1489: EL MAPA VASCO DEL NUEVO MUNDO—1 Capítulo

por Juanjo Gabiña

Capitulo 1º

El acuerdo real de Bilbao

I

En el año 1488, la Villa de Bilbao había logrado demostrar una creciente actividad comercial que poco a poco la iba transformando hasta convertirse en uno de puertos más pujantes de Europa occidental. Su nombre y su reputación marítimo-comercial se había extendido por toda la fachada atlántica de Europa, superando a otros puertos de la cornisa cantábrica y creando una intensa red comercial con el resto de puertos marítimos vascos de Baskonia: Desde Bilbao hasta Baiona.

En casi dos siglos, Bilbao había pasado de ser una mediana aldea rural del Señorío de Bizkaia  —aquella que, en el año 1300, fuera fundada por el Señor de Bizkaia, Diego Lopez de Haro— a convertirse en una dinámica y rica ciudad de Baskonia que comerciaba, entre otros, con el reino de Castilla, Flandes, Bretaña, Inglaterra y Aquitania. El puerto de Bilbao estaba dominado por una poderosa burguesía que había sabido aprovechar una circunstancia excepcional para el desarrollo de la Villa con fue la exportación de mineral de hierro y todo lo que ello significaba y posibilitaba.

En efecto, si bien la exportación de la lana de Castilla tenía su importancia, en la base de la economía bilbaína se encontraba el mineral de hierro y los productos siderúrgicos, gracias a la abundancia de mineral de hierro de calidad. Esta codiciada materia prima servía para la industria ferrona y se caracterizaba por ser una mercancía exportable altamente rentable. De este modo, para Bilbao, el mar se convertiría en un camino abierto a la navegación mercante y, también, en un lugar del que conseguir diversas mercancías como eran la pesca del bacalao y la caza de la ballena, en especial.

La pesca de la sardina, de la anchoa, del atún y del bacalao, y el valioso aceite que se obtenía de la caza de la ballena tenían suma importancia. A estas tres actividades como eran la pesca, la caza de la ballena y el comercio marítimo, se le uniría la actividad relacionada con la construcción naval que definirían, no solo la economía bilbaína, sino también la economía de Baskonia del siglo XV.

De este modo, es como los intercambios comerciales de los mercaderes vascos con el Ducado de Bretaña fueron intensos y fluidos, especialmente con el puerto de Nantes, donde los maestres y comerciantes vascos tenían un lugar concreto de acogida como base para la contratación de fletes, el convento de San Francisco. En sus dependencias, organizaban las reuniones y en una de sus capillas se recibía la asistencia espiritual necesaria. El uso de las instalaciones del convento era compensado a través de un donativo recaudado entre todos los maestres de las naos, no solamente del Puerto de Bilbao, sino también de todo el Señorío de Bizkaia, de la Provincia de Gipuzkoa y del Consulado de Burgos, que llegaban a su puerto.

Los navíos que arribaban a los puertos bretones estaban cargados casi exclusivamente con la lana castellana, facturada a través de los mercaderes burgaleses y con el hierro de las minas de Bizkaia, en general. La lana constituía la materia prima fundamental para la industria textil bretona. El hierro vasco, bien labrado en barras para su posterior transformación, o elaborado en forma de clavazón o piezas de utillaje agrícola o militar, se distribuía por los mercados interiores. A su vez, solían cargar vino y paños, especialmente, para transportarlos a los puertos vascos.

En general, además de los puertos de la Bretaña meridional, y al igual que otros puertos vascos, el Puerto de Bilbao ocupaba una situación privilegiada en lo referente a su intercambio mercantil con otros importantes puertos del Golfo de Bizkaia, tales como eran los puertos de Burdeos y La Rochelle, para desarrollar en ellos sus actividades comerciales.

II

Aquella mañana, el cartógrafo y, a su vez, maestre capitán de naos, cocas y carabelas, Ochoa de Andraka, se había levantado un poco más tarde de lo acostumbrado y tenía su cabeza completamente llena con las imágenes, los secretos, las discusiones y los compromisos que había contraído en la reunión celebrada la víspera en una sala del Convento de franciscanos de San Mamés, Basurto, donde se hospedaba.

