EL ALGORITMO DEL BIG BROTHER—12 Capítulo

Por Juanjo Gabiña

Capítulo 12

La avaricia ciega la mente y deja caer la bolsa

I

En el año 2023, la aglomeración urbana de Tokio se había convertido en el área urbana más poblada del mundo, con casi 44 millones de habitantes, bastantes más que Canadá y toda Australia. La aglomeración de Tokio comprendía un todo-urbano que incluía a 87 ciudades y, entre ellas, las prefecturas del Área Metropolita, Kawasaki, Chiba, Ibaraki, Tochigi, Gunmen, Saitama, Kanagawa y la zona rural de Yamanashi, entre otras.

El Gran Tokio representaba el 42% de la población urbana de Japón y el 34% del total de su población. Entre las ciudades del mundo, era la única mega-ciudad que aparecía como una gran ciudad primaria, ya que representaba más del 40% de la población urbana del país. En realidad, se trataba de una región completamente cubierta de edificios.

Después de Tokio, Mumbai era la segunda aglomeración urbana más grande, con una población de 26 millones de habitantes, seguido de Delhi con 23 millones, Dhaka con 22 millones y Sao Paulo con 21 millones.

Japón era la tercera economía del mundo por volumen de PIB, por detrás de Estados Unidos y de China, representando el 6,6% del PIB mundial. Su deuda pública, en el año 2022, representaba el 316,26% del PIB. Japón era el segundo país por volumen de deuda, lo que le hacía ser el país más endeudado del mundo. Su deuda per cápita es de 130.428 dólares por habitante, un dato que reflejaba  que sus habitantes eran los más endeudados del planeta.

En el año 2020, debido al coronavirus, la tasa de variación anual del IPC en Japón en diciembre de 2020 fue del -1,2%.  En el año 2021, la tasa de variación anual del IPC fue de -0,6%.  La última tasa de variación anual del IPC publicada en Japón en diciembre de 2022 era del 1,5%. Sin embargo, hasta tres años antes, el IPC crecía en torno al 1,1%. Durante el año 2023, la economía iba empeorando y se notaba en que el coste de los productos básicos había aumentando lo que más.

La tradicional baja tasa de desempleo japonesa, situada en torno al 2,5%, y que hacía que Japón fuera el país con menor tasa de desempleo del mundo, había pasado  a la historia. Desde hace dos años la tasa de desempleo había superado los dos dígitos y ya se situaba en el 17%. La digitalización, la robotización y la aplicación intensiva de la IA a las actividades relacionadas con la banca, las finanzas, la consultoría y, en general, los servicios a las empresas, los servicios de salud y de educación y, en general,  los servicios de administración pública, habían eliminado el 20% de los puestos de trabajo y amenazaban con otro tanto en los próximos años. Sin embargo, el excesivo envejecimiento de la población paliaba este efecto de manera considerable, hasta el punto que se consideraba una gran ventaja competitiva.

La rápida robotización de los servicios y de los procesos de fabricación y el prodigioso desarrollo de la IA o Inteligencia Artificial, habían reducido el empleo y se preveía para los próximos años una reducción de empleo de un 25% el empleo en el sector industrial. Un sector que tradicionalmente había sido tan importante a nivel estratégico para Japón y cada vez lo estaría siendo mucho más. En cuanto al Índice de Desarrollo Humano o IDH, que elabora las Naciones Unidas para medir el progreso de un país y que, en definitiva, nos muestra el nivel de vida de sus habitantes, indicaba que los japoneses estaban perdiendo calidad de vida, a pasos agigantados.

Por su parte, el Índice de Percepción de la Corrupción del sector público en Japón había caído hasta valores muy significativos. Nada que ver con la puntuación de 73 puntos conseguida años atrás, antes del recrudecimiento de la crisis y cuando sus habitantes tenían entonces un bajo nivel de percepción de la corrupción gubernamental.

Para hacer frente a este rebrote virulento de la crisis que se disparó con la crisis de la COVID-19  y que favorecía el deterioro de la calidad de vida, pero también el de la convivencia social y el de los principios y valores tan asentados en la cultura japonesa, el recientemente asesinado Primer Ministro de Japón, Aito Takahashi, había impulsado la elaboración de un Plan Estratégico que llevaba su nombre: Proyecto de futuro Takahashi – Japón 2040.

En dicho plan se apostaba a tope por las nuevas tecnologías y por una reducción fuerte de las horas de trabajo, en todos los sectores económicos. Se perseguía compartir la ocupación y reforzar el sentido de pertenencia, la solidaridad y las señas identidad, en un contexto globalizado donde la aportación de cada país al resto, radicaba en la medida que un país fuera más equitativo con sus habitantes y que éstos se hicieran dueños de su propio futuro.

Para el año 2040, se calculaba que la jornada de trabajo sería de tres días y medio de trabajo laboral y tres días y medio de descanso. A su vez, el plan venía acompañado de un plan de choque a niveles social, laboral, educativo y fiscal que conllevarían la aplicación de fuertes medidas antitrust para acabar con el omnipotente poder de los Zaibatsu.

Aquella mañana de Abril, justo al acabarse los tres días de luto por la muerte en atentado del Primer Ministro Aito Takahashi, se produjo la mayor caída de la historia en  la Bolsa de Tokio. En tan sólo media hora, el yen se desplomó con respecto al dólar, pasando a valer casi un 10% menos.

La Bolsa de Tokio cerró abruptamente. El índice bursátil Nikkei cerró un 9,23%, menos. en respuesta a la pérdida de confianza de los inversores tras el magnicidio. Un crimen horrendo que estaba creando un pánico generalizado en el mercado bursátil de Tokio. Topix, el segundo indicador más importante, que rastreaba todas las empresas nacionales de la Primera Sección de la Bolsa de Tokio, cayó un 10,4% y sufrió su peor caída intradía, en más de dos décadas.

Como se esperaba, Hoshi Fujimoto, el ministro japonés de Economía, Comercio e Industria del Gobierno provisional recién creado, habló a los medios de comunicación queriendo quitar hierro al asunto pero dejando claro que, si se descubría que había habido manipulación política, intervendrían dura y contundentemente contra los autores.

Fujimoto señaló también que, después de la abrupta caída de las acciones ese día, se analizarían las causas reales y otras posibles, inducidas por otras causas ajenas al mercado, y que, una vez proyectada su posible evolución, se tomarían las medidas que se consideraran oportunas para calmar al mercado bursátil —y, de paso, perseguir a los posibles delincuentes— Finalmente, el ministro japonés añadió que, entre las medidas a considerar, nunca había que descartar el cierre provisional de la bolsa.

II

Desde hacía una década, y con el auge de los ordenadores financieros, éstos se habían hecho cargo de los mercados bursátiles. El mundo super-secreto y super-rápido del trading algorítmico había nacido. Anteriormente,  el comercio de acciones bursátiles solía estar limitado por la rapidez con la que un agente de bolsa podía gritar a otro y acordar un precio. Ahora estaba limitado por la velocidad de un electrón, a través del cable de cobre, de las microondas y de la fibra óptica. Este hecho había causado, por decirlo suavemente, algunos cambios muy importantes.

Las noticias financieras llegaban a los mercados antes que a los medios de comunicación porque los robots recibían la información en base a sistemas de transmisión por microondas que ganaban milésimas de segundo a la fibra óptica que utilizaba el resto. Todos los algoritmos están diseñados para sacar ventaja de la anticipación. Lo que también acelera la capacidad de reacción de los algoritmos de negociación robótica para comprar o vender rápidamente sus participaciones en segundos y en función de cómo hayan sido las noticias.

Las plataformas automáticas de comercio electrónico (comercio de alta frecuencia, HFT) podían llegar a provocar baches en el mercado. En 2020, el índice industrial Dow Jones se desplomó en más de 1.200 puntos y las acciones de algunas grandes empresas cayeron en más del 90%. Se produjo  una perturbación del mercado tan potente que llegó a conocerse como la “falla repentina”. Los valores de algunas acciones cayeron casi hasta el suelo. Miles de millones de dólares se perdieron. Y todo esto sucedió en menos de una hora.

Hoy en día, alrededor del 90% de las acciones de Estados Unidos se comercializaban de esta manera, un 85% para los mercados europeos y un 78 % para el mercado japonés, según un estudio del Banco de Inglaterra realizado en el 2021. Los programas informáticos ejecutaban órdenes de compra y venta que se basan en complejos algoritmos y fórmulas, sin que ningún ser humano participara en el proceso.

En un día típico de negociación, los ordenadores realizaban entre el 80% y el 85% de las operaciones comerciales pero cuando los mercados eran extremadamente volátiles, podían representar el 97% de los intercambios. Se utilizaban algoritmos que resolverían problemas matemáticos, enviando órdenes de compra y venta de acciones en base a parámetros establecidos. Los especialistas introducían una serie de reglas en el ordenador para que los algoritmos analizaran de manera instantánea cuándo era el mejor momento para comprar o vender.

En cierta medida, gracias a la Inteligencia Artificial y el auto-aprendizaje de las máquinas informáticas, éstas podían  incluso tomar decisiones basadas en grandes datos que podrían modificar los niveles para comprar o vender.  Los algoritmos de hoy en dia eran capaces de escuchar, de analizar y de interpretar gran cantidad de información. Además, gracias a estos algoritmos, las máquinas podían tomar decisiones de corrección y responder de manera automática a eventos que se producían en el mercado en tiempo real. El problema era que los algoritmos solían ser más o menos parecidos, ya que trabajaban utilizando los mismos puntos de activación y lógica de respuesta temprana. Lo que provocaba que las oscilaciones de impulso fueran aún más rápidas.

