1489: EL MAPA VASCO DEL NUEVO MUNDO—2 Capítulo

Por Juanjo Gabiña

Capitulo 2º

Las fabulosas brújulas vikingas

I

Cinco horas después de haber atracado en el puerto de Donibane Lohizune, Johan de Ursua y su primo, Ochoa de Andraka, llegaban al caserío Bihotz Enea, situado en la población cercana de Askain, propiedad de la familia Ursua-Etxebarrieta. Allí era donde vivía su primo Johan, junto con su esposa Kattalin y sus tres hijos. Cuando ya se encontraba bajo el dintel de la puerta de la cocina comedor, todos los allí presentes pegaron un grito de alegría y corrieron hacia ellos para saludarles.

La primera que se le acercó y que le dio un salto de felino hasta agarrarse a su tío por el cuello y besarlo sonoramente en la cara, mientras reía llena de indisimulada felicidad, fue su sobrina Maddi. A sus casi nueve años, aquella niña de tan buenos modales se estaba convirtiendo en una espigada muchacha morena que ofrecía una cara de bonitas facciones donde destacaban unos grandes y preciosos ojos azules. Su sonrisa era igual que la de las muchachas Ohiartzun que Ochoa tanto conocía por su prima Kattalin, la madre de Maddi, y por su hermana María. Maddi había pegado un buen estirón y llevaba el pelo cortado como los chicos, lo que le daba un aire más gracioso y es que la niña, al menos en los juegos, siempre prefería hacerlo como si fuera un chico y, por eso, le gustaba jugar con su hermano, el que era un año y medio menor que ella.

Mientras le abrazaba a su sobrina, se acercó su sobrino pequeño que, tras darle un beso de compromiso y un simulacro de abrazo, con sus ya recién cumplidos cuatro años, osaba inocentemente preguntarle a su tío que era lo que le había traído del viaje. Finalmente, ya con el niño sujeto en sus brazos, feliz por haber recibido su palo de regaliz, se le acercó su cuñada Kattalin a la que abrazó con gran cariño. La esposa de Johan era también prima, por parte de madre, ya que las madres de ambos eran hermanas y pertenecían a la familia Ohiartzun. Así pues, era normal que el cartógrafo de Lemoiz quisiera a Kattalin como si fuera su hermana pues a lo largo de vida había habido mucha relación entre ellos.

Durante su infancia y adolescencia, y parte de su juventud, aunque su prima vivía en Bilbao, pasaba mucho tiempo junto con su madre, viviendo en el caserío de Lemoiz o en el de Donibane Lohizune que es donde conoció a su esposo, Johan. Se hospedaban con los Andraka cuando su padre, Pedro de Echebarrieta, que era capitán de embarcación mercantil, pasaba mucho tiempo navegando. Ella era hija única y dos años menor que Ochoa y también unos meses mayor que su hermana María. La mujer de Johan llegó a ser también muy amiga de su esposa Enekuri y siempre le animaba para que no se desesperara porque no se quedaba embarazada.

Kattalin le invitó a su primo para que se sentara a desayunar. Como ya sabía lo que gustaba, le había preparado un filete de carne de vacuno y un par de huevos fritos con berza o repollo y una jarra de sidra. Cuando hubo liquidado este suculento plato, empezó a sorber su tazón de leche. Recapacitando sobre la ausencia de su otro sobrino, el hermano menor de Maddi, Ochoa preguntó por su paradero, el segundo hijo de sus primos, al que él tenía mucho cariño, especialmente porque le recordaba mucho a cómo era él siendo niño.

— Está en el monte ayudando a cuidar las ovejas durante el regreso de los rebaños a los pastos altos de las montañas. Lleva casi dos semanas que no le vemos y espero que aparezca por casa el próximo domingo, un día antes de que zarpéis para Nantes, y lo puedas ver. En ese sentido, es igual que tú de pequeño. Le gusta la vida silvestre más que a una vaca una col —comentó, Kattalin, la prima de Ochoa y esposa de Johan riéndose.

