EL ALGORITMO DEL BIG BROTHER—7 Capítulo

por Juanjo Gabiña

Capítulo 7

Los Estados Profundos de los países golpistas empiezan a tener rostro

I

La primavera hacía tiempo que había llegado con gran fuerza y esplendor a la ciudad de Hiroshima y, por todos los lugares por donde se podía caminar, el olor penetrante del aroma de las flores acompañaba siempre a los paseantes. Durante la primavera, en algunos jardines y alamedas de la ciudad y, sobre todo, en algunas granjas populares, podían verse los cerezos en flor donde se acostumbraba a celebrar fiestas. El Festival de las Flores de Hiroshima que se celebraría el mes siguiente, a comienzos de Mayo, se esperaba que acogería a casi dos millones de visitantes que vendrían de fuera de la ciudad.

Sin embargo, también para muchos japoneses, además de que la primavera fuera la época del año en la que naturaleza cobra vida y resurge del invierno con gran colorido y esplendor, esta estación del año era, a su vez, la temporada más emotiva, ya que establecía el principio y el final del año fiscal.

Aquel mes de Abril, el Primer Ministro japonés, Aito Takahashi, había decidido pasar unos días con su gran amigo de la infancia, Izumi Sato, que vivía en una granja situada en las afueras de la ciudad de Hiroshima.  Aito Takahashi, como había hecho muchas veces a lo largo de su vida, necesitaba consultarle a su amigo una serie de temas que le preocupaban mucho y que no le dejaban conciliar el sueño en paz, desde hacia algún tiempo.

Los dos amigos eran de la misma edad y ambos habían nacido en Hiroshima. Nacieron quince años después de que finalizara la Segunda Guerra Mundial y la ciudad hubiera quedado totalmente destruida por la bomba atómica, tristemente  conocida como “Little Boy”. Sus abuelos y sus padres fueron unos “hibakusha” o gente que había quedado afectada por la bomba atómica, y que sobrevivió al terror de la bomba de Hiroshima y sus radioactividad posterior. Una ciudad donde, a partir de Agosto de 1945, murieron algo menos de la mitad de los habitantes de entonces. En total, incluyendo los que murieron en el momento de la explosión atómica y los que fueron víctimas de la radiación nuclear, en Hiroshima murieron 140.000 personas.

Izumi Sato era un hombre que tenía fama de ser muy sensato y muy culto y que, al morir su esposa de cáncer hacía diez años, había dejado la empresa de Osaka, donde trabajaba de ingeniero, y se había retirado a Hiroshima, donde, al tiempo, compró aquella granja y se dedicó a la producción agrícola en base a cultivos hidropónicos. Un negocio que, por lo visto, le había ido muy bien.

La situación en Tokio se había vuelto muy preocupante por las insidias que no dejaban de acechar en torno a la figura del Primer Ministro Aito Takahashi y su gobierno por parte de los “Zaibatsu”, como se conocía a los clanes financieros japoneses. Los Zaibatsu eran organizaciones empresariales muy poderosas en Japón. En realidad, son grandes grupos de empresas que controlan todos los sectores económicos y financieros de Japón. Por lo general, los Zaibatsu eran algo así como monopolios verticales que eran controlados por una sola familia (similares a un holding). Los Zaibatsu contaban con una empresa matriz, en la mayoría de los casos era un banco que, a su vez, era propietario de varias empresas dependientes o filiales, de manera que cada una de estas empresas filiales conformara, a su vez, un eslabón de una determinada cadena productiva. Así es cómo se conformaba el racimo o clúster del poder del los Zaibatsu.

A comienzos de la Segunda Guerra Mundial, el poder de estos clanes financieros era enorme y sólo  el grupo de los Cuatro Grandes Zaibatsu, el llamado Shidai Zaibatsu  y que estaba conformado por los grupos Mitsubishi, Mitsui, Sumitomo y Yasuda, controlaba:

  • Más del 30% de la industria minera, química y metalúrgica.
  • Casi el 50% de la producción de maquinaria y una parte importante de la flota mercantil japonesa.
  • Un 60% del mercado de valores (mediante un mecanismo de participaciones cruzadas).

Después de la Segunda Guerra mundial, y tras la ocupación de Japón por Estados Unidos, la Administración MacArthur, el CSFA o Comando Supremo de las Fuerzas Armadas, inició una serie de reformas para desmilitarizar y democratizar el estado japonés.

Dado que aquellas prácticas corporativistas se consideraban antidemocráticas y asociadas al fascismo, los conglomerados fueron uno de los objetivos para incluir en estas reformas. Los funcionarios norteamericanos, cuya última experiencia de reforma administrativa había sido desarrollada con éxito durante la aplicación del New Deal de Roosevelt, miraban con recelo a las tácticas monopolísticas o anti-competitivas, las cuales se tachaban de corruptas, ineficientes y de proteccionistas.

En cambio, los políticos y economistas japoneses consideraban que la mejor política para la recuperación económica de Japón sería la de conservar la íntima relación existente entre los Zaibatsu y el gobierno. La cooperación entre políticos y emprendedores había sido una dinámica fundamental para la economía japonesa desde la restauración Meiji y, de hecho, se había intensificado durante los años 1930.