Una vez que los mercados arrancaban y se habían fijado las instrucciones de compra y venta de acciones y bonos, los ordenadores se hacían cargo de todo y tomaban el control. La gran ventaja del mercado bursátil electrónico era que las máquinas eran inteligentes y cometían menos fallos que los seres humanos, no experimentaban dudas, ni sufrían temores de la misma manera que lo hacían las personas cuando percibían la oportunidad de comprar o de vender.

Solamente, en el mundo de los mercados financieros, el mercado de divisas o mercado Forex, en el que se negociaban las operaciones entre las diferentes monedas que existían en el mundo, el volumen de dinero que se movía en este mercado es de cerca de 1,8 billones de dólares diarios al día, 1,8×1012/día. Las bolsas mundiales más activas en la negociación de divisas eran la bolsa de Londres, la de Nueva York, la de Tokio y la de Singapur, por ese orden. A su vez, las monedas que más se negociaban en el mercado internacional de divisas eran el dólar americano, el yen japonés, el euro y el franco suizo.

Sin embargo, como todas las operaciones comerciales se realizaban a la velocidad de la luz, también podían ocasionar grandes caídas en las bolsas en muy poco margen de tiempo, ya que su velocidad era mil veces superior a la de los seres humanos. Ese día, la Bolsa de Tokio conoció una fuerte caída del yen pero fue tan sólo un aviso. Un ensayo que había sido dirigido y totalmente controlado por el Algoritmo del Big Brother y que, como estaba programado, apenas tendría efecto en las demás bolsas mundiales, como así ocurrió.

III

La casona de los Della Rovere se situaba en medio de la montaña que asciende de la costa ligur de Savona hacia el Piamonte. Dicha propiedad, un tanto palaciega, había pertenecido a la familia de Riccardo Della Rovere durante siglos. Desde la casona, rodeada de un ambiente natural de colinas y montañas, el paisaje se transformaba en una verdadera maravilla de la creación, con el estallido de la belleza excepcional que representaba el azul de Mar Mediterráneo. Todo era un conjunto de costa, valles y montañas donde, tanto en invierno como en verano, se vivía entre el azul del mar y el verde de los olivos y de los pinos.

Desde aquella rústica morada de los Della Rovere, se contemplaban también los tejados del casco histórico de Savona con sus característicos callejones, los célebres “carruggi”, que abrían paso a plazuelas formadas por casas con singulares fachadas que reflejaban los típicos colores mediterráneos y sus interesantes peculiaridades arquitectónicas. Siguiendo la línea litoral de Savona, se dibujaban unas playas finísimas y el largo paseo marítimo con palmeras. Como guinda de aquel bucólico cuadro pictórico,  lejos de la costa surgían dos islas límpidas, rodeadas de aguas prístinas, y que eran consideradas como reservas naturales regionales por sus tesoros paisajísticos.

Pero lo que más destacaba de Savona eran los recuerdos de un pasado glorioso que daban un aroma de glamour a sus habitantes. Para muchos amantes de la historia, resultaba un gran placer escuchar las grandes historias protagonizadas por los antepasados de los que habitaban los pueblos de la región de Liguria. Unas historias que guardaban celosos los lugareños en el fondo de su corazón, así como en el fondo de las paredes y armarios de sus moradas pero que las ofrecían generosamente cuando cogían confianza con la gente de fuera. Los Della Rovere de la casona de la montaña, en sus orígenes, también habían formado parte de una familia ilustre, al menos fueron parte de una rama algo secundaria pero que dio continuidad al apellido.

Todo debió comenzar con Francesco Della Rovere, que habiendo nacido en el seno de una familia humilde de Savona, sería coronado más tarde Papa, bajo el nombre de Sixto IV. Tras su subida al papado, se extendió su genealogía y su escudo de armas que llevaba sobre un fondo azul, un roble, “rovere” en italiano. Poco después, la familia Della Rovere reforzó su posición cuando Giuliano Della Rovere, sobrino de Francesco, tras muchas intrigas palaciegas y disputas con los Borgia, lograra ser elegido también Papa, bajo el nombre de Julio II (1503-1513).

Hoy en día, se reconocían las consecuencias tan positivas que tuvieron las actuaciones, tanto políticas como culturales, del Papa Julio II que, para mayor gloria de la Iglesia Católica y de su doctrina, movilizara a Miguel Ángel, Bramante y Rafael, entre otros, llevando a cabo la construcción de la nueva basílica de San Pedro y la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina por Miguel Ángel. Tanto las “Estancias” de Rafael, como la Capilla Sixtina, constituían hoy en día un majestuoso programa iconográfico de lo que representaba la grandeza del pontificado de Julio II.

Riccardo Della Rovere había nacido en el seno de una familia ilustre pero que, con el paso de los siglos, y las ventas de muchas heredades, había ido económicamente a menos. Sin embargo, el ansia por el saber y la cultura había ido siempre a más, tal como lo mostraba la inmensa biblioteca de la casona que ocupaba toda la primera planta de unos 320 m2. El padre de Riccardo había sido profesor de Historia de la Universidad de Génova, una institución muy antigua y que fue fundada en 1471, gracias a una bula del Papa de la familia Della Rovere, Sixto IV, que concedió a la República de Génova para que ésta pudiera impartir grados de enseñanza.

En su familia, sus padres habían sido longevos y superaron fácilmente los 90 años.  Riccardo Della Rovere había tenido una hermana que se llamaba Berta y que era ocho años mayor que él. Berta Della Rovere cursó estudios de medicina en la Universidad de Génova y, al terminar su licenciatura, consiguió una beca para realizar su doctorado y trabajar como médico internista en el Centro Médico UCLA de Los Ángeles, California. En el Centro Médico UCLA conocería a otro médico internista como ella, con el que se casó y viviría en Los Ángeles, al principio, y luego vivieron en Sacramento, California, hasta el día de su muerte.

Hacia media mañana, un helicóptero donde viajaba el Primer Ministro italiano, Luigi Salviati, había despegado del aeropuerto de Génova-Cristóforo Colombo, construido en una península artificial junto al puerto de Génova y a tan sólo seis kilómetros del centro de la ciudad. El helicóptero se dirigía hacia la Casona de los Della Rovere ubicada en Savena, donde aterrizaría después, tal como lo había hecho otras veces. Allí, rodeados de fuertes medidas de seguridad, le esperarían otros masones para darle honor y lealtad a Riccardo Della Rovere y esparcir sus cenizas al viento, por las tierras de la Casona. Según la masonería, la verdadera maestría está reservada para aquellos que han traspasado las puertas de la muerte.

En la biblioteca de la Casona, tapizado de negro e iluminada por unas luces tenues, se habían dispuesto tres pilares que rodeaban la urna con las cenizas del trágicamente fallecido Riccardo Della Rovere. El pilar de la Sabiduría se dispuso en el ángulo sudeste junto a una gran estantería de libros de dos pisos, el pilar de la Fuerza se colocó en el noroeste, hacia la montaña, y el pilar de la Belleza en el sudoeste, frente a una gran ventana que daba hacia el Mar Mediterráneo.

A su vez, los capiteles de los pilares se correspondían igualmente con tres estilos arquitectónicos clásicos: el estilo jónico, el estilo dórico y el estilo corintio. Estos tres estilos también representan tres cualidades o estados del alma humana que, al ser vividos en el interior del ser, hacían posible su transmutación y contribuían, por tanto, a la edificación del templo interior, del cual, el templo material era la figuración simbólica.

Cuando el Vigilante del funeral masónico hubo exclamado, con voz grave y sepulcral: “Falta el hermano Della Rovere. La cadena se ha roto”, el Gran Maestro dijo unas palabras de semblanza sobre el muerto, donde pasó muy deprisa por su vida recordando, de manera especial, sus méritos durante sus años como parlamentario, ministro, embajador y director general del FMI, para centrarse en sus creencias y entrega al progreso y a la defensa de la democracia y las libertades hasta el punto de haber dado la vida por ello. Fue un discurso muy emotivo, sobre todo, dada la crueldad con la que Riccardo Della Rovere había sido asesinado.

IV

La ciudad inglesa de Southampton, situada en el suroeste de Inglaterra,  siempre había crecido sin darle la espalda a su fachada marítima. Southampton era una ciudad que siempre había estado relacionada con el mar y el puerto había sido una de las principales actividades económicas creadoras de empleo para la ciudad. Hoy en día, además del importante tráfico de pasajeros que soportaba, era el más importante puerto de transporte de mercancías de la costa del canal de la Mancha, con varias terminales de contenedores.

El puerto de Southampton también tenía instalaciones para la importación y exportación de vehículos. Se habían construyeron cuatro instalaciones de almacenamiento de parking de varias plantas, para proporcionar doce hectáreas de almacenamiento sobre el suelo, y próximamente se ampliarían. Los buques portavehículos roll-on-roll funcionaban en todas las partes del mundo. Los trenes de automóviles y camiones de transporte de automóviles proporcionaban transporte de vehículos desde y hacia el puerto dentro de Gran Bretaña. De este modo, Southampton se convirtió en el principal puerto del Reino Unido para las exportaciones e importaciones de vehículos en los últimos años.

A diferencia de otros muchos puertos británicos, como Liverpool, Londres o Bristol, en los que la industria y la actividad portuaria habían abandonado los centros urbanos dejando espacio para la reurbanización, Southampton mantuvo dentro del casco urbano gran parte de su actividad industrial. Sin embargo,  parte del puerto fue reutilizada para construir el centro de ocio “Ocean Village”.

