partir de los años 1250 empezó a revindicar un amplio término municipal que incluía no solamente el puerto sino también un importante tramo del Garona. Resultó que el control del puerto de Burdeos y de su tráfico presentaba un interés importante para las dos principales autoridades que ejercían una jurisdicción sobre el comercio marítimo y por eso percibían tasas portuarias: el duque de Aquitania y la municipalidad de Burdeos.

Durante la Edad Media, en Burdeos no había infraestructuras como atraques de madera, muelles de piedra o grúas. Las actividades portuarias se conformaban con lo que ofrecía la naturaleza: la orilla del Garona, es decir un reborde aluvial de pendiente suave, acabándose en fangal en la zona expuesta a las mareas. Los barcos pequeños encallaban cerca de la orilla.

El transbordo de mercancías se hacía por medio de una tabla puesta entre el barco y la orilla, a hombros para los bultos, con una especie de camilla de madera, llamada “bajard”, para las piedras, o rodando las barricas. Se podían utilizar mástiles de carga y palancas para las piezas pesadas. Carros de bueyes arrastraban los productos (vinos, piedras, madera…) desde el puerto hacía el interior de la villa o al revés. Las naves grandes anclaban en el río y recurrían a gabarras para cargar y descargar.

Se decía que el número de puertas abiertas en las murallas que permitían comunicar al puerto con la villa traducía su importancia económica. Sobre un mínimo de veinte puertas abiertas en la muralla del siglo XIV, de ellas, doce puertas daban acceso a los muelles del río. Las diferentes actividades económicas relacionadas más o menos directamente con el puerto se localizaban en la parte oriental de la villa, en barrios o en calles cercanas al río donde se encontraban astilleros, carpinteros de barricas, mercaderes, fabricantes de cabos. Igualmente abundaban diversas profesiones relacionadas con el puerto como los estibadores, carpinteros de ribera, barqueros y descargadores, etc.

II

Para los puertos vascos, el vino de Burdeos era una excelente mercancía. Entre los puertos exportadores de vino de Burdeos, además del propio puerto de Burdeos y La Rochelle, se encontraban los puertos de Baiona, Donibane Lohizune, Donostia y Bilbao que trabajaban conjuntamente y así, evitaban que el bloqueo del puerto de Burdeos por corsarios tuviera éxito.

El vino de Burdeos era considerado como la verdadera fuente de riqueza de la ciudad de Burdeos y era una mercancía que se comercializaba y se exportaba solo en barriles, barricas o toneles, fundamentalmente, de roble. Durante el siglo XV, la gran fortaleza del vino de Burdeos residía en que contaba con una gran área de producción que representaba, además de la propia región de Burdeos y diócesis (Bas-Pays), otras regiones —entre ellas Haut-Pays y cuyas cabeceras eran: Bergerac, Cahors y Gaillac—que abarcaban una extensa cuenca de abastecimiento, que llegaba a las franjas pirenaicas hacia el sur y las del Macizo Central hacia el este.

El vino clarete —llamado también “vinum clarum” en latín, “vin clar” en gascón, y adoptado por los ingleses bajo el nombre de “claret”— representaba la gran mayoría de la producción de vino de la Aquitania de la Edad Media. El ducado de Aquitania-Gascuña era el único país que producía clarete en cantidad y que se exportaba y comercializa en los mercados del norte. A nivel local, era la bebida favorita de los consumidores. El vino clarete era el resultado de una vinificación corta que estaba hecha de uvas, tanto negras como blancas.

Las uvas se vertían a granel en el tanque después de haber sido aplastadas pero sin despalillado previo. Estas uvas producían un mosto que fermentaba directamente para convertirse en orujo. El tiempo de fermentación, aunque éste podía ser variable, pero generalmente duraba seis días como máximo. Este breve tiempo de fermentación era la garantía de que el vino adquiriría un color claro que caracterizaba a este vino. Por ello debía beberse el vino cuando era joven ya que envejecía mal y se agriaba fácilmente.

La omnipotencia del clarete no impedía la existencia de otros vinos que, sin embargo, eran menos populares y se producían en pequeños volúmenes. Solo el vino blanco parecía que era valorado. Se producía a partir de uvas blancas, requiere un prensado y, por lo tanto, su producción estaba reservada para las élites.

