1489: EL MAPA VASCO DEL NUEVO MUNDO—4 Capítulo

por Juanjo Gabiña

Capitulo 4º

Tras el baúl de los secretos de estado

I

Ochoa de Andraka se había levantado a buena hora. Cuando lo hizo quedaban aún dos horas para que amaneciera pero él tenía muchas cosas que hacer y preparar. Abrió la puerta del camarote y encontró en el suelo del pasillo una bandeja con un vaso de leche, un trozo de queso y dos rodajas de pan rebanadas de mantequilla, tal como se lo había pedido al cocinero.

Al despertar, el que fuera también maestre de naos, cocas y carabelas sintió que tenía mucha hambre. Después de que lo se hartaron de comer y beber en la casa de Eneko de Bidaburu, a la que acudieron también como invitados Pierre de Dol y Bernat de Etcheberri, además de su primo Johan de Ursua y su ayudante Gabriel de Besalú, Ochoa se fue a la cama sin cenar y, a pesar de los nervios del viaje a Paris, se durmió muy pronto. Aquel catre de su camarote era muy ajustado pero, a su vez, muy bueno para descansar durante el sueño.

Una vez hubo desayunado, lo primero que hizo fue preparar sus armas. De uno de los baúles extrajo un estoque, un cuchillo que llamaba “labana” en lengua vasca y una capa larga. El estoque también era conocido como espada ropera. En efecto, era una espada que se utilizaba para los duelos y los llamados enfrentamientos a capa y espada.

Tenía una empuñadura con cazoleta y gavilanes que protegía la mano al utilizarla en las luchas de esgrima. Se trataba de una espada de hoja recta y larga que podía ser esgrimida con una sola mano. Se le llama espada ropera porque se cargaba como un aditamento de la ropa como la capa, generalmente usada para vestir a la moda pero también como escudo para protegerse. También podía ser utilizada esa capa como arma de defensa personal ya que al lanzarla cubría la cabeza del contrario y lo inutilizaba unos momentos para la lucha que podían aprovecharse para darle el estoque de muerte.

A continuación, Ochoa llenó su bolsa viaje con los documentos y demás utilidades y descendió por la escala de castillo de popa hasta la cubierta de la nao. Cuando hubo saltado al muelle de atraque, se dio la vuelta para mirar hacia la escotilla de su camarote y comprobó que todas las escotillas de babor estaban oscuras lo cual señalaba que los ocupantes de dichos camarotes o bien estaban dormidos o los camarotes estaban vacíos como era el caso.

Andraka continuó recorriendo aquel muelle hasta casi llegar a su final donde divisó que había tres faroles encendidos que iluminaban la silueta de una coca. A medida que se acercaba, aquella embarcación panzona de un solo mástil con su vela cuadrada a punto de ser izada, se hacía más perceptible. Aquella coca o kogge estaba toda ella construida con madera de roble. Tendría unos veinte metros de eslora, unos siete metros de manga, timón de codaste  y dos cubiertas. A Ochoa le maravillaba el casco trincado de las cocas que le recordaban tanto a los “knarr” o barcos mercantes de los vikingos que había visto cuando recaló en Islandia.

Aunque el tipo de aparejos que tenían les impedía navegar a contraviento, las cocas podían ser manejadas por una pequeña tripulación, lo que reducía mucho los costes. Cuando ya subió por la escala a la cubierta de la embarcación, allí le esperaba el capitán y un marinero. Al alba zarparían rumbo a Rouen como decían los franceses. Estuvieron hablando durante diez minutos al cabo de los cuales a Ochoa le ofrecieron un camarote a popa que se situaba a babor, bajo cubierta. Era más pequeño y austero que el camarote que tenía en la nao “Ciburu” pero resultaba suficiente para él.

Se quitó la capa y las botas y las guardó, junto con la espada y la bolsa de viaje, debajo del catre. Después se tumbó sobre el camastro y se durmió en seguida mientras se acordaba de los buenos consejos de Eneko de Bidaburu para su manejo en Paris y del gran favor que Pierre de Dol y Bernat de Etcheberri le habían hecho al conseguirle tan pronto una plaza para arribar a Rouen, Normandía. Su penúltimo pensamiento fue para su pupilo Gabriel que tendría la oportunidad de conocer Londres. A Ochoa le quedaban por recorrer 260 millas náuticas  hasta arribar a Rouen y, si todo iba normal, atracarían en dicho puerto dentro de tres días.

