El siglo XVI y el siglo XXI como paradigmas del fin de una era (II)

Por si fuera poco, en tiempos de Thomas More y al igual que nos ocurre ahora con los dirigentes políticos que tenemos, la incompetencia y la mediocridad que caracterizaban a los monarcas y los príncipes de sus época producía unos efectos tan nefastos y desastrosos en el gobierno de sus reinos que hasta los más tranquilos y confiados vasallos comenzaban a mostrarse temerosos de su suerte. Hoy en día, gracias a la extendida corrupción política, el sector financiero se ha hecho dueño de nuestro destino y es el que controla el poder. Los diferentes dirigentes políticos están al servicio de los bancos que prestan dinero que no tienen pues están terriblemente apalancados, mientras que sus quiebras y desajustes se financian con el dinero público, lo que empobrece a las clases medias y coloca las capas sociales menos favorecidas económicamente, en situación de extrema pobreza.

Tomas Moro y el fin de una era (II)

Algo parecido ocurría en el siglo XVI. En aquel tiempo, los monarcas y príncipes, halagados por los grandes comerciantes, habían despilfarrado fortunas en guerras, en la construcción de palacios de capricho y en la celebración continua de grandes faustos y bacanales. Con ello arruinaban a sus reinos que se veían obligados a elevar las tasa e impuestos a sus vasallos para poder satisfacer la avaricia de los prestamistas. Así pues, la mayoría de los monarcas europeos habían gastado todo lo que tenían y lo que no tenían también, por lo que la explotación de los no privilegiados se volvía extenuante.

Así pues, muchos reyes y príncipes quebraron y para financiar sus enormes y crecientes deudas no se les ocurrió otra cosa que la de aumentar y aumentar los impuestos y vender parte de sus extensos dominios a burgueses enriquecidos y a nobles poderosos, sin importarles un comino las consecuencias que ello tendría para el empobrecimiento de sus siervos, muchos de ellos sometidos al desarraigo forzoso y al expolio fiscal. Todo ello tuvo unas consecuencias desastrosas que impulsaron la avaricia y la especulación entre nobles, clérigos y comerciantes.

De este modo, se crearon, de la noche a la mañana, grandes fortunas que fueron precisamente quienes manejaron los hilos, no sólo del comercio, sino también de la política. A los pequeños agricultores —muchos de ellos siervos de la gleba aún— se les echaba de las tierras donde habían vivido y trabajado sus campos durante generaciones. Eran las tierras. propiedad del señor feudal, que, hasta entonces, habían sido la base de su sustento y el de sus familias. A su vez, en las ciudades se marginaba a estos campesinos humildes que habían sido echados a los caminos, expulsados de sus casas y tierras por sus, hasta hace poco, sus señores feudales, los nobles y abades. Para poder mantener a sus familias, se les obligaba a vivir de trabajos temporales malpagados o a refugiarse en la mendicidad, cuando no a tener que vivir del robo y de la violencia.

Thomas More escribía sobre lo que estaba sucediendo entonces lo siguiente:

“…la atmósfera se muestra taciturna, las gentes están inquietas y crispadas en razón del deseo de mantener sus derechos adquiridos. Los universitarios se empecinan, perdiendo el tiempo miserablemente, en discutir sobre detalles nimios y que no tienen ninguna utilidad. Algunos burgueses siguen reclamando con vehemencia que se ahorque a los holgazanes, vagos y maleantes. Otros predican la vuelta a las tradiciones e incluso, algunos que se creen los más sabios, optan por ocultar su desesperación en el cinismo.
No quieren saber nada acerca del “qué hacer” y el “adónde ir” y prefieren mantenerse eternamente en la duda: o bien transigir ante el monarca o el príncipe, cortejándoles lo suficiente como para que ello les permita llegar a ser su consejero, o bien rechazar cualquier compromiso con la defensa del sistema y preguntarse si, finalmente, no será lo económico la causa de los males que padecemos y si, al final, no sería menos cierto que es el hombre, suficientemente animado por el deseo y la razón, quien podría emprender, por sí solo, la reconstrucción del mundo…”.

Poco más o menos, éste era el mundo y el dilema que se encontraban viviendo tanto More y Erasmus como Machiavelli. Así lo sentía profundamente Thomas More cuando, en 1516, terminó de escribir su obra literaria que lleva por título “Utopía”. Lo que para el que fuera canciller de Enrique VIII de Inglaterra resultaba una crisis sin precedentes, sería algo que, sin embargo, a pesar de los siglos transcurridos, se convertiría en un episodio que se repetiría a lo largo de la historia y que ahora nos resulta tan familiar y conocido, cuando también nos encontramos al final de una era. La crisis que padecieron los coetáneos de Thomas More fue también una situación muy parecida a la grave crisis económico-financiera que nos encontramos sufriendo, hoy en día, cuando entramos en el último cuatrimestre del año 2010.

La coyuntura actual tiene numerosos parecidos con la que conoció Thomas More, a finales del siglo XV. El letrado inglés también vivió un mundo en crisis, sujeto a profundas transformaciones y sin embargo, fue un modelo de cómo huir del fatalismo y del determinismo histórico, poniendo toda su esperanza en la urgente necesidad de alcanzar un nuevo humanismo en base a la voluntad y a la razón. La Universidad, tanto la de hoy como la de aquel entonces, vivía anclada en sus compartimentos estanco llenos de retórica. Vivía inmersa en sus clásicos, en sus asignaturas y en sus disciplinas. Sin embargo, para More, en la vida apenas existían las asignaturas. Lo que había eran problemas y muy grandes y complejos, por cierto. (Continuará)

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Una respuesta a El siglo XVI y el siglo XXI como paradigmas del fin de una era (II)

  1. Muchas gracias Juanjo por repetir esta serie de 3 notas de septiembre y octubre del 2010, que cayeron como anillo al dedo para actualizar mi nota “Should we waste the opportunity of an institutional innovation on the Electric Pact to start to leap Capitalism from Good to Great? ( http://bit.ly/706GMH ).” Cabe destacar lo que infieres sobre el rol negativo de la Academia que necesita cambiar.

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