1489: EL MAPA VASCO DEL NUEVO MUNDO— 3 Capítulo

Por Juanjo Gabiña

Capitulo 3º

El mapa vasco de las pesquerías de las tierras lejanas de occidente

I

Durante el siglo XV, eran numerosos los barcos vascos que zarpaban tanto de Flandes, como de Nantes, de Rouen o de Londres para navegar hasta Bilbao, Baiona o Lisboa y, después,  regresar de nuevo con carga a los puertos de centro y norte de Europa. A los vascos se les denomina como los “navegantes de derrota” porque siempre estaban navegando y resultaba muy curioso lo familiarizados que estaban con las comunidades de franciscanos. La atracción era mutua, hasta el punto de que los franciscanos acogían a los marinos y comerciantes vascos y los recomendaban en las ciudades portuarias de otros países.

Así, la creación en Nantes de una Hermandad llamada “Confrérie de la Contratation”, que aglutinaba a armadores y comerciantes vascos y bretones, tenía su sede en el convento franciscano local. La orden de los franciscanos se estableció en Nantes en el siglo XIII, antes de 1253. La familia de Rieux o la de los duques de Bretaña les ofrecieron el terreno en el que comenzaron a construir su convento. El lugar donde se erigió contenía una capilla en honor del arcángel San Miguel y que formaba parte del recinto galorromano, aunque que éste ya había perdido su vocación defensiva allí pues se había construido una nueva muralla.

Con el tiempo, los religiosos franciscanos fueron muy conscientes de que también debían colaborar e implicarse en las actividades comerciales de la comunidad bretona y pusieron el convento a disposición del comercio con  otras naciones como la vasca. Así, en el año 1488, más de veinte corporaciones artesanales tenían un lugar de reunión allí, una sala de archivo y una capilla. Allí se celebraron las asambleas generales de la universidad, una sala que incluso se llamaba “sala universitaria”.

Durante el siglo XV fue cuando Nantes realmente despegó. La ciudad se desarrolló particularmente bajo el reinado de Jean V, Duque de Bretaña, que con una hábil política de neutralidad durante la Guerra de los Cien Años, fue capaz de garantizar la paz y la prosperidad a toda Bretaña. La construcción de la catedral actual comenzó el 14 de abril de 1434 durante el reinado del duque Jean V y de Jean de Malestroit. Posteriormente, Nantes continuó su desarrollo bajo el impulso del duque François II de Bretaña y su gobierno dirigido por el canciller de Bretaña, Guillaume Chauvin y el tesorero de Bretaña, Pierre Landais, quien fomentó el comercio y fundó la Universidad de Bretaña en 1460. El castillo de los duques de Bretaña, reconstruido y ampliado por François II a partir de 1466, recibiría a la corte ducal.

Quizás la expresión más bella del renacimiento que se experimentó en Nantes durante el siglo XV sea como el correspondiente a una capital de un Estado próspero y moderno, tal como era Bretaña. Desgraciadamente, la  prosperidad de uno suele venir acompaña de la envidia y de la avaricia del vecino. Francia ansiaba adueñarse de Bretaña y no pararía hasta conseguirlo

II

Durante el reinado del duque de Bretaña, François II, la corte bretona contó con el asesoramiento de un ilustre exiliado vasco que actuó como un sabio consejero del duque. Eneko de Bidaburu que procedía de una distinguida familia guipuzcoana del bando de los gamboínos que escapó de Baskonia occidental harto ya de la guerra fratricida entre unos paisanos que deseaban vivir al amparo del rey de Navarra y otros que deseaban vivir al amparo de rey de Castilla cuando para él, lo más inteligente era vivir al amparo de nadie y, si ello no era posible, al amparo de muchos como hacían los bretones.

El Señorío de Bizkaia fue el primer territorio vasco de Baskonia en dejar de pertenecer al Reino de Navarra, ya que en 1179 Sancho el Sabio se vio obligado a pactar la cesión de parte sus territorios a Castilla. Mientras la Rioja era también anexionada a la corona castellana, Bizkaia volvía a ser independiente pero bajo la órbita de Castilla, restaurándose el señorío vizcaíno que pasaría a ser gobernado, de nuevo, por la dinastía pro-castellana de los Haro.

El territorio alavés fue invadido por Castilla en 1200 y después de 132 años de ocupación fue anexionado a la corona castellana. Finalmente, en el caso guipuzcoano, sus territorios fueron invadidos y anexionados por Castilla en 1200 y así empezó la guerra banderiza que daría comienzo a una de las etapas más convulsas de la historia vasca que impulsaron continuas las luchas entre los diferentes bandos que pugnaban por alcanzar el control de los diferentes territorios vascos.

Los gamboínos y los oñacinos eran las fracciones banderizas que se disputaban el control de las regiones de la Baskonia occidental; siendo disputado este control en Navarra por agramonteses y beamonteses. Los gamboínos eran leales a la corona de Navarra; los oñacinos, en cambio, eran partidarios de la relación, que no la unión, de Baskonia occidental con Castilla, si bien estas lealtades a una u otra corona cambiaron algunas veces en función de los intereses de cada fracción politica.

Sin embargo, la estirpe de los Andraka y los Ohiartzun de Baskonia occidental, a la que pertenecía Ochoa, siempre sería leal a los gamboínos partidarios de la corona de Navarra, aunque él, si bien mantenía sus preferencias por el reino de Navarra, prefería no entrar en esos temas. Su cabeza la tenía puesta en lo ancho y grande del mundo. Además, su abuelos maternos siempre fueron vascos de Navarra pero de religión judía y murieron profesando dicha fe religiosa.

