Los tres Postulados de la Prospectiva sin retórica ni tapujos

SUMARIO

1.- Introducción:
1.1.- La tiranía del corto plazo
1.2.- Para salir de la crisis es necesario escrutar el largo plazo.

2.- Primer postulado: El futuro como espacio de libertad sin coacciones de los rentistas del sistema
2.1.- La libertad requiere de la anticipación

3.- Segundo Postulado: El futuro como espacio de poder en el seno de una democracia real

4.- Tercer Postulado: El futuro como espacio de voluntad que persigue el desarrollo sostenible

5.- A manera de conclusiones
5.1- La Prospectiva como herramienta imprescindible para iluminar la innovación

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1.- Introducción:

1.1.- La tiranía del corto plazo

Aunque se achaca a nuestros tiempos que muchos de los males que padecemos se deben a las consecuencias derivadas del cortoplacismo en el que hemos instalado nuestra vida social, política y económica, no se trata, en absoluto, de un problema que afecta exclusivamente a un sólo país; también es un fenómeno que sufre el conjunto de los países del mundo. Todas las políticas, sin excepción, en mayor o menor medida, están experimentando una importante pérdida de visión con respecto al tiempo. Lo inmediato se ha convertido en el máximo valor.

Parece como si el corto plazo constituyera el único horizonte que mantenemos como referencia para justificar nuestras acciones. El corto plazo se ha convertido el lugar espacio-temporal indispensable donde se encuentran los mercados financieros, la satisfacción de nuestras necesidades, las ansias de amor y de felicidad y, por desgracia, también la utilidad de las políticas. El mundo que conforman los medios de comunicación también lo ha erigido como la única referencia noticiable. Por decreto de los que detentan dichos medios, el largo plazo no es ni tan siquiera noticia. ¡Cuánta incultura y cuánto error histórico estamos cometiendo!

En efecto, sumergidos en la grave depresión económica que estamos sufriendo, nos introduce en el final de una Era, en una de las últimas fases del modelo productivo que hemos conocido a lo largo de casi siglo y medio y que está basado en las energías baratas, el consumismo y la especulación, la creación de burbujas de toda índole y el apalancamiento financiero. Se trata de un modelo obsoleto que ha ido degenerando como sistema basado en el valor real de la economía. La creación de burbujas en base a la especulación es la única manera de hacer crecer a las economías desarrolladas, aún a pesar de su pérdida de competitividad productiva. Ello nos acerca cada vez más al colapso global. ¡Al tiempo!.

En este contexto donde la economía financiera se ha convertido fatalmente en el centro de las decisiones políticas, parece como si la humanidad hubiese otorgado un valor nulo a la distancia temporal. Parece como si la historia futura se hubiese replegado exclusivamente sobre el valor del presente. Así es como el corto plazo lo hemos convertido en un horizonte cerrado. Ya no hay perspectiva ni trascendencia en las acciones de los hombres; incluso, pretendemos una ausencia del propio horizonte. Para nuestra desgracia ésta es y no otra la dimensión temporal del mundo acelerado que vivimos en la primera década del siglo XXI.

El tiempo se ha contraído y ha impuesto sus propios modos de gestión. De este modo, es como hemos magnificado lo que no son más que simples criterios de actuación en las empresas. La lógica de la urgencia no da lugar más que a las respuestas directas y precipitadas. Sólo puede ofrecernos políticas improvisadas y llenas de errores, fracasos y falsas ilusiones. No da lugar al análisis riguroso, ni tan siquiera a la previsión y muchos menos a la prevención. Se trata de una forma de respuesta refleja con el objetivo de obtener una salida que nos saque, por el momento, del paso.

Este modelo de respuesta a la crisis económico-financiera no consiste, ni muchos menos, en una investigación reflexiva que busque las soluciones a largo plazo. Es una crisis que ignora la Prospectiva; lo que la vuelve más irracional y sujeta a grandes sesgos y a corruptelas. No nos olvidemos nunca que nuestra civilización actual, debido a las inercias, tiene enormes problemas que no pueden resolverse a corto plazo y muchas veces, ni tan siquiera es posible a medio plazo ya que demandan cambios estructurales radicales.

La lógica de trabajar exclusivamente sobre lo urgente responde a un imperativo que busca un resultado inmediato, una especulación enfermiza, una rentabilidad que sea directa y que se corresponda con el esfuerzo realizado en el momento. Así es como esta lógica financiero-especulativa se ha erigido en uno de los paradigmas indispensables de nuestra época, en un valor exclusivo de nuestras sociedades donde la avaricia prima sobre el resto de valores. En el reino de la eficacia con visión cortoplacista y miope que hemos instaurado sólo son válidas las acciones que rinden en el corto plazo. Esto es: la maximización del beneficio.

Todo pensamiento que busque el medio y largo plazo, en la práctica se considera inútil. Lo mismo pasa con todo intento de realizar un trabajo que sea constructivo y que transcienda a las siguientes generaciones. Paradójicamente, nuestra miopía cortoplacista nos impide considerar que al construir puertos e infraestructuras de ferrocarriles, al edificar unas viviendas que sean sostenibles, al implementar las redes eléctricas inteligentes, al electrificar las carreteras haciendo viables a los coches eléctricos y al incorporar masivamente la multimedia a la educación estamos realizando acciones que transcenderán muchísimos años.

A ninguno de estos proyectos se le destinan recursos para estudiar sus efectos sobre el medio y el largo plazo. Vivimos en unos países desarrollados, donde se ignora a la prospectiva  a la hora de tomar las grandes decisiones porque los diferentes lobbies y rentistas del sistema obsoleto no quieren introducir innovaciones rupturistas con el pasado. Los intereses creados, al amparo de la corrupción política, pesan mucho más.

Esta es la razón por la cual las políticas actuales se muestran, con frecuencia, tan estériles y contraproductivas. Así es como nos ha sorprendido la crisis cuando desde la prospectiva era obvio que los precios de las viviendas no podían seguir subiendo indefinidamente y que el actual modelo productivo hace tiempo que daba síntomas de estar agotándose. Así es la suerte que corren todas las especulaciones de tipo piramidal. Así es como nuestros políticos y dirigentes sociales, económicos y financieros, al carecer de proyectos de futuro, se han sometido torpemente al yugo del determinismo. Su objetivo no es otro que el de seguir manteniendo sus injustos privilegios.

Así es como no es de extrañar que sintamos que la crisis que padecemos sea una pesadilla que nunca termina de pasar. Así es como lograremos que nuestra vejez llegue convertirse en un infierno, increpados por los hijos y los nietos y recriminados por las múltiples miserias del mundo que ellos heredan de nuestra parte. Lo peor de todo es que, quizás, hasta las propias jubilaciones corren riesgo de ser cada vez más reducidas para poder pagar los despilfarros y perdidas de los bancos. Se suele decir que “el futuro no se prevé, se prepara”. Lo que no se dice es que quizás haya que plantearse una revolución para que ello sea cierto.

Es necesario acabar con la tiranía de lo urgente, con el síndrome del cortoplacismo porque se trata de una enfermedad social superable. Será superable pero muchas cosas hay que cambiar para que ello sea cierto y predicando ya no se convence a nadie. Aunque nuestras necesidades sean pocas, la codicia de los financieros convertidos en ludópatas de la bolsa de valores ha llegado a ser infinita. Sin embargo hay que luchar y movilizar al conjunto de actores de la  población para establecer el “Qué hacer”.

