EL ALGORITMO DEL BIG BROTHER—14 Capítulo

por Juanjo Gabiña

Capítulo 14

Los preparativos para la defensa

I

Hasta hacía unos pocos años, el acceso universal a Internet había sido un proyecto totalmente inviable. La tecnología satelital que se utilizaba contribuía a que los satélites fueran costosos de construir y de lanzar, propensos a errores de funcionamiento y, por lo tanto, desde un punto de vista financiero, resultaba ser un proyecto demasiado arriesgado para aquellas empresas o gobiernos que quisieran construirlos y enviarlos al espacio.

La innovación de la startup israelí SkyLink aportó un gran avance tecnológico. Su prototipo era muchísimo más pequeño y fiable por lo que costes de construcción y lanzamiento eran cientos de veces menores. Además su tecnología permitía girar en torno a un subreflector flexible, de manera que compensara las imperfecciones debidas a la forma del reflector.

Esta innovación permitió eliminar el uso de los tradicionales costosos satélites de bajo rendimiento, al permitir que los innovadores mini-satélites fueran enviados al espacio con una antena de 55 cm de diámetro plegada, lo que reducía, en una gran medida, la carga que debía elevarse durante el lanzamiento y los costes consiguientes. Una vez en órbita, la antena del satélite se expandía y el subreflector flexible patentado mejoraba la transmisión de información, imágenes y datos con mucha mayor precisión y con una potencia de hasta en 500x.

Durante el año 2021, se habían lanzado veinte de este tipo de satélites y otros tantos en el año 2022. Durante el año 2023, se lanzarían otros veinte satélites hasta completar los sesenta satélites en el espacio que, utilizando la tecnología SkyLink, permitiría a todo el mundo la conectividad a Internet, y a un coste que resultaba muchísimo menor que el coste que suponía colocar un solo satélite normal en órbita, en el espacio. Es decir, sesenta mini-satélites costaban menos que un solo satélite de los de antes.

Esta nueva constelación de mini-satélites permitía un ancho de banda de comunicación de 1 gigabit por segundo, desde cualquier parte del planeta. Además, la tecnología de SkyLink permitía a los propietarios de satélites cambiar el patrón de cobertura en la Tierra mientras un satélite estuviera en órbita, algo que hasta llegar esta nueva tecnología no había sido posible.

A su vez, la alta flexibilidad de estos mini-satélites, y la capacidad de proporcionar servicios múltiples a diferentes clientes, permitía ofrecer acceso gratuito a Internet a todo el planeta, de la misma manera que los servicios de GPS eran gratuitos. El desarrollo de la formación online prometía ser espectacular, pero no solamente en los países en vías de desarrollo sino también en los países desarrollados que buscaban alternativas a la mala educación que ofrecían, salvo honrosas excepciones, los sistemas educativos imperantes. La conexión global a internet estaba permitiendo disminuir las deferencias entre países y entre clases sociales y contribuir a que todos los seres humanos se sintieran parte de una gran comunidad conectada, a nivel mundial.

El año 2022, todo el territorio australiano había quedado cubierto por la red de mini-satélites y la Gobernadora de Australia Occidental, Judy Garland, quería evaluar las posibles estrategias de desarrollo que el hecho de la conexión global y gratuita a internet, junto con las nuevas tecnologías de la 4ª Revolución Industrial, permitirían impulsar en un territorio tan extenso y despoblado y lleno de contrastes climáticos como el del oeste australiano.

Iñaki Andraka y Ariel Shem-Tov habían ganado el concurso internacional que les había adjudicado el estudio prospectivo-estratégico necesario para el diseño de las acciones estratégicas a impulsar durante los próximos años, en base a la conectividad universal a Internet. La universidad de Haifa, el Instituto Tecnológico de Israel, Technion, y la Universidad Tecnológica Curtin de Perth también participarían en el proyecto.

II

La ciudad de Kiel era un histórico puerto alemán situado en las costas del Mar Báltico. También era la capital de uno de los dieciséis estados de Alemania Federal conocido como Schleswig-Holstein, un Estado que, a su vez, era el más septentrional de Alemania. En Schleswig-Holstein, la noticia de que nueve militares alemanes de la base naval de Eckernförde hubieran sido los causantes de un atentado terrorista que acabó con el hundimiento de un buque en el Mar de Norte, produjo indignación entre sus habitantes, a la vez que pavor por lo que temieran que pudiera haber detrás de ello. Cuando detuvieron a los nueve militares y les encarcelaron en la prisión de  Neumüster para ser interrogados y esperar allí el veredicto de extradición, la conmoción social aumentó dramáticamente.

Tras haber dado la orden de búsqueda y captura en su propio territorio y conocer que los perseguidos por la Justicia belga se encontraban en Alemania, Bélgica había solicitado la extradición de los militares acusados de terrorismo, aportando sólidas pruebas que los periódicos locales y algunos medios nacionales habían recogido y divulgado.

Sin embargo, aunque no todo el Gobierno Federal, presidido por el Canciller Rudolf Burgstaller que gobernaba gracias a una coalición de derechas, diversos cargos políticos integrantes de su Gobierno Federal, como el Vicecanciller y Ministro Federal de Asuntos Exteriores de Alemania, Friedrich Honecker,  hacían llamadas al nacionalismo alemán para oponerse a las extradiciones, considerando que aquello era una desleal injerencia extranjera por parte de Bélgica.

Poco importaba que aquellos militares hubieran deshonrado a la Marina alemana,  que fueran verdaderamente culpables y que no se respetaran los acuerdos suscritos por Alemania con otros países aliados democráticos e integrantes de la UE, así como que los actos criminales se hubieran cometido en aguas territoriales belgas.

Con todo, la resolución del Tribunal Regional de Schleswig-Holstein, con respecto a la euro-orden emitida por la fiscalía belga para la extradición del Capitán Wolfgang Weber y un equipo de comandos, integrado por él, un sargento, un cabo y seis soldados, se estaba retrasando demasiado tiempo. A los militares alemanes se les acusaba de haber llevado a cabo el atentado terrorista con explosivos que causó el hundimiento del buque portavehículos Cosco Shipping Flanders, de la naviera china Cosco Shipping, en el Mar de Norte, frente al puerto de Ostende situado en las costas belgas del Mar del Norte.

Las pruebas aportadas eran demoledoras y recogían documentos, grabaciones y videos que implicaban a los nueve militares sin lugar a dudas. Las comprobaciones realizadas de reconocimiento facial de las imágenes de los inculpados en Southampton, el Puerto de Ostende y en el Aeropuerto de Amberes eran totalmente coincidentes con las realizadas por la Interpol y la policía belga.

La base naval de Eckernförde se encontraba en el Estado de Schleswig-Holstein y, en consecuencia, recaía en el Tribunal Regional de ese Estado o Land tomar la decisión sobre la entrega o no, de los acusados por terrorismo. Se trataba de que estos militares acusados pudieran ser juzgados por un tribunal belga, tal como lo dictaban los acuerdos internacionales suscritos por Alemania con otros países.

Del fallo que surgiera, se conocería la decisión sobre la entrega o no de los militares alemanes por la imputación de terrorismo. Pero había problemas en el Estado de Schleswig-Holstein debido a las presiones que el vicecanciller y ministro federal de Asuntos Exteriores de Alemania, Friedrich Honecker, y otros cargos del Gobierno Federal, estaban haciendo para que no se concediera la extradición por terrorismo a las demandas de la justicia belga. Aquello era un caso insólito, que ponía en cuestión  la tradicional independencia alemana del poder judicial con respecto al poder ejecutivo. Sin embargo, aquella pelea pronto se resolvería.

Llegó un momento en el que la situación del Tribunal Regional de Schleswig-Holstein se volvió insostenible. El tribunal alemán, integrado por Gunter Adenauer como presidente y por los magistrados Marcus Braun y Ada Haber, tenía muy buena fama por estar formado por juristas que, además de progresistas, también eran considerados como jueces rectos e intachables. Sin embargo, las presiones sobre el tribunal por parte de ciertos sectores mediáticos, políticos y empresariales iban creciendo día a día. Así que el tribunal no tuvo más remedio que utilizar, la única salida que le quedaba y debía actuar rápido y por sorpresa. Cumplir con el viejo dicho de las épocas feudales: “Se obedece, pero no se cumple”.

Por un lado, el Tribunal Regional transmitió al Gobierno del Estado de Schleswig-Holstein que dilataría la sentencia, simulando así aceptar ante el Gobierno Federal de Berlín, si no sus demandas de negar la extradición de los terroristas, sí la de prolongar “sine die” la decisión. Pero, por otro lado, hizo todo lo contrario. El Tribunal Regional de Schleswig-Holstein había pronunciado el fallo que otorgaba  a la Justicia belga la extradición de los que, finalmente, serían nueve militares alemanes acusados de terrorismo. El fallo judicial se había producido a últimas horas de la tarde de la víspera, aunque se distribuiría a la prensa a las ocho de la mañana del día siguiente, al mismo tiempo que se comunicaba el fallo del Tribunal Regional al Gobierno del Estado de Schleswig-Holstein.

