¿Crees que la Biblia puede dar el conocimiento del futuro?

Creo que hoy la Biblia tendría mucha competencia y si no, pregúntele a un asesor financiero donde podría invertir o a un asesor educativo pregúntele qué carrera debería estudiar su hijo. Las experiencias circunstanciales que he tenido me han demostrado hasta que punto se cometen errores de bulto en diferentes campos del asesoramiento y la escasa autocrítica que existe sobre ello.

Adivinación del futuro

De cualquier modo, es de reconocer que, actualmente, hay demasiada gente dedicada a la timar a la gente y a las empresas con eso de la adivinación del futuro. Por un lado, existe la necesidad de conocer el futuro para evitar riesgos y miedos y, por el otro lado, se tiene una gran experiencia, de miles de años, en cómo embaucar a la gente con el timo de la adivinación del futuro, como veremos a continuación.

Además, existe la creencia generalizada de que se puede adivinar el futuro, En todas las culturas del mundo, en unas más que en otras, se tiene muchísima fe en que hay seres con dotes especiales y personas con formación académica que cuentan con las suficientes tecnologías y habilidades profesionales como para conocer el futuro. Por ello, el hecho de anticipar el conocimiento del futuro no es una cuestión nueva, ni única, que afecte sólo a la Biblia. Afecta a muchísimas empresas de hoy, en especial, a las financieras y especuladoras.

La adivinación del futuro ha sido y sigue siendo una preocupación permanente de los seres humanos y que ya existía hace más de 5.000 años, desde los comienzos de la civilización en Sumeria, y así continua hasta nuestros días. Es una especie de ansía congénita que padecemos los seres humanos por conocer lo que el futuro nos depara y así, acabar con nuestros miedos y dominar el mundo.

Los sumerios estaban entre los primeros astrólogos, mapeando las estrellas en conjuntos de constelaciones, muchas de las cuales sobrevivieron en el zodíaco y también fueron reconocidas por los antiguos griegos. También eran conscientes de los cinco planetas que son visibles a simple vista. Sus posiciones les informaban de nuestro futuro.

En el siglo VI a. C. los escribas de Enuma Anu Enlil eran un grupo de hombres en la corte de Babilonia que eran expertos en astronomía y astrología. Los textos se refieren a este grupo de escribas, pero no sabemos exactamente quiénes eran, qué hicieron y cómo fueron capacitados. Sin embargo, durante cientos de años, los escribas mantuvieron registros precisos de eventos naturales en la Tierra y en el cielo para predecir el futuro.

El “Libro de los Sueños” de los egipcios revela antiguas predicciones del futuro. La creencia de que los sueños podían predecir el futuro tiene sus raíces en el pasado lejano. Los antiguos egipcios creían que los sueños eran pre-cognitivos. Sostenían que los sueños podían predecir el futuro a través de un sexto sentido. Una forma de acceder a una información acerca del futuro que no estuviera relacionado con ningún conocimiento existente adquirido por medios normales.

En efecto, al igual que muchas personas hoy en día, los antiguos egipcios creían que ciertos signos o eventos que aparecían en los sueños revelaban información impredecible sobre el futuro. Sólo era necesario que alguien con poderes pudiera interpretar esos sueños. Por ello, aquellos que tenían el don de la interpretación de los sueños adquirieron un papel poderoso y de prestigio en la sociedad del antiguo Egipto ya que tenían poderes para predecir el futuro.

Entre los hebreos, muchos textos proféticos entremezclaban lo auditivo con lo visionario. El profeta tenía una visión y la información acerca del futuro y ésta se revelaba verbalmente a través de dicha visión. Estas visiones utilizaban una amplia variedad de motivos comúnmente reconocidos, como cenar con la deidad, la presencia de humo y serafines y la deidad entronizada.

Algunos sueños y visiones descritos en la Biblia, como fueron los sueños del Faraón cuyo significado desentrañara José, el hijo de Jacob, o las profecías de los profetas Amós, Jeremías, Zacarías y Daniel, que se comunicaban a través de símbolos que debían interpretarse para ser comprendidos. Otras profecías, como las atribuidas al Profeta Isaías, eran profecías más directas en su mensaje y que hablaban del futuro como una revelación de Dios, según el propio profeta. Este interés e importancia por las profecías también fue adoptado por el cristianismo y desarrollado por Jesús y por numerosos santos a lo largo de la historia.

Los griegos recurrieron a los oráculos para conocer el futuro, donde destacó el rol de la pitonisa como oráculo de Delfos. Allí, el templo de Delfos dedicado al dios Apolo fue el más sagrado de Grecia durante más de mil años. Delfos también era conocido como el centro del mundo u “Onfalos”, como símbolo de las artes proféticas y era representado como el ombligo del mundo.

A su vez, los romanos contaban dos colegios sacerdotales de la antigua Roma. Por una parte, los Augures, los sacerdotes encargados de interrogar a los dioses y predecir el futuro y, por la otra, las Virgenes Vestales que eran las encargadas de guardar el fuego sagrado de Vesta del que dependía el bienestar de la ciudad. Los Augures de la antigua Roma utilizaban los trazos que formaban las aves en el cielo, como si de un cálamo poético se tratara. En invierno, los augures también tenían el poder del augurio a través de los graznidos de los grajos. Estos sacerdotes eran consultados por los magistrados romanos incluso para asuntos de índole política.

Durante la Edad Media y Edad Moderna, fueron los magos, brujas y nigromantes, junto a los astrólogos y videntes, los que extendieron su presencia en todos los ámbitos sociales para resolver las inquietudes de la vida cotidiana, como la salud o el amor. Los ricos se rodeaban de astrólogos, los pobres acudían a brujas celestinas. Unos y otros demandaban talismanes protectores, conjuros contra sus enemigos, filtros de amor, pócimas curativas, todos ellos envueltos en predicciones sobre su futuro.

Durante el Renacimiento, no hubo técnica mágica para predecir el futuro que no fuera practicada, en mayor o menor medida, pero ninguna alcanzó la popularidad de la astrología, a la que acudieron ricos y pobres, ciudadanos y campesinos, hombres y mujeres, laicos y eclesiásticos, nobles y plebeyos para consultar cualquier turbulencia existencial.

En los siglos pasados, las predicciones del futuro se enriquecieron con el tarot, la lectura de los posos del te, la bola de cristal, la grafomancia, la quirognomía o lectura de las manos, el uso del espejo, las cartas de naipes, el péndulo, etc. Hoy en día contamos con potentes programas informáticos, algoritmos, ordenadores cuánticos, etc., que nos hacen predicciones de toda índole sobre lo que acontecerá el día de mañana.

Algunas veces aciertan y otras ni tan siquiera logran acercarse. Las probabilidades de acierto varían mucho en función del número de probabilidades y la información privilegiada con la que se cuente. Hasta un reloj parado acierta la hora que es, dos veces al día.

Desgraciadamente, a los seres humanos nos cuesta admitir que el porvenir no nos viene hecho y que tampoco está predeterminado. Para una gran mayoría, son los dioses los que deciden nuestro futuro y nuestra única solución es rogarle al Creador de este mundo y a quienes le representan, según las diferentes religiones, que tengan piedad de nosotros. Incluso, son muchos los ateos y agnósticos que piensan que el azar es una especie de “diosecillo” que regula nuestras vidas y que ante él apenas tenemos márgenes de libertad.

Por el contrario, discrepando abiertamente con estas posiciones tan psicópatas e insanas, considero firmemente que el determinismo es una falacia y que su apología se utiliza para jugar con nuestras vidas y robarnos márgenes de libertad. Sostengo que el porvenir se encuentra abierto a un amplio abanico que engloba numerosos futuros posibles y que al irse concretando, su realidad última dependerá en un 85% de lo que hagamos ahora para alcanzar un futuro u otro.

Pero proclamar que el futuro no está predeterminado no es algo gratuito. Ello exige un fuerte compromiso por nuestra parte para construir un mundo mejor. Significa también afirmar que el futuro es esencialmente desconocido y que, por lo tanto, no puede existir una futurología considerada como una ciencia que adivine el futuro.

Por mucho que nuestros modernos instrumentos de investigación pretendan sustituir a la lectura de la mano, a la bola de cristal, a las cartas del tarot y a los posos del té por potentes sistemas expertos, ello nunca nos permitirá predecir con exactitud qué es lo que sucederá en el futuro. No olvidemos que el futuro es una página en blanco que nos queda por escribir entre todos. Quién diga que el futuro será exactamente de una manera o de otra cometerá una impostura.

Supongo que, como seres inteligentes que somos, a más de uno le decepcionará el hecho de que afirme que nunca inventaremos una máquina capaz de adivinar el futuro. Julio Verne e Isaac Asimov cuando escribieron sus novelas no pretendían más que relatar una ficción. Precisando aún más, también sostendré que, debido al ritmo acelerado de las mutaciones, el nivel de incertidumbres con respecto al futuro va creciendo, lo que hará cada vez más difícil el trabajo de quienes intenten vanamente predecir el futuro.

Por dicha razón, cuando se considera que el futuro no se prevé sino que se inventa y que, por tanto, se construye, es cuando la Prospectiva, a la que represento, como fuente reductora de riesgos y de incertidumbres a la hora de construir ese mundo mejor por el que anhelamos casi todos, adquiere todo su valor y significado.

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