La ciencia de la Prospectiva, entendida como la ciencia que estudie el futuro para influir en él o, en su caso, para ayudar a prepararnos anticipadamente y, de este modo, evitar tener que sufrirlo como acostumbramos, es una herramienta muy útil para ello. Contra la crisis generada por los rentistas del sistema que tanto manipulan nuestras democracias, la Prospectiva Estratégica es la mejor receta para saber qué hacer.

1.2.- Para salir de la crisis es necesario escrutar el largo plazo

A comienzos del otoño de 2007, el sistema financiero mundial comenzó a conocer una crisis inédita en la historia económica, con pérdidas cifradas en billones de euros para el conjunto de las instituciones financieras, quiebras bancarias evitadas por una vigorosa intervención pública, fuertes revisiones a la baja del crecimiento económico de los principales países desarrollados o en vías de desarrollo e, incluso, fluctuaciones sin precedentes en los precios de las materias primas. Así, en tan sólo unos meses el precio del petróleo pasó de 150 dólares/barril a menos de 40 dólares/barril.

Estamos en el 2012, y los precios ya han alcanzado techos parecidos. El agravante es que, tras casi cinco años de crisis, el despilfarro en políticas estériles, debido al intento por salvar a los culpables de las diferentes burbujas especulativas y debido a la cobardía de nuestros dirigentes que se niegan a controlar y colocar en su lugar secundario al sector financiero, hemos entrado en una profunda depresión económica tan cargados de deudas que no podremos pagarlas nunca. En un mundo quebrado solo se salva quien apuesta por la sostenibilidad o quien se mantiene de pie hasta el final.

Esta crisis nos recuerda que las decisiones políticas estratégicas no muestran sus verdaderos efectos hasta haber pasado mucho años. Bien que se trate de políticas relacionadas con el I+D+i, con la productividad de los recursos, con la educación, con la cohesión social o con el dinamismo empresarial, a todo gobierno, cualquiera que éste sea, le será imposible ofrecer unos buenos resultados en el corto plazo. Razón que conoce bien la oposición política por lo que tan sólo se dedica a jugar al tiro al plato con el partido del gobierno. Naturalmente, la construcción y preparación del futuro es un tema siempre secundario. El arte de la política, que se debería ocupar de preparar el futuro, experimenta un profundo coma profundo.

De cualquier modo, he de reconocer que, aunque haya voluntad de iniciar una seria y rigurosa reflexión prospectiva, resulta siempre difícil escoger el momento más adecuado para realizar dicha reflexión prospectiva. En la práctica, siempre habrá a quién le parezca inútil realizar un análisis prospectivo tanto en los períodos de fuerte crecimiento —cuando una simple prolongación de las tendencias bastaría para alcanzar un horizonte que no venga cargado con nubes de tormenta— como en las situaciones de crisis, cuando las necesidades inmediatas y de urgencia llegarán a ser tan dominantes que ocuparán todo el tiempo de los responsables de tomar decisiones, tanto en las instituciones públicas como en las empresas.

Pero la verdad sea dicha, es que tanto una buena gestión pública como una buena gestión privada exigen que, en cada momento, se sepa administrar el presente inmediato anticipándose al futuro. Se trata de conocer, desde ahora, cómo podríamos dotarnos de los medios y las condiciones necesarias para permanecer influyentes en un mundo cada vez más inestable y cambiante. Un proyecto de futuro que atienda el largo plazo a nivel de un determinado país no tiene la pretensión de ser un itinerario señalado con flechas para la realización de las consiguientes reformas. Sin embargo, estableciendo la cartografía de los mapas del futuro, nos permite construir un tipo de GPS para indicarnos los objetivos que deben perseguirse con las acciones públicas.

Así es como lo ha hecho Francia con la reflexión prospectivo-estratégica que realizó hace unos años en la perspectiva del año-horizonte 2025. Esta reflexión se estructuró en torno a diez principales desafíos. Se trataba de desafíos, no de limitaciones, ni tampoco de evoluciones inevitables como es el caso del envejecimiento demográfico. Estos desafíos se establecieron en términos de objetivos. Son objetivos que pueden alcanzarse o, en función de la coherencia de las políticas que se apliquen, pasar junto a ellos o muy lejos de ellos; todo dependerá de las estrategias diseñadas para hacer frente a cada uno de estos desafíos.

Esa será la Francia que, en teoría, los franceses de hoy les deberían dejar a sus descendientes en el 2025 y que si los franceses se esfuerzan con seriedad y entrega, probablemente será una realidad. Será tal como, con anterioridad, los franceses de hoy la habrán soñado pero que, en cualquier caso, será muy diferente a la Francia que ahora se conoce. Siento mucho no haber podido referirme al caso de otros países donde antes se preparaba el largo plazo y ahora se deja todo a la improvisación especulativa. Me han llamado de muchos países  preocupados por los estudios prospectivos y de verás que me hubiera gustado que hubiéramos ya realizado una reflexión parecida. Sin embargo, también sé que a la preparación del futuro apenas se le adjudican unos presupuestos que sean dignos.

Uno de los motivos de que no se destinen presupuestos dignos para construir un futuro sostenible es que no se quiere invertir nada en acciones que para recoger sus frutos haya que esperar mucho tiempo. El horizonte temporal de los políticos tiene un alcance  máximo de tan solo cuatro años y la prospectiva requiere más de una o dos décadas, por lo menos, para empezar a obtener resultados satisfactorios. Hoy en día, a nivel mundial, padecemos una grave enfermedad que considera que lo importante es la acción. Poco importa que las acciones se emprendan sin ir de la mano de la prospectiva para reducir niveles de riesgo e incertidumbre. Ello hace que los planes estratégicos se conviertan en un compendio de acciones ciegas, por no decir de acciones estériles e inútiles.

Sin embargo, a pesar de todas estas críticas, considero que no podemos quedarnos de brazos cruzados, esperando a ver que pasa. Albert Einstein decía: “La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver qué pasa“ . Prefiero ser del grupo de los que no se resigna a sufrir el futuro. Creo en la esperanza y me esfuerzo día a día, junto a inemejorables equipos de trabajo de SWPI, de ICAEN, de Eusko Ikaskuntza y el grupo prospectivo de la Escuela de Ingenieros de la Mondragon Unibertsitatea, con la esperanza de que algún día pasaremos de la mera estrategia basada en la acción a otra más inteligente y basada en la reflexión que previamente ilumina a la acción. Pero, a su vez, también deseo que este post llegue a contaminaros con los virus de la prospectiva contenidos en sus tres postulados más importantes:

— El futuro como espacio de libertad sin coacciones de los rentistas del sistema
— El futuro como espacio de poder en el seno de una democracia real
— El futuro como espacio de voluntad que persigue el desarrollo sostenible

2.- Primer postulado: El futuro como espacio de libertad sin coacciones de los rentistas del sistema

El postulado de libertad puede ser mera retórica, desprovista de contenidos serios, si antes no interpretáramos que, hoy en día, la libertad es una mera ilusión para nuestra sociedad mientras esté controlada por los rentistas del sistema. Este postulado coincide con la idea de que el porvenir no nos viene hecho y que tampoco está predeterminado, sino que, por el contrario, el porvenir se encuentra abierto a un amplio abanico que engloba numerosos futuros posibles y que son, precisamente, los que identificamos como futuribles. Pero tampoco podemos caer en la ingenuidad de pensar que aquellos que detentan el poder nos va a dejar alcanzar un escenario que sea sostenible.