II

El capitán de la nao “Ciburu”, Johan de Ursua, estaba todavía desayunando en el comedor de acceso a su camarote de estribor cuando Naomi entró, le saludó como un marinero y se sentó a su lado, mientras el cocinero que la esperaba, le sirvió una taza de leche y unas rodajas de pan con mantequilla y mermelada de frambuesa que tanto le gustaba a ella. Johan alzó las cejas, para observar detenidamente a la muchacha y sonrió mientras observaba la cara de felicidad que desprendían los ojos de la joven. Cuando el cocinero salió del camarote, Johan se cercioró de no había nadie en el pasillo y, sin llegar a sentarse, como si los dos estuvieran en connivencia por algo le preguntó a Naomi en voz baja:

—¿Y bien? Le noto muy contenta. ¿Va todo como esperaba?

— Mucho mejor de lo que esperaba, señor. Estoy cumpliendo uno de mis mayores sueños. Gracias a usted, a su esposa y a su padre, voy a poder ser la ayudante de uno de los cartógrafos mejores y que más van influir en la historia de la humanidad —aseveró la joven

— ¿Sabe que seguramente van a tener que navegar hasta el Nuevo Mundo para levantar el mayor número posible de sus cartas náuticas y elaborar un mapamundi que las incluya? —interrogó Johan de Ursua

— Sí, y ese va a ser mi mayor contribución al proyecto. Sin embargo, creo que será mejor que hablemos de otro tema no vaya a ser que mi maestro asome por la puerta y empiece a sospechar de lo que no es —comentó Naomi, esperando escuchar la voz de Ochoa de Andraka en cualquier momento.

— Si lo dice por su maestro Ochoa, hace unas cuatro horas que zarpó rumbo hacia Rouen, donde nos encontraremos con él dentro de once días —informó el capitán

De pronto, el rostro de la joven se tensó. Esta vez, no hubo dudas, Naomi era muy inteligente pero también honrada con ella misma. Ella fue consciente de su incontrolable cambio de humor. También supo reconocer el motivo. Le hubiera gustado despedirse de Ochoa de Andraka pero no solamente como maestro que era de ella, sino como una persona a quien cada vez apreciaba más hasta el punto de que se había convertido en un ser entrañable que envolvía toda su vida, sin que ella pudiera evitarlo. Johan de Ursua, que se había dado cuenta de que algo había sucedido en el interior de la joven, preguntó:

— ¿He dicho algo que no debiera, Naomi?

— No, capitán. Sólo que me apena no haber podido despedirme de él. Me hubiera gustado acompañarlo porque soy su ayudante y es mi deber. Sin embargo, él ha decidido ir sólo para que mi vida no corriera peligro y lo entiendo y, además, debo acatar sus órdenes. No soy tonta. Pero hay algo más. No sé que me está pasando pero su manera de pensar y de ser me está impactando demasiado. Y encima, ahora estoy preocupada por su vida y así continuaré hasta verle sano y salvo dentro de once días en Rouen.

En el camarote del capitán Ursua, se creó un silencio que pareció durar toda una eternidad. Johan estaba entusiasmado con lo que había oído pero debía disimularlo delante de la muchacha. El padre de Naomi, Jacob de Besalú, y el padre de Johan, Ander de Ursua, eran unos artistas como casamenteros. Todo iba según lo previsto.

— ¿Quiere que le enseñe a pilotar esta nao, Naomi? —preguntó el capitán para romper aquel silencio. La respuesta fue evidente y bien clara y diáfana:

— ¡A la orden mi capitán!, ¿Cuándo empezamos?

III

Se sabía que el proyecto de Cristóbal Colón, cinco años antes, había sido ofrecido al rey Juan II de Portugal y posteriormente rechazado. De igual modo, la opinión de los expertos portugueses también fue contraria al proyecto. Además, si había una profesión que no escaseaba en Portugal era la de navegante o explorador marino.

