La Depresión económica actual nos demuestra que los estúpidos están ya en el poder

Las teorías económicas hace tiempo que entraron en una fase de preocupante obsolescencia. Se trata de una crisis de las teorías económicas que se ha incrementado y que, a su vez, ha dejado más al descubierto la realidad de su inoperancia con el agravamiento de la actual recesión económica, a nivel mundial. Ni tan siquiera los más galardonados premios Nobel de Economía, salvo Joseph Stiglitz, se nos muestran capaces de dar con alguna posible salida a la crisis. Sin embargo, cada vez somos más los que pensamos que la crisis económica que estamos padeciendo será una gran purga para la especulación y para la avaricia que cambiará profundamente el mundo, tal como hoy lo conocemos.

Los pocos profesionales a los que dejan aportar soluciones a la crisis son los ‘expertos’ en economía financiera que trabajan para los diferentes gobiernos y mejor sería que no lo hicieran porque no dan ni una. A la vista de los resultados, estos ‘expertos’ sólo saben, aparte de mentir y/o engañar, ayudar a enriquecerse a los bancos causantes de la crisis y empobrecer a las empresas y ciudadanos que trabajamos y vivimos en la economía real.

Con amigos como estos siniestros y cínicos responsables de la economía para que necesitamos tener enemigos. Los diferentes gobiernos tienen que saber que, por mucho que la banca y las cajas de ahorro hablen y se comprometan, hace tiempo que no pueden cumplir con su función crediticia. El sector financiero está técnicamente quebrado y si aún vive, lo hace artificialmente mientras le sigan dejando que maquille sus balances y reciban inyecciones de dinero público.

Por lo general, se trabaja sobre hipótesis falsas que, al poco tiempo, los mismos diferentes responsables de la economía se ven obligados a corregir. No lo hacen por honestidad intelectual o porque se hayan dado cuenta de su error sino porque las previsiones que han hecho quedan en evidencia por ser muy contradictorias con los últimos datos. Es por ello por lo que, en muchos países, las previsiones económicas que se efectúan son mera propaganda política.

Son previsiones cargadas de hipótesis falsas y de medias verdades que se transforman en grandes mentiras. En cierto sentido, parece que fueran previsiones que pecasen de exceso de optimismo para no crear alarma pero, en realidad, responden a la incapacidad moral de los gobernantes que tenemos para acometer acciones que sean rupturistas con el pasado y apostar por la economía sostenible con todas sus consecuencias. Para nuestra desgracia, la gran mayoría de nuestros gobernantes son mediocres, piensan que son víctimas de la mala suerte, consideran que están viviendo una horrible pesadilla y sueñan despiertos con que pronto podrán volver a los buenos tiempos de hace tan sólo unos años.

En los países que cuentan con este tipo de gobernantes, los ciudadanos son tratados como si fueran verdaderos retrasados mentales. Siguiendo el manual de Goebbles —ministro de propaganda nazzi del régimen de Hitler— la desinformación y el desconocimiento es la mejor manera de manejar a las masas sin que ellas se den cuenta. Telebasura y futbol a todas horas y que no falten para que la gente no piense y si lo hace que sea sólo para obtener su placer en el instante.

Si, para desmovilizar a la población, es necesario anular la crítica y la subversión, se compran medios de comunicación, sindicatos y lo que haga falta. Las subvenciones que reciben y/o solicitan estos agentes sociales y económicos de los gobiernos y las deudas que tiene contraídas con los bancos será el medio más adecuado para hacerlo. La amenaza de no cobrar o de tener que pagar las deudas si resultas incómodo para el sistema es la mejor manera de evitar la crítica y la movilización ciudadana contra lo que algunos denominan los últimos coletazos de los rentistas del sistema en el ocaso del neoliberalismo.

Lo malo de todo es que los diferentes gobiernos están perdiendo un tiempo precioso y gastando cantidades ingentes de recursos monetarios que pagamos las empresas y los ciudadanos para nada. Lo están gastando con un sector financiero que está quebrado, que se ha convertido en una gran pirámide  y que sólo aspira a alargar lo más posible su agonía para que sus avariciosos dirigentes sigan engordando de dinero a espuertas. Además este sector sabe que, tarde o temprano, y al igual que el resto de empresas de servicios públicos, va a tener que ser nacionalizado pues el poco dinero que tiene lo emplea para dar facilidades a las ventas de sus propios activos inmobiliarios. Un espejismo como otro cualquiera.

Por eso ha decidido morir matando a la economía real para así diluir su fracaso en un mar de quiebras. Cuanto antes se den cuenta los diferentes gobiernos de que los bancos y cajas de ahorro no prestan dinero, ni conceden créditos porque no pueden y los nacionalicen, lo más pronto posible, mayor número de empresas salvaremos de la quiebra, posibilitando así la recuperación económica a medio plazo. El hecho de garantizar el crédito es vital para que no caigan empresas que se encuentran bien saneadas y que cuentan con mucho futuro.

En efecto, cada vez hay más empresas sanas que se encuentran en problemas porque los bancos les están retirando sus tradicionales líneas de crédito. Ésta es una realidad que, desgraciadamente, está ocurriendo cada vez más y que, además, amenaza con extenderse a todo el conjunto de la economía. Si no queremos que la violencia y los conflictos sociales se desaten desbocadamente en nuestra sociedad, más vale que atajemos cuanto antes esta sangría de empresas que tantos puestos de trabajos nos están haciendo perder.

Si los bancos y cajas de ahorro no cumplen con la función que tienen asignada de conceder créditos a las empresas y a las familias, no merece la pena sostener estas actividades puesto que no funcionan. Lo correcto sería, tras la quiebra, nacionalizar unos cuantos bancos y cajas de ahorro y dejar que el resto, se supriman solos como le ocurrió a Lehman Brothers. Pero esto ha de hacerse rápido —y para ello hay que ayudar a las empresas y  a las familias en vez de a los bancos y cajas de ahorro— pues el tiempo juega en nuestra contra y, cada día que pasa, más empresas sanas son las que se van a ver abocadas a la quiebra por culpa del sector financiero.

Por ello, el cinismo que muestran algunos representantes de la banca, cuando afirman que la culpa de la crisis actual la tiene la economía real, es algo imperdonable y que no tiene nombre. Se trata de ellos —el sector financiero— o nosotros —la economía real— y los diferentes gobiernos no pueden ser tibios, ni andar a dos aguas como hasta ahora. Además, no olvidemos que sin desapalancar la economía, ni devaluar en más de un 60-80% los activos inmobiliarios, la recuperación económica tampoco sería posible.

‘Muerto el perro se acabó la rabia’ —dice un viejo y sabio refrán— y el sector financiero, junto con el inmobiliario, han sido los sectores que han contaminado la economía. El primero ya cayó. Ahora le toca el turno al sector financiero y es un hecho que debería ocurrir pronto como está pasando en el Reino Unido, si es que queremos sobrevivir. Por eso hay que cortarles las ayudas cuanto antes. Necesitamos el crédito pero sólo lo obtendremos de un sector de bancos y cajas de ahorro que no esté enfermo, que no esté contaminado con instrumentos financieros tóxicos, ni con el ladrillo y ese sector financiero todavía no lo tenemos.

En suma, necesitamos un nuevo sector financiero que parta de cero y que cumpla, eficaz y eficientemente, con sus funciones propias de prestamista y prestatario. De igual modo, necesitamos un nuevo orden, a nivel mundial, que acabe, de una vez por todas, con la avaricia, la especulación, el nepotismo y el despilfarro. Necesitamos una nueva utopía para el siglo XXI. 

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