Su madre Ester aparentaba ser cristiana pero, en realidad, fue una criptojudía que encendía las velas en Shabat y en Jánuca y colocaba escondidas las mezuzot de las puertas para no llamar la atención de que su casa era también “kasher” para la fe judía. El antisemitismo de Castilla, muy contrario al trato que los judíos recibían en Navarra, le hacía recelar mucho de la reina Isabel de Castilla. Ochoa y su hermana María, a la que su madre llamaba Miriam, no se educaron en la fe cristiana y la primera oración que aprendieron fuera el rezo judío “Shemá Israel” y Ochoa fue circuncidado a los ocho días de nacer.

III

A lo largo de sus fructíferos años de gobierno del ducado de Bretaña, François II prosiguió ampliando la política de los duques de la familia Montfort, iniciada con Juan IV de Bretaña, y consistente en alejarse de la tutela de sus poderosos vecinos, Inglaterra y Francia. Pare ello, mediante la creación de estructuras que buscaban la gestión de un estado centralizado y que aspiraban a la plena soberanía de Bretaña. Habiendo vivido en la corte francesa y conociendo el funcionamiento de las estructuras administrativas de un Estado grande, el duque supo cómo obtener de la Santa Sede la creación de la Universidad de Nantes.

Lo hizo durante la década de los años 60 del siglo XV, dotando así a Bretaña de los medios para la formación de sus prelados, oficiales, cuadros y magistrados. A su vez, estableció las sesiones estacionales de justicia de los Estados de Bretaña en un Parlamento con sede en Vannes. De esta manera, dicha Corte de Justicia bretona pudo ser soberana y eliminó toda posibilidad de apelación alguna ante el Parlamento de París.

No obstante, en el ducado de Bretaña, las relaciones se agravaron con Francia debido a los problemas de sucesión que se produjeron por el hecho de que François II no tuviera un hijo legítimo para sucederlo. Su última esposa Margarita de Foix e Infanta de Navarra, solo le había dado dos hijas: Ana de Bretaña e Isabel de Bretaña, y había muerto en 1986. Todo el mundo daba por hecho de que el ducado, después de la muerte del duque François II, sería sucedido por su hija, Ana de Bretaña, nacida en 1477 en Nantes.

El rey de Francia quería imponer que fuera un francés, elegido por él, el que casara con la sucesora de François II, Ana de Bretaña, para asegurarse así la unión del ducado de Bretaña a la corona francesa. Naturalmente, el duque de  Bretaña se oponía frontalmente a dicha pretensión francesa. La guerra entre el Ducado de Bretaña y el reino de Francia había empezado y las noticias que llegaban a Laburdi, o a la “Tierra de los cuatro ríos” donde se encontraban Baiona y Donibane Lohizune, era que la situación en Nantes, y en todo el ducado de Bretaña, cada vez sería más preocupante.

IV

A la once de la noche del domingo 20 de mayo de 1488, la nao “Ciburu”, de unos 25 metros de eslora, y con unas 350 toneladas de carga, zarpó del puerto de Donibane Lohizune rumbo al puerto de Nantes, Bretaña. Las naos que construía el padre de Johan, Ander de Ursua, eran toda una innovación náutica. Eran naos de las de uso múltiple que no se les podía clasificar como barcos empleados solamente para la caza de la ballena o la pesca del bacalao en alta mar, o el transporte de mineral de hierro de Bilbao o de lana castellana a Flandes, o en el comercio con Inglaterra, o como barcos de guerra de las armadas reales.

En general, eran naos de tres mástiles y aprovechaban todo lo bueno de la coca bayonesa como era el casco redondo y panzudo, las velas cuadradas, el timón de codaste y castillo de popa, pero a diferencia de las cocas, solían llevar dos mástiles más como el trinquete (a menudo en caída, es decir ligeramente inclinado hacia delante), el palo mayor y el palo mesana, además del bauprés, que se proyectaba desde el castillo de proa.

A decir verdad, las naos eran una evolución de las cocas medievales, eran barcos mercantes de casco redondo y un solo mástil con vela cuadrada. Las cocas, a su vez, eran lo que los vikingos habían desarrollado para los “knarr”, sus barcos mercantes.

Hacia el siglo XIII, cuando el período vikingo ya había terminado desde hacía más de dos siglos, las cocas bayonesas introdujeron un nuevo adelanto técnico: el timón de codaste, que reemplazaba al timón de espadilla, utilizado por las naos de los siglos XIV y XV y que estaba considerado como un claro aporte vasco al arte de la navegación.

La tripulación de la nao “Ciburu” estaba formada por el capitán, Johan de Ursua un timonel o piloto, un cocinero, un contramaestre, dos toneleros y ocho marineros y dos pasajeros: el cartógrafo náutico, Ochoa de Andraka, y su ayudante, Gabriel de Besalú. Soplaba viento de poniente y, durante toda la singladura, si es que la dirección del viento no experimentaba  cambio alguno, la costa quedaría a sotavento y la embarcación navegaría con el viento de través por babor.

Ochoa de Andraka había ordenado a dos marineros que llevarán sus dos baúles y su bolsa de viaje a su camarote de popa. Un cuarto de hora antes de zarpar, Ochoa y Johan embarcaron y mientras Johan subió al puente, Ochoa se asomó a la cubierta principal para saludar a su ayudante Gabriel de Besalú pero no lo vio. Subió al castillo de popa y en se introdujo en su camarote situado en el lado de estribor. De pronto, mientras revisaba el contenido de los dos baúles y la bolsa de viaje, escuchó que alguien golpeaba en su puerta.

— ¡Adelante! —exclamó el cartógrafo vasco en voz alta.

