Los Tercios, un ejército invencible europeo que nació con el emperador Carlos I

Los finales de la Edad Media se sitúan precisamente en el año en el que se produce el descubrimiento de América por Cristobal Colón en 1492. En aquella época, sobre todo en Europa, se van gestando profundas transformaciones políticas y sociales que marcarían el nacimiento de los modernos Estados europeos. Los reyes se han impuesto claramente a los señores feudales y a los nobles con el apoyo de la burguesía que integran los comerciantes y los artesanos que habitan en las florecientes ciudades o burgos protegidas por la autoridad real o por la república como en Venecia y Génova.

Por su parte, en el ámbito militar, y como consecuencia de la superación de las obsoletas estructuras medievales se crearon ejércitos permanentes en cuya concepción y organización influyeron modelos derivados de las antiguas legiones romanas donde la infantería recuperaba de nuevo el protagonismo frente a la caballería, heredada de la época medieval.

Era bastante lógico que fuera Carlos V el que de verdad instituyera los Tercios en el ejercito de los Habsburgo y se aprendiese la lección de que unos cuadros de piqueros bien formados podrían derrotar a cualquier caballería que se les pusiese delante como la hacían las famosas falanges macedónicas del Alejandro Magno. El número se imponía sobre el esfuerzo inútil de los orgullosos caballeros, que manifestaban una gran debilidad frente a las picas de casi seis metros de largo y a los disparos de los arcabuces.

La eficacia de combate de los Tercios estuvo basada en un sistema de armamento que unía el arma blanca, la pica, con el potencial de fuego del arcabuz, y todo ello rematado en el cuerpo a cuerpo con la espada. La esgrima con la espada ofrecía una síntesis completa de la renovada infantería pertrechada con la pica y las armas de fuego compactas. De este modo, el tercio se convirtió con mucho en un modelo de ejército muy superior al modelo del cuadro compacto suizo.

A su vez, los tercios desarrollaron una gran capacidad para dividirse en unidades más pequeñas dotadas de gran movilidad hasta llegar al cuerpo a cuerpo individual donde la esgrima hacia la diferencia. La fluidez táctica que favorecía la predisposición combativa del infante español, el sentido del honor, la lealtad y la ética de comportamiento, la fe en la religión católica y la gran camaradería reinante fueron, entre otros, elementos polarizadores de estas grandiosas unidades de combate.

Nacimiento de los Tercios 

La llamada ordenanza de Génova (1536) en su tercer párrafo menciona por primera vez la palabra tercio y da instrucciones sobre su estructura y sus requerimientos de pago, aunque es posible que el origen de la infantería se remonte a 1534, cuando el Emperador Carlos I dio orden de reorganizar las compañías que la Corona española mantenía en Italia. Se cree que su nombre hace referencia a que los tercios estaban conformados por 3.000 hombres, pese a que rara vez se cumplía este patrón, o bien al hecho de que los soldados se repartían originalmente en tres grupos: un tercio armado de picas, otro de escudados, y un tercero con ballesteros.

Desde Flandes hasta Argelia, los Tercios se ocupaban en misiones de guerra con unos niveles de eficacia y eficiencia asombrosos. Las bajas que soportaban los Tercios eran francamente bajas con respecto a las de sus enemigos, lo que daba mucha moral a la tropa.

Así es como nace esta tropa profesional, regular, permanente, enormemente motivada, profundamente religiosa, con un código ético propio y con una combatividad fuera de lo común y, además, con una destreza táctica única en Europa.

Según un excelente artículo de Cesar Rivera, sobre el papel, cada tercio estaba conformado por entre 2.500 a 3.000 soldados –aunque la cifra solía ser muy inferior– bajo el mando de un solo maestre de campo, nombrado directamente por el Rey, que era capitán efectivo de la primera compañía de las doce disponibles.

Segundo en rango estaba el sargento mayor, que, además, era capitán de la segunda compañía. El resto de las compañías, cada una de 250 soldados, estaba a las órdenes de distintos capitanes. Al alistamiento efectuado por cada capitán se presentaban antiguos veteranos, labriegos, campesinos, hidalgos, etc.

Las únicas restricciones quedaban reservadas a los menores de 20 años y a los ancianos, frailes, clérigos o enfermos contagiosos. Fuera de nuestras fronteras, la principal exigencia era que fueran católicos.

Los Tercios era un ejército de mercenarios cuyos integrantes procedían de muchas naciones 

Trece años después de la creación del primer tercio, en 1547, un ejercito alemán que reunía a las tropas de una liga de príncipes protestantes, soportadas especialmente por caballeros, fue derrotada por las tropas imperiales de Carlos I en la Batalla de Mühlberg, gracias, sobre todo, a la actuación de los piqueros de los Tercios que produjeron una verdadera carnicería entre los afamados caballeros protestantes.

Además de los procedentes de la Península Ibérica, con una aplastante proporción de castellanos, las principales regiones que integraban los Tercios de los Habsburgo que tomaron parte en la guerra de Flandes eran valones (los soldados católicos de los Países Bajos), alemanes e italianos.

El cronista Zubiaurre describió a los valones como «buenos soldados y los más baratos». De los alemanes se elogiaba que eran pacientes y dispuestos en tareas de fortificación, pero se criticaba su carácter mercenario y su falta de espíritu en los asaltos.

Un experto de la guerra como era el Gran Duque de Alba reclamó para la conquista de Portugal en 1580 que Felipe II mandara más alemanes: «Italianos, por amor de Dios, Su Majestad no envíe más que será dinero perdido; alemanes… aunque se vendiese la capa es necesario traerlos».