En cuanto a la producción de vino tinto, éste procedía de la misma vinificación que el clarete y se obtenía a partir del residuo del tanque. El vino tinto se producía en pequeñas cantidades y, a menudo, se reservaba para el consumo doméstico o para mojar y cortar el clarete al que le daba cuerpo y color. No olvidemos que la piqueta —un aguardiente muy común como bebida— se obtenía añadiendo agua al orujo, una vez que el vino se hubiera pasado.

El gusto de los consumidores, ya fuera éstos gascón o inglés, fue cambiando poco hasta que afínales del siglo XV. En 1488, se decía que todo apuntaba a que los vinos blancos y tintos se afirmarían gradualmente como el vino de Borgoña,  aunque se opinaba que el clarete seguiría siendo un producto clave que dominaría el mercado europeo.

III

Por otro lado, a principios del siglo XV, las entradas y salidas del puerto de Baiona se habían deteriorado mucho. En efecto, la salida al mar en las proximidades de Capbreton se habían complicado y el río prolongaba su curso más hacia el norte hasta las proximidades del lago de Soustons donde encontrará una salida al mar. La causa de este fenómeno tan excepcional pudo ser una gran tempestad o una gran marea, o la combinación de ambas. La mayor parte de las aguas seguía saliendo por la desembocadura primitiva, en las proximidades de Capbreton, pero surgió un brazo secundario que se dirigía hacia el norte hasta el lugar conocido actualmente como Boucau. La inmediata consecuencia de este cambio en el curso del río fue el descenso del nivel de las aguas en las zonas comprendidas entre Capbreton y Bayona.

A partir de 1480, la situación del puerto de Baiona se volvió preocupante pues crecían las dificultades de los navíos para remontar el río hasta llegar al puerto de la villa. La parálisis del puerto supondría la asfixia de la ciudad. En el año 1482, el alcalde y consejeros municipales de Baiona se empezaron a preocupar aún más, debido a que los barcos ingleses y bretones cargaban en Capbreton sin pagar impuestos en Baiona. También lo hacían muchos barcos de peregrinos que iban a recorrer el Camino de Santiago.

Por ello, para evitar pérdidas económicas, reiteraron su privilegio que obligaba a que todos los barcos pagaran los derechos de carga y descarga en Baiona aunque estas actividades no se realizaran en la villa. A pesar de todo, la amenaza era persistente y las naves cada vez tenían más dificultades para remontar el río. Se prohibían también instalar estructuras pesqueras en el río para no obstaculizar aun más el transito naval y hasta alguna nao llegó a encallar en la desembocadura del río Adur porque había zonas del río con muy poco calado en bajamar. Tal como puede verse las complicaciones se iban amontonando y eso lo sabían muy bien los maestres de Donibane Lohizune que siempre remontaban hasta el puerto de Baiona con la marea subiendo  y en condiciones pluviométricas normales.

Por fin, el 5 de Agosto de 1488, la dirección del viento cambió ya que entraron vientos de componente NO y la nao “Ciburu” pudo poner rumbo hacia el sur. En menos de un día, arribarían al puerto de Baiona, donde descargarían parte de la mercancía y también desembarcaría Gabriel de Besalú que se tomaría un merecido descanso para ir a casa de sus padres para visitas a su familia y ayudarles con la posada. Por otro lado, el maestre capitán Johan de Ursua y el maestro cartógrafo proseguirían la singladura hasta Donibane Lohizune y después zarparían para el puerto de Bilbao, haciendo escala antes para descargar en los puertos de Donostia,  Bermeo y Portugalete.

Para la vuelta al puerto de Donibane Lohizune solo cargarían mercancías en el puerto de Bilbao que descargarían en el mismo puerto y allí, en el puerto de Donibane Lohizune se distribuiría esa mercancía de Bilbao entre otros barcos. La nao “Ciburu” entraría en el astillero para su limpieza, reparación y mantenimiento, al tiempo que se renovaría todo el aparejo y las diferentes jarcias. Los carpinteros de ribera tendrían también diferentes tareas que hacer para adaptar la nave a una singladura transoceánica de unas 2.300 millas náuticas hasta las isla de Vinlandia, instalarían seis cañones en el castillo de proa y otros seis en el de popa y alojarían cómodamente a una tripulación de 27 hombres, de los cuales siete habían sido mercenarios en diferentes armadas de los reinos europeos.