Así que, durante esos mismos años hubo otros navegantes que, con la autorización del rey portugués, navegaron hacia el Atlántico Occidental intentando encontrar el camino hacia las Indias con resultados negativos y con peticiones de dinero o privilegios mucho más modestas que las que, al parecer, planteaba Cristóbal Colón.

En el año 1484, existían crónicas que hablaban de que el navegante Fernao Domingues do Arco, había navegado desde las Islas Madeira hacia el oeste y afirmó haber descubierto tierra. En el año 1486, se sabía que un tal Ferdinand van Olmen, había zarpado desde las Islas Azores hacia poniente en busca de tierras  pero regresó sin haber conseguido llegar a ninguna tierra nueva.

De este modo, y debido tanto a los fracasos de otros exploradores como a las altos niveles de exigencias económicas y de privilegios que solicitaba Cristóbal Colón, no fue nada extraño que el navegante genovés perdiera credibilidad y buscara nuevos mecenas y que sus ojos se posaran en la Reina de Castilla, Isabel I, de quien había oído hablar que era ambiciosa y le apasionaba afrontar nuevos retos.

Sin embargo, su acercamiento a la reina de Castilla conoció un proceso lento que se inició en el Monasterio de La Rábida, sito en Palos de la Frontera. Allí, Cristóbal Colón hizo amistad en primera instancia con fray Antonio de Marchena y fray Juan Pérez, a quienes confió sus planes. Estos frailes lo apoyaron y lo recomendaron a fray Hernando de Talavera, confesor de la reina Isabel I de Castilla, y así es como el navegante genovés pudo acceder directamente a la reina y presentarle su proyecto de explorar la vía marítima por occidente para acceder a las Indias.

Aunque inicialmente el proyecto de Colón hubiera sido también rechazado por el Real Consejo de Castilla, no obstante, en enero de 1486, gracias al valimiento y amparo de fray Hernando de Talavera, Colón consiguió ser recibido por la reina Isabel, a quien expuso sus planes. La soberana se interesó por la idea, pero quiso previamente que un consejo de doctos varones, presidido por fray Hernando de Talavera, diera un dictamen sobre la viabilidad del proyecto, mientras asignaba a Colón, que andaba escaso de recursos mientras esperaba, una subvención de la corona.

El Consejo Real de Castilla se reunió, primero en Salamanca, y después lo hizo en Córdoba e, incluso, varios años más tarde, seguía dictaminando que era imposible que fuera verdad lo que decía Colón. Sin embargo, fray Hernando de Talavera seguía maquinando con la reina Isabel I de Castilla, a espaldas del Consejo Real.

Hernando de Talavera, obispo de Ávila, y la reina Isabel I de Castilla, gracias a  la decisiva la contribución del cartógrafo y armador vasco, Juan Vizcaíno de Lakotsa, cada vez estaban más convencidos de la viabilidad del proyecto y de que el viaje propuesto por Colón no transgredía para nada el Tratado de Alcáçovas firmado entre Castilla y Portugal y refrendado por bula papal.

IV

La audiencia que la reina Isabel I de Castilla había concedido al navegante Juan Vizcaíno de Lakotsa en el Real Alcázar de Sevilla había sido determinante para encargar urgentemente a su colega Ochoa de Andraka que navegara de nuevo al Nuevo Mundo, hasta las tierras de Vinlandia situadas en el paralelo N 48º y elaborara las cartas náuticas de la costa navegando hacia el sur, hasta el paralelo N 28º.

La razón era que, en su plan, Cristóbal Colón había decidido partir de las Islas Canarias situadas en las coordenadas geográficas:

Longitud: 7° 30′ 0″ E        Latitud: 28° 0′ 0″ N

El navegante Cristóbal Colón quería seguir navegando siguiendo el mismo paralelo hasta arribar por poniente a las Indias orientales o, en su caso, a las costas de Catay o China aprovechando los vientos hacia poniente que soplaban en aquellas latitudes. De ahí la importancia de navegar siempre por el paralelo N 28º. Por otro lado, para aprobar una expedición que tenía estimado un coste de unos dos millones de maravedíes, la reina quería saber que había al otro lado del Océano Atlántico y, para eso, tenía que hacerse con el mapa vasco del Nuevo Mundo.

