¿Por qué no considero que la Biblia sea como un libro de mentiras?

Te asustaría comprobar la cantidad de mentiras que se cuentan en los libros de historia de los diferentes países. La Biblia, que sí es cierto que tiene relatos que no se ajustan a la verdad de los hechos, se debe muchas veces a que está plagada de alegorías y puede permitirse el lujo de hacerlo al no se ser un libro estrictamente de historia. Lo grave es que los otros libros de historia nacional, que se creen a pie puntillas, y que constituyen el credo del sentimiento patriótico nacional de cada país, distorsionen incluso más la realidad y eso que se escribieron hoy, como quien dice.

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La descripción de cómo y por qué se escribió la Biblia —y de cómo encaja en la extraordinaria historia del pueblo de Israel— está estrechamente ligada a una fascinante crónica de descubrimientos realizados en la época actual. Es como una historia que revive cada día que pasa. La búsqueda se ha centrado en un país minúsculo constreñido en dos de sus lados por el desierto, y en un tercero por el Mar Mediterráneo, asolado durante milenios por sequías reiteradas y una actividad bélica casi continua.

Sus ciudades y su población eran diminutas, en comparación con las de los imperios vecinos de Egipto y Mesopotamia. Su cultura material fue igualmente pobre, comparada con el esplendor y la exuberancia de la de aquéllos. Y, sin embargo, fue la cuna de una obra maestra de la literatura que, como escritura e historia sagradas, ha ejercido sobre la civilización del mundo un influjo sin igual.

Más de doscientos años de minuciosos estudios del texto bíblico hebreo y una exploración cada vez más amplia emprendida en todos los países ubicados entre el Nilo, el Eufrates y el Tigris nos han permitido comenzar a entender cuándo, por qué y cómo comenzó a existir la Biblia.

Un análisis detallado del hebreo y sus dialectos han llevado a los estudiosos a identificar las fuentes orales y escritas en que se basó su actual texto. Tal como señalan Israel Finkelstein y Neil Silberman, al mismo tiempo, la arqueología desarrollada en los países de las Tierras bíblicas ha generado un conocimiento asombroso y casi enciclopédico de las condiciones materiales, lenguas, sociedades y procesos históricos de los siglos en que fueron cristalizando gradualmente las tradiciones del antiguo Israel a lo largo, aproximadamente, de seiscientos años —desde el año 1000 al año 400 a. de C.

Pero lo más importante de todo es que el conocimiento textual y las pruebas arqueológicas se han conjuntado para ayudarnos a distinguir entre la fuerza y la poesía del relato bíblico y los acontecimientos y procesos más prosaicos de la historia antigua de Oriente Próximo.

El mundo de la Biblia no ha sido tan accesible ni se ha explorado con tanta minuciosidad desde tiempos antiguos. En la actualidad, gracias a las excavaciones arqueológicas, se sabe qué plantas cultivaban los israelitas, qué comían, cómo construían sus ciudades y con quiénes comerciaban. Se han identificado y sacado a la luz docenas de ciudades y pueblos que se mencionan en la Biblia.

Se han utilizado métodos modernos de excavación y un gran número de pruebas de laboratorio para fechar y analizar las civilizaciones de los antiguos israelitas y sus vecinos, filisteos, fenicios, árameos, amonitas, moabitas y edomitas.

En algunos casos, se han descubierto inscripciones y sellos que pueden vincularse directamente a individuos mencionados en el texto bíblico. Pero eso no significa que la arqueología haya demostrado la veracidad del relato de la Biblia en todos sus detalles. Ni mucho menos. Ahora es evidente que muchos sucesos de la historia bíblica no ocurrieron, ni en la época concreta mencionada, ni de la manera cómo se describen.

Es evidente que algunos de los acontecimientos de la Biblia no sucedieron. Sencillamente, no ocurrieron nunca porqué es imposible. Pero tampoco se trata de un libro que sea puramente de historia, sino que es un libro también religioso y de moral, que llega hasta donde llega, y que, en muchos aspectos, hoy por hoy, seguimos bebiendo de sus aguas.

Lo más asombroso es que haya sido un pueblo de pastores de ovejas y de cabras, como era el pueblo israelita. el que haya dado a la luz esta maravilla de guía de moral, en el contexto que estar rodeado de pueblos poderosos que sometieron, el uno y el otro, al pueblo israelita pero no pudieron acabar con él, ni con su Biblia.

Así, imperios poderosos como el sumerio, el acadio, el egipcio, el asirio, el babilonio, el persa, el griego, el romano, el bizantino, el mameluco y el otomano fueron imperios que sucumbieron en la lejanía de los tiempos, mientras que los descendientes del pueblo israelita y su Biblia, en nuestro días, continúan fecundando el futuro de nuestra civilización.

Del mismo modo, la arqueología desarrollada, y que se sigue realizando, ha ayudado a reconstruir la historia que se oculta tras la Biblia, tanto en lo referente a los grandes reyes y reinos, como a las formas de la vida cotidiana. Hoy en día, sabemos cuáles son los primeros libros bíblicos y sus famosos relatos de la historia primitiva de Israel. Una historia donde sus protagonistas principales no son todos precisamente unos santos y tampoco unos héroes.

Aparecen hombres y mujeres normales con sus vicios y sus virtudes. Los hay avariciosos, orgullosos, traidores, mentirosos, ladrones y lascivos pero también los hay sabios, generosos, humildes, justos y valientes que luchan por el bien y la gloria de Elohim, su Dios.

Sabemos cómo fueron compilados y compuestos los textos bíblicos siguiendo una línea cronológica en la narración de los hechos, de manera que todo los pasajes fueran totalmente comprensibles e identificables. A pesar de los pocos medios con los que se contaban entonces, para editar uno de los libros mas leídos a lo largo de la historia, hemos de reconocer que su trabajo fue excelente.

Tal es como lo demuestra la inmensa y decisiva influencia en la historia de la humanidad que este libro ha tenido. En la actualidad, sabemos incluso dónde lo escribieron y quienes fueron. Lo hicieron en Jerusalén, la capital de los judíos de entonces y de ahora. Sucedió en el siglo VII a. de C. Hace casi 28 siglos.

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