Aquella tarde sería la última comida que tendrían antes de zarpar de nuevo hacia el Nuevo Mundo. Gabriel de Besalú tenía una sorpresa para el capitán Johan de Ursua y para su maestro Ochoa de Andraka que les alegraría un montón. Había descubierto como podían aprovechar también el invierno. Era una idea que le vino de repente cuando reviso el mapamundi completo que el muchacho aprendiz y su maestro habían elaborado cuando zarparon de Brujas rumbo a Baiona.

Antes de cenar, se reunieron los tres en el camarote del capitán donde después tendrían como despedida, la última cena de aquella larga singladura que habían casi concluido, al menos, para Gabriel, que se quedaría ya en Baiona, mientras los dos primos seguirían navegando a Bilbao y luego regresarían a Donibane Lohizune para meter al barco en el astillero y prepararlo para la travesía del Atlántico, de manera que pudiera soportar una estancia de unos ocho o nueves meses caboteando por las desconocidas costas del Nuevo Mundo.

La noticia que tenían tanto Johan como Ochoa era que Gabriel les iba a proponer una alternativa que supondría una acortamiento de algunos meses del viaje al Nuevo Mundo ya que no correrían el riesgo de tener que invernar en Vinlandia  o en Marklandia. Si se lograba cumplir la misión, evitando pasar el invierno en aquellas heladas durante el invierno sería una buenísima noticia. Se había alargado el viaje realizado entre abril y agosto por Europa occidental bastante más de lo previsto y ahora debían correr si querían poner rumbo sur desde Vinlandia antes de mediados de octubre.

Todos sabían que las condiciones climáticas de aquella isla eran muy duras y, sobre todo, Johan de Ursua, que había viajado dos veces al Nuevo Mundo. Él lo sabía por experiencia pues, una de las veces, uno de los barcos que acompañaba al suyo estuvo a punto de quedar atrapado por la mantisa. Aquello hubiera sido una trampa mortal pues en aquel tiempo no estaban los barcos preparados para soportar inviernos tan largos y crudos. Esta vez, se prepararían para ello pero, para poder estarlo, se requería tiempo y precisamente de tiempo es de lo que andaban muy escasos.

Johan había calculado que si regresaban de Bilbao para el 15 de agosto necesitarían algo más de medio mes en poner la nao en condiciones para soportar cualquier eventualidad climática que se les presentara. Él estaba muy convencido, y en eso era optimista, que podrían arribar a las costas de Vinlandia para la primera semana de octubre, si lograban zapar a finales de agosto. No obstante andarían muy justos. Por ello, había pensado en cancelar el trayecto a Bilbao y distribuir la carga en otros barcos que zarparan para Bilbao desde el puerto de Baiona.

De esta manera, la nao “Ciburu” navegaría hasta Donibane Lohizune y allí empezaría antes a ser reparada y también finalizarían antes las reparaciones y ajustes necesarios, lo que les haría ganar un tiempo que valdría oro a la hora de  evitar ser atrapados por el invierno de Vinlandia. Finalmente, había un tema pendiente, faltaba resolver la cuestión de la nueva reunión que Ochoa de Andraka  debería mantener con Juan Vizcaíno de Lakotsa y el confesor y asesor de la reina Isabel I de Castilla, Hernando de Talavera. Sin embargo, este problema sería fácil de resolver porque todos los días había un barco que o bien del puerto de Baiona, o bien del puerto de Donibane Lohizune zarpaba rumbo al Puerto de Bilbao o de Portugalete.

Gabriel observaba como el capitán Ursua y su maestro Andraka se felicitaban por haber dado con una solución que permitiera que el 22 de Agosto de 1488 el barco pudiera zarpar hacia el Nuevo Mundo y sonrió para sus adentros. Ochoa que conocía bien esa sonrisa pues era igual que la de su hermana, se le quedó mirando y le preguntó sin tapujos:

— Y bien, ¿Cuál es su opinión ahora? ¿Su propuesta que mejora la que hemos formulado ahora mismo?