En efecto, cualquier prospectivista o prospectólogo que esté capacitado y sea honrado sabe, de antemano, que los hilos de los escenarios están manipulados por intereses espurios. Los rentistas del sistema son unos actores muy poderosos que no van a dejar que se mueva nada sin su conocimiento. La estrecha connivencia y corrupta convivencia entre los oligarcas políticos y financieros es un factor clave que condiciona el futuro del cualquier país, región e, incluso, el de muchas ciudades.

Ahí es donde les quiero ver a los prospectivistas lidiando a ese toro de la corrupción. Silenciar este hecho sería un fraude descomunal que invalidaría todo el trabajo posterior de reflexión prospectiva. Sería como cometer una impostura, una estafa a la propia sociedad, a la que se le dice que queremos ayudarle a preparar su mejor futuro. Si un prospectivista no es valiente como para denunciar a los rentistas del sistema, lo mejor es que lo deje y que no engañe a nadie más. Por ello, me preocupa mucho que sea la Academia la que se vaya convirtiendo en la Guardiana de las Esencias de la Prospectiva, cuando ella misma esté tan supeditada a la connivencia entre las oligarquías políticas y financieras.

Sin embargo, en tiempos de crisis profunda como vivimos actualmente, también los rentistas del sistema pueden caer si luchamos por el modelo sostenible movilizando al resto de los actores de la sociedad, incluso a los de la Academia. En estos momentos de cambio de Era, es cuando el futuro está menos determinado de antemano que nunca. Pero proclamar que el futuro no está predeterminado no es algo gratuito. En primer lugar, ello exige un fuerte compromiso de lucha —que puede convertirse en una revolución— con el fin de rescatar la libertad de manos de quienes nos impiden ejercerla.

Significa también afirmar que el futuro —al comprender que ha de ser sostenible—  es, en muchos aspectos, más que desconocido es cautivo, de momento, por los rentistas del sistema. Pero la relación de fuerzas puede cambiar en la medida que el modelo económico hace aguas y mientras cosntruímos las bases del futuro alternativo. Ahí reside, hoy en día, el verdadero trabajo de la prospectiva.

A quienes confían en las predicciones de los expertos les diré que son un fraude ya que no existe una futurología considerada como una ciencia que adivine el futuro sin correr riesgos de equivocarse. El camino hacia el futuro por el que apostemos siempre estará lleno de emboscadas que nos pondrán los rentistas del sistema porque no quieren que las cosas cambien y así seguir gozando de sus injustos privilegios, gracias a la corrupción política imperante.

La Academia es cobarde y sigue con el rollo de que por mucho que nuestros modernos instrumentos de investigación pretendan sustituir a la bola de cristal y a los posos del café o del té por potentes sistemas expertos, ello nunca nos permitirá predecir con exactitud qué es lo que sucederá en el futuro. El futuro es una página en blanco que nos queda por escribir pero para muchos es una página en negro porque no hay equidad social, ni solidaridad entre los pueblos. Quién diga que el futuro será exactamente de una manera o de otra cometerá una impostura pero también la cometerá aquel que no denuncie los frenos estructurales que lo impiden y el hecho de que los que usan dichos frenos suelen tener unas siglas muy concretas, tanto politicas como religiosas o comerciales.

Sin embargo, todavía hay estúpidos que nos venden que el futuro está determinado. La Academia, la Superstición  y la Religión tienen mucha culpa de ello. En efecto, desde los comienzos de la historia, las ansías y la inquietud que han manifestado los hombres por conocer el futuro han sido tremendas. Los oráculos y las pitonisas han jugado un gran papel en la adivinación del destino. Sin duda, podríamos afirmar que, hoy en día, esta inquietud no está dormida. Por el contrario, se ha acrecentado en la medida que ha aumentado y acelerado la velocidad con la que se producen los cambios. De igual modo, observamos cómo las rupturas con el pasado, día a día, se multiplican y cómo una extraña sensación de caos se imponen en nuestras vidas, acabando con la existencia de un orden que, hasta hace unos poco meses, considerábamos que estaba perfectamente reglamentado.

Éstas son unas de las razones de nuestra angustia y de nuestros temores actuales ante la crisis. Son temores que crecen en la medida en que se amplia el abanico de los futuros posibles —paradójicamente cada vez mejores y, a su vez, también peores— y que nos abruman cuando comprobamos que, en cualquier caso, las incertidumbres van creciendo siempre y, de este modo, resultan ser cada vez mayores los riesgos de equivocarnos.

Sin embargo, no podemos caer en la fatalidad , ni el pesimismo. La Prospectiva es también la Ciencia de la Esperanza pero tampoco  debería pecar de ingenua y desconocer que nuestro futuro está manejado por trileros. No deberíamos olvidar tampoco que los hombres somos unos seres limitados y que desde siempre, consciente o inconscientemente,  nuestros estúpidos dirigentes han intentado encontrar la piedra filosofal que nos permitiera reducir este tipo de incertidumbres que tanto pesan sobre nuestro futuro. Sin embargo, no se puede negar que a los hombres siempre les ha preocupado la seguridad. Nunca les ha gustado vivir en la incertidumbre, sobre todo después de casarse.

A muchas personas, el hecho de no poder controlar la incertidumbre les produce vértigo y les ocasiona, socialmente, un malestar profundo. Suelen ser oligarcas y plutócratas que tienen mucho que perder y apenas nada que aportar a la sociedad pero viven muy bien como rentistas.  De cualquier modo, los cambios son inevitables cuando el sistema se colapsa. En esos momentos, para impulsar los cambios o revoluciones hemos pretendido buscar conceptos a los cuales aferrar fuertemente nuestras convicciones y nuestras creencias.

La historia de la humanidad también podríamos describirla como la búsqueda ancestral de aquellas constantes que más decisivamente podrían incidir, tanto en el ámbito de la naturaleza como en el ámbito de lo social, en busca del progreso y la prosperidad. Cuando se frena esta evolución del pensamiento y se impiden cambios en una maquinaria que ya no funciona, se produce una lucha por el poder en clave de libertad. Los rentistas del sistema defienden su privilegios, a como dé lugar. Ello explica el gran apego demostrado por las clases sociales dominantes hacia el orden existente y la manera —a veces muy sangrienta— como han contribuido a su perpetuación a lo largo del tiempo.

Cuando pasamos de un orden conocido, pero que no funciona, a otro que si se adapte al nuevo paradigma, no es algo gratuito. Se necesita alcanzar un nuevo orden práctico y respetado y en el que guardarían gran sentido e importancia las costumbres y los hábitos sociales, así como el respeto a la economía sostenible. En general, y hasta el presente, los seres humanos siempre han tenido una gran propensión a buscar salidas que les garanticen todo tipo de seguridad, han tendido a creer en la palabra de otros y se han organizado mediante la elaboración de leyes y de contratos. Naturalmente, no siempre esto ha funcionado, máxime cuando los ciudadanos han ido adquiriendo mayor peso en la sociedad, en función de su riqueza.

