EL ALGORITMO DEL BIG BROTHER—3 Capítulo

por Juanjo Gabiña

Capítulo 3

 La connivencia se fragua en la Isla Santa Rosa

I

Una cena temprana había sido preparada en la caseta principal, donde se encontraba la recepción de aquel pequeño camping de la Isla Santa Rosa. A la mesa se iban a sentar sólo cuatro comensales: Joseph Finkelstein, Maurice Garnier, Ashley Scott y Jeff Miller, pero todavía sólo lo había hecho una persona: el detective Jeff Miller. Los otros tres paseaban, salían para hablar fuera, mientras ponían unos expresivos gestos de dolor. Jane Foster prefirió quedarse vigilando, junto con el equipo de seguridad de su cuñado, Gabby Gordon, que también era el propietario del camping y de otros múltiples negocios de hostelería  en el Condado de Santa Bárbara.

Desde hacía un cuarto de hora, Jeff Miller permanecía en silencio —y un tanto violento por la situación— sentado en una de las sillas de la mesa que les habían preparado para cenar. No sabía bien lo que había ocurrido pero por las caras, los gestos y los lloros de la mujer, debía haber sucedido algo grave. Él se limitaba a escuchar la conversación que mantenían los que serían sus tres compañeros de mesa pero a la que todavía no se habían acercado para sentarse y permanecían de pie, moviéndose de un lugar del comedor a otro, o bien entrando y saliendo del mismo.

Hablaban con cierto recogimiento sobre el cruel asesinato que había sufrido el compañero, amigo y Director General del FMI ese día. Joseph Finkelstein que no sabía nada y se enteró de la noticia al llegar a la isla por boca de su amiga Ashley Scott, sufrió una especie de desvanecimiento debido a la perturbación que le supuso aquella dolorosa noticia y escapó hacia su cabaña para llorar sus penas. Allí, cuando ya se encontró con la soledad oscura de su habitación, se tumbó boca abajo sobre la cama y se echó a llorar.

Ashley, también metida en la habitación de su cabaña, intentaba serenarse pero, a veces, no podía reprimir el llanto. Por el contrario, Maurice Garnier que ya había digerido la noticia que, junto con Ashley, la había recibido hacía tres horas. Se notaba que él era mucho más fuerte, aunque en algún  momento no pudo evitar qua alguna lágrima asomara por sus enrojecidos y cansados ojos. La muerte de su esposa que sufriera el año pasado, le había ayudado a soportar mejor el dolor por la pérdida del amigo. En realidad, se le habían secado todas las lágrimas.

A la hora y media, Finkelstein volvió al comedor con una verdadera cara de cadáver. Ashley Scott había regresado veinte minutos antes. La cena se había retrasado dos horas pero la recalentaron y empezaron a cenar los cuatro. Hasta aquellos momentos, Jeff Miller que había visto y escuchado todo en silencio, parecía el más inexpresivo de los cuatro. De entre todos, al inglés se le notaba que era el que estaba más triste y preocupado. El brutal asesinato de su mejor amigo, Riccardo Della Rovere, y el prolongado silencio del teléfono de Rachael Adler —en teoría de viaje a Israel— que hacia más de una semana que no contestaba a sus llamadas, incrementaban sus temores de que una guerra sin cuartel ya hubiera empezado contra ellos. Acostumbrado a jugarse la vida durante su servicio militar en el IDF o Ejército de Defensa israelí, durante el tiempo que vivió en Israel desde 1978, Finkelstein había perdido el miedo a la muerte, pero si le tenía pavor a perder la guerra frente a los fascistas que ya habían asesinado a su amigo más íntimo.

Mientras aguardaban que se calentara la cena y la trajeran de nuevo, Jeff Miller, que lo veía pasear y hablar enfrente, le observaba con detenimiento y podía ver reflejada en sus ojos la inmensa tristeza que sufría el inglés. Pero también notó que éste se sentía incómodo mostrando sus flaquezas en público y hacía esfuerzos titánicos para sobreponerse al dolor que le atenazaba por dentro. Como él manifestara entonces, su entrañable amigo Riccardo Della Rovere merecía que ellos, ahora con mayor motivo, lucharan con más convicción y esfuerzo que nunca. Finkelstein recordó que, desde el principio, todos sabían en qué lío se metían y cuáles podrían ser los peligros que podrían correr. Una vez dicho esto, hizo una señal para que los cuatro empezaran a cenar, pues vio que alguien tocaba a la puerta con la cena ya preparada.

Se sentaron los cuatro en la mesa y una camarera, de los que antes había traído la comida, se quedó para servirles la cena. A partir de entonces, no se volvió a hablar más del tema del asesinato de Riccardo Della Rovere y pasaron a hacer comentarios sobre el asunto que les había llevado a aquellos tres forasteros hasta allí. Según afirmaron, la reunión que mantendrían al día siguiente con otras personas importantes en la isla prometía ser decisiva.

