¿Por qué la enfermedad de la titulitis universitaria es un cáncer para el desarrollo y solo un negocio para las universidades?

AVISO A NAVEGANTES: ES MUY CURIOSO QUE TODO LO QUE TIENE QUE VER CON CRITICAR AL SISTEMA EDUCATIVO EN ESPAÑA Y TERRITORIOS ANEXOS  QUE, O BIEN HAY UNA OMERTÁ IMPUESTA, O BIEN LE IMPORTA UN BLEDO A SUS HABITANTES, COSA QUE NO CREO. POR CONSIGUIENTE, MÁS BIEN DIRÍA QUE HAY UNA FUERTE CENSURA SOBRE ESTE TEMA. ESO OCURRE POR ALGUNA RAZÓN, QUE ME LA SUPONGO Y NO ES DIFÍCIL DE ADIVINAR, QUE ES LA QUE UNE A TODA LA CASTA POLITICA, TANTO DA QUE SUS INTEGRANTES SEAN DE IZQUIERDAS Y DE CENTRO COMO DE DERECHAS.

Durante el siglo XX, a pesar de la omnipresencia de libros relativamente baratos, la educación superior se mantuvo esencialmente sin cambios y el modelo medieval continuó vigente de modo que los estudiantes se reunían para escuchar conferencias sobre temas recogidos en textos viejos que se guardaban en las grandes bibliotecas universitarias.


Esta estructura de alto coste es la que mantuvo a las universidades como instituciones de élite que ofrecían facultades de enseñanza para las clases alta y media alta y mantenían un estrecho canal de acceso, basado en la meritocracia, para los mejores y más brillantes estudiantes de las clases más bajas.

Durante la segunda guerra mundial y, sobre todo, tras la superación de la Gran Depresión que empezó en 1929 y concluyó en el año 1946, el sector industrial conoció una rápida expansión y la demanda de capacidad técnica y de gestión conoció una demanda a una escala sin precedentes. A diferencia de las guerras anteriores, el petróleo, la tecnología, la producción industrial, la investigación avanzada y la gestión de estos sistemas complejos se convirtieron en factores primordiales para el desarrollo.

La potenciación exagerada de la enseñanza superior y sin el respaldo que avalen las necesidades futuras de puestos de trabajo. 

En los países desarrollados, los gobiernos intensificaron y potenciaron la Enseñanza Superior —que, hasta entonces, había sido tan sólo una pequeña institución elitista de cada país— y convirtieron a las universidades en una gran fábrica de titulados donde se producían al año miles y miles de trabajadores instruidos para servir a la economía del conocimiento.

Este modelo de fábrica —también conocido como “Modelo Factoría”— se apoyaba en los mismos principios sobre los que se basaba la producción en masa. Los estudiantes universitarios asistían a las mismas conferencias y estudiaban los mismos libros de texto como otros miles y miles de estudiantes. Pero ocurre como con el papel moneda que cuando más existe, éste más se devalúa.

Nos olvidamos de que países como Alemania, que son países tan cualificados y competitivos, hay más buenos profesionales no universitarios que titulados universitarios. La alianza alemana de cooperación, Gobierno-Universidad-Empresa, supo que muchos almirantes y pocos marineros nunca harían posible que un velero navegara bien. Lo mismo pasaba con las empresas.

Por otro lado, el sistema de acreditación de cada universidad creó la ilusión de la paridad entre las instituciones. Así, cualquier diploma adquirido o la obtención de cualquier licenciatura se consideraba una prueba de haber tenido un aprendizaje adecuado.

Este modelo fabril de la enseñanza produjo un sistema educativo compuesto por tres grupos diferentes:

1) La tradicional élite de la academia, la investigación y las escuelas técnicas superiores (con sus correspondientes programas de posgrado y doctorado),
2) Los titulados universitarios surgidos de la producción masiva de licenciaturas de cuatro años, y
3) Los titulados o egresados de un modelo educativo de dos años que cubría dos papeles: el primero como preparación para un título de licenciatura y el segundo como escuela de formación profesional.