Se cometen abusos en la sociedad por parte de diferentes actores que tiene mayor poder sobre ella. Estos abusos nos hacen pagar muy caro estos errores como ahora comprobamos que, con el auge del neoliberalismo, fue el hecho de reducir y marginar el control y la regulación de los mercados por parte de los diferentes gobiernos. Lo mismo paso con el despropósito de la burbuja inmobiliaria tan impulsada por los bancos como permitida por los políticos. Y así, en medio de una corrupción generalizada de la política, de fracaso en fracaso, seguimos como idiotas miopes empeñados en predecir el futuro como si éste fuera único. El futuro es múltiple e indeterminado por definición. Evoluciona siguiendo el hilo de los tiempos y dependerá su resultado de los que ahora hagamos para alcanzar un futuro u otro.

En el terreno social, también se ha dado una intensa búsqueda de constantes que intentasen explicar las evoluciones del futuro. El esfuerzo ha sido enorme en lo que a recogida e interpretación de datos se refiere. Se buscaba la elaboración de series largas de manera que explicasen, a su vez, las leyes o movimientos continuos, lineales o cíclicos, tanto en materia social como económica. Desgraciadamente, dicha tarea habrá sido muy válida para interpretar el pasado pero cada vez resulta menos útil para interpretar el futuro. Los rentistas del sistema y los plutócratas se encargan de ello impunemente.

Además, la inmensa mayoría de los métodos de previsión, incluso hasta los de la Prospectiva, se basan habitualmente en la extrapolación del pasado. Destacan por ofrecer cambios insustanciales y por estar al servicio del poder vigente. Apenas denuncian, la corrupción y el control de los cambios que ejercen los rentistas del sistema. Por ello, aunque se diga que el pasado explica menos el futuro siguen justificando el futuro en manos de los rentistas del sistema.

Apenas tiene en cuenta las leyes termodinámicas y el carácter cada vez más finito de muchos de nuestros recursos naturales básicos como el agua potable, las tierras fértiles, los recursos piscícolas, el petróleo, el gas natural, etc., hacen, cada vez más evidente, que, ante estas fuertes limitaciones al crecimiento. Por si fuera poco, la amenaza de un cambio climático abrupto hace que el desarrollo sostenible sea la única solución posible a la crisis que atravesamos y nos ha metido en otra gran depresión económica, como la que se inició tras el crack de 1929 y que duró hasta el año 1946. Tuvo que existir una gran guerra por medio, la II Guerra Mundial, para poder superar dicha depresión económica.

2.1.- La libertad requiere de la anticipación

Así pues, el futuro permanece siempre abierto aunque los cambios a operar pueden llegar a ser muy cruentos. En consecuencia, no nos queda más remedio que afrontar el futuro desde nuestra libertad y desde nuestros riesgos. Para el hombre que basa todo en lo que ve y conoce, los cambios a introducir serán tanto peor ya que deberá esforzarse en el aprendizaje de la incertidumbre. Para muchos será un aprendizaje más que dificultoso. Sobre todo, para aquellos que siempre fueron educados en el culto a la verdad de lo que sólo son capaces de ver y que están más acostumbrados a trabajar con lo que ven que con el riesgo y la libertad que nos permite encontrar nuevas fronteras y enlazar con el progreso social y económico. Los cementerios de la historia están llenos de tendencias prolongadas. La actual depresión económica terminará en un cementerio de la historia.

Aquellos que sean incapaces de imaginarse el futuro de manera diferente a como lo conocen en la realidad actual, sufrirán las consecuencias de vivir en el mundo de lo absurdo, pero, por su propio bien, no deberían dejarse engañar por los políticos proclaman. Nuestro mundo económico está quebrado en base al apalancamiento financiero y necesita un nuevo modelo económico de naturaleza sostenible. Desgraciadamente, existen poderosos actores que que se oponen a introducir cambios en el sistema porque perderían sus privilegios. Muchos de estos son los rentistas del sistema que impiden que se produzcan las modificaciones pertinentes en las reglas de juego que permitirían una adaptación adecuada y temprana a los cambios.

Por suerte, y en sentido inverso, para aquellos seres humanos, con vocación de actores e irreverentes con los estereotipos falsos que heredamos, será tanto mejor hacerlos cuanto antes porque  así los terrenos de la indeterminación se convertirán en espacios de libertad que darán sentido a sus vidas. Se moverán insolentes en terrenos fértiles y aptos para su propia autodeterminación, propiciando, al mismo, tiempo todo tipo de innovaciones. Si asumimos esto último, ello ya representa una asunción valiente y, a su vez, un acontecimiento que deberíamos celebrar pues nos libera de la tiranía de la fatalidad y del yugo del determinismo que nos imponen los rentistas del sistema.

El futuro es espacio de libertad si dicho terreno, a pesar de los frenos, lo abonamos y lo preparamos desde ahora. No hay cosecha para quien no siembra con anterioridad. La libertad ya no se explica por el hecho de poder hacer cada uno lo que quiere sino por el hecho de poder crear las condiciones para que, en un futuro, cada uno pueda optar por lo que le conviene. Éste es el sentido profundo de la prospectiva acerca de la libertad. Si somos libres como para poder construir un futuro que nos permita optar por lo que nos conviene entonces, también será posible encontrar la felicidad y ésta es la meta más importante que deberíamos perseguir los seres humanos.

Pero no olvidemos que las oligarquías políticas y financieras nunca renunciarán a sus privilegios si no luchamos y se los eliminamos. La Revolución Francesa tuvo que recurrir a la guillotina pero acabó con los rentistas del sistema. Hoy podemos contar con un sistema judicial, como en el caso de Islandia, que lleve ante los tribunales para hacer justicia, a los políticos y banqueros que con sus decisiones contribuyeron gravemente a la agudización irresponsable de la crisis.

3.- Segundo Postulado: El futuro como espacio de poder en el seno de una democracia real

Se suele decir que cuando algo es urgente, significa también que ya es demasiado tarde. En nuestro caso, a medida que los cambios se aceleran, sobre los despachos de los dirigentes —que tendrían que tomar serias y rupturistas decisiones— se multiplican los informes que requieren soluciones urgentes. No se toman decisiones y si se toman son rápidamente frenadas, para así salvar los privilegios de los rentistas del sistema. Pero esto que ocurre tan habitualmente no lo suelen saber la mayoría de los ciudadanos, ni la mayoría de las empresas. Sólo oyen lo que les dicen engañosamente los políticos: “que el trabajo se les acumula y que no llegan a todo”, para, al final, pedir dinero para sus amigos los banqueros a costa del dinero de los contribuyentes.

En realidad, resuelven algunos de los problemas en función del orden que les dicta el sentido de la urgencia y con la condición expresa de no alterar el orden y los privilegios de la oligarquía dominante. Así se agudiza la crisis a cada día que pasa y todo por no hacer que los banqueros e inmobiliarios sean los que paguen los paltos rotos.