Mientras desayunaba un gran tazón de leche caliente que untaba, ensimismado en sus pensamientos, con rodajas de pan rebanadas de mantequilla, esbozó una sonrisa recordando el fuerte abrazo que le propinó su maestro y mentor, Juan Vizcaíno de Lakotsa, y, especialmente, el gran significado que tuvieron sus últimas palabras:

— Te deseo mucha suerte, Ochoa. En Brujas, ya te están esperando. Una vez hayas conseguido verificar que los mapas originales que dibujó el vikingo Leif Erikson en el siglo XI —y que se guardan en un lugar secreto de Brujas— coinciden con el mapa del Nuevo Mundo en el que, hace unos cinco años, tú realizaste y me confirmes que son idénticos. Si eso es cierto, estaré en condiciones de comprometerme a viajar con Colón a las Indias por el oeste, como él dice —y añadió con un gesto que denotaba un no disimulado recelo y una gran preocupación— No podemos fallarle a la reina Isabel de Castilla. Ella está tan ilusionada con el proyecto que no se da cuenta de que el genovés sólo habla de oídas y que las Indias quedan mucho más lejos de lo que él dice. Aunque tenga razón en parte, Cristóbal Colón ignora que se trata de llegar a las Indias sino de descubrir un nuevo continente, un nuevo mundo que se interpone entre Asia y Europa. ¡Qué tengas un buen viaje, Ochoa, y cuídate! —exclamó suspirando al decirme adiós, mientras alzaba los ojos hacia el techo.

Andraka todavía recordaba cada uno de los momentos que había vivido aquella tarde-noche y se sentía enormemente ansioso por partir, al objeto de cumplir el acuerdo al que había llegado con su maestro Juan Vizcaíno de Lakotsa y con el confesor y consejero de la reina Isabel de Castilla, fray Hernando de Talavera, Obispo de Ávila, que había asistido a aquella reunión extremadamente secreta y decisiva, como representante y persona autorizada de la reina Isabel de Castilla para subscribir el acuerdo al que se llegara entre las partes.

— Aunque usted lo sepa ya perfectamente porque tuvo el honor de participar, junto conmigo, en diferentes reuniones celebradas en la Corte de Valladolid como consejero de la reina —comentó fray Hernando de Talavera dirigiéndose al maestro Lakotsa— le informaré a su ayudante Lope de Andraka que, hace unos dos años, en 1486, el navegante Cristóbal Colón, tras haberle ofrecido antes al rey Juan II de Portugal el proyecto de viajar a las Indias hacia el oeste, en una nueva ruta por el Atlántico y habiendo recogido una negativa por respuesta, se trasladó a España y se lo ofreció a la reina Isabel de Castilla. ¿Está usted informado de estos detalles?

— Sí, por supuesto —respondió Ochoa de Andraka— gracias al maestro Lakotsa estoy muy enterado de todos estos pormenores y detalles acerca del proyecto de Cristóbal Colón. Se trata de unas confidencias que he guardado escrupulosamente y que solo las he comentado con él. También añadiré que tengo mi opinión formada con respecto al proyecto y que ya estoy informado que el maestro Lakotsa se la ha trasmitido a Su Eminencia.

— ¡Por favor, Lope, tráteme como un fraile que también soy! Y en cuanto a usted se refiere ¿Quizás prefiera que, en adelante, me dirija a usted como Ochoa, tal como se dice en su lengua vernácula? —Andraka hizo un gesto con la mano, indicándole al obispo de Ávila que dejaba en sus manos el tratamiento que considerara oportuno y el religioso prosiguió— Sí, efectivamente, y también conozco su crítica acerca de los informes del matemático y médico florentino Paolo dal Pozzo Toscanelli redactados a petición del rey Alfonso V de Portugal pero me gustaría escucharla de su boca?— concluyó Fray Hernando de Talavera.

— No es solamente mi crítica. Son conceptos que he aprendido de mi maestro y mentor Juan Vizcaíno de Lakotsa y que en diferentes trabajos de cartografía hemos podido verificar. Por ello, sería mejor que antes de que fuera yo el que se lo explicara, lo hiciera el propio maestro Lakotsa, aprovechando que está aquí presente— sonrió Andraka mientras se hacía un silencio que solo fue alterado por la voz del célebre cartógrafo vasco.