El detective Miller seguía la conversación en silencio y cuando le sirvieron la sopa Juliana, empezó a tomarla, al tiempo que les escuchaba con un interés creciente. Era obvio que entre ellos se conocían desde hace tiempo y que los tres eran muy buenos amigos. Dentro de lo que cabe, de los tres comensales, el más asentado con la situación reinante era el francés. También era el más objetivo en sus disertaciones. Jeff se acordó del dicho aquel que decía que un pesimista, en realidad, era un optimista que estaba bien informado. La llegada del café y los postres, dio paso al descorche de una botella de whisky escocés Macallan de 25 años. Cuando se sirvieron los vasos de los cuatro comensales también se animaron sus voces, así como el ritmo y el alcance del debate iniciado.

— No nos engañemos amigos míos —exclamaba con cierta vehemencia el profesor Maurice Garnier— La humanidad entera se encuentra ante una gravísima encrucijada que puede condicionar negativamente su futuro e, incluso, hasta la supervivencia de la misma, al menos, en su calidad como seres libres de la que hemos disfrutado hasta hace muy poco.

— Estoy muy de acuerdo contigo Maurice —subrayó enfáticamente Ashley Scott— Según están saliendo los resultados de nuestros trabajos de investigación, en la mayoría de los países desarrollados, los niveles de incultura a los que estamos llegando son tan grandes, que la manipulación mediática se ha convertido en algo tan sencillo como pelar patatas. La programada ausencia de pensamiento crítico entre las masas contribuye a ello, así como el abusivo control de las audiencias de los medios de comunicación que son detentados por grupos que dependen del sector financiero-empresarial. Solamente un 1% de la población controla al 72% de la riqueza del mundo y el 10% controla el 85% y ese valor va creciendo a pesar de las crisis, incluso ocurrió con el coronavirus. ¡Es inaudito pero cierto! Están logrando destruir a las clases medias y acabar con su baluarte: El Estado de Bienestar, la equidad social, la democracia y la libertades para hacernos regresar a la Edad Media en un mundo de máquinas inteligentes que son propiedad de unos pocos multimillonarios.

— Así es Ashley —apoyó Maurice— En estas condiciones las democracias se han convertido en papel mojado. Ya no sirven como sistema político que defiende la soberanía del pueblo y el derecho de los ciudadanos a elegir y controlar a sus gobernantes. La libertad de expresión ya no existe porque la difusión de las ideas la controlan los medios de comunicación. Unas empresas que están en manos de una reducida oligarquía y las redes sociales apenas pueden jugar sus bazas como contrapoder por la confusión programada que crean con sus contenidos cargados de “fake news” o falsas noticias. Su poder ha crecido de manera inmensa gracias a la Inteligencia Artificial y a las nuevas tecnologías: Big Data, 5G, IoT, etc.

— ¡Amigos míos! —anunció Joseph Finkelstein lo que sería una larga disertación— Vivimos un mundo donde la posverdad ya se ha hecho dueña del discurso global. Es impresionante observar cómo se ha logrado que una constante distorsión deliberada de la realidad sea algo tan normal como el sol que amanece todos los días. Los medios de comunicación ya no difunden sólo noticias sino que también se las inventan, las silencian o las amoldan a sus intereses con el fin de crear y modelar la opinión pública e influir en las actitudes sociales,​ en la que los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales. Con el desarrollo y aplicación de la Inteligencia Artificial y las nuevas tecnologías de la 4ª Revolución Industrial, la capacidad de control por parte de una plutocracia ya existente sobre el conjunto del total que comprenden los seres humanos va a incrementarse exponencialmente. Como bien señalaba antes Maurice, entre otras muchas aplicaciones —la mayoría de ellas beneficiosa para la humanidad— estas tecnologías también se están utilizando de manera indebida y hasta criminalmente —la última frase la dijo en un tono más duro, como para hacer saber a todos que lo decía tomando el sentido literal de la frase. Miró a Jeff que escuchaba con gran atención y el ingeniero inglés continuó con su exposición:

