EL ALGORITMO DEL BIG BROTHER—2 Capítulo

por Juanjo Gabiña

CAPÍTULO 2

EL COMIENZO DE UN NUEVO Y SEÑALADO DÍA

I

Según acostumbraba a decirlo a cuantos le increpaban sobre su estado civil, Jeff Miller era un hombre que vivía siempre atareado y que nunca se había casado por falta de tiempo para hacerlo. Su vida había sufrido muchos vaivenes. Su historia era la clásica de un hijo único que a los ocho años pierde a sus dos progenitores en un accidente de avioneta ocurrido en Ecuador y que después es recogido en casa de sus únicos tíos, Jerry y Berta Miller. Ambos eran médicos y vivían en Sacramento, California. Los dos trabajaban en el Thanksgiving Hospital como traumatólogos y vivían en una casa situada en una zona residencial, junto a un lago y un pequeño bosque.

Los Miller eran un matrimonio sin hijos formado por su tío Jerry, el hermano mayor del padre de Jeff, y por su tía Berta, una mujer que fue muy buena y cariñosa con él, de origen europeo, que era muy bella y que cantaba hermosas canciones de opera italiana con voz de ángel. Su recuerdo era que sus tíos estaban muy enamorados y que su tía Berta era la mejor tía y esposa del mundo. Quizá ello pudo influir en que Jeff Miller no encontrara nunca la mujer de su vida para casarse con ella, crear un hogar, tener hijos y formar una familia.

Cuando cumplió los dieciocho años, Jeff, con dos de sus mejores amigos del instituto, decidió ingresar en los marines.  A los diecinueve años le llevaron a pelear en la Guerra del Golfo y, estando allí, murió su tía Berta de un cáncer que fue fulminante. Una mujer que había sido una verdadera madre para él. Ella no era estadounidense de nacimiento y según le contaron unos vecinos, había nacido en el seno de una familia de la nobleza.

A Jeff le dolió enormemente no haber podido llegar a su funeral. En aquel tiempo, su compañía estaba peleando contra el enemigo, adentrados en pleno territorio iraquí. Él se enteró que su tía Berta había fallecido a los veinte días de su muerte. A los dos años y medio, cuando ya se licenció del ejercito, después de haber servido con los marines durante cinco años, Jeff vivió un tiempo con su tío Jerry, pero duró poco más de un año, porque un día le trajeron la noticia de que su tío se había suicidado. No había podido soportar más la muerte de su amada esposa que representaba todo para él. Antes de morir, su tío Jerry siempre solía quejarse de la vida ya que para él, tras la muerte de su esposa, la vida no tenía ningún sentido.

Tras quedarse huérfano de nuevo, cerró la casa de Sacramento y regresó a vivir a Los Ángeles, la ciudad donde había nacido. Al poco rato de residir allí, el joven Miller ingresó en la Academia de Policía del Departamento de Policía de Los Ángeles. Al tiempo, se hizo agente de policía y empezaría a trabajar como detective de investigación. Así se forjaría su carácter y su vocación, tanto como agente de policía que como la que desarrollaría en su nueva etapa de detective privado.

Jeff Miller, a sus 51 años recién cumplidos, se mantenía muy en forma, tanto mental como físicamente. La afición que tenía por la comida tradicional italiana que preparaba su tía y las idas periódicas al gimnasio que hacía casi todos los días, eran algunos de los motivos de encontrase tan en forma. El gimnasio y las prácticas de tiro eran como una obligación a la que pocas veces faltaba. Aquel día de Abril del 2023, al levantarse de la cama, ducharse y tomar su primera taza de café, comprobó  que seguía lloviendo con la misma intensidad que en días anteriores.

— Hoy es un día muy especial para mí y que podrá ser el inicio de un cambio sin precedentes en la historia del mundo. ¡Lástima que llueva tanto! —Exclamó resignado, mientras buscaba en sus bolsillos las llaves biométricas de su coche.

Ya en el camino hacia San Bárbara, empezaron  a caer aguaceros de lluvia. Tanta lluvia caía que, con el parabrisas funcionando a tope, apenas podía ver la carretera y sólo se guiaba por las luces de atrás del coche que iba delante. Jeff Miller recordaba que, a lo largo de sus largos años de profesión como detective, nunca había sufrido una tormenta de lluvia tan persistente, tan duradera y tan fuerte. Es cierto que había conocido muchas veces otras tormentas cargadas de múltiples aguaceros, pero a él nunca le había tocado vivirlas en primera persona como en aquella ocasión.

El hecho de ver noticias por la televisión sobre el mal estado del tiempo en California era algo que acontecía casi todos los años, pero esta vez todo sería muy diferente para él. Aquella mañana de Abril iba a quedar grabada en la historia de su vida como el día en el que comenzara a mantener una batalla que le ocuparía, sin tregua ni descanso, durante algunas semanas, como nunca antes le había ocurrido.

