EL ALGORITMO DEL BIG BROTER—11 Capítulo

por Juanjo Gabiña

Capítulo 11

Cuando la fiera herida se revuelve buscando sangre

I

En el corazón de Beijing, la capital de China, cerca de la Ciudad Prohibida, se encontraba el magnífico jardín imperial denominado Zhongnanhai. Su origen se remontaba a la antigüedad, pero el jardín real de hoy, Zhongnanhai, se había transformado en un complejo de edificios donde se encontraba la oficina central del Partido Comunista de China y la sede oficial del Gobierno de la República Popular China.

Zhongnanhai se había convertido en una especie de Casa Blanca para los chinos porque allí también se encontraba la casa que concentraba el poder político de China, y donde los líderes estatales y los principales funcionarios del Partido Comunista de China, así como, los líderes de la República Popular China llevaban a cabo sus actividades administrativas diarias. De igual modo, la mayoría de las reuniones con los delegados de otros países también se realizaban allí.

Aquel día de Abril del 2023, en su residencia de Zhongnanhai, el presidente de la República Popular China, Chiu Chen, que este año cumpliría los 70 años, leía un informe secreto donde se hablaba de una organización que actuaba en la sombra y que era conocida como el Estado Profundo Chino. Esta organización pretendía hacerse con el poder en China y contaba con el apoyo de empresarios millonarios, de miembros importantes del Comité Central del Partido Comunista de China y de la Comisión Militar Central​.

Su permanencia en el poder, durante los últimos diez años, como presidente de la República Popular China, le habían dado una aureola de ser el hombre más poderoso del mundo. De sobra era conocido el tremendo salto que había protagonizado China en los últimos años, como también la gran suerte que el gigante asiático había tenido por haber sido gobernado, durante una década, por un líder inteligente, bien asesorado y con mano férrea contra la corrupción y el despilfarro. Chiu Chen, de formación ingeniero, se había convertido en todo un referente en el mundo.


China favorecida por la debilidad de los países occidentales, incapaces de tener la inteligencia y el valor de cambiar de paradigma socioeconómico  para superar la crisis económico-financiera que surgiera en el año 2008, y más aún en la era Trump con el repliegue llevado a cabo por Estados Unidos, la China de Chiu Chen empezó a ocupar el vacío dejado por Estados Unidos y se convirtió como un país que presentaba una  firme defensa de la globalización y de la lucha contra el cambio climático, todo ello sin renunciar a sus aspiraciones territoriales y económicas, en aras al progreso de la gran nación china.

A lo largo de estos diez años, Chiu Chen había sabido deshacerse de posibles rivales, gracias a sus campañas de lucha contra la corrupción donde cayeron muchas cabezas, entre ellas, la de decenas de altos cargos detenidos durante la campaña contra la corrupción en el Ejército Rojo y que se llevó por delante a más de 13.000 oficiales.

De igual modo, bajo el liderazgo de Chiu Chen, el Gobierno chino tomó el control de la aseguradora Anbang y procesó a su presidente por crímenes económicos. La empresa china empezó a realizar dudosas inversiones en el extranjero por valor de más de 10.000 millones de dólares y cuando tuvo que dar cuentas, no pudo hacer frente a las críticas que cuestionaban la legalidad de los flujos de capital que gestionaba, la capacidad para hacer frente a sus deudas o las dudas que generaba la opacidad sobre su propiedad, oculta bajo un entramado de empresas pantalla.

Para ello, hacía unos años atrás, un equipo de gestores públicos había empezado a controlar el conglomerado empresarial, que contaba con unos activos superiores a los 300.000 millones de dólares y empleaba a unas 30.000 personas. Con la toma de control de Anbang, el Gobierno de China quiso demostrar, como si fuera un aviso a navegantes, que no le temblaría el pulso a la hora de intervenir en las empresas privadas chinas cuando ello fuera necesario para evitar riesgos financieros que pudieran desestabilizar la economía china. De igual modo, fue espectacularmente exitosa la estrategia llevada a cabo para contener la pandemia de la COVID-19. 

Sin embargo, no todo habían sido éxitos. El ascenso y permanencia de diez años en el cargo de presidente por parte de Chiu Chen también había sido objeto de críticas por parte de organizaciones internacionales y gobiernos extranjeros, que señalaban que, entre los males de su Presidencia, se encontraba la creciente censura que padecían los medios de comunicación o la dureza con la que se desarrolló su campaña de represión contra la desobediencia civil, que ocasionó la detención e interrogatorio de cientos de activistas y disidentes de diferentes ámbitos tales como: feministas, abogados de derechos humanos, defensores de los trabajadores o activistas verdes.

No obstante, la mayor amenaza para su seguridad le estaba viniendo por parte de las empresas sucias y contaminantes, las empresas perdedoras, de las mega-entidades privadas chinas y de todos aquellos grandes cargos resentidos que habían sido purgados por las campañas anticorrupción. Además, el presidente Chiu Chen había apostado fuertemente porque el futuro de China fuese sostenible y, aunque era un hombre también pragmático, siempre que podía, y ahora las tecnologías al uso lo permitían, favorecía sin miramientos a las energías renovables y a la electrificación del transporte en contra de los vehículos contaminantes de combustión interna y de las empresas cuya actividad se basaba en los combustibles fósiles.

El presidente Chiu Chen estaba ensimismado en sus pensamientos, arrebatados por los sentimientos de rabia y de tristeza que suponía la traición de tantas personas que conocía personalmente, y que algunas incluso hubiera considerado como personas amigas. Le dolía el corazón que todas esas personas aparecieran en una larga lista como dirigentes del Estado Profundo Chino. Chiu Chen tenía la firme convicción de que esos traidores lo iban a pagar caro y, muchos de ellos, lo pagarían con la muerte por alta traición.

En un momento determinado, al presidente Chiu Chen se le ocurrió que debía hablar con el responsable del informe de la Agencia de Inteligencia china para obtener de él algunas precisiones y para ello llamó a su secretaria, a fin de que ella le pusiera en contacto telefónico con su amigo, el ministro de Seguridad del Estado chino, Li Fai. Por el interfono nadie contestó, así que, como al presidente chino no le gustaba perder el tiempo esperando, entró en el despacho de su secretaria.

Allí tampoco había nadie y ello le dejó desconcertado. Entonces Chiu Chen decidió volver a su despacho, esperando allí que regresara su secretaria. Cuando ya se había puesto en camino hacia su despacho, de repente, el presidente Chiu Chen sintió un fuerte empujón hacia atrás. Entre la sorpresa, reparó que las manos de cuatro hombres de su servicio de seguridad se aferraban a él y lo llevaban en volandas, terriblemente excitados y gritando ánimos para que todos corrieran deprisa hacía el bunker de seguridad que estaba también contiguo a su despacho.

Uno de ellos, abrió electrónicamente la puerta del bunker y los otros tres agentes lo precipitaron en su interior con una fuerza tal que a punto estuvieron de caer al suelo dos de los agentes de seguridad. Encendieron las luces del interior del bunker y cerraron la puerta del bunker ante el estupor del presidente. No hubo apenas tiempo para que el presidente Chiu Chen reaccionara. A  los tres segundos de que uno de los agentes de seguridad hubiera cerrado la puerta del Bunker, se escuchó fuera del bunker una gran detonación y, a continuación, unos sonidos muy tenues y amortiguados por la pared del bunker, de lo que parecía que eran unos tremendos alaridos de dolor.

Al ver cómo los gritos continuaban oyéndose, el presidente Chiu Chen ordenó que dos de los agentes de  seguridad que salieran fuera y buscaran a su secretaria y a otras personas por si podían ayudar a alguien. Cuando salieron, se quedaron estupefactos contemplando el horror de un paisaje dantesco. La secretaria personal del presidente Chiu Chen se encontraba fuera de su despacho, en el pasillo, tirada en el suelo y sangrando de la cabeza, mientras una de sus piernas había quedado atrapada por el peso de una columna que se le había caído encima.

Las paredes del despacho de su secretaria y las del despacho del presidente Chiu Chen habían desaparecido y lo mismo había pasado con las ventanas y los muebles que habían quedado totalmente destrozados. Al poco rato, a las oficinas que habían quedado en ruinas entraron una nube de bomberos, sanitarios y policías sofocando los fuegos y asistiendo a las víctimas de aquel atentado que se cobraría siete victimas mortales y más de cuarenta heridos, algunos de cierta consideración.

El daño mayor se había producido en los despachos contiguos y en los de la planta de abajo, exactamente encima de las oficinas del presidente. El mayor desastre se originó al caerse los techos encima. Durante dos horas más, el presidente permanecería oculto en el bunker. Las órdenes que había dado a los agentes del servicio de seguridad eran muy estrictas. Nadie, ni tan siquiera su familia, debía saber, por un tiempo, que él se encontraba vivo. Ahora que sabía quienes eran sus enemigos, quería conocer bien cuáles eran lo movimientos que hacía cada uno de ellos.

Hubo un única excepción. Uno de los agentes que se había quedado con él dentro del bunker, tras llamarle a su teléfono privado cuyo número el presidente Chiu Chen le proporcionó, le comunicó directamente con el ministro de Seguridad del Estado chino, Li Fai. La conversación que mantuvieron se realizó con la puerta del despacho que había dentro del bunker completamente cerrada. Cuando se abrió la puerta, la cara del presidente Chiu Chen había mudado completamente de expresión. Una sonrisa de alegría y esperanza iluminaba su rostro en le interior del búnker. Se acercó a uno de los armarios de la sala de reuniones donde se encontraban los dos agentes de seguridad y extrajo tres vasos y una botella de licor baijiu de la excelente marca Gu Jing Gong.

— Hoy os lo habéis merecido por partida doble. ¡Gracias por salvarme la vida y gracias por salvar a nuestra inmortal China!  —y a continuación los tres se tomaron un trago de baijiu para celebrar su victoria sobre la muerte.

II

La diferencia horaria entre Beijing y Berlín era de seis horas. Hacia las 7.00 de la mañana, hora de Alemania, en algunas habitaciones del hotel de Eisenach situado frente al Castillo de Wartburg, en pleno bosque de Turingia, los teléfonos móviles sonaron sin parar. Desde China les informaban que el Presidente de China, Chiu Chen, había muerto en un atentado  perpetrado en su residencia de Zhongnanhai, Beijing, China.

El Primus Senator, Arnold Page, pidió que le conectaran en seguida con la habitación del Senator Han Shui, que era el representante de China en el Gran Consejo. La voz de Han Shui se escuchó en un tono muy alegre:

— Tenemos muy buenas noticias Primus Senator. Creo que a usted también le habrán informado de la muerte del presidente Chiu Chen. Parece que hay una gran confusión en el recinto gubernamental de Zhongnanhai y han prohibido la entrada a todo el mundo, incluidos a los medios de comunicación. A las 18.00 hora de Beijing, y doce del mediodía de Alemania, el ministro de Seguridad del Estado chino, Li Fai. hablará a todo el País. Hasta entonces estoy seguro de que las noticias serán sólo especulaciones —recitó Han Shui como si ya tuviera la lección aprendida.

— Esa es la noticia que he recibido también Senator Han Shui. Tenemos las siguientes fases preparadas —preguntó Arnold Page con cierta impaciencia.

— Se acaba de declarar un estado de excepción en toda la nación china. Se trata de una declaración esperada y a la que nosotros ayudaremos a darle contenido. Mañana por la mañana, un grupo yihadista uigur del oeste de China, Xinjiang, proclamará que su grupo ha sido el autor del atentado y cargará contra la consabida persecución china a los uigures —Han Shui se detuvo para ver si el Primus Senator, Arnold Page, quería conocer algún detalle más y como no escuchara pregunta alguna prosiguió con su explicación:

— Hace tiempo que el yihadismo que se extiende por todo el mundo islámico, había llegado hasta China, aprovechando que en nuestro territorio habita una etnia turca de religión musulmana, los uigures. Nosotros vamos a aprovecharnos de que muchos jóvenes uigures se han estado decantando hacia el radicalismo islámico. Se les ha detectado luchando en Siria y ello se ha extendido por todo China. Cuando digamos que los autores del magnicidio habían sido terroristas de ISIS que regresaron a Xinjiang, China, todo el mundo lo creerá. Habíamos pensado en echar la culpa a Irán por sus actividades terroristas pero lo hemos dejado por el momento, pues no es necesario  —concluyó.

— ¿El Primer Ministro Wang Qiang cuenta con apoyos suficientes  para sucederle al presidente Chiu Chen? —preguntó de nuevo Arnold Page con la misma impaciencia.

— Así es Primus Senator. No se olvide que Chiu Chen es también el Secretario General del Partido Comunista de China, PCCh, en cuanto se anuncie la muerte del presidente Chiu Chen, se convocará para esta noche una reunión urgente del Buró Político del Comité Central del PCCh.  Como usted también sabe, Chiu Chen es un líder indiscutible que recoge el apoyo de todas las tendencias. Pero, una vez eliminado, Wang Qiang, que es el segundo del Buró Político, ganaría bastante fácil tanto en el Buró Político que lo comprenden veinticinco miembros, como en el Comité Central del PCCh que lo comprenden unos trescientos miembros y también en la Comisión Militar Central. De ahí a ser presidente de la República Popular China para Wang Qiang  sólo será un paseo —concluyó Han Shui su respuesta.

Arnold Page contemplaba de nuevo la majestuosidad del Castillo de Wartburg y sintió que aquello entonaría bien con el humor o el estado de ánimo del día. La victoria final cada vez estaba más cerca. En efecto, lo ocurrido en China había sido un paso decisivo y se había logrado mucho más rápido de lo que él esperaba. También acompañaría mucho a la celebración del día, el concierto musical programado para esa mañana en la medieval Sala de los Minstrels del Castillo de Wartburg consistiría en escuchar fragmentos orquestales del compositor alemán Richard Wagner. Él era el compositor favorito de Arnold Page.

Para Arnold Page,  la “Marcha Fúnebre de Sigfrido” de Richard Wagner era una canción enloquecedora que le hacía llegar hasta el mismo cielo. Era una casualidad que fuera también la música favorita de Adolf Hitler. Lo que no era de recibo, y más bien parecía una ofensa para los lugareños, es que, siendo Eisenach la cuna del Johann Sebastian Bach, y siendo éste compositor alemán del Barroco —considerado además por muchos como el más grande compositor de todos los tiempos— pudiera ser totalmente ignorado en Eisenach.

III

Los robots submarinos de salvamento marítimo estaban jugando un gran papel en el reconocimiento del buque hundido cerca del Puerto de Ostende, en las costas de Flandes, Bélgica. Para identificar rastros y pistas que condujeran al reconocimiento de los explosivos utilizados para hundir el buque se utilizaron fundamentalmente robots del tipo ROV (Remotely Operated Vehicle).

El vehículo operado a distancia (ROV) era básicamente un robot submarino atado que permitía al operador del vehículo permanecer en un ambiente confortable mientras el ROV trabajaba. La turbiedad de las aguas del primer día dificultaron la búsqueda de algún dispositivo pero ya, durante el segundo día, en el lado de babor del buque situado más cerca de la superficie, se pudieron encontrar algunos restos de compuestos químicos.

Se había utilizado amonal como explosivo. El amonal era el típico explosivo fabricado mediante una mezcla de nitrato amónico, TNT, y polvo de aluminio ya que el este metal, al reaccionar con el agua, reforzaba el efecto explosivo. Aquello no era ninguna pista pues el origen del amonal podía ser de cualquier lugar del mundo. Se desechó la idea de investigar más en la zona de las explosiones del buque porque era evidente que los explosivos se tuvieron que instalar cuando el barco estuviera parado, o bien fondeado o bien atracado en un muelle. Al pasar frente al puerto de Ostende, el buque navegaba a una velocidad de 10 nudos.

El problema era entonces el de conocer dónde se habrían instalado las cargas explosivas  que, al estallar, hundieron el buque portavehículos Cosco Shipping Flanders frente a las costas belgas. Se sabía de antemano que este tipo de buques no necesitaba hacer ninguna escala, puesto que era capaz de navegar durante cincuenta días y recorrer unas 12.000 millas náuticas, que era la distancia que había entre el puerto de Shanghai y el puerto de Zeebrugge.