— Sabemos que estas tecnologías también se están utilizando para crear confusión entre la gente, favorecer el control de la misma y minar su percepción acerca de lo que moralmente entendemos sobre lo que está bien y lo que está mal. Los principios y valores éticos que tradicionalmente heredamos de nuestros padres se han relativizado tanto que hasta el crimen, la mentira, la lujuria, la avaricia y la corrupción se han vuelto permisivos y tolerados por las capas sociales más altas y como compran a los legisladores y los jueces, a toda el sistema de justicia. Lo hacen siempre que ello les beneficie pero, como ellos detentan la inmensa mayoría de los más importantes medios de comunicación de masas, siempre les beneficia. En estas condiciones, la democracia y las libertades que ella entraña se han vuelto del todo incompatibles con el control absoluto de nuestras vidas que ambiciona desempeñar el sector financiero-empresarial en nuestras sociedades. Nos quieren convertir en los nuevos siervos de la gleba del siglo XXI. Por eso van destruyendo el poder de las clases medias porque sin ellas ya no habrá ningún intento de conseguir la democracia y ganar las libertades. Desgraciadamente, hoy en día, nuestras posibilidades de ganar son mínimas. Podríamos afirmar que estamos ante las puertas de lo que representaría la vuelta al esclavismo de la raza humana o, en su caso, a la servidumbre que los siervos de la gleba proporcionaban a los seres feudales en la época medieval.

Las últimas frases de Finkelstein quedaron suspendidas durante bastante tiempo en el ambiente de la caseta. El humor era el de permanecer pensativo para poder procesar todo, entre todos y con calma. Maurice se había quedado fijo observando la cara de estupor que presentaba Jeff Miller. Él era el único que no había hecho ningún comentario. Aunque no era ningún especialista en estos temas, el francés pensó que escuchar su opinión podría ser muy interesante para todos. Por este motivo, y también con el deseo de cortar aquel silencio que se alargaba demasiado tiempo, sorprendió, tanto a Joseph Finkelstein como a Ashley Scott, con aquella pregunta que el francés hizo dirigida expresamente a Jeff Miller.

— ¿Qué opinas tú, Jeff? Ya sé que quizás éste sea un tema que te resulte extraño o que, incluso, te aburra pero, perdona mi atrevimiento, me interesaría mucho oír tu opinión, cualquiera que ésta sea.

En un principio, Jeff Miller se quedó un tanto aturdido. La verdad es que no se esperaba aquella pregunta. Naturalmente que el tema le interesaba muchísimo pero según él, lo que estaba haciendo era sólo aprender. Su trabajo no era otro que el de garantizar, junto con Jane y su agencia, la seguridad del grupo, en general, y la de Joseph Finkelstein, en particular. No sabía que también debería participar de manera activa en aquellas reuniones.

De cualquier modo, era cierto que a lo largo de las discusiones que había tenido el placer de escuchar, sí se le habían ocurrido bastantes preguntas, en gran parte, porque también le surgieron un gran número de dudas. Así que, aprovechando la pregunta que le había dirigido Maurice Garnier, se decidió a exponer la primera de sus grandes dudas.

— No sé si es por mi desconocimiento del tema o porque pueda pecar de ser excesivamente optimista con respecto al futuro de la humanidad, el caso es que estoy lleno de preguntas porque me cuesta mucho creer que a “los malos” —a los líderes del sector financiero-empresarial como habéis explicado— les resulte tan fácil dominar el mundo sin que se produzca ninguna rebelión que lo impida. Como inspector de policía que he sido durante muchos años, y como detective privado que soy durante estos últimos años, conozco a la perfección cuáles son las miserias, pecados, crímenes y defectos de los seres humanos. Pero también reconozco que, en los momentos más críticos de la historia, siempre han surgido líderes políticos carismáticos que nos han sacado del apuro y nos han acompañado y dirigido hasta ponernos en el buen camino. El sector financiero-empresarial, como el resto de los sectores económicos, también depende de lo que decidan el gobierno y los legisladores y, por tanto, también estará sujeto al cumplimiento de las leyes. Vivimos en una democracia plena. Cada cuatro años, los ciudadanos elegimos a nuestros representantes políticos. Tenemos el ejemplo de lo que le ha pasado al presidente Trump que con su discurso frentista ha conseguido unir a los suyos pero también ha reforzado a la oposición.  Buscaba amigos a costa de crearse más enemigos. Los ciudadanos somos los que decidimos, somos los que tenemos el poder y no el sector financiero-empresarial. ¡No entiendo cómo un sector tan minoritario puede hacerse con el control total de la sociedad!