En aquel momento, apareció su primo por la puerta. La víspera, mientras Ochoa y la mayoría de los marineros del barco Urdazuri dormían durante el trayecto de Bilbao a Donibane Lohizune, Johan y un marinero que actuaba de copiloto, se encargaban de pilotar la nave. Aquella mañana Johan durmió lo necesario como para recuperarse y se notaba que lo había hecho pues estaba lleno de dinamismo.

En seguida, mientras degustaba el “hamaiketako”, o comida de media mañana, Johan le propuso a su primo Ochoa encontrarse con su padre en el astillero del puerto y comer juntos con él. aunque después de aquel desayuno tan suculento, mucho hambre no tendían. Aquella noticia le alegró pero también a Ochoa le hizo soltar el cacho del sabroso pastel de manzana que estaba a punto de comer para retirarlo y depositarlo suavemente sobre el plato.

En menos de dos horas, iban a estar comiendo de nuevo y Ochoa comprendió que debía guardar un hueco en su estómago para la ocasión. Así era Baskonia, todos los negocios y asuntos de familia se arreglaban y alegraban comiendo. Era muy difícil comprender porque no había más gordos en Baskonia.

Mientras se ponía las botas de montar, Ochoa contempló el monte Larrún que se erigía como un gigante sobre su atalaya de casi mil metros de altura, contemplando el mar que albergaba el Golfo de Bizkaia y dejando a sus pies, el caserío de Askain y el puerto de Donibane Lohizune. Andraka había subido más de diez veces aquella montaña y, si tenían tiempo, pensaba hacerlo antes de partir hacia Nantes. Desde su cumbre el paisaje que divisaba era espectacular pues, en un día claro, el panorama abarcaba casi los siete territorios de los vascos.

II

— Aunque  sobre ello también hablaremos más tarde durante la comida, quiero que sepas, mi sobrino querido, que desde hace más de una semana me he estado ocupando de que, para cuando estuvieras ya aquí, yo te pudiera entregar las brújulas vikingas. Tú dejaste encargo de que alguien te recogiera las brújulas que hace unos cuatro años, depositaste en la Iglesia del Espíritu Santo de Baiona para su custodia. Como Johan no estaba y tenia que viajar a Baiona, he ido yo a recogerlas pero no ha sido posible puesto que para recogerlas tienes que ir tú personalmente y presentar la acreditación que te entregaron entonces.

— No te preocupes, aita [1] —le respondió Johan— mañana que es jueves, mi criado Muxil nos llevará a Baiona en la carreta de mulas y lo podrá hacer Ochoa. Además, dado de que el barrio del Santo Espíritu de Baiona se encuentra fuera de las murallas, ello nos evitará tener que pagar los peajes abusivos por atravesar sus puertas de entrada. Por cierto, de paso quiero que conozca la nueva posada que ha construido tu amigo, el judeo-catalán —Johan se dirigió entonces a su primo Ochoa para explicarle— Allí se come muy bien y variado puesto que es una posada para aquellos peregrinos que llegan a Baiona desde el centro y norte de Europa que desean hacer el viaje de pregrinación andando por el Camino de Santiago. Te gustará mucho visitar la posada y hablar con Jacob, el dueño, que es muy agradable y amigo de tu tío. Me gustaría invitarte a comer allí. ¿Qué te parece, primo? —preguntó Johan como quien da por supuesto que la respuesta de Ochoa iba a ser positiva como así fue.

— ¿No habrá también otro motivo para ir a la posada de mi amigo que no nos quieras contar? —insinuó Ander, el padre de Johan, con su típico tono burlón.

— Bueno, también trabaja un muchacha morena que es muy bonita y que es la hija del dueño. Es una mujer que estoy seguro que a Ochoa le agradará conocer —respondió Johan esbozando una amplia sonrisa pero sin atreverse a mirar la cara que pondría, precisamente en esos instantes, su primo.