La puerta se abrió para dar paso a la figura de un joven alto y delgado que vestía botas, calzas y jubón de color azul y una boina vasca de color rojo, típica de los “arrantzales” o pescadores. Para saludar debidamente a su maestro, Gabi se quitó la “txapela” [1] e intentó hacer la reverencia pero Ochoa le detuvo en seco con un gesto que hizo con la mano.

— ¡No, por favor! Usted, Gabriel de Besalú, no es mi criado, ni nada por el estilo. Usted es mi ayudante cartógrafo y recuerde siempre que no sólo usted me debe respeto a mí sino que yo también le debo respeto a usted. Observe como le trato yo a usted y así es como usted deberá tratarme a mi. Tan fácil como eso. ¿Para qué complicarnos la vida con reglas que, por principios, yo no practicaré y, en consecuencia, usted tampoco?

Gabi se quedó sorprendido y sin saber qué decir. Por de pronto se vistió la “txapela” y susurró un “¡Egunon, Jauna!” [2] que fue respondido en seguida por otro saludo parecido de parte de Ochoa:

¡Egunon, Gabriel!  ![3] ¿Cómo se siente usted en su primer día de trabajo? ¿Le gusta su camarote?

— Mucho, señor de Andraka. Mi camarote es amplio y tiene el camastro pequeño pero adecuado para que pueda disfrutar de una estantería, de una silla, de una amplia mesa de estudio con candil y de un anclaje para el baúl —contestó el joven un tanto nervioso.

Ochoa recordó entonces cuando realizó el primer viaje de trabajo con su maestro y mentor. Fue un viaje por mar a Asturias donde las cofradías de pescadores y mareantes de San Nicolás de Llanes, de Luarca de Valdés y otras, le había solicitado a su maestro Juan Vizcaíno de Lakotsa que realizara un carta náutica con mucho detalle de la costa para evitar que las embarcaciones encallaran en los vados o se estrellarán contra las rocas y arrecifes de la costa. De verdad que Ochoa hubiera agradecido que Lakotsa le hubiera hablado así. Tardó casi dos años para que las relaciones entre maestro y alumno se volvieran más naturales. Por eso, le respondió a Gabi casi instintivamente:

— Llámeme o diríjase a mi como Andraka o como señor pero no utilice las dos palabras a la vez porque me obligaría a mi a llamarle señor de Besalú y las conversaciones se volverían muy largas y aburridas —sonrió Ochoa a su pupilo.

— Así será en adelante, señor —respondió sin pestañear siquiera el joven Besalú, para añadir a continuación— ¿Qué es lo que tiene pensado que hagamos hoy?

— Antes de nada me gustaría que nos familiarizáramos con las cartas náuticas que he traído para verificar las derrotas o rumbos que hemos de tomar a lo largo de los próximos meses. Pero, en primer lugar, y para aprovechar el tiempo, podríamos de paso calcular la velocidad en nudos de la nao. Hoy utilizaremos un reloj de polvo de mármol que nos mide exactamente una hora y con la ayuda de una “corredera” verificaremos la velocidad de la nao. ¿Le parece bien Gabriel?

— Perdone, maestro, pero nunca he calculado la velocidad de una embarcación. En los trabajos que he hecho, yo solamente recogía en las cartas náuticas los nudos que apuntaban otros pero no los calculaba —respondió Gabriel con cara de interesado en aprender.

— Gracias por su sinceridad, Gabriel. Pero para eso estoy yo para enseñarle. Como usted bien sabe, el nudo es una unidad de medida de velocidad que es  utilizada en la navegación marítima y que es equivalente al recorrido de una milla náutica en una hora. Es decir, cuando se recorre una distancia de 1852 metros en una hora. Pero un barco puede recorrer más o menos distancia en una hora y eso es lo que trata de calcular. En nuestro caso, trataremos de medir cuanta distancia recorre la embarcación durante la hora exacta que nos marca el reloj de polvo de mármol. Para ello, utilizaremos la corredera. ¿Sabe usted lo que es una corredera?

— Sí, maestro, pero no sé bien cómo funcionan —contestó raudo su ayudante.

Sin decir nada, Ochoa de Andraka se dirigió a uno de los baúles, lo abrió utilizando tres llaves y extrajo una serie de cartas de navegación, un reloj de los llamados de reloj de arena que funcionaba con polvo de mármol y un artilugio que, no hacía mucho tiempo, había sido inventado para medir la velocidad de una embarcación y que había dado lugar al origen del porqué se utilizaba la palabra “nudo” como unidad de medida de velocidad de los barcos y es que lo que se medían eran los nudos de la cuerda.

— Esto es una corredera. Como puede usted comprobar se trata de un artilugio muy rudimentario pero que es muy eficaz. Consiste en una tabla de madera que normalmente tiene forma de arco, con un contrapeso en uno de sus lados, lo que la mantiene a flote de forma vertical. Esta pieza de madera se ata a una cuerda con bastante longitud, que incluya nudos equidistantes durante todo su recorrido. La tabla de madera se lanza al agua mientras el barco se encuentra en movimiento y se deja correr la cuerda. Al mismo tiempo que se ha lanzado la corredera, se pone a correr un reloj de arena, o en nuestro caso un reloj de polvo de mármol. Se trata de comprobar cuantos nudos se deslizan durante un periodo de tiempo determinado.

— ¿Cuál es el periodo de tiempo más utilizado en las mediciones? —preguntó Gabriel.

En nuestro caso, una hora. De este modo, se puede medir la velocidad de la embarcación en función de los nudos que recorre. Nuestra tarea es la de comprobar cuantos nudos han salido del carrete en la hora que tarda en vaciarse el reloj de polvo de mármol. Cuando el reloj se ha vaciado, detenemos el paso de la cuerda por el carrete, leemos el número que hay escrito sobre el nudo que falta por pasar y ese es el número de nudos de velocidad de la nao —concluyó Ochoa su explicación para añadir como coletilla —¿Le parece que ha quedado clara la explicación, Gabriel?