El único punto del recorrido marítimo del buque donde se podían haber instalado las cargas explosivas eran en el Mar Rojo, cuando el buque estuviera fondeado, a la espera de entrar en el Canal Suez, para así, atravesarlo y entrar en las aguas del Mar Mediterráneo. Sin embargo, las imágenes de satélite, tomadas dos semanas antes en la zona del Canal de Suez, demostraban que no se había producido ninguna espera por parte del buque portavehículos chino antes de pasar el Canal.

Sólo quedaba la hipótesis de que las cargas se hubieran instalado en el mismo puerto de Shanghai, pero el hecho de haber utilizado amonal como explosivo y de tener que transportarlo bajo el agua, soportando los embates de tempestades en cualquiera de los océanos por lo que tenía que navegar el buque, desechaba esta hipótesis. Hubiera sido demasiado arriesgado que las cargas explosivas se hubieran instalado en el puerto chino para utilizarlas cincuenta días después.

El trabajo estaba hecho por profesionales. De eso no había ninguna duda. Por consiguiente, para que las cargas de explosivos estuvieran conectadas entre si, funcionaran con amonal y estuviera garantizado el éxito al explosionar, las cargas deberían haberse instalado en el buque en la parte sumergida o carena —obra viva del buque— y con un tiempo máximo de antelación de unos dos días.

En el Centro de Coordinación y Rescate  Marítimo del Puerto de Ostende, MRCC, se había destinado unos locales adjuntos para que se ubicara allí una oficina provisional de la policía belga para la lucha contraterrorista. El oficial al mando de esta oficina, el inspector Guy De Smet, revisaba todos los datos que habían recopilado sobre el buque portavehículos Cosco Shipping Flanders. Había algo que al inspector De Smet no le encajaba.

El buque chino había salido del puerto de Shanghai con una carga de 10.267 vehículos y llegaría con 6.712 vehículos para descargarlos en el puerto de Zeebrugge. Este hecho quería decir que en algún puerto para buques con carga Ro-Ro, que se situaba en el itinerario seguido del barco chino, se había tenido que desembarcar la diferencia de coches que faltaba. El inspector Guy De Smet hizo los cálculos y descubrió que se trataba de un total de 3.555 coches eléctricos que se habían tenido que descargar en otro puerto comprendido entre España y Bélgica.

— ¡Eureka! Tenemos que investigar en qué puerto, con playas para carga y descarga Ro-Ro, situado entre España y Bélgica, el buque portavehículos Cosco Shipping Flanders descargó 3.555 coches eléctricos marca BYD. Ello debió ocurrir hace unos tres días —exclamó gritando de alegría el inspector Guy De Smet a los agentes que se encontraban en la oficina.

A los diez minutos, desde la oficina provisional de la policía belga para la lucha contraterrorista de Ostende, se pusieron en contacto con las oficinas de la naviera china, Cosco Shipping Lines, situada en Amberes, y les facilitaron el dato que faltaba. El buque chino había descargado 3.555 vehículos eléctricos en el puerto de Southampton, Inglaterra, el día anterior al atentado. Aquella noticia encajaba perfectamente.

Era indudable que la instalación de las cargas de explosivos se había realizado en aquel puerto inglés, aprovechando que el barco se encontraba atracado en algún muelle de dicho puerto. El inspector Guy De Smet llamó alborozado a sus superiores de Bruselas y les informó de los avances de la investigación, mientras les enviaba un informe detallado por email. Ello se encargarían de contactar con el MI5 y Scotland Yard y continuar con las investigaciones precisamente en la escena donde se había preparado el atentado terrorista, en el mismo puerto inglés de Southampton.

IV

Washington DC, la capital de Estados Unidos, había amanecido con un día muy gris y lluvioso. Todo lo contrario de lo que había sido el día anterior, pensó Jeff Miller, en el que su socia, Jane Foster, y él habían podido disfrutar de un día radiante. Un día de esos que se llaman días redondos, en el que si bien estuvieron trabajando todo el día, hasta casi la 21.00 que se retiraron muy cansados al hotel, también es cierto que el día les cundió para mucho puesto que todo discurrió a las mil maravillas.

Ya de mañana cuando acudieron a la cita que habían solicitado con el Director del FBI, Robert Stone, éste les estaba aguardando en su despacho de la Sede Central del FBI de Pennsylvania Avenue, Washington DC. Les acogió con gran simpatía y cuando leyó la carta del difunto Riccardo Della Rovere con el que solía almorzar de vez en cuando, sin hacer apenas ningún comentario sobre su contenido, llamó al Inspector Robert Baldacci para que se pusieran a trabajar con él inmediatamente. A su vez, le dijo a su secretaria que prepararan unas tarjetas del FBI de amplia cobertura y acceso, extendidas a nombre de Jeff Miller y Jane Foster como colaboradores especiales.

El Inspector del FBI, Robert Baldacci, se reunió con los detectives, Jeff Miller y Jane Foster de Los Ángeles, en una sala de trabajo situada en otra planta y llamó a dos colabores suyos para que les acompañaran. Al entrar sus ayudantes, el sargento Freddy Smith y la agente Lucy Vargas, éstos les repartieron una carpetas que recogían el estado del arte acerca de las investigaciones en curso. Naturalmente, todos estos datos eran del todo confidenciales. La victima había sido secuestrada por tres individuos corpulentos, tal como les filmaron unas webcam del garaje del edificio 1 del FMI. En el video que visionaron, y que iba adjunto al material entregado, se veía como llevaban de pie y en volandas al Director General de FMI, un individuo de 1,81 metros de altura y que pesaba casi 93 kg.