Dos horas antes de difundir el comunicado, a las 5.45 horas de la mañana, partía del pequeño aeropuerto de Kiel, un avión-celda, utilizado para casos de traslados de presos peligrosos por Interpol, que transportaría a los detenidos hasta el Aeropuerto de Colonia/Bonn, Alemania, donde aterrizaría a las 7.10 de la mañana. Allí, les estaría esperando un furgón especial, utilizado para el traslado de presos, y dos coches de la policía judicial, que se pondrían en camino hacia la frontera belga para entregar a los nueve presos acusados de terrorismo. Las autoridades belgas estaban ya enteradas de ello y les estarían esperando para el traslado de los detenidos a una cárcel nueva situada en Chimeuse, en las inmediaciones de Lieja, para proceder a los interrogatorios.

Una vez en el Aeropuerto de Colonia/Bonn, los detenidos fueron introducidos en el furgón policial, con fuertes medidas de seguridad. El furgón y los dos coches de la policía judicial alemana que iban de escolta, tomaron la autopista 44 en dirección a la frontera belga. Después, continuarían por la autopista belga A3 donde se les unirían tres coches policiales de la unidad antiterrorista de la policía belga. Estos coches irían por delante abriendo el paso de la caravana policial que transportaba a los terroristas. El recorrido de Colonia a Lieja sería un trayecto que les constaría recorrer en un tiempo de hora y media.

A las 9.15 de la mañana, al llegar a la altura del cruce de la autopista belga A3, iniciaron la desviación que empalmaba con la autopista belga A25 que conduce hasta Lieja, donde los terroristas iban a estar recluidos provisionalmente en la prisión de Chimeuse cuando a la altura del club náutico de Lieja, sobre el río Mosa, en el preciso momento en el que pasaba el furgón y un coches de la policía judicial alemana, tres misiles impactaron contra el paso elevado sobre la autopista A25, sobre el desvío que la salida de la autopista A3 hacía para conectar esta autopista con la autopista A 25, en dirección Lieja.

El furgón que transportaba a los presos y el coche escolta de la policía judicial alemana sufrieron el impacto directo de los tres misiles que estallaron destruyendo los vehículos y el puente sobre la autopista. Los ocupantes de ambos vehículos murieron instantáneamente víctimas de las explosiones. En total, las víctimas por el impacto de los misiles fueron los nueve presos por terrorismo que transportaban y cuatro miembros de la policía judicial alemana que iban en el furgón y en el coche policial de escolta.

Sin embargo, debido al hundimiento del puente, murieron seis personas más al caer sus vehículos por el hueco que habían originado las explosiones sobre la carretera de circunvalación. También hubo otras cinco victimas mortales y más de seis heridos que discurrían, en ambas direcciones de la autopista A25, y que eran viajeros que iban en los vehículos que chocaron contra los escombros caídos sobre el firme de la carretera A25.

El presidente del Banco Central Europeo, BCE, Hans von Schönhausen, tras la noticia del atentado terrorista ocurrido en las inmediaciones de Lieja, Bélgica, envió, personalmente, un mensaje encriptado a Arnold Page, comunicándole la buena noticia. La felicitación conllevaba dos aspectos importantes. En primer lugar, resultaba muy importante la eliminación de cabos sueltos, al haber matado a los autores del atentado que podían actuar como testigos contra él y, en segundo lugar, porque se había podido comprobar que la eficacia de los misiles rusos, en propiedad de Smart Forces Association Ltd, era superior a la esperada. Unos misiles parecidos serían utilizados para matar al Presidente de Estados Unidos, al día siguiente, en su vuelo en helicóptero a su residencia en Camp David, con ocasión de la celebración de la Cumbre G-7.

III

Jeff Miller se sentía etéreo, como flotando en el aire,  y, al mismo, se sentía pesado porque le preocupaba mucho la reunión que iba tener esta tarde-noche en la Casa Blanca. El detective se había reunido a la mañana en el despacho de la Sede del FBI, sita en la Avenida Pensilvania 935 NW de Washington DC, a menos de dos kilómetros de la Casa Blanca y el Capitolio. Aquello, junto con el Pentágono era el centro de poder del mundo y Arnold Page lo sabía perfectamente.

Tras la crísis pandémica sufrida durante los últimos años debida al coronavirus, el apalancamiento de la economía era tan brutal que se podía decir que el poder de Wall Street era un poder ficticio y prestado, un poder imaginario que duraría hasta que alguien quitara una carta y, de pronto, se derrumbara todo el castillo de naipes que, en torno a la economía, se había construido. Por eso, la mega-entidad Page Capital necesitaba hacerse con el poder real y ese gran poder lo tenía sólo el que se sentaba todos los días junto al escritorio Resolute del Despacho Oval de la Casa Blanca, el Presidente de los Estados Unidos de América.

El director de FBI, Robert Stone, le había llamado al detective Miller a las 8.00 de la mañana, para disculparse por no haberle atendido como se merecía y, de paso, para pedirle que guardara todo el día para él pues quería que asistiera a una reunión muy importante. En aquella reunión, se iban a decidir temas muy importantes y transcendentales, al más alto nivel. Asuntos que determinarían el futuro de Estados Unidos y del mundo y el Presidente Brown había pedido expresamente que quería que Jeff Miller estuviera presente en aquella reunión.

Al mediodía, tal como habían quedado, Robert Stone recibió a Miller, de modo jovial y muy amable y, a su vez, con una gran sonrisa en la boca. Juntó al director se encontraban tres agentes del FBI a los que había conocido en otras ocasiones. Dos ellos le habían acompañado a Robert Stone a la reunión que habían mantenido en la Isla Santa Rosa de las Channel Islands de California..

Stone, en un tono más serio, se volvió a disculpar ante Miller, porque no le había dicho nada acerca de aquel texto encriptado que él y su socia, Jane Foster, habían hackeado en la sede de Smart Forces Association de Baltimore y que, posteriormente, los detectives californianos habían enviado al FBI para que lo descifraran. A Jeff le había parecido aquello no era jugar limpio como deberían hacer los amigos.

— Mira a la pantalla y podrás comprobar el texto que desciframos —empezó Stone la reunión en la que Miller, cuando le ofrecieron si quería algo para beber, solicitó un vaso de agua y un analgésico. La noche anterior había dormido poco y le dolía mucho la cabeza. Necesitaba tomarse una pastilla contra el dolor de cabeza para quitarse aquel malestar.

Sobre la pantalla se leía el siguiente texto:

— Se confirma que el objetivo está listo para la fecha prevista, entre 5.00 y 6.00 am, según la trayectoria hacia Camp David, preparar cuatro misiles para derribar el helicóptero presidencial.

Miller se tomó la pastilla y abrió los ojos, al tiempo que soltaba una expresión de estupor:

— ¡Madre mía!, pero eso es terrible —

— Sí que lo es —respondió Stone— sobre todo porque mañana comienza la Reunión a puerta cerrada del G-7 en Camp David y, precisamente, a esa hora el Presidente pensaba volar en el helicóptero VH-92A que utiliza en estos casos y que se denomina Marine One.

— Sé que es el nuevo helicóptero y me han hablado muy bien de él —atajó Miller para aclarar ese punto— y sé que puede funcionar solo, como un coche autónomo sin conductor.  Cuando estuve en el ejército me alisté en los marines y estuve destinado algunos meses en la Estación Naval de Anacostia, para pasar después al Escuadrón Uno de los Marines (HMX-1) de la base de los marines de Quántico, Virginia. Me acuerdo muy bien del recorrido entre la Casa Blanca y Camp David porque alguna vez fui copiloto de helicóptero Marine One.

— Ya lo sabíamos Jeff, y también lo sabe el Presidente. Ese es otro de los motivos porque el que queremos que asistas a la reunión que se celebrara en el Despacho Oval a últimas horas de la tarde —aclaró Stone, sin ocultar la creciente simpatía que el director del FBI iba teniendo por Jeff.

— Por lo que yo recuerdo del recorrido, teniendo en cuenta que los misiles que se encontraban en el almacén de Smart Forces Association de Baltimore eran misiles inteligentes de nueva generación. Eran misiles de fabricación rusa y de preferencia para usos tierra-aire. Además, considero que son los misiles que se van a utilizar. Me temo que ya habrán comprobado que será muy difícil proteger al Marine One, a unos niveles que resulten aceptables. Incluso, pienso que sería difícil aunque le cubrieran los otros helicópteros VH-92A idénticos al Marine One que le suelen acompañar turnándose en la posición para confundir al enemigo. Si lo que desean es saber lo que yo haría en su lugar, considero que quizás fuera mejor que volara junto con un escuadrón de los letales helicópteros de ataque AH-64E Guardian, con el apoyo de aviones de combate F-37. Son casi doscientos kilómetros de recorrido excesivamente expuestos al tiro con misiles de corto alcance y casi imposible de garantizar una seguridad del 100% —concluyó Jeff con cara de estar visiblemente preocupado.

— ¿Entonces, usted, qué decisión tomaría, qué haría en estas condiciones? —le preguntó seriamente uno de los agentes de FBI que tomaba nota de todo lo que allí se decía y del que Jeff recordaba solamente que su nombre era Lewis.

— ¿Qué es lo que haría en este caso y con estas condiciones? Mi respuesta es tajante. Es cierto que el riesgo es mínimo pero lo hay. Yo abortaría el vuelo del Presidente, a menos que aprovecháramos estas horas que nos quedan hasta las 5.00 de la mañana y tuviéramos la suerte de encontrar y eliminar los vehículos móviles que se usan para el lanzamiento de misiles y detener a los terroristas —terminó de exponer Miller su punto de vista.