El muchacho se quedó en silencio y afirmó con la cabeza en señal afirmativa. Se sentía emocionado de lo fácil que era aprender con el maestro Andraka. Sus ojos parecía que iban llorar de la emoción pero se contuvo, respiró profundo, y exclamó:

— ¿Qué longitud de cuerda tienen los carretes? ¿Cuál es la velocidad náutica máxima que podríamos medir?

Ochoa sonrió pues recordó que una pregunta parecida fue la que él hizo en su tiempo al maestro Lakotsa. Por eso se tomó el tiempo suficiente, para poder responder con calma y con una cierta ironía.

— Tranquilo Gabriel que todo está controlado. Tengo solo dos carretes. Uno de ellos sirve para medir hasta ocho nudos y que es el que utilizaremos ahora, y el otro es una carrete de 15 nudos. No te preocupes que no navegaremos nunca a más de esa velocidad por nuestro propio bien. Los vascos somos muy buenos también arriando velas —el muchacho captó la broma muy bien y dominando su risa, que pudiera parecer ofensiva, esbozó una amplia sonrisa que contagió al maestro Andraka.

V

Ochoa y Gabi calcularon dos veces que la velocidad de la nao “Ciburu” era de un poco más de ocho nudos, lo que presentaba una velocidad equivalente de unos 15 km/hora. De igual modo, estaba calculado que, normalmente, que el tiempo medio de navegación requerido para arribar, zarpando desde el puerto de Donibane Lohizune, hasta el puerto de Nantes, en una embarcación de tres mástiles, de algo más de 22 metros de eslora, solía ser de unas 30 horas. Ello representaba que, si todo iba bien, la nao llegaría al puerto del estuario del Loira ubicado en Nantes a las cinco de la mañana del martes.

Por otro lado, tampoco se podía ignorar las difíciles condiciones de navegación que había a lo largo del estuario del Loira. A finales del siglo XV, durante el periodo 1484-87, la navegación fluvial por el Loira ya había estado resultando dificultosa e incluso hasta peligrosa. El hecho del mayor tamaño de las embarcaciones y la falta de dragado continuo en la ría del Loira eran un hándicap.

Hasta 1486, el ascenso por el estuario del Loira hasta el puerto fluvial de Nantes se describía como “muy peligroso” y Johan lo sabía ya que la última vez que hizo este trayecto fue ese mismo año. Después, él supo por medio de otros capitanes de barcos que había habido mejoras debido a que construyeron diques y se dragaron los cauces de la ría. El capitán Johan jugaba la baza de que, en el peor de los casos, siempre se podría arribar al puerto de Nantes aprovechando dos mareas altas y haciendo parada en Cordemais, durante la marea baja.

Sin embargo, él sabía que era cierto también que, según las últimas noticias, las dificultades que había para el ascenso al puerto de Nantes de los llamados grandes barcos (las naos entraban dentro de esa categoría) habían desaparecido en 1488, e, incluso, no había necesidad de que aprovecharan dos mareas altas.

Una última confirmación de las mejoras en el acceso al puerto de Loira, tanto para la ida como para el regreso, informaba de que la profundidad promedio del estuario del Loira, desde Nantes hasta el mar, era de unas cuatro brazas, es decir, 16 codos (6,784 m) con la marea baja y 30 codos (12,720 m) con la marea alta, lo que, evidentemente, permitía la subida o descenso de grandes barcos como las naos que transportaran una carga que oscilara entre las 200 y las 600 toneladas.

Sin embargo, Johan, como marino era extremadamente cauto, y tenía claro de que, si se presentara la menor duda, realizaría el ascenso de la ría del Loira  hasta el puerto de Nantes en dos etapas, aprovechando dos mareas altas.

VI

El convento de franciscanos de Nantes se encontraba en el centro de la ciudad de Nantes, por lo que se situaba dentro del recinto amurallado de la ciudad. En el siglo XV, Nantes era una ciudad completamente fortificada. Exactamente se situaba al pie de donde pasaba la antigua muralla galo-romana que fue demolida y cuyas piedras se utilizaron para construir el propio convento.

No hay que retroceder mucho en la historia de Nantes para comprender lo que era la ciudad bretona en 1488. La ciudad conservaba hermosos vestigios de su pasado previo a la Edad Media. El patrimonio medieval de Nantes era muy rico y era el signo de lo que representaba ser una ciudad notable e importante en la Baja Edad Media, gracias a su situación estratégica y a su prestigioso puerto situado en la confluencia del rio Loira con su afluente el rio Erdre.

Al principio, durante la era galo-romana, Nantes fue conocida como Portus Namnetum y ya, en la Edad Antigua, comenzó a ejercer una mayor influencia y poder, a medida que el Imperio Romano se iba derrumbando poco a poco.

Debido a su posición estratégica y a su importante papel comercial, la ciudad era atacada regularmente desde todos los lados, bien fuera por tierra como por agua, aprovechando los ríos que rodeaban la ciudad. En el siglo III a.C., con el fin de protegerse de los saqueadores y de los asaltos de los invasores pueblos germánicos, tras ser destruida varias veces, la ciudad decidió construir una muralla que duraría hasta el siglo XIII, para ser ampliada por otra que daría más espacio a la ciudad fortificada y que era la que existía en el siglo XV.