Hasta los años 1960, la necesidad de trabajadores administrativos de cuello blanco superó con creces el número de estudiantes universitarios que se graduaban anualmente. En aquellos años, la oferta de licenciados universitarios era menor que la demanda, por lo que a los universitarios que recien acababan sus estudios les resultaba fácil encontrar empleos bien remunerados y lo hacían con relativa rapidez, al tiempo que constantemente se les presentaban oportunidades para progresar en la carrera.

Con el tiempo, el modelo factoría comenzaría a invertir las condiciones y se convirtió en un fin en sí mismo. Los países desarrollados se lanzaron a una loca carrera, de fuerte lucha y competición, para que un mayor número de jóvenes obtuvieran un título o un diploma universitario que les garantizara un puesto de trabajo y una seguridad económica a lo largo de su vida.

Como algunos prospectivistas lo denunciamos en su tiempo, cada vez era más claro y evidente que esta carrera tras el diploma o el título conllevaría resultados catastróficos ya que la capacidad de adaptación de la sociedad a las nuevas condiciones y necesidades sociales —debidas a la necesidad de colocar en sus profesiones al alto número de titulados que surgían de las universidades— podía sentirse gravemente afectada.

La enfermedad de la “titulitis”

De este modo, la capacidad de respuesta quedó disminuida y la universidad se enquistó y se encerró en sí misma, enfermando, al haber contraído una enfermedad degenerativa como la “titulitis” o “diploma-esclerosis” que apenas aportaba competencias genéricas a los universitarios para llevar una vida profesional y los convertía en fracasados vivientes del sistema educativo-laboral.

En España y sus territorios anexos, la coherencia formación-empleo es un tema que nunca ha interesado para nada. Durante más de treinta años, como prospectivista he ofertado a las diferentes administraciones públicas realizar este estudio prospectivo-estratégico que serviría para adecuar el sistema educativo de hoy de acuerdo con las necesidades profesionales de mañana y, puedo afirmar como testigo, conociendo nombres de cargos y gobiernos que los rechazaron, que estos trabajos de preparación del futuro no interesaron a nadie.

Obviamente, de aquellos barros, vinieron estos lodos. Hoy en día, el sistema universitario español se puede caracterizar de  desmesurado, mediocre, ineficaz, poco rentable y, lo peor de todo, un lastre para el desarrollo futuro. Sobre todo, teniendo en cuenta las múltiples aplicaciones 4.0 y la inteligencia artificial que existen ya y las muchas más que vendrán para aplicar en el ámbito de la enseñanza, a nivel mundial. Todos los sistema educativos sufrirán una transformación sin precedentes que obviamente hay que preparar de antemano porque el sistema educativo ideal que nos llega no conocerá principio, ni fin y yo añadiría que ni fronteras.

Según un trabajo que desarrolló César García que lo expuso en su artículo publicado por el diario “El Mundo”, bajo el nombre. “Titulitis, un mal español” la titulitis está considerada como “valoración desmesurada de los títulos y certificados de estudios como garantía de conocimientos de alguien”. De hecho, como la mayoría de los jóvenes saben, los másteres y los idiomas cuentan muy poco en el mercado laboral español.

De hecho, los políticos que han mentido o inflado sus currículos lo han hecho por vanidad, por ser más y no porque les hiciera falta. España está llena de casos de diputados, presidentes de comunidades autónomas o del Gobierno que apenas tienen una licenciatura, en el mejor de los casos. El mérito académico se valora, en general, muy poco en España.

Todo el bagaje académico del ex presidente Zapatero era una discreta licenciatura de Derecho por la Universidad de León. A José Montilla no le hizo falta tener el Bachillerato para ser presidente de la Generalitat y Ada Colau es alcaldesa de Barcelona sin haber terminado la carrera de Filosofía.