— Muchas gracias Ochoa. Trataré de exponer algo que finalmente lo escribiste tú. Te recuerdo que yo solo te acompañé en las discusiones. En realidad, Toscanelli cometió el error de basar sus teorías en los viajes de Marco Polo. De este modo, señalaba este último que entre el extremo occidental de Europa y Asia la distancia no era excesiva, estimándola en torno a 6500 leguas marinas. A su vez, Colón añadía que la Tierra tenía una circunferencia cuya longitud era de 29.000 km. Se basaba para sus cálculos en el Tractatus de Imago Mundi (Tratado sobre la Imagen del Mundo) que, en el año 1410, fue escrito por el teólogo y cosmógrafo francés, Pierre d’Ailly. Como se sabe entre cartógrafos como nosotros, Ailly utilizaba para sus mediciones las millas árabes en vez de las millas italianas que utilizaba Cristóbal Colón. También se sabe que las millas italianas son más cortas, de modo que ese es el motivo por el cual el genovés consideraba que la longitud de la circunferencia terrestre fuera una cuarta parte menos que la que realmente es. Es decir, a nuestro juicio, la longitud de la circunferencia de la Tierra debería ser considerada más próxima a los 40.000 km que a los 29.000 km que Cristóbal Colón propone— finalizó su brillante exposición el maestro Lakotsa.

— Lo que nos lleva a la conclusión de que, o bien entre el este de Asía y el oeste de Europa hay un gran océano de unos 30.000 km de longitud entre China y Portugal, o bien existe un nuevo continente que se interpone entre Asia y Europa que usted, Ochoa, tengo entendido que ya conoce porque ya estuvo allí. En el primero de los casos, he de admitir que este viaje sería condenar a quienes lo emprendieran a una muerte segura, algo que como buenos cristianos que somos no podemos admitir. En el segundo caso, también tengo que admitir que, si bien yo me creo que es cierto que Ochoa de Andraka navegó hasta allí y conoció ese supuesto Nuevo Mundo viajando en dos naos tripuladas por pescadores vascos de bacalao que faenaban en las islas Feroe, necesitamos más pruebas.

— ¿Entonces qué es lo que usted cree que debemos hacer? —preguntó Lakotsa con el fin de aclarar el posicionamiento de la reina de Castilla

— Considero que hasta que no tengamos más pruebas y Andraka recupere el mapa que él mismo dibujó sobre aquellas tierras donde se encontraban los asentamientos que los vikingos edificaron hace casi 500 años y que llamaron Vinlandia,  tengo que admitir que seríamos considerados como locos si se lo contáramos a la reina. Así pues, no hay otra alternativa que sea usted Ochoa de Andraka el que acometa con éxito esta empresa para la cual le dejo como anticipo este cofre que contiene 20.000 maravedís para hacer frente a los gastos se le presenten, así como un salvoconducto real del Reino de Castilla firmado y rubricado por la reina Isabel que le concede el título de embajador y otro firmado por Su Santidad el Papa Inocencio VIII que obliga a todos los monasterios y conventos de la Iglesia Católica que usted atraviese, a suministrarle la necesaria ayuda, cobijo y apoyo como para garantizarle su regreso sano y salvo al reino de Castilla.

— ¿Cuál es la opinión de los consejeros reales sobre el tema? —preguntó Lakotsa con el fin de que la respuesta, que él ya conocía, ilustrara mejor a Andraka sobre la trascendental importancia de su misión.

— Sabemos que la opinión de los consejeros de la reina Isabel y los del rey Fernando de Aragón es muy poco favorable a apoyar empresas como la que Colón propone. Consideran que, en estos momentos, la cuestión prioritaria para las coronas de Castilla y Aragón es la conquista del reino nazarí de Granada. Los costes de la expedición que propone Cristóbal Colón se han estimado en dos millones de maravedís, más el sueldo de Colón. Un gasto que no es prioritario, a menos que haya novedades y en eso estamos. ¡Ochoa de Andraka, nuestra suerte queda en sus manos!— concluyó el obispo de Ávila.

III

A eso de las doce de la mañana, Ochoa había sellado su equipaje consistente en dos baúles y una bolsa de viaje que hizo llevar al embarcadero del puerto donde se encontraba el barco que le transportaría a Bayona durante la noche. También había ido a saludar cordialmente al superior del convento de franciscanos y agradecerle la atención que prestaba al estado físico y anímico de su hermana pequeña que se encontraba internada en el Beatorio de Basurto sito al lado del convento de franciscanos.

Así pues, sin nada más pendiente por hacer, a Andraka solo le quedaba ir a visitar a su hermana. Salió andando de la hospedería del Convento de franciscanos de San Mamés, Basurto, y se dirigió al Beatorio situado también en Basurto donde se encontraba enclaustrada como beata su hermana María, dos años y medio años más joven que él.