Cristianizada en el siglo III, la ciudad comenzaría a construir edificios majestuosos en homenaje a su nueva religión y no pararía de hacerlo, por lo menos, hasta el siglo XV, cuando Nantes se convirtió en una ciudad fortificada por excelencia. Por ello, la conquista de Nantes no era una empresa nada fácil y así, por ser una ciudad segura, Nantes llegó a convertirse durante el mandato del duque François II en la capital del ducado de Bretaña y, a su vez, sede de su poder político y de su floreciente comercio.

Nantes intercambiaba sus productos regionales, especialmente sal o pescado, a cambio de productos exóticos de Castilla o Portugal. El siglo XV fue algo así como el siglo dorado de Nantes, fue el siglo de su desarrollo y de su envidiable prosperidad que Francia tanto añoraba.

Al atracar en uno de lo diques de atraque, los tripulantes de la nao “Ciburu” rápidamente se enteraron de que el país estaba en guerra contra Francia. A principios de ese mismo mes de mayo de 1488, había habido una reunión muy importante entre representantes de Inglaterra, Borgoña, Castilla y Austria para ayudar al ducado de Bretaña en su lucha contra el reino de Francia que quería hacerse dueña del Ducado y de su prosperidad. En la reunión mantenida con otras naciones aliadas de Bretaña, se había decidido enviar tropas para combatir al ejercito del rey Charles VIII de Francia, que era menor de edad, y cuya regencia del reino francés la ejercía su hermana Anne.

Según les contaron en la casa de contratación del puerto de Nantes, recientemente, se había iniciado en Francia una guerra por la sucesión del trono que había salpicado a Bretaña de mala manera. Así, entre 1485 y 1488, una parte de la nobleza encabezada por Louis II d’Orleans intentaron derrocar a la regente, Anne de Francia.

Al morir Louis XI de Francia, que se pasó toda su vida luchando contra sus nobles, su hijo Charles, que debía subir al trono como Charles VIII, era todavía menor de edad. Por ello, la hermana mayor de Charles, Anne de Francia, fue nombrada regente. Sin embargo, la situación se volvió bastante ingobernable ya que salieron candidatos a la regencia por todas partes.

Así pues, Louis II, Duque de Orleans, también tenía derechos a la regencia al ser primo del futuro rey y quería aumentar su poder consiguiendo la regencia. El duque era apoyado por los duques de Lorena y de Bretaña y otros nobles más, pero sus pretensiones fueron cortadas por los Estados Generales en 1484. El de Orleans no se echó atrás y siguió intentándolo por otros medios al pretender secuestrar al joven rey, pero la regente estaba avisada y lo apresó junto a algunos seguidores, antes de comerte dicho atropello.

En el año 1485, Louis II escapó a Orleans e intentó levar a cabo una sublevación apoyado por sus aliados de Bretaña, pero las tropas se mantuvieron leales a Anne de Francia y la rebelión fracasó. Entonces, Louis de Orleans consiguió refugiarse en Bretaña, al tiempo que el Duque de Bretaña, François II, firmaba una tregua con París y Louis de Orleans y era devuelto a Francia. En aquella época las traiciones estaba a los orden del día entre una nobleza que resulta ser bien innoble.

Con todo, la guerra se volvió cada vez más loca y, a mediados de 1486, entró en juego Maximilian I de Austria, que intentó la conquista del norte de Francia por ser aliado con Bretaña, pero fue derrotado por las tropas del rey de Francia. De nuevo, Louis de Orleans intentó ser el mayor protagonista de esta historia de peleas, luchas, traiciones y alianzas. Aprovechando que la regente de Francia estaba muy centrada en su lucha contra Maximilian de Austria, se escapó del control real del trono francés para refugiarse otra vez en el ducado de Bretaña.

Pero esta vez, la regente Anne de Francia jugó bien sus bazas. Aprovechó que Louis de Orleans se había refugiado como excusa para atacar con su ejército que volvería a salir victorioso, derrotando tanto a Maximilian I como a los bretones que tendrían que replegarse. Para el año 1487, tanto el rey Charles VIII como la regente Anne de Francia se reunirían en Ancenis, desde donde planearían la conquista del ducado de Bretaña.

Así, en mayo de 1487, 15.000 soldados franceses entraron en Bretaña y derrotaron a todos los que se le pusieron por delante. En tan solo unos pocos días, cayeron numerosas ciudades y plazas fuertes, el duque bretón, François II, huyó a Nantes, donde con unas fuerzas muy mermadas, preparó la defensa, y pese a contra con un número inferior de soldados, pudo aguantar y levantar el asedio para después recuperar bastantes plazas y ciudades, dejando la situación en un empate. Es de resaltar que parte del éxito se debió a que el duque François II ofreció a su hija y heredera, Anne de Bretaña, como esposa a sus distintos aliados para ganarse su favor. Louis de Orleans consiguió apoyos extranjeros desde Castilla, Inglaterra y Austria, recuperando así más posiciones.

Pero los aliados contra Francia no supieron manejar su ventaja (estaban demasiado ocupados decidiendo quién sería el que se quedara con la niña  de once años, Anne de Bretaña, para casarse con ella y heredar el ducado de Bretaña). De este modo, aprovechando este relajo, en marzo de 1488, el ejército real francés volvió a atacar con toda la fuerza. El duque François II intentó reunir a sus fuerzas en Rennes, pero éstas llegaron demasiado despacio, mientras que el ejército francés, reforzado con mercenarios y  artillería italiana y suiza, iba derrotando ciudad tras ciudad. En aquellos momentos, se sabía que el duque de Bretaña, François II, estaba intentando llegar a un acuerdo, pero se temía lo peor. Francia exigía que la heredera del ducado de Bretaña, Anne, se comprometiera en matrimonio con el heredero de la corona de Francia, Charles VIII, y Bretaña no solo no estaba por la labor, sino que quería hacer todo lo contrario.