—Si es así como dices, haces muy bien hijo. Yo ya le conozco a esa muchacha y puedo afirmar que es bellísima, tanto por dentro como por fuera. Sería para mi sobrino una buenísima esposa. Ya es hora de que Ochoa empiece a intentar crear una nueva familia. Los años no pasan en balde y luego ocurre que cuando eres mayor te quedas “mutilzaharra” [2] y te mueres solo como un perro callejero —asintió Ander de Ursua, mirando sonriente a su sobrino y dándole un nuevo golpe en la espalda en señal de cariño.

Ochoa iba a responderles algo a los dos pero se encontró con el dedo autoritario de su tío Ander que le rogaba que continuara en silencio. Se levantó de la silla y se puso detrás de su sobrino sentado en su silla, y, agarrándole de los hombros de dijo poniendo un mayor énfasis en el gran cariño que sentía por su sobrino Ochoa:.

— Sabes de sobra, Ochoa, que te quiero como un hijo y que no deseo, por nada en el mundo, que renuncies al amor y a la felicidad en tu vida y todo porque a una edad aún joven perdiste a tu buena esposa y a tu hijo no nato que iba ya avanzado en camino de serlo. Es cierto que te quedaste viudo y que sigues muy perdido por lo que te ocurrió hace ya cinco años. Eso no podemos cambiarlo. Sin embargo, ya ha llegado la hora de que coloques las ruedas en tu carreta y reemprendas el camino de tu vida, que busques y que encuentres una mujer limpia y buena, que te haga feliz y que haga de tu caserío un nuevo hogar donde puedas criar hijos sanos, de buenos principios y valores morales y temerosos de Dios. Tu buena esposa Enekuri, que en paz descanse, no regresará más a tu vida. Tienes que empezar a conocer otra mujer que esté a su altura y colme de felicidad tu vida y te ayude como buena compañera a crear esa familia que tanto has añorado tener. Mi hijo Johan, que también es primo tuyo, mañana te presentará una muchacha. Hazle caso y agradéceselo.

Cuando quedaron solos los primos y ya cabalgando de vuelta al caserío de Askain, Ochoa detuvo el caballo y, mediante un brusco giro, lo colocó parado atravesando el camino. Quería hacer que Johan detuviera bruscamente su caballo. Cuando Johan detuvo su caballo para no chocar contra el caballo de Ochoa, éste último exclamó:

— No sabía, primo, que también ejercieras el oficio de casamentero pero bueno, has de saber que lo comprendo y te lo agradezco mucho —y así, sin mirar para atrás al objeto de no tener que contemplar la cara que ponía su primo, Ochoa apretó con los tacones de sus botas la panza del caballo y éste aceleró su marcha hasta el caserío.

III

A finales del siglo XII, fue cuando la Orden de San Juan de Jerusalén se estableció en lo que sería para Baiona y los baioneses del siglo XV, un lugar conocido como el barrio de extramuros del Santo Espíritu. En aquel tiempo, la Orden de San Juan de Jerusalén inauguró un hospicio que contaba con un priorato ubicado allí mismo y que pretendía dar la bienvenida a los peregrinos procedentes del centro y norte de Europa —en especial, de Inglaterra, Irlanda, Gales, Escocia, Flandes y reinos escandinavos— que desembarcaban en el puerto de Baiona al objeto de continuar peregrinando a pie el camino que iba hasta Santiago de Compostela.

En el año 1463, el rey Luis XI de Francia construyó una nueva iglesia para reemplazar la antigua capilla románica. De este modo, la Iglesia del Santo Espíritu se convirtió en una colegiata que tenía bóvedas góticas típicas que eran propias del estilo extravagante. Este llamado estilo “extravagante” de arquitectura gótica consistía en un florido estilo gótico que floreció en Francia a partir del año 1350. En el caso del interior de la Iglesia bayonesa, se había mantenido escondida la cripta de lo que fuera la anterior iglesia románica para que así, diversos objetos secretos y de valor pudieran ser guardados y custodiados por la orden de San Juan de Jerusalén.