En la Villa de Bilbao, resultaba muy curioso comprobar que el número de mujeres que integraban las comunidades religiosas femeninas era mayor que el de los religiosos varones, algo que también se repetía en las otros territorios vascos. En Bilbao, había por entonces tres conventos de franciscanas, dos de agustinas, uno de mercedarias y otro de dominicas. La existencia de un número más alto de franciscanas, al igual que de franciscanos, se enmarcaba en una realidad que vivía Baskonia, donde, sobre todo a lo largo del siglo XV, la influencia de la orden franciscana ha sido más que reseñable.

El motivo principal de esa primacía franciscana se debía al estrecho lazo que existía entre los mercaderes y comerciantes vascos con esta orden religiosa. Además, el peso de la familia franciscana, especialmente, de su rama femenina, fue una realidad innegable también en los reinos de Navarra, Castilla y Aragón

Sin embargo, todos los conventos femeninos de Bilbao tenían en común un origen beaterial, coyuntura compartida por casi todos los conventos femeninos vascos. Las beatas, brevemente dicho, eran mujeres semi-religiosas que actuaban como si fueran monjas pero sin haber jurado voto alguno. Es decir, que al igual que muchos otros beaterios y conventos de la época, las reglas de clausura no regían en estas comunidades.

La hermana de Ochoa decidió ingresar en el convento poco tiempo después de que su cuñada Enekuri muriese. Ocurrió cuando la mujer de Ochoa estaba embarazada de casi siete meses y el marido todavía no había regresado de la pesquería de las Islas Feroe. Enekuri había salido a la huerta con el fin de recoger unos cuantos puerros y zanahorias que ella mismo cocinaba para su suegro viudo, que se encontraba enfermo y sufría de fuertes ataques de dolor en el vientre.

María de Andraka era muy buena costurera y sabía coser y bordar como los ángeles. Hacia un rato que había dado la última puntada al faldón que vestiría su sobrino el día de su presentación en la pila bautismal de la Iglesia Andra Mari de Urizar del pueblo de Lemoiz. La hermana de Ochoa abrió el portón del caserío para ir a buscar a su cuñada y enseñarle la vestimenta especial que llevaría el también hijo de su hermano, cuando comprobó que Enekuri, su cuñada, regresaba sonriente al caserío llevando un manojo de puerros y zanahorias en sus manos.

De pronto, Enekuri, debido a lo avanzado de su embarazo, se resbaló y perdió el equilibrio de su torpe cuerpo, justo a la entrada del caserío de la familia Andraka, con la mala fortuna de golpearse con la cabeza contra una piedra y morir en el acto. María, que la esperaba sonriente en el arco de la puerta, pudo contemplar, impotente y con gran espanto, el trágico suceso que acabaría con la vida de su cuñada y la de su sobrino no nato.

Una semana más tarde murió el padre de Ochoa, Cherrán de Andraka. Tras la muerte del padre y la esposa de Ochoa, en el caserío solo quedaron viviendo él, su hermana, y un matrimonio de criados  que atendía las labores del ganado y de las cosechas y, a su vez, se ocupaba del mantenimiento, cocina y limpieza del caserío. El cartógrafo y maestre de naos, cocas y carabelas, Ochoa de Andraka, regresó al mes siguiente de la muerte de su padre, de su mujer y de su hijo no nato. Su desesperación fue del todo desgarradora y cruel porque, al tiempo que se creó una dolorosa herida en su alma que parecía incurable, también sembró en su conciencia la semilla de la culpabilidad.

Así, durante casi diez meses, sumido en una profunda depresión, Ochoa apenas pronunció palabra  con nadie. Su hermana también prefería guardar silencio. De hecho, María se pasaba todo el día cosiendo, arreglando y zurciendo ropa usada y vieja para regalarla a las familias más necesitadas de ropa que requerían estas prendas para poder vestir a la prole de hijos que tenían en muchos caseríos. Recién hubo cumplido su año de luto, se presentaron en casa dos monjas del Beatorio de San Mamés, Basurto, que su hermana había hecho llegar al caserío.

Las monjas hablaron con Ochoa al final de la visita para notificarle que su hermana quería ingresar en el Beaterío y que sería admitida previo pago de la dote de 3.000 maravedíes. Ese mismo fin de semana, Ochoa acompañó a su hermana María al convento y la entregó al cuidado de la madre superiora.

