1489: EL MAPA VASCO DEL NUEVO MUNDO—5 Capítulo

por Juanjo Gabiña

Capitulo 5º

Los mapas de John Day

I

La víspera de la arribada al puerto de Londres, Naomi de Besalú se retiró pronto a su camarote. La joven sabía perfectamente todo el trabajo que le esperaba por hacer durante los dos días que permanecería la nao “Ciburu” atracada en el puerto de Londres. Sin embargo no podía dormir. El capitán Johan de Ursua le había informado que se reunirían con un comerciante inglés llamado John Day que Ochoa de Andraka conoció en Bristol hacía seis años. Algo importante le debió enseñar o comunicar al vasco porque de resultas de que aquella conversación que mantuvieron los dos, el joven cartógrafo organizó el viaje de exploración a Vinlandia,  la isla del nuevo mundo donde se establecieron los vikingos de Leif Erikson que procedían de Groenlandia.

La joven estaba inquieta porque ya no podía controlar los impulsos de su corazón y lo que sentía por su maestro se había convertido en una especie de obsesión. No había hora en la que no hubiese un minuto en el que su pensamiento no volara para posarse contemplando la mirada de Ochoa hacia ella. A veces, Naomi se avergonzaba de que ya no solo lo considerara su maestro y mentor, sino que también lo percibiera como un hombre del que ella se estuviera enamorando.

La primera noche que se despertó viviendo un sueño en el que su maestro la besaba apasionadamente, notó que sus labios húmedos ardían y una especie de cosquillas que surgían desde el fondo de su vientre la llenaban de un placer que nunca antes había conocido. Cuando Naomi fue consciente que todo había sido un mero sueño, sintió un gran alivio. A su vez, se prometió que aquello sería un secreto que nadie sabría pues nunca saldría de su boca y también se juró a si misma que nunca más volvería a ocurrir porque era algo que no podía suceder nunca. Ella era de religión judía y, por otro lado, Ochoa era cristiano y aquello representaba un hándicap prácticamente insalvable.

Sin embargo, aquel sueño no vino para irse tan fácil puesto que recogía imágenes y sensaciones que, hasta entonces, ella nunca había experimentado y, sin que Naomi pudiese evitarlo, se fue convirtiendo en una fantasía que poco a poco se iba transformando en un recuerdo situado en la frontera que separa el mundo de lo que es real, del mundo de lo que es imaginario.

Tampoco entendía la joven porqué su padre, que tan cumplidor era de las leyes judías, le había dado tantas facilidades para que ella cumpliera con su deseo de ser cartógrafa náutica. Podía entender que le aconsejara que se disfrazara de muchacho para que ella pasara inadvertida en un mundo de hombres. No obstante, le resultaba cada vez más extraño que tanto su padre como su madre no le hubieran dado ningún consejo sobre el hecho de que, siendo su mentor Ochoa viudo y ella, una doncella, cómo manejar la situación en el caso de que se produjera alguna atracción entre ellos.

Recordaba que el padre de Johan, Ander de Ursua, y su padre, Jacob de Besalú, se habían hecho grandes amigos y que muchas veces les oía hablar en voz baja, cada vez que ella se acercaba a donde ellos se encontraban charlando y que, generalmente, era el estudio que ella compartía con su padre. Muchas veces le había parecido que ambos tramaban algo a sus espaldas pero en seguida eliminaba esa presunción por lo recto que era su padre como hombre de fe que era. También consideraba que el armador de Donibane Lohizune era un hombre de honor. Además, su padre Jacob nunca hubiera hecho amistad con alguien que no fuera una buena persona.

Naomi sospechaba que debía haber algún secreto entre ellos pero no alcanzaba siquiera a imaginarlo. Había pasado un mes desde que le propusieran trabajar como ayudante de cartógrafo y, confidencialmente, le dijeran que era para dibujar las cartas náuticas de un nuevo mundo que existía entre los continentes de Asía y Europa. Era de reconocer que la propuesta era muy tentadora y ella se quedó tan entusiasmada con esa idea que no dudó en responder que le encantaría hacerlo. Sin embargo, dada su condición de doncella y el hecho de tener que navegar en barcos donde toda la tripulación estaría formada por hombres, le pareció que era una idea un tanto descabellada y así se lo expuso al día siguiente a sus padres.

Fue su madre la que dio con la solución cuando le propuso que se disfrazara de muchacho. Solamente el capitán Johan de Ursua sabría la verdad y la ayudaría en todo momento. Con el pelo corto, Naomi podría pasar por un joven aprendiz de diecisiete años y su maestro, Ochoa de Andraka, que era, a su vez, sobrino del amigo de su padre, Ander de Ursua, difícilmente se daría cuenta de cuál era su verdadero género.

Naomi seguía pensando de que se trataba de una idea un tanto alocada, pero en ningún momento se echó atrás pues ella era también osada y, además, confiaba con los ojos cerrados en el criterio de sus padres. En cierto modo, el hecho de ser la ayudante de un cartógrafo que, a pesar de ser relativamente joven, eran tan reconocido entre sus colegas, le atraía mucho aunque, el hecho de hacer pasarse por un muchacho para su maestro viudo, la excitaba en su sensualidad femenina. Además, aunque no le conocía personalmente, lo que había oído de él era más que suficiente para la joven como para sentirse un tanto expectante.

Una vez Naomi le escuchó al rabino de la comunidad, que era un recién llegado del reino de Navarra, que le preguntaba a su padre algo acerca de la esposa del joven capitán de barco con el que le había visto hablando fuera de la posada. Al principio, cuando Naomi escuchó aquella conversación, no cayó en la cuenta de quien estaban hablando. Solamente supo la verdad al preguntarle el rabino por el capitán de barco con el que su padre había estado hablando y éste contestarle:

— ¿Te refieres al hombre que estaba hablando conmigo? Ya sé a quién te refieres ¿No sabías que su esposa es también una hija de Sion. Es decir, que es judía como nosotros? —Naturalmente que la joven Naomi no lo sabía pero intuyó que estaban hablando de Johan de Ursua y ello abría la puerta a algunas explicaciones que hasta entonces no había considerado para nada.