Posteriormente, en 1557, en la Batalla de San Quintín, el ejército francés sería derrotado por completo por el ejercito de los Habsburgo apoyado por los Tercios de infantería y lo mismo ocurrió con idéntico resultado en la Batalla de Gravelinas, al año siguiente, en 1558. Estas victorias permitieron que se firmara la paz entre ambos estados con grandes ventajas para los Tercios del Imperio de Carlos I.

Fue todo un hito, porque los caballeros franceses eran nobles adiestrados durante décadas, que montaban caballos enormes reforzados con corazas y que se consideraba que eran prácticamente invencibles. La mejora del arcabuz, la destreza y puntería en su manejo por parte del arcabucero, que permitía derribarlos a cien metros de distancia, hizo la diferencia.

Ni que decir tiene que, en todas estas batallas, la actuación de los Tercios fue decisiva. De este modo, lo tercios españoles se mantuvieron invencibles por Europa durante 150 años, enfrentándose a ejércitos poderosos como el sueco. La misma nación que había logrado revolucionar la guerra con sus compañías de mosqueteros y su letal disparos de “doble salva” que les permitía disparar dos veces más plomo sobre los enemigos.

¿Responde a la verdad el hecho de llamarlos Tercios españoles?

La verdad es que no mucho. Más bien serían como una especie de legión extranjera de Castilla y Aragón. Diferentes estudios han puesto de relieve que los procedentes de los Reinos de Castilla y Aragón representaron solo el 16,7 % de media de los soldados que lucharon bajo el reinado de Carlos V.

En lo que se refiere a los ejércitos que tomaron parte en la Guerra de Flandes desplazados desde Italia, ya en el reinado de Felipe II, un 14,4% pertenecían a los Reinos de Castilla y Aragon. Los problemas demográficos de Castilla, no obstante, disminuyeron aún más el porcentaje de peninsulares avanzado el siglo XVII.

En la batalla de Nördlingen, en 1634, Felipe IV financió un ejército de 12.000 hombres que fue recibido con vítores de «¡Viva España!» por las fuerzas alemanas de Fernando de Hungría, aunque, en realidad, solo 3.200 eran españoles (cerca del 7% del total de las fuerzas imperiales). En aquella batalla, el Cardenal-Infante Fernando de Austria obtuvo una de las victorias más memorables de nuestra historia, pero la victoria fue inútil, ya que no impidió que se perdiera la guerra de los Treinta Años.

¿Por qué luchaban los Tercios?

La fe católica y la defensa del Rey de España eran importantes elementos de cohesión para los soldados de los Tercios, pero esto puede ser no más que un mito o mera propaganda. En realidad, los integrantes de los Tercios de las naciones lo hacían, ante todo, por dinero y por ganar reputación.

El Tercio castellano era una tropa de profesionales, de soldados, de combatientes a sueldo, cuya gran diferencia respecto a las unidades de otros países o a fuerzas mercenarias como los piqueros suizos o los lansquenetes era su sentido de lealtad al soberano español.

A pesar de los retrasos, la infantería estaba bien pagada en comparación con otros países, entre otras razones porque su soldada la recibían en parte en oro, que fuera de España valía muchísimo más que dentro.

Los despojos, es decir, las pertenencias (armas, dinero, joyas, ropa o calzado) de los enemigos abatidos, también formaban parte del aliciente para afiliarse en una compañía del Tercios.

Normalmente, los mandos prohibían a los soldados que se demoraran rapiñando a los muertos, de modo que la tarea quedaba encomendada a los pajes que acompañaban a las tropas. Sin embargo, también fueron acusados de genocidas y violadores, al igual que los ejércitos ingleses que combatieron contra Napoleón.

¿Por qué desaparecieron los Tercios?

Como ya recogía antes, un Tercio era fundamentalmente una acumulación de compañías de infantes que luchaban a pie. Al principio, se pensó que la composición debería ser de unos 3.000 hombres, luego aumentaron a 5.000 aunque el número podría variar según las circunstancias, pero siempre fiel a un patrón determinado.

El Tercio estaba compuesto esencialmente de tropas de infantería, aunque también tenía caballería y artillería. Las unidades de infantería utilizaban tres armas básicas: las pica —lanza larga de unos seis metros—, la ballesta primero y luego el arcabuz y, por fin, la espada con rodela o escudo pequeño para el cuerpo a cuerpo.

Inicialmente la espada fue menos utilizada porque se consideraba que ara un arma antigua. Sin embargo, a medida que los cuadros de piqueros se enzarzaban e iban perfeccionando su táctica comprendieron la conveniencia de que portaran espada para que por debajo de las picas utilizaran la espada para sajar las piernas del enemigo.

Los Tercios fueron un prodigio de eficacia organizativa aunque, a decir verdad, los Tercios sólo representaban el 8% del ejército Imperial, pero representaban el núcleo insustituible que resolvía la papeleta y daba la victoria. Lo cierto es que la palabra ‘Tercio’ es un nombre muy poco épico para que fuera la denominación de una infantería que fue tan heroica y victoriosa a lo largo de su historia.

Lamentablemente, todo lo que se empieza tiene un final y los temidos Tercios de Castilla y Aragón empezaron a no ser tan invencibles cuando aparecieron en los campos de batalla los temibles cañones de la artillería. Lo malo es que desaparecieron sin otra alternativa con el primer rey Borbón, Felipe V, que tras la guerra de Sucesión obligó a la fuerza a Aragón a adoptar el fuero de Castilla. Lo que deja bien claro que la Historia de España no es más que los antecedentes y consecuentes de la fundación del imperialista reino de Castilla que fue el que siempre intentó someter al resto de los reinos de la Península aunque con Portugal, si bien lo intentó, le saliera mal.

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