Desde entonces, la había ido a visitar una o dos veces al año pero, esta vez, Ochoa había querido despedirse de su hermana para mucho más tiempo, quizá para dos o tres años o, en el peor de los casos, quizá para siempre. Ochoa, al contrario que su hermana, nunca se sintió cristiano. Su madre había sido judía y había muerto como judía y él había nacido como judío y hasta le hicieron siendo un bebé el Brit Milá, a los ocho días de nacer. La muerte de su madre cuando él tenía doce años fue un duro golpe para la familia. En su caso, aquello le enfrío con la religión judía porque se volvió casi ateo, como su padre.

Cuando conoció a Enekuri, que era una amiga de su hermana María, que solía quedarse a dormir con ella, Ochoa quedó prendado de Enekuri y se le declaró en las fiestas de Munguía y ella le contestó que le correspondía. Tras varios encuentros más, su padre y los padres de Enekuri empezaron a negociar la boda. Saltó el problema de que Ochoa no era cristiano y los padres de la chica se cerraron en banda y dijeron que no nada había más que hablar.

Un tío de Enekuri llegó decir que había que defender la pureza de sangre y que ningún perro judío mancillaría el honor de su familia. Enekuri amenazó con suicidarse. El drama estaba servido. Ochoa que amaba a Enekuri con locura decidió que si el precio a pagar era su supuesta conversión al catolicismo pues que bienvenida fuera. En una semana le bautizaron y le dieron la comunión. Entró carne y salió pescado. Al mes se casaron y ya no hubo más problemas y toda la familia de Enekuri selló una alianza para nunca decir que Ochoa de Andraka era un “marrano”, tal como se les llamaba despectivamente a los judíos conversos.

La visita que le realizó a la beata María, esta vez le pareció a su Ochoa muy fría y distante. No le permitieron estar con su hermana, ni besarla, ni abrazarla como hubiera deseado. Esta vez, solo la pudo ver a través de unas rejas y se notaba además que, al otro lado, su hermana no estaba sola. Sin embargo, la encontró muy feliz y cariñosa. Ochoa le contó algo acerca del motivo de su largo viaje pero se notaba que su hermana María se encontraba viviendo en otra dimensión distinta. Al final, se tocaron los dedos y se dieron un beso poniéndose cada uno los dedos en la comisura de sus labios. Ochoa de Andraka no salió muy feliz de aquella visita a su hermana pero se tranquilizó porqué le había visto a María que estaba muy feliz y eso era lo importante.

IV

A finales del siglo XV, la Villa de Bilbao comenzaba a superar, cada vez más, lo que tradicionalmente habían sido sus sietes calles rodeadas por una muralla que daba acceso a dos puertas principales y de ahí, a los caminos que conectaban con la meseta castellana y los territorios vascos  y a los muelles de carga y descarga de mercancías. Los límites de Bilbao se iba extendiendo a otras pequeñas aldeas situadas cerca de su centro amurallado que iban creando una malla de conexiones en cuyos cruces, surgían edificios, almacenes y conventos como la aldea de Basurto donde Ochoa había pasado la noche.

Al llegar al muelle de San Antón, Ochoa de Andraka divisó la embarcación que le llevaría a su próximo puerto de destino, situado en Donibane Lohizune (San Juan de Luz), en el Territorio de Baskonia Norte conocido como Lapurdi y cuya capital era la Villa de Baiona.

En el muelle también se encontraban dos personas aguardándole. Una de ellas era su maestro y mentor, Juan Vizcaíno de Lakotsa, y la otra era su primo Johan de Ursua, capitán del barco “Urdazuri” con el que Ochoa, tras realizar diferentes escalas, viajaría a Nantes, Londres, Ruán y, después, hasta Brujas en Flandes. Aunque bien podría ser que cambiaran de embarcación por otra más grande. Todo dependía de los fletes que tuvieran.

Así pues, si zarparan en la “Urdazuri”, lo harían navegando en una embarcación conocida como “coca bayonesa” de la que tan gratos recuerdos de otros viajes marítimos Andraka guardaba. Pero, como su primo Johan le advirtió que, en función de la carga que trasportaran, podría haber un cambio de embarcación y entonces, seguramente navegarían en la nao “Ciburu” que soportaba mayores tonelajes y que era más moderna, cómoda y robusta.