Fue el tío de Ochoa, Ander de Ursua, el que le recomendó a su sobrino, al regresar de la Tierra y los mares del lejano Occidente, que depositara para su custodia allí las brújulas vikingas que permitían navegar a los barcos conociendo sus situación geográfica aunque el día estuviera nublado. La idea de guardar la brújula vikinga fue para que no cayera en manos de competidores de los vascos que, poco a poco, iban preparando en secreto la pesquería del bacalao y la caza de la ballena en Vinlandia como los vikingos denominaron a aquellas tierras cuyas costas estaban bañadas por un mar donde la capturas de bacalao y de ballena eran las mayores que cualquier flota de barcos balleneros pudiera soñar.

La brújula vikinga fue el artefacto o instrumento clave que los vikingos utilizaron para garantizar en todo momento la orientación marítima y de este modo poder establecer el rumbo correcto. Los vikingos, además de ser agricultores y, por temporadas, guerreros y saqueadores, destacaron por ser también unos navegantes excepcionales gracias a que conocían, además de las técnicas de construcción naval, la navegación en alta ma. gracias a la piedra solar o brújula vikinga.

Este artefacto les permitía orientarse en medio de densas nieblas o incluso de noche. Muy anterior a la brújula magnética que introdujera Marco Polo en Europa, en el siglo XII, la brújula vikinga supuso una ventaja formidable para los navegantes escandinavos. En efecto, a finales del siglo X y comienzos del siglo XI, los vikingos fueron capaces de emprender largas travesías por el océano Atlántico, llegando a su vez, hasta tierras situadas más al oeste que las islas Feroe, Islandia e, incluso Groenlandia.

Ochoa de Andraka conocía muy bien el funcionamiento de la brújula vikinga. El artefacto constaba de dos elementos: un disco de madera con un palito erguido en el centro y una piedra solar. La piedra solar estaba hecha de espato de Islandia, que era un mineral transparente de doble refracción que permití detectar fácilmente el sol y que los vikingos descubrieron en Islandia.

Gracias a sus propiedades, aunque el cielo estuviera nublado o, incluso, el sol acabara de ponerse, esta variedad de la calcita pulida polarizaba los rayos ultravioleta de modo que fuera más sencillo detectar su origen. Simplemente, como por arte de magia, allí donde estaba el Sol se veía una mancha azulada en el cristal.

Una vez localizado el sol gracias a la piedra solar, los navegantes vikingos marcaban su posición en el disco de madera. Como si el sol estuviera visible, marcaban la sombra que emanaría del palo central. Gracias a ello, identificaban los puntos cardinales.

Cuando Ochoa de Andraka realizó sus primeros experimentos con estas piedras solares comprobó que aquello funcionaba y que él era capaz de localizar el norte con un margen de error de tan solo cuatro grados. Además, el método seguía funcionando unos 50 minutos después de la puesta de sol. Para Ochoa aquellos fue la prueba decisiva de que la brújula vikinga podía funcionar incluso en condiciones climáticas adversas.

Lógicamente, cuando había sol bastaba con utilizar el disco de madera, que se colocaba flotando sobre un recipiente del palo para mantenerse horizontal. La sombra del palo indicaba claramente la línea Este-Oeste.

Con anterioridad al descubrimiento de Islandia y el hallazgo de las propiedades mágicas del espato de Islandia, los vikingos utilizaron otro material como la cordierita que es un mineral que cambia de color cuando absorbe más luz y que sí se encuentra en el reino de Dinamarca y que engloba también a los reinos de Noruega y de Suecia.