— Se trata de una buena pregunta —admitió sonriendo Maurice Garnier— que recoge lo que la mayoría de la gente pudiera pensar pero que olvida una serie de consideraciones previas que son muy importantes para comprender la naturaleza de los seres humanos. La primera y más importante es que los seres humanos somos estúpidos y esto no lo digo porque lo considere un insulto sino, todo lo contario, porque es una limitación propia de la naturaleza humana. Los seres humanos, como masa humana que también formamos, somos totalmente predecibles. No tienes más que comprobar que basta encuestar a una muestra pequeña para saber lo que piensan millones de personas. Se trata de un hecho que ocurre siempre, independientemente del tema, opinión y conducta de los seres humanos que queramos conocer. Colectivamente, no somos tan inteligentes como pensamos y deberíamos ser más humildes a la hora de aceptar nuestras propias limitaciones. Es cierto que entre nosotros hay seres muy inteligentes y con gran capacidad de análisis y pensamiento crítico pero esos sólo representan un porcentaje que no supera el 10%. En las elecciones, los que deciden los resultados son el resto, la masa. Pero la masa humana no utiliza las neuronas sino las hormonas. Reacciona y actúa por impulsos, muchos irracionales, según las emociones. Es terriblemente influenciable por los medios de comunicación cuyas audiencias mayoritarias son controladas por el sector financiero-empresarial. Por eso, en las disputas electorales no importa quien gane porque siempre gana esta oligarquía donde se agrupan los sectores más ricos de la sociedad. La raza humana es estúpida, nos guste o no. Los sistemas democráticos deberían tener en cuenta esta debilidad y preservar a los seres humanos de toda manipulación de la información y el conocimiento, así fomentar su capacidad de crítica pero el control que ejerce el sector financiero-empresarial, gracias a la corrupción generalizada de la clase política, lo impide. ¿Estáis de acuerdo?—concluyó Maurice Garnier observando a sus contertulios y tomado un ligero trago de Macallan.

Todos, incluso Jeff Miller, asintieron y, sin mediar apenas una breve pausa, Ashley Scott tomó el relevo.

— A lo largo de la historia, las clases dominantes del momento siempre han buscado con gran ahínco el hecho de dar con la fórmula que les permitiera perpetuarse en el poder. Incluso, lo han hecho muchas veces sin importarles recurrir a medios cruentos y despiadados. Hoy en día, la política se ha convertido en una profesión muy rentable si se hacen favores a las empresas y sectores económicos. Los lobbies financiero-empresariales lo saben perfectamente y conocen la debilidad por el dinero de los políticos, máxime cuando los niveles de impunidad son tan altos en muchos países. No es de extrañar que, en la mayoría de los países, la corrupción se haya generalizado y que la mayoría de los políticos estén en la nómina de las empresas que más cotizan en la bolsa del país. Además, las élites de los partidos políticos ejercen una sólida disciplina en sus partidos que impide cualquier cambio de abajo a arriba. Cada año se pasa el cortacésped dentro del partido y a aquel que demuestra tener pensamiento crítico y honestidad se le corta la hierba debajo de los pies y se le condena al ostracismo social. El modelo de organización de los partidos políticos basado en el centralismo democrático que copiaron del marxismo leninismo, les ha venido de perlas a los sectores oligárquicos. Con corromper a los líderes ya es suficiente. Las bases pueden seguir pastando embelesadas con un discurso que nunca se convierte en realidad, pues siempre hay razones coyunturales para justificar el no hacerlo.  Como afirmara Albert Einstein, la estupidez humana es infinita. ¿Alguien de nosotros puede pensar que, en estas condiciones de mayoritario control de la información por parte de la plutocracia y dadas las limitaciones cognitivas de los seres humanos cuando actuamos en masa, tenemos muchas opciones para salvar la democracia y las libertades? —Nadie dijo nada a la pregunta formulada por Ashley Scott pero tampoco nadie opinó lo contrario. A continuación, Joseph Finkelstein se levantó y nos invitó a todos a dar un paseo. A lo lejos, en la entrada de su caseta, Jeff Miller observó que su socia, Jane Foster, estaba hablando con dos hombres vestidos de negro y hacia señas con la mano para que Jeff se acercara.

II

La llamada se había hecho a un teléfono situado en un despacho de la Oficina de Vicepresidente de Estados Unidos, en el Edificio de la Oficina Ejecutiva Eisenhower que se sitúa al oeste del Ala Oeste de la Casa Blanca. Donald Ford, asesor del Vicepresidente George Clayton, contestó al teléfono tras sonar éste siete veces. El interlocutor preguntó por él y, tras asegurarse, utilizando una pregunta en clave, que se trataba del mismo Donald Ford, añadió:

— Mañana a las 8.00 de la mañana, en el lugar de siempre —y colgó sin esperar ninguna respuesta.

Como si aquella llamada hubiera activado un resorte, Donald Ford extrajo una carpeta azul de un cajón cuya apertura requería identificación biométrica. La carpeta contenía una serie de códigos de claves para decodificar mensajes. Las claves eran muy sencillas y cualquier experto en decodificaciones no hubiera tenido problemas en dar con ellas, pero tenían la ventaja de ser sencillas de manejar y de variar todos los días.