Tras más de tres días de estar lloviendo sin parar, parecía como si las compuertas del cielo se hubieran abierto justo por los lugares, por donde él tenía que pasar con su coche, para acudir a una cita con un cliente y así empezar un trabajo de seguridad y protección a un grupo de personas. Curiosamente, el trabajo ya estaba contratado y pagado antes de iniciarlo.

Tal como habían convenido, se presentaría acompañado de su socia y después, ambos, para garantizar la seguridad, acompañarían al cliente y a su equipo a todas partes. Lo harían todo el tiempo que fuera necesario mientras estuvieran en Estados Unidos. Se había estimado que el trabajo duraría un mes y que la Agencia de detectives “Foster & Miller” de Los Ángeles, donde trabajaban nueve personas, se encargarían de hacerlo. También se contemplaba otra cantidad para la contratación de otras agencias por si ello fuera necesario. En el caso de su agencia detectives, el cliente había considerado que él y su socia se dedicaran “full time” o “a dedicación plena”  a este trabajo.

II

Al salir de una curva de la Carretera 101 que comunica Los Ángeles con Santa Bárbara, Jeff Miller oyó una fuerte explosión. A continuación, sintió cómo la tierra temblaba y crujía a sus espaldas de manera estruendosa y cómo el paisaje trasero de fondo se volvía todo negro. Por el retrovisor, Jeff pudo comprobar cómo un descomunal deslizamiento de tierra enterraba una sección entera de aquella carretera escénica costera del noroeste de Los Ángeles.

En efecto, la ladera de la montaña se había deslizado hasta el mar, bloqueando completamente el acceso a Santa Bárbara. Detrás quedarían docenas de camiones y coches enterrados por el derrumbe de más de un millón de toneladas de roca y tierra.  Las víctimas humanas prometían ser cuantiosas.

No había recorrido más de kilómetro y medio, desde el lugar donde se produjera el deslave o corrimiento de tierras, cuando, instintivamente, Jeff detuvo el coche en el arcén. Su primer impulso fue el de regresar para ayudar e intentar salvar a las victimas del deslave.  Miró por el retrovisor y comprobó que no venía ningún vehículo. Sin pensarlo, abrió la puerta y saltó fuera del coche para observar todo con mayor detalle. La lluvia había cesado por un momento y la visibilidad entonces comenzaba a ser mayor.

Jeff detuvo su vista a lo lejos y observó con detenimiento que la montaña sobre la carretera de la costa se había venido abajo y que una colina de más de treinta metros de altura había tapado la carretera y ocupaba también toda la franja costera. Seguramente, sería inútil la ayuda que él pudiera ofrecer pero, por si acaso, decidió acercarse a la zona del deslave, conduciendo en dirección contraria.

Cuando llegó a la altura del derrumbe, Jeff pudo comprobar que no había nada que hacer. Se necesitarían cientos de camiones y excavadoras, trabajando noche y día durante varios meses, para poder recuperar los cuerpos enterrados de las víctimas y arreglar la Carretera 101. De pronto, Jeff sintió un escalofrío. Por su mente corrió veloz la idea de que se había salvado de milagro. En realidad, fue el último de los que lograron salvarse del derrumbe de la montaña. Aquella mañana, aunque todavía no era del todo consciente de ello, Jeff Miller había vuelto a nacer.

III

La Isla Santa Rosa era la segunda isla más grande del archipiélago de las Channel Islands situado a 22,7 millas náuticas, al sur de la costa de Santa Bárbara. En el único camping de la Isla, a un kilómetro de distancia del dique desembarcadero de la isla. se encontraban alojados tan sólo dos personas. La señora de la falda anaranjada y blusa blanca de manga larga ocupaba la cabaña o caseta más próxima a la playa. Se llamaba Ashley Scott y era profesora en Investigación Social sobre el comportamiento humano de la Fundación FHB de la Universidad de Harvard.  Divorciada dos veces y sin hijos, tras haber cumplido sus sesenta años, había decidido tomarse un año sabático, a partir del próximo semestre.

Ashley era una mujer que combinaba a la perfección sus conocimientos en el área de la sociología con su original formación universitaria en ciencias exactas. Su trabajo principal había sido el de especializarse en el arte de impulsar ideas transformadoras sobre los mecanismos psicológicos, sociales, económicos, políticos y biológicos que influyen en el comportamiento humano, y luego traducir ese conocimiento en intervenciones rentables y escalables, de manera que con ello, se lograra mejorar los niveles de bienestar humano en el mundo.

Gracias a sus trabajos sobre liderazgo en el campo social, político y económico, la profesora Ashley Scott había podido analizar una amplia gama de fenómenos cognitivos, sociales y de conducta, descubriendo una serie de pautas de comportamiento social que favorecían la creación de liderazgos fuertes. Mientras tanto, aprovechó estos hallazgos para desarrollar modelos de simulación a fin de predecir y/o evaluar los resultados de las diferentes intervenciones en los principales ámbitos de la actividad social, incluida la atención de la salud, el desarrollo económico, la educación y la gobernanza. Sin embargo, la mayoría de sus investigaciones no se habían publicado por considerar que era información clasificada y, por tanto, no divulgable

La otra caseta o cabaña estaba ocupada por otro profesor universitario, aunque esta vez se trataba de un ciudadano francés. Aunque ellos eran amigos también, por razones de seguridad, ninguno de los dos huéspedes del camping de la Isla Santa Rosa había entrado en contacto con el otro, salvo otra cosa que no fuera el mero contacto visual. Así pues, entre ellos no habían cruzado ninguna palabra, tal como había sido una de la consignas que previamente les habían establecido al contactar con ellos.