Como consecuencia de ello, todo lo que es importante permanece sin resolver y así es como los ciudadanos tenemos que purgar la negligencia de nuestros dirigentes que, irresponsablemente, persisten en vivir en el día a día, sin cambiar nada, obligándonos al resto a sufrir el futuro, en lugar de intentar dominarlo con políticas que se anticipen a los acontecimientos y que eviten el aumento de la crisis y el desempleo. Sólo la corrupción política es la que permite que los culpables de la crisis continúen controlando las políticas vigentes y “se vayan siempre de rositas”.

La connivencia tan estrecha entre las oligarquías políticas y financieras lo hace todo posible y nos ha estado robando la verdadera democracia. De este modo es como no solamente se erosiona la democracia, también se socializan las pérdidas de los bancos y aumentan las deuda soberana del país que habrá que luego tendrá que pagar mediante impuestos que empobrecerán aún más a las clases medias. Así, sin darnos cuenta, la democracia ha pasado de ser genuina: “Un hombre, un voto” a convertirse en una democracia censitaria del tipo: “Un dólar, un voto”. La plutocracia domina los destinos de la mayoría de los países arrebatándonos aquellas palancas fundamentales que nos faciliten el control de  los cambios a introducir. Y esto es lo que la Prospectiva tiene que ayudar a la sociedad a recuperar, si es que la sociedad quiere ser dueña de su propio futuro: “La democracia real”.

A su vez, como los rentistas del sistema continúan imponiendo las leyes que les favorecen, se retrasan las soluciones y la crisis permanece. Los problemas importantes no se hallan inscritos en la agenda de ningún dirigente hasta que el fuego es tan intenso que no hay lugar para la esquiva, ni para el disimulo y es entonces, cuando pretenden resolverlos tarde y mal. Es una constatación que los decisores sociales de nuestros días, la mayor parte del tiempo, se encuentran privados de un espacio que les garantice una mínima libertad de movimientos. Y, sin embargo, el poder requiere dotarse de la capacidad de anticipación.

Las decisiones se suelen tomar cuando el agua nos llega hasta el cuello, cuando apenas tenemos margen de maniobra. Por eso, las decisiones suelen ser tan traumáticas y desagradables que nunca llueven a gusto de todos. ‘A grandes males, grandes remedios’, dice el refrán. Lo que no se dice es que ‘todo mal grande en su día fue también pequeño’. Queriendo ignorar esto último, estos dirigentes justifican sus imperfectas decisiones diciendo que no tenían otra opción, que se encontraban forzados o apremiados por las circusntancias. La realidad, sin embargo, es bastante diferente ya que deberían decir que no tenían otra opción por culpa de ellos, porque habían dejado que la situación llegara hasta un punto tal que ya no disponían de ninguna libertad como para poder influir sobre los acontecimientos, y en consecuencia, por su negligencia, asumían resignadamente que éstos fueran los que les arrastraran irremediablemente. En definitiva, implícitamente están aceptando que carecen del poder suficiente como para hacer frente al futuro, con dignidad.

En este sentido, convendría ahora señalar que el hecho de tener que caer bajo el imperio de la necesidad es la prueba palpable de las consecuencias que entraña la falta de anticipación. La única manera de evitar que ello suceda es la de tomar conciencia de que las malas situaciones que se van creando siempre tienen sus inicios. Es entonces cuando estas situaciones hubieran podido ser fácilmente moldeables, antes de que crezcan y se deterioren tanto que se conviertan en una inevitable imposición. Dicho de otra manera, sin el ejercicio de una Prospectiva, honesta y comprometida con la profundización de la democracia, no existirá libertad de decisión porque todo quedará supeditado al servicio de los rentistas del sistema, lo que implica que tampoco se tendrá interés suficiente como para actuar eficazmente sobre el futuro. Se plantearán políticas de parcheo para, finalmente, seguir haciendo más de los mismo. Los decisores que se instalan en la gestión de lo urgente, en la práctica, son las personas que disponen de menos libertad de acción. Y esto sí que es una contradicción y una desgracia para el futuro de nuestras sociedades.

Es necesario admitir cuanto antes, si se quiere evitar el tener que hallarse continuamente abocado a gestionar lo urgente, que resulta absolutamente obligatorio desarrollar la cultura de la anticipación. La aceleración de los cambios hace que todavía sea más necesaria la Prospectiva. La metáfora del farol que nos narraba Gastón Berger es un claro exponente de esta necesidad: “En una carretera vecinal, sin mucho tráfico y conocida, el conductor de un carro tirado por animales, por la noche, para circular lentamente por dicha carretera no necesita más que una simple linterna que le ilumine su camino. Por el contrario, en una carretera nacional que desconoce el conductor y que está cuajada de curvas y de desniveles, de noche, cualquier automóvil que se aventure a ir rápido por dicha carretera, necesitará unos potentes faros. Conducir sin ver bien a larga distancia, sería una auténtica locura”.

La rapidez de los cambios, su imprevisible crecimiento, suscitan muchas críticas acerca de la aplicación de la estrategia basada en el desarrollo de teorías como la de la reactividad. Es la estrategia del bombero, la del apagafuegos, que si bien es cierto que, en el pasado, cuando los ritmos de cambio eran más lentos, funcionó bastante bien, ahora se nos muestra obsoleta y poco recomendable porque el que copia cada vez llega más tarde. Algunos expertos defienden que dicha estrategia sigue siendo válida. Consideran que como no vemos con claridad el futuro que se avecina, lo que tenemos que hacer es intentar ser cada vez más flexibles y adaptables. La flexibilidad es la palabra de moda. El concepto, en sí, es muy seductor pero quienes se dejen seducir por ello se olvidan de que la adaptabilidad instantánea no deja de ser más que una mera ilusión, un espejismo.

Se olvidan de que las competencias, los conocimientos y la experiencia no pueden ser renovados en un instante y, mucho menos, cuando hablamos a nivel del equipo humano que constituye una organización determinada. La movilización de los diferentes actores implicados en torno a un proyecto de futuro implica apropiación y ello requiere también un tiempo de maduración e, incluso, un retorno de experiencias. Se necesita que los proyectos en marcha cuenten con un periodo de tiempo determinado para poder experimentarlos. La adaptación a los cambios es algo que no se improvisa. Si se quiere salir airoso de esta prueba es necesario impulsar estos tres conceptos-base para la transición al nuevo paradigma emergente: Innovación, Competitividad, Sostenibilidad, ICS.

El largo plazo es lo único que puede garantizar el éxito de las acciones que comprometen nuestro futuro. El corto plazo es una trampa mortal si uno gasta todas sus energías en querer dominarlo. En él sólo existe lugar para la sangre, el sudor y las lágrimas. Sin embargo, todos estaríamos dispuestos a sufrir si supiéramos con qué nos encontraremos después de atravesar el túnel del esfuerzo, de las privaciones y del sufrimiento. Cuando trabajamos en el largo plazo es cuando la economía cobra todo su sentido. Es cuando destinamos el corto plazo al servicio de las metas u objetivos generales establecidos en el largo plazo. Es cuando la voluntad y la razón se funden devolviéndoles a los seres humanos toda su integridad. Es entonces cuando comenzamos a dotarnos de espacios llenos de poder.

