Reflexiones entre aeropuertos casi vacíos sobre lo que nos está pasando: ¿Cómo ganar la batalla a la injusticia, a la incertidumbre, a la pobreza y al coronavirus?

La espera en los aeropuertos en tiempos de coronavirus te desnuda el alma con una facilidad impresionante, lo que te permite ser mucho más clarividente. Concibes las verdad de lo que está pasando y de lo que nos espera con una exagerada nitidez. Quizá sea que el extraño vaciado de los aeropuertos y el enmascaramiento de las caras de todos a los que vemos los que nos recojan en un frio pero fértil silencio. Un lugar en nuestro interior donde ya hemos dejado de temer el hecho de que nos sobrevenga lo peor. Cada vez tenemos más claro que podrá haber vacunas pero también mutaciones del coronavirus para las que las vacunas que hayamos tomado no sigan siendo eficaces y, así, vuelta a empezar.

Percibo que, en mi fuero interno, el silencio que respiro contrasta cada vez más con el ruido procedente de la información que se libera todos los días con respecto al coronavirus. Un ruido que nos hace que sea casi imposible saber donde estamos parados de verdad. El tiempo pasa y pasa y la solución final se alarga y se alarga como si fuera un chicle. Por el camino han caído mitos o, mejor dicho, se han tirado ellos solos por hablar de lo que no saben y por no saber estar a la altura de las circunstancias. Esto ha ocurrido a muchos grandes líderes que por mucho presidente o primer ministro que ellos fueran, era ídolos con pies de barro, unos simple mortales. Se ha cumplido a rajatabla el principio de Peter que nos dice que cada cual asciende hasta su máximo nivel de incompetencia.

Nuevo Aeropuerto de Istanbul

A la espera de que salga mi avión, voy pensando cada vez más de precisa y llego a comprender que nuestro balance de la situación actual no podría ser más desastroso.  A finales de enero del 2021, el número de infectados por el coronavirus en todo el mundo ha ascendido a más de 101 millones de personas y, de ellas, lamentablemente más de 2,1 millones personas habían perdido la vida. ¿Se podían haber evitado muchas de estas muertes? ¡Por supuesto! Cuántas muertes se hubiera podido evitar si algunos gobernantes irresponsables se hubieran tomado en serio el tema de la pandemia!

Cada país tiene su historia y se sabe el nombre de los gobernantes culpables de tantas muertes y los deberíamos recordar siempre y pedir cuentas por lo que han hecho. Lamentablemente, muchas personas no lo harán, porque lo que les pase a los demás les importa bien poco o porque piensan que el fin justifica los medios. Lo más impresionante es que así piensan dirigentes de diferentes confesiones religiosas del mundo y que luego proclaman el amor al prójimo, ¿O será que por prójimo entienden los que tienen la piel del mismo color que la de ellos, son del género masculino y  piensan exactamente como ellos?

Con todo, algo más peligroso y dañino está pasando a nuestro alrededor. No se trata de algo que mate a los cuerpos como el coronavirus sino que está matando inexorablemente a las almas. Me refiero al hecho de que la calidad de la democracia también se haya resentido y adulterado, tras tantos años de acoso y derribo por parte de los poderes económicos contra sus cimientos basados en la justicia y la equidad social. Todo ha sido producto de sus intentos por controlar constantemente la toma de decisiones democráticas que afectan a la gobernanza de la sociedad.

Así, por todos los medios, lícitos o ilícitos, como el soborno origen de la corrupción política, las clases más ricas tratan de evitar que estas decisiones democráticas para luchar contra la crisis lleguen a mermar sus privilegios. De esta manera, fue cómo les ocurrió durante la salida a la crisis de 1929 y no quieren que se vuelva a repetir. Fue el presidente Franklin Delano Roosevelt, el que obligó a las clases más ricas, las que más dinero tenían que fueran solidarias con el resto de la población que sufría los embates de la crisis. Les obligó a pagar impuestos que representaban casi el 100% de sus ingresos. Ello se debía a que habían acumulado tal cantidad riqueza que, aunque quisieran, para poder vivir cómodamente, no podrían gastar su fortuna aunque transcurrieran mil años.

La oligarquía teme que vuelva a ocurrir lo mismo y ello sería muy posible, a medida que las clases medias se fueran despertando y se revelaran contra el adocenamiento y el robo al que están sometidas por parte de los plutócratas. Un despertar que será más pronto de lo que pueda parecer porque ya no hay lugar para la esquiva, ni para el disimulo. Las clases medias son las que están viendo que las que más están perdiendo son ellas y si se unieran saben que lograrían empoderarse para llegar a solucionar la crisis estructural que padecemos.

Una crisis donde los ricos son cada vez más ricos y las demás clases son cada vez más pobres. Es absurdo que en una democracia pierdan  precisamente aquellos que siempre pierden y, además, son muchísimos más que las clases ricas. En realidad, abrumaduramente más,  más del 90% contra menos del 10%.

En efecto, por suerte para el resto de los mortales, los que representan a la oligarquía que controla los poderes económicos no representan ni tan siquiera al 8% de la población que controla el 75% de la riqueza. ¡El resto, a pesar de ser mucho más pobres, somos mayoría y superamos el 90% de la población!

Las clases ricas lo saben y son cada vez más conscientes de que una verdadera democracia, defensora de las libertades y de la equidad social, es algo que siempre irá en contra de sus intereses y privilegios. Por ello, las clases ricas no han sido, ni serán nunca demócratas. Su ideal para ellas son las tiranías despóticas, los imperios y monarquías absolutistas, las dictaduras y el fascismo donde realmente no son necesarios los votos para gobernar y se hace lo que ellas dicen por decreto.