II

En 1482, Ochoa de Andraka se sentaba junto al comerciante londinense, John Day, en la misma mesa del comedor de la posada “The Daring Sailor” que se ubicaba en una calle cercana al puerto de Bristol. Lo hacía un año antes de que el cartógrafo vasco confirmara la existencia de las tierras de Vinlandia, situadas en el Nuevo Mundo, como las tierras que descubriera y colonizara durante un tiempo el vikingo Leif Erikson, a comienzos del siglo XI.

En 1460, por detrás de las ciudades de Londres y de York, la ciudad de Bristol era considerada la tercera ciudad más grande de Inglaterra. Tras la Guerra de los Cien Años que finalizó en 1453, el puerto de Bristol, al igual del resto de los puertos ingleses de Gran Bretaña, perdió su acceso a los vinos de Gascugna, por lo que sus comerciantes se lanzaron a otros mercados como el de Castilla y Portugal y así, aumentaron las importaciones de vinos de ambos reinos.

Las importaciones de Baskonia, de manera especial, incluían mineral de hierro y piezas de hierro forjado. Las importaciones procedentes de Irlanda consistían en pescado, pieles y telas de lino. Las exportaciones a Irlanda incluían paños, alimentos, ropa y metales.

Pero, sobre todo, fue el declive del comercio de bacalao con Islandia el que originó el golpe más duro para la economía local, alentando a los comerciantes de Bristol a buscar nuevos caladeros para la pesca del bacalao. Ello hizo que giraran sus miradas hacia el oeste, hacia el otro lado del Océano Atlántico. Además, se contaban diferentes rumores acerca de la existencia de fabulosos caladeros para la pesca del bacalao y la caza de ballena que estaban permitiendo a los vascos ser los líderes en el mercado de esos productos.

Por ejemplo, existían rumores muy verosímiles acerca de que durante la década de los años 1470, dos barcos balleneros vascos que iban persiguiendo a un grupo de ballenas de las que cazaban los vascos en el Golfo de Bizkaia, tras recorrer miles de millas náuticas yendo tras ellas durante cuarenta días, al final, llegaron a unas costas de poniente donde confluían una corriente cálida que procedía del sur y una corriente fría que venía del norte, justo frente a la desembocadura de un gran río. Allí se encontraron con una isla a la salida de un estuario que estaba repleto de ballenas. Sin embargo, nunca hubieran imaginado  que pudiera encontrarse una pesquería tan rica y productiva para la pesca del bacalao como aquella.

En tan sólo un mes de pesca, habían realizado tal número de capturas que agotaron sus provisiones de sal y sus barriles llenos de bacalao al salazón. Cuando los barcos arribaron al puerto vasco de Donibane Lohizune, en vista del éxito de la venta temprana que habían realizado a diversos comerciantes de Rouen, Burdeos y Nantes, los armadores de los dos barcos balleneros vascos decidieron no contar nada acerca de aquel banco tan prodigioso para la pesca del bacalao y la caza de ballena. Ander de Ursua, que era el propietario de uno de los barcos en el que navegaba su hijo Johan como timonel, al día siguiente envió un mensajero para localizar a su sobrino del que sabía que había regresado hacía menos de un mes de realizar junto con su maestro, Juan Vizcaíno de Lakotsa, unas cartas náuticas de las Islas Afortunadas.

John Day estaba muy contento porque el joven cartógrafo Ochoa de Andraka, por fin, hubiera aceptado exponer ante una comisión reducida del Consejo de Gremios de la Ciudad de Bristol una información confidencial que corroborase la verdad sobre la existencia de los fabulosos bancos de pesca del Nuevo Mundo. En realidad, Ochoa actuaba como representante de una serie de comerciantes y armadores vascos interesados en tener un trato privilegiado en relación con el comercio a desarrollar con el Puerto de Bristol. El comercio  con la península ibérica iba creciendo y los puertos vascos querían aprovecharse del aumento de intercambios comerciales con otros puertos europeos. El puerto de Bristol, en cuanto a comercio del bacalao se refiere, era muy importante.

Por otro lado, los comerciantes bristolianos llevaban tiempo financiando viajes de exploración sin éxito en busca de la Isla fantasma de Hy-Brazil que narraban algunas leyendas celtas. Al parecer, dicha isla mítica se encontraba en medio del Océano Atlántico y, en la leyenda, había llegado a fundirse mitológicamente con la que describiera San Brandán, un monje irlandés que navegó hacia el oeste en búsqueda del “Paraíso Terrenal” descubriendo nuevas tierras. Había quienes creían que dicho monje llegó a la Macaronesia donde se encuentran las islas Azores, Madeira y Afortunadas, situadas más al oeste en el Océano Atlántico, pero otros se quedaban tan solo con la isla de Hy-Brazil.

En cualquier caso, el hecho de que hubiera islas en medio del océano era algo con lo que se especulaba desde el siglo II d.C., desde los tiempos del geógrafo matemático griego, Claudio Ptolomeo, y, en consecuencia, se daba por cierta la existencia de la isla de Hy-Brazil, reflejándola hipotéticamente en la cartografía de la época y dando por hecho que los marinos de Bristol la habían visitado antaño, aunque luego perdieran el contacto  con dicha isla y olvidaran su verdadera ubicación.

Ochoa de Andraka admiraba a Claudio Ptolomeo. Su obra conocida como “Geographia”, en la que Ptolomeo describía el mundo de su época, utilizaba un sistema de latitud y longitud que seguía sirviendo de ejemplo a los cartógrafos de su época. El viaje que realizó junto con su maestro, Juan Vizcaíno de Lakotsa, a las Islas Afortunadas, además de servir para cartografiar con mayor detalle las cartas náuticas de dicho archipiélago, también precisaba la ubicación exacta del meridiano cero utilizado por Claudio Ptolomeo y que se situaba a unos siete grados al oeste de la isla de la Gomera, integrante del archipiélago de las Islas Afortunadas.

En el año 1480, el joven Ochoa de Andraka y su maestro cartógrafo, Juan Vizcaíno de Lakotsa, conocieron en Bilbao al comerciante londinense, John Day. Les dijo que él operaba cada vez más desde Bristol y que se había comprometido, junto con otros comerciantes y armadores bristolioanos en financiar una nueva expedición. Esta vez serían los barcos, “George” y “Trinity”, los que navegarían en busca de cierta isla llamada “la isla de Brazil”, un lugar legendario cuyo nombre se derivaba de una palabra gaélica que significaba “bendecido” o “afortunado”.