En España y sus territorios anexos, la titulitis está emparentada con su propia historia reciente y pasada. En un tiempo pasado con la importancia de títulos nobiliarios y la hidalguía para tener una buena posición social. En un tiempo más reciente, con la falta de capital social que impedía al común de los mortales, salvo en los casos de un mérito realmente excepcional, acceder a los centros de poder políticos o económicos.

La globalización, con su imperativo de competitividad, y la pertenencia a la Unión Europea, donde, al menos, en teoría rigen criterios predominantemente racionales y legales, han socavado parte de este panorama, pero no todo. Venir o mostrar que se viene de buena cuna sigue siendo importante en España. En los años 50 y 60, el hecho de sacarse una licenciatura en una universidad pública era suficiente para ello ya que, en términos relativos, eran muy pocos los estudiantes universitarios de clase media y casi inexistentes los de clase media baja.

También es importante resaltar la importancia que han tenido y siguen teniendo ciertos apellidos que se repiten implacablemente en el mundo empresarial madrileño, vasco, andaluz y catalán. Ya que ahora puede obtener un titulo cualquiera, por el negocio de la titulitis que impulsa un sistema educativo sin sentido y convertido en un fin en si mismo, se han inventado que, para ser algo en la vida y destacar, hay que hacer estudios de master y, sobre todo, hay que obtener el título en alguna universidad o escuela de “prestigio” figurado.

De este modo, en esta carrera por el título universitario, España y sus territorios han estropeado su futuro al haberse dotado de una enseñanza profesional raquítica y paupérrima. O fracaso escolar o universitario. No hay apenas otras opciones. De este modo, las empresas, aunque quisieran lo contrario, siguen teniendo dificultades por encontrar los trabajadores que necesitan. Lo que resulta algo así como un torpedo lanzado bajo la línea de flotación de su desarrollo. Por este motivo no se cubren trabajos cualificados y los trabajos no cualificados se cubren con universitarios. La universidad se ha convertido en una fábrica de parados.

A su vez, y actualmente, los ricos y los que gozan de títulos nobiliarios coinciden en enviar a sus hijos a estudiar carreras, másteres y doctorados de las universidades de la Ivy League y, en los que se quedan en España, apuestan por los títulos “obtenidos” en las escuelas de negocios que sean terriblemente caras. Lo cual, en palabras del economista serbio Branko Milanovic: “Todo ello básicamente significa la habilidad de los ricos para colocar a sus hijos en las “mejores” universidades en las que el 90% de los mismos se gradúa “meritocráticamente” gracias a lo cual puede reclamar salarios muy por encima de la media durante el resto de sus vidas”.

Pero no estamos hablando sólo de dinero, sino de adquirir lo que el sociólogo francés Pierre Bourdieu denominó capital social. Es decir, el hecho de poder relacionarse, conocer e incluso emparejarse con cierto tipo de personas. Tener capital social no sólo tiene fines utilitarios sino que permite sentirse a uno más cómodo con su identidad personal subjetiva y, en última instancia, disfrutar más de la vida. Pero, si ello es a costa de quebrantar principios como la equidad y la justicia sociales, eso es otro cantar.

La nobleza de la realeza ya falseó el concepto de la palabra “aristocracia”.  La aristocracia, en sentido estricto, no equivale a una expresión para referirse a “los nobles”, como lo han conseguido hacer, prostituyendo así su correcta acepción. Después de tantos siglos y siglos de monarquías, ya se encargaron de pervertir su verdadero significado. Originalmente, el verdadero significado de “aristocracia” se refería únicamente al “gobierno de los mejores” y era un gobierno en el que sus integrantes destacaban, entre todos los ciudadanos, por su sabiduría, honradez, sentido de la justicia y previsión del futuro. Unas condiciones donde, por supuesto, no encajaban la mayoría de los nobles, ni de los ricos. Ni los de antes, ni los de ahora.

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