En cierto modo, la piedra solar de los vikingos era como un diminuto reloj de sol que permitía determinar la posición del mismo astro, y por tanto, permite calcular la hora del día en un día nublado. Lo mismo ocurre en un día  en el que está cayendo una abundante nevada. Todas estas propiedades hacían suponer que realmente se utilizaba para determinar la posición del sol y, por tanto, la hora del día y, a su vez, la hora en la que debían realizarse los oficios religiosos.

A pesar de navegar muchas veces soportando días nublados, los vikingos escudriñaban el cielo con un cristal de espato de Islandia y lo hacían girar mientras barrían el horizonte en un círculo. En un punto determinado encontraban que el brillo aumentaba notablemente a través del cristal. Era entonces cuando determinaban así una línea que apuntaba hacia el sol.

Continuaban navegando durante un tiempo y repetían la misma operación. Esas dos líneas daban una buena estimación de dónde se encontraba el astro. Con un artilugio móvil, colocaban una antorcha en una posición de esa dirección simulando así la estrella. Con un reloj solar averiguaban no sólo la hora sino que mantenían la posición del sol. De esta manera determinaban la posición y mantenían el rumbo.

Naturalmente, Ochoa de Andraka, como cartógrafo y buen maestre de naos, cocas y carabelas que era, manejaba la brújula magnética, el astrolabio náutico que utilizaban los portugueses, la ballestilla o báculo de Jacob, así como la corredera para medir los nudos y un reloj de arena de increíble precisión que desde hace ochos años siempre acompañaba a Ochoa de Andraka en la elaboración detallada de sus mapas, portulanos y cartas de navegación.

IV

El sargento de la orden de Caballeros de San Juan de Jerusalén que custodiaba el enclave el hospital y la Iglesia del Santo Espíritu y sus dependencias, recibió en seguida a Ochoa de Andraka y a Johan de Ursua cuando éstos se personaron en el puesto de guardia. Se llamaba Gastón de Arzacq y tenía familia en Donostia —una ciudad de Baskonia también conocida como San Sebastián.

Su esposa era baionesa y era hija de un importante mercader de hierros y lanas por lo que la relación de su suegro con el Puerto de Bilbao era muy importante. Quizá fuera por ello, por lo que se sintió, desde el principio, muy interesado en resolver cualquier problema que se presentara para que, de este modo, pudiera satisfacer debidamente y cuanto antes, la demanda de Ochoa de Arteaga.

Cuando el cartógrafo presentó las credenciales y el recibo del pago de honorarios, el sargento Gastón de Arzacq se percató de que la custodia de aquel extraño artefacto vikingo tenía un periodo de validez de diez años y que tan sólo habían trascurrido cinco años. Recogió las credenciales y el recibo de pago de Ochoa de Andraka e introdujo los papeles en un bolsín que se llevó consigo.

Gastón se levantó de la silla y les pidió amablemente a los dos primos que le acompañaran. Una vez dentro de la cripta, Ochoa identificó el cofre, lo abrió y allí encontró los dos componentes del artefacto que comprendía la brújula vikinga. Su alegría era imposible de disimular.

Al despedirse del oficial al cargo del enclave de los Caballeros de la orden de San Juan de Jerusalén, Ochoa guardó con mucho cuidado el cofre donde guardaba el artefacto de la brújula vikinga en su bolsa de viaje. Se acercaron a la carreta de mulas donde se encontraba Muxil esperándoles y guardaron bajo llave en un baúl de la carreta la bolsa de viaje. Luego, sin mediar palabra entre los primos, Johan le ordenó a su criado que se dirigiera a la dirección donde encontraba la nueva posada. Ochoa entendió a donde se dirigían y comentó en voz alta:

— El almuerzo lo pago yo puesto que el sargento Gastón de Arzacq me ha devuelto el dinero por los cinco años que no utilizamos los servicios de custodia y esto hay que celebrarlo. Me queda claro que los Caballeros de la orden de San Juan de Jerusalén son personas de honor.