— Opino que su propuesta sería en el caso de que fuera necesario navegar a Vinlandia por ser el punto de partida del cabotaje a realizar por las costas del Nuevo Mundo pero no es el caso —tanto Johan como Ochoa se quedaron boquiabiertos por la respuesta del alumno de cartografía.

— ¿Que no es el caso, y cuál es entonces el caso? —preguntó un tanto contrariado el maestre o capitán de la nao.

Ochoa no sabía si echar a reírse, lo cuál molestaría a su primo y puede ser que hasta se ofendiera porque se creería que se estaban riendo de él, o, por el contrario, podría hacerse el tonto como aquel que no lo ha entendido porque la verdad es que lo había cogido a la primera cuando su ayudante Gabriel había subrayado la frase: “en el caso de que fuera necesario navegar a Vinlandia por ser el punto de partida del cabotaje a realizar por las costas del Nuevo Mundo”. Había sido una idea magistral porque el punto de partida era el que se encontraba más al sur de todos los mapas que habían validado como buenos. Es decir: el que se encontraba dentro de una bahía donde desembocaba un río importante situado en la posición geográfica: Latitud: 40° Norte;  Longitud: 49° Oeste.

Por otro lado, las coordenadas geográficas de la Isla de Vinlandia eran: Latitud: 47° 30′ Norte;  Longitud: 27° 30′ Oeste, y ellos habían verificado matemáticamente que habían recorrido una longitud de unas mil millas náuticas siguiendo la línea de la costa de aquella región del Nuevo Mundo que era de orientación NO-SE.

En la quinta caja que les presentó Gabriel a los dos primos se encontraba un mapamundi elaborado por Ochoa de Andraka al que su ayudante Gabriel de Besalú había añadido la línea de costa de una longitud de mil millas náuticas situada al sur de Vinlandia. Una copia de ese mapa es la que Ochoa entregaría a Juan Vizcaíno de Lakotsa en la próxima reunión que mantendrían con Hernando de Talavera en Bilbao para que se lo enseñara a la reina Isabel I de Castilla, mostrando que lo que quedaba por hacer, durante este año y parte del siguiente, era trazar la línea de costa del Nuevo Mundo que iba desde el paralelo 40º N hasta el paralelo 28º N, en referencia al paralelo de las Islas Afortunadas.

Ochoa intuía que lo que Gabriel quería decir es no había porqué subir tan al norte como el paralelo 47º N de Vilandia para iniciar la singladura de cabotaje. Bastaba con comenzar desde el paralelo 40º donde según los bristolianos, existía una bahía donde desembocaba un río importante situado en la posición geográfica: Latitud: 40° Norte;  Longitud: 49° Oeste; y, desde allí, continuar siguiendo la línea de costa y las islas del nuevo continente.

Era evidente que por debajo de una latitud 40º Norte, sería factible mapear durante el invierno toda la costa del Nuevo Mundo hasta el paralelo 28º Norte e, incluso, por el hecho de poder disponer de más tiempo, se podría explorar las costas situadas por debajo del paralelo 28º Norte y esa era la solución óptima. Indudablemente, Gabriel había demostrado, una vez más, que era genial y de nuevo Ochoa se sintió muy orgulloso por él. Sin embargo, la pregunta que formuló no recogía esa constatación sino que pretendía que su ayudante explicase con más detalle esa solución que proponía, al objeto que su primo Johan de Ursua pensara que él también se iba aclarando a la vez que él.

Naomi ofreció una explicación que convenció a todos aunque ella sabía muy bien que su maestro se estaba haciendo el que no comprendía para que su primo Johan terminara también por explicársela:

— Es fácil de entenderlo, Ochoa —contestó Johan muy contento por haber entendido la brillante idea que acababa de proponer Gabriel— Nosotros, gracias a la expedición bristoliana, ya sabemos con lo que nos vamos a encontrar a mil millas de Vinlandia siguiendo la costa. Lo que tenemos que hacer es enfilar hacia el estuario situado en la posición geográfica: Latitud: 40° Norte;  Longitud: 49° Oeste, para ganar tiempo y no correr el riesgo de tener que invernar en Vinlandia. Gabriel tiene razón. Debido a que tendremos que hacer escala en la isla de Re, junto a La Rochelle, para cargar sal por si pescamos bacalao. Para zarpar hacia el Nuevo Mundo, propongo que nuestra derrota sea subir luego hasta la altura de Nantes. Desde allí seguiremos en nuestra singladura el paralelo 47º Norte para ir descendiendo hasta el paralelo 40º Norte, una vez hayamos recorrido las primeras 1.000 millas náuticas.