El corto plazo implica políticas que lo único que pretenden es hacer más de lo mismo. En el largo plazo es donde se inscriben aquellas acciones profundas que modifican el curso de los acontecimientos. Cuando hablamos de nuevas infraestructuras, de coherencia formación-empleo, de cambios de mentalidades y de comportamientos, etc., estamos refiriéndonos a horizontes que superan los tres o cinco años, por lo menos. Nunca nos referimos a unos pocos meses porque las acciones con respecto a estos objetivos se hallan ya tomadas y es obvio que, con perspectivas sujetas al corto plazo, los márgenes de maniobra de los que se disponen siempre son muy limitados. Debido a ello ¡Cuántos poderosos visten constantemente una camisa de fuerza!. Lo malo es que si quisieran podrían evitarlo.

Si bien es cierto que la Prospectiva y la Estrategia se convierten en dos amantes íntimamente relacionados, a la hora de construir el futuro, el problema fundamental es si “estos amantes” se prostituirán trabajando al servicio de los rentistas del sistema. A pesar de todo, y por su valor metodológico, siempre será bueno y conveniente, como hacemos con las personas que integran una pareja, diferenciar siempre la Estrategia de la Prospectiva y viceversa. De este modo, es como podremos distinguir con claridad los dos tiempos más trascendentes que tiene todo proceso prospectivo-estratégico:

1. El tiempo de la anticipación, es decir: el de la Prospectiva de los cambios posibles, deseables y realizables.
2. El tiempo de la preparación de las acciones, es decir: el de la elaboración y la evaluación de las opciones estratégicas posibles al objeto de prepararse a tiempo ante los cambios esperados (preactividad) o para provocar los cambios deseables que más nos benefician (proactividad).

A su vez, esta dicotomía entre los que es la exploración del futuro y lo que es la preparación de las acciones nos lleva a distinguir cinco cuestiones fundamentales: ¿Qué está sucediendo? (Q1), ¿En qué nos afecta (Q2), ¿Qué podríamos hacer? (Q3), ¿Qué vamos a hacer? (Q4), ¿Cómo, cuándo, con qué recursos… vamos a desarrollarlo? (Q5).

La Prospectiva, cuando va sola, se centra sobre ¿Qué está sucediendo? (Q1), ¿En qué nos afecta (Q2), y ¿Qué podríamos hacer? (Q3). Se convierte en Estrategia cuando una organización o una empresa, un país o un gobierno se interrogan sobre ¿Qué vamos a hacer? (Q4), y concluimos con ¿Cómo, cuándo, con qué recursos… vamos a desarrollarlo? (Q5). De ahí se deduce la imbricación que existe entre la Prospectiva y la Estrategia, así como la garantía de que el futuro pueda convertirse en un espacio de poder.

Pero si el poder real, merced a la corrupción política, se convierte en el poder de unos pocos —es decir en el poder de las capas sociales más ricas de la población—  la prospectiva se convierte en un fiasco, debido a la tibieza y cobardía de los prospectivistas que no se comprometen con el cambio de un paradigma que sólo funciona más para los ricos. Como bien diría Albert Einstein: “La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver qué pasa”. Necesitamos profundizar la democracia para poder poner al Sector Público  —incluida la Academia y las Empresas de Servicios Públicos como las Energéticas y las de Telecomunicaciones— y al capital financiero especulativo en su sitio.

4.- Tercer Postulado: El futuro como espacio de voluntad que persigue el desarrollo sostenible

“No hay vientos favorables para aquél que no sabe dónde ir” —nos enseñaba Séneca, hace ya muchísimos siglos. Este filósofo romano quería subrayarnos la importancia de la ambición, de la intencionalidad, del deseo, en definitiva, de la voluntad a la hora de encarar con éxito nuestro futuro. De igual modo, si el futuro por el que se apuesta no es un futuro sostenible, su aplicación no tiene sentido de la honradez y, mucho menos, de compromiso con la humanidad. Por otro lado, la vigilancia prospectiva tampoco tendrá sentido si no se halla guiada por una intencionalidad. El ejercicio mismo del poder, en clave de democracia y sostenibilidad, supone la existencia de una razón motriz, de un sistema de ideas y de valores, que deben ser honestos,  y en virtud de los cuales seremos capaces de definir un objetivo, de concebir un futuro posible, realizable, deseable y sostenible.

Aquí es donde interviene el concepto de Proyecto de Futuro Sostenible como una expresión que implícitamente reclama un querer, un deseo de ser solidarios con las generaciones futuras. El logro de este empeño, por ser complejo, necesariamente se ha de inscribir en un espacio temporal dilatado. Un periodo de tiempo que será, tanto más o menos largo, en función de las rupturas que se persigan con el orden existente y en función de la movilización de medios necesarios para la consecución de los objetivos que no se hallen disponibles a corto plazo. La sutil ecuación que nos relaciona los sueños y las ambiciones con la voluntad y la razón adquiere aquí su verdadero significado.

Los sueños actúan primero y nos generan esas visiones que nos permiten fecundar la realidad de nuestro futuro sostenible. Son como las utopías que mediante el ejercicio de la férrea voluntad se convierten en realidades prematuras. Nos permiten dibujar las imágenes que nos formamos con respecto a un futuro mejor. Imágenes que, una vez pasadas por la criba de la razón, y que algunos identificarán con estudios de viabilidad, se convertirán en los verdaderos motores para la acción. Nunca olvidemos que todo corazón que quiera actuar correctamente siempre consultará a la razón.

La intención guarda una naturaleza que es muy diferente de la de la opinión. En general, la opinión es fruto de una reacción, muchas veces fugaz, que se deriva de una excitación de los sentidos provocada por los acontecimientos. Las opiniones no implican conocimiento. Suelen deberse a observaciones efectuadas sobre hechos ya transcurridos. Una de las mayores dificultades a las que se enfrenta la Prospectiva consiste en descubrir cuáles son las motivaciones profundas que mueven a los actores a actuar de una determinada manera.

Los sondeos y las estadísticas que se realizan de vez en cuando, aunque se repitan a intervalos pero que no son lo suficientemente regulares, apenas aportan información que enriquezca nuestro conocimiento. Nos trasladan opiniones del pasado a la manera de aquellos conductores que conducen el automóvil mirando sólo por el retrovisor. Sin embargo, es necesario mirar hacia el futuro para encontrar las soluciones. Sobre todo cuando el modelo productivo actual ya no da más de sí y la agudización de la crisis, debido a la inoperancia y corrupción política, nos ha conducido hacia la Tercera Depresión Económica.

En el pasado y en el presente sólo nos encontraremos con el mundo de las razones. Desgraciadamente, y como sabemos por propia experiencia, su queremos solucionar un conflicto el hecho de tener la razón no es suficiente. A veces, el hecho de tener la razón, o de creernos que la tenemos, se convierte en un inconveniente insalvable que nos obceca la mente, impidiéndonos dar con las verdaderas soluciones.

La historia de la humanidad está plagada de ejemplos que nos demuestran que fundamentalmente han sido la voluntad, la ambición, la lucha y el tesón demostrados en las acciones de los hombres los que han propiciado que los sueños de los seres humanos pudieran fecundar la realidad de su futuro. A veces, las acciones propuestas se han convertido en grandes revoluciones y, otras veces, tras el caos y un proceso de ajuste traumático, han propiciado que naciera una nueva Era.