V

La “Posada de Jacob” estaba llena de peregrinos que esperaban recibir una buena ración de comida sabrosa y caliente antes de partir aquella tarde por el camino de Santiago. La mayoría de estos peregrinos no se detendría en Baiona y seguiría andando por la ruta jacobea hasta llegar, en apenas mes y medio, a la anhelada meta sita en Santiago de Compostela.

Jacob de Besalú era el dueño de la posada. Se trataba de un judío catalán que provenía del “call” o judería de Girona y que había llegado hacía un año con su familia a Baiona, al objeto de ayudar a crear allí una judería, como las más de cuarenta comunidades que ya existían en el reino de Navarra. Se trataba  de construir una comunidad para acoger a cuantos judíos expulsados de Castilla y Aragón desearan establecerse en algún lugar próximo a Sefarad.

Los rumores acerca de una pronta expulsión de los judíos de los reinos de Castilla y de Aragón ya no daban lugar a dudas. En el año 1488, sólo había ocho familias hebreas que vivían en Baiona.  Pero se esperaba que llegaran unas veinte familias judías más para antes de fin de año procedentes de los reinos de Castilla y Aragón y quien sabe si del Reino de Navarra, aunque no era probable, y del resto de territorios de Baskonia Sur. El antisemitismo desatado en Bizkaia auspiciado por algunos predicadores fanáticos religiosos era preocupante.

Desde los tiempos que se conocían a partir de los albores del siglo X, la tolerancia religiosa en los reinos de Castilla y Aragón con las otras religiones no cristianas había sido una gran mentira. Los reinos de Castilla y Aragón no fueron nunca ajenos al crecimiento de un antijudaísmo cada vez más fanático y sectario. Un movimiento irracional y cargado de prejuicios que había comenzado a convertirse, incluso, en un movimiento criminal y asesino como  lo demostraron los crímenes que se cometieron en Barcelona, el 5 de agosto de 1391.

En efecto, en esa vergonzosa fecha para la historia de Barcelona, la ciudad condal se vistió de sangre derramada por unos cobardes asesinos. Se dice que una masa incontrolada de gente—o quizás una masa de gente demasiado controlada por líderes eclesiásticos con intereses mezquinos— destrozaba la puerta de entrada al Call o Judería y se dedicaba al saqueo de las casas, de los obradores, de los comercios y de las sinagogas del barrio.

Sin escrúpulo alguno, aquella manada de bestias asesinaba a las personas que no se habían podido refugiar en el castillo y que se habían resistido a ser conducidas a los templos cristianos con el propósito de bautizarlas a la fuerza. En el transcurso de aquella trágica jornada, más de 300 personas murieron asesinadas y más de 3.000 fueron brutalmente agredidas, cuando no violadas y forzadas a bautizarse en la fe cristiana.

Por otro lado, a partir de 1475, durante el reinado conjunto de los reinos de Castilla y de Aragón, debido al matrimonio entre la reina Isabel I de Castilla y Fernando V de Aragón, resultaba evidente que los judíos ya no formaban un grupo social homogéneo. Había entre ellos diferentes clases sociales tal como ocurría en la sociedad cristiana.

Existía una pequeña minoría de judíos muy ricos, muy influyentes  y muy bien situados, junto a una masa de gente sencilla que pasaba sus penalidades como los demás y que, fundamentalmente, eran agricultores, artesanos y tenderos. La mayor distinción entre judíos y cristianos era que los judíos no eran analfabetos porque para profesar su fe, los hombres necesitaban saber leer y escribir.