Donald Ford abrió una de las cartas del correo que había recibido y leyó un mensaje que recogía un extracto de uno de los libros de un escritor de extrema derecha que unos años antes había estado de moda entre la gente reaccionaria. Se trataba del libro de Paul Sullivan: “The New Right Papers”. De una de las estanterías del despacho cogió un ejemplar del mismo libro y abriéndolo por la misma página comparó ambos textos. Utilizando un lápiz subrayó las letras que sobraban en el texto de la carta. Finalmente, el mensaje cifrado decía sólo dos palabras:

— TZARCI FOLURlABROL —al asesor del Vicepresidente se le encendieron los ojos y extrajo de la carpeta uno de los códigos de clave. Tras pasar varios minutos con las claves obtuvo un resultado de la traducción de aquellas dos ininteligibles palabras. Se trataba del nombre de una persona que era suficientemente conocida y odiada por él.

— ¡Puto judío de mierda! —exclamó con indisimulada rabia.

En efecto, aquel nombre que había decodificado era el de Joseph Finkelstein, alguien que había que eliminar cuanto antes. El mismo día que tuvo que tratar con él, durante el verano del año 2013, y al que había llegado a odiar como a nadie en este mundo. En aquella época, Edward Snowden, un antiguo técnico de la CIA, acababa de revelar al mundo el espionaje masivo de las telecomunicaciones realizado por Estados Unidos no sólo en su propio país sino en todo el mundo. Estando en Hong Kong, Snowden había entregado a unos periodistas unos comprometedores documentos, base de las sucesivas informaciones periodísticas que pusieron en apuros a la Casa Blanca de la Administración Obama. Entre estos periodistas se encontraba Glenn Greenwald, del periódico británico “The Guardian”.

En principio, nadie se sorprendió que Estados Unidos estuviese sistemáticamente recabando información para proteger sus intereses. Unas veces lo hacía de manera abierta y otras de manera secreta. Lo escandaloso de las revelaciones de Snowden era que ponían en evidencia ante el mundo el alcance desmedido que este espionaje había alcanzado.

Este espionaje se basaba en las incipientes nuevas tecnologías de la 4ª Revolución Industrial. Lo que convulsionó a la opinión pública fue el hecho de que entre sus objetivos figuraba el espionaje, no solo de los ciudadanos americanos sino incluso también el de los líderes y ciudadanos de sus países aliados.

Al principio, las filtraciones señalaban a la Agencia Nacional de Seguridad, NSA, como la máxima responsable, ya que era la institución que centralizaba la información de inteligencia de Estados Unidos y la que controlaba, almacenaba y explotaba los datos recopilados.

Sin embargo, gracias a las presiones de personas como Joseph Finkelstein, se fue conociendo que también qué otras agencias de inteligencia colaboraban con la NSA. Joseph Finkelstein, como ciudadano británico que era, actuó en representación de varias asociaciones profesionales británicas, presionando a la NSA  para que revelara el papel que jugaba el centro de escuchas británico, llamado Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno, GCHQ. Donald Ford fue nombrado interlocutor por parte estadounidense, responsable de responder a las reclamaciones plateadas por la Unión Europea cuya delegación, en su vertiente técnica, estaba liderada por Joseph Finkelstein.

Durante las conversaciones directas con la NSA, Donald Ford quedó reconocido por todos como un gran mentiroso. Finalmente, atrapado contra las cuerdas por los graves datos que aportaban los documentos de Snowden, Donald Ford se vio forzado a reconocer que, en realidad, eran cinco los países que espiaban al resto del mundo y compartían la información, a cambio de no vigilarse entre ellos.

A estos países, se les conocía como los “Cinco Ojos” porque ese era el número del grupo de países espías lo comprendían: Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, todos ellos anglosajones y, cuatro de ellos, antiguas colonias británicas.

La NSA designaba las prioridades de interés según éstas fueran baja, intermedia o alta. Entre los objetivos a espiar se encontraba el propio Estados Unidos, donde fueron interceptadas 2.349 millones de comunicaciones solamente en el mes de enero de 2013.

Los países más espiados en números absolutos fueron Afganistán (12.500 millones de conexiones por mes), Pakistán (11.700 millones), Irán (11.500 millones), Arabia Saudí (7.400 millones) e Iraq (6.700 millones), según un mapa que constaba entre los documentos de Snowden. Además, se supo también que, desde hacía tiempo, China, Hong Kong y Rusia eran también objetivos de vigilancia por parte de Estados Unidos.

Según los datos que filtró la prensa, Estados Unidos espiaba también, de manera rutinaria, en los países aliados europeos, arrojando picos mensuales de 100 millones de comunicaciones interceptadas en Alemania, 70 millones en Francia, 60 millones en España y 46 millones en Italia.