Un año más tarde, a finales de 1481, se volvieron a encontrar con John Day pero esta vez fue en Baiona. Según les dijo el comerciante inglés, la expedición había sido un fracaso. Los dos barcos bristolianos zarparon en julio de 1481 hacia las Islas Azores con la intención de seguir navegando rumbo suroeste y alcanzar la altura del Ecuador para desde allí dirigirse hacia poniente pero una terrible tempestad los sorprendió y los empujó hacia el norte hasta el paralelo 37. Prácticamente, la tempestad los había devuelto a la latitud de las Islas Azores y hacia allí se dirigieron porque los barcos necesitaban reparaciones y algunos marineros se encontraban gravemente enfermos debido a que habían contraído la enfermedad del escorbuto.

Tras aprovisionarse de comida y agua fresca, reparar las velas y apuntalar algunos mástiles, los dos barcos pusieron rumbo norte desde dicha latitud hasta verse en medio de una gran corriente marina de agua caliente que discurría de oeste a este hasta arribar al puerto de Bristol. Estos hechos ocurrían a comienzos de noviembre del mismo año. Así pues, tras permanecer algo más de tres meses navegando por el Océano Atlántico, regresaron los dos barcos con tan sólo la mitad de la tripulación. Como dato a resaltar era que sus bodegas todavía conservaban la sal que llevaban cuando zarparon del puerto de Bristol, lo que sugería que otro de los propósitos de aquella expedición marina había sido la de hallar un nuevo caladero para pescar que desgraciadamente no encontraron.

III

El bosque de Vexin cada vez estaba más tupido y ofrecía menos claros. Ochoa de Andraka decidió mantener el mismo paso al trote que llevara la víspera. Por si acaso, y antes de partir, el vasco se había puesto la capa y sobre ella el cinturón cruzado que sujetaba su espada y que colgaba en su costado izquierdo pues Ochoa era diestro.

De pronto, en medio de la espesura del bosque, se oyeron unos gritos. Ochoa, presto para acudir en ayuda de los que gritaban, apretó sus piernas contra el vientre del caballo y aligeró la tensión de las riendas. El caballo empezó a galopar y no paró hasta que, desde una ligera loma, Andraka pudiera divisar cómo, a menos de cien metros, tres bandidos atracaban una carreta tirada por dos caballos que viajaba en dirección a Rouen.

Según se acercaba a la carreta con la espada en ristre pudo comprobar que el conductor de la carreta y el soldado de la escolta que iba delante de la carreta yacían muertos en el suelo víctimas de un flechazo. Para evitar ser alcanzado por otra flecha Ochoa, se ciñó al cuello de su caballo y así parapetarse tras él, sin frenar la carrera del caballo hasta alcanzar la altura donde se encontraban los dos de los bandidos sorprendidos por su aparición tan repentina. Sobre la marcha, saltó del caballo y cayó encima de uno de ellos con el brazo derecho empuñado la espada en dirección hacia su pecho.

El choque al caer sobre el bandido fue tremendo y la espada atravesó violentamente el cuerpo de aquel bandido de lado a lado. En el salto, Ochoa soltó inmediatamente la espada para que su inercia ejecutara el trabajo y, tras dar dos vueltas en redondo por el suelo, se levantó y lanzó su “labana”, o cuchillo vasco, contra el corazón del segundo bandido que cayó muerto al suelo como si un rayo lo hubiera fulminado.

A continuación, el cartógrafo vasco se dirigió corriendo hacia la carreta y comprobó que sus tres ocupantes estaban horrorizados y muertos de miedo pero, al fin y al cabo, ilesos. Sin embargo, en la parte trasera de la carreta, se estaba celebrando un duelo a muerte y las espadas no dejaban de machacar con sus golpes el silencio del bosque. El segundo soldado de la escolta había caído del caballo pero no estaba lesionado y combatía bien con la espada. El bandido también parecía que sabía manejarla y sus guardias y paradas con la espada lo atestiguaban.

De pronto, aquel rufián se sorprendió de ver que el que se acercaba a él con la espada en ristre cono era ninguno de sus dos compinches. Este despiste fue el momento que aprovechó el soldado para hacer un quiebro y así poder engañar a su oponente, insertando su espada en el vientre del tercer salteador.

En aquella carreta viajaban tres ilustres eclesiásticos Louis de Beaumont de la Forêt, obispo de París, que había desempeñado como chambelán de los reyes Charles VII y Louis XI, antes de convertirse en canciller de la iglesia de Notre-Dame de Paris. Le acompañaban sus dos clérigos colaboradores, Gérard Gobaille, canónico de la catedral de Soissons, y Jean de Rély, obispo de Angers. Los tres religiosos le reiteraron su agradecimiento por haberles salvado la vida y le ofrecieron que les acompañara en su viaje al palacio donde tenía su residencia el obispo de París junto a la iglesia de Notre-Dame a orillas del río Sena.

Durante el camino a París, Ochoa de Andraka aprovechó para comentar el motivo de su viaje a París que no era otro que el de recuperar un baúl que había dejado en custodia del convento de franciscanos de Nantes pero que, por motivos del conflicto bélico entre el ducado de Bretaña y el reino de Francia había sido enviado al convento de franciscanos de París para continuar con su custodia. El canónico de la catedral de Soissons, Gérard Gobaille, aparentaba ser la mano derecha del obispo y tomó nota de la acreditación del baúl, así como del recibo que le proporcionaron los franciscanos de Nantes.

Cuando, al día siguiente, Andraka se dirigió al convento de franciscanos situado en el barrio Latino, se encontraría con que en el convento ya le estaban esperando para entregarle el baúl. Tras comprobar que su contenido era el correcto consideró que ya no había ningún motivo que le retuviera por más tiempo en París. Un monje franciscano le acompañó hasta el puerto fluvial de Grève que estaba situado al otro lado del río Sena tras atravesar l’Ile de la Cité.

Una vez, en el puerto fluvial, Ochoa decidió utilizar como embarcación de transporte por el río, un batel que le llevaría al vasco en dos días hasta Rouen. Allí llegaría dos o tres días antes de que la nao “Ciburu” arribara a Rouen, lo que él aprovecharía para pensar sobre lo mucho que aún quedaba por hacer.  Además, Andraka deseaba descansar mientras esperaba la llegada de su primo Johan y de su ayudante, Gabriel.