Las instalaciones e infraestructura del puerto para la importación y exportación de vehículos se situaban en los muelles orientales. Allí es donde se habían descargado la víspera del atentado del buque portavehículos Cosco Shipping Flanders y que fue hundido frente a las costas de Flandes, Bélgica, a la altura del puerto belga de Ostende.

El Servicio de Seguridad, también conocido como MI5 era la agencia de inteligencia y contrainteligencia doméstica del Reino Unido que, a su vez, formaba parte de una maquinaria de inteligencia más compleja que abarcaba al Servicio de Inteligencia Secreto (MI6), a la Sede de Comunicaciones del Gobierno (GCHQ) y a la Inteligencia de Defensa (DI). El MI6, al igual que la CIA y NSA era una agencia de espionaje de la que se sabía que estaba muy infiltrada por el Estado Profundo Mundial.

Sin embargo, el MI5 que estaba dirigido por el Comité Conjunto de Inteligencia (JIC), estaba sujeto a la Ley de Servicio de Seguridad de 1989. El servicio estaba dirigido a proteger la democracia parlamentaria británica y los intereses económicos, y a contrarrestar el terrorismo y el espionaje en el Reino Unido.

Desde su sede situada en el edificio Thames House en Millbank, Londres, la Directora General del MI5, Clarissa Cooper hablaba por videoconferencia con la Secretaria de Estado para el Departamento del Interior del Gobierno británico, Angela Hall, y con la Comisaria Jefa de Scotland Yard, Brenda Wright. Se había confirmado la participación del Capitán Wolfgang Weber del Comando de las Fuerzas especiales de la Marina alemana, KSM, con sede en Eckernförde, Alemania.

Los pistas encontradas no dejaban lugar a dudas. En primer lugar, en el fondo del muelle donde el buque portavehículos Cosco Shipping Flanders había atracado para descargar 3.555 coches eléctricos de diferentes modelos de la marca BYD, se encontraron unas gafas de buceo idénticas a las que utilizaba el Comando de las Fuerzas especiales de la Marina alemana.

La noche que colocaron los explosivos en distintos puntos de la carena, o parte sumergida del buque, debieron irse a celebrarlo, ya que unas cámaras situadas a la entrada de un famoso club de alterne de Southampton mostraron imágenes de Wolfgang Weber, acompañado por otros tres hombres jóvenes de fuerte contextura física y con pelo muy corto que, aunque todavía no habían sido identificados, era casi evidente que se trataba de soldados.  A su vez, las cámaras de uno de los accesos al puerto a los muelles orientales, habían  captado imágenes de uno de los hombres que acompañaba a Wolfgang Weber en el club de alterne, con otros dos más, que guardaban las mismas características. Ello indicaba que en la preparación del atentado habían participado, por lo menos, seis hombres.

Se unieron cabos y se investigaron todas las salidas posibles que el comando hubiera podido utilizar en el área de Southampton. Se visionaron todas las webcam y las bases de datos digitales relacionadas con aeropuertos, gasolineras, restaurantes, bares y comercios en especial del Condado de Hampshire. El programa de reconocimiento facial mostraba que no coincidía ninguna de los cientos de miles de nuevas imágenes con las que ya se habían obtenido a la salida del puerto y en la entrada del club de alterne. Pareciera como si se estuviera siguiendo una pista falsa.

La idea que dio con la respuesta vino desde Ostende. Al inspector Guy De Smet responsable de la oficina provisional de la policía belga para la lucha contraterrorista que se había ubicado en el Centro de Coordinación y Rescate  Marítimo del Puerto de Ostende, MRCC, se le había ocurrido que su equipo analizara de nuevo las imágenes vía satélite del momento en el que se produjo el atentado del buque chino.

Las imágenes las habían visto cientos de veces pero nunca habían tenido en cuenta de que la detonación se hizo por control remoto, desde un punto que estuviera, lo suficientemente próximo, como para verificar que no había embarcaciones próximas que pudieran verse afectadas por las explosiones y causaran algunos muertos innecesarios. Los militares cumplen órdenes pero no son asesinos, y mucho menos de civiles indefensos. Habían preparado la operación de hundimiento del buque de modo que no hubiera ningún muerto y así lo habían conseguido

El inspector Guy De Smet y tres miembros de su equipo observan las imágenes en pantalla grande. Comprobaron que, en el instante mismo de la explosión, en un radio de cinco millas náuticas sólo había una embarcación. Lo curioso era que estando ese yate tan cerca del buque chino, en el momento de las explosiones, no hubiera acudido en ayuda de las posibles victimas.

Al contrario, enfiló hacia el noroeste a toda velocidad. La respuesta la encontrarían siguiendo la trayectoria del yate hasta que atracara en algún puerto. El zoom sólo permitía saber el tipo de yate que era y leer el nombre de la embarcación y el puerto donde estaba matriculado en la popa pero no se podía leer la matricula del yate escrita en la proa. Se veía, de una manera muy nítida que el nombre del yate era “Mag Bloien” y que estaba matriculado en el puerto de Amberes, Bélgica. Las imágenes de ocho horas más tarde, mostraban que el yate había hecho su entrada en uno de los puertos de yates deportivos de Amberes, situado en el barrio de Eiladje y conocido como la marina del muelle de Willem.

Las cámaras recogieron a seis hombres que descendían del yate con bolsas y maletas y se metían en tres vehículos que los estaban esperando. Las siguientes imágenes se captarían, dos horas más tarde, en el interior del aeropuerto  de Amberes-Duerne, con ocasión del embarque de ocho hombres en el avión de la compañía VG, en el vuelo directo de la tarde que iba a Múnich. Se tenían ya los nombres de todos por la documentación presentada y que coincidía con la de los correspondientes billetes de avión. De igual modo, se conocían también los pasaportes de los que seis que habían desembarcado del yate Mag Bloien, procedente de Amberes, al atracar días antes en el puerto de Southampton. Sólo quedaba dar una orden de captura de los terroristas en el territorio belga, enviar una euro-orden a la policía alemana y solicitar que los terroristas fueran extraditados a Bélgica.

La Secretaria de Estado para el Departamento del Interior del Gobierno británico, Angela Hall, comprendía que tras la alegría que representa haber identificado a los culpables, se entraba en una fase muy delicada. Tal como estaba la situación en Alemania, quizás convendría tomar precauciones a la hora de elegir a quien dirigirse. Era una situación parecida a la que se les estaba planteando con respecto al MI6, la CIA y otros organismos de Inteligencia por las infiltraciones que había habido en su cúpula.

— Dejadme que me reúna con el primer ministro y que haga algunas consultas y os informo. Mejor es que, por ahora, no entremos en escena nosotros y que enviemos los resultados de nuestras investigaciones a Bruselas — concluyó Angela Hall despidiéndose de la Comisaria Jefa de Scotland, Brenda  Wright, y de la Directora General del MI5, Clarissa Cooper. Ambas también se despidieron de ella y quedaron en hablar cuando hubiera alguna novedad. Mientras tanto, sería el Gobierno belga el que debería mover ficha, una vez hubieran enviado a la policía belga un informe detallado sobre la preparación del atentado en el Puerto de Southampton por parte de militares del Comando de las Fuerzas especiales de la Marina alemana.

V

La autopista interestatal I-95 en dirección norte que discurría entre Washington DC y Baltimore, Maryland, se encontraba con algunos tramos en obras de mejora de la carretera por lo que la aplicación para smartphone “Waze” aconsejaba tomar la interestatal MD 295 N, más conocida como la autopista Anacostia. A Jeff Miller aquella carretera le traía gratos recuerdos de cuando estuvo enrolado en los marines. Durante un tiempo, prestó sus servicios en la Estación Naval de Anacostia para pasar luego al Escuadrón Uno de los Marines (HMX-1) que se ocupa de los helicópteros presidenciales Marine One y cuyo centro de operaciones estaba ubicado en la base de los marines de Quántico, Virginia. Éste sería el destino último de Jeff Miller en los marines, llegando a ser varias veces copiloto del Marine One.

Jane Foster conducía el vehículo mientras Jeff miraba el mapa de Baltimore, donde, en la avenida, Union Ave, se encontraba la supuesta dirección de la empresa contratista del Pentágono, Smart Forces Association Ltd. Se trataba de un gran almacén de casi hectárea y media de extensión. El viaje les tomaría sólo 50 minutos de tiempo que era el correspondiente a lo que duraba recorrer 65 km por aquel trazado en coche. El trabajo que tenían que hacer era el de investigar en qué consistía el funcionamiento de dicho almacén, que tipo de materiales almacenaba y si en él se encontraban las oficinas quién el era el jefe. Se sabía que el CEO de Smart Forces Association Ltd era un tal Jack Barnes.

De paso, también vigilarían las entradas y salidas del almacén por si se presentaba Raymond Lehman y también alguno de los que le acompañaban el día que asesinaron a Riccardo Della Rovere. Por si fuera necesario, el truco de hacerse pasar como agentes del tesoro para entrar en cualquier sitio, bien fuera una residencia particular o una empresa, y hacer preguntas, era algo que siempre funcionaba muy bien. Jeff Miller y Jane Foster tenían hasta carpetas, credenciales  y tarjetas de visita con nombres ficticios que lo acreditaban. Gracias al Departamento de Policía de Washington DC, también habían conseguido que la oficina de urbanismo del Ayuntamiento de Baltimore les enviara los planos del almacén.

Acababan de aparcar frente a un gran almacén situado cerca del puerto de Baltimore, en Union Avenue, donde en un letrero pequeño se leía el nombre de la empresa: Smart Forces Association Ltd. Todo el perímetro del almacén estaba vallado y había cámaras y sensores cubriendo todos los ángulos. En el recinto destinado a los almacenes, había tres puertas de acceso al recinto por la fachada principal. Una de las puertas era para coches y peatones  y las otras dos eran para camiones.