Pero esta concepción chocaba frontalmente no solo con los intereses norteamericanos, sino sobre todo con la necesaria democratización de la economía japonesa para impedir el retorno del fascismo. El plan inicial de Estados Unidos no buscaba la reconstrucción económica de Japón; buscaba rebajar la concentración de poder (plan que cambiaría más adelante ante la amenaza del Comunismo y las presiones de los oligarcas y de los lobbies estadounidenses que querían evitar que las leyes anti-trust se aplicaran de nuevo en Estados Unidos como así lo consiguieron). La Comisión del Lejano Oriente acordó que el nivel de vida tolerable para Japón llegara a alcanzar un nivel equivalente al que tuvo entre 1930 y 1934. La Administración MacArthur y el CSFA iniciaron un plan para disolver, uno por uno, todos los Zaibatsu:

  • Se creó una Comisión para la Liquidación de los Holding (HCLC).
  • La Dieta japonesa aprobó, bajo presión estadounidense, la Ley Antimonopolio (1947) y la Ley para Eliminar la Excesiva Concentración de Poder Económico (1947).
  • Para la ejecución de estas leyes se constituyó una Comisión de Comercio Justo, que prevendría la formación de nuevos monopolios.
  • Todas aquellas corporaciones percibidas como un holding, entre las que se incluían los Zaibatsu, debían entregar sus acciones a la HLCL que posteriormente las vendería a toda la población en un mercado libre.
  • Se embargaron los activos de las familias propietarias de los conglomerados de empresas que gobernaban los Zaibatsu.
  • Se prohibió la gestión coordinada de empresas y el intercambio de pedidos comerciales, práctica habitual entre los Zaibatsu.

Pero, a última hora, hubo un cambio de planes. Los lobbies estadounidenses presionaron al presidente Harry Truman y éste traicionó el espíritu del presidente Roosevelt para que el siguiente presidente Dwight Eisenhower terminara de afianzar  las claves para el retorno al fascismo. En efecto, tras la disolución de varios Zaibatsu, Estados Unidos comenzó a replantearse sus planes:

  • La burocracia, los trabajadores y los directivos y toda la ciudadanía en general se mostraban en contra de su disolución. Los trabajadores de Matsushita y sus familias presentaron una petición con 15.000 firmas para salvar a la empresa. Lo consiguieron. Hoy en día, Matsushita es conocida como Panasonic.
  • Las grandes élites norteamericanas (congresistas y lobbies empresariales) criticaron el plan inicial y lo tacharon de inefectivo porque les impedía hacerse cada más ricos y controlar la economía y el verdadero poder de Estados Unidos.
  • Los Zaibatsu se consideraban beneficiosos para la economía japonesa. El Gobierno de Estados Unidos se planteó que la re-industrialización de Japón sería un buen baluarte para frenar la expansión del comunismo por Asia.

En julio de 1948 la lista de disolución la Comisión para la Liquidación de los Holding (HLCL) se había reducido de 325 compañías a 100. Las presión en contra de la disolución de los conglomerados financieros hizo que, en diciembre del mismo año, solo hubiera nueve empresas en la misma lista.

Algo similar ocurrió con el plan para desmilitarizar a Japón. En noviembre de 1946 Estados Unidos pretendía expropiar 2.466 millones de yenes en maquinaria industrial y militar a Japón. En 1949, sólo se habían expropiado unos 160 millones de yenes valorados en maquinaria.

A finales de los años 1940, China había caído bajo el Partido Comunista. El marxismo y las ideologías de izquierda alcanzaban cotas de popularidad nunca vista en Japón. La Guerra Fría había comenzado y Estados Unidos observaba, desafiante, la ola comunista emergente. Por ello, y por presiones de sus lobbies económico-financieros en Washington DC, dio un giro en su política y abandonó su programa para la disolución de los Zaibatsu. Si bien es cierto que con comunistas o sin ellos también lo hubieran hecho.

Aquel abandono de la política se celebró también como un triunfo por la oligarquía estadounidense. No sólo habían ganado los Zaibatsu japoneses. En Washington DC, los lobbies empresariales y financieros de Capitol Hill habían ganado una batalla decisiva a la clase política norteamericana. Desde entonces, ganara quien ganara las elecciones, siempre ganarían ellos y podrían nacer los Zaibatsu norteamericanos pero esta vez a escala mundial: las multinacionales.

El Primer Ministro japonés, Aito Takahashi, y parte de su Gabinete ministerial, habían recibido amenazas de muerte por parte de algunos Zaibatsu. El Kempei Tai o Servicio Secreto Japonés y la Naicho, Oficina de Inteligencia e Investigación del Gabinete que dependía del Primer Ministro Takahashi, habían confirmado que las amenazas eran ciertas. Los Zaibatsu modernos querían entrar en un gobierno de concentración presidido por Akira Yasumoto, de uno de los grupos corporativos. A esta propuesta, tan desleal como antidemocrática, tanto el Primer Ministro como su Gabinete y la mayoría del Parlamento se oponían frontalmente.

Aquella tarde, tres helicópteros oficiales del Gobierno japonés aterrizaron en la granja de Izumi Sato, a las afueras de Hiroshima. La Policía de Seguridad japonesa, también conocida como SP o Sekyuritī Porisu, era la unidad de protección que tenía asignada la responsabilidad de escoltar a los VIP locales y extranjeros, y también al Primer Ministro, tanto en suelo japonés como en el extranjero.

Sus oficiales eran conocidos por llevar la insignia SP en la solapa del traje, corbatas rojas y pañuelos de bolsillo en sus trajes. Su estructura había sido muy influenciada por el Servicio Secreto de los Estados Unidos. La SP había tomado desde la mañana el control de la granja para garantizar su seguridad. Después de la frugal cena que el Primer Ministro y su amigo habían comido aquella noche, ambos se habían retirado al “tokonoma” del salón para poder charlar tranquilamente, mientras saboreaban lentamente unos tragos de un excelente shoju como era aquella botella de Kuro Kirishima.

— ¿Qué es lo que opina el Emperador Nahurito acerca de este probable golpe de estado? —reclamó Izumi Sato a su amigo el Primer Ministro para que le contestara.

— El emperador no dice nada, ni se atreve a hacerlo —respondió tajante Aito Takahashi, para añadir con una tono más reservado— Si lo hiciera, sabe que no durarían en anularlo, si no físicamente, si lo harían encerrándole en su residencia palaciega de Tokio, el Kōkyo.

— ¿Pero me has dicho que sí cuentas con el apoyo de las Fuerzas Armadas?—insistió su amigo Izumi Sato, cada vez más asustado por el cariz que estaba tomando la situación. A decir verdad, según lo que el Primer Ministro le había confesado, Aito sintió que, por primera vez, estaba temiendo por la vida de su gran amigo de la infancia.

