El desconocimiento que se tiene sobre aquello que más desean las mujeres del hombre al que aman

Recuerdo como si fuera ayer, mi primera y única visita a Camelot, la capital del reino del rey Arturo. La fama de su nombre le precedía y, en mi Baskonia natal, los caballeros de la Tabla Redonda eran más que un mito. Sobre todo, yo deseaba conocer y abrazar a mi personaje favorito, Sir Lancelot, del que circulaban tantas leyendas de sus hazañas.

En el siglo VI, Lancelot también era conocido por su gallardía y su coraje, así como por su nobleza. A la edad de dieciséis años, y según la costumbre de aquellos tiempos, Lancelot abandonó el reino de Benwick donde su padre era rey y se fue a recorrer el mundo en busca de aventuras. Como correspondía a su rango, viajaba acompañado de una escolta de guerreros.

Tenía toda la Isla de Gran Bretaña para conocer y no tenía prisa. Sin embargo, y en primer lugar, el joven Lancelot decidió primero visitar el famoso reino de Camelot donde gobernaba el rey Arturo rodeado de los intrépidos y aguerridos caballeros de la Tabla o mesa redonda. Lancelot se entusiasmó con la idea de llegar a ser armado caballero donde gracias a la Dama del Lago y, sobre todo, por sus propios méritos, esperaba ser algún día nombrado caballero.

Aunque Lancelot no era uno de los miembros originales de la Tabla redonda, llegó a ser el miembro más valiente de esa hermandad de caballeros de la Tabla redonda y, según se decía, también fue el amante de Ginebra. ¿Cómo llegaron a ser amantes la reina Ginebra y él? La respuesta era bien sencilla. No fueron literalmente amantes aunque estaban locamente enamorados el uno del otro. En cuanto Lancelor y Ginebra se vieron por primera vez, se hablaron y se rozaron, los dos se sintieron atraídos el uno del otro. Aquello sí que fue un flechazo a primera vista.

Ginebra y Lancelot se conocieron cuando, una vez que el caballero estuviera instalado en la corte del rey Arturo y tras quedarse el rey viudo durante un tiempo, decidió casarse de nuevo. Así pues, el rey Arturo le solicitó a Lancelot, en su calidad de ser el mejor caballero de la Tabla redonda,  la misión de traer sana y salva hasta Camelot a su amada Ginebra, para así celebrar la boda real por todo lo alto. Pero, durante el trayecto a Camelot, y de manera inevitable, Lancelot y Ginebra se enamoraron y, desde ese momento, la vida de Lancelot se convirtió en un constante conflicto con su conciencia, vacilando entre su amor por la reina o cumplir con sus obligaciones hacia su rey.

Cuando estaban cerca el uno del otro, no había espacio para nadie más y podían estar juntos hablando, riendo y disfrutando de la presencia del otro, durante horas y horas. Diciéndose adiós y volviendo a retomar la conversación de nuevo a la primera de cambio. Ninguno de los dos tenía prisas de dejar al otro. Se atraían sin poder evitarlo y ambos eran conscientes de ello como también lo eran de que eran seres maduros y que debían cumplir, cada uno con su rol.

Sin embargo, llegó un momento en que era tan evidente que ambos, el uno del otro, estaban enamorados que hasta el propio Mago Merlín, avisado por el mejor amigo de Lancelot y, a su vez, sobrino del rey Arturo, Erick Guendulain, tuvo que intervenir y hablarle seriamente a la reina Ginebra sobre sus obligaciones como reina de Camelot. La reina se defendió respondiéndole que ella podía controlar su pasión por Lancelot pero, en cambio, no podía hacer callar a su corazón.

Merlín comprendió que el tema era más serio y maduro de lo que en un principio había pensado y dejó que la reina se explayara criticando que su marido, el rey Arturo, tampoco es que se comportara con ella como una mujer desea que la trate su marido. La reina Ginebra se consideraba más como un objeto decorativo que otra cosa.

Cuando la reina paseaba por los jardines del castillo con Lancelot, se quitaban la palabra el uno al otro y no paraban de hablar y de acariciarse con la mirada. Sin embargo, con el rey Arturo si cruzaban entre ellos veinte palabras a la semana ya era una proeza. Dormían en habitaciones separadas y éstas situadas en diferentes y opuestas alas, bajo las torres del castillo.

La conversación subió de tono cuando la reina Ginebra le confesó que dudaba que a su marido le gustaran las mujeres y otras afirmaciones peores. Merlin, no podía hacer frente a aquella potencia intelectual con la que aquella mujer era capaz de hilvanar sus impactantes pensamientos lógicos.