Las salidas de los camiones se situaban a ambos lados y la salida de coches y peatones en el centro. El almacén era de una planta y tendría una altura de siete metros. Solamente, en la parte delantera de la nave se habían construido dos plantas, manteniendo el edificio la misma altura. Los detectives dieron varias vueltas al edificio y se apartaron a una distancia de unos trescientos metros donde Jane Foster estacionó el coche. Jeff Miller se bajó del coche y se puso un buzo de empleado de limpieza municipal. Después con una pala y una bolsa grande se acercó una papelera situada junto a la puerta de acceso para coches. Allí, en el hueco de un poste de madera, colocó un potente amplificador de señal WiFi.

Los detectives eligieron un lugar para aparcar desde donde se tenía un visión de todas las salidas y sus movimientos. El detective Miller se dedicó a apuntar con el zoom de su cámara y a sacar fotos de todo lo que por allí se moviera. También tomaba notas que recogiera tiempos y actividades. Durante casi una hora, entre 9.00 y 10.00 de la mañana, había registrado las entrada de cinco coches y un camión. En total habían entrado ocho personas. Jane Foster, por su parte, ya se había conectado con los repetidores y pinchado once celulares. Había habido varias llamadas pero ninguna había sido importante. Por si acaso, también grababa todas las llamadas salientes y entrantes.

La joven se metió con las señales WiFi que salían de las oficinas y que les llegaban perfectamente a través del amplificador recién instalado por Jeff. Gracias a este amplificador de señales, las ondas WiFi se volvieron muy potentes y estables; en especial dos de ellas. El hecho de dar con las contraseñas WiFi fue mucho más sencillo de lo que ella se esperaba porque el programa informático consiguió hacerlo en menos de diez minutos. Una vez conectado su portátil a la red WiFi del almacén, Jane entró en varios ordenadores y teléfonos móviles y empezó a bajar documentos clasificados del ordenador más potente que, a su vez, eran reenviados al ordenador de un agente del FBI que colaboraba con el inspector Baldacci. Lo mismo se hacía con las llamadas telefónicas que se captaban.

El almacén era un verdadero arsenal de armas sofisticadas, algunas de ellas no convencionales e incluían también armas de destrucción masiva. Las armas tenían diferentes procedencias. Fundamentalmente eran armas fabricadas en Estados Unidos, Rusia, Alemania, Francia, China, España, Suiza, Reino Unido e Israel. A Jane le llamó la atención un documento sobre misiles inteligentes tierra-aire de fabricación rusa. Estos misiles se utilizaban para derribar helicópteros de combate. Las valoraciones que tenía eran excepcionales y había muchos párrafos subrayados. La empresa Smart Forces Association Ltd. había comprado recientemente cuarenta misiles de este tipo. Sin embargo, no se había anotado nada acerca del cliente final.

A media mañana, se captó una llamada de alguien que informaba sobre una noticia que Jeff Miller y su socia, Jane Foster, conocían desde la víspera y que se iba a producir esa mañana y que hacía algo más de media hora que el inspector Robert Baldacci del FBI les había confirmado por teléfono. La noticia era que, a primeras horas de la mañana, el FBI habían detenido a Raymond Lehman en su domicilio de Annandale, Virginia, como uno de los presuntos asesinos del Director General del FMI, Riccardo Della Rovere.

La llamada provenía de un teléfono de Washington DC, de alguien cuyo nombre de pila era Donald e iba dirigida al celular de Jack Barnes, el CEO de Smart Forces Association Ltd. La información facilitada por Donald había sido breve y concisa. Jeff Miller pensó que el informante, tal era la seguridad con la que se expresaba, debía ser alguien que era muy conocedor del tema y seguramente del FBI. Algunos comentarios que hizo eran propios de alguien que ocupaba un alto cargo pero que no tenía mando directo, porque si bien era informado con detalle, lo hacían con posterioridad a que los hechos se hubieran producido. Jack Barnes y el tal Donald habían quedado en verse a las 8.00 de la noche en la cafetería de un conocido hotel del centro de Washington DC.

Ya, hacia el mediodía, la joven socia se ofreció para comprar unos cafés y unos sándwiches de un bar situado a dos manzanas de Union Avenue. Cuando ella regresó al coche, Jeff estaba hablando por el celular con el sargento Jefferson del Departamento de Policía de Washington DC.

— La buena noticia es que George Harris está dispuesto a testificar en contra de Raymond Lehman y de Jack Barnes. Ya hemos dado la orden para que lo incluyan dentro el programa de protección de testigos, WITSEC, de Washington DC, aunque pudiera ser que el FBI reclame que sea el Departamento de Justicia de Estados Unidos y que opera el Servicio de Alguaciles de Estados Unidos el que se ocupe de su seguridad —comentaba el sargento Martin Jefferson

— ¿Te refieres a Jack Barnes, al que conocemos como el CEO de la empresa Smart Forces Association Ltd? — preguntó Jeff Miller

— Sí, el mismo. Mis ayudantes Sandra Báez y Patrick Newman grabaron la conversación que mantuvieron con George Harris en la que afirmaba que escuchó a Raymond Lehman decirle al otro asesino que le entregara a Jack Barnes los maletines refrigerados con los ojos y las manos del muerto. La conexión entre el asesinato de Ricardo Della Rovere y Jack Barnes es evidente —afirmó el sargento de la Policía de Washington DC.

— Me parece una buenísima noticia Jefferson. Nosotros ahora seguimos otra pista que viene al caso. Tenemos que esperar la salida  de Jack Barnes y seguirle porque se va a encontrar con el topo que les pasa información desde dentro de alguna oficina gubernamental —quedaron en mantenerse en contacto y acabaron la conversación.

En el almacén de Smart Forces Association Ltd. comprobaron que a las cinco y media de la tarde solamente había cinco personas. La mayoría de los que trabajaban en el almacén habían salido y sólo quedaban tres personas que debían ser de seguridad. Las otras dos personas que quedaban entonces se encontraban en las oficinas de arriba. Una de ellas era el propio Jack Barnes que no paraba de hablar por teléfono y de recibir y enviar emails y mensajes.

La otra persona era su secretaria Karen, a la que no paraba de llamar y dar órdenes relacionadas con la preparación y distribución de documentos para enviar a terceros. Las palabras más frecuentes que se utilizaban en los mensajes medio cifrados que recibían y enviaban eran las cinco palabras siguientes:

– q0s46q

– 70q6

– qs08

– 0ssvn

– 52s6fyl

De la oficina central de Page Capital, alguien, sin dejar firma alguna, había enviado tres veces el siguiente mensaje a Jack Barnes:

— 2q 2r  8vw52sx67 q0s46q 2r s607l 5vs 6ku68q67 70q6  96qn66w f.aa 0w7 e.aa 0x, qs08 R0w42 y0, us6u0s6 g 0ssvnr 5vs 52s6fyl

Ese mismo mensaje fue reenviado a otras ocho personas cuyas direcciones electrónicas fueron también recogidas y reenviadas al FBI. El inspector del FBI, Robert Baldacci, se comprometió que para antes de las 22.00 estaría todo descodificado.

A las 17.50, se apagaron las luces de parte de la oficina y, al poco rato, se abrió la puerta para dejar salir un coche sedán de color rojo que conducía una mujer.  No había ninguna duda de que era la secretaria, a la que su jefe llamaba Karen. Un cuarto de hora más tarde, a las 18.05 se apagaron todas las luces y a los cinco minutos apareció un vehículo todo terreno Chevrolet Suburban. de color gris oscuro, que conducía personalmente el propio Jack Barnes.

Jane Forres manejaba con mucha soltura y se notaba que estaba muy acostumbrada a perseguir a otros vehículos. Guardaba perfectamente las distancias, procurando no acercarse demasiado para no alarmar al coche perseguido, pero tampoco dejaba que éste se alejara demasiado para no tener que perderlo en algún cruce con semáforos. Es cierto que ya sabían a qué hora y dónde se iba a encontrar con Donald, el presunto informante del FBI, y que, por tanto, podían permitirse el lujo de perderlo y reencontrarse con él en el lugar de la cita. Pero como Jack Bornes viajaba con tiempo de sobra querían conocer exactamente todos sus movimientos.

VI

Aarón Chernick no había ido a trabajar aquel hermoso día del mes de Abril. Sabía que tenía muchas cosas que hacer antes de acudir al entierro de su prima, Rachael Adler, con la que había trabajado cinco años en la Universidad de Stanford. Lo hizo previamente a su traslado a la ciudad universitaria  o “University Village” de Berkeley, donde Chernick residiría con su familia para vivir allí y trabajar como investigador en el Lawrence Berkeley National Laboratory —Berkeley Lab.

A su vez, el profesor Aaron Chernick estaba considerado como uno de los más prestigiosos investigadores de ciencias físicas en el famoso departamento de Física de la Universidad de California en Berkeley. Gracias a su contribución y a la de otros profesores y alumnos distinguidos, habían logrado crear una institución modélica de aprendizaje que era líder en investigación científica.

Su relación con su prima Rachael era algo más que familiar. También era profesional,  puesto que también colaboraban juntos en diferentes proyectos de carácter finalista. El último de ellos había sido debido al trabajo conjunto que había desarrollado con Rachael Adler durante las últimas pruebas y ensayos del Algoritmo del Big Brother para la validación final de la fase Beta.