Por otro lado, Ochoa estaba muy satisfecho con aquel muchacho, al que veía que era muy capaz de desempeñar a la perfección todo lo que se le encomendara. Gabriel dibujaba muy bien, tenía buena mano para copiar mapas y estaba muy seguro de que habría hecho un gran trabajo copiando los mapas del Nuevo Mundo que les habría proporcionado John Day. Cerró los ojos y se acordó de la hermana gemela de Gabriel. Aquella muchacha le había impresionado y se le ocurrió que quizás ella y él podrían  tener un futuro común pero se echó para atrás.  Ahora lo importante sería que zarparan cuanto antes  de Rouen, rumbo hacia la ciudad de Brujas, Flandes. De momento, ese futuro común entre la hija de Jacob de Besalú y él estaba muy lejos, tanto que quizás nunca llegaría.

IV

El 2 de Junio de 1488, la tienda real que acogería a los reyes de Castilla y Aragón ya se había instalado en el cerro más alto situado al norte del escenario de batalla en la sierra de Guadix, al objeto de quedar protegidos de cualquier ataque que sobreviniera por parte de las huestes del rey El Zagal o Muhammad XIII. En realidad, El Zagal se llamaba Abu Abd Allah Muhammad Ibn Said y era un miembro relevante de la dinastía nazarí y, a su vez, tío del actual rey de Granada Boabdil. Un rey que jugaba a dos cartas y que igualmente había traicionado a su padre, también hermano de El Zagal, con la colaboración y ayuda de los reyes Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón. La guerra civil entre ambos bandos nazaríes estaba servida.

El Zagal era un personaje muy popular entre los moros y, aunque siempre se había mostrado partidario de mantener la integridad física del reino de Granada, tras arrebatar Almería a su sobrino Boabdil, pactó con él la paz y se repartieron el territorio en virtud del cual El Zagal se instaló en el palacio de la Alhambra de Granada mientras que su sobrino Boabdil hacía lo propio instalándose en el Palacio Dar-al-Horra donde vivía su madre Aixa en el barrio del Albaicín de Granada.

La caída de Ronda en manos de los cristianos, el 22 de mayo del año 1485, arrastró la caída de toda la Serranía de Ronda e, incluso, de Marbella, haciéndose palpable la amenaza cristiana sobre el reino proveniente de Málaga, ciudad que, en el año 1487, El Zagal se apresuró a defender como pudo, perdiendo así todas sus posiciones en Granada en favor de su sobrino, quien ya había firmado previamente un tratado con los Reyes Católicos en el que se comprometía a hacer la guerra a su tío en beneficio de éstos y a rendir la capital nazarí.

La defensa de Málaga fue una lucha tan dura como inútil por parte de El Zagal, puesto que, finalmente, ésta cayó en manos cristianas el 18 de agosto de ese mismo año. La siguiente pérdida de Vélez-Málaga le obligó a retirarse a Almería. Durante todo el año 1488, El Zagal intentó contrarrestar el avance cristiano en la zona de Guadix, donde se encontraba los reyes de Castilla y Aragón esperando que la conquista del reino nazarí de Granada se resolviera con aquella batalla.

Aprovechando la presencia de doña Isabel y don Fernando en Murcia en 1488, se procedió a la conquista de varias comarcas orientales de la actual provincia de Almería, an base a una campaña que se había organizado desde Lorca. En realidad, la guerra llevaba tiempo en marcha y el reino de Granada se había empequeñecido por las conquistas castellanas, especialmente tras la ocupación de Málaga en 1487. Desde entonces, El Zagal dominaba la Axarquía, es decir, el territorio oriental de lo que fuera el Reino de Granada por lo que cada vez la porción que controlaba era menor.

Isabel I de Castilla se había retirado junto a su marido, Fernando II de Aragón, al interior de la tienda real y los reyes habían hecho salir a todos sus servidores. Querían hablar sobre un tema tan importante que no querían que nadie se enterase. Era una cuestión de estado. Tan sólo los guardias de su escolta real permanecían en el exterior vigilando que nadie se acercara a la tienda real.

— He recibido ayer en Murcia una carta del cartógrafo vizcaíno que me está asesorando al reino de Castilla sobre la viabilidad del proyecto de Cristóbal Colón —inició la conversación la reina Isabel I de Castilla mientras su esposo, el rey Fernando II de Aragón, asentía con la cabeza en silencio esperando que su esposa prosiguiera— el año que viene recibiremos las cartas náuticas del Nuevo Mundo que, Dios mediante, descubrirá Cristóbal Colón en unos pocos años.

— ¿Dices que será un Nuevo Mundo? —preguntó el rey contrariado pues, hasta entonces, lo que él sabía por boca de Isabel era que la expedición marina que proyectaba Colón pretendía llegar a las Indias por poniente, acortando de este modo la distancia al comercio de especias.

— El navegante Colón está equivocado. Los resultados de los cálculos matemáticos que hizo sobre la distancia real que nos separa de China navegando hacia occidente son erróneos. La  distancia es mucho mayor —aseveró Isabel I de Castilla.

— Eso lo puedo entender pero ¿Por qué hablas de un Nuevo Mundo? —preguntó Fernando II de Aragón, bajando la voz para que nadie que estuviera fuera pudiera oír su pregunta.

— Porque no sólo fueron los vikingos los que visitaron este Nuevo Mundo en el siglo XI, sino que también lo hicieron los vascos dedicados a la caza de la ballena y a la pesca del bacalao. El cartógrafo Ochoa de Andraka estuvo allí hace cinco años y tenemos cartas náuticas que coinciden con los mapas vikingos —Isabel  detuvo un momento su explicación para comprobar realmente el interés que mostraba la cara de su marido— Desde hace un mes, el que fuera el ayudante del cartógrafo Juan Vizcaíno de Lakotsa, Ochoa de Andraka, se encuentra organizando una nueva expedición para el año que viene.

— No entiendo para qué. Estamos gastando demasiado dinero en este tema. Si dices que el cartógrafo Andraka ya ha estado en el Nuevo Mundo, ¿Para qué tienes que financiar otra expedición ahora?