— En principio sí. Pero ya sabes lo importante que es la disciplina y la cadena de mando en el ejército. Si alguien me sustituyera, alguien corrupto que no pensara como nosotros, y que trabajara a favor de los Zaibatsu, es casi seguro que, al menos, durante un tiempo más o menos largo, perderíamos un gran apoyo y aliado para garantizar el orden democrático y las libertades, al menos, tal como lo hemos conocido hasta ahora. Otro problema grave añadido es que tanto en Estados Unidos como en Alemania, los grandes grupos corporativos también persiguen hacerse con el poder político en dichos países. Ayer noche, estuve charlando, durante más de una hora, con el Presidente Brown de Estados Unidos y sabemos perfectamente quién lidera todo este movimiento de índole fascista, a nivel mundial.

Izumi Sato no pudo contenerse y exclamó— ¡Gaman! —queriendo decir a su amigo que había que resistir ante las adversidades y seguir luchando, aunque pareciera que todo estaba perdido. Aito Takahashi se lo agradeció inclinando la cabeza y prosiguió:

— Se trata del mayor grupo corporativo del mundo y que controla la “mega-entidad” estadounidense conocida como Page Capital. Su presidente ejecutivo es el conocido Arnold Page que está considerado como el hombre más rico del mundo. Según los informes del SP que me han entregado esta mañana, se trata de un hombre cruel y terriblemente ambicioso. Un verdadero sociópata que se cree que el futuro de la humanidad necesita contar con un nuevo régimen político de gobierno. Pretende instaurar una dictadura mundial basada en el mismo régimen de los emperadores romanos pero, esta vez, a nivel mundial. Le llama el Principado Mundial.

Mientras terminaba esta última frase, el Primer Ministro  japonés, Aito Takahashi, ocurrió algo insólito. De pronto, surgieron dos drones de combate desde la oscuridad de la noche y, arremetieron contra la ventana del salón y la rompieron lanzando una granada de explosión controlada, suficiente como para destrozar sólo las ventanas. Inmediatamente se introdujeron dentro de la estancia donde se encontraban los dos amigos charlando y estallaron ambos drones, casi al mismo tiempo.

Los explosivos que portaban eran de tal potencia destructiva que arrasaron la casa residencial y todo lo que había a veinte metros de distancia. En la casa no quedó nadie con vida. A la 1.00 de la madrugada, las televisiones japonesas y las cadenas internacionales destacadas en Japón rompieron su programación para anunciar que, hacía dos horas, el Primer Ministro Takahashi había muerto en Hiroshima, como consecuencia de un atentando con bombas. Las noticias añadían que se desconocía a los autores del magnicidio y que la policía y el servicio secreto estaban investigando.

II

Aquella tarde, se iban a desarrollar en París dos importantes reuniones. Aunque el tema fuera el mismo para las dos, éstas se celebrarían en lugares bien distintos y distanciados entre sí con el lema “Estrategia para hacer frente al golpismo del sector financiero-empresarial”. La hora de comienzo para las dos reuniones difería en treinta minutos. La primera reunión estaba programada para las 5.00 y la segunda para las 5.30 de la tarde.

A la primera de las reuniones acudiría el Secretario de Estado norteamericano, Alan Berkovitz, y se celebraría en la embajada de Italia. A esta reunión llegaría también el propio Primer Ministro italiano, Luigi Salviati, que presidiría la reunión. En la lista de convocados aparecía un número importante de embajadores y diplomáticos de diferentes países destacados en Paris. El secretario General de la OCDE, Juan José Ruiz Arrillaga, que asistiría a la reunión, se juntaría antes para almorzar con el Secretario de Estado norteamericano y con el Primer Ministro Italiano.

La segunda reunión sería presidida por la profesora de Historia de la Universidad de Harvard, Alison Blair. Ella había quedado a almorzar con dos buenos amigos: el profesor israelí en Inteligencia Artificial del Instituto Tecnológico de Israel “Technion”, Ariel Shem-Tov, y el profesor australiano de Prospectiva Estratégica de la Universidad Tecnológica Curtin de Perth, Iñaki Andraka. También acudirían diferentes hombres y mujeres del mundo de la Ciencia y de las Artes de diversos países, mayoritariamente de países pertenecientes a la Unión Europea. En total se juntarían unas 40 personas en una de las salas de reuniones del Auditorium Paris Centre Marceau, un edificio de singular belleza arquitectónica situado entre la Torre Eiffel y el Boulevard de los Campos Elíseos.

A las 18.00 horas de París, siete horas antes que el horario de Tokyo, se corrió la noticia por todo el mundo. El Primer Ministro japonés, Aito Takahashi, había muerto en atentado con bomba, a las 11.50 de la noche, hora de Japón. El lugar del atentado se había producido en la ciudad de Hiroshima, donde el Primer Ministro se encontraba pasando unos días de descanso.

Se decía también que, por el momento, no había pistas sobre los verdaderos autores del atentado y que un gran número de agentes de policía y de agencias de seguridad estaban trabajando en las investigaciones iniciadas para dar con los asesinos.  Algún comentarista insinuó que, entre los posibles magnicidas se encontraría una rama muy sanguinaria de la mafia japonesa o Yakuza, que recientemente había conocido bastantes detenciones por parte de la policía y que, a causa de los arrestos sufridos, había jurado vengarse.

La reunión que se debía celebrar en el Auditorium Paris Centre Marceau, no se celebró porque una vez recién empezada, ésta quedó abortada por la terrible noticia del asesinato del Primer Ministro japonés. Durante el tiempo que debían haber dedicado a los temas contemplados en el orden del día de la reunión, se lo pasaron hablando del atentado y sus probables autores, los Zaibatsu, y de otros temas relacionados con el brutal asesinato del Director General del FMI, que algunos apuntaban como autores fácticos a la CIA o al NSA. Así pues, la reunión no llegó a  celebrarse y todos quedaron en posponerla hasta el día siguiente, a las 10.00 de la mañana, en el mismo lugar.