Aquel nombre distintivo del complejo algoritmo siempre le había parecido gracioso pero no ocultaba que también le parecía tétrico e increíblemente peligroso para la humanidad entera. No dejaba de pensar qué pasaría si éste llegara a caer en malas manos. No obstante, su prima Rachael era todavía mucho más temerosa que él de que ello pudiera ocurrir. No se fiaba de nadie e, incluso, más de una vez le confesó a su primo Aaron que se estaba volviendo paranoica, ya que, con frecuencia, ella sentía que estaba siendo espiada.

La noticia del secuestro y de la muerte de su prima le habían dejado a él y a su familia, completamente entristecidos y aturdidos y todavía no se habían recuperado. Cuando realizaban las pruebas y ensayos, que a veces durante casi dos semanas, Rachael se hospedaba en su casa y compartía la vida con su familia. Su mujer y sus dos hijas le querían mucho pues era una mujer entrañable y cariñosa que se hacía querer enseguida.

Aaron Chernick sabía que el entierro de su prima sería a las seis de la tarde, en el cementerio judío de Oak Hill Memorial Park, sito en la ciudad de San José, California. Había pensado partir de Berkeley, con su mujer y sus hijas, hacia las 4.30 de la tarde. Lo harían en su coche eléctrico Tesla por la ruta más rápida, la Interestatal 880.

Antes de partir, el profesor de la Universidad californiana Berkeley cogió un sobre cerrado que tenía muy bien guardado y que debía entregárselo a una persona inglesa, muy amigo de su prima y cuya foto se la había aprendido de memoria. Era un caballero alto, de pelo blanco, delgado y de unos 70 años de edad. Se llamaba Joseph Finkelstein. Cuando se la dio, Rachael le dijo:

— Mientras no te diga nada, si algún dia me matan o la muerte me sorprende, entrégale este sobre a Joseph Finkelstein en propias manos y hazlo, por favor, lo más pronto posible. La manera como podrías contactar con él la tienes escrita en el otro sobre dirigido a ti. Ábrelo cuando ya esté muerta y sigue fielmente las instrucciones que se te indican—y en un tono un tanto más apagado añadió— ¡Ojalá, no tengas necesidad de hacerlo nunca!

VII

La primavera ya había invadido Nueva York y se notaba principalmente en el cambio de escenario que protagonizaba Central Park. Las pistas de hielo del invierno se habían ido transformando lentamente en piscinas a medida que aumentaba la temperatura. Allí, de manera tímida, empezaban a navegar los botes por el lago, saludando a los hermosos árboles de cerezos en flor y al amplio resurgir de árboles floridos, colmados de verdes brotes  y rodeados de atractivos prados que comenzaban a dar la bienvenida a los adoradores del sol que se tumbaban sobre la hierba ellos ávidos por recogen en su cara sus cálidos rayos.

El encanto de la primavera en Nueva York, tras el crudo invierno sufrido a comienzos del año 2023, invitaba a dibujar una sonrisa que surgía desde lo más profundo del alma de los neoyorkinos. Sin embargo, había seres que contemplaban desde los millonarios áticos situados en los edificios circundantes al parque, sin inmutarse un ápice, ya que apenas sentían nada por aquella sinfonía de luces y de colores vivos de la naturaleza que la primavera, en Central Park, convertía en su anhelada maravilla.

Arnold Page contemplaba aquel parque  con los ojos enrojecidos por la ira. Lo hacía desde la ventana de su despacho situado en una de las alas que conformaban el ático de dos plantas de uno de los más famosos edificios que rodeaban Central Park. Allí era donde el multimillonario tenía fijada su residencia principal.

La situación no podía ser peor. Se estaban perdiendo algunas batallas fuera de Estados Unidos y dudaba, incluso, que si no tomaba él las riendas de los combates y dirigía personalmente la lucha por el poder, la victoria final estuviera próxima. Estaba rodeado por un manojo de idiotas, a los que había confiado la realización de acciones estratégicas que, muchas de ellas, habían resultado un fracaso.

Se habían perdido las bazas de ganar en Japón. Si, en principio, el atentado con bomba había sido un éxito ya que se había conseguido eliminar limpiamente al Primer Ministro Aito Takahashi, también se habían cometido muchos errores que habían permitido que el Servicio Secreto japonés descubriera fácilmente a los autores del magnicidio, siguiendo la pista financiera. Tal como Arnold Page había advertido pero que no tuvieron en consideración porque los japoneses no lo vieron necesario. El Primus Senator Arnold Page había defendido la opción de eliminar a todos los autores materiales del asesinato del Primer Ministro japonés para, así, no dejar pistas. Pero tampoco le hicieron caso.

Tirando de los hilos financieros habían detenido a todos los integrantes del Servicio Secreto implicados y también a los dirigentes de los dos Zaibatsu que iban a apoyar al nuevo Primer Ministro y que también habían sido detenidos y encarcelados. A todos los detenidos se les había acusado de magnicidio y de cometer alta traición y, en base a ello, el fiscal solicitaba la pena capital para todos los acusados.

En total, eran más de 120 acusados que contaban con muy escasos márgenes de maniobra para evitar la sentencia de pena de muerte, dadas las abrumadoras pruebas que pesaban sobre ellos. El tribunal que los iba a juzgar había admitido como prueba las declaraciones de los múltiples robots domésticos y empresariales  que habían registrado todos los acuerdos criminales, grabando imágenes y conversaciones que fueron posteriormente reproducidas en pantallas.

El fallo de China se debió principalmente a un error garrafal sobre el que Arnold Page también había advertido. Por precaución, no se podía utilizar el mismo método ya que el servicio secreto chino tomaría sus medidas de seguridad y estarían alertas  a la entrada de drones en el recinto, como así ocurrió. El presidente chino, Chiu Chen, había escapado fácilmente del atentado perpetrado en el complejo gubernamental de Zhongnanhai.  Él proponía que sería mejor envenenarlo, sin dejar pistas financieras, pero tampoco le hicieron caso

Al final, todos los implicados que Arnold Page conocía habían sido detenidos y alguno de ellos torturado hasta la muerte, tal como había sido el caso del Primer Ministro chino, Wang Qiang. El Senator Han Shui, con el que había tenido ocasión de hablar sobre el tema recientemente durante la celebración del Gran Consejo en Eisenach, Alemania, también había sido detenido, al igual que la mayoría de los integrantes del Estado Profundo chino.

Quedaban las bazas firmes de Irán, Turquía, Alemania, España y Francia, las siempre dudosas bazas de Rusia, Arabia Saudí  y Austria y la gran duda del Reino Unido, Brasil e India. Japón se había perdido sin remedio. Sin embargo, seguía siendo muy optimista con respecto a Estados Unidos. La eliminación del presidente Brown era una gran baza que se podría acometer sin grandes problemas. Pero, por si acaso tenía otra baza escondida que jugar. Esta baza no podría fallar y serían unas máquinas las que lo lograrían bajo la dirección e instrucciones del Algoritmo del Big Brother.

Ya entrada la noche, el Primus Senator, Arnold Page, devolvió una llamada al Senator por Alemania y, a su vez, presidente del BCE, Hans von Schönhausen. Éste le contó que estaba preocupado por algunas noticias que le habían llegado por parte de altos mandos de la policía federal alemana, acerca de una euro-orden emitida por la fiscalía belga para detener al Capitán Wolfgang Weber, jefe destacado del Comando de las Fuerzas Navales Especiales de Alemania, KSM, y a siete comandos más que estaban también destacados en la base de Eckernförde. Todos ellos estaban acusados de terrorismo por el hundimiento del buque portavehículos Cosco Shipping Flanders de la naviera china Cosco Shipping,

VIII

Tal como lo había previsto Jeff Miller, al llegar a Washington DC, hacia las 19.10, Jack Barnes se dirigió directo hacia  la zona residencial de Georgetown. Era el barrio, donde se encontraba la prestigiosa Universidad de Georgetown, uno de los barrios más antiguos y exclusivos de Washington DC. También era el hogar de históricas casas adosadas que costaban cada una de ellas más de un millón de dólares. Sus aceras de ladrillo, flores rosadas colgadas de los faroles y la arquitectura histórica no solo hacían que el vecindario fuera encantador, sino que atraían a quienes buscaban algo diferente en Washington DC. También atraían a los asesinos como Jack Barnes

Cerca de Wisconsin Avenue NW, donde se podían encontrar exclusivas tiendas de antigüedades, boutiques de moda, restaurantes exclusivos, discotecas y pubs, el todo-terreno Chevrolet Suburban se detuvo junto a una casa y accionó la apertura de la entrada al garaje. Se encendieron dos luces amarillentas y se izó la puerta de entrada por donde, poco después desapareciera Jack Barnes con su coche.

A una prudente distancia, Jane aparcó el coche y desde fuera, los dos detectives inspeccionaron la casa. Se trataba de una vivienda adosada de dos pisos que tenía lugar para garaje y un pequeño jardín en la parte trasera. Las luces de la casa sólo se encendieron cuando Barnes entró, lo cual quería decir que, o bien vivía solo, o todavía no había llegado nadie más de la casa. Tenía un sistema de alarma antiguo sin conexión a móvil y con sólo una cámara externa de vigilancia.

A ambos detectives se les ocurrió que, sabiendo donde estaba la “Guarida del Lobo”, también sería una buena ocasión para entrar en su casa y registrarla. Era muy sospechoso que dicha casa apareciera registrada a nombre de la empresa petrolera Northern Oil Co, una filial de Gulf & Texas Oil Company, la mayor empresa petrolera del mundo, y que también ésta última perteneciera a la mega-entidad Page Capital.