Con todo, lo que unía a los judíos eran sus propias señas de identidad y el sentido de pertenencia a una misma cultura y la práctica de una misma fe religiosa. Se trataba de una fe diferente de la única reconocida y lo que hacía de ellos una comunidad separada dentro de la monarquía no era otra cosa que el sentido “propiedad” que de ellos tenía la corona y que por ello los protegía. Así pues, los judíos no formaban un Estado dentro del Estado, sino más bien una micro-sociedad que convivía como una minoría, al lado de la sociedad cristiana mayoritaria.

Sin embargo, los judíos conformaban una minoría que no era respetada en absoluto ya que no gozaba de la plenitud de los derechos civiles puesto que tenían un régimen fiscal específico mucho más oneroso que el de los cristianos y estaban excluidos de los cargos que les pudieran conferir autoridad sobre los cristianos. Además, llegó un momento en el que las vejaciones y discriminaciones que padecían los judíos alcanzaron un hito histórico cuando empezaron a  ser todo el tiempo instigadas y alentadas por las predicaciones de los frailes de las órdenes mendicantes.

Así es como son obligados los judíos por las Cortes de Toledo, a vivir en guetos o barrios separados, y, es a partir de 1480, cuando las juderías quedaron convertidas en guetos cercados por muros y se obligó cínicamente a los judíos a recluirse en ellos para evitar que originaran confusión y daño a la santa fe cristiana.

Fue un proceso largo que también demostró la crueldad como se desarrollaba. Un proceso para el que se estableció un plazo de dos años, pero que, en 1988, duraba ya ocho años, todos ellos cuajados de problemas y de abusos por parte de la mayoría de los cristianos que algunos ejecutaban con crueldad y violencia y otros, la inmensa mayoría, miraban hacia otro lado.

Además, la instauración en ambos reinos de la Santa Inquisición o Tribunal  del Santo Oficio —en 1478 para la Corona de Castilla y en 1483 para la Corona de Aragón— en la medida que esta institución era cada vez más agresiva, intolerante y radical, predecía una rápida expulsión de los judíos como ya había ocurrido en Andalucía, por lo que diversas comunidades judías habían decidido preparar las migraciones masivas de judíos hacia otros países, antes de que fuera demasiado tarde.

Así, la migración de la familia del judío catalán, Jacob de Besalú, a la capital de la Baskonia Norte, Baiona, no era más que un ejemplo de los muchos esfuerzos del pueblo judío por intentar preparar lugares de acogida que paliasen el sentimiento de dolor y desarraigo de los expulsados y fortaleciesen su fe religiosa, sus señas de identidad y su sentido de pertenencia en los nuevos países, regiones y ciudades de acogida.

VI

Durante la comida en la Posada de Jacob, Johan insistió en la necesidad que tenía su primo de contratar a un joven para que éste le ayudara en las tareas propias de la cartografía náutica. Ochoa de Andraka estaba completamente de acuerdo con él, sin embargo, las prisas de su partida y el hecho de que su maestro y mentor, Juan Vizcaíno de Lakotsa, le hubiera aconsejado que hablara sobre ese tema con su tío, el padre de Johan, le habían obligado a dejar aparcado el tema.

— Había pensado hablar con tu padre sobre este asunto y hacerlo cuando regresáramos a Donibane Lohizune. De todos modos, se lo empecé a comentar ayer. Fue algo que se lo dije de pasada para abordarlo más tarde, pero tu padre me respondió que hablaríamos hoy, aunque también me dijo que no me preocupara tanto, puesto que tú, Johan, ya conocías a un muchacho que había trabajado ayudando a cartógrafos genoveses, catalanes, portugueses y venecianos en la elaboración de diferentes cartas portulanas del Mediterráneo, de la península ibérica y del Golfo de Bizkaia.

— Sí, es cierto, por eso te dije que viniéramos a comer a esta posada. Cuando entramos, te presenté a Jacob de Besalú y a su mujer Rebeca que estaba con su hijo el pequeño. Ella es la que lleva la cocina de la posada. También te presenté al hijo mayor, Reuven, que se encarga del orden y limpieza de los dormitorios y a su hermana Naomi, la joven muchacha que tanto te agradó y que no le quitabas el ojo de encima, durante todo el rato hasta que nos sirvieron la comida y ella tuvo que irse a cuidar a una peregrina que había llegado de Londres y que se encontraba enferma —respondió Johan sonriendo mientras miraba maliciosamente los gestos que hacía su primo con la cara su primo.