— En eso estamos trabajando señor Miller y, si todavía no  hemos tenido éxito, creo que hemos avanzado bastante como para lograrlo. Pasemos a la sala de operaciones para que lo veamos mejor en las pantallas generales —respondió una joven agente llamada Katty García que debía ser la jefa de aquel grupo. Todos dejaron las cosas que habían traído en aquella sala de reuniones y la abandonaron para desembocar en un pasillo que les condujo a un ascensor donde bajarían hasta una planta donde había una gran sala, de unos 300 m2, dispuesta en gradas o escalones. Allí, donde las paredes del nivel más bajo de la sala, que eran de grafeno, hacían de pantallas gigantes. En aquella sala había más de treinta personas trabajando ante su pantalla de ordenador y un videoteléfono de trabajo con auriculares y micrófono inalámbricos que les permitían trabajar con manos libres. Todos los puestos de trabajo estaban dotados de realidad aumentada.

Los cinco que habían estado reunidos antes en la sala de planta de dirección se sentaron en una de las mesas del piso más bajo y se pusieron mirando hacia la pared donde se encontraba encendida una gran pantalla.  La agente del FBI, Katty García, manejaba una especie de tablet dotada de realidad aumentada desde donde ella, con sólo el movimiento de los dedos de su mano derecha, controlaba la información que los grandes monitores iban exponiendo.

Unas imágenes de satélite recogían el área de Baltimore y se enfocaban sobre el almacén de Smart Forces Association, que Jeff Miller identificó en seguida. Las imágenes comenzaron a grabarse media hora más tarde de que el FBI hubiera descifrado el mensaje encriptado cuya traducción advertía del próximo ataque con misiles al helicóptero Marine One.

Las imágenes corrían deprisa en la pantalla hasta que se pararon a una hora correspondiente al mediodía de ayer. A las 12.37, hora estándar del Este, entraron cuatro vehículos blindados autopropulsados que habían sido identificados como cuatro diferentes vehículos militares de los que se utilizan para el lanzamiento de misiles de corto alcance —hasta 50 km. Al cabo de 11 horas, bien entrada la noche, los vehículos blindados salían en caravana de almacén de Baltimore y tomaban un rumbo en dirección al noroeste. El seguimiento efectuado nos indica que continuaron por la ruta MD-140 y luego tomaron la PA-134 que lleva a Gettysburg, Pensilvania.

Según explicaba el documento que la agente Katty García había intercalado en la pantalla, para ser operativos estos sistemas de misiles necesitaban contar con cuatro funciones operativas principales: comunicaciones, comando y control, vigilancia por radar y orientación de misiles. Las cuatro funciones se combinaban para proporcionar un sistema de lanzamiento de misiles guiados que fuera móvil coordinado, seguro e integrado.

El primer vehículo blindado era un vehículo militar de tipo camioneta que albergaba los equipos, ordenadores y consolas propios de la estación de control y seguimiento para el correcto manejo de la batería de misiles. El segundo vehículo blindado era el más grande de todos y que transportaba el lanzador de misiles, que era el que tendría que sostener, transportar, apuntar y lanzar los misiles. También arrastraba un vehículo blindado enganchado que cargaría, entre ocho y doce misiles, y cada misil podría llegar a pesar casi una tonelada.

El tercer vehículo blindado era el que transportaba una antena de radar para detectar a helicópteros y aviones y facilitar el guiado. Finalmente, el cuarto vehículo blindado era el portaba la planta de energía equipada con dos generadores y que serían los que proporcionarían la energía necesaria a la antena de radar y a la estación de control y seguimiento.

— Estamos trabajando con más de cuatrocientos personas del FBI, miembros de la Policía y unidades del Ejército, peinando toda la zona situada en un radio de 50 km alrededor de Camp David, con el fin de encontrar esos cuatro vehículos blindados —comentó el Director del FBI— Pero, por el momento no ha habido resultados. Antes de llegar a Gettysburg, los cuatro camiones desaparecieron como si se los hubiera tragado la tierra. Lo primero que se hizo fue empezar a registrar toda esa zona pero aún no se ha conseguido inspeccionarlo todo. La zona se da muy bien a la construcción de grandes búnkeres subterráneos donde pudieran haber escondido a los cuatro vehículos blindados —concluyó Robert Stone su exposición.

Era indudable que estaba todo muy verde y Jeff Miller se dio cuenta de que su papel no era el de opinar acerca de lo debería hacerse pues todo aquello le superaba. Una vez escuchado y visto lo que el FBI le había expuesto con tanto detalle, el detective se reafirmó en que lo más sensato era abortar y buscar otro lugar en Washington DC, o en un lugar próximo a la capital, para que se desarrollara la Cumbre del G7.

No obstante, prefirió callar y no decir nada. A la reunión de la tarde-noche que comenzaría a las 19.30, en la Casa Blanca, era seguro que acudirían cargos y expertos de alto nivel. Jeff Miller escucharía con muchísima atención todo lo que se hablara allí, y, si le preguntaban a él por su opinión, sabría cómo contestar.

Al terminar aquella reunión en la sede del FBI, Robert Stone le invitó a comer. Educadamente, y argumentando que la noche pasada apenas había dormido, Jeff se excusó y afirmó que prefería retirarse al hotel para descansar. El Director del FBI, al despedirse, le dijo que a las 19.00, unos agentes del FBI pasarían a buscar por él.

IV

Los hermanitos Blair estaban jugando con unos balones y unos patitos metidos dentro de la piscina de niños, mientras sus risas y gritos alegraban el ambiente primaveral de aquella casa de Newport Beach. A muy poca distancia, y siempre con la mirada puesta en aquellos niños para cuidar que nada les pasara, el empleado de la casa, Raúl Fernández, estaban regando las plantas y los arboles del jardín situado alrededor de la piscina. La casa tenía instalado un sistema de riego automático pero, en algunas ocasiones, el jardinero de origen guatemalteco, prefería hacerlo él mismo para asegurarse mejor que el agua de riego que echaba era el que las plantas necesitaban.

Su esposa Lucía se habían encargado de vestir a los niños y de darles de desayunar. A la hora de haber tomado su desayuno, los niños se cansaron de ver la televisión y pidieron permiso para bañarse en la piscina pequeña. Estaban en California y allí el clima era mediterráneo. El agua de la piscina de niños no estaba fría porque tenía poco fondo y porque los días anteriores había hecho también buen tiempo y los rayos del sol se habían encargado de calentarla. Lucía, como no encontrara los trajes de baño de los niños, les dijo que se metieran al agua sólo con la muda puesta. Así, agarraditos de la mano, los dos hermanitos se metieron en el agua. El niño se metió vestido únicamente con sus calzoncillos y la niña con sus braguitas.

Los gritos de los niños despertaron a sus padres. Alison Blair se levantó de un salto de la cama para verlos desde su ventana saltar y reírse. Los saludó alegre con la mano y lo mismo hizo al matrimonio que guardaba la casa. Después miraría la hora. Su reloj marcaba las 9.10 de la mañana. Su marido, Steven, todavía seguía dormido profundamente. La víspera, el matrimonio Blair se había se acostado muy tarde. En el hotel donde se hospedaron en Boston, apenas habían dormido nada, víctimas de la adrenalina que les produjo el destrozo que unos extraños les hicieron en la casa y del estrés que les ocasionaba la incertidumbre, el hecho de tener que dejar todo de repente y de estar obligados a huir repentinamente con los niños a un lugar desconocido.

Para Alison y Steven Blair fue una grata sorpresa que aterrizaran en el Aeropuerto John Wayne del Condado de Orange, California. Allí les estarían esperando dos jóvenes detectives de la Agencia de detectives “Foster & Miller” de Los Ángeles para llevar a la familia Blair a la casa refugio, en una furgoneta de pasajeros de marca Chevrolet Suburban de color oscuro. Al llegar a la casa, Raúl Fernández, el encargado de cuidarla, les estaba esperando junto a la puerta de entrada a la finca, mientras su mujer, Lucia, les aguardaba en la casa de arriba para servirles el almuerzo en la sala-comedor.

El sabor exquisito de la cocina latina les encantó tanto a los padres como a los niños. Se trataba más bien de comida chapina de Guatemala donde se cocinaba de una manera deliciosa. Aquello no tenía nada que ver con la comida mexicana que ofrecían en algunos restaurantes de Boston. Comieron muy a gusto casi todo lo que les sirvieron desde el ceviche de pescado róbalo, las hilachas con arroz blanco, los frijolitos negros, la ensalada de rábano y los rellenitos de plátano. Para beber, tomaron vaso fresco de rosa de Jamaica. Los Blair habían llegado hambrientos de verdad.

De alguna manera, el hambre se les había despertado cuando sintieron el retorno de la tranquilidad a sus vidas y la alegría que supone vivir en aquella casa tan hermosa, situada en la cuesta de la colina, con sus maravillosas vistas al estuario y a la isla Balboa, rodeados de un contorno litoral que les protegía del Océano Pacifico y lleno de casitas y de embarcaciones deportivas. Además, el calorcito que desprendía el clima mediterráneo y la luz de California les había revolucionado las hormonas a todos.

Después del almuerzo, y sin vaciar siquiera las maletas, los Blair se echaron una gran siesta hasta casi  las 18.00 horas. Cuando se despertaron, se asearon con una buena ducha y descendieron a la planta de abajo ya era casi las 19.00. El aroma inconfundible de un café recién hecho y el sabor de una jarra de fresco de rosa de Jamaica les estaría esperando, acompañados de unas sabrosas pastas, llamadas champurradas, que hicieron las delicias de los niños y mayores.