En efecto, a finales de mayo de 1488, se habían reunido en el palacio mudéjar, además del navegante, cartógrafo y armador vizcaíno, el obispo de Ávila, Fray Hernando de Talavera. Durante los dos últimos años, Lakotsa había presentado pruebas fehacientes de que existía un Nuevo Mundo entre las Indias orientales y Europa. Las más significativas habían sido las cartas náuticas dibujadas por Ocho de Andraka con ocasión de la exploración exitosa que realizó navegando con dos barcos balleneros vascos que buscaban nuevos caladeros tanto para la pesca del bacalao como para la caza de ballenas.

En marzo de 1483, partió una expedición liderada por el capitán Johan Ursua y su primo Ochoa de Andraka como cartógrafo de la expedición con el propósito de confirmar la existencia de un espectacular caladero en las aguas que bañaban las tierras de un nuevo mundo situado miles de millas hacia poniente. A este propósito, se apuntaron dos barcos bacaladeros procedentes de dos diferentes puertos vascos y una tripulación entre los dos barcos de casi sesenta hombres.

El primero de estos barcos expedicionarios era una nao de 25 metros de eslora y de tres mástiles construida en uno de los mayores astilleros de Zumaia, cuyo nombre era “San Telmo”, y que zarpó del puerto de Getaria. El segundo barco era otra nao semejante construida en el astillero de Ander de Ursua, cuyo nombre era “Arrantzaleku berria” (Nueva pesquería) y que zarpó del puerto de Donibane Lohizune para juntarse con el otro barco bacaladero a la altura de Capbretón y desde allí poner rumbo hacia las islas Feroe.

Posteriormente, se obtuvieron los permisos para elaborar sendas copias de los mapas y cartas náuticas de los vikingos del siglo X y que, a su vez, eran copias de las dibujadas por el hijo de Erik el rojo, Leif Erikson, a comienzos del siglo XI y, finalmente, las elaboradas en 1475 por los corsarios Hans Pothorst y Didirk Pining durante la visita que Ochoa de Andraka le hizo a Pothorst en su casa de Thorshavn, islas Feroe. A continuación,  navegaron rumbo a Islandia y desde allí siguieron hasta las costas de Groenlandia, desde donde se dirigieron hacia las tierras del Nuevo Mundo descritas en los mapas o cartas náuticas.

Se trataba de las tierras que los vikingos denominaron como Hellulandia,  Marklandia y Vinlandia y que se situaban hacia el oeste de Groenlandia entre las latitudes N 66º y N 48º. Resultó que si bien Hellulandia era una isla, no así Marklandia donde abundaban los bosques que era parte de un nuevo continente al que los vascos denominaron “Mundu Berria” o “El Nuevo Mundo”.

El territorio que Erikson denominó como Vinlandia en realidad era un isla que taponaba la salida al mar del estuario de un enorme río que surgía de lo profundo del Nuevo Mundo. Aquellas aguas frías de la desembocadura de aquel caudaloso río se habían convertido en el mayor banco de pesca del bacalao a lo largo del año y un lugar ideal para la caza de la ballena durante el periodo comprendido entre el final de la primavera, el verano y hasta el otoño que era cuando las ballenas francas acudían a aquellas aguas durante la época reproductiva o de apareamiento de la ballena.

Durante dos meses, ya que el frío a comienzos de octubre se hacía insoportable y las aguas empezaban a cubrirse de una mantisa de hielo blanca, los barcos compaginaron la pesca del bacalao que guardaban en barricas en salmuera y la caza de la ballena. En una de las calas de Marklandia cercana a Vinlandia, donde había bosques y podían proveerse de marea suficiente para hacer fuego y construir toneles, habilitaron unas txabolas o casetas de madera como residencia y construyeron un par de hornos de donde extraían el aceite de ballena o lumera que guardaban en toneles de 200 litros.