Si queremos anticiparnos y reaccionar cuanto antes, ante los graves retos que nos depara el futuro, es necesario unir al capital riesgo con la voluntad de asumir riesgos. Cada vez más, el capital más importante de las empresas y de las naciones es aquel que se va a dormir a casa todas las noches. En términos militares se suele decir que ningún general que quiera ganar una guerra luchará contra sus soldados como hacen los políticos de hoy en día preocupados solamente con salvar a sus “amigos” del sector financiero.

Si no reconocemos que todas las personas tienen y merecen su dignidad y que, a su vez, son bien conscientes de cuando se las utiliza y cuando se cuenta de verdad con ellas, poco futuro sostenible podremos construir. El futuro en sí es riesgo, sobre todo si es sostenible, pero merece la pena afrontarlo si con ello le damos sentido a nuestras vidas en el noble empeño de ser cada vez más felices.

El futuro es una página en blanco que queda por escribir pero también puede ser que una página que algunos ya han escrito  en nuestro nombre . En teoría, su construcción debería depender fundamentalmente de la voluntad, del tesón y de la constancia que demostremos, a la hora de perseguir con tesón los objetivos estratégicos que  mejor definen nuestras apuestas de futuro sostenible, pero no es así. Sin embargo, en todo cambio de Era como el que vivimos, si queremos salir airoso de la prueba que nos depara el futuro sostenible, adivinaría que necesitamos introducir muchísimas innovaciones sociales, políticas, económico-financieras y tecnológicas para poder hacerlo. Las sociedades más equitativas serán las más capaces de asociar el capital de riesgo con la voluntad de riesgo, condición “sine qua non” para el éxito de los proyectos de futuro que quieran ser innovadores, progresistas y sostenibles. Iniciativa es sinónimo de empresa. Toda empresa requiere un equipo.

El capital riesgo tiene en el cortoplacismo su principal enemigo. No deberíamos olvidar nunca que los dirigentes empresariales y políticos que se instalan en el corto plazo se comportan como unos verdaderos “Atilas” de la economía y de la política ya que trás ellos, una vez que abandonan el poder, las inteligencias que han utilizado para sus fines a corto plazo jamás volverán a crecer.

La voluntad es decisiva para el éxito de la estrategia. Sin embargo, el problema de la voluntad es que, con frecuencia, se ha de enfrentar al arbitraje entre las demandas que provienen del corto plazo y las que provienen del largo plazo y a los niveles de compromiso real de los dirigentes con el futuro sostenible. La voluntad se encuentra, entonces, dividida y envuelta en un mar de dudas y/o de luchas encarnizadas por el poder. Por un lado, se siente empujada por la tiranía de la urgencia y, por el otro, por la intensidad o la fuerza del deseo de construir el futuro. A un lado, se sitúan las ideas-fuerza de futuro y al otro, las limitaciones que las urgencias imponen. ¿Qué hacer? ¿Cómo equilibrar el corto y el largo plazo?

No pretendo aquí insistir sobre los efectos perversos que estos compromisos, llevados de este modo, acarrean continuamente a la sociedad. Sin embargo, resulta muy evidente que sacrificando el largo plazo por el corto plazo, se convierte en realidad el dicho de “pan para hoy y hambre para mañana”. De este modo, se incurre en el peligroso riesgo de que se produzcan efectos derivados de segundo grado cuyos daños son muchísimo más importantes que los posibles beneficios inmediatos que, eventualmente, podrían obtenerse. Este es el típico modo de actuar de los rentistas del sistema: “Mover todo para que, al final, todo siga como siempre”.

Tampoco es cuestión de que, de la noche a la mañana, se sustituya la dictadura de lo efímero por la democracia del largo plazo. Sin embargo, cuando antes nos liberemos de la esclavitud que nos produce lo cotidiano y lo urgente, mayores posibilidades tendremos para gestionar y dominar los cambios en un sentido que nos resulte favorable para la sostenibilidad futura y acorde con nuestros deseos de felicidad. La voluntad para que sea efectiva necesita integrarse con la razón. Para ello es necesario dotarse de una visión bifocal.

Esta visión bifocal responde a estas dos cuestiones: ¿En qué modo las actuaciones urgentes que tomamos en el corto plazo nos hipotecan la sostenibilidad, en el largo plazo? ¿Qué deberíamos hacer en el corto plazo para alcanzar ese futuro sostenible deseado y que se inscribe en el largo plazo?. Si somos capaces de responder constantemente a ambas preguntas, de seguro que nuestra voluntad será el motor principal que nos transporte hacia la sostenibilidad, al coincidir nuestra realidad futura con aquel porvenir que, habiéndolo deseado previamente, hemos luchado sin tregua ni descanso hasta su consecución. De alguna manera, habremos operado el milagro y nuestros sueños habrán podido fertilizar nuestra realidad futura sostenible con éxito.

5.- A manera de conclusiones

5.1- La Prospectiva como herramienta imprescindible para iluminar la innovación

Se suele decir que cuando se produce la necesidad de una mutación estructural en el sistema productivo-energético-económico-financiero y no la realizamos, es cuando entramos en crisis. Ahora estamos viviendo una profunda crisis que nos está llevando a una acelerada recesión económica cuyas consecuencias aún son inciertas aunque me sospecho que nada buenas. Esta reflexión es, en gran medida, acertada y un buen punto de partida para hacernos las buenas preguntas —condición ’sine qua non‘ para dar con aquellas buenas respuestas que nos permitan solucionar nuestros graves problemas actuales con visión de futuro.

Sin embargo, para ser más exactos, habría que añadir que precisamente lo que ocurre es que no hemos sabido o no hemos sido capaces de ofrecer, a tiempo, una respuesta correcta y ajustada de adaptación al nuevo paradigma productivo-energético-económico-financiero que, poco a poco, se irá implantando en nuestra sociedad y a escala planetaria.

Para adaptarnos sin traumas, y a tiempo, al nuevo paradigma emergente en clave de sostenibilidad, haría falta dotarnos de una estrategia rupturista y anticipativa y dejar de vivir en el corto plazo, como acostumbramos. Es una tarea que se inserta dentro de lo que se conoce como el arte de la política —aquella maestría que se ocupa de preparar bien un futuro posible, ralizable y deseado y que utiliza los esfuerzos y recursos del presente para poder construirlo. Es una tarea que, en sí, no es difícil pero que, sin embargo, exige cambiar el actual orden de prioridades en la política. Recuperando así el sentido de lo importante frente a la tiranía de lo urgente.

Empresa es sinónimo de iniciativa. Hemos se emprender un largo viaje hacia el futuro y para ello, debemos evitar pesos y lastres inútiles. Una verdadera apuesta por salir de esta grave crisis que estamos padeciendo también significa decir ‘No’ a este modelo de vida consumista que nos hace ser, cada día que pasa, más estúpidos, y con el único aliciente en nuestras vidas de engordar cifras de audiencia de un determinado medio de comunicación o engordar cuentas de resultados de cualquier entidad bancaria ajena o de cualquier empresa fabricante de un determinado producto de moda. Rompiendo con el pasado obsoleto en el que vivimos —y que, debido a sus fuertes inercias e intereses creados, nos impide salir de la crisis— es cómo podríamos evitar el tener que sufrir nuestro futuro, inexorablemente.