Por el contrario, en la reunión que se celebraba en la Embajada de Italia, al empezar antes que la otra, la noticia llegó cuando gran parte del orden del día ya se había desarrollado, si bien la noticia causó un mayor impacto, puesto que Aito Takahashi era conocido e, incluso, amigo para alguno de los allá presentes. De cualquier modo, es cierto que, tras escuchar por boca de un portavoz de la Embajada de Italia y guardar un minuto de silencio por la muerte del Primer Ministro japonés, la reunión quedó prácticamente interrumpida y el público asistente se levantó de sus asientos e hizo amago de dispersarse, con la intención de salir de la embajada, ya que, previamente se había quedado en que, en menos de una semana. A todos les llegaría información clasificada, utilizando los medios de seguridad que al comienzo de la reunión se precisaron. En ese sentido, todos entendieron que la reunión quedaba concluida.

Pero una llamada que rogaba que todos permanecieran sentados en sus asientos, les hizo desistir de salir del salón. Se anunció que esperaran unos minutos, para que el Secretario de Estado norteamericano pronunciara unas palabras de despedida. Tras guardar todos en pié un minuto de silencio por la muerte del primer ministro japonés, se anunció que le Secretario de Estado del Gobierno estadounidense pronunciaría unas palabras. Alan Berkovitz tomó entre sus manos el discurso que tenía preparado para la reunión, y que, en esos momentos,  venía ahora como anillo al dedo, e inició su exposición:

Ante el cadáver de Aito Takahashi, un hombre que, además de Primer ministro, era amigo mío y profundamente demócrata y defensor de las libertades, y con la fe puesta en nuestra victoria contra el renovado fascismo, quisiera recordaros a todos que, históricamente, el ejercicio de las libertades ha necesitado de la garantía de los gobiernos y del poder político para mantenerlo vigente, respetando escrupulosamente las constituciones que, en su tiempo, fueron pactadas. No existe garantía privada para el ejercicio de las libertades. El ejercicio de las libertades en una democracia nunca estará  asegurado si los gobiernos que tenemos toleran, aceptan y promueven el crecimiento del poder económico y financiero sin límites, pues este poder cae en manos de elites privadas que conforman empresas que, hoy día, se han convertido en grandes conglomerados, como las mega-entidades, que controlan muchos gobiernos y sus élites gobernantes, en todos los sentidos.

En años pasados, el poder de las mega-entidades empezó a ir más allá de lo que representaba la mera gestión empresarial en defensa de sus intereses porque sus lobbies empezaron a considerarse impunes a la hora de comprar a los políticos, y con ello al poder político y sus decisiones, abriéndose así el camino hacia lo que llamaríamos como una dominación total desde la sombra. Es lo que siempre se ha conocido como el Estado Profundo, el verdadero poder que hay detrás de la política y que gobierna desde el control que ejercen sobre las democracias los políticos corruptos. Sin embargo, en la fase actual, en la etapa que nos encontramos, se ha producido un cambio cualitativo muy importante. El Estado Profundo quiere ahora para sí el poder político real y empieza a mostrar su verdadera cara y los nombres de los que lo controlan.

Gracias a nuestros servicios de inteligencia que consideramos fiables y bajo nuestro control democrático, como el FBI y la Agencia de Inteligencia de la Defensa, DIA, tenemos información suficiente como para saber que se ha creado una red de Estados Profundos, a nivel mundial, que persigue el derrocamiento de los gobiernos democráticos actuales para implantar un régimen autocrático, de índole fascista, al que denominan el “Principado Mundial”, una emulación anacrónica del régimen de la Roma imperial —la expectación había crecido enormemente entre los asistentes que se mantenían en total silencio, escuchando con mucha atención el discurso del Secretario de Estado norteamericano. 

Esto es, en esencia, lo que hemos siempre conocido como el fascismo, el dominio de las naciones del mundo por parte de las superpoderosas Mega Entidades que funcionan como unos enormes holdings de holdings, controlando grandes conglomerados o constelaciones de empresas industriales, comerciales, grupos financieros pertenecientes a un determinado grupo o a cualquier plutócrata que los controle. El poder económico de cada una de estas mega-entidades es tan grande que supera al de las mayoría de las naciones del mundo.

Para nadie de los que estamos aquí reunidos será un secreto, ni ninguna novedad, que uno de los rostros —tal vez el más sobresaliente de la globalización, desde diferentes perspectivas, bien sean éstas, tanto políticas, económicas, financieras militares y sociales, como religiosas, culturales e ideológicas— ha sido el de las grandes corporaciones empresariales del sector privado.

A lo largo de estos últimos sesenta años, se han formado grandes conglomerados empresariales multinacionales que han alcanzado un alto poder de concentración y acumulación de capital, en todo el planeta, que apenas pagan impuestos por los cuantiosos beneficios que realizan todos los años y que tienen el monopolio de las armas, de las comunicaciones, de las materias primas, del mercado, de la ciencia y la tecnología e, inclusive, controlan muchos gobiernos y universidades, por lo que  están muy próximos a hacerse también con el poder político e ideológico.

Entre nuestros diferentes gobiernos de Estados Unidos que se han sucedido hasta ahora, empezando por la Administración Eisenhower que surgió después de la Segunda Guerra Mundial, señalaré que fue el primer gobierno estadounidense que sacó el tren de la sensatez económica de las vías correctas que se habían establecido para controlar el abuso de poder del dinero y las riquezas. Dwight D. Eisenhower estaba obsesionado por la guerra fría contra el comunismo y mal asesorado por los grupos empresariales, bajó la guardia ante la aplicación de las políticas que enarbolara el presidente Franklin Delano Roosevelt contra los desastres que también creaba la concentración de poder dentro del capitalismo y desestimó las leyes antitrust. De este modo, puso fin al New Deal y dio carta verde a un capitalismo sin control y salvaje que nacería después.

