Necesitamos construir el modelo sostenible que sustituya al modelo capitalista financiero actual

Sería una gran falacia y una gran estafa —cuando no una cobardía— que, previo a cualquier plan estratégico, los prospectivistas no denunciáramos que el actual modelo está agotado y que sólo nos conduce al desastre mundial en el ámbito social —que crece en materia de injusticias y desigualdades—, en el ámbito ambiental —acelerando un traumático cambio climático— y en el ámbito económico —provocando la Tercera Depresión Económica donde sólo se beneficia a la plutotocracia del sistema hasta que la economía quiebre. Siguiendo con el actual modelo económico nunca nos encontraremos con ningún futuro deseable o que merezca la pena vivirlo.

Prospectiva versus S Financiero

Los hechos y las tendencias actuales con bien claras y evidentes: caminamos hacia un mundo donde lo que prima es el enriquecimiento de unos pocos frente a los sufrimientos y frustraciones de la inmensa mayoría de la población. Los prospectivistas ya no podemos seguir mirando hacia otro lado y callar, como si nada pasara a nuestro alrededor y todo siguiera funcionando como siempre.

Tenemos que denunciar que las decisiones sobre nuestro futuro las toman los bancos y el resto del sector financiero, mientras se deteriora progresivamente el Estado del Bienestar, las clase medias se empobrecen y la incertidumbre sobre un futuro que ya no controlamos, nos agobia más que nunca. Se imponen cambios radicales y yo sostengo, aunque haya prospectivistas que no estén de acuerdo, que la única solución es una salida en clave de sostenibilidad, a nivel mundial. Es necesario recuperar el protagonismo de la sociedad civil y fortalecer los principios de la democracia que impiden que los más ricos tengan mucho muchísimo más peso en las decisiones sobre nuestro futuro común.

Además, hablando sin tapujos, la prospectiva se ha convertido en un enemigo para aquellos especuladores financieros que no desean que haya planes que contemplen el corto, el medio y el largo plazo. No los quieren porque así ellos —los adoradores de las especulaciones a corto plazo— pueden decidir a su conveniencia ante la falta de planes alternativos que tengan en cuenta el medio y el largo plazo.

Sin contar como planes prospectivo-estratégicos —donde el futuro por el que apostamos se convierte en la razón de actuar en nuestro presente— la democracia se resiente, ya que los ciudadanos y los partidos de la oposición carecen de herramientas para enfrentarse a los gobiernos, al servicio de los intereses financieros de la plutocracia. Por eso, nuestra principal lucha ahora es contra el cortoplacismo en el que se ha instalado el modelo socio-económico financiero actual para acabar contra la tiranía del corto plazo que tanto beneficia a los rentistas del sistema.

En efecto, aunque se achaca a nuestros tiempos que muchos de los males que padecemos se deben a las consecuencias derivadas del cortoplacismo en el que hemos instalado nuestra vida social, política y económica, no se trata, en absoluto, de un problema que afecta exclusivamente a un sólo país; también es un fenómeno que sufre el conjunto de los países del mundo. Todas las políticas, sin excepción, en mayor o menor medida, están experimentando una importante pérdida de visión con respecto al tiempo. Lo inmediato se ha convertido en el máximo valor.

Parece como si el corto plazo constituyera el único horizonte que mantenemos como referencia para justificar nuestras acciones. El corto plazo se ha convertido el lugar espacio-temporal indispensable donde se encuentran los mercados financieros, la satisfacción de nuestras necesidades, las ansias de amor y de felicidad y, por desgracia, también la utilidad de las políticas. El mundo que conforman los medios de comunicación también lo ha erigido como la única referencia noticiable. Por decreto de los que detentan dichos medios, el largo plazo no es ni tan siquiera noticia. ¡Cuánta incultura y cuánto error histórico estamos cometiendo!

En efecto, sumergidos en la grave depresión económica que estamos sufriendo, nos introduce en el final de una Era, en una de las últimas fases del modelo productivo que hemos conocido a lo largo de casi siglo y medio y que está basado en las energías baratas, el consumismo y la especulación, la creación de burbujas de toda índole y el apalancamiento financiero. Se trata de un modelo obsoleto que ha ido degenerando como sistema basado en el valor real de la economía. La creación de burbujas en base a la especulación es la única manera de hacer crecer a las economías desarrolladas, aún a pesar de su pérdida de competitividad productiva. Ello nos acerca cada vez más al colapso global. ¡Al tiempo!.

En este contexto donde la economía financiera se ha convertido fatalmente en el centro de las decisiones políticas, parece como si la humanidad hubiese otorgado un valor nulo a la distancia temporal. Parece como si la historia futura se hubiese replegado exclusivamente sobre el valor del presente. Así es como el corto plazo lo hemos convertido en un horizonte cerrado. Ya no hay perspectiva ni trascendencia en las acciones de los hombres; incluso, pretendemos una ausencia del propio horizonte. Para nuestra desgracia ésta es y no otra la dimensión temporal del mundo acelerado que vivimos en la primera década del siglo XXI.

El tiempo se ha contraído y ha impuesto sus propios modos de gestión. De este modo, es como hemos magnificado lo que no son más que simples criterios de actuación en las empresas. La lógica de la urgencia no da lugar más que a las respuestas directas y precipitadas. Sólo puede ofrecernos políticas improvisadas y llenas de errores, fracasos y falsas ilusiones. No da lugar al análisis riguroso, ni tan siquiera a la previsión y muchos menos a la prevención. Se trata de una forma de respuesta refleja con el objetivo de obtener una salida que nos saque, por el momento, del paso.

Este modelo de respuesta a la crisis económico-financiera no consiste, ni muchos menos, en una investigación reflexiva que busque las soluciones a largo plazo. Es una crisis que ignora la Prospectiva; lo que la vuelve más irracional y sujeta a grandes sesgos y a corruptelas. No nos olvidemos nunca que nuestra civilización actual, debido a las inercias, tiene enormes problemas que no pueden resolverse a corto plazo y muchas veces, ni tan siquiera es posible a medio plazo ya que demandan cambios estructurales radicales.

La lógica de trabajar exclusivamente sobre lo urgente responde a un imperativo que busca un resultado inmediato, una especulación enfermiza, una rentabilidad que sea directa y que se corresponda con el esfuerzo realizado en el momento. Así es como esta lógica financiero-especulativa se ha erigido en uno de los paradigmas indispensables de nuestra época, en un valor exclusivo de nuestras sociedades donde la avaricia prima sobre el resto de valores. En el reino de la eficacia con visión cortoplacista y miope que hemos instaurado sólo son válidas las acciones que rinden en el corto plazo. Esto es: la maximización del beneficio.

Todo pensamiento que busque el medio y largo plazo, en la práctica se considera inútil. Lo mismo pasa con todo intento de realizar un trabajo que sea constructivo y que transcienda a las siguientes generaciones. Paradójicamente, nuestra miopía cortoplacista nos impide considerar que al construir puertos e infraestructuras de ferrocarriles, al edificar unas viviendas que sean sostenibles, al implementar las redes eléctricas inteligentes, al electrificar las carreteras haciendo viables a los coches eléctricos y al incorporar masivamente la multimedia a la educación estamos realizando acciones que transcenderán muchísimos años.

A ninguno de estos proyectos se le destinan recursos para estudiar sus efectos sobre el medio y el largo plazo. Vivimos en unos países desarrollados, donde se ignora a la prospectiva a la hora de tomar las grandes decisiones porque los diferentes lobbies y rentistas del sistema obsoleto no quieren introducir innovaciones rupturistas con el pasado. Los intereses creados, al amparo de la corrupción política, pesan mucho más.

Esta es la razón por la cual las políticas actuales se muestran, con frecuencia, tan estériles y contraproductivas. Así es como nos ha sorprendido la crisis cuando desde la prospectiva era obvio que los precios de las viviendas no podían seguir subiendo indefinidamente y que el actual modelo productivo hace tiempo que daba síntomas de estar agotándose. Así es la suerte que corren todas las especulaciones de tipo piramidal. Así es como nuestros políticos y dirigentes sociales, económicos y financieros, al carecer de proyectos de futuro, se han sometido torpemente al yugo del determinismo. Su objetivo no es otro que el de seguir manteniendo sus injustos privilegios.

Así es como no es de extrañar que sintamos que la crisis que padecemos sea una pesadilla que nunca termina de pasar. Así es como lograremos que nuestra vejez llegue convertirse en un infierno, increpados por los hijos y los nietos y recriminados por las múltiples miserias del mundo que ellos heredan de nuestra parte. Lo peor de todo es que, quizás, hasta las propias jubilaciones corren riesgo de ser cada vez más reducidas para poder pagar los despilfarros y perdidas de los bancos. Se suele decir que “el futuro no se prevé, se prepara”. Lo que no se dice es que quizás haya que plantearse una revolución para que ello sea cierto.

Es necesario acabar con la tiranía de lo urgente, con el síndrome del cortoplacismo porque se trata de una enfermedad social superable. Será superable pero muchas cosas hay que cambiar para que ello sea cierto y predicando ya no se convence a nadie. Aunque nuestras necesidades sean pocas, la codicia de los financieros convertidos en ludópatas de la bolsa de valores ha llegado a ser infinita. Sin embargo hay que luchar y movilizar al conjunto de actores de la población para establecer el “Qué hacer”.

La ciencia de la Prospectiva, entendida como la ciencia que estudie el futuro para influir en él o, en su caso, para ayudar a prepararnos anticipadamente y, de este modo, evitar tener que sufrirlo como acostumbramos, es una herramienta muy útil para ello. Contra la crisis generada por los rentistas del sistema que tanto manipulan nuestras democracias, la Prospectiva Estratégica es la mejor receta para saber qué hacer.

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