Sin embargo, tras la adopción del usurero modelo basado en el capitalismo financiero podemos decidir que a las clases ricas les ha ido muy bien pues cada año que pasa son muchos más ricas y controlan ya más del 75% de la riqueza. Por el contrario, las clases medias cada vez son más pobres y la suerte de sus hijos muchas veces coincide con la de verles vivir y sufrir entre trabajos precarios y con serios problemas para llegar a fin de mes. Igualmente, a nada que uno de los dos que forman una pareja se quede sin trabajo y si, además, tienen dos hijos pequeños corren el riesgo de pasarlo muy mal. En efecto, como no hay ayudas serias para tener hijos, solo con un sueldo pueden convertirse en pobres de necesidad. Ya no hay seguridad para nada, mientras que una minoría de ricos tiene seguridad para todo y, encima, apenas paga impuestos.

La oligarquía incluso con el coronavirus ha ganado casi más dinero que nunca, Lo ha conseguido gracias a la privatización de los beneficios y a la socialización de sus pérdidas. Aprovechándose de la estupidez humana —más proclive a utilizar las hormonas que las neuronas— ha conseguido afianzar su estrategia de manejar al resto la población, gracias a la capacidad de sugestión que les proporciona el control de las grandes audiencias de los medios de comunicación y las redes sociales que están adocenando progresivamente al resto de la población incapaz de entender cómo funcionan los sistemas complejos en nuestras sociedades e incapaz de desarrollar un mínimo sentido crítico que les abra los ojos.

De igual modo, el aumento constante brecha de las desigualdades sociales, el fracaso de los sistemas educativos y la destrucción sistemática de las clases medias que son las únicas garantes de la democracia y las libertades, del Estado de Bienestar y de la equidad y movilidad sociales están minando minando nuestra preparación del futuro. Sin el predominio de las clases medias no hay esperanza de solución posible.

La lógica de la maximización del beneficio para los accionistas que sostiene el modelo económico actual, está impidiendo preparar el largo plazo porque lo que prima es lo especulativo y la avaricia que se ha convertido en el verdadero motor del capitalismo financiero.

A su vez, con la radicalización y la crispación de las posiciones políticas, donde a la oposición política ya se le considera el enemigo a batir, se puede constatar que una gran parte de la derecha y de la izquierda han caído en brazos de la intolerancia y de la falta del respeto al contrario, al que consideran el enemigo a batir.

Casi han conseguido pasar página y que la democracia deje de ser leal a su principios pluralidad y tolerancia. Han convertido a la democracia en una historia acerca de la victoria y la imposición. No nos engañemos, la afirmación de que la democracia debe coincidir con la defensa de la igualdad de derechos para que cada cuál pueda ser diferente y, a pesar de las diferencias y de los puntos de vista discrepantes, sea posible convivir juntos y sin violencia, son planteamientos que provienen fundamentalmente de las clases medias.

La democracia es la historia de la pluralidad y de la tolerancia en base a las libertades y a la justicia social. No es la historia de la victoria y la imposición sobre el contrario que son más bien propias de la izquierda y de la derecha y en cuyo desarrollo extremo se convierten en dictaduras comunistas o fascistas. Los unos con sus revoluciones cruentas y los otros con sus golpes de estado genocidas —bien sean desde dentro, como desde fuera— cuando la extrema derecha y la extrema izquierda llegan al poder lo primero que hacer es acabar con la democracia y el régimen de libertades y, por el camino, la única paz que se consigue es la paz de los cementerios, tras asesinar a millones de ciudadanos que piensan diferente. No olvidemos nunca que fueron las clases medias, desde la socialdemocracia y desde la cristiano-democracia, quienes verdaderamente construyeron juntas el Estado de Bienestar, reforzaron la democracia, la equidad social y el régimen de libertades.

Las clases medias y la pequeña burguesía fueron las que prepararon el terreno y lo fertilizaron en base a sus ideas con el propósito de crear un mundo prospero y mejor, donde cupiéramos todos. Es algo que hoy nos resulta del todo innegable. Si queremos salir del agujero negro donde estamos metidos, necesitamos el empoderamiento de las clases medias cuantos antes. Es la única manera de responder con cierto éxito a la crisis tecnológica que necesitará un gran ajuste fiscal-educativo-laboral, a la crisis demográfica debida al envejecimiento de la población que deberá reforzar las pensiones y la dignidad de nuestros mayores, a la crisis sanitaria debida al retorno sin fin de las pandemias globales y, finalmente, a la más peligrosa y destructiva, a la crisis climática que ya es imparable e, incluso, en algunas regiones como Europa, América del Norte y sur de Oceanía ya no es, ni será  ni tan siquiera mitigable porque llegamos tarde.

Yo no voy a engañarles ni a ocultar la realidad acerca de lo que nos espera. El Planeta Tierra debería prepararse para paliar el sufrimiento debido a una nueva glaciación que se aproxima y que está cada vez más cerca. Tampoco ha pasado tanto tiempo desde que se produjo la última glaciación ya que ésta finalizó hace 12.000 años. Las anteriores eras glaciales fueron por causas naturales pero, esta vez, la ya emergente glaciación habrá sido originada por nuestra avaricia y estupidez. En otras palabras, habrá sido originada por causas artificiales y debidas al amplio desarrollo de actividades económicas, tanto imprudentes como codiciosas, impulsadas por los seres humanos más ricos del planeta.

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