—El maestre de la nao eres tú y, además, éste será tu tercer viaje al Nuevo Mundo. ¡Donde manda patrón, no manda marinero! —comentó en voz alta Ochoa, mientras le guiñaba un ojo a Gabriel que no paraba de sonreír a los dos primos.

IV

Aunque Ochoa de Andraka ya lo sabía, escucharlo de primera mano de boca del maestre de la nao “Itsas gain” que le transportaba a Bilbao y que su familia era de Balmaseda, le indignó lo suficiente como para avergonzarse de sus propios paisanos. La gente racista le parecía ya cada vez más despreciable. Sin embargo, si se trataba de los vascos todavía le parecía este hecho más mezquino y abominable. Más de una vez había oído a gente castellana racista exaltada y cargada de odio, hablar de que ellos eran cristianos viejos de pura sangre. Proclamaban con orgullo ciego que su sangre no estaba contaminada con esa mala raza de moros, ni con la de los judíos, ni con la de los penitenciados por el Santo Oficio de la Inquisición, ni con la casta de negros o mulatos, ni con cualquier otra mala secta reprobada por la ley. Andraka sentía en el alma que eso mismo se dijera en su nación vizcaína.

Ochoa sentía vergüenza e indignación cuando escuchaba tales proclamas que hacían que los seres humanos se comportaran como bestias, pero se reprimía. Lo hacía porque, sabiendo que él era mitad judío por parte de madre, también temía que alguien lo delatara y que su familia sufriera cobardes ataques y linchamientos. El cartógrafo vasco hacía tiempo que era bien consciente de que la expulsión de los judíos de todos los reinos peninsulares era algo que pronto llegaría a suceder. Sin embargo, lo que le parecía de todo execrable era que sucesos racistas como los ocurridos en Balmaseda, en el Señorío de Bizkaia, pudieran generalizarse.

El hecho de que el concejo de Balmaseda hubiera aprobado tomar medidas muy duras contra los judíos —entre otras, la de prohibir que en el futuro se instalara allí nadie cuya etnia fuera hebrea— le había indignado hasta lo más profundo de su ser. En efecto, a comienzos de 1486, tuvo lugar en Balmaseda un violento alboroto contra los judíos, a pesar de no ser no eran más que un centenar.

Pero la jauría humana, alentada por los monjes y religiosos, aullaba atosigándolos para que se fueran del pueblo y lo dejaran todo. Poco importaba que muchos de ellos fueran más vascos que muchos de los ediles de apellidos castellanos que codiciaban sus bienes.

En general, sobre todo en Castilla, la hostilidad antijudía estaba muy arraigada en algunos sectores populares influenciados por las predicaciones de clérigos que querían hacer de los judíos un chivo expiatorio. Por el contrario, también se decía que los judíos eran muy amados en los reinos peninsulares por los reyes, sabios, intelectuales.

Todos, a excepción del pueblo llano y de los monjes como los benedictinos que hostigaban a los judíos parapetados en la impunidad que les ofrecía la Santa Inquisición. Sin embargo, también había ingenuos como fray Hernando de Talavera que se creía que entre los cristianos y los judíos las relaciones eran buenas.

En el Señorío de Bizkaia, la orden de 1486 que ordenaba que se incautaran los bienes de los judíos, se le prohibiera la entrada en Bizkaia y se les exigiera que, en adelante, para residir en Bizkaia deberían antes probar no ser descendiente de judío, era un hecho que había impactado en bastantes sectores de la población que trataban con comerciantes marinos.

Ochoa era de esos y, aunque él se sentía laico, siempre había tratado con respeto a todas  las religiones. Sin embargo, el fanatismo al que estaba llegando el catolicismo le pareció una amenaza y un gran retroceso para la construcción de la naciones.

En su fuero interno, Ochoa repudió la hipocresía del mensaje de amor y de tolerancia del que todavía el cristianismo hacía gala. El racismo, el antisemitismo lo habían convertido en un dogma de fe. Los judíos de Balmaseda no eran precisamente unos recién llegados. Era vascos de toda vida. Lo de Balmaseda fue sangrante porque eran familias que llevaban asentadas en la población generaciones enteras. Eran vizcaínos y además sus rasgos eran vascos, sin más.