Se había encontrado una huella reciente en la puerta del ascensor que no se correspondía con la de víctima. Se trataba de un ex sargento de marines llamado, Jeremy Graham, que estuvo tres años en Afganistán y que desde que se licenció trabajaba para una empresa contratista del Pentágono. Tras muchos intentos consultando diferentes bases de datos, gracias a la policía de Montgomery, Alabama, se logró por fin identificar a quien pertenecía la huella. Hacía cinco años, le habían detenido durante el transcurso de una pelea nocturna, en la que dos de los participantes del bando contrario, que eran de color, resultaron muertos por disparos de bala. Milagrosamente, la pistola no apareció y Jeremy Graham fue puesto en libertad, sin cargos.

En otro video se podía ver cómo una furgoneta de color negro salía del garaje y se adentraba por la Pennsylvania Avenue en dirección a la Rotonda Washington situada en el cuadrante noroeste de la capital. Se trataba de una furgoneta híbrida plug-in de carga, de tamaño completo, modelo GMC Savana 2021 y diseñada para ser silenciosa y poco contaminante, tener una flexibilidad máxima y un control que resultara cómodo.

Al llegar a la altura de la calle 21 NW, la furgoneta torció hacia la derecha donde otra cámara de tráfico la recogió en sus imágenes, a su paso por dicha calle. Se podía leer perfectamente las placa de la matricula pero uno de los agentes del FBI que estaban presentes comentó que habían comprobado que la matricula era falsa. Después, en el siguiente cruce, torcería hacia la derecha también y se metería por la calle I NW para enfilar derecho, en dirección a la estación de tren Foggy Bottom-GWU.

Las imágenes de otra cámara de tráfico situada en dicha calle, recogieron el momento en que la furgoneta aparcó y pasaron dos hombres de la parte delantera a la parte trasera de carga, Al cabo de un cuarto de hora, salieron los dos vistiendo monos de color verde oscuro y cerraron la puerta de atrás de la furgoneta. Uno de ellos portaba un caja metálica que la agarraba por un asa situada en la parte superior.

La furgoneta discurrió siguiendo la Calle I NW hasta llegar casi a la esquina del cruce con la Calle 23 NW, cerca de las estación de tren Foggy Bottom-GWU. Allí aparcaron la furgoneta junto a un contenedor de basura, se bajó uno de los que vestía buzo de color verde y entró en la furgoneta negra por detrás. De allí salieron dos de los secuestradores, uno iba vestido con un buzo anaranjado, y era el que viajaba atrás con el muerto, y el otro era uno de lo que iba con el buzo verde oscuro.

Cada uno de ellos portaba una bolsa de plástico grande de color negro que los dos depositaron dentro del contenedor. Allí se quedaron hablando un rato y parecía que el de buzo verde oscuro daba instrucciones al otro. Al final, el que iba con el buzo de color naranja se subió a la furgoneta por la parte delantera y el del buzo verde se fue andando por la calle hasta meterse en un coche todoterreno de color gris oscuro y marca Jeep Grand Cherokee que estaba aparcado algo más atrás. El hombre se quitó el buzo dentro del vehículo y salió con el coche todoterreno para tomar la Calle 23 NW, en dirección a la avenida de Virginia NW. A continuación, arrancó la furgoneta para tomar la dirección contraria.

Jeff Miller que había visto los videos con mucha atención, le pidió al inspector Baldacci que repitiera el último para observar con mayor detalle el lugar donde se encontró el cadáver descuartizado del Director General del FMI, metido en dos bolsas de basura y al que previamente le habían sacado los ojos y cortado las manos. Cuando las imágenes se centraron en el contenedor situado en las cercanías de la estación de tren Foggy Bottom-GWU de Washington DC,  el detective Miller solicitó que ampliaran la imagen. Allí, mientras descargaban las bolsas que contenían los trozos del cadáver, se encontraba observado la escena un hombre de color, Por las pintas que llevaba, seguramente se trataba de un mendigo de los que busca cosas de valor en los contenedores. Aquel hombre se había acurrucado tras el contenedor para no ser visto por aquellos asesinos. Otra ampliación que se hizo de las imágenes permitió obtener una foto del mendigo con mucha nitidez.

— Esa foto es providencial para identificar al mendigo —exclamó Jeff Miller —Estoy seguro de que él vio a los asesinos cuando se acercaban al contenedor  y se escondió detrás pero, lo mejor de todo, es que también tuvo que oír las instrucciones que el del buzo de color verde oscuro, le daba al otro y que luego se fue en el Jeep Grand Cherokee. Por cierto, ¿No habrá ninguna webcam del algún negocio que hubiera podido captar la matricula de ese todoterreno? —todos tomaron nota de tres asuntos que quedaron pendientes, la identificación del mendigo, la imagen de la placa de la matricula de vehículo todoterreno y la identificación facial de los tres asesinos. Esta información también le sería remitida al sargento Martin Jefferson del Departamento de Policía de Washington DC, como el que se reunirían después de comer.