El profesor francés se llamaba Maurice Garnier y, a sus 72 años, estaba ya jubilado y era viudo con tres hijos mayores. Dos de sus hijos estaban casados y le habían dado cinco nietos. El tercer hijo se había casado una vez y divorciado al poco tiempo. En la actualidad, su hijo el pequeño, de casi 33 años, vivía solo y su apartamento quedaba cerca de la casa de Maurice pero, como el resto de los hijos que vivían fuera de París, apenas iba a visitarlo.

Maurice Garnier había sido durante más de treinta años, un excelente profesor de Prospectiva Estratégica del CNAM de Paris (Conservatorio Nacional de Artes y Oficios). En la actualidad, tan sólo atendía su participación en trabajos que, a su juicio, merecieran la pena. Maurice mantenía una gran preocupación sobre el futuro de la humanidad. Hasta hacía tan sólo veinte años, en sus numerosos trabajos prospectivo-estratégicos siempre había demostrado tener una gran fe y confianza en los seres humanos. Durante la  primera década del recién comenzado Tercer Milenio, le impactó comprobar el deterioro de la democracia y el progresivo retroceso de las libertades y conquistas sociales de los ciudadanos en los países democráticos más avanzados.

El profesor y consultor en Prospectiva y Estrategia también comenzó a comprobar que la naturaleza estúpida de los seres humanos era un factor que resultaba cada vez más limitativo y que hacia casi imposible la profundización de la democracia, el mantenimiento del Estado del Bienestar y la recuperación de las libertades. Durante la segunda década del siglo XXI, las investigaciones que Maurice Garnier dirigió y realizó confirmaron las hipótesis anteriores acerca del deterioro progresivo de los sistemas democráticos y, por tanto, de las libertades y del Estado del Bienestar, y confirmaron la emergencia de un nuevo sistema de gobierno de naturaleza plutocrática, a nivel mundial, donde la democracia y las libertades  se estaban convirtiendo en un mero formalismo carente, no sólo de sentido, sino también de contenidos reales.

Lo peor de todo era que la Prospectiva, concebida como  la ciencia que estudia el futuro anticipadamente, para poder influir en él y hacernos dueños de nuestro propio futuro o, en su caso, para poder prepararnos a tiempo y así, no tener que sufrir el futuro como acostumbramos a hacerlo, había sido utilizada para que el 1% de la población pudiera esclavizar impunemente al 99% restante.

IV

El teléfono móvil secreto del Director General del FMI, Riccardo Della Rovere, no paraba de recibir mensajes. En un momento dado, se concentraron tantos mensajes para entrar a la vez que, cuando al fin consiguieron descargarse todos, los sonidos agrupados entonaron una corta pero irritante melodía.

Al cabo de unos pocos segundos, buscando una excusa para informar a su jefe que hacía un rato que ya se encontraba de vuelta, la secretaria del Director General, Mónica López, golpeó con sus nudillos la puerta y, sin esperar respuesta, irrumpió en el despacho de su jefe de manera un tanto precipitada.

Se extrañó mucho de ver que el despacho estuviera vacío e, inconscientemente, pronunció en voz alta el nombre de su jefe para ver si estaba en el baño pero tampoco obtuvo respuesta alguna. La mesa del escritorio estaba muy desordenada, lo cual quería decir que había tenido que salir del despacho precipitadamente, con la idea de regresar pronto.

Mónica López recordaba que, al poco rato de haber venido de comer, hacia las 2.15 de la tarde, había escuchado varias voces en el despacho de su jefe. Pensó entonces que, en su ausencia, había tenido una visita y esperó a que ésta saliera para saludar a su jefe. Pero nadie salió por aquella puerta y sólo el silencio se hizo dueño del espacio del despacho del Director General del FMI. Así que, cuando empezó a sonar el teléfono de su jefe, no lo dudo ningún instante. Aquellos mensajes serían la escusa que necesitaba y la secretaria entró precipitadamente en el despacho.

Una vez dentro, al no encontrar a su jefe, a Mónica le dio la sensación de que todo aquello era muy raro y, por curiosidad, se acercó al lugar donde se encontraba el baño. Por si acaso, golpeó suavemente la puerta. Nadie respondió. Inmediatamente abrió la puerta del baño y comprobó que éste se encontraba también vacío. Entonces, pensó Mónica, que la única explicación posible era que su jefe hubiera abandonado su despacho saliendo por la salida de emergencia que daba a su ascensor privado. Era una puerta que Riccardo Della Rovere no había utilizado más que contadas veces y siempre le avisaba a su secretaria, antes de que él lo hiciera.