A su vez, gracias a los papeles de Snowden se conoció que también había otros servicios de inteligencia que colaboraban con la NSA, tales como la Dirección General de la Seguridad Exterior de Francia, DGSE  y los servicios secretos de España, CNI, que espiaban a sus propios ciudadanos. Donald Ford, a pesar de que lo negara muchas veces, tuvo al final que admitir, ante Joseph Finkelstein y los miembros de la delegación técnica europea, que había mentido. No tuvo otro remedio que hacerlo, una vez que el propio director de la NSA declarara que los servicios secretos de Francia y España habían intervenido millones de comunicaciones en zonas de guerra y fuera de sus fronteras y que las habían compartido con la Inteligencia norteamericana.

Aquellos recuerdos le traían a Gerald Ford por la calle de  la amargura. Solo la posibilidad de la venganza era una esperanza que le calmaba. Como ese pensamiento, y una vez que Donald Ford se hubiera tranquilizado del acceso de furia que le propiciaba tan sólo recordar el nombre de Joseph Finkelstein, encendió el ordenador y buscó una noticia en la web del periódico “Los Angeles Daily News”. La noticia hablaba de que esa mañana se había producido un derrumbe en la Carretera 101 y que se esperaba que las víctimas superaran el centenar de muertos.

Se hablaba de que las tareas de rescate al mediodía habían empezado trabajar sin descanso y que el propio Gobernador de California se había personado en el lugar. Donald Ford se quedó tranquilo cuando comprobó que ninguno de los otros periódicos del Gran Los Ángeles insinuaba que el deslave o corrimiento de tierras hubiera sido provocado. Ningún testigo debió escuchar la explosión que desencadenó el corrimiento de tierras. Cuando le llegó la noticia de que a Jeffrey Miller se le había visto en un bar desayunando con una mujer, supo entonces que había escapado de la explosión. Sin pensarlo más, agarró el teléfono, marcó un número y se puso en contacto con la base desde donde operaba la CIA en California.

III

El Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, LAX, estaba considerado como el cuarto aeropuerto más concurrido  del mundo por tráfico de pasajeros. Aquel día de abril de 2023, el primer vuelo de United procedente de San Francisco había llegado media hora más tarde, hacia las 15.10 horas. A la salida de la puerta de llegadas de la Terminal 8 aparecieron tres hombres vestidos con traje y corbata y que portaban sendas gabardinas. Entraron en una oficina semi-cerrada donde recogieron una gran bolsa cada uno de ellos. Después se dirigieron al parking y recogieron dos coches Chevrolet Suburban de color negro. Una vez fuera del aeropuerto se encaminaron por la Ruta 5, en dirección a Bakersfield y continuar por la Carretera 166 hasta la población de Santa María para, desde allí, acercarse hasta Santa Bárbara.

Estos tres hombres era agentes de la CIA y habían volado expresamente desde San Francisco para ocuparse de asesinar a Jeff Miller que la víspera había sido visto por Santa Bárbara en compañía de una mujer. Los agentes sabían de antemano que para llegar a Santa Bárbara deberían dar un gran rodeo. El motivo era que la Carretera 101 había quedado cortada por el derrumbe de la montaña que otra agencia había provocado a fin de acabar con Jeff Miller. Sin embargo, en base a la información recogida, debían haber fracasado en el intento. Ahora les tocaba a ellos solucionar los fallos que otros habían cometido.

Durante el camino, uno de los agentes de la CIA que no conducía ninguna de las Suburban se conectó con la red Webcam de Santa Bárbara que la NSA controlaba y que compartía con la CIA y con algunas otras agencias de seguridad gubernamentales. Hizo un barrido general y se centró en las Webcam que se situaban cercanas al puerto. Se plantó en la webcam de Stearns Wharf y enfocó la cámara hacia el puerto. Un cuarto de hora más tarde observó como atracaba un yate y a éste embarcaba una mujer rubia vestida con pantalones marrones y una cazadora negra y le sacó una fotografía.

Envío la fotografía a los cuarteles generales de la CIA en Langley, Virginia, para que realizaran una identificación de la mujer por medio de un programa inteligente de reconocimiento facial. A la media hora, estando los agentes de la CIA próximos a la entrada oeste de Santa Barbará, le llegó la respuesta. Se trataba de Jane Foster, detective de la Agencia de detectives “Foster & Miller” de Los Ángeles.  Por lo tanto, era fácil suponer que su socio, el esquivo Jeff Miller, no estaría lejos, seguramente en alguna de las islas del archipiélago de las Channel Islands. Faltaba averiguar en cuál de ellas.

IV

En abril de 2013, Roland Schulz, era entonces embajador de la Republica Federal de Alemania en Washington, y se sentía vigilado. Su teléfono móvil hacía dos semanas que se comportaba de manera muy extraña. Lo mismo ocurría con su ordenador portátil que se paraba con frecuencia o que funcionaba excesivamente lento. Dos veces encargó al responsable de seguridad de la embajada que se ocupara de que revisaran sus aparatos electrónicos y las dos veces le respondieron que todo funcionaba correctamente. Sin embargo, cuando él utilizaba su teléfono o su ordenador, éstos dejaban de funcionar correctamente.

