¿Por qué la Unión Europea necesita concentrarse en el desarrollo de su proyecto estratégico “Green New Deal” y mantenerse al margen de la interesada guerra comercial entre Estados Unidos y China, si no quiere que el fuego cruzado le perjudique?

Según un excelente Post de Jonathan Hackenbroich desde Berlin que publica el diario digital El Confidencial, si gestionar la crisis del coronavirus no fuera suficiente para los europeos, otro reto gigantesco acecha al continente: la amenaza de la coerción (coacción, restricción, sujeción) económica tanto de Estados Unidos como de China, al tiempo que la competición entre las dos superpotencias aumenta. Europa ha fortalecido recientemente sus medidas de control de las inversiones extranjeras provenientes de fuera de la Unión Europea, pero también tendrá que construir nuevas herramientas para aguantar las amenazas directas y los efectos colaterales de la rivalidad entre Estados Unidos y China.

Después del acuerdo comercial de la “Fase 1” de enero entre Estados Unidos y China, aumentaron las esperanzas de que los dos países al menos pausaran la batalla comercial hasta que se celebraran las elecciones de Estados Unidos. Donald Trump tenía planeado vender el acuerdo como un logro frenando a Pekín. Pero el coronavirus ha permitido a Joe Biden decir que ese acuerdo era malo, envalentonando aún más a aquellos en la administración Trump que creyeron en la contención de China.

Trump y su secretario de Estado Mike Pompeo se han unido a la pelea, diciendo que han visto “grandes pruebas” de que el brote del coronavirus se originó en el Instituto de Virología de Wuhan, pudiendo haber sido fabricado por el ser humano. Los servicios de inteligencia estadounidenses están investigándolo y, por ahora, han sido cautos a la hora de saltar a las conclusiones. Pero la Administración prosigue en su intento de encuadrar esta crisis como un ataque chino a la seguridad nacional de Estados Unidos, que fue negligente en el mejor de los casos y criminal en el peor. Por lo tanto, Estados Unidos parece que intentará responsabilizar a China durante el resto del año. Dado que la Casa Blanca no cree ni en la diplomacia ni en el poder militar como instrumentos de política exterior, usará la coerción (coacción, restricción, sujeción) económica para hacerlo.

El plan de China

El debate en China es, por supuesto, más opaco. Pero sus acciones no lo son. Pekín se ha decidido a ganar influencia rellenando el vacío dejado por la falta de liderazgo de Estados Unidos. Para lograrlo, intenta aumentar la dependencia de terceros países con su economía y cadenas de valor y ya ha usado la coerción económica con el sector de la salud.

El gobierno chino está contraatacando a las alegaciones sobre el laboratorio de Wuhan con una propaganda antiestadounidense feroz en casa y con más coerción económica fuera de ella: cuando Australia pidió una investigación independiente para detallar el estallido inicial de la pandemia, por ejemplo, China amenazó con hacer un enorme boicot a productos, universidades y carne roja australiana del mercado chino. La coerción (coacción, restricción, sujeción) económica chocará contra la misma coerción económica y terceras partes como Australia o Europa se verán afectados de forma directa o indirecta.

Entonces, ¿Cuáles son los cálculos estratégicos que están haciendo Estados Unidos y China? Además, ¿Por qué en esta gran crisis están arriesgando incluso parte de sus propios intereses económicos? Al principio podría parecer que estas crisis podrían desalentar a los gobiernos a no usar estas armas económicas por su efecto boomerang – un arancel chino también daña a la economía china, por ejemplo-. Pero para los jugadores que persiguen una estrategia de “máxima presión” a gran escala destinada a ganar una competencia bipolar de gran poder, las crisis económicas crean nuevas oportunidades para la presión.

Los líderes políticos alrededor del mundo están tan desesperados en sacar a sus países de esta crisis que, según esta lógica, estarán contentos de evitar cualquier medida que les lleve a sufrir un mayor daño. Por lo tanto, será más fácil que se plieguen a las peticiones de la superpotencia en cuestión. Funcione o no, EEUU ya ha puesto esta lógica en práctica endureciendo sus sanciones al principio de la crisis en países como Irán, Venezuela o Cuba.

La Administración Trump puede pensar parecido sobre los europeos y sus dilemas estratégicos: la industria automovilística está sufriendo grandes pérdidas, por ejemplo. La amenaza de un arancel contra los coches europeos podría hacer saltar la alarma entre los políticos alemanes. Para la Administración de Trump si aumentas la coerción económica puedes conseguir cambios en el comportamiento de esos países.

¿Vuelve el dilema del prisionero?

Voy más allá. En esta competición bipolar de superpotencias, hasta cierto punto, las ganancias o pérdidas relativas importarán más que las absolutas. Cuando el rival pierde más, China o Estado Unidos estarán dispuestos a sufrir, siempre y cuando se puedan asegurar que el daño infligido en su economía no se nota tanto en el caos económico de esta crisis o no desencadena un gran número de críticos que se opongan a la medida.

Un acelerado nacionalismo y la indignación pública por las políticas del oponente pueden aumentar aún más el margen de maniobra geoeconómico de los líderes. Y, por último, el aprovechamiento de una dependencia unilateral que un oponente tiene de un determinado sector o producto siempre tendrá un coste económico inmediato bastante bajo, por lo que la crisis podría incentivar tales medidas en lugar de hacerlas menos viables.

En las próximas semanas o meses, estos acontecimientos podrían converger en una guerra feroz en general y una batalla económica en particular. Esto podría suceder una vez que la dependencia de Estados Unidos de las importaciones médicas chinas haya disminuido, cuando las cifras de desempleo de Estados Unidos se hayan disparado a niveles impensables en el pasado, cuando queden solo unos meses para las elecciones estadounidenses y cuando las consecuencias mortales de la reapertura temprana se vea más clara.

A Europa, en todo postureo que se avecina le conviene no quemarse con las sobre actuaciones de uno y otro bando. Convertirse en un actor neutral podría ser la política más correcta pero con Trump nunca se sabe y si ello crea más problemas que los necesarios, recurrir al trabajo interno y dedicarse a impulsar el Green New Deal a nivel interno es también una útil y provechosa salida

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