— Te recuerdo amado esposo que es el reino de Castilla el que lo financia y no el reino de Aragón. El Atlántico es un tema de Castilla y el Mediterráneo es un tema de Aragón. Así es como lo convenimos desde el principio, ¿Verdad? —Fernando II asintió con la cabeza y la reina aprovechó para continuar su exposición— El problema es que Colón, equivocado o no, tiene su proyecto y no podemos permitir que los franceses o los ingleses lo utilicen. El navegante genovés ha decidido partir desde la Islas Afortunadas que se encuentran en el paralelo 28 del Mapamundi de Claudio Ptolomeo. La pretensión de Cristóbal Colón es la de continuar navegando por la misma latitud hacia poniente hasta encontrarse con las Indias.

— Sigo sin entender, Isabel, porqué necesitas financiar el año que viene  una nueva expedición a lo que tú llamas el Nuevo Mundo —respondió su marido, el rey Fernando II de Aragón, con un interés cada vez mayor. A continuación, la reina Isabel de Castilla se introdujo en sus aposentos y regresó con un mapa, el cual desplegó para que su marido lo viera.

— Reconozco que, por lo que todavía te he contado, los motivos aún no sean tan evidentes para ti, así que te lo abreviaré —Isabel II señaló con su dedo la línea de costa del Nuevo Mundo— Como puedes comprobar los mapas que tenemos del Nuevo Mundo dibujan una línea de costa que va desde la Latitud 70º  hasta la Latitud 45º pero te recuerdo que las islas Canarias se encuentran en la Latitud 28º —la reina de Castilla bajó entonces la voz mientras ponía el dedo índice sobre la Isla de la Gomera que formaba parte de las Islas Afortunadas. Después trazó una línea imaginaria hacia poniente, paralela a la línea del Ecuador terrestre.

Al llegar a un punto rojo que se situaba sobre el mapa, la reina buscó el meridiano correspondiente que alcanzaba la última posición geográfica de la carta náutica de Andraka. Esta posición se situaba en la latitud 45º. La reina puso las dos manos sobre el mapa. Colocó una mano en el plano sobre las coordenadas terrestres —Latitud 28º, Longitud 27º— y la otra sobre el punto geográfico donde terminara la línea de costa que dibujara el cartógrafo Andraka —Latitud 45º, Longitud 27º— y concluyó precisando a su marido, el rey Fernando II de Aragón:

— Necesitamos saber cuanto antes si hay tierra firme al otro lado de las Islas Afortunadas antes de aceptar el proyecto de Cristóbal Colón. Se trata de un coste de unos dos millones de maravedís y, si a ello sumamos los privilegios que el navegante genovés nos exige, la cifra que costaría su proyecto podría llegar a ser inasumible. Por ello, necesitamos saber la extensión del Nuevo Mundo y hasta qué latitudes se extiende. Ese es el nuevo mapa que esperamos, Fernando, y lo obtendremos el año que viene. Será entonces cuando decidiré continuar con el proyecto o, en su caso, denegarlo —concluyó su exposición la reina Isabel I de Castilla.

V

A las ocho y media de la mañana, el mercader John Day se personaba en un coche tirado por dos caballos en el muelle donde se encontraba atracada la nao “Ciburu”. Le acompañaban dos fornidos escoltas que introdujeron un baúl cargado de rollos de papel y de diversos objetos exóticos. Los rollos de papel contenían unos mapas que, aunque no se ajustaban a los estándares de cartografía al uso, podían ser interpretados y, por consiguiente, ser convertidos en cartas náuticas útiles.

Al final de la pasarela que comunicaba el muelle con la cubierta del barco, le esperaban el capitán, Johan de Ursua, y el joven ayudante de cartografía, Gabriel de Besalú, a los acompañaban el contramaestre y el oficial de derrota. Hechas las presentaciones entraron en el camarote del capitán donde les esperaba una amplia mesa sobre la que ya habían colocado el baúl y una especie de herramientas y amuletos que debían haber pertenecido a los indígenas que habitaban aquellas tierras de poniente.

En total, eran once mapas que describían islas y líneas de costa que habían sido recogidas en la copia de la carta náutica completa del Nuevo Mundo que su maestro Andraka le había enseñado y explicado con todo detalle su significado. La copia la había hecho Gabriel y el propio cartógrafo, Ochoa de Andraka, se sintió orgulloso de lo bien que su aprendiz era capaz de hacer copias de mapas.

Mientras John Day y Johan de Ursua discutían temas relacionados con la pesca y el comercio del bacalao, con el aumento del comercio de Inglaterra con Castilla y sobre el estado de la reanudación de los intercambios comerciales con los puertos de Burdeos, de Bayona y de Donibane Lohizune que a ambos interesaba, Gabriel se llevó los rollos de mapas a su camarote para allí copiarlos cómodamente.

Durante casi ocho horas, Gabriel estuvo trabajando intensamente en las copias y solo paró media hora para comer algo. A eso de media tarde, se personó en el camarote de capitán y le entregó al comerciante John Day, los rollos de mapas comprobando, uno a uno, todos los rollos, al objeto de que comprobara bien que le entregaba todo y que no se quedaba perdido ningún mapa.

Tras despedirse atentamente del capitán Ursua, los escolta de John Day volvieron a cargar el baúl para llevarlo al coche de caballos y regresar por el mismo camino por el que habían entrado. Johan parecía del todo satisfecho por el pre-acuerdo al cual habían llegado con John Day, que hablaba en nombre de él y de otros comerciantes asociados.

El inglés le había confiado que un producto clave de la red comercial de Bristol había sido el bacalao islandés, ya que tenía una demanda considerable en el sur de Europa. Sin embargo, reconoció que últimamente, los comerciantes de Bristol estaban experimentando un fuerte hostigamiento por parte de Islandia que quería puentearlos en los negocios de la venta de bacalao seco y les ponían trabas que irían creciendo y dificultando la adquisición de ese pescado en el mercado islandés.

Es cierto que había comerciantes de Bristol que el hecho del descubrimiento de ese caladero tan fabuloso para la pesca del bacalao le permitiría al puerto de Bristol  evitar el acoso que sufría por parte de los comerciantes islandeses. Sin embargo, había algunos comerciantes, como John Day, que no estaban con este argumento. Se sabía el refrán ese que decía que “el hábito no hace al monje”. El hecho de haber encontrado nuevos caladeros de pescado en las tierras de poniente gracias a la información suministrada por los vascos, no significaba que automáticamente los barcos bristolianos se dedicaran a la pesca de bacalao.