Ello dio paso a la lógica del desarrollo del  capitalismo en un mundo globalizado, donde el grande se come y/o destruye al más pequeño. Donde todo vale, hasta el dumping social, para afianzar el control y dominio de las empresas multinacionales.  Así se perdió la noción de lo que era lícito y lo que era ilícito. Lo único que importaba era la optimización máxima de los beneficios con lo que, hablando en plata, la avaricia se convirtió en el verdadero motor del capitalismo y no el bien general, como debía haberlo sido. Y, para ello, que mejor que pensar que el Planeta Tierra era una mercancía que se podía vender y comprar, que todo era negociable y comercializable, porque todo se podía adquirir, primero los cuerpos, luego hasta las almas, y todo se podía vender. Para este capitalismo salvaje, todo era un mercado que incluía hasta los propios seres humanos y sus necesidades básicas como la salud, la vivienda, la educación, etc.

Ahora, por nuestra desidia y estupidez, estamos pagando nuestros propios errores del pasado. Dejamos crecer tanto a la bestia que ahora ella es la que quiere devorarnos y nos amenaza con hacerse con el poder político y eliminar nuestra democracia, nuestras conquistas sociales y hasta nuestro régimen de libertades. Para los plutócratas, los gobiernos democráticos ya no formamos parte de la mesa sino que hemos pasado a ser parte del plato. Nos quieren devorar —aquella frase, tan gráfica como expresiva de lo que estaba pasando, levantó más de una exclamación sorpresiva entre el público.

Hoy en día, las mega-empresas saben que el poder económico-financiero que controlan, en realidad, es muy frágil e inestable porque pende de un fino hilo, debido al astronómico apalancamiento financiero que lo soporta y que en cualquier día puede estallar. En el momento en el que se produzca el crack financiero, saben que el que más tiene será el que más pierda. Las grandes corporaciones saben que serán las grandes perdedoras y están dispuestas a todo para evitarlo y, para ello, saben que hay poco tiempo y que deben hacerse con el poder político, cuanto antes y será como sea, porque para ellos el fin siempre justifica los medios —la tensión emocional había crecido entre el público hasta unos niveles muy altos. Alan Berkovitz se percató de ello y decidió acortar su discurso y pasar a sus palabras finales

El brutal asesinato del Director General del FMI, Riccardo Della Rovere, y el reciente atentado mortal contra el Primer Ministro japonés, Aito Takahashi, han ocasionado nuestras primeras bajas de esta guerra ya iniciada. Significa que hemos pasado a una nueva fase donde no habrá ni tregua, ni cuartel. Lo que quiere decir también que los golpistas nos han perdido el respeto y se han crecido, porque consideran que, gracias a los políticos corruptos que mantienen en la nómina de sus empresas y gracias a la manipulación de las elecciones nos van a derrotar fácilmente.

Puedo hablar en nombre del Gobierno de Estados Unidos para adelantarles a todos ustedes que nosotros también pasaremos al ataque, aunque lo haremos dentro de nuestra legalidad vigente. Sabemos que los gobiernos de Alemania, Francia, Irán y quizás Rusia y China están con ellos. Los gobiernos del Reino Unido y Japón están sometidos a grandes presiones y amenazas para que claudiquen ante sus exigencias. El asesinato del Primer Ministro japonés se inscribe también como una advertencia. Por ello, deberemos extremar al máximo nuestras medidas de seguridad y, de hoy en adelante, estaremos en permanentemente en contacto, sólo por los canales que hemos establecido como totalmente seguros.

Canadá, Italia y Estados Unidos somos países que debemos dar ejemplo y colocarnos a la vanguardia de la lucha, para estar a la altura de las circunstancias. Ya no hay lugar para la esquiva y el disimulo. A partir de ahora, cada uno de nosotros, en sus respectivos países, deberá emprender una lucha  sin descanso. Hemos pasado nuestro Rubicón. “¡Alea jacta est!”. La suerte está echada —concluyó, diciendo estas palabras finales y visiblemente emocionado, apareció el Alan Berkovitz humano que se crece ante las dificultades para dar lo mejor de sí mismo.  Los aplausos de las casi cien personas asistentes invadieron el espacio del salón. Todos estaban también emocionados y sabían la responsabilidad que habían contraído y, en bastantes casos, sabían también los riesgos que sus vidas correrían en adelante.

III

Cuando a las 8.30 de la mañana, Jane Foster llegó a la casa de Newport Beach, todo el mundo se encontraba dormido, salvo el matrimonio Fernández y su socio, Jeff Miller. Según su jefe le contó a Jane, la víspera. Después de cenar, hubo una tertulia muy interesante. Los comensales habían mantenido una larga y fértil conversación en la que. si bien Jeff apenas cruzó dos o tres palabras con el resto, lo que allí se habló sí que se le quedó muy grabado. Por eso, acompañándole con su segunda taza de un excelente café de Guatemala, mientras Jane se ponía las botas desayunando un delicioso jugo de papaya, sus huevos fritos, sus frijolitos, sus platanitos y su queso blando con su correspondiente taza de café que Lucía le había preparado, Jeff le estuvo contando, con todo tipo de detalles, lo que allí se dijo. De manera especial, le describió las intervenciones de la señora Beckett que a Jeff le parecieron muy fuertes pero también muy sensatas, sobre todo cuando sus comentarios provenían de una persona que estaba muy informada, como era la Fiscal de Distrito del Condado de Los Ángeles.

De pronto, el teléfono móvil de la mujer detective empezó a sonar en el salón-comedor de la casa. Jane se levantó de la silla y le hizo señas a Jeff para que no hablara y corrió desde la mesa terraza que estaba junto a la piscina, donde se encontraban ella y su jefe desayunando, para ir a por su bolso, sacar su teléfono y contestar a la llamada. Estuvo un largo rato escuchando lo que desde el otro lado del hilo le decían y cuando terminaron, colgó con la cara muy seria. Regresó  a la mesa donde Jeff todavía se encontraba, y le susurró en voz baja:

— Era de la Oficina del FBI de Los Ángeles. Les había dicho que, en cuanto supieran algo, me llamarán por teléfono. Pues bien, ya conocen las identidad de los tres matones muertos —se detuvo entonces para observar fijamente a su socio, amigo y mentor— ¿A que no te imaginas qué eran? —Jeff Miller que tenía el pelo ya quemado con el humo de cien batallas, respondió con una sonrisa en los labios y sin pestañear:

— Eran agentes de la CIA o de la NSA.