Es innegable que la creación de la Inquisición en tierras castellanas en 1478, había preparado un caldo de cultivo propicio para que se tomaran medidas que escondían, bajo un pretexto religioso, un afán codicioso y lucrativo. Los judíos serían desposeídos de sus bienes y de sus negocios y éstos pasarían pronto a nuevas manos. De igual modo, el desalojo de judíos que ocupaban altos cargos de la Corte de Castilla dejaría sillones vacíos pero bien cotizados, que serían bien pronto rentabilizados por algunos vizcaínos “pura sangre” que Andraka conocía.

Como en muchas otras naciones, también en Bizkaia se decía lo mismo que en Castilla. No así en el reino de Navarra, donde se decía todo lo contrario. La explicación castellana de la prosperidad hebrea radicaba en que, en Castilla, el trabajo era considerado todavía como un castigo. Los que eran nobles e hidalgos preferían malvivir antes que ganarse el jornal y permitieron a algunos comerciantes vascos y judíos adueñarse sin oposición del comercio y hacer fortuna como prestamistas, aprovechando que el catolicismo prohibía la usura.

Para los monjes predicadores, los malos no fueron los burgueses y comerciantes cristianos que los había y eran mayoría, sino sólo aquellos que eran de religión judía. Así, bajo las protestas por la mala influencia religiosa que representaban judíos, se escondían muchas veces las ansias y la avaricia de sus coetáneos cristianos por apoderarse de los negocios, bienes y pertenencias de los judíos.

En Balmaseda se fijó un justiprecio por los bienes requisados que era tan ridículo que resultaba imposible negar que aquello fue un robo indecente mediante el que algunos codiciosos incautaron buena parte de los bienes de los judíos sin mediar pago alguno. Es cierto que a algunos judíos se les prometió pagarles, aunque el precio fijado fuera una miseria. Pero, posteriormente, ni tan siquiera esa promesa se cumplió, puesto que no pagaron nada.

El antisemitismo, generalizado en la época en Castilla como estandarte de la Iglesia católica, en el caso de los territorios vascos, arraigó solo en Balmaseda hubo un linchamiento donde no hubo justicia, ni piedad alguna. Tampoco hubo respeto a los fueros, ni a las libertades. En 1483, se cometieron en Balmaseda delitos graves contra los judíos. Orduña, otro de los reductos de esta comunidad en Bizkaia, también reflejó fuertes tensiones, al igual que Vitoria, donde residía la mayor judería de Baskonia occidental.

Ante estos hechos, Ochoa de Andraka se sintió impotente y, aquella vez, empezó a verlo más claro. El antisemitismo no era un hecho racional sino visceral que actuaba impunemente en nombre de la fe cristiana. Se trataba de un horror que Torquemada y sus secuaces esparcirían mediante la tortura y la muerte en la hoguera de aquellos judíos que no renegasen de su fe. Pero lo más malévolo y escandaloso era que, además, lo hicieran en nombre de otro judío que, precisamente, murió por ser el rey de los judíos para los romanos y predicar el amor, la solidaridad y la tolerancia.

Quizás un tanto abatido ante un espeluznante futuro que se le venía encima, aquella fue la primera vez que Ochoa de Andraka empezó a tener claro que la idea de autoexiliarse de una Bizkaia oscurantista no estaba tan desacertada. Se trataba de otra Bizkaia, pero no la nación que él conoció al nacer. Era el territorio vasco que más había olvidado los valores de la tolerancia y las libertades gentilicias y que más caminaba hacia un fanatismo intransigente.

Además, lo hacía en nombre de una fe cristiana que, en teoría, debería predicar con el ejemplo en lo referente a la tolerancia, la caridad, la piedad y el amor al prójimo. Pensó entonces en los Besalú y un escalofrío horrible recorrió su cuerpo. Pensó en Gabriel y en Naomi sobre todo. Pensó en lo que les hubiera pasado si ellos hubieran estado viviendo en Balmaseda y sintió rabia y asco.

[1] Por ejemplo: tipos y volúmenes de productos, mercados de origen y de destino, actores y técnicas comerciales.

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