Al rato, empezaron a vibrar de nuevo los sonidos característicos de la llegada de nuevos mensajes telefónicos. Como si Mónica supiera a la perfección lo que tenía que hacer en estos casos, extrajo un smartphone azulado de un maletín negro que se encontraba de pie, junto a la mesa del despacho y verificó tanto el número de mensajes como el de remitentes. Comprobó que a pesar de que los mensajes encriptados habían superado las dos docenas, en realidad, los autores de los mensajes no habían sido más que cinco.

Mónica escribió en una libreta el título de los diferentes mensajes encriptados, así como cada uno de los autores de los mismos. Guardó el teléfono de nuevo en el maletín de donde lo había extraído y salió del despacho de su jefe. Cuando estaba cerrando la puerta divisoria con su despacho de secretaria, sonó el timbre de su teléfono de mesa. Mónica saludó educadamente primero y al otro lado de la línea se encontró con la voz del Primer Ministro o Presidente del Consejo de Ministros de Italia, Luigi Salviati, que solicitaba hablar urgentemente con el Director General del FMI, Riccardo Della Rovere.

Luigi Salviati elevó el tono de su voz con sus preguntas, cuando oyó a la secretaria del Director General del FMI afirmar que desconocía donde estaba su paradero. Le informó que su jefe había cancelado repentinamente todas sus citas de la tarde y que le había dicho a ella que se fuera a comer tranquila porque todavía se quedaría unas dos horas más trabajando en el despacho. Cuando Mónica López regresó al despacho después de comer, le escuchó hablando con alguien en su despacho, por lo que decidió no interrumpirle hasta que no saliera la visita. Decisión que Mónica mantuvo en firme hasta que se precipitaron los mensajes telefónicos.

V

Al llegar a Santa Barbará, Jeff Miller se dirigió a la gasolinera de la entrada del pueblo donde la víspera había quedado en encontrarse con su socia que residía en Santa Bárbara. En el bar de la gasolinera, sujetando con su mano derecha un gran vaso de café cappuccino, Jane Foster, una mujer bonita, rubia, alta  y de 32 años de edad, le aguardaba sonriente, mientras que, con la otra mano, colocaba su bolso marrón de cuero sobre el respaldo de su silla. Allí, sentada en una mesa que hacia esquina en la sala del bar, Jane observó que, esta vez, su socio le había hecho caso y que se había cambiado de ropa y también había echado a lavar la ropa que ayer llevaba puesta. Aquello le resultaba un triunfo y sonrió al pensarlo. Jeff quiso devolverle también la sonrisa, sobre todo cuando vio que le aguardaba encima de la mesa un gran vaso de café negro caliente, pero ésta vez, la sonrisa le salió un tanto forzada.

— Traes cara de susto Jeff. ¿Sucedió algo? —Preguntó Jane

— ¿Que si sucedió algo?. ¿No lo has oído en las noticias de la radio o de la televisión? —Respondió Jeff con extrañeza

— La verdad es que no he tenido tiempo de encender ni la radio, ni mucho menos la televisión. En casa nos hemos levantado todos muy tarde. Justo hemos tenido tiempo de lavarnos, vestirnos y desayunar. Ralph, mi marido, ha salido volando hacia la oficina y yo he tenido que acompañar a mi hija al colegio. Después de dejarla, llegué hasta aquí casi volando puesto que quería llegar puntual a la cita contigo. Pero llegué hace muy poco, así que sólo he tenido tiempo de pedir unos cafés y es entonces cuando has aparecido por la puerta del bar —Aclaró Jane un tanto apenada.

Jeff iba a explicarle a Jane lo del deslave de la montaña sobre la Carretera 101 por la que circulaba, cuando elevaron el sonido del televisor para hacer oír a la gente cuál era el contenido de las noticias ya que habían adelantado que una de ellas sería muy importante, en especial para el Área de Santa Bárbara.

“…hasta el momento —comentaba en directo un periodista de la cadena de televisión que había sido destacado en el lugar de donde se había producido el deslizamiento de tierras— se estima que el número de víctimas podría ascender a casi un centenar, dependiendo de la rapidez con que se consiga apartar la tierra y las rocas caídas sobre la carretera que cubren los vehículos enterrados. Consultadas fuentes cercanas a los servicios de rescate del Estado de California, afirman que las tareas de descombro comenzarán antes del mediodía y que las próximas horas serán criticas para encontrar supervivientes, aunque, a juicio de otros expertos en este tipo de operaciones de rescate que han sido consultados, las posibilidades de encontrar con vida algún ocupante de vehículo son remotas debido a la falta de oxigeno para respirar…”

— ¡Es impresionante Jeff! No puedo creer que has estado a punto de quedar tu también enterrado por el derrumbe. ¿Y dices que tú fuiste el último en poder salvarte?. Eso sí que es un milagro —Jane dudó antes de proseguir pero, al final, lo hizo en un tono más bajo y pausado— Ya puedes darle las gracias a Dios por seguir estando vivo y revisar ese ateísmo tan trasnochado del que acostumbras a hacer gala.