— Todavía no me han confirmado la recepción del último mensaje enviado a Nantes pero sé que te esperan para dentro de ocho días y allí estarán presentes Pierre de  Dol y Bernat d’Etcheberri, a quienes conoces perfectamente —el maestro Juan Vizcaíno de Lakotsa miraba fijamente a Johan y a Ochoa para encarecerles que prestaran atención y retuvieran todas y cada una de sus palabras— Ellos te entregarán, amigo Ochoa, una carta de recomendación para que te dejen acceder a una copia de todas las cartas de navegación que, a comienzos del siglo XI, elaboró y utilizó Leif Erikson, hijo del Erik el Rojo, durante la exploración que realizó de los territorios situados al oeste de Groenlandia. El gremio de comerciantes de Brujas, que es el depositario de estos mapas, los tiene celosamente guardados en una bóveda secreta de la iglesia de San Salvador. En todo momento, hasta tu llegada a Brujas después de vuestra escala en Nantes, tu primo Johan te acompañará a todas partes como si fuera tu sombra. Si hubiera algún problema podéis enviarme alguna mensaje por medio de algún barco que navegue a algún puerto vasco y, en caso extremo, podéis enviar alguna paloma mensajera a la cofradía de maestres de naos del puerto de Bilbao —concluyó Lakotsa.

Mientras que el maestro de cartógrafos y armador se iba alejando de ellos y se introducía por una de las puertas de la ciudad amurallada de la Villa de Bilbao. Ochoa y Johan se miraron fijamente y, saltando de alegría, se dieron un fuerte abrazo. Ambos eran de la misma edad y habían cumplido los treinta años. Así pues, el padre de Ochoa, Cherrán de Andraka y la madre de Johan, Ane, eran hermanos y ambos habían nacido en el mismo caserío de Lemoiz donde Ochoa también nació. Aquel caserío de Lemoiz era donde Ochoa teóricamente vivía ahora aunque lo hacía por muy poco tiempo pues casi siempre estaba navegando.

Ane de Andraka también había sido muy amiga de su cuñada, Ester de Ohiartzun, la madre de Ochoa de Andraka. Las dos habían muerto relativamente temprano cuando apenas cumplieron los cincuenta años. Ester de Ohiartzun pertenecía a una insigne familia judía de Etxarri, del valle de Aranatz, y, en su juventud, había sido consideraba como una de las mujeres vascas más bellas de aquella región de Baskonia. Ester le conoció al padre de Ochoa, Cherrán de  Andraka, en la serrería o “egurrola” que ellos tenían cerca de Etxarri, en la sierra de Ataun-Burunda.

El enamoramiento de los padres de Ochoa fue un amor a primera vista. Cherrán era un buen cliente del padre de Ester de Ohiartzun al que le compraba madera para la construcción naval y se conocían bien. En el reino de Navarra, se casaron en secreto por la fe judía en Navarra y, en Bizkaia, lo hicieron según el rito cristiano. Ester se hizo pasar por cristiana para evitar que los “purasangre” le aplicaran a la familia Andraka-Ohiartzun los modelos de segregación basados en la “limpieza de sangre” que se fueron imponiendo paulatinamente desde fines del Medievo en Bizkaia.

Por otro lado, Ane de Andraka también fue una mujer muy bella que se había casado con un marino de gran tradición, Ander de Ursua, y a cuya boda, celebrada en la nueva Iglesia gótica de San Juan Bautista de Donibane Lohizune, debieron asistir más de cien personas. Cuentan que, algunos invitados, por si acaso, fueron con botas y abarcas, por si acaso. El motivo era que nunca habían estado allí y, en el idioma vasco o euskera, el término “Lohizune” significaba “terreno empantanado”.

La familia Ursua de la que Johan descendía era muy conocida y respetada en todos los puertos vascos del Golfo de Bizkaia por su actividad de armadores, constructores de barcos y financieros de expediciones dedicadas a la pesca del bacalao y a la caza de la ballena. Según se decía, la gran fortuna de los Ursua se debía al hecho de que, anteriormente, también se habían dedicado, de manera más o menos esporádica, a la piratería, tanto en aguas del Atlántico como del Mediterráneo.

Ander de Ursua y Cherrán de Andraka era socios como carpinteros de ribera y se dedicaban preferentemente a la construcción naval. Tenían un astillero en Donibane Lohizune donde los Andraka-Ohiartzun pasaban temporadas viviendo y lo hacían en el caserío de dos alas y tres plantas de los Ursua-Andraka. De este modo, los primos Johan y Ochoa durante la juventud siempre estuvieron juntos, al igual que sus madres Ane de Andraka y Ester de Ohiartzun que llegaron a tener una relación, más que de buenas cuñadas, como si fueran amantísimas hermanas.