El embajador necesitaba hablar cuanto antes con Ashley Scott pero no se atrevía a llamarla desde su teléfono, ni desde ninguno otro teléfono de la embajada. Por ello, le pidió a su secretaria que le sacara a media tarde de la embajada de la República Federal de Alemania, metido en el portamaletas de su coche, y que le llevara a una dirección de Alexandria, Virginia. La dirección se la entregaría escrita en una nota, poco antes de salir de la embajada.

Roland Schulz había sido, junto con Joseph Finkelstein, uno de los integrantes de la delegación de la UE que encaró las tensas reuniones que mantuvieron con la NSA en el 2013. La indignación en Alemania por el espionaje norteamericano era total. En especial, cuando se supo que algunas instituciones supranacionales, como la sede de la Unión Europea en Nueva York había sido pinchada, así como las embajadas de los países miembros de la UE en Washington DC.

Poco más tarde, se divulgó que, incluso, el móvil de la canciller alemana de entonces, Ángela Merkel, también había sido pinchado. El despropósito del gobierno de Obama había sido inconmensurable y ello demandaba una fuerte reacción de protesta por parte de los países aliados. La deslealtad que había protagonizado Estados Unidos con Alemania difícilmente podría ser olvidada.

Cuando en verano del 2013, descubrieron los dispositivos de espionaje que la NSA había colocado en la Embajada de la Republica Federal de Alemania en Washington, el Gobierno de Berlín envió a una delegación presidida por Roland Schulz para que evaluara el alcance, los daños y las consecuencias de dicho traicionero y desleal espionaje.

Un mes más tarde, los británicos descubrieron que también ellos habían sido espiados en Washington e hicieron lo mismo. Fue entonces cuando Roland Schulz, el actual embajador alemán, conoció a Ashley Scott que trabajaba como colaboradora de Joseph Finkelstein para esclarecer el caso del espionaje norteamericano que había destapado Snowden.

Con el tiempo, tirando de muchos hilos de información que hasta entonces habían sido secretos, también se supo que el Edificio de la ONU en Nueva York, el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), con sede en Viena, y hasta el Vaticano y el cónclave que eligió al papa Francisco, en Marzo de 2013, fueron también vigilados.

A las 4.30 de la tarde, hora de Washington DC, un coche BMW de color rojo, salía del parking de la embajada y se dirigía a Alexandria, atravesando el río Potomac por el puente Francis Scott Key y desviándose hacia el cementerio de Arlington por la Carretera 110 hasta llegar a una calle de Alexandria.

Allí se detendría el coche y de él descendería Roland Schulz para después entrar en el jardín de una casa con tejado de pizarra negra. El embajador tocó el timbre y se abrió una puerta dando paso al visitante. Después se cerraría lentamente la puerta de entrada y la secretaria del embajador arrancó su coche para regresar a Washington DC.

V

El paseo matutino por la isla Santa Rosa para acudir a una reunión con unos altos mandatarios había sido una información que Joseph Finkelstein y su guardián, Jeff Miller, habían sabido mantener en secreto a sus amigos Ashley Scott y Maurice Garnier, durante la víspera. El inglés les informó de ello a la hora del desayuno. Fue una sorpresa a medias porque ninguno de ellos pensaron nunca que habían acudido a la Isla Santa Rosa viniendo desde tan lejos y solamente para reunirse los tres amigos.

Después de desayunar, se subieron en aquellos tres potentes vehículos todo-terreno de marca “Ford Raptor Shelby” que habían visto la víspera y iniciaron la marcha por un camino de tierra batida que, a veces, parecía que se hubiera metido en la roca para poder continuar. Durante el camino apenas hablaron entre ellos. Todo el mundo estaba expectante por llegar. Cuando alcanzaron al extremo más occidental de la isla, junto a la orilla del Océano Pacifico, a más de uno le aguardaría una sorpresa. En una cala cerrada, rodeada de colinas, que disponía de un pequeño dique-embarcadero se levantaba una casa de dos plantas.

Tras pasar un estricto y sofisticado puesto de control, los tres vehículos todo-terreno entraron en un túnel y aparcaron en una gran sala que hacía de parking y que se situaba en el interior de una de las colinas. Joseph Finkelstein, Maurice Garnier, Ashley Scott y Jeff Miller, acompañados por Jane Foster y otros cuatro hombres armados con rifles y chalecos antibala, descendieron por un pasadizo hasta una sala donde se encontraban las puertas de unos ascensores. Jeff pensó que le parecía inaudito que a sus hombres les hubieran dejado portar armas de asalto, como Finkelstein ya le había anticipado, pero las evidencias eran las evidencias

Subieron hasta primera la planta y se encontraron con una gran sala donde, al fondo de ella, una docena de personas estaba sentada en torno a una gran mesa de conferencias de forma ovalada. Parecía que aguardaban al grupo recién llegado. En los balcones exteriores de ambas plantas se veían más hombres armados y algunos de ellos vestían uniformes de combate militares.