Tras una breve discusión protagonizada entre Jeff Miller y Jane Foster para decidir quién hacía qué, al final, ellos acordaron que Jeff entraría en la casa de Jack Barnes, en cuanto éste abandonara la casa para acudir a la cita, y que Jane grabaría en el restaurante del hotel, la conversación que mantuvieran Jack Barnes y su contacto, un tal Donald. Ella también se encargaría de tomar fotos para poder identificar con precisión a su contacto, por medio del programa de reconocimiento facial..

Una vez acabado su trabajo de registro en la casa de Jack Barnes, el detective llamaría a un taxi eléctrico autónomo o sin conductor, para que le llevara al hotel donde estaría su socia realizando su trabajo de espionaje. Cuando la reunión de Jack Barnes con su contacto hubiera concluido, Jeff había decidido también seguir a este último, con el propósito de conocer donde vivía y, al día siguiente, registrar también su casa. Jeff estaba convencido de que dicha casa también estaría a nombre de Northern Oil Co.

El reloj no había llegado a marcar las 21.15, cuando Jeff se acercó sigilosamente donde su socia, tapándose la cara con la mano y vistiendo un sombrero vaquero de color marrón y una enormes gafas de sol. El detective hizo amago de sentarse en la silla de al lado de la joven detective cuando una ágil mano se lo impidió.

— ¡Lo siento señor!, pero aquí no se puede sentar ya que esta silla y esta mesa están ocupadas —exclamó con firmeza la muchacha.

— Ya lo sé Jane —respondió Jeff sonriendo, al tiempo que con su gesto contagiaba a su joven socia que lo había reconocido entonces, en el momento que escuchó su  inconfundible voz.

— ¡Jajajaja! —reprimió Jane su risa, poniendo su mano sobre su boca, para no llamar la atención— ¿Y qué  haces tú vestido de incógnito con esa pinta de vaquero gigoló?

—  Pues estoy intentando pasar desapercibido porque, por lo visto mi foto con mi nombre está muy distribuida. En la casa de Barnes, encontré documentación importante que incrimina a mucha gente del mundo de la política pero también había otros documentos operativos donde, en uno de ellos, aparecía mi nombre con mi foto, con la orden de matarme y donde se ofrecía una recompensa de medio millón de dólares a quien lo hiciera.

— ¡Eso es terrible! —le interrumpió Jane— Ahora me explicó porque querían matarte en la Isla Santa Rosa —iba a seguir con otro comentario parecido  pero de pronto se le ocurrió que antes había algo más importante que preguntar a su jefe— ¿Fotocopiaste todos los documentos?

— Lo fotocopié todo utilizando la nueva aplicación que me instalaste en mi teléfono sin GPS. Es una verdadera maravilla. Obtiene siempre una excelente fotocopia, independientemente de la posición desde donde saques la foto del documento —Jeff oyó el ruido de una silla al deslizarse por el suelo e, instintivamente, miró hacia la mesa donde se encontraba Jack Barnes con su contacto. Entonces comprobó que se estaban levantando con la intención de irse.

Jane se levantó de la mesa donde se encontraban, le entregó a su jefe la grabadora, se ajustó la funda del arma en su espalda, extrajo las llaves del coche de su bolso y corrió hacia la salida antes de que Jack Barnes y su contacto se fueran del hotel. Hizo unos gestos indicándole a su jefe que ella seguiría al contacto para averiguar donde vivía, que él recogiera el micrófono que colgaba bajo la mesa de los espiados y que le esperara en el hotel del Condado de Loudoun donde ambos se hospedaban.

Vestido con su nuevo atuendo de vaquero, Jeff aguardó un tiempo prudencial antes de llamar a un taxi eléctrico autónomo que acudió a los cinco minutos, justo a la entrada del hotel donde el detective le había indicado que le estaría aguardando.

— ¿Es usted Jeff? —preguntó una voz agradable de mujer desde el interior del taxi

— Si, soy yo —contestó lacónicamente un cansado Jeff Miller.

— Afirmativo, responde al nombre de Jeff y su voz es la misma que la que nos realizó la llamada hace siete minutos. ¿A dónde quiere que le lleve, señor? —replicó el taxi autónomo.

— Lléveme al hotel Columbus del Condado de Loudoun, Virginia —respondió Jeff mientras se ajustaba el cinturón de seguridad.

— Es un recorrido de 70,8 km cuya duración estimada de viaje es de 55 minutos. ¿Le sigue interesando señor? —preguntó el taxi autónomo, antes de emprender la marcha.

— Si, por supuesto —afirmó Jeff con cierta impaciencia por marcharse cuanto antes de aquel lugar.

Una vez en camino, Jeff decidió que ésta sería una buena ocasión para poder hablar con aquella máquina y conocer, de primera mano, el alcance de su Inteligencia Artificial. Entre otras cosas, el taxi eléctrico autónomo le contó al hombre que el hecho de que los clientes no llevarán teléfonos con GPS impedía prestar mejores servicios ya que ellos podían identificar fácilmente la posición de todos los objetos dotados de un navegador GPS como los teléfonos, los medios de transporte, los sensores, las personas, etc. A Jeff Miller se le ocurrió entonces si su taxi autónomo podría seguir a un coche determinado.

— Sin ningún problema señor Jeff. ¿Desea usted que sigamos a algún vehículo determinado o, por el contrario, prefiere continuar por la ruta hacia el hotel Columbus que ya hemos iniciado? — preguntó el taxi autónomo con la misma voz simpática y agradable de siempre.

— No me acuerdo de su matrícula pero se trata de un vehículo eléctrico de color rojo, Marca Tesla y Modelo 5 2022. Lo alquilamos ayer a las 19 horas, a mi nombre y a nombre de Jane Foster, en la sucursal de Electric Arc, sita en la calle 254 M Street NW, Washington DC —concluyó Jeff soltando todo lo que sabía y sin esperanza de que el taxi autónomo encontrara una respuesta positiva.

— Afirmativo. El vehículo eléctrico de color rojo, Marca Tesla y Modelo 5 2022 es propiedad de la compañía Electric Arc y tiene matrícula  EAC 9328 de Washington DC de Enero de 2023. Fue alquilado ayer a las 19.07, a nombre de Jeff Miller en una sucursal de Electric Arc de la calle 254 M Street NW, Washington DC. Su localizador GPS lo sitúa en estos momentos viajando por la ruta George Washington Memorial Parkway en dirección a Alexandria, Virginia —respondió el taxi autónomo con el mismo tono de voz femenina de antes, para añadir a continuación una pregunta— ¿Desea señor Jeff que le sigamos al vehículo de matrícula EAC 9328 Washington DC?

— Sí, por favor —respondió el detective de manera breve como si estuviera respondiendo a la pregunta que le hiciera una taxista humano. De pronto, se encendería una pantalla de placa de grafeno, situada en la parte trasera del taxi autónomo, donde aparecería un mapa de carreteras y sobre él destacaría el alumbrado de dos puntos móviles que se encendían de forma intermitente. El coche donde iba Jane Foster llevaba una luz roja y el del taxi autónomo, donde iba Jeff Miller, llevaba una luz de color azul. En un determinado lugar de Alexandria, la luz roja se detuvo y quedó encendida de manera fija, mientras la otra luz azul intermitente se le acercaba rápidamente.

IX

El temporal de lluvia y granizo que golpeaba las casas y las calles de Palo Alto hizo que la puerta del balcón se abriera de golpe y que algunas bolas de granizo del tamaño de una pelota de golf se colaran en la habitación del hotel donde dormía Joseph Finkelstein. Se levantó raudo de la cama y cerró la puerta del balcón. El ruido del granizo contra el suelo resultaba atronador como si miles de barriles fueran golpeados a ritmos diferentes con palillos de tambores. El día estaba amaneciendo y resaltaba la blanca capa que el granizo había dejado sobre las terrazas, los tejados, las calles y los parques de la ciudad californiana.

El ingeniero Finkelstein se quedó muy pensativo, observando el paisaje blanco mientras éste clareaba, y dejó que su mente encontrara el sosiego en un rincón del baúl donde él guardaba sus memorias. En un momento dado, su mente se posó sobre los recuerdos vividos, apenas dos meses antes. Rachael Adler les había llamado a Riccardo Della Rovere y a él para que se reunieran urgentemente con ella, porque estaba aterrorizada con los resultados que estaban saliendo.

En el nuevo modelo de simulación que habían construido su primo Aaron Chernick y ella, con la colaboración de Alison Blair y Ashley Scott, a partir del anterior modelo realizado por Ariel Shem-Tov e Iñaki Andraka, se habían eliminado los errores detectados durante la fase Alfa. El nuevo modelo operaba con parámetros  muy próximos a la realidad y el funcionamiento del Algoritmo del Big Brother, en su versión Beta, según todos los test y pruebas de validación realizados era perfecto.

Sin embargo, esa perfección en el funcionamiento que se había conseguido también estaba exigiendo realizar una serie de terribles y sanguinarias acciones que incluían sobornos generalizados que incrementaran los niveles de corrupción, robos, tráficos de drogas, blanqueo de dinero, trata de personas, estafas, asesinatos, magnicidios, genocidios, etc., convirtiendo a los usuarios del Algoritmo del Big Brother en los peores y mayores criminales de toda la historia.

Rachael Adler sabía que estaba siendo vigilada por algunos miembros que se sabía pertenecían al Estado Profundo estadounidense de ideología fascista y antidemocrática. Los tres amigos, Riccardo  Della Rovere, Rachael Adler y Joseph Finkelstein habían hablado sobre el Estado Profundo varias veces con el Presidente de Estados Unidos, John Benjamin Brown y con algunos líderes mundiales, tanto políticos, como empresariales y sociales. Todos conocían la existencia de organizaciones similares en sus respectivos países y nos prevenían para que no habláramos con los líderes de algunos países. Fue el FBI, el MI5 y los servicios de inteligencia de China y Japón las que les confirmaron el Estado del Arte sobre la situación y todos reconocían que, mientras no hubiera pruebas, sería difícil atacarles.