En efecto, Bristol era un centro de comercio, no de pesca. Los comerciantes de Bristol compraban y vendían pescado que era capturado por las flotas de otros puertos. Los ingleses que pescaban en Islandia tenían su base en el puerto de Hull y en otros puertos de la costa inglesa del Mar del Norte, no en Bristol. Por lo tanto, los bristolianos que patrocinaron viajes al Atlántico en la década de 1480 tenían muchas más probabilidades de buscar nuevos mercados y socios comerciales, pero no nuevos caladeros que los explotaran ellos. Lo importante era llegar a acuerdos comerciales con respecto a la pesca del bacalao y a la caza de la ballena con flotas de otros puertos y los vascos constituían Baskonia, la nación más audaz y mejor preparada para ello.

VI

En la región de París, había llovido abundantemente durante aquella noche y ello hizo que creciera un tanto la corriente del río Sena y que iría creciendo más a lo largo del día. Ochoa había decidido viajar en batel porque podrían aprovechar no sólo la corriente del río y la vela sino que también el uso de los remos contribuirían a sortear mejor los vados de arena y a avanzar más deprisa por los meandros, situando a la embarcación por donde mayor fuera el flujo de corriente.

Acababan de pasar la primera noche en la posada de la comuna de Vernon situada a mitad de camino entre París y Rouen.  Vernon era una población de origen céltico y que fue ocupada por los normandos que conquistaron Inglaterra. Se asentaba sobre los bancos de arena del rio Sena y sus habitantes estaba muy orgullosos de su pasado tan antiguo. Sus habitantes decían con satisfacción que la palabra que identificaba el nombre del pueblo, Vernon, en realidad era una simple latinización de la palabra celta “gwern” que significaba “aliso” (una clase de árbol que crecía en las riberas de los ríos).

El caudal del río había crecido aún más por la lluvias que también se produjeron durante la noche, lo que aceleró la velocidad de la corriente y, con ello, la velocidad del batel. De este modo, a las tres de la tarde, el batel atracaba en el puerto fluvial de Rouen desde donde Ochoa se dirigió al puerto marítimo sentado en la carreta que transportaba el baúl de los secretos de estado y donde guardaba toda la documentación, las cartas náuticas y las derrotas que le habían permitido tanto navegar rumbo al Nuevo Mundo como regresar. Los viajes marinos los había hecho junto con su primo, Johan de Ursua, que ya conocía los bancos porque estuvo pescando bacalao en dichas aguas, a finales de los años 1480.

Ochoa de Andraka, a petición de su tío Ander, el padre de Johan, participaba en aquel viaje  para cartografiar la ubicación de los fabulosos bancos de pesca del Nuevo Mundo y, a su vez, verificar que la isla que describiera Johan, que se situaba a la desembocadura de aquel gran estuario de río, coincidía con el territorio de Vinlandia,  donde el vikingo Leif Erikson y su gente habían vivido durante algunos años y que finalmente la abandonaron.

El cartógrafo vasco tenía una copia de los mapas originales que dibujaron los vikingos de finales del siglo X y comienzos del siglo XI, donde aparecían territorios del Nuevo Mundo como: Vinlandia, Marklandia, Straunfjord y Hellulandia, así como Groenlandia e Islandia y que quería contrastar con los mapas que se guardaban celosamente en la bóveda de un edificio propiedad del puerto de Brujas, Flandes, y que estaba convencido que eran los mismos que los suyos.

La conexión entre Brujas y los vikingos venía de antaño. De hecho, la historia de Brujas se remontaba al siglo IX cuando fue fundada por los vikingos. El nombre que recibió no fue otro que Brugge (Brujas) que se deriva de la antigua palabra vikinga “Brygga” que quiere decir “puerto” o “lugar de amarre”. El hecho de este origen tan marinero y su proximidad del Mar del Norte impulsó a Brujas para convertirse, con plena vocación, en un importante puerto comercial.

En el siglo XII, cuando ya Brujas se había convertido en una ciudad amurallada, un comerciante de Brujas que comerciaba lana con las Islas Feroe encontró unos mapas antiguos en la isla de Streymoy. La población de Torshavn se localizaba en la costa oriental de esta isla y ya, desde el siglo IX, los primeros colonos vikingos celebraran allí sus asambleas y se convirtió en el principal asentamiento humano de las Islas Feroe y también en el centro del monopolio comercial feroés con el exterior donde el comercio de la lana de sus ovejas constituía la principal materia prima para el comercio de los paños de lana que ocupaba gran parte de la actividad artesana de Brujas.

En el año 1150, el mercader  brujense que era muy devoto de la fe cristiana quiso visitar la sede del recién creado obispado católico de Kirkjubøur, sede de la diócesis de las Islas Feroe y que se situaba también en la isla Streymoy, siendo la población más sureña de la misma. Al llegar al lugar, el mercader brujense se encontró con que, en el año 1110, la sede obispal había abierto una escuela de sacerdotes. Le enseñaron la biblioteca que contaba con apenas un centenar de libros y allí fue donde descubrió unos rollos de pergaminos hecho con piel de oveja que estaban preparados para escribir sobre su superficie.

Aquellos planos eran mapas de una tierras situadas al otro lado del océano atlántico según la traducción de un monje que conocía el sistema de escritura de los vikingos que utilizaban el alfabeto vikingo o rúnico. En total, eran cuatro mapas y en uno de los mapas, destacaba una gran isla llamada Vinlandia que taponaba un brazo de mar que más parecía el estuario de un gran río. Bajo el nombre de Vinlandia,  escrito con caracteres rúnicos, se podía leer claramente Leif Erikson y encima de la isla se abría un territorio que ocupaba la parte superior del mapa y que se denominaba Marklandia y la palabra “Skog” que significaba bosque.

Tras negociar con el obispo una copia de los cuatro mapas, éste le prometió que para la próxima vez que él llegara a Kirkjubøur, tendría preparadas las copias pero, a cambio, él debería corresponder con la entrega de dieciséis libros sagrados. El comerciante aceptó y el obispo le entregó una lista que contenía el nombre de veinte libros que se utilizaban habitualmente en los seminarios diocesanos de la Iglesia Católica para la formación sacerdotal.