Jane Foster se quedó con la boca y los ojos muy abiertos cuando escuchó la respuesta de su socio y sólo gritó para precisar y plantear una pregunta:

— ¡Eran de la CIA!, ¡Dios mío! ¿Qué tendrás que ver tú con la CIA para que envíen tres agentes a matarte?

— Ni idea —contestó Jeff encogiéndose de hombros— Y lo peor de todo es que, por más que intento recordar, no creo que, en toda mi vida profesional y que yo me acuerde, haya tenido con la CIA nada que ver.

— También me dijeron que, en los bolsillos de uno de ellos, habían encontrado una copia de un email dirigido a Joseph Finkelstein donde se te menciona a  ti y que fue enviado desde alguna dirección genérica del FMI. El email no lleva firma y sólo dice que te enviara cuanto antes instrucciones acerca de lo que sería la cobertura del servicio a prestar, firmara el contrato y que te pagara por anticipado y que no te dijera nada acerca del tema tan importante que él tenía contigo desde hace tiempo.

— ¡Es increíble! —exclamó Jeff Miller, moviendo de un lado a otro la cabeza como aquel que no entiende nada.

IV

El vuelo de Los Ángeles a Washington DC, de United Airlines, aterrizaba a las 19.20 en el Aeropuerto Nacional de Ronald Reagan. Media hora más tarde, el trío formado por Joseph Finkelstein, Ashley Scott y Jeff Miller se dirigían en taxi al centro de la capital donde se encontraba el Hotel George Washington, junto a Lafayette Square. Allí se hospedarían los tres. Cuando se estaban registrando en la recepción del hotel y les estaban dando una suite a cada uno, se enteraron del asesinato del Primer Ministro Japonés Aito Takahashi. Aquello les dejó perplejos, pero reaccionaron enseguida, y quedaron en evitar realizar cualquier comentario sobre el tema hasta que estuvieran solos. Mientras se dirigían a los ascensores, el mozo de equipajes les advirtió que encontrarían unos aperitivos, sandwiches y bebidas frías y calientes que les habían servido para que comieran y repusieran sus fuerzas después del viaje.

También recibieron una nota que venía dentro de un sobre cerrado, donde se les comunicaba que a las 21.15, el Jefe de Gabinete del Presidente Brown pasaría a buscarles para llevarles al lugar donde se celebraría la reunión secreta que aquella noche mantendrían con el propio Presidente Brown, y otros invitados. En la historia de Estados Unidos, Thomas Smith había sido el primer hombre de color que ocupaba el cargo de Jefe de Gabinete de la Casa Blanca.

El encuentro con Thomas Smith se realizó en la suite de Joseph Finkelstein que estaba contigua a la de Jeff Miller y algo más alejada de la de Ashley Scott. Cuando llegó el detective, Finkelstein y Smith estaban enzarzados en una discusión amigable sentados en torno a una mesa y bebiendo ambos una copa de vino. El inglés hizo la presentación de Jeff Miller al Jefe de Gabinete que, por lo que contestó, sabía perfectamente quién era él y el objeto de su presencia allí. Iba también Miller a servirse una copa de vino y sentarse en el tresillo con los otros dos hombres, cuando apareció por la puerta, Ashley Scott, muy elegantemente vestida y acompañada de dos “gorilas” del Servicio Secreto.

— Lo siento, pero tenemos que irnos a la reunión donde ya nos esperan —Thomas Smith se levantó del asiento y le comentó sonriente a Jeff Miller, mientras señalaba su copa de vino aún vacía, pero que estaba a punto de llenársela— No se preocupe Miller. En la sala donde celebraremos la reunión habrá también canapés y bebidas —y saliendo por la puerta de la suite, a las 22.00 en punto de la noche, les esperó a todos en medio del pasillo para comentarles a los tres recién llegados de Los Ángeles:

— La reunión será en la suite que está al final de este pasillo. El Presidente Brown nos está ya esperando.

Jeff Miller se le quedó mirando a Thomas Smith y a los dos se les escapó la misma sonrisa de pícaros. Así era la seguridad que proporcionaba el Servicio Secreto. Una seguridad que era completamente contraintuitiva. Mientras caminaban por el pasillo y poco antes de llegar a la sala de la reunión, Joseph Finkelstein se le acercó a Ashley Scott y le dio un papelito que ella guardó en su maletín. Una nota parecida fue la que el Jefe de Gabinete, Thomas Smith, le enseñaría a Jeff Miller y, a continuación, se lo introdujo en el bolsillo de su chaqueta. Se miraron de nuevo y el detective comprendió que era una nota para que la leyera después de la reunión.

Las palabras de bienvenida del Presidente Brown fueron una invitación a la lucha como así lo fue el tono de toda la reunión. No hubo presentación entre los doce asistentes porque apenas había tiempo, ya que la reunión no podía prolongarse por encima de las 23.00. En total, sólo se contaba por seguridad con un tiempo no superior a la hora y media. La intervención más larga y base de la reunión fue la expuesta por el propio Director del FBI, Robert Stone. También protagonizaron una buena intervención el Fiscal General, Ryan Clinton, el Secretario de Defensa, Oscar Flynn y el Jefe del Pentágono, Almirante James Custer. Desde la reunión mantenida en la Isla Santa Rosa, todos ellos eran ya conocidos para Jeff Miller. Joseph Finkelstein completó la tercera intervención y fue el que puso los puntos sobre las íes con respecto a los puntos débiles que los defensores de la democracia presentábamos a los golpistas. La mayoría del resto de las personas allí reunidas intervino sólo para hacer preguntas sobre algún tema en cuestión o para responder a algunas preguntas que formularon los tres ponentes.