Riccardo Della Rovere era un gran convencido de que la mejor arma que tenían para derrotar a los fascistas era el contraataque y que el Algoritmo del Big Brother ayudaría a comprender mejor el juego sucio de los enemigos de la democracia y de las libertades para saber cómo, cuándo y dónde contraatacar. Sin embargo, había habido una fuga importante de información confidencial acerca de la existencia del Algoritmo del Big Brother por parte del Vicepresidente de Estados Unidos, George Clayton, y de su asesor, Donald Ford. Esta información había causado alarma e inquietud entre las mega-entidades, en especial en Page Capital.

En la reunión de hacía dos meses, celebrada en Washington DC, a mediados del mes de Febrero de 2023, se decidió que Rachael Adler entregara, cuando el trabajo de validación de la Versión Beta estuviera concluido, a finales del mes siguiente Marzo, una copia de la versión Alfa y dos copias de la versión Beta del Algoritmo del Big Brother a Riccardo Della Rovere para que éste, utilizando su valija diplomática, las guardara en una cámara acorazada de alta seguridad en la sede que el banco suizo UBS tiene en Zurich, Suiza. La otra copia de la versión Alfa se encontraba bien guardada en Haifa, Israel.

Durante el mes de Marzo de 2023, con ocasión de que se celebrara una reunión extraordinaria del Fondo Monetario Internacional en Londres, Riccardo Della Rovere, como Director General del FMI acudió a dicha reunión y aprovechó el viaje para reunirse con su amigo Joseph Finkelstein y hospedarse durante una semana en su residencia del barrio de Primrose Hill, situado en el norte de Londres.

Un día de esa semana, el Gobernador del Banco de Inglaterra, Sir Jeremy Bridges, le llamó a Joseph Finkelstein para saludarlo y de paso, le preguntó por si sabía donde se encontraba el que fuera también su amigo, Riccardo Della Rovere. Cuando Finkelstein le confesó que estaba en su casa, Sir Jeremy Bridges no dudó invitarlos a su casa de campo de la campiña inglesa situada cerca de Hastings, para pasar el fin de semana juntos.

Aquel fin de semana, Riccardo Della Rovere cometió el gran error de su vida y fue algo que más tarde le resultaría fatal. Sentado en un cómodo sofá de la biblioteca de aquella casa de campo y mientras degustaba su vaso de whisky escocés favorito, Glenfiddich de 21 años, y se fumaba un aromático cigarro habano, el diplomático y político italiano, ascendido hace unos cuantos años a Director General del FMI, comenzó a hablar del proyecto relacionado con el Algoritmo del Big Brother.

Fue algo del todo inusitado pues, si bien Riccardo no lo contó todo, porque no dio ningún nombre, pero si contó lo suficiente como para que Bridges se entusiasmara con la idea  y se volcara en hacer preguntas, al tiempo que manifestaba su apoyo desinteresado al proyecto. Joseph Finkelstein apenas habló esa noche pues, además de ser muy reservado con estos temas, estaba muy sorprendido de verle tan locuaz a su amigo Della Rovere. Al ingeniero inglés le pareció que no debía haber dicho que el proyecto estaba casi finalizado y que pronto se lo entregaría la directora del equipo de investigación que era profesora en alguna de las más famosas universidades californianas.

Pasado un tiempo, un informe secreto del MI5 que espiaba, desde hace tiempo, al Gobernador del Banco de Inglaterra, Sir Jeremy Bridges,  —y que  también era amigo personal de Riccardo Della Rovere y Joseph Finkelstein desde hacía muchos años— descubrió que ambos habían sido traicionados. Este informe llegó hacia tres días, cuando todo era ya demasiado tarde.

En el informe secreto se decía que Sir Jeremy Bridges se había comprometido con las mega-entidades que ansiaban el poder político y que sabían ya de la existencia del Algoritmo del Big Brother en versión Beta, y que esta versión estaba siendo desarrollada y validada por investigadores de la Universidad de Stanford y de la Universidad Californiana Berkeley. Esta última información nunca fue contada por Riccardo Della Rovere pero era evidente que lo descubrieron de algún modo. Como premio por su traición, Sir Jeremy Bridges fue nombrado Senator del Gran Consejo Mundial, en representación del Reino Unido.

De igual modo, este informe también daba cuenta de que en una reciente conversación encriptada mantenida entre Sir Jeremy Bridges y Arnold Page y que había podido ser interceptada y, posteriormente, descifrada por el MI5. En la transcripción, Page le confesaba al Gobernador del Banco de Inglaterra que sabían de la existencia de otra copia del algoritmo que había sido enviada por una tal Rachael Adler a su destinatario.

De igual modo, Arnold Page le hizo saber que tuvieron que secuestrar a la mujer para saber el nombre del destinatario del algoritmo. Cuando ya parecía que  la mujer iba a confesar, ella se les murió pero encontraron en su casa una nota que decía que debían entregarlo a un tal Jeffrey Miller que residía en Los Ángeles. Éste había conseguido escapar de dos intentos de asesinato pero ya habían puesto precio a su muerte y pronto Jeff Miller sería eliminado.

El informe secreto también recogía que, a preguntas comprometidas que el Gobernador del Banco de Inglaterra les había hecho a estos banqueros suizos, gracias a un chivatazo que se había filtrado desde los niveles más altos de la dirección del banco suizo UBS AG, los golpistas habían descubierto la ubicación exacta de la caja de seguridad y la manera exacta de proceder para poder acceder a su contenido. Esta información fue la que desencadenó el sangriento y cruel asesinato de Riccardo Della Rovere.

Joseph Finkelstein, se sintió de nuevo muy cansado y decidió volver a meterse en la cama para dormir un poco más, pero se acordó de que, después del funeral,  mientras hablaba con el rabino Jaim Bergmann y el hijo de Rachael Adler, le saludó un primo de la fallecida para entregarle una carta dirigida a él. El profesor Aaron Chernick le dijo a Joseph Finkelstein que la carta había sido escrita por su prima Rachael, pocos días antes de que la secuestraran y la torturaran hasta su muerte.

Después, durante la cena con los del equipo, se sintió en la obligación de darle los honores y recordar la memoria de tan entrañable amiga que también había dado la vida por la causa de la defensa de la democracia y de sus libertades y se le olvidó leer la carta. No quiso leerla hasta después de haber descansado. Finkelstein sintió que sus fuerzas le abandonaban y que necesitaba dormir.

X

Al llegar al lugar donde se encontraba el coche que manejaba su socia Jane Foster, su jefe comprobó que el vehículo estaba bien aparcado pero que llevaba las llaves puestas y que su socia se había dejado la puerta del conductor abierta. Jeff regresó donde el taxi autónomo para avisarle que aparcara algo alejado, que apagara las luces y aguardara con las puertas cerradas, hasta que él le llamara y regresó con sigilo hasta un lugar situado en la acera de enfrente.

Miró a las cuatro casas que se encontraban cerca del coche, y observó luces encendidas en sólo una de ellas. El ruido de una puerta al abrirse le advirtió de que alguien salía de aquella casa. Escondido tras un coche que estaba aparcado en frente de la casa, vio como un hombre que portaba una pistola en su mano derecha, se dirigía hacia el coche en el que viajaba Jane. Sin pensarlo, se metió dentro del coche y cerró la puerta. Al rato, arrancó el coche eléctrico y se perdió por el fondo de la calle. Una ocasión que aprovechó Jeff Miller para meterse dentro de la casa. El no conocía cerradura que se le resistiera y abrió la puerta, inutilizando a continuación la alarma.

Ya, en el interior de la casa, sintió unos gemidos que procedían del garaje. Abrió con cuidado y sin meter ruido la puerta y los gemidos se hicieron más fuertes. La luz procedente de los faroles que entraba de la calle le permitió distinguir un bulto sobre una alfombra que estaba al fondo del garaje y detrás del vehículo allí aparcado. Jeff se acercó lentamente y palpó la cara de la mujer.

Ella sintió la presencia de alguien e, instintivamente, dio un cabezazo hacia adelante como de defensa, al tiempo que movía sus piernas para atrás. Para evitar que se pusiera más nerviosa, Jeff le acarició la frente y le dijo en voz baja que era él para que se calmara. Así le estuvo hablando hasta que Jane reconoció que era su jefe el que le hablaba. La joven asintió con  los ojos  que comprendía lo que se pasaba y se calmó. Entonces, le quitó el parche de la boca a su socia y le soltó las manos.

En un instante, la joven alzó su cuerpo del suelo para sentarse sobre la alfombra y cuando logró soltarse las tiras de plástico que le aprisionaban las piernas y los pies, le abrazó con fuerza en señal de agradecimiento. Jane Foster estaba muy bien entrenada para aguantar situaciones límite. La descarga eléctrica que había recibido con la pistola Taser le había aturdido, pero en seguida se había recuperado y cuando lo hizo, ya estaba tumbada en el suelo, atada y amordazada.

Una vez de pie, la joven detective hizo unos ejercicios físicos para desentumecerse con las luces apagadas porque su jefe le había hecho señas para que no las encendiera. El que la secuestró podría volver y no lo haría solo. Seguramente habría ido en busca de ayuda. Jane, ayudada por una pequeña linterna se puso a dar vueltas por el garaje buscando su arma de fuego y, al final la encontró. Recogió su pistola que había sido dejada encima de una balda y comprobó que aún estaba cargada. Ella ya estaba lista para hacer frente al hombre que la había secuestrado.