Durante esos días, Ochoa, acompañado por otros dos marineros, navegaba en una trainera a vela con sus papeles, pinturas y herramientas de medición de coordenadas geográficas que utilizaba o bien para dibujar sus mapas y sus cartas náuticas o bien para dibujar mapas que corregían los anteriores. De este modo, el cartógrafo Andraka pudo dibujar unas cartas náuticas con todo detalle que recogían la línea de la costa del Nuevo Mundo que seguía una dirección N-S, desde el paralelo N 66º hasta el paralelo N 48º, aproximadamente.

V

En el siglo XV, Rouen fue testigo de la confrontación entre las fuerzas inglesas y francesas en una guerra despiadada. La Guerra de los Cien Años tuvo su protagonismo en Rouen en 1418 con el asedio de la ciudad por Henry V, quien logró tomar la ciudad en 1419. La ciudad se convirtió en posesión inglesa después de la muerte de unos 35.000 soldados y una hambruna insostenible en el lado francés. A comienzos de los años de la ocupación inglesa de Rouen, esta ciudad normanda se convirtió en la capital del poder de los ingleses en territorio francés.

En realidad, la Guerra de los Cien Años fue un largo conflicto que sostuvieron los reyes de Francia e Inglaterra entre 1337 y 1453. Esta larga guerra conoció una extensa serie de choques militares y diplomáticos, caracterizada por breves campañas bélicas y largas treguas. No fue, por tanto, un estado de guerra permanente, aunque las prolongadas y frecuentes treguas se veían continuamente salpicadas de escaramuzas al estilo de lo que es una guerra de guerrillas, de modo que las maniobras diplomáticas más tradicionales estuvieran siempre a la orden del día. Se inició en medio de condiciones feudales y por causa de un litigio típicamente feudal y terminó en una guerra entre dos países que se estaban convirtiendo rápidamente en naciones bajo la administración centralizada de sus respectivas monarquías.

A principios del siglo XV, los ingleses tuvieron una nueva oportunidad de apoderarse de gran parte de Francia, por no decir de todo el país. La ocasión fue el estallido de una guerra civil o, más concretamente, un conflicto armado entre el duque de Borgoña y el duque de Orleans. Carlos VI, que había accedido al trono de Francia en 1380 a la edad de once años era un enfermo crónico incapaz de gobernar efectivamente. En el vacío de autoridad así creado sus ducales tíos rivalizaban por el poder personal y por adquirir una influencia dominante sobre la administración central.

Finalmente ganó Francia con el reinado de Carlos VIII y confirmó la dinastía Valois como la casa reinante de Francia. Los Valois forzaron a los Plantagenet a ser más “ingleses” que antes por lo que la guerra produjo otros efectos importantes a largo plazo. La guerra se había desarrollado exclusivamente en Francia, dejándola empobrecida y despoblada. El resurgimiento francés, durante la guerra y después de ella, sólo podría conseguirse bajo una administración central fuerte y toda Francia reconoció esta realidad.

Después del regreso de los franceses a Rouen, se abrió un período próspero para la ciudad normanda que se benefició de los privilegios de su región y se embarcó en la construcción de monumentos. La ciudad de Rouen mantuvo un cierto dinamismo y poco a poco se fue convirtiendo es un mercado importante. Rouen era una ciudad que tenía vocación de servicio como una interfaz privilegiada entre el mar y París, lo que impulsaría el dinamismo económico de Rouen en la segunda mitad del siglo XV. Las regulaciones comerciales, las ordenanzas reales y los avances del comercio marítimo fueron particularmente muy importantes a nivel económico para los habitantes de Rouen.

Todo esto se dio en un contexto en el que gran parte del norte de Europa estaba conociendo un notable recrudecimiento de los inviernos y un alargamiento del verano como estación cálida. En su vida cotidiana, las poblaciones como Rouen fueron percibiendo que las cuatro estaciones del año tradicionales se habían convertido en un año dividido en dos estaciones: una estación cálida y una estación fría de cinco o seis meses.

Cuando la coca bretona arribó al puerto marítimo de Rouen, Ochoa desembarcó rápido al objeto de encontrar un barco que le trasportara hasta Paris desde su puerto fluvial. A partir del puente Matilde era donde se situaba el límite tradicional entre el río y el mar, entre lo que el río propiamente dicho y lo que es la ría, allá donde el río se ve afectado por las mareas.

Desde la antigüedad, los puertos marítimo y fluvial de Rouen constituían una parte preponderante de la actividad de la ciudad de Rouen debido a su situación estratégica entre París y el mar, cuyas mareas aún eran perceptibles allí, a pesar de que Rouen se encontraba a 80 km desde el estuario, siguiendo el curso del río (se tardaba seis horas de navegación aprovechando la subida de la marea).

Según se decía, a partir del puente Matilde de Rouen era donde se situaba el límite tradicional entre el río y la ría. Después de recorrer todo el puerto, el cartógrafo vasco preguntó por un pasaje en una pequeña embarcación cargada de especias provenientes de Portugal que zarparía con las primeras luces del día hacia el puerto de Grèves de París.

Sin embargo, no era la modalidad más aconsejable cuando se va con prisas. Tal como Ochoa ya se lo esperaba, sobre todo después comprobar lo que se había tardado desde la desembocadura del Sena hasta el puerto de atraque de Ruen, la duración del viaje hasta el puerto de Grèves sería de cuatro a seis días y ello solo para recorrer 240 km, a través de un curso del río Sena donde abundaban los meandros y, encima, según el caudal que llevara el río había que luchar contra la corriente.

Además, durante la noche las embarcaciones no solían navegar por el río Sena. De igual modo, si bien las barcas discurrían río abajo impulsadas por la corriente, por el contrario, para navegar río arriba debía ser arrastradas con cuerdas  por los peones. A su vez, en la medida que ello fuera posible, las barcas ayudaban a su navegación con el uso de velas y remos.

La otra opción que le recomendaron Ochoa era la de ir en carreta o a caballo por la calzada romana. La distancia entre Rúen y Paris era de unos 125 km. El problema fundamental era que resultaba muy peligroso atravesar el bosque de Vexin porque estaba lleno de bandidos que asaltaban a los viajeros.

VI

Por lo general, en el siglo XV, los caballos que se utilizaban para el transporte podían recorrer entre 40 y 60 kilómetros al día. En el caso de que se utilizaran caballos, mulas o burros para tirar de alguna carreta solían recorrerse al día distancias bastante menores, en especial si se utilizaban burros. Por las prisas, Ochoa decidió ir a caballo hasta París. Eligió el mejor corcel con la idea de pernoctar dos noches por el camino.

Tras pasar la noche en la misma posada que alquilaba los caballos, poco después del alba, el cartógrafo vizcaíno salió de la posada al trote con el fin de no cansar al caballo más de lo suficiente y, para ello, realizó algunas paradas durante el camino. En el viaje, se cruzó con dos comerciantes navarros que debían contratar un barco en Rouen para transportar hasta el puerto de Hondarribia de Baskonia la mercancía comprada en París. La mercancía era transportada aparte y descendía en unas barcazas desde el puerto de Greves de Paris hasta el puerto fluvial de Rouen, aprovechando la corriente del río Sena.

Tal como le recomendaron, Ochoa de Andraka pernotó la primera noche en la posada de Saint-Clair-sur-Epte que era una población y comuna francesa de la región de Vexin y que se encontraba a unos 60 km de Rouen o Rotomagus. Precisamente, en esta localidad, fue donde se firmó un tratado el año 911 entre el rey Carlos III y el jefe vikingo Hrolf Ganger donde prácticamente se cedió Neustria o Neustrasia a los vikingos, a los normandos, a los hombres del norte. Neustris fue un reino franco de la época merovingia. El territorio de Neustria comprendía la región noroeste de Francia y su capital era Soissons.

La segunda noche, Ochoa debía pernotar en Pontoise que era la capital del Vexin y que se encontraba a tan sólo 30 km de París. Su fundación databa de los tiempos del Imperio Romano y se llamaba Pontisara. En aquellos tiempos, la roca que dominaba el río Oise servía como defensa del vado que atravesaba la calzada romana y que se denominaba “Julio César”  y que unía Rotomagus (Rouen) con Lutecia (París).