Lucía le dio el recado a Alison de que, hacia unas dos horas, le había llamado la señora Ashley Scott.  Después de jugar un rato con los niños, Alison le devolvería la llamada. Ashley le dio saludos de parte Joseph Finkelstein y de Jane Foster y le dijo que todos estaban preocupados por ella y su familia. Alison quiso quitarle hierro al asunto, diciéndole que estaban en la vida y que, si estar en Newport Beach era un castigo, ojalá la castigaran así todos los años por esas fechas. Se rieron las dos y cuando Ashley se dio perfecta cuenta de que, al menos, Alison ya le había dado la vuelta, le dio la noticia de que ella llegaría a la casa, al dia siguiente, a media tarde. Le acompañaría Jane Foster y, seguramente, también iría Jeff Miller que volaría desde Washington DC.

V

El avión privado del magnate Arnold Page, un Boeing 747-8, había despegado a las ocho de la mañana del Aeropuerto Internacional JFK de Nueva York con destino a Ciudad del Cabo, Sudáfrica. El Boeing 747-8 que utilizaba Page era muy similar al Air Force One en el que volaba el presidente de Estados Unidos. Podía aterrizar y despegar en la mayoría de los aeropuertos de todo el mundo, tenía un alcance de 14.815 km y un peso máximo al despegue de casi 450 toneladas métricas, de modo que pudiera conectar con casi cualquier ciudad del mundo. En el caso del vuelo a Ciudad del Cabo, el recorrido sería de 12.656 kilómetros y la duración aproximada de vuelo sería de unas 13 horas 45 minutos. El aterrizaje en el aeropuerto sudafricano estaba previsto para las 3.45 de la mañana, hora de Ciudad del Cabo.

El avión era una especie de fortaleza volante que extendía el poder de la mega–entidad Page Capital hacia los cielos. Su superficie útil  era de unos 375 m2. Estaba dotado de una sala de conferencias, un comedor, una oficina de trabajo con sala de reuniones adosada, un dormitorio y baño para Arnold Page, otro dormitorio para invitados, un bar y una zona de ocio en la que el magnate acostumbraba a ver sus series favoritas en una inmensa televisión de 52 pulgadas, así como oficinas para su secretaria y demás personal asistente.

El avión tenía su propio médico y enfermeros, una sala médica y un sala de operaciones separada para manejar emergencias médicas. También estaba equipado con dispositivos de cifrado y descifrado para una comunicación segura aire-tierra. Contaba con 35 teléfonos para uso clasificado y no clasificado. Las ventanas eran blindadas y cada salida estaba equipada con su propia escalera, de manera que la tripulación del avión no tuviera que depender de ninguna plataforma de escalera externa para descender del avión.

El avión de Arnold Page era mucho más famoso que el propio magnate, el cual prefería siempre vivir alejado de la popularidad mundana, y todo era porque el hecho de que el avión estuviera considerado como uno de los mejores aviones privados del mundo. Durante gran parte del viaje estuvo trabajando, leyendo y enviando emails cifrados y poniéndose en contacto por videoconferencia con sus grandes empresas, en especial con GoldenSpring, la primera gestora de fondos del mundo. En la mayoría de los casos, se trataba de pedir aclaraciones, de comentar temas y de tomar decisiones tácticas y estratégicas, algunas de éstas eran despiadadas e insensibles al dolor humano. Unas decisiones del todo faltas de sensibilidad, de piedad y de ética, cuando no criminales.

Aquel nuevo día, el dueño del gran imperio que representaba la mega-entidad más poderosa del mundo, Page Capital, se acostaría antes del amanecer, en su lujosa residencia del área de Clifton, situada al oeste de Ciudad del Cabo. Dormiría hasta el mediodía y, teniendo en cuenta la diferencia horaria, a esa hora de Ciudad del Cabo, serían las 6.00 de la mañana en Washington DC.

Page esperaba con unas tremendas ganas que la noticia acerca de la muerte del Presidente Brown, como consecuencia de un atentado terrorista con misiles sobre el Marine One, absorbiera el tiempo de todos los medios de comunicación. Las dos pastillas para dormir que había tomado, comenzaban a hacerle efecto. Apagó las luces para ponerse de costado en la cama y dormirse. Al despertarse, el mundo sería suyo. Fue su último pensamiento, antes de perder la percepción de las cosas y caer en un sueño profundo.

VI

A las ocho de la mañana, Jane Foster se encontró con Joseph Finkelstein y Ashley Scott que desayunaban plácidamente en el comedor del hotel, mientras esperaban la llegada de la joven detective. Tras el saludo y sus correspondientes besos de bienvenida, los tres estuvieron hablando de temas triviales, esperando a que Jane terminara de desayunar. Cuando la joven detective acabó, se quedaron charlando un rato más mientras degustaban los tres la última taza de café americano del desayuno, antes de subir las dos mujeres a por sus maletas y cancelar sus habitaciones. Finkelstein se quedaría algún días más en el hotel, esperando encontrarse al día siguiente por la tarde con Jeff Miller. Presentía que los próximos dos días iban a ser decisivos.

Al rato, las dos mujeres aparecieron con las maletas en la entrada del hotel y se sentaron junto al ingeniero inglés en unas butacas del tresillo.  Finkelstein empezó a explicarles a Ashley y a Jane cuál seria el plan del día que harían los tres, antes de que, al final de la tarde, ellas partieran hacia Los Ángeles desde el Aeropuerto Internacional de San Francisco. En primer lugar, los tres viajarían en coche a Sacramento por la autopista I-680 W, que recorre la bahía de San Francisco por su lado más oriental y en dirección norte y después tomarían la autopista I-80 que les llevaría a Sacramento, la capital del Estado de California, donde almorzarían juntos tras la visita que le harían a un notario de la ciudad.

Posteriormente, a primeras horas de la tarde acudirían a la Universidad Berkeley donde se reunirían con el profesor de física, Aarón Chernick, primo de  la compañera fallecida, Rachael Adler, y con el que ella había trabajado durante el último año pasado desarrollando la fase Beta del Algoritmo del Big Brother. Ashley también había trabajado entonces con la Profesora Rachael Adler y el Profesor Chernick por lo que le conocía muy bien a este último. Tanto Ashley como Jane escucharon el plan con cierta cara de asombro porque no entendían el alcance y las razones de las visitas que debían hacer ese día, antes de que volaran a Los Angeles. Sabían lo que iban a visitar y lo que iban a hacer pero no por qué, ni para qué. Finkelstein que traducía lo que los cerebros de aquellas dos mueres estarían pensando mientras él les explicaba el plan, solo les comentó:

— Comprendo vuestra extrañeza y desconcierto pero ya os iréies enterando por el camino.

Así pues, y siguiendo el plan trazado,  se encaminaron los tres en coche hacia la capital del estado de California. Al llegar a Sacramento, abandonaron la autopista I-80, avisando previamente de la desviación al coche de detectives que les seguía, y tomaron la autopista Lincoln, hasta llegar al Lago Natoma donde entrarían a la urbanización que estaba situada en los altos del Lago Natoma —Lake Natoma Hights. Descendieron del coche frente a una casa situada en la calle Las Encinitas. La casa que se llamaba “The Oak’s Mill” o “El molino de roble”, estaba hecha de paredes de piedra y venía cubierta por un tejado de pizarra gris de dos aguas. Tenía dos plantas de unos 150 m2 de superficie cada una de las plantas y encima de ellas destacaba un gran desván.

Adosado a una de las paredes laterales de la casa se encontraba también un cobertizo cerrado que debía hacer de garaje y de trastero para guardar herramientas y albergar un pequeño taller. El jardín de la casa era grande y tenía un pozo ya seco, así como varios árboles y bancos para sentarse. De una de las ramas gruesas de un viejo roble colgaba un columpio para dos personas con un nombre grabado que decía: “Jeffrey”. La parte trasera orientada hacia el oeste tenía tres ventanas que daban a un prado muy grande que, a su vez, limitaba con un bosque de robles en pendiente.

Allí, Joseph Finkelstein, buscó en la pared trasera de la casa que daba al bosque cercano, una piedra de la pared donde hubiera un bajorrelieve semejante a la forma de un regulador centrífugo que se suele representar mediante el dibujo esquemático de dos bolas semi-caídas, adjuntadas por cuatro brazos articulados a las mangas de una varilla vertical. Antes de abrir la puerta de la casa, Joseph Finkelstein comentó algo, dándole a la entonación cierto aire de misterio.

En una piedra localizada a unos dos metros de altura sobre el nivel del suelo y situada encima de una ventana, el ingeniero inglés puso sus dos manos sobre las esquinas superiores de la piedra que tenía el bajorrelieve del regulador centrífugo y las apretó a la vez con el dedo gordo de cada mano. La piedra se deslizó hacia adentro y dejó un hueco del que Finkelstein extrajo un juego de llaves. Antes de abrir la puerta de la casa, el inglés comentó algo que tampoco se le entendió y dándole un aire de misterio parecido al que había producido antes.