A la tarde, después de comer Jeff Miller y Jane Foster con el inspector del FBI, Robert Baldacci, se dirigieron los tres andando a la sede del Departamento de la Policía Metropolitana de Washington DC situada en el nº 300 de la Indiana Avenue NW que se encontraba a unos 400 metros del restaurante donde habían comido. Había dejado de llover hacia más de dos horas y sobre Washington DC lucía un hermoso cielo azul adornado de un sol de primavera que calentó pronto el ambiente. A los tres les gustaba andar y estaban con tiempo suficiente para llegar puntuales a la cita. Además, los tres eran del gremio y sabían bien el dicho ese de que “las paredes oyen”. Paseando por la calle, los tres pudieron hablar con mayor tranquilidad y hablar sobre temas que en el restaurante no hubieran podido hacerlo.

— ¿Cuando te enteraste de que Riccardo Della Rovere era tu padre? —preguntó el inspector del FBI con entera confianza y sin que apareciera ninguna sombra de ironía en su cara.

A Jeff Miller aquella pregunta le sorprendió que se la hiciera precisamente el Inspector Baldacci y no su socia, Jane Foster. El detective sabía que su socia se mordía las tripas por saberlo pero que, por respeto a él, no se lo preguntaría nunca. Había tenido que ser un hombre el que le hiciera la fatídica e inevitable pregunta. Aquella pregunta no se sabía si era por motivos profesionales o por curiosidad malsana, sin más. Jeff Miller le miró a Baldacci, vio amistad en sus ojos y le sonrió antes de contestarle. Por el rabillo del ojo observó que la joven Jane ponía una cara del todo inexpresiva para no demostrar que tenía un gran interés por la respuesta de su jefe.

— Pues la verdad es que me enteré al recibir su carta y todavía no sé si es cierto o una confusión. Estoy encajando piezas y si recuerdo que, tras la muerte de mis padres en un accidente aéreo, al empezar a vivir con mis tíos Jerry y Berta Miller en Sacramento, Della Rovere acudía a nuestra casa, de vez en cuando. Creo que vivía en Bruselas y, a veces, cuando llegaba a Estados Unidos y pasaba por California nos hacía una visita. Pensad que yo tenía sólo ocho años cuando murieron mis padres y que yo vería tres o cuatro veces a Riccardo Della Rovere, cuando venía a visitarnos a nuestra casa. Me acuerdo que él era entonces mucho más joven. Si no estoy equivocado creo que me lleva unos veinte años, entonces, la última vez que lo vi, sería cuando él tenía  treinta y un años —Jeff Miller concluyó está última frase como aquel que ya no tiene más que decir y sus acompañantes comprendieron que era todo pero que lo de la presunta paternidad no dejaba de ser un misterio. Además, habían llegado a la sede del Departamento de Policía y empezaban las especiales formalidades de entrada, sobre todo cuando se portan armas de fuego. Las tarjetas del FBI que Jeff Miller y Jane Foster habían recibido facilitaron terriblemente la entrada.

El Sargento Martin Jefferson les estaba aguardando con dos de sus colaboradores en una sala de reuniones que tenía un olor a café recién hecho que estaba provocando una repentina sensación de bienestar. El inspector del FBI, antes de degustar la excelente taza de café que sabía que el propio sargento Jefferson preparaba personalmente, hizo las presentaciones. Los dos agentes que les presentaron eran muy jóvenes y parecían recién salidos de la Academia de Policía. Miller sonrío recordando esa época en la que uno estaba siempre dispuesto a comerse el mundo.

Los agentes de la Policía Metropolitana, Sandra Báez y Patrick Newman, comenzaron a proyectar un video grabado por la webcam exterior de un restaurante donde servían ensaladas y platos de carne situado en la calle I NW,  donde se encontraba el contenedor de basura en el que depositaron la dos bolsas negras con el cadáver de Riccardo Della Rovere en la entrada. En las imágenes del video se visionaba el momento en el que el asesino aparcó el vehículo todoterreno de color gris oscuro y marca Jeep Grand Cherokee, tres horas antes de recogerlo.

Mientras hacia la maniobra de aparcar, la cámara captó con nitidez la placa de la matricula. Se trataba de una placa del estado de Virginia, YMT-0794 y se correspondía con un vehículo que tenía las mismas características. El coche pertenecía a un tal Raymond Lehman que vivía en la Calle Aston nº 24 de Annandale, Virginia. Su foto del carnet de conducir coincidía con otras capturas de imágenes, según el análisis comparativo de identificación facial realizado. El asesino trabajaba también en la empresa contratista del Pentágono, Smart Forces Association Ltd. y había servido, trabajando para la empresa, en Iraq y Afganistán.

También habían identificado a los otros dos asesinos y se comprobó que también trabajaban en la misma empresa. Todavía se ignoraba la ubicación real de la empresa contratista pues la única dirección fiscal que aparecía era la de un almacén cercano al puerto de Baltimore, en una zona industrial.

Con respecto al mendigo que se escondía detrás del contenedor, hubo mucha suerte, ya que, en poco tiempo, gracias al programa de reconocimiento facial, ya se sabía quien era. La prueba de identificación facial dio enseguida positivo y en la pantalla del ordenador surgió su nombre: George Harris; de 57 años de edad; varón de raza negra; nacido en Nueva Orleans, Luisiana; viudo y con hijos fallecidos; actualmente en domicilio desconocido. Tras seguir algunas pistas para descubrir a qué refugio social, George Harris, solía a ir a dormir y a qué comedor social acostumbraba a ir a comer, gracias a la colaboración tan estrecha que mantenía el Departamento de Policía con las ONGs sociales que operaban en Washington DC, se siguió una de las pistas que muy pronto dio su fruto.