Sin embargo, el trayecto entre Saint-Clair-sur-Epte y Pontoise que debía atravesar la zona de boscosa del Vexín, y que tenía una extensión de más de 60.000 hectáreas, resultó mucho más grave y más peligrosa de lo que Ochoa había supuesto. A sus treinta años, el vasco habían participado en batallas navales contra piratas ingleses y holandeses y conocía bien hasta donde llegaba la crueldad humana.

También sabía de lo que eran capaces de desarrollar aquellos seres humanos dotados de un salvajismo tan atroz y despiadado que gozaban como locos de la sangre que derramaban y nunca sabían parar hasta que no habían degollado a todo ser vivo que tuvieran a mano, aunque éste fuera niño, mujer o anciano.

Al atravesar los montículos boscosos de Vexin que cubrían más de 60.000 hectáreas, fue cuando surgiría la emboscada y ocurriría en lo más profundo de aquel bosque de robles. Eran áreas boscosas que se concatenaban entre montículos y más montículos de robledales y de robles combinados con otras especies más comunes como el fresno, el castaño, el carpe, el arce, el cerezo, el haya y algunas coníferas.

En el siglo XV, las principales especies de madera del bosque del Vexin eran racionalmente  explotadas. Así, el roble se utilizaba para la construcción naval, la fabricación de toneles y barricas y mobiliario para las casas; por el contrario, el castaño se utilizaba para la fabricación de aros; el fresno para la fabricación de sillas; el cerezo para la fabricación de armarios, etc. Por cada árbol que se talaba era obligatorio compensarlo plantando otros dos árboles jóvenes de la misma especie.

VII

Desde 1067 la ciudad de Londres tenía ya los mismos derechos que un condado y sólo dependía de la autoridad real. De ésta época data la Torre de Londres. En el año 1191, la ciudad inglesa se constituyó como municipio (corporation), reemplazando su alcalde al primer ministro (portreeve). En el año 1215, Londres logró el privilegio de poder elegir su alcalde cada año.

Durante mucho tiempo, Inglaterra careció de capital fija. A partir del siglo XIII, Westminster, lugar cercano a Londres, se convirtió en una de las principales sedes del Gobierno. Sin embargo, era de destacar el hecho de que el auge del comercio europeo constituyera un factor de desarrollo muy importante para convertir a Londres en la capital del reino de Inglaterra, lo que, a su vez, impulsó su propia expansión. Así, durante el siglo XIV, el puerto de Londres se convirtió en un centro importante de Europa para el intercambio y la distribución de mercancías. Esta actividad fue reforzada en el siglo XV por el desarrollo de una poderosa industria textil.

Así pues, a partir de la segunda mitad del siglo XV, ya durante el comienzo del reinado de la familia Tudor, Londres se convirtió en una gran ciudad próspera y que contaba con una gran importancia internacional, tanto a nivel político como a nivel comercial.

La ciudad antigua, “The City”, quedó unida en torno a la curva del río con Westminster y se fueron construyendo numerosas “Inn” (o posadas), tabernas, lugares de comercio, mercados, espacios propios para librerías e imprentas (junto a la iglesia de San Pablo construida en el año 604 d.C.) y los espacios para el entretenimiento como los teatros los cuales se ubicaron en el margen opuesto del río y a las afueras de las murallas de la City.

Durante la Edad Media, el mayor volumen de comercio del mundo tenía lugar entre Asia y el Mediterráneo. De manera comparativa, Inglaterra era solo una pequeña isla situada en la periferia de la Europa continental. Al principio, los comerciantes extranjeros venían a comprar lana y a descargar sus vinos y artículos de lujo. Poco a poco, la exportación de lana por comerciantes ingleses fue suplantada por la exportación de paño de lana que tenía mayor valor añadido. Inglaterra evolucionó tanto que pasó de ser simplemente un proveedor de materia prima a una nación industrializada que exportaba productos acabados o semi-manufacturados. El valor del paño era mucho mayor que el de la lana cruda y esto trajo una mayor riqueza al país.