La casa parecía un museo que representara una casa de finales del siglo XX o principios del siglo XXI. Aparecían fotos en las paredes de la casa y también sobre algunos paradores y mesillas. En una de las repisas, junto a un libro de turismo sobre el norte de Italia, se encontraba una foto en la que se veía al matrimonio formado por Jerry y Berta Miller con su sobrino Jeffrey al lado, dándole la mano a la tía Berta y a un hombre alto más joven, situado en la esquina derecha de la foto.

— ¿Sabéis quiénes son los de la foto? —preguntó Finkelstein con cierta sonrisa de ironía a las dos mujeres que le acompañaban y que estaban terriblemente perdidas, al desconocer incluso el motivo por el que estaban en aquella casa.

Durante el viaje, desde que salieran de Palo Alto, tanto Ashley Scott, que era la que conducía, como la detective Jane Foster, que sobre el papel iba como guardaespaldas, le preguntaron varias veces cuál era el motivo del viaje a Sacramento. Como contestara siempre con evasivas y decía que allí lo verían. No siguieron preguntando. Al llegar a la casa, se enteraron que había sido propiedad de los tíos de  Jeff, Jerry y Berta Miller, y que, tras la muerte de los dos, ahora le pertenecía a Jeff Miller.

Jane Foster, aunque había visto algunas fotos de la familia de Jeff en su casa de Los Ángeles, distinguió vagamente a Jeff, cuando era un niño de unos diez años, y a los que dedujo que serían los tíos de Jeff pero confesó que ignoraba quién era el hombre joven que aparecía en la foto. Sin embargo, Ashley Scott que tras lo que había declarado previamente Jane Foster, adivinó fácilmente quiénes eran los tíos y quién era Jeff pero, también acertó, como buena fisonomista que era, al decir que el hombre joven de la foto era Riccardo Della Rovere, pero unos cuarenta años más joven.

Joseph Finkelstein se cruzó de brazos mirando a las dos mujeres para exclamar con una amplia sonrisa:

— Siempre me ha encantado trabajar con mujeres inteligentes. Si os soy sincero. Yo en vuestro lugar no hubiera acertado. Se fijó en la hora que marcaba su reloj para hacerles señas a las los mujeres de que tenían prisa para estar a tiempo para la cita previamente acordada con el notario en Sacramento.

Llegaron poco antes de la hora, tras haber dejado el coche al cuidado de los guardaespaldas, cerca del portal donde se encontraba la oficina del notario en la calle Capitol Mall de Sacramento. La oficina estaba situada entre el famoso puente Tower Bridge y el emblemático edificio del Capitolio del Estado de California. Al llegar en el ascensor a la tercera planta, entraron en una oficina donde, en su interior, una mujer les aguardaba para conducirlos al despacho del notario,  que era conocido como el viejo Byron Macdonald. Allí, en una gran mesa que estaba al fondo de su despacho, al otro lado de su escritorio, estaban preparados una serie de documentos apilados. Alrededor de esa mesa, se sentaron los tres recién llegados y pronto les acompañaría el notario.

Tras presentarle Joseph Finkelstein al notario las credenciales que le acreditaban como albacea de la voluntad del difunto Riccardo Della Rovere, éste adelantó a los allí presentes que Jeffrey Miller era hijo natural de Riccardo Della Rovere y, por tanto, según rezaba su testamento, era el heredero universal de todos sus bienes y propiedades. También, aparecieron datos del registro de nacimiento en los que constaba que Jeffrey era hijo de Susan Harrison y de un padre desconocido.

El hijo, llamado al nacer Jeffrey Harrison, había nacido en Los Ángeles. En otro documento, firmado ante el mismo notario y realizado hacía diez años, cuando sus padres y sus tíos habían muerto, se aportaban las pruebas de paternidad en las que se demostraba por los análisis del ADN, que Riccardo Della Rovere era el padre biológico de Jeff Miller. En aquel preciso momento, más que las caras de Jane Foster y de Ashley Scott, eran las miradas, las que se cruzaban entre ellas y las que le dirigían a Finkelstein, las que pedían a gritos que, cuando salieran, el ingeniero inglés les contara todo el chisme porque ellas estaban completamente perdidas. O, en realidad, no se encontraban tan perdidas como pensaban sino que ellas no se lo querían creer. No querían admitir que Jeffrey Miller era hijo de Riccardo Della Rovere.  

Durante el almuerzo en un restaurante del distrito histórico del Viejo Sacramento y, sobre todo, a lo largo de gran parte del camino que conecta Sacramento con Berkeley, por la autopista interestatal I-80 E, se podría decir que literalmente,  Joseph Finkelstein fue asaltado a preguntas por parte de Ashley y Jane. La historia era adecuada para el guión de una serie de telenovela. Según les contó Finkelstein, el apellido de soltera de la tía Berta era Della Rovere. Ella era médico y también era la hermana mayor de Riccardo Della Rovere. Se casó con Gerald Miller, conocido familiarmente como Jerry, y que también era médico. Se casaron cuando trabajaban los dos de internistas en el mismo hospital de Los Ángeles. Al cabo de unos años, les ofrecieron a los dos ir a trabajar como traumatólogos en el Hospital Thanksgiving de  Sacramento y allí vivieron hasta el final de sus días.

— Bueno, eso está muy bien, pero cómo nos explicas que Riccardo fuera  el padre de Jeff —preguntó de nuevo Ashley que estaba un poco cansada de que Finkelstein les dijera que se esperasen, porque las cosas debían guardar su oportunidad y su tiempo.

— Eso es un poco más complicado de explicar. Así que, prestarme atención y no me interrumpáis hasta que termine —inició el ingeniero la narración— Cuando  Gerald y Berta se casaron en Los Ángeles, en el mes de Julio. La boda fue sólo por lo civil, e invitaron a unos pocos amigos comunes pero, por el contrario, no pusieron límites para invitar a todos los familiares que pudieran venir a la boda. De Italia, llegaron más de veinte parientes y, entre ellos, su abuela paterna, sus padres y su hermano pequeño Riccardo que ya había cumplido, hacía sólo una semana, los dieciocho años y era un joven alto y apuesto que empezaba en octubre sus estudios de derecho y economía en una universidad belga. De la parte del novio, llegaron algunos amigos del novio, y que eran amigos de él de toda la vida. También acudieron sus correspondientes parejas y también sus padres, y su hermano el pequeño Billy, de veinticinco años, que iría acompañado con una chica con la cual había empezado a salir y que era de Temecula, California, pero trabajaba en Los Ángeles de maestra en un escuela o colegio de monjas que atendían a niños con discapacidades —Finkelstein detuvo su relato para preguntarles si le seguían la narración de los hechos  y comprobó que sí. Tanto Ashley como Jane, que iba al volante, emitieron unos ruidos guturales que querían ser de aprobación, al tiempo que movían sus cabezas arriba y abajo, en señal afirmativa. Después, el ingeniero inglés continuaría con su relato.

— La chica acompañante de Billy Miller se llamaba Susan Harrison y  tenía recién cumplidos los veintidós años. Todo iba bien entre esta joven pareja hasta que Billy, después de la comida de boda en el restaurante de un conocido hotel de Los Ángeles empezó a beber más de la cuenta, junto con otros amigos de la cuadrilla de su hermano que no tenían pareja. Susan le dijo que dejara de beber y le amenazó  con que, si no lo hacía, ella se iba. El muchacho queriendo hacer las paces con su chica le prometió que no bebería más y, para que estuviera contenta, sacó a su pareja a bailar. Antes de empezar a interpretar la siguiente canción, el cantante propuso tocar una canción lenta en la que, cuando él diera tres palmadas, los bailarines deberían realizar el conocido cambio de pareja. Quiso la buena o la mala suerte que la parte más lenta de la pieza musical coincidiera mientras bailaban algo más juntos, al estilo italiano, Susan Harrison y Riccardo Della Rovere. Al juntarse al azar para bailar juntos, entre los dos hablaron, se cayeron bien desde el principio, y algo más se encendió en sus corazones porque los jóvenes siguieron, ajenos al cambio de parejas, bailando juntos hasta el final de la canción. Nada más el último repique de la batería hubo acabado, cuando, como si fuera una bestia celosa, saltó Biily Miller hasta donde se encontraba Riccardo Della Rovere y le pegó fuerte con una botella en la cabeza. A pesar de que era más fuerte y más alto, el brutal golpe recibido le hizo caer al italiano y perder el conocimiento.  Estando inconsciente y ya tumbado en el suelo, se iba produciendo un charco de sangre que surgía de la herida de la misma cabeza. Susana fue la que primero le dio un valiente empujón a Billy, al que ya le agarraban neutralizándole varias personas, y después se inclinó sobre Riccardo para atenderle, mientras pegaba gritos de ayuda reclamando un médico y que alguien llamara a una ambulancia —de nuevo, Finkelstein detuvo su narración para comprobar con mayor detalle si Ashley y Jane le iban siguiendo. No fue necesario preguntar porque la mirada de Ashley lo decía todo. Pero, a pesar de ello, ella exclamó con cierto enfado:

— ¡Por favor, Joseph!, sigue hablando y no te pares y acaba de contarnos todo antes de que lleguemos a Berkeley —Joseph que conocía a su amiga Ashley desde hacía más de veinte años, no dijo nada. Cuando ella estaba nerviosa, o se ponía de mal humor, su enfado podía llegar a ser terrible. Finkelstein, que lo sabía por experiencia, sólo se limitó a sonreirle a su amiga y continuó con la narración.