El hombre se sorprendió de aquella conclusión pero también escuchó con suma atención los consejos de su socia. No dijo nada pero con el gesto de sus ojos asintió haber comprendido perfectamente el mensaje. Jane, aunque era casi veinte años más joven que su jefe Jeff Miller, en muchos casos, resultaba más sensata y madura que él; sobre todo a la hora de sacar conclusiones útiles durante las investigaciones que solían llevar a cabo juntos. Además, la mujer detective era tremendamente inteligente. Por eso, Jeff dedujo que no le decía a humo de pajas y recogió con su silencio y un cierto interés aquel consejo.

Hacia cuatro años que Jeff Miller y Jane Foster habían empezado a trabajar juntos  y, en menos de un año de que comenzara a trabajar con él, la había hecho socia de la agencia de detectives. El padre de Jane, el capitán Mike Foster del Departamento de Policía de Los Ángeles, había sido durante muchos años el jefe de Jeff. Mike Foster había sido un inspector destacado dentro de la División de Apoyo de Operaciones Especiales.

La misión de la División de Apoyo de Operaciones Especiales consistía en proporcionar su experiencia en investigación criminal, trabajando conjuntamente con otras unidades y secciones del Departamento de Policía de Los Ángeles, LAPD, al objeto de mejorar la seguridad pública. La División de Apoyo a Operaciones Especiales también solía apoyar a las agencias locales, estatales, federales y extranjeras de policía para garantizar un esfuerzo cooperativo, exitoso y unificado, a la hora de proteger e investigar a personas procedentes de todos los países del mundo. El capitán Mike Foster había sido distinguido por muchas agencias policiales en agradecimiento a sus servicios prestados.  El inspector Jeff Miller se había convertido en su mano derecha.

Cuando el capitán Mike Foster fue abatido por el disparo de un delincuente que escapaba a pie, abandonando su coche que había sido detenido en un control de la policía, el mundo se hundió para Jeff Miller. El asesino escapó disparando a todas partes y sólo la mala fortuna permitió que una de las balas perdidas acertara en la nuca del capitán Mike Foster. Esa misma noche, Jeff Miller, todavía aturdido por la rabia y el dolor que representaba la absurda pérdida de su jefe y amigo, decidió dejar el Departamento y empezar una nueva vida como detective privado.

Unos años más tarde, Jane, la hija del capitán Mike Foster, también abandonó el Departamento de Policía de los Ángeles donde trabajaba como ayudante de planificación en la Oficina del Jefe de Policía. Lo hizo a raíz de que Jeff Miller le ofreciera la oportunidad de trabajar con él en la agencia de detectives que había creado y que le estaba yendo muy bien. Una oferta que se repitió varias veces hasta que finalmente fuera aceptada por ella.

Cuando en una comida familiar, de las que solían organizar los Foster y a las que Jeff Miller era siempre invitado, Jane anunció que estaba embarazada, el detective insistió en su oferta y fue entonces cuando ella aceptó. En cierto modo, Jane representaba ser una sobrina para Jeff Miller, una relación que se incrementó tras la muerte de su padre y, especialmente, a partir de que la muchacha le solicitase que sustituyera a su padre como padrino de su boda. Entonces,  tuvo muy claro que debía cuidar también de ella y de su futuro como esposa y como madre. Para Jane, Jeff Miller, no solo era el que fuera el gran ayudante y amigo de su padre. Para ella, su jefe era también como su tío y como tal lo quería.

VI

A las puertas del Bar-Restaurante “Toma” del Boulevard W Cabrillo, justo al lado del puerto de Santa Bárbara, Joseph Finkelstein aguardaba impaciente. A lo lejos observaba las islas del archipiélago de las Channel Islands, mientras consultaba el reloj de vez en cuando. Sabía que había llegado con media hora de adelanto con respecto a la hora de la cita que había concertado con sus dos contactos, pero ello no ocultaba su ligero nerviosismo. No los conocía personalmente pero, por su amigo Riccardo Della Rovere, tenía muy buenas referencias de Jeff Miller y eso le daba confianza. A partir de entonces, mientras estuviera residiendo en Estados Unidos, Jeff y su agencia de detectives se encargarían de garantizar su seguridad personal y la del equipo.

En el año 2023, Santa Barbará era una pequeña ciudad de casi 100.000 habitantes y representaba ser la capital del condado de Santa Bárbara en el estado de California. Geográficamente, Santa Barbará se situaba al noroeste del condado de Los Ángeles. Rodeada de montañas y gozando de su clima mediterráneo, su zona costera orientada al sur ofrecía a la vista al archipiélago de las Channel Islands. La Isla Santa Rosa era una de las islas del archipiélago y también era donde, en medio de su extraordinario entorno natural y paisajístico, se ubicaba un camping especial de apenas seis cabañas. En aquel camping era donde, durante tres días, debería reunirse con sus amigos y colaboradores, Ashley Scott y Maurice Garnier. La decisión que acordaran aquellos días representaría, o bien el principio del fin, o bien el fin del principio. Todo dependería de cómo se desarrollara un importante y trascendental evento al que deberían acudir todos y que, por el momento, solo él conocía.