Jeff Miller sonrió orgulloso al ver a su socia Jane Foster tan dispuesta para la lucha. Su padre, el Capitán Mike Foster del Departamento de Policía de Los Ángeles, el que fuera durante muchos años su jefe en la División de Apoyo a Operaciones Especiales, estaría también muy orgulloso de su hija. Abrieron la puerta del garaje con la idea de inspeccionar la casa pero les detuvo el ruido de un coche que se acercaba rápido a la casa. Se oyó un frenazo y el cierre de dos puertas de coche. Al poco rato, la puerta de la calle se abrió y se oyeron las pisadas de dos personas que se acercaban hacia la puerta del garaje que comunicaba con la casa.

A una señal de Jeff Miller, los dos detectives se colocaron a ambos lados de la puerta con la pistolas apuntado hacia el hueco de la puerta y preparadas para ser disparadas en cualquier momento. Cuando la puerta se abrió y se encendieron las luces, los dos hombres que llegaban se encontraron con la sorpresa de ver que dos cañones de pistola les apuntaban.

Aquellos que parecían que eran los secuestradores que regresaban donde se encontraba la víctima se miraron desconcertados. Lo que estaba sucediendo no era lo esperado. Jeff rompió el silencio y  las miradas de sorpresa de los recién llegados tropezaron con alguien que les gritaba y les decía con voz recia y amenazante que no hicieran ninguna tontería y que dejaran despacio las armas en el suelo, que las empujaran hacia ellos y que levantaran las manos.

El más joven de los recién llegados a la casa, intentó agacharse y disparar al mismo tiempo hacia Jeff Miller, pero el detective, que lo estaba esperando, le atinó dos disparos en el brazo que le hicieron soltar la pistola en seguida, al tiempo que se encogía de dolor sujetándose el brazo herido. En poco tiempo, se creó un pequeño charco de sangre en el suelo. Uno de los disparos le había golpeado la mano, haciendo que el secuestrador soltara el arma, y la bala del segundo disparo le había atravesado el brazo, causándole la herida más profunda.

Jeff, sin dejar de apuntarle, abrió con los dientes el plástico que envolvía un parche para el cierre de heridas y se lo dio para que se lo pusiera en el brazo, pero le amenazó con matarlo si hacía otra tontería más. Aquel secuestrador era uno de los que había participado en el asesinato de Riccardo Della Rovere y Jeff Miller lo había reconocido por haberlo visto antes en las imágenes de las cámaras que había capturado la policía. El detective haría todo lo posible para sacar de aquel asesino la máxima información posible sobre los que verdaderamente dieron las órdenes de cometer ese horrendo crimen.

El otro secuestrador era el más viejo de los dos y parecía más nervioso. Al ver como los detectives les apuntaban con las pistolas, al contrario de lo que hizo el otro, prefirió no jugársela y dejó su arma en el suelo, empujándola después con su pié contra la pared. Se trataba del mismo que aquella noche habían espiado en el restaurante cuando estuvo reunido con Jack Barnes y que respondía al nombre de Donald.

Cuando la joven lo reconoció, se puso furiosa por el hecho de que había sido él quien la inmovilizara y la secuestrara después, ocultándola en aquel garaje. Le puso la pistola en el pecho y le empujó hacia atrás y buscó su cartera en el bolsillo interno de su chaqueta. Jeff hizo lo mismo con el más joven. Al final del pasillo, les obligaron a tirarse en el suelo, boca abajo, y colocarse después los brazos a la espalda. Jeff Miller les advirtió que hicieran caso, si es que querían conservar la vida.

Una vez tumbados y en el suelo, Jane les amarró con las manos a la espalda, de manera que quedaran totalmente inmovilizados. Lo hizo con cierta saña y, finalmente, les tapó la boca con una gruesa cinta aislante. Después se fue a su coche y regresó con una bolsa de la que extrajo dos capuchas para colocárselas a cada uno y hacer que perdieran el sentido del espacio. Entonces, aprovecharían para registrar toda la casa.

Lo primero que hicieron fue ocuparse de revisar sus carteras e identificar a los dos secuestradores. El más viejo de ellos era un pez gordo. Se llamaba Donald Ford y era jefe de gabinete, asesor y mano derecha del Vicepresidente de Estados Unidos, George Clayton. Trabajaba en el Edificio de la Oficina Ejecutiva Eisenhower que se sitúa al oeste del Ala Oeste de la Casa Blanca. El otro se llamaba Nick Bishop y también era un empleado de la empresa Smart Forces Association Ltd.

— Todo esto promete mucho —exclamó Jeff Miller alzando las cejas y frotarse las manos antes de empezar con el registro de la casa. Hizo un gesto con las manos y Jane se adelantó pistola en mano hacia la planta de arriba. Su jefe iba atento a sus movimientos, cubriéndola por si acaso.

Los detectives sabían que no eran policías y, por tanto, no tenían permiso para registrar la casa pero ellos sabían que no podían perder aquella oportunidad. Además, ellos eran muy buenos haciendo registros y no dejarían huellas. Durante una hora estuvieron dedicados  a la inspección en cuerpo y alma. Registraron principalmente en ordenadores y archivadoras, de donde descargaron en un pendrive cantidad de información valiosa.

Detrás del cuadro de General Eisenhower que se encontraba en la pequeña sala de estar de la planta de arriba, Donald Ford tenía oculta una caja fuerte. Aquello no había sido nunca ningún obstáculo para Jeff Miller, ni lo sería ahora tampoco. La caja fuerte era de tamaño mediano y tenía un diseño clásico. Era una caja de seguridad que utilizan las empresas. Según constaba en una placa, se trataba de un modelo autorizado por el FBI, estaba dotada de escáner de huellas digitales, alertaba de posibles manipulaciones y tenía, incluso, un bloqueo automático.

Jeff Miller sonreía irónicamente a su socia, mientras los dos estuvieron leyendo aquel letrero y  se encogió de hombros como si aquel aviso no tuviera nada que ver con ellos. Entonces sacó de sus bolsillos un pequeño aparato electrónico, similar a un smartphone. A continuación, colocó ocho ventosas en circulo, rodeando al mecanismo de apertura de la caja fuerte. Después activó el aparato y se encendieron unas lucecitas rojas en cada una de las ocho ventosas que empezaron todas a parpadear, hasta que se pusieron verdes y, automáticamente, dejaron de pestañear.

Cuando estuvieron fijas todas las luces verdes, Jeff pulsó una tecla que inició un barrido en el escáner de huellas digitales. En la pantalla del aparato se veía como, poco a poco, se iban conformando unas huellas digitales. A los cinco minutos, la caja fuerte encendió unas luces amarillas y se accionó un mecanismo interno que abrió la puerta de la caja fuerte. En su interior se encontraba “el tesoro de la cueva de Alí Babá”. Cuando todo su contenido estuvo fuera y cundo tan sólo habían revisado una pequeña parte, Jane Foster no pudo más que taparse los ojos para exclamar, saltando de gozo y alegría:

— ¡Dios Mío!, pero si está todo aquí. Tenemos los nombres de casi todos los golpistas. En esta carpeta aparece una gran lista de nombres de empresarios y sus empresas, de políticos y sus cargos, de periodistas y directores de medios de comunicación, de abogados y sus bufetes, de militares y sus cargos, de consultores y empresas de consultoría, de banqueros y entidades financieras, empresas de seguro, etc. —Jeff la observaba pegar aquellos saltos de alegría que no pudo más que imitarla. Cuando ya se calmaron y terminaron de revisar todo, buscaron unas cajas de cartón y metieron todo dentro.

Al poco rato, salieron a la calle a respirar aire puro y a estirar sus músculos, la tensión había sido fuerte y necesitaban un relajo. Después, el detective sacó el teléfono  y marcó un número. A los dos minutos apareció un taxi autónomo que se detuvo enfrente de ellos y que le llama a Jeff por su nombre. El humano le dijo a la máquina que ya no necesitaba sus servicios y que podía cobrarlos.

— ¡Muchas gracias Jeff! —exclamó la voz de mujer que procedía del taxi autónomo— Lo acabo de hacer y ya le he enviado la factura a su correo electrónico. Como no ha habido más llamadas demandando mis servicios, el tiempo de espera no se lo he cargado a su cuenta —parpadeo sus luces de señalización y  emprendió su marcha de regreso a su parada de Washington DC, donde recargaría la batería.

Jane miró a su jefe con asombro por su nuevo ligue y le comentó con sorna:

— Parece que tuviste éxito con ella, con esa máquina que hace de taxi.

— Sí y también gracias a “ella” pude localizarte y salvar tu vida —concluyó con ironía el detective Miller, mientras cogía el teléfono de nuevo para hacer otra llamada.

Aunque ya eran más de las 11.30 de la noche, Jeff Miller marcó el teléfono del inspector del FBI, Robert Baldacci. Le había cogido en la oficina pero no precisamente estaba trabajando en descifrar los emails que el detective les había enviado desde Baltimore. Jeff Miller prefirió no decirle nada más sobre esos emails por ahora. Cuando Baldacci terminó de escuchar lo que Miller le acababa de contar con bastante detalle, se oyó un grito de alegría al otro lado de las ondas y repetidores y un mensaje:

— Ahora vamos para allí. No os mováis tú y Jane y vigilad a esos criminales —tres cuartos de hora después, cuatro coches del FBI, dos ambulancias y otros tres coches de la Policía Metropolitana se detenían ante la puerta de la casa de Donald Ford situada en Alexandria, Virginia. Jeff Miller y Jane Foster, un tanto cegados por las tintineantes luces azules y rojas de los coches de la policía y de las ambulancias, les esperaban con una sonrisa que iba de oreja a oreja.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: