Podemos salir de esta grave crisis financiera, podemos conseguir un buen futuro

Necesitamos con urgencia saber adónde queremos ir para establecer la estrategia que nos permita salir de la Tercera Depresión Económica en la que estamos inmersos. Contra el pesimismo y el voluntarismo, necesitamos la reflexión prospectiva.

El futuro no esta escrito en ninguna parte. No es un escenario fatal, predeterminado e ineluctable. Por el contrario, nuestro futuro está abierto aunque nos vengan mal dadas las bazas de partida.

Ante todo aquello que está por venir cabe el cómodo pesimismo de anclarse en el inmovilismo y prepararse a sufrir sus consecuencias, pero resulta más productivo y más sano pensar desde hoy que hay otros futuros posibles.

El Diamante de la Innovación Sostenible 2

Pero, para ello, tenemos que reflexionar y aprender a plantearnos las preguntas correctas con respecto a loa múltiples factores que condicionan nuestro futuro, y desarrollar al máximo aquellos factores que sacan de nosotros mismos lo mejor que tenemos y las potencialidades que ello entraña. Ganar el futuro desde ahora es la vía más eficaz para el progreso de cada uno de nosotros como persona, como empresa o como país.

Salir de la crisis, en una gran medida, depende de los líderes a los que elegimos, pero también de nuestra actitud y de nuestra aptitud en relación con el desarrollo sostenible. Un líder mediocre, que no aporte medidas rupturistas con etapas anteriores, que no luche contra la corrupción y que no apueste con fuerza por el desarrollo sostenible en base a la innovación social y tecnológica, la mejora de la calidad de vida y la economía productiva de bienes y servicios será siempre un obstáculo más para salir de la actual crisis financiera.

A su vez, es condición necesaria romper con todo aquello que nos lastra, en especial con la ineficiencia y los privilegios de unos con respecto a la mayoría. Hemos de asumir que mucho de lo que heredamos del pasado ya no vale y que no nos deja avanzar al ritmo que los nuevos tiempos requieren.

Toda ruptura en un sistema plantea problemas de ajuste. Dichos ajustes, a veces, requieren soluciones traumáticas que pueden producir, a su vez, graves conflictos de intereses. Para evitar el caos y ofrecer una salida a la crisis que sufrimos será necesario establecer unas nuevas reglas de juego y éstas es casi seguro que crearán modificaciones en el status-quo de algunos colectivos.

Si no son negociadas y consensuadas dichas reglas —como está ocurriendo hasta ahora— es muy posible que el conflicto, lejos de solucionarse, se agrave con el aumento de las desigualdades y entre en una vía de lucha endógena y de deterioro social y económico.

De cualquier modo, son conflictos que en muchos casos se podrían haber evitado si se hubiese establecido una reflexión prospectiva previa que hubiera permitido discutir en los diversos foros de debate la importancia de las tendencias emergentes y sus consecuencias en el largo plazo.

Esta reflexión permitiría la preparación de la sociedad que podría modelar así el futuro conforme a sus posibilidades y no enfrentarse a él como una fatalidad. Se evitarían de esta forma soluciones traumáticas y sorprendentes y los responsables sociales se encontrarían con una sociedad más flexible dispuesta a asumir sacrificios más generosamente.

Sería una sociedad informada y, en consecuencia, con mayor nivel de iniciativa y de protagonismo. La creatividad, la innovación y la movilización de los diferentes actores socio-económicos posibilitaría una mayor dosis de generosidad y de participación voluntaria desinteresada. Se dinamizaría e impulsaría el sentido de la solidaridad. Se posibilitaría una recuperación, dentro de la escala de valores, de un factor-clave tan importante como la solidaridad.

La crisis que padecemos actualmente se ha instalado entre nosotros y, si seguimos haciendo más de lo mismo, también haremos más difícil la salida a la situación actual. Los optimistas, de manera totalmente gratuita, profetizan cada año que vamos ya a recuperarnos de la crisis. Los pesimistas, de manera también gratuita, no creen en la esperanza y se muestran cínicos ante cualquier solución que les haga perder sus privilegios, aunque las soluciones sean de índole sostenible.

Estoy convencido de que tanto los optimistas como los pesimistas son perniciosos para la sociedad al encubrir en sus afirmaciones un exceso de determinismo y de fatalismo. Le niegan al hombre su calidad de actor y el protagonismo que tiene en la construcción de su propio futuro y lo reducen a desarrollar un papel pasivo y a contemplar las escenas de su vida como un simple espectador que tan sólo puede lamentarse y sufrir los embates de la crisis.

Sin embargo es evidente que los ciudadanos y los colectivos en que se integran, no pueden sentarse a esperar que los líderes optimistas con sus promesas, generalmente gratuitas y reiteradamente incumplidas, vuelvan a sumirles en un ensueño que luego, tras el fracaso, se traduce en un desencanto y un escepticismo tal que les aparta de la creencia y de la fe en el futuro, privándoles de la necesaria esperanza.

Sin esperanza, es muy difícil reaccionar y pasar a la acción y, por el contrario, muy fácil tender a no hacer nada y a desear regresar a aquel pasado feliz de la pre-crisis —idealizado con el paso del tiempo— pero que nunca volverá. Son muy comunes actitudes defensivas y de freno, que suelen esperar a que sean los demás los que nos resuelvan los problemas.

Así, resulta comprensible pero estéril que desde la desesperanza se tienda a echar las culpas al Gobierno de la pérdida de puestos de trabajo y se le demande la creación de empleo. Son las iniciativas las que crean el empleo. Un país sin iniciativas es muy difícil que logre un buen futuro. Necesitamos innovar y crear empresas. Empresa es sinónimo de emprendizaje tal como emprender lo es de iniciar. Pero, para ello, debemos ir de la mano de la prospectiva estratégica y dotarnos de un proyecto de futuro que sea deseable, posible y realizable.

Es una triste constatación el hecho de que la mayoría de los países camina sin proyecto de futuro y sin rumbo, sin acuerdos solidarios, ni generosidad entre los diferentes actores sociales. Sin proyecto de futuro sostenible sólo puede triunfar la bestia que encarnan la usura y la corrupción.

Por ello, urge que los ciudadanos de los diferentes países rescaten cuanto antes su dignidad y se doten de líderes que entiendan que debemos recuperar la esperanza en el futuro. Sólo a través de la esperanza y del compromiso que de ella misma se deriva es como podrán cobrar sentido nuestras vidas y así, hacer resurgir en nuestro interior esa voluntad por alcanzar un futuro deseado que, a su vez, sea posible y realizable. No olvidemos nunca que son los deseos que nuestra voluntad y esfuerzo ponen en marcha los que germinan la realidad de nuestro futuro. El ajuste del Diamante de la Innovación Sostenible es la clave de la bóveda que sostiene la salida a la crisis financiera actual.

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