Joseph Finkelstein había nacido en Londres y contaba entonces con algo más de 70 años pero aparentaba tener menor edad. Esa era la clara y creciente diferencia entre la edad biológica y la edad cronológica de muchas personas de la tercera y cuarta edad. Sus padres eran judíos y habían logrado escapar a tiempo de la Alemania nazi. En 1938, se refugiaron primero en Holanda y más tarde, en Inglaterra, donde su padre, Reuven Finkelstein, continuó ejerciendo destacadamente su oficio de analista y asesor financiero, durante toda su vida.

En una ocasión, cuando Joseph Finkelstein cumplía los veintiséis años y, tras cumplir como voluntario casi un año en el Ejército de Defensa de Israel, comenzaba a trabajar como ingeniero en una empresa internacional de consultoría en ingeniería, su padre le contó en secreto que fueron los banqueros anglosajones —estadounidenses y británicos— quienes organizaron la Segunda Guerra Mundial. Lo hicieron con la anuencia y la complicidad del presidente de Estados Unidos por aquel tiempo, Franklin Delano Roosevelt, y del primer ministro británico hasta Mayo de 1940, Neville Chamberlain. En un inicio, según el plan original, el principal propósito no era el de acabar con la Alemania nazi sino, más bien, con la Unión Soviética.

Según le contó su padre y Joseph tuvo ocasión, repetidas veces, de verificar después, la Segunda Guerra Mundial no fue totalmente provocada por un ambicioso Führer que se había apoderado de Alemania. Es cierto que Hitler ambicionaba anexionarse Austria, Checoeslovaquia y Polonia, pero no deseaba entrar en guerra con Inglaterra y, mucho menos, con Estados Unidos. La Segunda Guerra Mundial, tal como se desarrolló, fue obra de una oligarquía mundial, o más exactamente de los banqueros de aquel tiempo, principalmente del Reino Unido y de Estados Unidos.

Después de acabada la Primera Guerra Mundial, utilizando instrumentos como la Reserva Federal de Estados Unidos y el Banco de Inglaterra, el sector financiero anglosajón comenzó a preparar el siguiente conflicto de envergadura planetaria. La Unión Soviética estaba demostrando ser un enemigo creciente para la estabilidad y la paz mundial que podría condicionar el control del desarrollo capitalista a nivel mundial. Era necesario, cuanto antes, impedir su desarrollo y con ello, prevenir una potencial expansión del comunismo ruso a nivel mundial.

Los planes Dawes y Young, la creación del Banco de Pagos Internacionales, la suspensión, por parte de Alemania, del pago de las reparaciones de guerra previstas en el Tratado de Versalles y la aceptación de aquella decisión por los ex aliados de Rusia, las masivas inversiones extranjeras en la economía del III Reich, la militarización de la economía alemana y las violaciones del Tratado de Versalles fueron etapas decisivas para preparar el camino que conduciría a la guerra.

Se perseguía mantener a Europa en un caos, de manera que ello hundiera económicamente a Europa, asfixiara a Alemania de inversiones y créditos extranjeros y, así, se lograra posteriormente  empujarla a la guerra para asestar un golpe mortal a la Unión Soviética, a fin de que este país retornara cuanto antes a los brazos del capitalismo.

Ensimismado en sus pensamientos, Joseph Finkelstein, apenas se percató de la presencia de sus dos contactos que le sonreían parados en frente de él. Le sacaron de sus recuerdos las palabras de Jeff Miller cuando con un tono de voz grave le preguntaron:

— Por favor. ¿Se llama usted Mr. Joseph Finkelstein?

— Si, les estaba aguardando –respondió el inglés con su característico acento musical— Y ustedes deben ser Jeff Miller y Jane Foster. ¿Es así, como yo lo pienso? —Respondió Joseph devolviendo la sonrisa, al tiempo que le alargaba la mano a Jeff para saludarle.

Tras las presentaciones, saludos correspondientes y toma de contacto, hablaron brevemente, sobre el plan de los días siguientes. Jane no quiso decir que podrían hablar de ello luego en el yate, durante la travesía hasta la isla, tan sólo señaló hacia donde se encontraba el puerto y carraspeando un poco, levantó un tanto la voz para anunciarles:

— ¡Caballeros!, siento interrumpir esta interesante conversación pero tenemos que correr. En estos momentos el yate que nos ha de transportar a la isla Santa Rosa comienza a aparecer por la bocana del puerto. Debemos apresurarnos hasta el muelle para abordarlo y zarpar inmediatamente hacia la isla. En el barco podremos proseguir con la conversación iniciada.

