La regulación y las políticas energéticas

Si bien es cierto que la palanca de la regulación permite abordar una reforma energética con mayores garantías de éxito, no todas las reformas logran alcanzar sus objetivos de forma eficaz, eficiente y efectiva. Existen frenos e inercias, en parte motivados por las presiones que ejercen los diferentes actores del sistema energético que impiden que la palanca de la regulación puede ser tan útil como sería necesario. Por ello, para que la regulación sea eficaz, eficiente y efectiva, la política energética, la regulación y los diferentes mercados de la energía no deberían ser fuerzas contrapuestas, sino totalmente complementarias.

Regulación energética

Es obvio que la regulación debería ser una herramienta al servicio de la política energética pero sin olvidar que la regulación tampoco es un fin en sí mismo. En este sentido, resulta del todo imprescindible que las políticas energéticas se diseñen y ejecuten de manera correcta y entroncada con las políticas de desarrollo, económicas, ambientales y sociales. Es necesario que tenga un enfoque integral y que abarque una visión estratégica, tecnológica y económica, pero también social y ambiental, a largo plazo y sin caer en las pautas que nos marcan las coyunturas actuales de bajos precios del crudo que son como espejismos de la realidad futura, incluso a medio plazo.

La política energética debe buscar el impacto más positivo —a corto, medio y largo plazo, en la sociedad, la economía y el medio ambiente. Este impacto debería constituir un cuarto objetivo junto con los, ya tradicionales, de seguridad de suministro, competitividad y sostenibilidad. De igual manera, toda decisión que se adopte debería contar con un análisis de las consecuencias e impacto social, económico y ambiental de las medidas a adoptar y a desarrollar que contemplen el corto y el largo plazo.

De igual modo, todo país para diseñar una adecuada y responsable política energética nacional, necesita dotarse de una estrategia explícita e integral de dicha política a corto, medio y largo plazo. De la mano de la Prospectiva Estratégica, es como mejor se podrían aprovechar los cambios que se vayan produciendo en los escenarios energéticos global y nacional, respectivamente.

La superación de la actual depresión económica es también una oportunidad para replantearse, de modo radical, la regulación y las políticas energéticas casi de cero, a la hora de introducir medidas regulatorias relativas a la producción y ayuda al consumidor y evitar cometer los clásicos errores que, en el pasado, y dentro del marco regulatorio, se cometieron. Lo mismo prodríamos hablar de la frecuente inoperancia de los organismos de control.

Toda regulación del sistema de la energía debería velar por que los mercados energéticos funcionaran en régimen de competencia, allí donde no se produjeran externalidades. Debería evitar que se produjeran distorsiones en el mercado mediante un ajustado diseño que también permitiría regular coherentemente la formación de precios y tarifas, sin injerencias ni presiones de los lobbies del sector energético.

Aspectos relacionados con el medio ambiente y la lucha contra el Cambio Climático –en especial, la economía de bajo consumo de carbono– se han vuelto predominantes en la política energética. Estos aspectos, junto con aquellos otros relacionados con la seguridad de suministro, la eficiencia energética y el autoconsumo, requieren también de una regulación energética específica que se vaya ajustando al ritmo que se vayan producciendo innovaciones en el sector energético.

Otro de los aspectos importantes en la regulación es el establecimiento de una dinámica participativa de todos los stakeholders o actores implicados, a la hora de diseñarla y ponerla en práctica. De este modo, se garantizaría que la regulación del sector energético gozara del cumplimiento de los cuatro principios de la Prospectiva estratégica: Pertinencia, Coherencia, Transparencia y Verosimilitud.

Por último, la regulación deberá dotarse de una visión bifocal que concilie el corto con el largo plazo. Evitando aquellas decisiones que nos hipotecan el futuro e impulsando aquellas acciones a corto plazo que son del todo imprescindibles para poder alcanzar aquel futuro por el que apuesten los diferentes países. Sin olvidarnos de que nunca podremos cambiar el futuro siguiendo los mismos caminos que nos llevaron hasta el presente.

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