Todo se resolvió el 28 de julio en la batalla de Saint-Aubin-du-Cormier, donde unos 11.500 soldados, formados por diversos contingentes y fuerzas, se enfrentaron a un mejor organizado ejército francés de 15.000 hombres. La batalla duró cuatro horas, hasta que el frente bretón se rompió, provocando su desbandada. En la batalla murieron unos 6.000 bretones frente a 1.500 franceses. La derrota fue total, Louis de Orleans y otros rebeldes fueron apresados.

Johan y Ochoa comprendieron que la situación era muy mala en Bretaña y que debían zarpar hacia el puerto de Londres, lo más pronto posible. Por eso dio orden de que una vez hubieran descargado toda la mercancía que transportaban para Bretaña, los estibadores del puerto cargaran la mercancía bretona que debían transportar al puerto de Londres, al puerto de Rouen, al puerto de Brujas y, finalmente, a la vuelta, a los puertos de Bilbao, de San Sebastián y Baiona en su viaje de regreso a Baskonia.

VII

Por fin, tras haber estado llamando durante más de una hora a la puerta del Convento de los Franciscanos de Nantes, una fraile ya anciano, de estatura mediana y una arreglada barba blanca que había estado en silencio mirando por la mirilla durante un buen rato, abrió la puerta. Sin preguntar nada, lo primero que hizo el fraile franciscano al abrirla fue exclamar en voz alta:

— La salas de la cofradía de contratación están cerradas debido a la actual situación de guerra. ¿Desean ustedes alguna cosa más?— preguntó amablemente aquel fraile.

— Si, por supuesto —contestó Ochoa en un forzado bretón para continuar hablando en latín que era la lengua franca de Europa— somos navegantes y venimos desde Bilbao para recoger un baúl que dejamos bajo su custodia hace unos cinco años, quisiéramos hablar con el fraile superior o guardián de los franciscanos.

Alguien que estaba detrás del fraile portero le debió susurrar algo al oído porque, de pronto, la pesada puerta se abrió del todo y en la penumbra, Ochoa de Andraka y su ayudante, Gabriel de Besalú, distinguieron las estelas características de tres frailes franciscanos que les aguardaban. Les llevaron a una sala donde había una mesa larga y muchas banquetas alrededor. También  les ofrecieron una palangana y una jarra de agua para lavarse las manos y un trapo para secárselas después. Cuando se sentaron los cinco en la mesa, Gabriel extrajo unos rollos de su bolsa de viaje. Los desplegó despacio y con mucho cuidado encima de la mesa y se los entregó a su maestro para que se los presentara al superior del convento. Una vez que los dos frailes que le acompañaban al guardián del convento se levantaron de la mesa y se retiraron al fondo de la sala, el cartógrafo vasco rompió el silencio de la sala para iniciar su presentación.

— Antes de nada, quisiéramos agradecerle a su ilustrísima, su pronta acogida y, a su vez, presentarle quienes somos y a qué venimos ante usted. Mi nombre es Ochoa de Andraka y este joven que me acompaña es mi ayudante, Gabriel de Besalú, ambos somos de profesión cartógrafos y procedemos de Baskonia. El motivo de nuestra visita no es otra que la de recoger de la bóveda de custodia el baúl que deposité hace cinco años para lo cual le presento las siguientes acreditaciones y el resguardo que ustedes mismos en nombre del Convento de franciscanos de Nantes me dieron entonces para poder recoger el baúl —concluyó Ochoa su breve y clara exposición.

A continuación, Ochoa presentó las acreditaciones y le entregó el recibo con todos los detalles para facilitar una correcta y ágil devolución del baúl. Cuando leyó todo, el superior del convento depositó los documentos sobre la mesa, se frotó suavemente las manos e hizo una mueca con la boca que pretendía ser una sonrisa para transformarse en una expresión de tristeza que abarcaba toda su cara. Sin embargo, hizo lo posible para dominar sus emociones y empezó a hablar a modo de contestación a la solicitud del Ochoa.

— Por nuestra parte, quisiera presentarme diciéndoles que soy el superior o guardián de este convento y que me pueden llamar fray Paulo. En segundo lugar, quisiera agradecer su visita pero tengo que manifestarles que es una gran pena que no pueda satisfacerle su deseo, maestre Andraka. Lo siento en el alma. Lamentablemente para usted, su baúl ya no se encuentra aquí, en Nantes, y tampoco en Bretaña. Lo cual no significa que no esté siendo custodiado por la orden de los franciscanos —el vasco dibujó una expresión en su cara de tal desesperación que parecía que los ojos se le iban a salir hacia fuera de sus órbitas.

— Pero tranquilícense porque su propiedad está bien guardada —prosiguió el fraile guardián del convento con el fin de que el vasco se calmara— Tienen ustedes que tener en cuenta de que estamos en guerra y que la mayoría de los soldados son mercenarios. En general, lo más valioso de lo que reciben estos soldados no es su paga sino el botín que consiguen mediante el derecho de conquista. Las iglesias, las basílicas, los monasterios y los conventos —y no sólo los de los franciscanos— suelen custodiar a veces objetos de valor que pueden ser de uso religioso, como los cálices y las cruces, o de usos más mundanos como las joyas, collares, brazaletes, sortijas y monedas de oro —el guardián del convento hizo una interrupción para saber si le iban entendiendo sus interlocutores lo que él iba exponiendo y, para comprobarlo, se dirigió al más joven con una pregunta:

— Usted, Gabriel de Besalú, ¿Tiene algún problema de comprensión para que podamos hablar en latín o preferiría hablar en francés? Incluso podríamos entendernos en vasco ya que hay dos hermanos franciscanos que son naturales de Baskonia y aunque hayan hecho voto de silencio, este voto no constituye ninguno de los votos monásticos, como son los votos de pobreza, castidad y obediencia, por lo que no habría problemas en que cualquiera de los dos hermanos franciscanos actuara como intérprete —el franciscano se quedó esperando la respuesta de Gabriel.