— Sabemos con certeza que George Harris es una persona sin hogar que pasa la noche en diferentes refugios sociales pero que, felizmente, está a la espera de un pequeño apartamento. Se trata de un apartamento de dos habitaciones que seguramente esta semana le será concedido por la Asociación para las personas sin hogar, “Association for homeless, Inc (DC)”.  El apartamento se le concederá con carácter permanente, dado el buen historial que George Harris tiene —relató con gran soltura el joven agente Patrick Newman y que, al terminar su exposición, le hizo un gesto galante a su compañera, Sandra Báez, para que ésta continuara. Esos dos agentes de la Policía Metropolitana, Sandra Báez y Patrick Newman, están enamorados el uno del otro y todavía no se han dado cuenta, pensó para sí una Jane Foster sonriente que lo captaba todo.

— El indigente fue una víctima más del huracán Katrina que, en Agosto del 2005, asoló Nueva Orleans. George Harris fue una persona normal, casada y con dos hijos pequeños,  hasta que hace casi dieciocho años tuvo la desgracia de perderlo todo. Perdió su trabajo, su casa, su esposa y sus dos hijos pequeños. Es cierto que hubo ayudas para él pero, al perder la ilusión en la vida, perdía todo lo que recibía con igual de velocidad que era la rapidez con la que entraba. A partir de entonces, se convirtió en un fantasma sin rumbo, en un alma atormentada y sin sosiego alguno. Se dio a la bebida y cayó en el abandono, y empezó a deambular de ciudad en ciudad hasta que recaló hace un año en Washington DC —la joven agente se dio un respiro y miró a todos los allí presentes por si querían hacerle alguna pregunta y como viera que ninguno tenía intención de preguntar nada, prosiguió:

— La Asociación para las personas sin hogar que ofrece alojamiento de transición y permanente, asistencia para la colocación laboral, asesoramiento sobre el abuso de sustancias y servicios sociales de apoyo a familias sin hogar o a personas vulnerables se está ocupando de él. En la actualidad, atiende a más de 700 personas y familias y George Harris es una de ellos. Mañana acudirá a la Asociación para firmar unos papeles del apartamento  y aprovecharemos para hablar con él y averiguar qué es lo que él oyó que decían los asesinos —concluyó la agente Sandra Báez el relato de los hechos.

— No tengo palabras para expresar mi felicitación más sincera a su equipo, sargento Jefferson —inició Jeff Miller sus palabras de valoración y, al mismo tiempo, de reconocimiento por el buen trabajo realizado, mientras recogía la mirada de su socia Jane Foster aprobando su noble gesto de agradecimiento—  Hacerlo mejor hubiera sido imposible. En tan sólo cuatro horas, han sido capaces de desvelar una información tan importante para capturar a los crueles asesinos de Riccardo Della Rovere. No sé cuáles son los siguientes pasos que pretenden dar para detener a los culpables pero, en mi opinión, la investigación criminal ya está prácticamente finalizada, ¿No es así, inspector Baldacci?

— Así es detective Miller —asintió el inspector del FBI con el orgullo que representa haber confiado, desde el principio, en la colaboración y ayuda mutua entre el FBI y el Departamento de Policía de Washington DC— sólo queda interrogar a George Harris para saber qué instrucciones se transmitieron entre si los asesinos junto al contenedor de basura y qué nombres se soltaron para seguir tirando de los hilos y llegar hasta su cabeza Arnold Page. Creo que George Harris será una pieza clave como testigo de cargo.  ¡Buen trabajo muchachos!

V

Ashley Scott y Alison Blair, volaron desde Boston a San José, el mismo día que se enteraron de la aparición del cadáver enterrado de su amiga Rachael Adler. Sus intenciones eran la de acudir al funeral y al entierro pero todavía no sabían cuando se celebrarían ambos o si sería todo a la vez. Lo que sí se sabía era que, al ser ella judía, el rito sería acorde con el procedimiento habitual, tal como la religión judía lo establece.

Un colega de la Universidad de Stanford que trabajaba en el mismo departamento que Rachael Adler, y que conocía a ambas mujeres, por haberlas visto bastantes veces por Stanford trabajando juntas en varios proyectos de investigación, les avisó por teléfono y por whatsapp. Él sabía de la gran amistad que había entre ellas, porque Rachael Adler hablaba también muchas veces de Ashley Scott y de Alison Blair. El teléfono lo encontró en las tarjetas de visita que alguna vez ellas le dieron.

El compañero de la Universidad les dijo también que, por favor, avisaran al hijo de Rachael Adler que se encontraba en Israel, cumpliendo con el servicio militar de tres años de duración en el IDF o Ejército de Defensa de Israel. Ellas no conocían el teléfono del hijo de Rachael por lo que se pusieron en contacto con Ariel Shem-Tov para que éste lo localizara y le diera la mala noticia.

A continuación, Ashley Scott y Alison Blair se repartieron la tarea de llamar al inglés Joseph Finkelstein, al francés Maurice Garnier, al israelí Ariel Shem-Tov y al australiano Iñaki Andraka que todavía se encontraba en Europa. Los cuatro tomarían un avión al día siguiente desde Londres, París, Tel Aviv y Barcelona respectivamente, y llegarían a San Francisco entre las 12.40 y las 16.20, en función de si el vuelo era directo o tenían algún transbordo en un aeropuerto hub.