Según confirmó Robert Stone, el cabecilla de los golpistas, a nivel mundial, era Arnold Page, presidente y director general de Page Capital, el mayor conglomerado  empresarial del mundo. Arnold Page era suficientemente conocido por todos los allí presentes. También se confirmó que CIA y la NSA, a nivel de dirección, estaban muy comprometidas con los golpistas. Lo que no se sabía era que el Presidente del Sistema de la Reserva Federal o Fed, que también era el director ejecutivo activo de la Junta de Gobernadores del Fed, era también otro líder entre los golpistas.

Se habló que Wall Street y que casi todo el sector financiero de Estados Unidos estaba con los golpistas. Entre las empresas industriales partidarias de los golpistas también se encontraba muchas conocidas como las empresas energéticas del carbón, petróleo y gas y algunas empresas del sector de automoción y de los servicios públicos que funcionaban en régimen monopolista, entre otras empresas. También estaban las más importantes del sector forestal, agrícola y ganadero y la inmensa mayoría de los bancos, empresas de seguros y grandes sindicatos.

A nivel internacional, se daba por perdida Alemania, donde la profunda crisis económica surgida como consecuencia de la quiebra de varias de sus empresas del sector de automoción, había repercutido gravemente en la economía de todo el país. La tasa de desempleo había casi alcanzado la tradicional tasa de paro de España, situada en torno al 15% de su población activa. La situación en Alemania se había vuelto insostenible y empleo industrial se había reducido en un 25%.

Una parte de la pérdida de puestos de trabajo era debida a la quiebra y desaparición de industrias tras la pandemia del coronavirus y al impulso al coche eléctrico por el New Deal ante el recrudecimiento del cambio climático y que facilitaba la importación de coches chino. Por otra parte, otra pérdida de puestos de trabajos era como consecuencia de la robotización y digitalización avanzada, gracias a la Inteligencia Artificial, de los procesos de fabricación que tanto afectaba a la eliminación de puestos de trabajo, sobre todo en la banca, en la administración pública  y en el sector industrial.

De igual modo, en apenas tres años, el capital financiero alemán, con el apoyó del Deutsche Bundesbank y del BCE, había desplazado al todo-poderoso capital industrial  alemán y se había hecho con el control del Gobierno alemán y con ello de las políticas de desarrollo del país. La gente experimentó una ligera mejora en sus condiciones de vida, gracias a los micro-empleos y al subsidio de paro condicional y se acabaron las protestas significativamente.

Algunas políticas que se implementaron recientemente recordaban mucho a las de la Alemania nazi de los años 1930. Se sabía que el Canciller alemán no estaba con los golpistas pero era un hombre débil  de carácter y, además, habían amenazado a su familia. Desde entonces, las riendas de la política en Alemania empezó a llevarlas el Vicecanciller Friedrich Honecker y que era, a su vez, Ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno Federal de Alemania. Se trataba de un convencido fascista, cuyas ideas las heredó de sus padres y, sobre todo, de sus abuelos que llegaron a ser destacados nazis.

Francia se encontraba en peor tesitura ya que su Presidente y Primer Ministro se habían declarado grandes defensores de  la Alianza franco-alemana que controlaba la Unión Europea, a través de la Comisión Europea.  Se tenía bien claro que, ante el auge del populismo en las democracias occidentales, las ideologías habían muerto y las masas, totalmente adocenadas, sólo seguirían al líder que era quien controlaba las fuerzas armadas.

La mayoría de las audiencias de los medios de comunicación se encontraban en manos de los golpistas. El desarrollo de la capacidad de pensamiento crítico había sido totalmente eliminado de la educación. De este modo, sin toma de conciencia, ni capacidad para adquirirla, por parte de las masas, la democracia y el ejercicio de las libertades, permanecerían sólo como mera apariencia.

En lo referente a otros países de la Unión Europea, España, Polonia, Suecia, Austria, Hungría, Bulgaria, Rumania, la República Checa y otros países europeos simpatizaban con la conspiración golpista y esperaban las órdenes de la Alianza franco-alemana. Como era de esperar, Portugal, Grecia, Bélgica, Holanda y los Países nórdicos se oponían frontalmente al golpismo.

El caso de Italia resultaba paradigmático. Hacía tres años, se daba por seguro que Italia se alinearía con Alemania y Francia, pero algo debió pasar en los últimos años, y tras varios años de gobiernos populistas, con el aumento del desempleo como consecuencia de la pandemia COVID-19 y del tsunami tecnológico debido a la 4ª Revolución Industrial, resurgieron con fuerza partidos políticos más ideologizados y progresistas que recogían lo mejor del liberalismo progresista y social y de la socialdemocracia que volvía a resurgir como el Ave Fenix.

De este modo, sorpresivamente, estos partidos ganaron las elecciones y crearon una coalición de gobierno de centro-izquierda, para luchar por el empleo, la recuperación del Estado de Bienestar, la equidad social, la democracia y las libertades, la reducción de la semana laboral, aprovechando el despliegue masivo de las tecnologías de la 4ª Revolución Industrial y las instituciones para la formación permanente que estaban sustituyendo a las universidades, verdaderas fábricas de parados.

No se habló sobre la situación en otros países del mundo porque no hubo tiempo para ello y además, se había avisado al principio, cuando se guardó un minuto de silencio por la muerte de Aito Takahashi,  que el tema del asesinato del Primer Ministro Japonés se analizaría cuando hubiera más datos, pero que, se daba por sentado, que los golpistas encabezados por los Zaibatsu habían sido los autores.

Finalmente, se pasó a la breve exposición que tuvo que improvisar Joseph Finkelstein porque tan sólo quedaban ocho minutos para las 23.00 horas que se había fijado como la hora límite para finalizar la reunión. El ingeniero inglés concentró su discurso en la consideración de que Estados Unidos tenía un punto débil en su estructura de poder ya que, si ésta se quebraba, peligraba también la continuidad de su estabilidad política. Una eventual eliminación del Presidente de Estados Unidos, para ser sustituido por un Vicepresidente que tuviera unos intereses y creencias totalmente opuestas, modificaría totalmente las políticas en curso.