— No hace falta fray Paulo. Al menos por mi parte, puedo decir que le entiendo perfectamente y que no tengo ningún problema para utilizar el latín como lengua de comunicación entre nosotros —concluyó el joven sin más explicaciones.

El guardián del convento expresó con una sonrisa y una reverencia que las explicaciones del joven, al tiempo que observaba como Gabriel educadamente le devolvía la reverencia y prosiguió con su explicación:

— El baúl que ustedes demandan, maestre Andraka, se encuentra bajo la custodia de nuestra orden dentro del Convento de los franciscanos de Paris, en el barrio latino, justo al lado de la iglesia de San Cosme. No tiene ninguna pérdida. El motivo de que, hace casi seis meses, transportáramos todas los objetos en custodia de nuestro convento a Paris fue por garantizar la seguridad y una custodia eficaz de los mismos. El traslado era fácil y seguro y se hizo de que permitiera un transporte directo del puerto de Nantes al muelle o “quai” más cercano al convento de Paris.

Al salir del convento, con la documentación debidamente preparada y sellada para entregar en el convento de franciscanos de Paris, decidieron regresar al barco para contarle a Johan las últimas novedades y tomar una decisión. Estaba claro que Ochoa debía ir a París para recuperar su baúl. El problema era si debía ir a Paris por tierra o por mar. Si lo hacia por tierra tardaría por lo menos once días y, además, se expondría a peligros inesperados como consecuencia de que era seguro de que tendría que atravesar las líneas de combate de los ejércitos contendientes.

Si lo hacia por mar, Ochoa sabía que había barcos como las cocas que navegaban casi todos los días entre Nantes y Ruán y que tardaban tres días y medio en llegar de puerto a otro, dependiendo de las condiciones de la mar y del viento. El único problema que tendría sería el de encontrar para mañana un camarote en algún barco pero de eso estaba seguro que se solucionaría gracias a la influencia que tenía en todas las cofradías portuarias su amigo Eneko de Bidaburu con el que almorzarían en su casa en menos de hora y media. Habían quedado con Johan en que allí se encontrarían.

Mientras se dirigían hacia la plaza del mercado, Ochoa y Gabriel, se sentaron en una posada que había en la esquina que quedaba enfrente de la Basílica de San Nicolás y que el vasco conocía bien porque siempre que iba a Nantes solía tomar un caldo de gallina con cebolla, ajos, puerros y zanahorias que sentaban muy bien para el cuerpo de los navegantes, sobre todo si se le añadían una sopas de pan. Gabriel también quiso probar aquel caldo humeante que le sirvieron a su maestro y que tan buen olor tenía que se le hacía al muchacho extremadamente apetitoso.

Cuando ya habrían tomado la mitad del caldo, Ochoa detuvo la comida, dejó la cuchara sobre la mesa y entrelazó sus manos para hablarle con cierto aire de seriedad a su joven ayudante:

— Antes de nada, tengo que decirle, Gabriel, que esta mañana, en la reunión que hemos mantenido en el convento de franciscanos con su guardián, me ha dejado usted impresionado por su dominio del latín y su capacidad de negociación.

El hecho de que la conversación se hubiera podido desarrollar todo el tiempo en latín, fue, sin duda, una grata sorpresa para Ochoa de Andraka ya que pudo comprobar, de primera mano, que su joven ayudante de cartografía se manejaba en dicho idioma perfectamente. Por un momento, le pasó por la cabeza que también él le podría ayudar a que aprendiera el vasco.

El navegante y cartógrafo vasco estaba convencido de que su pupilo Gabriel debía tener tanta facilidad para los idiomas que la lengua vasca o “euskera” la aprendería en menos de un año. Sin embargo, prefirió no hablar de ello pues había un tema más apremiante que comentar con él y éste se refería al viaje a Paris que Ochoa había decido hacerlo solo y que, por tanto, Gabriel viajaría a Londres en la nao con su primo Johan y ellos se encontrarían a los doce días en Rouen, justo antes de que la nao “Ciburu”, una vez estuviera a bordo la carga, zarpara para el puerto flamenco de Brujas.

— No tengo nada que objetar —respondió su joven ayudante-aprendiz— solamente quisiera añadirle que preferiría acompañarle para que fuera de su ayuda si se produjera cualquier percance. También he de informarle que se manejar bien el estoque y que en una lucha a capa y espada sé como arreglármelas. Uno de mis instructores italianos era un artista con la esgrima —aclaró Gabriel para que su maestro le tuviera en cuenta.

Fue muy grato para Ochoa saber que aquel joven, en caso de apuro, podría ayudarle a solventar una trifulca callejera que en Paris tanto suelen abundar, según en qué sitios y a qué horas del día. Casi estuvo tentado de cambiar los planes pero algo en su interior le decía que mejor se las arreglaría yendo solo a Paris.

Presentía que una ciudad tan grande como París, algo podría ocurrir y que mejor se las arreglaría si no tuviera que defenderse más que a si mismo que, para eso, el vasco se las pintaba bien estando solo y, sobre eso, él tenía algunas experiencias luchando contra piratas ingleses que se caracterizaban por ser los piratas más sanguinarios que se habían conocido en el mundo.

Nada que ver con los corsarios al servicio del rey de Dinamarca como Hans Pothorst y Didirk Pining, con los que mantuvo una relativa amistad cargada de confidencias y secretos. El mayor de todos los secretos fueron los mapas que habían hecho de numerosas tierras del Nuevo Mundo y, entre ellas, el mapa de las tierras de Vinlandia, Marklandia y Hellulandia que descubriera Leif Erikson hacia los años 1000 que protagonizaron el cambio de milenio.