Ninguno de los dos hombres objetaron nada. Sabían por experiencia que si un subalterno cualificado señalaba algún punto de vista o interrumpía alguna conversación era porque había motivos más que justificados. Así, Joseph y Jeff se miraron frente a frente y levantaron para irse y seguirle a Jane, que les esperaba sujetando abierta la puerta del establecimiento para ofrecerles paso.

VII

A las 7.00 de la tarde, el Director General del FMI, Riccardo Della Rovere, apareció muerto. Unos mendigos lo encontraron oculto en un contenedor de basura de la calle, situado en las proximidades de la sede del FMI en Washington, junto a la Estación Foggy Bottom. Su cadáver había sido trasladado al depósito forense del Hospital de la Universidad George Washington para determinar las causas de su muerte.

El inspector del FBI, Robert Baldacci, discutía con el sargento Martin Jefferson y dos agentes de policía del Departamento de Policía Metropolitana de Washington DC que estaban custodiando el lugar. Baldacci parecía muy malhumorado y agitaba con fuerza sus brazos mientras exclamaba en voz alta:

— ¡Maldita sea! Han transcurrido más de dos horas desde que encontraron el cuerpo muerto de Della Rovere y, ahora, nos tenemos que enterar que al cuerpo de la víctima le faltan las dos manos y los dos ojos. ¿Me figuro que seguirán buscando hasta encontrar algo?

— Seguimos investigando y buscando todo aquello que nos pueda conducir a que conozcamos más datos y evidencias sobre el crimen pero, hasta ahora, no hemos encontrado nada y ni tan siquiera tenemos ninguna pista acerca del paradero de sus manos y de sus ojos —Replicó el sargento Martin Jefferson del Departamento de la Policía Metropolitana de Washington DC.

— Pero, por lo menos, aunque no sea oficialmente, tendréis vuestras propias conjeturas, ¿No? —Preguntó de nuevo el inspector federal, intentado encontrar una luz, por pequeña que ésta fuera, acerca de este asesinato.

—Sí. En este momento podemos decir que tenemos algo más que conjeturas. Sabemos qué es lo que conocemos y también sabemos qué es lo que desconocemos. Obviamente, lo primero es menos que lo segundo. Sabemos que el cadáver de Della Rovere fue depositado en el contenedor en el interior de dos bolsas de basura. Una de las bolsas contenía medio cuerpo de la víctima, de cintura para arriba y, la otra bolsa contenía la otra mitad del cuerpo. No había, en los alrededores, ningún rastro de sangre. Este hecho quiere indicarnos que el asesinato se tuvo que producir en otro lugar. Por ello, nuestros equipos de especialistas en criminología llevan tiempo tratando de ubicar el lugar del crimen…— no pudo el sargento Jefferson terminar su relato porque su interlocutor federal le interrumpió bruscamente.

— El Edificio del FMI donde se encuentra la oficina del Director General  podría ser el sitio donde le mataron, pero lo importante es también el lugar dónde descuartizaron su cadáver, le arrebataron sus manos y sus ojos y después lo introdujeron en dos bolsas que fueron trasportadas en algún vehículo para depositarlas en el contenedor de basuras de la calle situada junto a la Estación Foggy Bottom. Esclarecer ambos lugares e identificar el vehículo utilizado es muy importante —concluyó el Inspector del FBI Baldacci levantando sus manos hacia el techo y poniendo un ridículo gesto de inquisidor.

El sargento Martin Jefferson miró a sus dos agentes y esbozó una sonrisa irónica por la comisura de sus labios. Estaba acostumbrado a la prepotencia de los federales y, máxime siendo su piel de color negra. Por lo tanto, en absoluto le sorprendió aquel corte de Baldacci, del que sabía que era buena persona pero, a veces, un tanto prepotente.

Además, Jefferson ignoraba porqué todavía el FBI les dejaba continuar con el caso y porqué el Departamento de la Policía Metropolitana de Washington DC seguía haciéndose cargo de la investigación forense y criminológica del extraño asesinato del Director General del Fondo Monetario Internacional, Riccardo Della Rovere. Así pues, prefirió ser cauto, y recogiendo algunos puntos de lo expuesto por el federal, prosiguió con su interrumpida exposición como si nada hubiera ocurrido.

— Tiene usted toda la razón Inspector Baldacci —comenzó su disertación el sargento Jefferson— Poco antes de que usted llegara nos informaron sobre los avances conseguidos como también, en estos precisos momentos, le deben estar informando al FBI. Por ahora, ya sabemos dónde se sitúa el lugar del crimen. Revisando las numerosas cámaras de vigilancia del Edificio, el asesinato fue cometido con toda impunidad en el propio despacho del Director General del Fondo Monetario Internacional, FMI, en la sede de Washington DC.

El asesinato ocurrió entre las 2.00 y las 3.00 de la tarde. Éste fue ejecutado por dos encapuchados vestidos con buzos azules. Entraron sigilosamente por la puerta del ascensor privado y se escondieron en el baño. Al cabo de un tiempo, mientras Della Rovere imprimía unos documentos, según grabaron las dos Webcam frontales del despacho, uno de los asesinos le disparó un tiro en la nuca con una pistola que llevaba silenciador.