Tal fue el caso del asesinato del Presidente John F. Kennedy y su sustitución por el Vicepresidente Lyndon B. Johnson. Un personaje oscuro que está considerado por muchos expertos como el verdadero cerebro del magnicidio. Así, mientras que JFK utilizaba distintos canales para negociar la paz con los rusos, y posiblemente también con los cubanos, Lyndon Johnson tenía su propio canal secundario: El Estado Profundo. Un verdadero poder oculto en la sombra que estaba controlado por la CIA, la mafia y las empresas de fabricación de armamento militar que con las ideas del Presidente Kennedy en pro de la paz, veían peligrar su tan productivo negocio.

Actualmente, Finkelstein manifestó que encontrábamos ante un problema parecido, habida cuenta de que el Vicepresidente Clayton había manifestado repetidas veces su discrepancia con la política progresista del Presidente Brown, a la que calificaba de temeraria y antiamericana, porque había contribuido al cierre de actividades dedicadas al fracking de petróleo y gas y a la extracción de carbón, por considerarlas actividades muy contaminantes y nocivas para la lucha por frenar el cambio climático. Además, el propio el Vicepresidente en muchos aspectos coincidía más con el presidente Trump. Para el la pandemia había provocada por China y todavía era más agresivo con ciertas políticas de la Casa Blanca porque habían sustituido las políticas de Trump y estaban acabando con el tradicional estilo de vida norteamericano, al  apoyar el hecho de que muchas ciudades y Estados de la Unión hubieran prohibido y/o limitado el tránsito por sus ciudades de los contaminantes vehículos de combustión interna.

De igual modo, el apoyo del Vicepresidente Clayton a la causa de los golpistas era algo que también estaba fuera de toda duda. Las grabaciones audiovisuales que se le habían hecho por parte del FBI y que algunos habían podido visionar eran contundentes. Por ello, se debía evitar por todos los medios que este Vicepresidente traidor se convirtiera en el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, ya que si el Presidente Brown desapareciera sería casi seguro que los demócratas y luchadores por las libertades perderían una batalla decisiva, no sólo en Estados Unidos sino también a nivel global. En consecuencia, resultaba de vital importancia que se extremara al máximo la seguridad del Presidente Brown por el bien de Estados Unidos y del mundo entero.

V

A las 8.30 de la noche, hora de California, Jane Foster devolvió la llamada a su socio Jeff Miller. Ella había preparado la cena en su casa y entonces acababa de acostar a su hija, mientras su marido, Ralph Gordon, recogía la mesa y guardaba los platos en el lavavajillas. Así pues, Jane se tomó su tiempo y se sentó en las escaleras que llevabas al piso de arriba para contarle las incidencias del día a su jefe, Jeff Miller.

— Todo salió como estaba programado. Después de comer en la casa,  le acompañé a Maurice Garnier a que tomara el vuelo de Air France que partía a las 15.11, en dirección al Aeropuerto Charles de Gaulle, París. Llegará mañana a su destino hacia las 11.00 de la mañana, hora de Paris. Después he pasado por la Agencia y me he reunido con los muchachos. Todo marcha muy bien y estamos a tope de trabajo. Por cierto, cuando regreses te vas a encontrar con cantidad de solicitudes de colaboración en trabajos de investigación. Tendremos que pensar algo para cambiarnos de oficina. Ésta ya se nos ha hecho pequeña. Pero cambiando de tema, ¿Qué tal os fue vuestra reunión en Washington?

— Ya te contaré todo a mi regreso. Ahora es mejor no hablar nada por teléfono sobre ello —respondió su jefe con brevedad pero no de manera cortante— ¿Alguna noticia más? —preguntó Jeff

—Todo ha sido trabajo rutinario. Ya te lo he empezado a comentar antes y te añadiré algunos temas para contártelos con más detalle.  A la tarde, regresé a la oficina para resolver algunos temas que tenemos pendientes y, estando allí, me llamaron de nuevo de la Oficina del FBI. Querían hablar contigo. No te lo había dicho antes porque pensaba hacerlo cuando regresaras. Me preguntaron si habías recibido del servicio de correos, USPS, algún paquete o, en su caso, un papel para que lo fueras a recoger a la oficina de correos. Doralba, nuestra secretaria para todo, me contestó que no se había recibido nada y que había mirado en el buzón de tu casa y que tampoco allí había ninguna nota referente al paquete. Cuando le di esta información, el inspector del FBI también insistió que en que te preguntara si tenías algún buzón postal más que estuviera a tu nombre en alguna otra parte. Pensé en la casa de Newport Beach pero comprendí, en seguida, que si hubiera llegado algo allí te lo hubieran comunicado estos días que habéis estado en la casa. Por casualidad, ¿No tendrás ninguna otra casa más a tu nombre? —concluyó Jane Foster sonriendo.

Jeff Miller también sonrió al escuchar la pregunta. Y se dijo a sí mismo en voz alta, de manera que lo oyera su socia por el teléfono:

— Está visto que uno no puede tener secretos. Ya hablaremos a mi vuelta, Jane —Jeff se despidió de ella, dándole las buenas noches y, a continuación, colgó el teléfono. Se quedó pensando unos instantes en la casa de Sacramento que le dejaron como herencia sus tíos, Jerry y Berta Miller, con los que vivió tras la muerte de sus padres. Recordó la muerte de su tía Berta, a la que él llegó a amar como a una madre y la triste muerte de su tío Jerry que se suicidó al resultarle imposible seguir viviendo tras la muerte de su amada esposa.

De pronto, unos sentimientos de tristeza invadieron el alma del detective y éste decidió cortar con aquellos pensamientos, para no llenarse con cargas negativas. Así pues, cortó el hilo que le comunicaba con aquellos tristes pensamientos y salió de su habitación para irse a reunir de nuevo con Ashley Scott y Joseph Finkelstein en la suite de éste último. Había que concretar el programa del día siguiente y Jeff Miller aún tenía que preparar su logística para garantizar la seguridad de los dos.

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