El misterio de la pandemia de la gripe española 1918-1920 que mató a más de 50 millones de personas y qué desapareció tal como vino, por causas que nadie sabe

Es un hecho constatado que a lo largo de la historia, las diferentes epidemias de índole vírica o bacteriana que ha sufrido la humanidad se han vistos rodeadas de enormes mentiras. Así, nos encontramos que en el siglo XIV se echó calumniosamente la culpa a los judíos, acusándoles de haber provocado la Peste Negra en Europa.

La Peste Negra

Se trataba de una epidemia de peste bubónica (la Peste Negra) que en un lapso de 15 años arrebató las vidas de, según distintas fuentes, entre un tercio y un 60% de los habitantes de Europa.

Aquellos que tenían la posibilidad, huían a los campos y los que quedaban en las ciudades vivían en constante temor. Por la mañana era común escuchar el pregón: “Sacad a vuestros muertos”, y los cadáveres eran amontonados en carros y sepultados en fosas comunes. Grupos de flagelantes recorrían las ciudades azotándose salvajemente como “expiación de los pecados que habían provocado la peste”.


También ocurrió que fuera en ese momento cuando una parte del clero comenzara a acusar a los judíos de haber provocado la peste. Comenzó a circular el rumor que ciertos rabinos españoles (era en España donde se estaban desarrollando los estudios de la Cábala) habían elaborado un veneno poderoso, que enviaron a sus correligionarios del resto de Europa, quienes contrataron a leprosos para que arrojaran ese veneno en los pozos de agua a fin de provocar la peste.

En muchos lugares los judíos eran capturados y, mediante tortura, confesaban. Todo esta perversa actuación derivaba en pogromos que, al final, costaron la vida a miles de judíos y terminaron con cientos de comunidades israelitas.

La teoría aceptada sobre el origen de la peste explica es que fue un brote causado por una variante de la bacteria Yersinia pestis. Apareció hacia 1320, en el desierto de Gobi, y en 1331-1334 llegó a China, un año después de que grandes inundaciones devastaran extensas regiones del país, después de arrasar Birmania en 1330, llegaría a la India en 1342 y a algunas regiones de la actual Rusia, en 1338 y a Europa, en 1346. Según crónicas del año 1353, desde el año 1331 hasta que finalizó la peste negra murió un tercio de la población china. En total, entre 1331 y 1393 fallecieron de 90 a 125 millones  de habitantes de todo el mundo.

De acuerdo con el conocimiento que tenemos actualmente, la pandemia irrumpió en primer lugar en Asia, para después llegar a Europa, a través de las rutas comerciales. La peste negra se introdujo en Europa por los tripulantes y los viajeros que llegaban en barcos procedentes de Asia. En Europa, la epidemia dio comienzo en Mesina. Mientras que, en algunas regiones, la peste negra hizo estragos y, prácticamente, quedaron despobladas. Otras regiones estuvieron libres de la enfermedad o solo fueron ligeramente afectadas.

En Florencia, solamente una quinta parte de sus habitantes logró sobrevivir. En el territorio actual de Alemania, se estima que uno de cada diez habitantes perdió la vida a causa de la peste negra. No obstante, Hamburgo, Colonia y Bremen fueron las ciudades en donde una mayor porcentaje de su población murió. A subrayar el hecho de que el número de muertes en el este de Alemania fuera mucho menor que en el oeste de Alemania.

La higiene y la limpieza contribuyeron a mitigar y, finalmente, a erradicar la enfermedad. El principal medio de contagio de la peste eran las picaduras de las pulgas, que campaban a sus anchas en una sociedad con tan poca higiene como lo era la sociedad medieval. Pese a que es difícil constatarlo con una enfermedad que afectó a tantas personas de todo tipo y condición, sí que parece que aquellos que desempeñaban determinadas profesiones estaban más expuestos a padecer la peste. Así, por ejemplo, resultaba más peligroso ser comerciante de paños (las pulgas se escondían entre los tejidos) que desempeñar el oficio de herrero.

De hecho, pronto se dieron cuenta del peligro de las vestiduras y, por ello, entre las primeras medidas que, en Europa, se emplearon para evitar el contagio fue el de quemar la ropa de los infectados o prohibir la entrada de cargamentos de tejidos en las ciudades. Incluso, en algunas ciudades se permitía la entrada al viajero solo después de haberse deshecho de las ropas que se traía puestas y eran cambiadas por otras que se consideraba «seguras» y que eran prestadas por la propia ciudad.