A mediados del siglo XV, la flota mercante inglesa había estado en declive y gran parte del comercio de importación y exportación se realizaba en barcos extranjeros, lo que colocaba al país en desventaja. En la década de 1480, Enrique VII decidió aumentar la flota mediante la introducción de leyes de navegación que estipularan que las mercancías debían transportarse en barcos ingleses con tripulaciones inglesas, lo que consiguió aumentar el tamaño de la flota inglesa en el comercio internacional.

VIII

Las 630 millas náuticas que la nao “Ciburu” tuvo que recorrer para navegar del Puerto de Nantes al Puerto de Londres representaron casi cuatro días y seis horas de navegación hasta el momento de su atraque en un dique situado dentro del “Pool” de Londres en el tramo del río Támesis que corría a lo largo de Billingsgate y situado en el lado sur de la ciudad de Londres. Así, a las tres de la tarde comenzaron los estibadores portuarios a descargar casi 110 toneladas de mercancías de las 280 que transportaba la nao.

Johan de Ursua hablaba inglés perfectamente. Su padre, su abuelo y sus antepasados siempre habían sido hombres de mar y según contaban a veces los Ursua, ellos eran descendientes de los vikingos cuando, en el siglo IX, Baiona fue ocupada por los hombres del norte, lo que permitió transmitir a sus habitantes los secretos de su construcción naval.

Recuperada Baiona por el duque de Baskonia, Guillermo Sancho, casi un siglo después, pasó a ser la capital del vizcondado de Laburdi.​ Durante años, formó parte del ducado de Aquitania, con la condición de que se respetaran los fueros vascos. Después, debido a que el ducado de Aquitania era también un feudo del rey de Inglaterra, fue a partir de 1155, cuando comenzó la égida de la corona inglesa.

Durante esta época, Baiona se desarrolló como un puerto importante y se emancipó del Territorio de  Lapurdi, hasta que Jean d’Orléans la conquistara el 21 de agosto de 1451. De este modo, durante el reinado de Carlos VII de Francia, comenzó la égida de la corona de Francia no sin antes jurar los fueros y libertades de los vascos, último capítulo de la Guerra de los Cien Años entre ingleses y franceses.

Sin embargo, en el siglo XV, habría que precisar que los bayoneses apenas sabían hablar francés, ni lo necesitaban para nada. En Baiona, se hablaban muchas lenguas y no era raro era encontrar a personas que hablaban tres idiomas: euskera o lengua vasca, gascón o lengua romance de los vascos y el  inglés, como era el caso de los Ursua que recelaban constantemente de castellanos y franceses y, por el contrario, simpatizaban algo más con los ingleses.

Cada vez que Johan atracaba en el puerto de Londres, bien fuera solo o con su padre, solía ir a visitar a dos familias que pertenecían a la comunidad de vascos que residían en Londres. Aquella vez, tenía un trabajo muy especial que “Gabriel” o Naomi de Besalú tenía que hacer por encargo de Ochoa de Andraka. Se sabía que del puerto de Bristol, el segundo mayor puerto marítimo de Inglaterra, después del de Londres, era el puerto del que habían partido, desde la década de 1480 en adelante, varias expediciones enviadas a buscar Hy-Brasil, la isla que se encontraba en algún lugar, al otro lado del Océano Atlántico según las leyendas celtas.

También se decía que una expedición de marinos del puerto de Bristol podría haber navegado rumbo a poniente y alcanzado nuevas tierras al otro lado del Océano Atlántico. Se rumoreaba que existían cartas náuticas que demostraban que se habrían descubierto nuevas tierras y que algunos creyeron que eran meras islas. Estos descubrimientos se debieron realizar cuando diversos comerciantes de Bristol financiaron estas expediciones que pretendían explorar otras tierras situadas hacia el oeste.

Sin embargo, en algunos mapas de la costa situada en el lejano poniente se había dibujado, además de unas islas, una línea continua de costa, que discurría en dirección suroeste, de más de mil millas náuticas. Un mapa que también corroboraba que las tierras descubiertas al oeste por los vikingos, los daneses, los vascos y los ingleses no eran solamente unas islas situadas entre Asia y Europa sino que se trataba de un nuevo continente.

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