V

Desde su fundación, Bilbao se asentó sobre un espacio prometedor pero no era un lugar tan privilegiado como algunos sostenían. Es cierto que su puerto se conectaba con el Océano Atlántico y que su ubicación estaba bien protegida, siendo además un nudo de comunicación entre diferentes territorios y una zona rica en mineral de hierro. Pero, no todo eran ventajas.

Bilbao era un puerto muy seguro pero para llegar hasta él, había que tener en cuenta que navegar desde la desembocadura del Nervión, a través de 23 kilómetros de ría era una navegación dificultosa. Por ello, el hecho de mantener en buen estado la ría y facilitar en lo posible la labor de los buques a través de adecuadas estructuras portuarias representaba una labor continua de las autoridades bilbaínas.

A lo largo de su curso, la ría sufría una serie de estrangulamientos que antiguamente hacían muy difícil la navegación para las naves de mayor calado. La embocadura era también muy complicada para los pilotos, que debían sortear una barra de arena móvil que se formaba en este lugar: la famosa y temible barra de Portugalete. La barra cerraba la entrada al estuario y únicamente podía atravesarse por los estrechos pasos que formaban las aguas fluviales y el reflujo de la marea.

Una vez superada la barra de Portugalete, las naves debían enfrentarse, en primer lugar, con otro banco de arena y grava (algo así como una barra interior) que dividía el tramo final de la ría en dos brazos durante la bajamar. Por tanto, los beneficios consecuentes a la instalación de la villa en un estuario protegido eran oscurecidos por unas condiciones de navegación muy dificultosas y costosas de mantener.

Según aumentaba el tráfico comercial en la Villa de Bilbao, se iban creando nuevas infraestructuras consistentes en acondicionar terraplenes y calas de atraque en la ribera del río donde los barcos pudieran cargar y descargar con facilidad sus mercancías.

Aquel día, y durante el descenso del barco hacia la desembocadura del Nervión, Ochoa iba observando las importantes obras portuarias que se estaban realizando a lo largo de la ría para mejorar el acceso al puerto de Bilbao situado desde la desembocadura. Al llegar a la altura de Portugalete, Ochoa observó detenidamente la Torre de Salazar. Recordó que, siendo ya adolescente, había acompañado varias veces a su padre, Cherrán de Andraka, cuando éste, entre otras reuniones de negocios, rendía una visita al abanderado Lope García de Salazar.

Mientras su padre, García de Salazar y otros hombres se reunían para hablar de su negocios comerciales en la primera planta, Ochoa aprovechaba para subirse a lo alto de la Torre y buscar, entre las almenas, el sitio que mejor permitía contemplar los diferentes panoramas que ofrecía el largo recorrido de la ría del Nervión. Le encantaba observar la pericia de los timoneles para atravesar la dificultosa barra de Portugalete, dificultad que aumentaba en función de la marea.

Una vez, Ochoa contempló con mucho detalle cómo un barco ballenero excesivamente cargado se quedaba embarrancado y acudían en su ayuda diferentes barcos y chalupas. Finalmente, lograron sacar aquel barco ballenero que había embarrado, una vez hubieron desembarcado casi un centenar de barriles de “lumera” o aceite de ballena.

En el siglo XV, el comercio y transporte naval necesitaba de embarcaciones de gran capacidad, autonomía y rapidez, para poder abaratar los costes debidos al transporte. En este sentido, durante el siglo XIV se construían en los numerosos astilleros vascos barcos de mayores dimensiones. Al hacerse fijo el timón de codaste, éste podía ser maniobrado desde el interior, lo cual permitía elevar los bordos. Al mismo tiempo, aumentaron las dimensiones de la arboladura y del aparejo, tal como indicaba la presencia de jimelgas o refuerzos en el palo de la embarcación conocida como la coca bayonesa.

Otra transformación que, definitivamente,  cambió la construcción naval vasca y posibilitó su enorme crecimiento en el siglo XV fueron los avances técnicos introducidos y el mayor crecimiento del tamaño de las naves que permitieron un regular intercambio con naciones que encontraban cada vez más alejadas. Este hecho retroalimentaba el conjunto exigiendo, a su vez, un aumento de las dimensiones de las naves y la introducción de innovaciones técnicas que lo permitiesen. Es de suponer que la obligatoria respuesta a esta necesidad y el contacto con técnicas aplicadas en el Mediterráneo —a través de sus puertos y comerciantes— conllevó que los vascos adoptaran, posiblemente, durante la segunda mitad del siglo XIV, la técnica mediterránea de construcción naval.