— Acudieron varios médicos amigos de los novios que le atendieron como pudieron, cerrándole la herida con gasa de algodón y, a falta de vendas, colocándole trapos de cocina atados a la cabeza. Cuando por fin llegaron los camilleros, sin pensárselo ni un segundo, Susan se metió en la ambulancia y se fue con el herido al hospital. Desde que Riccardo fue abatido hasta que se lo llevaron al hospital en una ambulancia, todo había ocurrido en menos de media hora. Había sucedido en el momento en el que los novios habían subido a una habitación del hotel, a cambiarse de ropa para irse de fiesta, cómodamente vestidos, con los amigos e invitados. Cuando bajaron al restaurante, la música había acabado y ya los músicos recogían sus instrumentos. Berta vio a sus padres llorando mientras sus familiares les consolaban y se acercó a abrazarlos. Allá se enteró de lo que había pasado y le dijo a su marido, también con lágrimas en los ojos, que atendiera a los invitados a la boda, ya que ella se iba al hospital donde estaba su hermano herido, cosa que su marido, totalmente apenado, y enfurecido y avergonzado, la vez, por la actuación de su hermano, lo comprendió perfectamente y le deseó una pronta recuperación para Riccardo. Cuando Berta salía en un taxi del hotel rumbo hacia el hospital, le pareció que al hermano de su marido le metían esposado en un coche patrulla de la policía —de pronto, como viera el ingeniero inglés que ya se estaban acercándose a las afueras de Berkeley, cambió de tema y empezó a contar el objeto de la reunión con el físico Aarón Chernick, primo y colaborador de Rachael Adler que trabajaba  como investigador en la Universidad Berkeley, no sin antes prometer a las dos mujeres que, antes de llegar al Aeropuerto Internacional de San Francisco, les habría contado todo lo que faltaba.  En aquel aeropuerto, tomarían el avión para volar a Los Ángeles y juntarse con Alison Blair y su familia, en la casa refugio de Newport Beach que ambas ya conocían; en especial, Jane.

VII

Siempre se había dicho que el Despacho Oval de la Casa Blanca era más que la oficina oficial del Presidente de los Estados Unidos de América y era algo muy cierto. Representaba también un símbolo de la autoridad y el poder de lo que suponía la presidencia de los Estados Unidos. Y, como no, un excelente lugar para hacer fotografías históricas, tanto a nivel privado como público.

El Despacho Oval se situaba en el Ala Oeste de la Casa Blanca. La oficina había sido diseñada con forma ovalada, quizás para que las reuniones que allí se celebraran mantuvieran un calor y un ambiente de connivencia que no evitaban las tres ventanas altas orientadas hacia el escritorio que tradicionalmente había sido el escritorio Resolute. En la sala también existía una chimenea en el lado norte que reforzaba la intimidad del ambiente, a pesar de su relevante carácter público.

Para entrar al Despacho Oval se podían utilizar cuatro puertas. Cada una de ellas, con significados y propósitos diferentes, Así, la puerta del lado Este daba al Jardín de las Rosas y se comunicaba inmediatamente con la naturaleza. Por el contrario, la puerta del lado Oeste conducía a un cuarto de estudio que permitía una mayor concentración, en la más estricta soledad, a la vez que comunicaba con el mundo de los problemas y sus soluciones, a través de otra puerta que daba a la oficina del jefe de Gabinete de la Casa Blanca. La puerta del lado Noroeste permitía la entrada de todo aquel que viniera desde el corredor principal del Ala Oeste; es decir, de la mayoría de los mortales. Y, por último, la puerta de lado Nordeste conducía a la oficina del secretario o secretaria del presidente.

Si las paredes del Despacho Oval pudieran hablar, podrían contar miles de historias conocidas y de anécdotas increíbles que impactaron fuertemente sobre el desarrollo y la construcción del mundo. Aquella noche, dentro de los confines que marcan las famosas paredes arqueadas del espacio que protagoniza el Despacho Oval del presidente, se iba a producir una relevante reunión de seguridad, donde el Presidente Brown, rodeado de algunos de sus altos cargos y sus asesores, tomaría una decisión que sería trascendental para el mantenimiento de la democracia y de las libertades a nivel, no sólo estadounidense, sino también mundial.

Poco a poco, fueron concentrándose todos los invitados a aquella decisiva reunión de seguridad en la antesala exterior situada próxima a la puerta del lado noroeste del Despacho Oval. Cuando Robert Stone, Katty García y Jeff Miller llegaron, en la antesala se encontraban esperando algunos asistentes a la reunión que estaba convocada para las 19.30. Jeff reconoció en seguida al Secretario de Estado norteamericano, Alan Berkowitz, al Fiscal General, Ryan Clinton, al Secretario de Defensa, Oscar Flynn y al Jefe del Pentágono, Almirante James Custer a los que saludó con simpatía. También había tres personas más, vestidas con uniforme militar que fueron presentados a Jeff como ayudantes del Jefe del Pentágono. Por los distintivos y el tipo de uniforme,  Jeff reconoció que uno de los militares era un comandante de marines de la Base de los Marines de Quántico, Virginia. Poco más tarde, llegaría el Jefe de Gabinete de la Casa Blanca, Thomas Smith, a quien Jeff conocía mucho mejor, acompañado de dos hombres y una mujer  que él presentó a todos como asesores en tecnología militar. En total, seis altos cargos, siete asesores y Jeff Miller, que ni él mismo sabía en calidad de qué estaba invitado a aquella importante reunión.

Cuando fueron conducidos al interior, el Presidente colgaba el teléfono y se levantaba de su silla del escritorio Resolute para acercarse a recibirles a todos.  Saludó uno a uno por su nombre a todos los asistentes a la reunión y cuando llegó el turno de Jeff Miller, el apretón de manos duró algo más de la cuenta, al tiempo que mirándole fijamente a los ojos al detective californiano le comentaba.

— Como Presidente que soy de los Estados Unidos de América quisiera darle las  gracias a usted por el hecho de que el mensaje que usted capturó contribuirá salvarme la vida y nos ha permitido realizar esta reunión. Así pues, es para mi un honor que esta noche se siente con nosotros, también  como representante de la sociedad civil, y participe en la toma de esta decisión determinante que hoy tendré que poner en marcha. Espero vivamente señor Miller que contribuya con su criterio a que sea la más correcta y la más eficaz —concluyó el Presidente Brown su saludo al que Jeff Miller agradeció con una reverencia y un cerrar de ojos, por los que se colaba una ligera lágrima de emoción.

Una vez todos los invitados a la reunión estuvieran ya presentes y,  tras unas palabras breves de introducción al propósito de la reunión por parte del Presidente Brown, tomó la palabra el Jefe del Pentágono, Almirante James Custer, para centrar el problema de la seguridad desde un enfoque militar que era el que tenía mayor interés. A su juicio, se trataba de un ataque conocido previamente y, por tanto, evitable y, razonablemente, defendible.

La primera opción que debía plantearse era si se anulaba o si se trasladaba la Cumbre del G-7 a otro emplazamiento más seguro o no. La respuesta la dio el propio Presidente Brown cuando afirmó rotundamente que él no se iba a echar a atrás por los golpistas y que consideraba que las fuerzas armadas de Estados Unidos serían capaces de hacer frente a este ataque terrorista planteado en el terreno militar de un ataque con misiles.

El Almirante Custer agradeció esta respuesta al Presidente Brown, añadiendo que él pensaba lo mismo. Jeff Miller tenía sus dudas pero prefirió callar hasta escuchar en qué consistía la propuesta considerada como la alternativa final.  Valoró el potencial de daños que un ataque con misiles inteligentes tierra-aire de corto-medio alcance podía ocasionar y lo consideró muy alto, teniendo en cuenta además que eran misiles hipersónicos que podían volar a velocidades de 6 Mach. Sin embargo, también añadió que, que dadas las características y la capacidad de ataque y defensa del nuevo Marine One, un único equipo de lanzamiento de misiles no constituiría ningún problema.

El Marine One era un helicóptero VH-92A que utilizaba cientos de aplicaciones basadas en tecnologías de Inteligencia Artificial y que, si se quería, podía volar de manera autónoma o manejado mediante control remoto. Su capacidad de autodefensa era increíble pues estaba dotado de un sistema protección balística avanzado, mejorado con armadura ligera.

En caso de ataque con misiles, el helicóptero podía dar en el aire unos quiebros increíbles para evitar, en unos pocos segundos, el impacto de misiles. Los asientos y el tren de aterrizaje retráctil también estaban diseñados para resistir cualquier colisión. Sin embargo, no era un helicóptero de ataque, por lo que sería conveniente que al Marine One le acompañaran, como se acostumbraba, en lugar de otros helicópteros VH-92A de la Base de los Marines de Quántico, tres helicópteros de ataque AD-64D Apache Longbow que eran considerados como los helicópteros multi-misión más letales de todos.

El helicóptero Longbow Apache podía efectuar un ataque en 10 segundos. El radar de control de fuego Longbow incorporaba un interferómetro de frecuencia de radar integrado para la ubicación pasiva e identificación de amenazas de emisión de radar. Un AH-64 Apache Longbow estaba armado con 16 misiles Hellfire, ocho debajo de cada ala y su ametralladora M230 Chain Gun proporciona una velocidad de disparo de 625 proyectiles por minuto. También está dotado con un sistema de armas de precisión avanzada (APKWS), que lanzaba cohetes de 70 mm.