El comerciante se comprometió a que, por lo menos, traería dieciséis de los veinte libros contenidos en la lista que le entregó el obispo de Kirkjubøur como así ocurrió. Seis meses más tarde, los mapas de Leif Erikson era guardados secretamente en la cripta de la Basílica de la Santa Sangre de Brujas (anterior capilla de la residencia del conde de Flandes) aunque a mediados del siglo XIV se le buscó un lugar secreto, cuyo acceso era muy restringido y que Ochoa de Andraka había conseguido, gracias a la influencia y buenos oficios de los comerciantes vizcaínos que residían en Brujas.

VII

En 1477, el reino de Castilla declaró a los ingleses amigos y aliados, ordenando que se les dispensase un trato de favor. En diciembre de 1479, se opusieron a ciertos intentos de las autoridades de Bilbao para cobrar nuevas cargas, declarando que no se podrían imponer sobre súbditos ingleses gravámenes superiores a los que pesaban sobre los propios súbditos de Castilla. Sin embargo, el concejo municipal de Bilbao no hizo caso alegando una licencia real por la que podía imponer ocho maravedíes de recargo por cada corona que se recaudara de todas las mercancías que se cargasen y descargasen en el puerto. El pase foral “Se obedece pero no se cumple” con el que los vascos castigaban insolentemente a los abusivos reyes de Castilla se repetiría una y mill veces.

El 9 de marzo de 1482, tras un periodo de negociaciones, se firmó el Tratado de Londres, que significó una nueva etapa en las relaciones mercantiles de Castilla con Inglaterra. Se declaraba libre el trafico y la estancia de mercaderes en uno y otro país, suspendiéndose las cartas de marca, sustituidas por el sistema de compensaciones y acuerdos paralelos, además de introducir la formula de que cada buque debería dejar en deposito una cierta suma para responder por los actos de violencia o fraude que pudieran cometerse. Dicha formula daría tan buenos resultados que acabaría por generalizarse.

La nao “Ciburu” zarpó del puerto de Londres aprovechando que el viento era de dirección Oeste-Noroeste. La embarcación iba cargada con lana, paños de manufactura inglesa, joyas, cuero, legumbres, cereal, pescado y mineral de estaño. Durante los tres días de navegación que representaba recorrer las 260 millas náuticas del viaje marítimo entre Londres y Rouen, el capitán rogó a Dios que se mantuviera la componente del viento del oeste y que no se encontraran con vientos de componente sur.

No era nada extraño que una nao de finales del siglo XV sufriera demoras navegando. Así pues, según para qué tipo de singladura y en función de la estación del año y de la rosa de los vientos, el hecho de demorarse era algo muy habitual en aquella época. Las naos cuando tenían la mar y el viento de proa no podían seguir ganando millas, sus velas cuadradas no les permitían navegar contra el viento. Con apuros y con un considerable abatimiento, podrían meter su proa al viento pero no más de 70º. Por ello, en función de si los vientos eran favorables o no, en algunas rutas se podía estar esperando  incluso semanas con las velas recogidas, a causa de los vientos adversos, hasta que los vientos cambiaran de dirección y fueran favorables.

Al salir del estuario, la nao que capitaneaba Johan de Ursua viró por avante enfilando un rumbo sur-sudoeste, de manera que el barco navegara con el viento a través por estribor. Tras dejar a popa la costa inglesa, el viento cambio a NO y se volvió más suave, aunque seguía empujando de costado las velas desplegadas de la nao, de modo que la embarcación navegara un tanto inclinada hacia babor.

Naomi de Besalú decidió colocarse en la proa del barco mirando hacia el horizonte que surgía a babor, siguiendo así la línea de la desdibujada y tenue silueta que ofrecía la costa francesa. Pensó en que, en tan sólo unos pocos días, se encontraría de nuevo con su maestro. La verdad es que lo había extrañado mucho. No había hora que pasara en la que no pensara en Ochoa de Andraka y ya se había acostumbrado a ello.

La muchacha sabía que se estaba enamorando de él y que la fuerza de ese amor incipiente iba creciendo suave y lentamente pero sin detenerse ni un segundo. Ella suspiraba por estar cerca de él cuanto antes. El hecho de sentir los olores que él desprendía y de respirar su mismo aire le daba fuerzas a ella. Para lo poco que habían estado juntos, Naomi era consciente de que le echaba demasiado en falta. Una prueba más de que el flechazo había calado hondo.

La víspera antes de zarpar, mientras aguardaban que el viento procedente del sur cambiara a un viento de componente oeste, la joven judía tocó con los nudillos la puerta de la cabina del capitán donde habitualmente solían comer juntos los tres, cuando Ochoa se encontraba en el barco. No obstante, desde que partieron de Nantes y se separaron de su maestro que había zarpado para Rouen, el capitán, Johan de Ursua, continuó comiendo en su cabina pero, sin embargo, Naomi había decidido comer sola en su propio camarote.

De hecho, sin la compañía de su maestro y mentor, la muchacha se encontraba desubicada. No le parecía bien que ella comiera con el capitán no estando él presente, sin más. El primer día de singladura hacia el puerto de Londres, Naomi tampoco salió del camarote porque se dedicó a copiar con la intención de agrupar los mapas que Ochoa le había dejado.

Su maestre le había ordenado que copiara y optimizara, en lo posible, dichos mapas y que los integrara todos en una sola carta náutica. Eran unos trabajos de cartografía de mala calidad y que habían sido realizados hacia años por Hans Pothorst y Didirk Pining por encargo del rey de Dinamarca, pero que nunca fueron hechos públicos. Al parecer, porque nunca los entregaron por motivos que, si bien se desconocen, tampoco se le dio a ello importancia puesto que hubo fuertes rumores de que la expedición había sido un completo fracaso y, por tanto, los planos, si existieran, deberían ser falsos.

Una hora antes de que las luces del día se esfumaran dando paso a un hermoso atardecer por poniente, a últimas horas de la tarde, se acercó el cocinero al camarote del ayudante del maestre cartógrafo para hablarle de la cena. Gabriel se lo agradeció vivamente pues era algo que no esperaba. El aprendiz de cartógrafo había empezado a sentir hambre y hasta pensó bajar a la cocina del barco a unas horas en las que sólo se encontraran el cocinero y el marmitón o pinche de cocina. Lo haría cuando éstos estuvieran calentando en fogones la cena preparada para la tripulación del barco.

