La parábola de la emigración de África hacia Europa escrita hace 20 años

Aunque a algunos sorprenda la gravedad extrema de los últimos acontecimientos relativos a la avalancha de inmigrantes africanos que saltaron la valla fronteriza de Melilla para entrar en los países de la Unión Europea, la inmigración a Europa de personas provenientes de Africa es algo que, desde la Prospectiva, estaba sobradamente anunciado. En un análisis prospectivo de los años 1990, sobre la demografía de la Cuenca del Mediterráneo, se observaba que, debido a las grandes diferencias existentes en torno a la tasa de fecundidad (1,4 frente a 5,6), la población del litoral del Mediterráneo sufriría grandes cambios en los próximos 25 años.

Asalto a la valla de Melilla 2014

Así, si en 1960, la población de los paises de la UE como Francia, España, Italia y Grecia representaban el 60%, ya, en el año 1989, representaban el 45%. En el año 2020, se esperaba, como casi seguro, que representarían, tan sólo, el 30% con respecto al total de la población que habita en países lindantes con el Mar Mediterráneo.

En el mismo tiempo, los paises musulmanes del Mediterráneo habrían pasado de representar el 25%, en 1960, de la población del litoral mediterráneo a transformarse en casi el 50% en el año 2020. Por otra parte, si bien la presión demográfica de estos paises sobre Europa es importante, la presión añadida del resto de África —en especial, sahariana y sub-sahariana— resulta ya enorme e incontrolable.

Pero esto no es nuevo para mí. Hace casi 20 años, tuve un impactante sueño que, al despertar, redacté en forma de una parábola que publiqué en mi libro “El Futuro Revisitado”. La parábola describía una especie de premonición sobre lo que ya se cierne sobre el sur de Europa:

“En medio de un inmenso páramo cargado de aridez y falto de agua, existía un amplio prado de fresca y verde hierba, donde no faltaba el manantial de aguas cristalinas y donde la presencia de algunos frondosos árboles de amplia copa proyectaba extensas zonas de sombra en contraste con aquellas otras machacadas por un sol achicharrante. Era algo muy parecido a un oasis en medio del desierto tórrido y canicular.

El verde prado se encontraba rodeado de tupida y espinosa alambrada que ponía coto a los devaneos de quienes quisieran penetrar las fronteras de aquel paraíso. Y en el interior unas pocas cabezas de ganado vacuno, gruesas y lustrosas, que arrostraban en su aspecto las favorables condiciones de su existencia. Excelentes y abundantes pastos, copiosas y frescas aguas, abundante sombra donde descansar apaciblemente rumiando de forma calurosa y casi ritual el rico contenido de sus henchidos estómagos.

Un día llegaron desde las tierras de la canícula unas pocas reses hambrientas y famélicas. No encontraron la forma de superar la alambrada y se vieron obligadas a permanecer al pie de ella contemplando el espectáculo que se desarrollaba pocos metros más allá, al otro lado de la alambrada. Al parecer se fue corriendo la voz y según pasaban los días fue aumentando el número de reses espectadoras.

Llegó el momento en que la manada inmensa rodeó por completo el prado. La manada se arremolinaba cada vez en mayor número y la integridad de la alambrada comenzaba a correr grave riesgo ante las tarascadas de una chusma creciente. El hambre era demasiado acuciante, el número de hambrientos demasiado grande para resistir la tentación insuperable que representaba la abundancia insultante de unos pocos.

Se acabó la paz y el orden. Se organizó la defensa de las alambradas por todos los medios. Palos, estacas, objetos punzantes, armas de fuego. Todo inútil. La presión exterior era excesiva y aquí y allá comenzaron las primeras penetraciones. Poco después, incapaces de controlar desde dentro las penetraciones cada vez más frecuentes, estas fueron a su vez convirtiéndose en tumultuarias y multitudinarias. A pesar de los esfuerzos, finalmente la alambrada toda se vino abajo y las mugientes manadas de hambrientas vacas invadieron la totalidad del prado”.

Pensemos ahora que el verde prado prohibido al apetito exterior es la vieja Europa y los paises desarrollados, en general. Pensemos que, al otro lado de la alambrada —nunca mejor dicho— están los pueblos menos desarrollados, abundantes en cuanto a su demografía y escasos en cuanto a los medios de subsistencia que son capaces de producir. El significado de la parábola comienza a aclararse.

Los acontecimientos sufridos, recientemente, en Melilla son sólo una muestra de la desesperación de unas gentes que escapan de la miseria y añoran una vida mejor y llena de esperanza. Son aspiraciones cargadas de razón que no se pueden obviar, y un derecho a la emigración que ningún ser humano puede negar.

Por otro lado, una África en pleno crecimiento demográfico necesita compartir Europa y una Europa conscientemente envejecida necesita el potencial demográfico que ofrecen los países africanos para garantizar su propia subsistencia futura.

En definitiva, no queda otra solución que preparar el futuro de una Europa multi-racial, multi-étnica, multi-cultural y multi-religiosa, con todas las consecuencias, buenas y malas, que ello entraña. Pero que nadie mienta, ni engañe, diciendo que era algo inevitable. Hace años, algunos prospectivistas planteamos impulsar políticas natalistas y ayudar a los países de África en su desarrollo para evitar estas emigraciones masivas, al tiempo que se cooperaba con el desarrollo y el fomento de la calidad de vida de estos países.

Sin embargo, los mercenarios al servicio de los oscuros poderes políticos de turno, los cretinos de siempre —en mi caso, tienen nombres y apellidos— nos tacharon de alarmistas en debates públicos y con sumo cinismo y mentiras negaron que fuera probable la realidad actual: Una Europa envejecida que sufre grandes presiones migratorias y que no puede evitar por culpa de su insana y estúpida visión cortoplacista del futuro. El auge de los partidos políticos de índole fascista y xenófoba se abre paso con fuerza desde los cimientos de Europa.

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