Según explicaron los expertos en tecnología militar, el helicóptero AH-64D Longbow Apache estaba equipado con un radar de onda milimétrica. El radar de control de fuego incorporaba un interferómetro de frecuencia de radar integrado para ubicación pasiva e identificación de amenazas emisoras de radar. Una ventaja de la onda milimétrica era que funcionaba en condiciones de poca visibilidad y, por tanto, era menos sensible a las alteraciones del terreno. En resumen, en pocos segundos, sus procesadores eran capaces de determinar la ubicación, la velocidad, la dirección del disparo y el trayecto a seguir por el misil para un máximo de 256 objetivos diferentes.

De cualquier modo, a la hora de estimar los riesgos potenciales nunca se podría asegurar que, en un ataque con misiles, la probabilidad de destrucción del Marine One fuese cero. El comandante de marines de la Base de los Marines de Quántico era el comandante que pilotaría el helicóptero al día siguiente y aseguro que él y sus hombres estaban muy confiados en que no habría ningún problema en cuanto a seguridad se refería. Sin embargo, cuando se le preguntó si él garantizaría el éxito en un 100% no se atrevió a asegurarlo.

En un momento determinado, cuando casi todo el mundo había hablado menos Jeff Miller, el propio Presidente Brown le preguntó al detective que expusiera cual sería a su juicio la solución más correcta, de manera que garantizara un éxito total del 100%. Éste respondió sin vacilar que lo mejor seria evitar que el Presidente Brown volara en el Marine One ya que éste podía hacerlo de manera autónoma. El vuelo debería ser acompañado por cuatro helicópteros AH-64D Longbow Apache, dotados con una capacidad de ataque increíblemente rápida y eficaz a la hora de destruir la batería de lanzamiento de misiles del enemigo. Una vez neutralizado el ataque de misiles, el presidente Brown podría volar a Camp David sin ningún problema, acompañado por otros helicópteros Marine One. Todos los que estaban en la reunión asintieron, incluso el comandante de marines, por lo que, al poco tiempo, el presidente Brown dio la reunión por terminada y ordenó a todos que siguieran fielmente las órdenes que de todo lo acordado se desprendía. El Jefe de Gabinete se encargaría de levantar un acta y enviarla encriptada a los que estaban allí presentes, como responsables de todas las operaciones a activar coordinadamente. Ellos se encargarían también de trasmitirlas a sus subordinados siguiendo la cadena de mando.

VIII

Al llegar al despacho del Físico Aaron Chernick en la Universidad Berkeley, él ya les estaba esperando y había preparado, incluso, cafés, refrescos y algunos trozos de tarta para todos. Saludó con mucho respeto a Joseph Finkelstein y atendió muy bien a Jane Foster cuando se la presentaron, pero al abrazar y darle un beso a Ashley Scott, los dos se emocionaron vivamente por los recuerdos vividos en aquel mismo despacho, junto con la difunta Rachael Adler. Fueron momentos duros por lo inesperados que surgieron y es que, a pesar de que el tiempo parece que transcurre y hace que se olviden muchas penas y dolores, siempre hay recuerdos que permanecen latentes como los rescoldos y sólo necesitan un ligero soplo de viento para que las llamas aviven de nuevo su fuego.

Desde el principio, el tema se centró en la carta que su prima, Rachael Adler, le había entregado a Chernick para que, asuma vez, éste se la entregara a Finkelstein, si es que a ella le pasara algo. Finkelstein asintió diciendo que el mismo día del funeral de Rachael en San José, él la había recibido de sus manos y tras haberla leído ya tenía bien claro lo que ello significaba. Para el ingeniero inglés, tal como decía la carta, la decisión que tomara Riccardo Della Rovere de no sacar de California la Edición Beta mejorada del Algoritmo del Big Brother y de depositar sólo la Edición Alfa en la caja de seguridad de Zurich fue una verdadera bendición de Dios.

Rachael Adler, siguiendo órdenes estrictas de Riccardo Della Rovere, entregó solamente la Edición Beta mejorada del Algoritmo del Big Brother al director del Proyecto Chronos, Jeremy Morgan, alias JM. A su vez, la copia de la Edición Alfa sería recogida de manos de Rachael y entregada al depositario de la valija diplomática del FMI, para que, más tarde, Riccardo Della Rovere la pudiera depositar personalmente en Zurich como requería el sistema de seguridad biométrica de la sede central del banco suizo UBS AG.

Ahora se entendía porqué las capturas realizadas en la red por el superordenador cuántico de 100 cúbits —que recogían también los informes del Algoritmo de Big Brother, y que manejaba Page Capital y su coalición golpista— estaban recomendando actuaciones cada vez más erróneas y sesgadas que no cumplían con los cinco postulados básicos de prudencia, coherencia, pertinencia, transparencia y verosimilitud.

A las 17.30, desde el despacho de Aaron Chernick, se estableció una conexión mediante videoconferencia con el ordenador fijo de Iñaki Andraka, en su domicilio de Perth. La diferencia horaria era de 15 horas y aunque en la costa oeste de Australia eran las 2.30 de la mañana del día siguiente, Ariel e Iñaki se miraban muy despejados. Se trataba de una videoconferencia punto a punto, a través de la red encriptada que manejaba el superordenador cuántico de Almadén. Tras los saludos iniciales, siempre alegres y cargados de bromas simpáticas entre amigos, Joseph Finkelstein miró el reloj y fue directo al grano. Al otro lado de la pantalla, aparecían las imágenes de Ariel Shem-Tov e Iñaki Andraka. La voz de inglés decía:

— Hemos interceptado varios informes del Big Brother —dijo el ingeniero inglés refiriéndose a la mega-entidad Page Capital y sus acólitos— y estamos seguros que para muy pronto piensan originar un gran crack financiero a nivel mundial. Recuerdo que vosotros dos ya trabajasteis ese escenario con la versión alfa del Algoritmo del Big Brother y que dio unos resultados de quiebra catastrófica porque la venta de acciones a partir de un nivel se volvía algo imparable e imposible de controlar.  ¿Las correcciones que se encuentran en la Versión Beta, las integrasteis en la versión Alfa? —aunque sabía que la respuesta iba a ser negativa, Finkelstein hizo aquella obligada pregunta, por si acaso.

— ¡En absoluto, Joseph!  Todos los ajustes se incorporaron únicamente a la versiones Beta y Beta+ o versión Beta mejorada. La versión Alfa quedó siempre como referencia con sus errores incluidos  —explicó Iñaki.

Durante casi hora y media, estuvieron planteando el contraataque en el caso muy probable de que los golpistas intentaran repetir el escenario consistente en provocar el crack financiero mundial. Entonces, Finkelstein y su equipo, gracias a la versión Beta del Algoritmo del Big Brother, sabrían cómo actuar. Era muy predecible que Arnold Page lo intentara, creando un pánico en los mercados a nivel global. En dicha situación, lo primero que haría antes del pánico sería intentar capitalizarse mediante la venta anticipada del valor de sus acciones cuando los valores de éstas estuvieran aún altos.

GoldenSpring, la empresa líder a nivel mundial en gestión de inversiones, administración de riesgos y servicios de asesoría, se encargaría de manejar los fondos de pensiones y otros fondos de inversiones a los que asesoraba para que fueran ellos los que compraran las acciones de las mega-entidades como Page Capital antes de la caída abrupta del precio de las acciones. Es cierto que dichos fondos quebrarían pero para Arnold Page sería sólo un daño colateral.

Era fundamental coordinar el pánico creado por la precipitada venta de acciones, la difusión de noticias falsas y los atentados terroristas para provocar una caída abrupta y generalizada de los mercados financieros que bajarían hasta límites insospechados el valor de sus acciones. Esta situación de desplome brutal de los mercados financieros sería aprovechado para que la mega-entidad Page Capital, aprovechando el control de los algoritmos de comercialización informatizados hiciera la compra masiva de empresas, incluidas las suyas propias que poco antes las habría vendido, a través de GoldenSpring, a los que ahora eran fondos de pensiones pero que luego habrían quebrado.

Ariel Shem-Tov gestionaría desde Australia la puesta en marcha y el funcionamiento del Algoritmo del Big Brother en versión Alfa y la conexión online entre el ordenador de Haifa, Israel, y el superordenador cuántico de 100 cúbits de Almadén, San José, California. De este modo, se podrían enviar las instrucciones más afinadas posibles al Algoritmo del Big Brother Beta+ de manera que facilitase la quiebra de las empresas de Page Capital y demás integrantes del Estado Profundo mundial y evitara el colapso de los mercados financieros a nivel planetario. Se trabajaría desde San José y por ello Joseph Finkelstein se trasladaría a vivir durante un tiempo a un apartotel de San José, California.

De camino hacia el Aeropuerto Internacional de San Francisco, tal como lo había prometido, Joseph Finkelstein contó el resto del chisme, ante el entusiasmo del Ashley y Jane. Durante los tres días que Riccardo permaneció en el hospital hasta que le dieron el alta médica. Susan acudió todos los días a visitarlo. Normalmente, durante el transcurso de dichas visitas, la joven casi siempre coincidía con los padres, la hermana y el cuñado del herido —el hermano de Billy, el muchacho con el que estaba saliendo y que le causó la herida en la cabeza a Riccardo— que también le visitaban.