Los seis amigos, los seis conspiradores de la libertad, se hospedarían en el hotel que Ashley Scott había reservado en Palo Alto y donde, en una sala reservada para la ocasión. La víspera del entierro, ellos rendirían honor a la séptima conspiradora de los ocho que componían el grupo inicial.  Tras el asesinato de Riccardo Della Rovere, Rachael Adler también había caído en el combate contra el neofascismo emergente. Los seis amigos del grupo sabían perfectamente que también sus vidas estaban en peligro pero no se echarían atrás porque sabían que si ellos perdían, perdería también el mundo entero.

Mientras tanto, el cadáver de Rachael Adler, se encontraba en la Oficina del médico forense del Condado de Santa Clara en San José, donde se le estaba practicando la autopsia forense para determinar la causa de la muerte ya que la investigación en la escena del crimen se había realizado y se considera concluida.

Al día siguiente, miembros de la Jebrá Kadishá o Sociedad Santa de la comunidad judía de South Bay, San José, tomaría el cadáver para llevar a cabo la limpieza del cuerpo y su preparación para el entierro. También se encargarían de dar las indicaciones necesarias para la debida realización de las plegarias y del ritual. Estaba pensado realizar el entierro hacia las seis de la tarde, de manera que pudiera estar presente el hijo de la fallecida, Meir Adler, que llegaría al aeropuerto de San Francisco en el mismo avión que Ariel Shem-Tov.

Antes de enterrarla los miembros de la Jebrá Kadisha, donde unos de ellos era también profesor como ella en la Universidad de Stanford, le habrían hecho una Rejitzá o lavado completo del cuerpo que realizarían con agua tibia, tapando sus genitales y tratando a la muerta con suma delicadeza. Después le habrían puesto a la muerta una camisa 100% de lino, encima del cuerpo. La vestimenta estaría perfectamente limpia, sin mancha alguna. En la cabeza se le colocaría también  una especie de gorra blanca, nueva y limpia. Finalmente, tal como se hacía según el rito reformista —también cuando el muerto era el de una mujer— se le pondría un Talit, rodeándole la cabeza y, de manera que sus extremos cayeran a cada lado del pecho. De este modo ya estaría lista para rezarle el Kadish —un rezo judío por los muertos que no menciona a la muerte sino que alaba a Dios y expresa el anhelo de que se establezca en la Tierra— y así, poder enterrarla, a continuación.

Ee día, antes de ir a cenar, Ashley Scott y Alison Blair se personaron en la Sinagoga Etz Daat, a donde su amiga Rachael Adler, aunque no era muy religiosa, solía acudir de vez en cuando. Según les contó Rachael a sus amigas, a ella le gustaba ir al templo en la grandes celebraciones como en el Ceder de Pesaj o Pascua Judía y durante el principio del año nuevo judío, Rosh HaShana y el día del Yom Kippur, el Día del Perdón.

Una vez entraron en el templo judío, que lo vieron muy agradable y cómodo, las mujeres se presentaron al rabino, Jaim Bergmann, para saludarle y, de paso, para que les dijera en qué podían colaborar ellas, ya que eran como hermanas para la fallecida. También le informaron que el hijo de Rachael llegaría mañana antes del entierro. Aquella noticia le iluminó la cara al rabino:

— ¿Dónde piensa Meir organizar la Shivá? ¿En su casa o preparamos una sala en el templo? —preguntó el rabino Jaim Bergmann con cierta ansiedad.

Las dos profesoras de Harvard se quedaron mirando la una a la otra, como si no entendieran de que estaba el rabino hablando, hasta que Ashley Scott cayó en la cuenta de lo que se trataba.

— ¿Se refiere usted al duelo de siete días que se guarda en el judaísmo por la muerte de un familiar cercano? —respondió la mujer poniendo cierta cara de dudar de que lo que decía fuera cierto.

— ¡Perdón por mi despiste! Pensé que eran judías también —se excuso el rabino poniéndosele la cara un tanto colorada y añadió— No se preocupen que ya me encargaré yo y, por si acaso, prepararé una sala para la Shivá. En el cementerio hablaré con Meir, su hijo, y veremos que hacemos —se apartó con una leve sonrisa y llamó a una mujer de la que comentó que también era muy amiga de Rachael Adler. El rabino le hizo señas para que se acercara.

Cuando la amiga acudió donde ellos y vio a las dos mujeres que estaban despidiéndose del rabino, las reconoció en seguida porque, una vez, que fue a visitar a Rachael en su casa, ellas estaban allí y Rachael se las presentó entonces.  De pronto, Alison Blair sintió un estremecimiento profundo que le subía desde el vientre. Al ver a la mujer que había acudido donde ellas, a Alison le vinieron múltiples recuerdos a la vez, y se le llenaron de repente los ojos de lágrimas. Al poco rato, y como por contagio, las tres mujeres se abrazaron, poniéndose a llorar juntas como desconsoladas.

A la noche, estuvieron invitadas a cenar en la casa de la amiga, junto con toda su familia. Rachael Adler y el recuerdo de su bondad, junto con el de su humildad e inteligencia, como no podía haber sido de otra manera, ocuparon toda la conversación de la cena. Hubo pasajes de la fallecida que se recogieron como una semblanza. Eran historias donde se recogían aspectos desconocidos de Rachael Adler para sus dos amigas que llenaron constantemente sus ojos de lágrimas. La bondad de aquella mujer, unida a su extraordinaria inteligencia, eran sus grandes activos. Un orgullo como parte de la Obra del Creador para todos los seres humanos que la conocieron. 

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