Así que, haciendo prodigios con la sin razón, Merlin contraatacó y lo hizo como pudo. Logró convencerla haciendo uso de todos sus recursos de persuasión. La reina entendió que, por el bien de Camelot y todo lo que ello significaba para la historia de la caballería, ella debería sacrificarse y aceptar ser infeliz con el rey Arturo, pero que, no obstante, Lancelot y ella pudieran mantener ese amor si lo disimulaban y lo hacían ver como si fuera una entrañable amistad y no pasaba de ser un amor platónico sin contacto físico alguno.

La reina Ginebra interiorizó el consejo de Merlín y lo aceptó a regañadientes pero añadió, por su cuenta, el que, a cambio de su amor, Lanzelot no podría serle infiel saliendo con otras mujeres y que, para cubrirse en salud, pues era un hombre soltero, famoso y bien parecido al que acosaban muchas mujeres, en nombre de su amor platónico, Lancelot debería hacer público un solemne voto de castidad ante el rey Arturo, la reina Ginebra y el pueblo de Camelot

Elaine de Corbenic

No rebosaron las aguas en el río del amor y la vida continuaba en Camelot entre penas y alegrías, con sus subidas y sus bajadas. Todo iba, si no bien,  con ciertos altibajos pero iba, hasta que Lancelot escucha el rumor de que una doncella vivía cautiva en un castillo, y que sólo el mejor luchador de aquel mundo de las gestas de caballeros podría rescatarla. Lancelot, caballero donde los haya, acometió, enfrentándose a monstruos y a villanos, la noble tarea de rescatar y lograr sacar del castillo a una joven de belleza incomparable, que resultó ser Elaine de Corbenic, la hija del rey Pelles.

Como no podía ser de otra manera, Elaine, al despertar del hechizo que la mantenía dormida gracias al piquito que le propinó Lancelot en sus labios, se enamoró perdidamente de su apuesto salvador pero, para su desilusión y desgracia, se enteró de que aquel caballero que la había rescatado y la había soportado abrazándola con sus robustos brazos, había hecho voto de castidad en honor de su reina y por lealtad a su rey.

Así que la rescatada Elaine muerta de pasión por aquel caballero, se juró que no pararía hasta hacer el amor con Lancelot, su salvador.  Para ello, se hizo amiga de uno de los seres más feos, siniestros y horribles de Camelot que, a su vez, era hermanastra del rey Arturo, conocida como la bruja Morgana y que odiaba a la reina Ginebra. Por ello, a Elaine no le fue difícil conseguir un hechizo proporcionado por la bruja Morgana que le permitiría llevar a Lancelot a su cuarto y pasar la noche con él.

Sin embargo, por equivocación, Elaine virtió el contenido del hechizo en la copa de la reina Ginebra que, cuando empezó a sentir sus efectos, miró apasionada a su amado Lancelot presa del deseo y expulsó a todo el mundo del torreón de la reina, quedándose solo con su amado Lancelot, con el que yacería toda la noche. Al día siguiente, libre ya del conjuro, la reina Ginebra se dio cuenta de lo que había sucedido y angustiada por las consecuencias de ello huyó del castillo, dejándole a su amado durmiendo plácidamente en la cama de ella, la reina, después de aquella inolvidable noche de lujuria.

Cuando el rey Arturo se enteró por los criados de la relación que hubo entre Lancelot y su esposa y que durmieron juntos toda la noche, condenó a la reina a vivir para siempre encerrada en su torre y a Lancelot a morir en la hoguera por traidor. Sin embargo, tanto Merlin como su sobrino Erick Guendulain, regresaron a Camelot para solicitar urgentemente la clemencia del rey. En un principio, el rey Arturo se resistía a perdonarle pero, al final, recapacitó y por los buenos tiempos, proclamó que Lancelot sería perdonado si adivinaba qué era lo que más deseaban las mujeres del hombre al que amaban. Naturalmente, la respuesta se la dio el sabio Merlin.

Erick Guendulain

Erick de Guendulain, además de ser sobrino del rey Arturo, como ya se ha dicho, era el mejor amigo de Sir Lancelot y, cuando se enteró de que había una posibilidad remota de salvar a su amigo Lancelot de la hoguera, empezó a preguntar a todas las mujeres con las que se tropezaba en el reino de Camelot sobre qué era lo que más deseaban las mujeres del hombre al que amaban.

Guendulain fue consciente enseguida de que se trataba de un objetivo casi imposible de alcanzar.  Cada mujer tenía una respuesta diferente y ninguna de las repuestas escuchadas le parecía que era muy objetiva. Ni tan siquiera la reina Ginebra sabía exactamente cuál podría ser la respuesta correcta. Un día, alguien le dijo que sí había una mujer en el reino de Camelot que sabría la respuesta correcta y que ésta era la bruja Morgana.

Guendulain no lo dudó y, al día siguiente, acudió donde la bruja que vivían en una cueva de la montaña. La encontró calentando un bebedizo hecho a base de ratas, culebras, arañas y babosas. Después de oírle al buen mozo que la visitaba la pregunta que quería saber, Morgana le contestó sonriente que sí se sabia la respuesta pero que solo se la diría, y con ello salvarían la vida de Lancelot, si antes él se casaba con ella.

Cuando Guendulain le visitó a Lancelot en la cárcel y le contó a su amigo que para salvarle a él se iba a casar con la bruja Morgana, aquel horror casi le provoca ganas de  vomitar.

— ¿Pero tú estás loco? Casarte con un engendro de mujer tan horrible. Con su boca sin dientes y sus manos como garras afiladas, con su cuerpo huesudo y denteroso, con su nariz grande y ganchuda, con su pelo sucio como el estropajo y su olor a sudor nauseabundo. ¿Puedes en verdad, amigo Erick,  casarte con ello?

— ¡Vaya que si puedo, Lancelot! —respondió convencido su amigo— Peor hubiera sido dejarte morir.

A los tres días se celebró en Camelot la boda entre Morgana y Guendulain a la que asistió el propio rey Arturo como hermanastro y tío de los novios que era. Aquella fue la boda donde la novia había sido el ser más horrible del mundo. Una vez se hubieron casado, Morgana cumplió su palabra y le reveló a su marido recién casado qué era lo que más le gustaba a la mujer del hombre que amaba. La respuesta correcta era que éste le diera su espacio y libertad y la tratara siempre con mucho cariño y con un exquisito respeto.

Cuando el rey Arturo escuchó esa respuesta de boca de Lancelot, cumplió sonriente su palabra, pues en el fondo no quería quitarle la vida a quién había sido su mejor caballero e, inmediatamente, mandó que lo liberaran y le devolvieran todas sus armas, insignias, títulos y propiedades.

Al atardecer, llegaron los novios a sus habitaciones donde pasarían su noche de bodas y Guendulain se empezó a mostrar preocupado pues dudaba que con aquel horrible adefesio que tenía como esposa pudiese de alguna forma cumplir esa noche con ella, tal como lo que se espera de un marido en su noches de bodas. Su sorpresa fue mayúscula cuando, en lugar de la fea y horrible bruja Morgana que esperaba, apareció una mujer muy hermosa, recién bañada, oliendo a perfume de rosas y vestida con un camisón muy provocativo, sin mangas y de un generoso escote que lo mostraba todo.

— Cómo has sido tan bueno con tu amigo Lancelot, te voy a conceder una gracia esposo mío. Durante doce horas al día, seré la mujer más bella y atractiva que nunca hubiera visto un ser humano, pero durante las otras doce horas volveré a ser la bruja Morgana de siempre. ¿Cuándo prefieres que sea la mujer hermosa que desata fuertemente tu pasión de hombre, durante el día o durante la noche?

Erick de Guendulain lo tenía muy claro. Él no tenía ninguna duda de que prefería acostarse con su esposa cuando ella estuviera convertida en una hermosa mujer. Iba a contestar que prefería verla hermosa por las noches cuando se acordó de que lo que más le gustaba a la mujer del hombre que amaba es que éste le diera su espacio y libertad y la tratara siempre con mucho cariño y con un exquisito respeto.

Contra todo pronóstico, el amigo de Lancelot se escuchó a sí mismo decir que fuera ella la que lo decidiera y fuera una mujer hermosa y una horrible bruja cuando ella lo decidiera.

La bruja Morgana no salía de su asombro cuando escuchó esa linda respuesta de su esposo y, emocionada por ello,  decidió entregarse con todo su cariño a su marido: Cuando terminaron de hacer el amor, Morgana toda agradecida y con lágrimas en los ojos porque había sentido la ternura de su esposo, no pudo sino exclamar:

— Gracias, esposo mío, por ser tan bueno y limpio de corazón como eres. Gracias por darme mi lugar y hacerme sentir que soy amada de verdad. En adelante, por la forma y contenido como has contestado a mi pregunta, siempre me verás como una mujer bella, entregada y amante tuya como me ves ahora y, así, respetando las secuelas y huellas que nos deja el paso del tiempo, así nos amaremos el resto de nuestro días.

La cara de infinita felicidad que puso Erick de Guendulain lo decía todo. Aquel hombre fue el primero en descubrir algo que muchos desconocíamos y es que, en el fondo, no importa la edad que se tenga, todas las mujeres son unas brujas.

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