¿En qué territorios de la Península Ibérica habitaron los Iberos?

A la llegada de Roma, los iberos residían en estados de base étnica, cuya capital generalmente era una ciudad epónima, como Basti (Baza, Granada) entre los Bastetanos, Oretum (Granátula de Calatrava?, Ciudad Real), entre los Oretanos, e igualmente entre los Edetanos, Ausetanos, Indiketes, etcétera. Habitaban en territorios situados junto a la costa oriental y meridional de lo que hoy es España y junto a la costa del mediterráneo sur de lo que hoy es Francia.


Estos territorios estaban dirigidos generalmente por reyes, régulos y príncipes más o menos poderosos de origen aristocrático gentilicio, de ideología más o menos guerrera que, en ocasiones, también daban nombre de su pueblo, como Edecón, rey de los Edetanos. La verdad es que el territorio de los íberos y su importancia ha sido mucho menor de lo que los propagandistas de la historia interesada nos cuentan. El territorio ocupado por los íberos era tan solo la franja de las costas mediterráneas que, a su vez, se ensalzaron más porque era la fachada con Roma. Los más avanzados eran los turdetanos con diferencia.

A su vez, estas pequeñas monarquías, progresivamente, irían cayendo en la órbita de los Bárquidas, como Indíbil y Mardonio entre los Ilergetes, perdurando alguna de ellas hasta mucho después de la conquista romana, pues un rey denominado Indo, todavía aparece citado con sus tropas en plena guerra entre Pompeyo y César.

Pero también existía alguna ciudad-estado regida por magistrados electos y senados aristocráticos, como Sagunto, que aunque se dice desde la propaganda que fue la primera ciudad ibérica en acuñar moneda con su tesoro público, no es cierto sino más bien lo fue Ampurias.

En efecto, las primeras acuñaciones conocidas son las de Ampurias, aunque, según Guadán, ya se utilizaban en la colonia griega las monedas focenses. El comienzo de las acuñaciones se sitúa en torno al 400 a. C. y lo primero que se acuñan son óbolos y otros divisores con un patrón que suele denominarse ibérico, lo que revela cierta independencia económica.

Las principales poblaciones ibéricas cabe interpretarlas como pequeñas ciudades, aunque fuera de la Bética raramente alcanzan las 10 hectáreas de extensión, siendo sus casas de piedra con terrazas de barro. Todas las poblaciones estaban fortificadas por murallas, lo que supone un estado de guerra habitual entre sus elites dirigentes, incluso las pequeñas aldeas dependientes de poblaciones mayores, existiendo en muchas zonas pequeñas torres para la vigilancia y defensa del territorio.

La población estaba estructurada en clanes, al menos las familias aristocráticas, de las que dependía el resto de la población, sometida por medio de un sistema clientelar muy extendido a una situación próxima a la servidumbre, existiendo también esclavos, en gran parte fruto de las frecuentes guerras y enfrentamientos.

La economía ibérica era agrícola y ganadera, pero existía una larga tradición de comercio y intercambio en beneficio de las elites, lo que explica el desarrollo de su peculiar escritura, de origen tartésico, y de sistemas de pesas y medidas y, finalmente, de la moneda, elementos que fueron tomando del mundo colonial, púnico y griego, aunque, tras la conquista, cada vez se hacen más evidentes los influjos romanos.

También floreció el artesanado, creando esculturas, cerámicas, joyas y otros objetos suntuarios, que normalmente se consideran como creaciones del Arte Ibérico y que denotan la personalidad y el gusto estético del artesanado de todos estos pueblos al servicio de sus elites sociales. Más complejo es analizar su religión.

Muy influenciada por el mundo tartésico y fenicio-púnico en las regiones meridionales, como evidencia el monumento de Pozo Moro o las cerámicas de Elche, en la zona septentrional, por el contrario, predominan pequeños santuarios domésticos familiares, de los que, poco a poco, surgen los primeros templos de carácter urbano, ya en fechas próximas a la aparición de Roma.

Sus divinidades eran de origen ancestral, relacionadas con la fecundidad y la defensa del territorio y su población, y cada vez se fueron adaptando más y más a las del mundo colonial, hasta el punto de que, en los últimos siglos a.C., parece posible identificar en las zonas meridionales el culto a divinidades púnicas como Tanit-Juno y Melkart y a divinidades griegas, como Artemisa y Herakles, en las septentrionales.

Esta tendencia bien acentuada al desarrollo urbano, gracias a la creciente apertura al mundo colonial mediterráneo, explica que la presencia de Roma se dejara sentir indirectamente en las zonas litorales del Levante ya desde el siglo IV a.C. a través de sus aliados, los focenses.

Pero con el desembarco de los ejércitos romanos el 218 a.C., tras algunos episodios de resistencia durante la II Guerra Púnica y algunos años después, el proceso fue ahogado definitivamente por el Cónsul M. Porcio Catón, quien pacificó definitivamente todo el mundo ibérico el 195 a.C.

Tras su integración en la órbita de Roma, se produjo un auge sin precedentes de esta cultura, pero también supuso su progresiva desaparición, absorbida bajo la creciente romanización, plenamente afirmada hacia el cambio de era.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: