Para lograr la coherencia entre la formación y el empleo necesitamos conciliar el corto plazo con el largo plazo: La formación de hoy con el empleo de mañana

Desde la Prospectiva se se achaca a nuestros tiempos que muchos de los males que padecemos se deben a las consecuencias derivadas del cortoplacismo en el que hemos instalado nuestra vida social, política y económica, desde hace tiempo. Sin embargo, no se trata, en absoluto, de un problema que afecte exclusivamente a un sólo país. También es un fenómeno que lo sufre el conjunto de los países del mundo.

Actualmente, todas las políticas, sin excepción, en una mayor o menor medida, están experimentando una importante pérdida de visión con respecto al tiempo. Así, lo inmediato se ha convertido en el máximo valor y cuando el objetivo temporal se encuentra a tan sólo diez o quince años por delante, se acostumbra a esperar, hasta que queden unos pocos años, para empezar a mover las cosas. Obviamente, esta absurda táctica dilatoria es la que nos obliga a llegar casi siempre tarde y mal a la solución de los problemas.

Parece como si el corto plazo constituyera el único horizonte que mantenemos como referencia para justificar nuestras acciones. El corto plazo se ha convertido el lugar espacio-temporal indispensable donde se encuentran los mercados financieros, la satisfacción de nuestras necesidades, las ansias de amor y de felicidad y, por desgracia, también la utilidad de las políticas. El mundo que conforman los medios de comunicación también lo ha erigido como la única referencia noticiable. Por decreto de los que detentan dichos medios, el largo plazo no es ni tan siquiera noticia.

Sin embargo, a pesar de la grave situación de crisis económica permanente que estamos viviendo desde hace un década, también asistimos a un momento en el que se replantea el futuro porque necesitamos resituar nuestras propias acciones. Desde hace tiempo, sabemos que el sector de la educación está llamado a experimentar unos cambios sin precedentes que transformarán disruptivamente nuestros sistemas educativos en un momento que coincide, a su vez, con el tsunami debido a las nuevas tecnologías de la 4ª Revolución Industrial.

No encontramos al final de un ciclo y al comienzo de una nueva era para la que debemos prepararnos anticipadamente, atendiendo al largo plazo. El periodo formativo de las personas, en muchos casos, trasciende a las dos décadas. Por esta razón, el año-perspectiva elegido 2030 representa un año de referencia importante. Pero somos conscientes de que no estamos acostumbrados a trabajar atendiendo al largo plazo.

En cierto modo, parece como si para nosotros —tan habituados como estamos a la cultura de la acción, de lo inmediato— el futuro se hubiese replegado exclusivamente sobre el valor del presente. Así es como el corto plazo lo hemos convertido en un horizonte cerrado. Ya no hay perspectiva ni trascendencia en las acciones de los hombres; incluso, pretendemos una ausencia del propio horizonte. Para nuestra desgracia ésta es y no otra la dimensión temporal del mundo acelerado que vivimos a finales de la segunda década del siglo XXI.

El tiempo se ha contraído y ha impuesto sus propios modos de gestión. De este modo, es como hemos magnificado lo que no son más que simples criterios de actuación en las empresas y en las instituciones educativas. Tal es el caso de la búsqueda de la máxima flexibilidad, el famoso criterio del “just in time” como política de mantenimiento de inventarios al mínimo nivel posible. Todos estos criterios podrán ser muy eficientes cuando podemos recurrir a la estrategia reactiva, pero no cuando los tiempos de maduración son tan largos, como ocurre en el caso de la formación de las personas, que la estrategia del bombero o del apagafuegos, la estrategia reactiva, se vuelve inútil pues siempre llega tarde y mal a la solución de los problemas.

Desgraciadamente, las improvisaciones se han convertido en principios absolutos de nuestra época y son los que, a su vez, determinan las opciones financieras, industriales cuando no las políticas y, entre ellas, las educativas. En principio, parecería que la flexibilidad nos ofrece grandes ventajas; sin embargo, no nos engañemos, detrás de dichas técnicas de gestión se esconden grandes y graves riesgos para la humanidad entera.

En el nuevo ‘management’, cuando privilegiamos la lógica del “just in time”, en cierto modo también estamos negando la necesaria, sensata y razonable reflexión prospectiva y esto ocurre en un contexto donde el ritmo con el que se producen los cambios se ha acelerado terriblemente. Pensar antes de actuar, en una palabra: anticiparse, sería una consigna responsable en un mundo sujeto a tan grandes mutaciones como el nuestro. Lamentablemente, en la época en que vivimos hemos creado todas las condiciones para que se imponga la tiranía de lo urgente.

Nuestra ceguera puede llegar a ser infinita. Nos hemos olvidado que hoy —al igual que ayer pero que cada vez lo será más importante en un futuro— solamente las verdaderas estrategias de desarrollo que se demuestran exitosas son aquellas que atienden al largo plazo.

La lógica de la urgencia no da lugar más que a las respuestas directas y precipitadas. Sólo puede ofrecernos políticas improvisadas y llenas de parches. No da lugar al análisis, ni tan siquiera a la previsión y muchos menos a la prevención. Se trata de una forma de respuesta que no tiene otro objetivo que el de salir del paso. Por ello es por lo que la estrategia reactiva, la del bombero o “apaga-fuegos”, que espera a que el fuego se produzca para reaccionar, cada vez llega más tarde y mal a la solución de los problemas que requieren transformaciones profundas en el seno de las sociedades complejas. Tal es el caso de la coherencia entre la formación y las competencias que demandan los nuevos empleos.

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