La adopción de este sistema posibilitó y desencadenó una serie de nuevas transformaciones y necesidades, que dieron lugar a las grandes embarcaciones del siglo XV. El nuevo sistema permitía aumentar las dimensiones de las embarcaciones, incrementando la necesidad de trapo para propulsarlas. Se recurrió a la multiplicación del número de mástiles y de velas. El fortalecimiento de las estructuras constructivas de los barcos, permitió la integración de las superestructuras —castillos de proa y popa— como parte integrante de las mismas, dejando de ser meros añadidos.

En general, las embarcaciones vascas que se construían y utilizaban para los viajes por alta mar eran construidas a tope, disponían de dos castillos integrados en la estructura del barco, muy prominentes, con tres mástiles que contaban con una gran vela cada una —velas cuadradas las del trinquete y mayor y, muchas veces, vela latina la de mesana. De esta manera, la flota vasca del siglo XV se había transformado en una de las más importantes de Europa, tanto en cuanto a volumen como en cuanto a características técnicas.

No obstante, para la navegación de cabotaje y cuando la carga no era excesivamente grande, la panzuda coca bayonesa resultaba muy maniobrable y de una gran capacidad, con la ventaja añadida de que con tan sólo seis hombres como tripulación se podían desempeñar todas las tareas propias del transporte marítimo hasta el punto de que en el mar Mediterráneo se había convertido en la embarcación ideal para el transporte de mercancías.

VI

A las seis de tarde del día 15 de mayo de 1488, el barco Urdazuri atravesó los acantilados de Aizkorri y bordeó su punta por donde se asentaba la atalaya del Abra, y puso rumbo hacia el este, en dirección al puerto de Donibane Lohizune, situado casi en el vértice del Golfo de Bizkaia. Durante el trayecto, Ochoa había estado contemplando toda la cornisa de la costa vasca hasta la ría de Urdazuri situada a unas 60 millas marinas de la desembocadura del Abra. Precisamente, en la ría de Urdazuri es donde se ubicaba el puerto pesquero y mercantil de Donibane Lohizune.

Soplaba viento suave del oeste en una mar con apenas oleaje. La embarcación, cargada con barricas de sidra y vino blanco, lana, aceite de oliva, sal y mineral de hierro, había desplegado totalmente su vela y navegaba viento en popa a una velocidad de unos cinco nudos. Ochoa de Andraka calculaba que atracarían en el puerto de Donibane Lohizune no antes de las cuatro de la mañana.

El sol iba cayendo poco a poco sobre el mar por el oeste, cuando se hizo la noche, una vez la coca bayonesa hubiera estado a la altura del puerto de Bermeo, Ochoa subió al camarote del capitán Johan de Ursua para cenar. Primero, las luces del pueblo de Bermeo y su puerto y después, las de otros puertos vascos le acompañarían aquella cena.

El cocinero del barco les había preparado una sopa de ajos y unos filetes rebozados de merluza que a los dos primos tanto les gustaba. Dos botellas de sidra y una hogaza de pan de trigo completarían aquella espléndida cena que a los postres, vendría acompañada de queso seco, nueces y membrillo y unas copas de vino de malvasía que se producía en Grecia y que el padre de Johan importaba desde Venecia para su distribución en los puertos del norte y del oeste de la Península Ibérica y de Aquitania y Bretaña.

En efecto, todos los años, el padre de Johan, Ander de Ursua y algunos comerciantes de Laburdi, fletaban tres barcos que circunvalaban la Península ibérica para dirigirse a la República de Venecia, donde descargaban lana, queso, vino, licor de armañac, madera de los bosques de las Landas y madera de roble, castaño y haya (cuando ello era permitido y las explotaciones de los bosques locales cubrían las necesidades de construcción naval y de edificios) y mineral de hierro. En el viaje de regreso estos mismos barcos solían venir cargados de sal, sardinas en salazón, cereales, metales preciosos, muebles, cobre, estaño, seda, pieles, telas y abundante vino de malvasía.

Tal como estaba previsto, a las cuatro y diez de la mañana, el barco Urdazuri atracaba en el puerto de Donibane Lohizune. Al pisar el muelle, aparecieron media docena de estibadores portuarios que trabajaban para el padre de Johan y descargaron toda la mercancía y la guardaron en diferentes lonjas que se encontraban próximas a los muelles. La embarcación necesitaba realizar una serie de reparaciones de mantenimiento y tardarían dos días más en salir con otra carga de mercancías para transportar al Puerto de Nantes situado en el Ducado de Bretaña.

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