La Gripe Española

La Gripe Española mató entre 1918 y 1920 a más de 40 millones de personas en todo el mundo. Se conoce como Gripe Española achacando que el origen de la enfermedad fue en España cuando no era cierto. Aunque algunos investigadores afirman que empezó en Francia en 1916 o en China en 1917, muchos estudios sitúan los primeros casos en la base militar de Fort Riley, Estados Unidos, el 4 de marzo de 1918.

En la prensa estadounidense, a pesar de la libertad de prensa, corrían numerosas mentiras y los consejos de administración de los periódicos marcaban lo que era cierto o no. Se silenció lo de Fort Riley para no decir que la gripe que exportaba Estados Unidos estaba ocasionando casi más muertos en las trincheras de la I Guerra Mundial que las propias armas y bombas utilizadas en los combates bélicos.

Lo de la calumniosa acusación a España fue porque, al ser un país neutral, los ciudadanos sabían de que se estaban muriendo por el contagio de una gripe y, en Estados Unidos, oficialmente, no había gripe, cuando allí había surgido el foco propagador en el campamento militar del estado de Washington. Así pues, con mentiras interesadas, es como se ha escrito muchas veces la historia y, por ello, por saber la verdad y por higiene mental, resulta muy sano dudar de que sean hechos ciertos y probados los que se cuentan.

Cuando la información parte de lugares que están muy lejos de los hechos o se dice al cabo de que transcurra mucho tiempo o lo cuenta alguien con prejuicios o exigencias para escribir en clave de sensacionalismo, lo más probable es que la información que se cuenta no sea cierta.

Se desconoce la cifra exacta de las muertes que causó la pandemia aunque se considera que fue la más devastadora de la historia. De cualquier modo, se especula que causó entre 40 y 100 millones de muertos. Sin embargo, un siglo después, aún no se sabe a ciencia cierta cuál fue el origen de esta terrible epidemia que no entendía de fronteras ni de clases sociales.

Está demostrado que, tras registrarse los primeros casos en Europa, la gripe pasó a España. Recodaré que este país era un país neutral en la I Guerra Mundial y que no censuró la publicación de los informes sobre la enfermedad y sus consecuencias, a diferencia de los otros países centrados en el conflicto bélico que callaban que sus soldados fueran al frente de guerra a morir, no a causa de las batallas, sino por contagiarse de la gripe.

Según se dice, aunque yo no me lo creo, el hecho de que España fuera el único país que se hiciera eco del problema provocó que la epidemia se conociese como la Gripe Española. De cualquier modo, y a pesar de no ser el epicentro, España fue uno de los más afectados con ocho millones de personas infectadas y 300.000 personas fallecidas.

La censura y la falta de recursos impidieron investigar de donde procedía el foco letal del virus; si bien es cierto que algunos ya lo sabían. Con el paso del tiempo, y la liberación del secreto que guardan los hechos, ahora es cuando conocemos que fue causado por un brote de gripe causada por un virus del tipo  A, subtipo H1N1.

A diferencia de otros virus que afectaban básicamente a niños y ancianos, muchas de sus víctimas fueron jóvenes y adultos saludables entre 20 y 40 años, una franja de edad que probablemente no estuvo expuesta al virus durante su niñez y no contaba con inmunidad natural.

Fiebre elevada, dolor de oídos, cansancio corporal, diarreas y vómitos ocasionales eran los síntomas propios de esta enfermedad. La mayoría de las personas que fallecieron durante la pandemia sucumbieron a una neumonía bacteriana secundaria, ya que no había antibióticos disponibles.

Sin embargo, un grupo murió rápidamente después de la aparición de los primeros síntomas, a menudo con hemorragia pulmonar aguda masiva o con edema pulmonar, y con frecuencia en menos de cinco días.

En los cientos de autopsias realizadas en el año 1918 los hallazgos patológicos primarios se limitaban al árbol respiratorio por lo que los resultados se centraban en la insuficiencia respiratoria, sin evidenciar la circulación de un virus.

Al no haber protocolos sanitarios que seguir, los pacientes se agolpaban en espacios reducidos y sin ventilación y los cuerpos se apilaban en las morgues y en los cementerios. Por aquel entonces, se haría popular la máscara de tela y gasa con las que la población se sentía más tranquila, aunque fueran del todo inútiles.

En el verano de 1920, el virus desapareció tal y como había llegado y aún no se sabe porqué se fue. Aunque también pudiera ser que se supiera y no lo quisieran contar por razones bien espurias como la utilización de armas biológicas durante la I Guerra mundial. Es muy sospechoso que el foco estuviera localizado, precisamente, en un campamento militar en Estados Unidos.

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