Rápidamente, el otro asesino le sujetó contra su pecho para que no cayera al suelo y le puso una venda en la nuca para que apenas sangrara, mientras que el que disparó la pistola extendía una tela de plástico por el suelo. Entonces, entre los dos, dejaron caer el cadáver lentamente hasta el suelo, depositándolo sobre la tela de plástico. Después envolvieron el cadáver en ella, gracias a una cremallera que cerraba la tela y al cerrase formaba un saco herméticamente cerrado.

Una vez que hubieran limpiado todos los rastros y manchas de sangre, salieron con el cadáver por el ascensor. Los asesinos debieron utilizar su propio vehículo para salir del parking del edificio ya que el coche del Director General del FMI permanecía aparcado en su plaza reservada. La investigación policial seguía en curso tras la pista del vehículo utilizado por los asesinos.

Doce horas más tarde se haría oficial en todo el mundo la noticia del asesinato del Director General del FMI, Riccardo Della Rovere, en Washington DC, en la capital de Estados Unidos. La indignación que levantó este cruento y salvaje asesinato, aún a pesar de que no se difundieron fotos, ni se diera la noticia de que a su cadáver le habían arrebatado las manos y los ojos, fue enorme.

La noticia se convirtió en el titular más importante de los telediarios de la tarde en toda Europa. Además de la propia noticia del asesinato, ésta se acompañaba de la proyección de un documental donde se hacia una semblanza sobre la vida de Riccardo Della Rovere como si fuera la vida entera de un héroe, dedicada a la defensa del progreso social y económico y de la mejora de la calidad de vida de la humanidad, en clave de solidaridad internacional.

En ningún momento, se dijo que Della Rovere  era extremadamente crítico con las políticas financieras y económicas que impulsaban tanto el G-7 como el G-20 y que, más de una vez, había amenazado con hablar claro y denunciar el sistema plutocrático mundial emergente que había secuestrado, no sólo la libertad, sino también la voluntad de la humanidad entera, con el completo apoyo de los gobiernos de los países más ricos.

VIII

La sede principal del Banco de Inglaterra se encontraba en el principal distrito financiero de Londres, conocido como la City de Londres, en la calle Threadneedle Street, y allí continuaba desde 1734, aunque su fundación se remontara al año 1694.

El máximo mandatario de aquella importante institución era el Gobernador del Banco de Inglaterra que también ocupaba el cargo de Presidente del Comité de Política Monetaria y jugaba un papel importante en la orientación de la política económica y monetaria nacional, y, por lo tanto, era uno de los funcionarios públicos más importantes del Reino Unido.

Tras haberse consumado el Brexit, las relaciones que habitualmente mantenía el Gobernador del Banco de Inglaterra con el Gobernador del Banco de Japón, el Presidente del Banco Central Europeo y el Presidente de la Junta de Gobernadores del Sistema de la Reserva Federal de Estados Unidos, tras la derrota del Presidente Trump en las últimas elecciones estadounidenses, donde éste pretendía ser reelegido por segunda vez, se habían vuelto excelentes, lo que favorecía el acuerdo total en las políticas económico financieras de los cuatro bancos.

Aquella noche, en uno de sus principales despachos, perteneciente al actual Gobernador del Banco de Inglaterra, Sir Jeremy Bridges, las luces habían permanecido encendidas todo el tiempo. A las 6.15 de la mañana, hora local, llegó un mensaje encriptado que decía:

— Zurich: A las 4.00 de la madrugada de hoy han sido recuperados de una de las cajas de seguridad del Banco USB AG, todos los documentos Della Rovere, algoritmo incluido. En las próximas quince horas, procederemos a reiniciar el programa informático completo. Esperen instrucciones.

Cuando salieron de su despacho, los cinco colaboradores que le había acompañado durante toda la noche, Sir Jeremy Bridges prefirió quedarse sólo un rato más en su despacho. Pensó en la muerte trágica de su amigo Riccardo Della Rovere y, aunque ello le entristecía, se consoló con la convicción de que aquella muerte había sido un daño colateral. Las constantes críticas de Della Rovere a las políticas de los cuatro bancos centrales habían llegado a un punto tal que la confianza, que hasta entonces habían puesto en él, se había quebrado irremediablemente.

El momento de mayor tensión se produjo cuando se supo que Riccardo Della Rovere había sustraído el algoritmo de control mundial y amenazado con entregarlo a los medios de comunicación. Las investigaciones revelaron que tanto el soporte informático del algoritmo como numerosos documentos y programas relevantes había siso guardados en una caja de seguridad biométrica de la sede central de USB en Zurich, Suiza. Se necesitaba contar con las manos y los ojos de Della Rovere para poder acceder a la caja de seguridad. La tecnología 3D Printing y la colaboración de algunos directivos del banco suizo hicieron posible los trabajos de usurpación de personalidad, de apertura de la caja de seguridad y de sustracción del algoritmo de la dominación mundial que activaría Arnold Page.

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