En el embarcadero, se divisaban tres grandes yates atracados y algo más alejados, fondeados en medio de la cala, dos cruceros de la Armada de los Estados Unidos que habían llegado de la cercana Base Naval de Ventura, California. De igual modo, un destructor lanzamisiles y tres helicópteros Apache, junto con una docena de drones de combate MQ-12 Reaper que permanecían vigilando en el aire, contribuían a garantizar la seguridad de los allí reunidos.

Cuando se acercaron, todos los allí sentados en torno a la mesa se pusieron en pie y saludaron a los recién llegados. La mayoría de los allí reunidos ya se conocían entre ellos, si bien Jeff tuvo que abrir muchas veces los ojos llenos de emoción y de sorpresa, cuando reconocía, por su fama y cargo público, a la persona que tenía en frente y que con una gran sonrisa le tendía la mano para estrechársela con fuerza, mientras se presentaba amablemente.

La presencia en la reunión del propio Secretario de Estado norteamericano, Alan Berkowitz. del Fiscal General, Ryan Clinton, del Secretario de Defensa, Oscar Flynn, del Jefe del Pentágono, Almirante James Custer y del Director del FBI, Robert Stone, manifestaba la gran importancia de aquel encuentro. En aquella reunión, Jeff Miller, rodeado de personas tan importantes, se sentía como si flotara en el aire. A él le daba la impresión de que, de la noche a la mañana, se había convertido en algo así como si estuviera de espectador en una reunión a puerta cerrada de las muchas que se celebran en el Capitolio de Washington DC.

En aquella reunión de la Isla Santa Rosa, también se encontraban la directora general del MI5 británico, uno de los vicepresidentes de la Comisión Europea, el presidente del Parlamento Europeo, el presidente del Comité Militar de la OTAN, el embajador de Israel ante las Naciones Unidas y los rectores y algunos profesores de seis importantes universidades a nivel mundial. Dos universidades estadounidenses: Harvard, Stanford; dos británicas: Oxford y Cambridge y otras dos israelíes: el instituto Tecnológico de Israel  Technion y la Universidad Hebrea de Jerusalén.

En la reunión se informó sobre la situación, tal como recientemente había evolucionado. Los acontecimientos que se estaban viviendo se consideraban muy difíciles y que, en cierto modo, todos era muy conscientes de que éstos se habían agravado. La mayor esperanza era que cada vez había más dirigentes que se habían percatado de la amenaza que representaba que los plutócratas asaltaran los gobiernos y se hicieran con el poder. Poco a poco se iba tejiendo una red de resistencia contra el peligro acechante que representaba la toma del poder político por parte del sector financiero-empresarial, a nivel mundial. El núcleo original de este movimiento de resistencia era el que se encontraba reunido en aquella sala.

También se informaba de que los enemigos de la democracia y de las libertades que se habían atrincherado en torno a importantes instituciones políticas, financieras y empresariales habían decido pasar al ataque, utilizando cualquier medio al alcance, por criminal y asesino que éste fuera. Según pensaban los plutócratas, el fin justificaba los medios.

Controlaban, de manera abrumadora, tanto el sector financiero como gran parte del sector mediático, en especial las cadenas de televisión, y, a su vez, contaban con el apoyo de un amplio grupo de dirigentes políticos de todos los partidos que tenían comprados en la mayoría de los países más importantes del mundo, sobre todo en los países no democráticos o en aquellos que no tuvieran una larga tradición democrática.

Finalmente, se informó sobre el brutal asesinato del director general del Fondo Monetario Internacional, FMI, Riccardo Della Rovere, y del robo perpetrado del Algoritmo del Big Brother que se guardaba en una de las cajas de seguridad biométrica del Banco suizo UBS y que estaba a nombre del propio director general del FMI.

No hubo que informar sobre el modo como se pudo realizar el robo, utilizando la impresión 3D para obtener reproducciones exactas de los ojos y las manos de la víctima asesinada porque ya lo habían contado suficientemente, y con toda clase de morbo, los medios de comunicación. Robert Stone, Director del FBI, se encargó personalmente de coordinar las próximas reuniones. El objetivo más importante era el de contraatacar, identificar y detener a los asesinos de Riccardo Della Rovere e impedir por todos los medios que se utilizara el Algoritmo del Big Brother para dominar el mundo.

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