Solamente, el ultimo día tuvieron diez minutos para estar solos y cuando ella, al llegar, se acercó a darle un beso en la cara. Él se movió para darle también un beso a ella en la cara, pero debido al movimiento torpe que hizo, los labios de ambos se juntaron. Se miraron a los ojos pero ninguno de los dos dijo nada y quedaron para verse al día siguiente en la puerta de la entrada de un cine que ambos conocían.

Al día siguiente, ella llegó a la cita muy bonita, bien arreglada aunque de una manera sencilla y oliendo a un fragante perfume de rosas, iba vestida con faldas hasta la rodilla y una camisa fluida al estilo campesino. Él iba vestido impecable para la época de los 70. Llevaba los clásicos pantalones de talle alto y acampanados por debajo y un suéter ajustado. Se había echado gomina al cabello al estilo italiano y no se afeitó el bigote que le había crecido durante los tres días que pasó en el hospital. Todo eso lo hacía para parecer mayor ya que ella le llevaba cuatro años.

Del cine, donde se pasaron toda la película besándose, se fueron a un motel que ella conocía y allí vivieron una verdadera noche de amor. A la mañana siguiente, ella se fue pronto a trabajar y él se fue directamente al hotel donde estaba hospedado junto con sus padres.  Se lavó, se afeitó y peinó, se echó un poco de perfume y acudió a la habitación de sus padres en la planta de arriba pero no estaban.

Bajó al restaurante del hotel y allí los encontró alegres tomando el desayuno. Su madre le preguntó qué había hecho, si lo había pasado bien con la chica, a qué hora había regresado, etc. Riccardo, para evitar muchas preguntas por parte de su madre, respondió con monosílabos, al más puro estilo adolescente, y ella, ante la sonrisa benigna de su marido, que siempre lo hacía en estas situaciones recordando también sus años mozos y las preguntas inquisitorias de su madre, se cansó de preguntar y le acarició la mano a su hijo en plan benevolente.

Una vez se hubieran expuesto las muchas y detalladas preguntas de la madre y se hubieran oído las pocas, vagas y huidizas respuestas por parte del hijo, el padre anunció que al día siguiente tomarían un avión hacia Paris y después, antes de regresar a Italia, irían a la Universidad de Lovaina-la-Nueva para inscribirle a Riccardo en sus estudios de derecho y ciencias económicas. Ese mismo día y al día siguiente, Riccardo llamó a casa de Susan para hablar y despedirse de ella y le contestó otra chica que le dijo que ya le pasaría el recado a Susan pero no hubo respuesta. Riccardo y su padres regresaron a Europa y, desde allí, el joven le envió media docena de cartas sin respuesta alguna. La última carta fue enviada desde Lovaina-la-Nueva, Bélgica.

A los dos meses y medio, Susan tuvo la noticia de que estaba embarazada. Lo supo con ocasión de unos análisis de sangre rutinarios que le hicieron en el colegio donde trabajaba. Aunque ella no era muy practicante, su familia era católica de origen inglés, y se negó a abortar. El problema era que ella ignoraba quien sería su padre. Solamente había dos hombres que podrían serlo. Billy Miller, con el que estuvo saliendo unos meses hasta el triste y lamentable día de la boda de su hermano, y el jovencito Riccardo Della Rovere con el que había pasado una noche loca. En ambos casos, los chicos utilizaron preservativos pero se sabía que éstos a veces también fallaban.

Cuando ya nada se podía ocultar porque lo decía la propia naturaleza de su estado, Susan contó a sus padres que se encontraba embarazada. Contrariamente a lo que ella hubiera esperado, sus padres no le recriminaron nada. Susan pensó que su madre se habría dado cuenta antes y que le habría puesto al tanto de la situación a su padre, calmándole para que no dijera nada.

En el colegio, las monjas se alegraron con la noticia. Desde el Concilio Vaticano II, el proceso de apertura y de  “aggiornamento” (la puesta al día) de la Iglesia Católica se había puesto en marcha y en algunos lugares había calado más que en otros. Así pasó en el colegio donde trabajaba Susan como maestra de niños discapacitados y donde estaba muy bien considerada y valorada profesionalmente.

A los meses de dar a luz y tener al hijo, a quien pondría el nombre de Jeffrey, en honor a su abuelo paterno, un Billy Miller más maduro le llamó un día por teléfono. Hablaron y quedaron en verse el fin de semana. Allí Billy conoció al niño y en seguida se enamoró de él. Por las fechas en las que nació pensó que el niño aquel era hijo suyo sin dudarlo.

El muchacho que trabajaba de piloto de aviación en una aerolínea local que realizaba recorridos cortos, conectando los aeropuertos de California y los de los estados contiguos, empezó de nuevo a cortejarla. Al año siguiente se casaron y Billy Miller adoptó al pequeño Jeff. Ella nunca le afirmó ni le negó que el niño fuera hijo suyo. Tampoco Susan le dijo que no lo sabía, ni le habló nunca de Riccardo Della Rovere. Tras el accidente aéreo de sus padres, Jeff quedó huérfano y fue recogido por sus tíos que vivían y trabajaban en Sacramento.

Cada varios años, y siempre que viajaba a Estados Unidos, Riccardo solía hacerle una visita de un par de días a su hermana y su familia. Hacia cuatro años que no lo hacía porque no se había dado la oportunidad. Riccardo, a pesar de que sólo tenía treinta y dos años, había empezado a trabajar entonces como subdirector de planificación del Ministerio de Obras Públicas, Transporte y Comunicaciones de la República italiana. En aquella visita, Riccardo conoció a Jeff Miller, cuando era un niño de apenas 11 años.

El impacto a primera vista fue muy grande pues Riccardo se reconoció a si mismo cuando también era un niño. En un momento, en el que su hermana y él se quedaron solos, le comentó a ella lo del parecido entre ambos.  Berta asintió con la cabeza y le hizo un gesto para que hablara más bajo pues su marido y el niño podían oírles. Le dijo que para ella también Jeff  y él eran muy parecidos y no sólo en la cara, sino también en los gestos y el carácter. Le añadió, con lagrimas en los ojos, que la fallecida madre del niño era alguien que Ricardo conoció hace tiempo. Al decirle que su nombre de soltera era Susan Harrison se le encendió una luz dentro de él que desde hacía años había estado apagada y le vinieron unas imágenes donde ella aparecía desnuda en sus brazos, en la habitación de aquel motel.

El niño también sintió algo con Riccardo, al percibir en él, algo familiar. En cierto modo, era como su tía Berta pero que le trataba como un padre. Durante esa visita, Jerry Miller se sintió celoso con su cuñado Riccardo, pues el niño Jeff quiso sacarse las fotos agarrándose de la mano con su tía Berta y de la mano del hermano de su tía, Riccardo. Una semana después de irse Riccardo, mientras Jerry y Berta Miller contemplaban aquellas fotos, el matrimonio tuvo una fuerte discusión y Jerry empezó a meterse con Riccardo. Aquella noche Jeff se había quedado a dormir en la casa de un amigo del colegio. Berta se ofendió muchísimo por las cosas que su marido decía de su hermano.

Llegó un momento en el que, incluso, empezó a hacer las maletas con la intención de irse de la casa, mientras lloraba desconsoladamente. Pero, felizmente, las aguas volvieron a su cauce cuando Jerry, al ver que su esposa a la que amaba tanto se iba, se arrepintió de su postura y le pidió perdón, avergonzado de su actuación y con el corazón partido por los que una separación entre los esposos Miller  le hubiera representado a él. Berta también amaba tremendamente a su marido y lo perdonó. Aquella trágica escena nunca más volvería a repetirse en la historia de su matrimonio.

Riccardo Della Rovere sabía que tenía un hijo natural, al que no podría reclamar nunca, porque destrozaría a su cuñado, Jerry Miller, y también a su hermana Berta. De igual modo, su hijo Jeff Miller no lo aceptaría porque sus padres estaban muertos y tendría siempre el recuerdo y la memoria de ellos. Además, siendo y viviendo como soltero, él tampoco estaba en condiciones de adoptar al niño y vivir con él, porque no lo educaría como es debido, cosa que su hermana y su cuñado lo harían perfectamente. Su único consuelo era que podría verlo crecer a distancia y velar siempre por él y quien sabe si en futuro, ellos, Riccardo Della Rovere y Jeff Miller, podrían reconocerse como padre e hijo.

El acceso al Aeropuerto Internacional de San Francisco había comenzado y pronto entrarían en la terminal desde donde salía el vuelo con destino a Los Ángeles. Joseph Finkelstein les despidió cariñosamente a las mujeres y les dio saludos especiales para Alison y su familia. De reojo les vio correr a sus amigas hacia el mostrador de la aerolínea para hacer el check-in de las maletas. Un guardaespaldas tomó el volante de su coche, sentándose en el mismo lugar donde antes lo hiciera Jane Foster. De pronto, el inglés se sintió cansado y pidió que fueran al hotel de Palo Alto. Allí dormiría por esta noche y, al día siguiente por la mañana, se trasladaría al aparthotel de San José, para trabajar en el contraataque diseñado para evitar un eventual  colapso financiero provocado, principalmente, por Page Capital. Igualmente, esperaría la llamada de Jeff Miller esa noche, informándole de la reunión de la Casa Blanca. Objetivamente, Joseph Finkelstein no estaba nada preocupado por el eventual  ataque con misiles contra el helicóptero del Presidente Brown. Sabía que, gracias al uso de las nuevas tecnologías, al Marine One le resultaría fácil eludir o anular las aviesas intenciones de  los terroristas.

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