Casi cinco siglos más tarde, los corsarios, Hans Pothorst y Didirk Pining, fueron enviados a redescubrir Vinlandia y, de paso, conocer también las tierras situadas alrededor de Vinlandia. Fue una expedición que financió el propio rey Christian I de Dinamarca en 1474 y que duró varios años. A su vuelta, trajeron una colección de objetos curiosos pertenecientes a los indígenas nativos de Vinlandia y unos mapas realizados con bastante detalle acerca de aquellas tierras lejanas que no es que se perdieran, sino que nunca se entregaron al rey porque misteriosamente se quemaron en un misterioso incendio que se produjo en un barco que los transportaba desde la Islas Feroe a la capital del reino de Dinamarca, Copenhague.

Solamente seis personas sabían de la existencia de dichos mapas, de los que tan sólo quedaba una copia. Eran los mapas que habían sido utilizados por Andraka hacia seis años, al objeto de descubrir nuevos bancos de pesca de bacalao en las aguas que bañan la tierra de Vinlandia. Una copia de dichos mapas se encontraba, junto con otros objetos de valor, dentro del baúl que él mismo había depositado en el convento de los franciscanos de Nantes y que, debido a las graves circunstancias por las que pasaba el ducado de Bretaña, había sido trasladado al convento de los franciscanos de París. Por suerte, otra copia de los mapas de Vinlandia, que dibujaran Hans Pothorst y Didirk Pining, Ochoa los llevaba siempre consigo y una de las tareas de su aprendiz Gabriel sería la de estandarizarlos e integrarlos en un solo mapa que fuera más útil y manejable.

VIII

Al regresar a la nao “Ciburu”, Gabriel se excusó diciendo que no asistiría a la cena con su maestro Andraka y el capitán Ursua porque se encontraba con pesadez de estómago y quería acostarse temprano. Cuando se hubo retirado y ya dentro de su camarote, “Gabriel”, o más bien Naomi, se percató de que se sentía más enojada que nunca y no sabía realmente porqué. En realidad, sabía perfectamente que algo se estaba moviendo en su interior y tenía miedo que no lo pudiera controlar pero eso no era motivo suficiente para estar tan molesta como se encontraba.

Al principio pensó que era porque le había venido el periodo de menstruación pero comprobó que ese no era el caso. Además, hacia menos de diez días que la había pasado. Rebuscando más en su interior, la joven judeo-catalana encontró que su repentino malestar podía deberse al hecho de que le enojaba cada vez más tener que hacerse pasar por un muchacho para poder ocuparse en lo que ella más había deseado trabajar toda su vida. También podría haber sido porque su maestro le había dicho que no le acompañara como si ella estorbara.

No obstante, Naomi sabia en su interior que esa negativa a que le acompañara no era un no a Gabriel. Ella era bien consciente de que su maestro cartógrafo había decidido ir solo a Paris para evitarle a “él” riesgos innecesarios, dada la situación peligrosa y excepcional en la que se encontraban viviendo en Bretaña, en particular, y en Francia, en general. Ese detalle sí que le gustó a Naomi porque demostraba que Ochoa de Andraka era una persona noble, valiente y generosa.

Para contrarrestar pensamientos que pudieran abrir demasiado su alma y avivar ciertos sentimientos que presentía que estaban cada vez latentes, Naomi se  centró, en que, por otro lado, la idea de zarpar para Londres era algo que le debería entusiasmar también. Si ella fuera con su maestro a Paris, se perdería la oportunidad de conocer la capital de Inglaterra sobre la que ella tanto había leído y escuchado a familiares suyos que estuvieron allí.

Además, durante todo el viaje podría leer y estudiar. Lo haría navegando cómodamente en aquella marinera nao, disfrutaría de un camarote envidiable para ella sola e, incluso, podría terminar de leer el libro de Pedro Tafur titulado: Tractado de las andanças e viajes de Pero Tafur o Itinerario” donde el autor castellano relata su periplo realizado entre 1436 y 1439 por lugares del Mediterráneo (Creta, Rodas, Chipre, Quíos o Egipto), del Próximo Oriente (Tierra Santa, Esmirna, Trebisonda y Crimea) y gran parte de Europa (Estrasburgo, Bruselas, Maguncia, Bohemia, Viena, Venecia, Suiza, Hungría), incluyendo Roma y Constantinopla (Bizancio), ciudad que visitó poco antes de su conquista musulmana.

A su vez, podría ayudar al capitán Johan y, de paso, disfrutar de la amistad tan sincera que él le había dispensado siempre desde que su padre Jacob se lo presentó hacía cuatro meses y urdieron el plan. De pronto, unos nudillos golpearon la puerta de su camarote y la muchacha se arregló las calzas y el jubón y se vistió la boina vasca, antes de preguntar:

— ¿Quién es? —susurró Naomi un tanto sorprendida.

— Soy yo, Ochoa. Le traigo una infusión de manzanilla o de camamila como la llamamos nosotros, que espero que le calme los dolores y le facilite el sueño.

— Ya se me estaba pasando el dolor de vientre pero de todos modos muchas gracias, señor. Creo que comí demasiado —respondió Naomi sin saber cómo adornar mejor su excusa.

— Todos comimos y bebimos demasiado —asintió Ochoa con la cabeza para añadir— ¡Qué pase una buena noche Gabriel!

[1] Boina vasca

[2] ¡Buenos días, señor!, en vasco

[3] ¡Buenos días, Gabriel!, en vasco

 

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