El futuro no se prevé sino que hay que prepararlo, en base a la consecución del escenario apuesta que hayamos elegido. Si la apuesta no es sostenible, como prospectivista comprometido, es algo que no me interesa. De cualquier modo, pocos niegan que necesitamos realizar, cuanto antes, la transición al nuevo modelo productivo-energético basado en el ahorro y la eficiencia energética, las energías renovables y la productividad de los recursos. Este esfuerzo nos permitirá asumir otra concepción de la sociedad del futuro que será diferente y más apropiada a los retos que debemos encarar sin remedio. Nos permitirá dotarnos de una concepción del futuro más acorde con la equidad humana, la solidaridad intergeneracional, la justicia social y la sostenibilidad del Planeta.

Será un futuro que implicará grandes cambios, tanto a nivel de la organización empresarial como a nivel de la producción y consumo de la energía, de los productos que fabricamos y consumimos, del bienestar social y de la distribución de la riqueza. En suma, el futuro no será en nada semejante a nuestro pasado consumista y devorador de recursos o recursivoro.

Es también así como podríamos lograr que la propia estructura productiva de los países mejorase y se convirtiera en una tierra bien regada y abonada para la siembra y generación de nuevas empresas y de nuevos empleos, donde el neoliberalismo fuera sustituido por un modelo socioeconómico más equitativo y solidario. Un modelo socioeconómico donde el factor capital estuviera sujeto a serias limitaciones, en relación con el resto de los factores.

Hasta ahora, en un gran número de países desarrollados —y en bastantes de los países que se encuentran en vías de desarrollo— han sido las industrias las que han basado su supervivencia en base a los rendimientos de fabricación —generalmente en base a la economía en costes laborales y en precios de las materias primas— y, por ello, se empecinaron en desarrollar sistemas organizacionales en las empresas que globalmente fuesen, más que nada, disciplinados y eficaces con el objetivo de aumentar, constantemente, su valor añadido.

Si se quiere ser competitivo como país será necesario añadir innovación, ideas y creatividad a todos los bienes que se producen en el propio país, y a todos los servicios que se suministran, tanto desde el sector público como desde el sector privado. No tenemos otra opción si es que queremos crear el suficiente valor añadido como para que se garanticen unos buenos niveles de competencia en el futuro.

Incluso, puede darse el caso de que, este nuevo valor añadido que se cree, ya no se elabore siguiendo esquemas neotaylorianos, debido a que las sociedades modernas y pujantes que van surgiendo se caracterizan más que nada por tener una fuerte interdependencia económica, social e industrial que viene, sobre todo, reforzada por el desarrollo y sinergia que producen los avances en la informática, la electrónica, los nuevos materiales y las telecomunicaciones.

Además, la competencia de China e India y demás países emergentes no debe ser nunca algo que supravaloremos porque, hasta ahora, la economía se ha basado, en una gran medida, en la reducción de costes. Sin embargo, a la larga, la economía basada en la reducción de costes laborales no podrá competir con la economía basada en la mejora de la productividad de los recursos, en le ahorro y la eficiencia energética, en la producción y consumo en base a las energías renovables y en la innovación sostenible.

Si centrara mis reflexiones en Latinoamérica —donde sé que un gran número de sus países cuenta con una gran cantidad de recursos naturales, incluidos no sólo el gas natural y el petróleo y otros recursos naturales sino también el sol, el viento, la geotermia, las olas, el agua, etc— les diría que su porvenir puede ser brillante, si cuentan con la necesaria voluntad política y aplican la prospectiva estratégica a la construcción de su propio futuro para movilizar, así, al conjunto de actores implicados hacia la sostenibilidad.

Hoy en día, ningún país es pequeño. Al contrario, cada vez abundan más los pequeños ‘grandes países’ como Israel, Dinamarca, Singapur y Finlandia. Además, gracias a internet y a las tecnologías de la información y la comunicación, el mundo nos resulta cada vez más un pañuelo. En base al desarrollo de las TIC, los seres humanos podemos satisfacer nuestras necesidades de información relevante y de conocimiento para implementar el trabajo creativo. De este modo, un porcentaje creciente de la población actual ya no tiene necesidad de trabajar más en base a la lógica que impone la actual —y obsoleta a su vez— distribución del trabajo.

Desde hace tiempo, el mercado de trabajo y las bolsas de empleo han ido conociendo una nueva metamorfosis que incorporaba una lógica más ajustada al nuevo mercado de trabajo emergente y que se está estableciendo en base a las redes de distribución e intercambio de saberes y conocimientos. Si además, un país cuenta con suficientes recursos naturales, implementa la mejora constante de la capacitación de sus propios recursos humanos, fortalece las redes de solidaridad, incrementa los niveles de equidad y de justicia social y se dota de una estrategia sostenible de largo aliento, a medio y largo plazo, su éxito quedará asegurado.

Por otro lado, aunque todavía las empresas no sean conscientes de ello, cada vez son más las empresas las que, para poder sobrevivir, necesitan realizar inversiones estratégicas en intangibles. Aunque todavía no ha sido superado el modelo productivo que se fundamenta —más que en la lógica de la economía de producción y la satisfacción de la demanda— en la lógica financiera y especulativa —donde lo que se persigue es la maximización de beneficios y que, como sabemos, es el modelo que tanto el FMI como el BM vendieron durante la fase inicial del neoliberalismo— tenemos mucho por hacer en nuestra transición al nuevo paradigma sostenible emergente.

En el futuro, lo más probable es que entremos en una nueva fase de regionalización que sustituya a la de globalización actual, debido al progresivo encarecimiento del transporte y de las materias primas. Además, la aplicación forzosa de las tres “R” —reducción, reciclaje y recuperación de residuos— nos permite trabajar mejor a escala planetaria.

En consecuencia, para ser dueños de nuestro propio futuro necesitamos dotarnos de la anticipación. Sobre todo, ahora que estamos ante un Cambio de Era. Por consiguiente, necesitamos conocer cuanto antes qué es lo que está pasando y hacia dónde nos dirigen estos cambios. De este modo, nos podremos dotar de un Proyecto de Futuro sostenible que sea ilusionante, movilizador, dotado de objetivos realistas y concretos y compartido por todos. Sabremos entonces qué acciones tenemos que emprender para adaptarnos cuanto antes a los cambios —cuanto más anticipativos seamos, mejor.

Necesitamos adaptarnos antes de que sea demasiado tarde y, así, evitar, que cualquiera de las soluciones que se nos presenten no sean siempre dolorosas y traumáticas. Finalmente, citaré un antiguo proverbio vasco que me parece un buen colofón de mi larga exposición acerca de los tres postulados de la Prospectiva: “Alferrik da ura pasa eta gero presa egitea”. (Es absurdo construir la presa cuando el agua ya ha discurrido por el cauce). ¡El momento es ahora! La Reflexión Prospectiva sobre el futuro sostenible que nos aguarda no puede esperar.

Tarde o temprano, y de manera ineludible, se deberá realizar la transición al nuevo Paradigma Sostenible emergente, pero, en este caso, el proceso podría llegar a ser excesivamente traumático. Terminaré esta disertación con una frase que concebí hacia el año 1995, con ocasión de un trabajo prospectivo estratégico sobre el futuro del trabajo que elaboré para el Gobierno Vasco:  “De que nos sirve estar orgullosos de nuestro pasado si no luchamos por estarlo también de nuestro futuro”.

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