—Si que me gustó esa muchacha y mucho además —confesó Ochoa con cierto sentido de la vergüenza y guardándose para sí que le gustaron su olor a esencia de rosas, su esbelta figura y sus pechos bien puestos pero sin exagerar, su piel bronceada y suave, sus labios sonrosados y frescos, su cabello castaño, sus grandes ojos de color caramelo y, en cambio, prefirió decirle a su primo:

— Me agradó el aplomo y la seguridad con la que nos hablaba. Comprendí que encerraba un gran corazón y que se trataba de una mujer muy inteligente. Además, utilizaba un vocabulario muy culto lo que significaba que leía mucho. Quizás la noté que estaba excesivamente delgada pero comprendí que eso podía ser debido a que trabajaba en exceso. ¡Lástima que se hubiera tenido que ir! Me hubiera gustado mucho haberme podido despedir de ella —concluyó Ochoa su reflexiva explicación final que acabaría casi sin voz.

Ochoa iba a contestarle algo a su primo Johan cuando éste se levantó de la silla para saludar a un joven de pelo corto y delgado que se acercaba a la mesa donde los primos estaban. Se hicieron un gesto de saludo y Johan le señaló a quien tenía sentado enfrente. Se trataba del joven —el que era hermano gemelo de Naomi— que iba a trabajar para él como ayudante de cartógrafo. Ochoa se levantó también para saludarle y le dio la mano.

— He aquí a tu joven ayudante, primo, del que ya te había hablado. Quizás notes que tiene bastante parecido con Naomi pero eso es muy normal porque se trata de su hermano gemelo de nombre Gabriel. Su familia le llama Gabi pero él prefiere que le llamemos Gabriel. Es un muchacho que tiene mucha madera como cartógrafo náutico y seguro que tu sacas mucho fuego de él. Cuando lleguemos al caserío ya te enseñaré también los informes sobre Gabi que escriben los diferentes maestros que han trabajado con él y que nos ofrecen unas excelentes referencias, resaltando que sus trabajos como copista de mapas o cartas de navegación son de lo mejores que se han visto.

Cuando se sentaron de nuevo en la carreta, la conversación se volvió intensiva y desenfadada y los primos no dejaron de hablar animadamente durante todo el camino de regreso al caserío de Askain. Ochoa sabía que contratar a Gabi había sido todo un acierto y se lo agradeció vivamente a su primo. De este modo, presentía que el éxito de la misión estaba cada vez más garantizado. De pronto, sintió que le crecían las ganas de zarpara y empezar a navegar cuanto antes.

Mañana ascendería hasta la cumbre del monte Larrún desde donde se divisaba la inmensidad del Golfo de Bizkaia y algo de los siete territorios de Baskonia. Al mediodía, tal como estaba acordado, Ochoa descendería hasta la borda de pastores de las praderas de montaña para recoger a su sobrino, al que tenía muchas ganas de ver pues era su sobrino favorito. Aunque decía que él quería a todos sus sobrinos por igual, todo el mundo sabía que era ese sobrino el que más despertaba su atención.

El cartógrafo vasco pensó también en el domingo a la tarde, cuando zarparían hacia Nantes. En el dique del puerto, donde les esperaría la nao “Ciburu” lista para zarpar, también se encontraría Gabi, su nuevo ayudante, tal como habían acordado. Ochoa se prometió que él sería tan buen maestro de aquel muchacho como Juan Vizcaíno de Lakotsa lo había sido en su tiempo de él.

[1] Padre en vasco

[2] Solterón en vasco

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