Es de destacar que la mayoría de los barcos de otras naciones, la tripulación comía cada uno por su lado y tirado por los diversos rincones y tablones de la cubierta del barco. En estos barcos, sólo el capitán y, a veces con el piloto, el escribano y algún pasajero, acostumbraban a sentarse juntos a la hora de comer. El resto lo hacia por libre.

Generalmente, comían juntos los oficiales y el contramaestre y comían en la cabina del capitán y, si el buen tiempo acompañaba, lo hacían en cubierta en una mesa con mantel que se colocaba entre el palo mayor y el castillo de proa.  Por el contrario, en los barcos vascos, nadie comía solo y por su cuenta. La tripulación solía comer en diferentes turnos pero, siempre junto a una mesa donde se depositaba encima la marmita de comida que luego se servía a cada uno en su plato y así, se conseguía que nadie comiera solo su ración de marmita.

Tras informarle el cocinero sobre la comida que había para cenar, el ayudante de cartógrafo se quedó esperando a que, a continuación, le dejara la cena sobre la mesa de su camarote. Sin embargo, el cocinero no hizo ningún amago  de ello. Lo que sí hizo fue preguntarle a Gabriel si es que él era vasco. La respuesta, obviamente, fue que él era catalán pero ocultó decir que su fe era judía porque nadie iba contando por ahí la religión que profesaba. El cocinero que ya tenía sus cincuenta y muchos años, y que sabía muy bien porqué se lo preguntaba al ayudante del cartógrafo, Ochoa de Andraka, se limitó a contestar sonriendo y de una manera especialmente amable:

— No conociendo las costumbres propias de nuestra cultura vasca, es fácil entender que usted preferirá que le subamos las comidas a las mismas horas que se las subimos al capitán. De cualquier modo, hoy tenemos órdenes de servirle la cena en el camarote del capitán Ursua. Por cierto, creo que en estos momentos él ya le está esperando.

VIII

Un día más tarde de lo programado, la nao “Ciburu” atracó en uno de los muelles del puerto marítimo de Rouen. Cuando uno de los marineros lanzó desde a bordo la sisga amarrada a una estacha hacia el muelle de atraque, Ochoa agarró en el aire la piña de la sisga con las dos manos e, instintivamente, encapilló la gaza de la estacha al bolardo más próximo, ante la sorpresa del marinero que, si bien valoró la proeza, tardó en reconocer al peón portuario que no era otro que el cartógrafo Ocho de Andraka, el primo del capitán.

Sin embargo, si hubo una persona a bordo que identificó en seguida quién era aquel habilidoso “amarrador”. Naomi lo descubrió cuando todavía los tres mulos de babor seguían tirando de los cabos de la nao hasta el punto de atraque. Ochoa seguía vestido con su boina vasca de color azul marino, su jubón también de color azul marino que llevaba encima de la camisa y que se unía a unas calzas de color azul marino por medio de agujetas (cordones) de color azul marino. El maestre de naos, cocas y carabelas y cartógrafo, era un tanto monocolor. Si algún día ese hombre llegaba a ser su esposo, Naomi pensó, esbozando una sonrisa pícara, Ochoa dejaría de ser monocolor desde la primera noche de bodas.

— ¡Dios creó los demás colores para algo! Eso es  lo que digo yo —comentó la joven cartógrafa apoyada sobre la baranda de la aleta de babor.

Un cuarto de hora más tarde, todos las estachas de amarre del barco ya habían sido sujetas a los bolardos del muelle. Previamente, el capitán Ursua había dado orden de izar todas las velas, incluso la vela latina del palo de mesana. Soltaron las escalas y colocaron la pasarela y, al poco tiempo, comenzaron los estibadores con las tareas de desestiba para efectuar la descarga de mercancías, mientras se aproximaban diversos comerciantes ruaneses impacientes por hacerse dueños de sus mercancías.

Mezclado con los estibadores, Ochoa abordó al barco acompañado por tres peones portuarios que cargaban hasta su camarote el baúl de los secretos de estado recuperado en el convento de franciscanos de Paris y su inseparable bolsa de viaje. Tras abrir la puerta y depositar sus bienes y enseres en el interior de su camarote, salió y cerró la puerta con llave. También observó que la puerta del camarote contiguo que ocupaba su ayudante, Gabriel de Besalú, se acababa de abrir y una boina roja sobre una cabeza de muchacho surgió por el hueco de la puerta. Después se dibujó una cara conocida con una sonrisa que exclamó con una gran alegría, en absoluto, disimulada:

— ¡Buenas tardes maestro! Aquí estoy de nuevo a sus órdenes. Le informo que las tareas encomendadas por usted han sido totalmente cumplidas, bien hechas y listas para que usted las revise —exclamó casi sin respirar la joven Naomi o, mejor dicho, el joven Gabriel, ya que todavía el maestro de cartógrafos. Ochoa de Andraka, no sabia algunas cosas importantes de lo que a su lado acontecían.

— ¡Tranquilo muchacho! —exclamó jovialmente Ochoa dándole a su pupilo un espaldarazo cariñoso como saludo que casi le saca a Gabriel el alma por la boca— No tengo ninguna duda de que sus copias, mejoras  y elaboraciones de mapas integrados y estandarizados de aquella Región del Nuevo Mundo serán muy profesionales. Sin embargo, prefiero que, si a usted no le importa, descansemos hoy y veamos todo mañana durante el día. Tenemos tiempo mientras se realizan las tareas de carga y descarga de mercancías hasta cubrir el flete hasta Brujas, Flandes. Además, yo también tengo que enseñarle y hacerle partícipe a usted de algunas cartas náuticas y de diversos mapas de navegación que elaboré durante la visita que hicimos a aquellos caladeros del Nuevo Mundo que son tan prodigiosos para la pesca del bacalao y la caza de la ballena. También hablaremos de algunos secretos que deberá guardar de manera inexcusable —concluyó el maestro cartógrafo de Gabriel su exposición a su pupilo con la mejor sonrisa del mundo que también fue correspondida.

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