El futuro de la economía se escribe azul (II)

En los tiempos actuales, tan influenciados como estamos por la aceleración de los graves acontecimientos de desplome financiero que nos presagian unos escenarios de futuro nada positivos, los hechos que estamos observando han despertado el pánico incluso entre los más alertados.

La persistencia de la actual crisis económica, de la que todavía no se conoce ninguna salida mientras todos estemos al servicio y enriquecimiento de la economía financiera, nos envía poderosas señales de alerta indicándonos que esta crisis ha venido para quedarse y que seguirá con nosotros, en tanto en cuanto sigamos haciendo más de lo mismo.

Lástima que la cobardía, el cinismo y la corrupción imperantes entre la clase política a nivel mundial impida acabar con la lacra que suponen las agencias de rating, verdaderos capitanes corsarios al servicio del capital más especulativo y azote de los fondos soberanos, del empleo y del bienestar social.

Además, y con cierta frecuencia, constatamos que no sólo no se está actuando bien desde la política sino que se está perdiendo excesivamente tiempo en hacer como si se hace para no hacer nada. Cinco años llevamos escuchando que hay que abrir el grifo de los créditos para la financiación de las empresas pero el hecho cierto es que no se hace. Mucho, muchísimo ruido y pocas nueces.

Es más, encima se comete el absurdo de dar créditos a las entidades financieras a intereses muy bajos para que luego los países tengan que recurrir a créditos carísimos que han de pagar sus ciudadanos. Lo más cómico es que los ciudadanos elegimos a los que deciden que se cometa este absurdo e interesado atropello donde gane quien gane las elecciones siempre ganan los oligarcas financieros. Una vez más, la democracia ha sido adulterada por los privilegiados y rentistas del sistema, entre los que destacan los oligarcas.

Yo nunca podré entender cómo puede durar tanto esta farsa e impudicia sobre las que se asienta la crisis. La estupidez humana puede ser un motivo pero tiene que haber algunos motivos más para vivir tan engañados y sin que nos demos cuenta de las piedras de molino que estamos tragando, al menos por una gran mayoría de la población.

Eso de que los seres humanos somos inteligentes habrá que ponerlo muy en duda. Me preocupa lo fácil que se nos engaña. Así, lejos de prepararnos para enfrentarnos a un futuro alternativo, la mayoría de las veces se nos desmoviliza con falsas señales como si fuéramos unos incautos.

Cuando ya nos ponen todas las medidas de ahorro y sacrificios para reducir el gasto público sin distinguir el grano que va al molino del que debería ir a la siembra, a los meses se nos comenta que lo peor de la crisis ya ha sido superado para que, al poco tiempo, descubramos por los hechos y las recaídas de la crisis que todo ello era mentira. Algo muy propio de lo que suele ocurrir con las depresiones económicas, como lo pronostica el premio Nobel, Paul Krugman.

En conclusión, aunque somos bastante más que imbéciles, es cierto que, de entre tanta mentira y promesa incumplida, algo vamos aprendiendo. Lo hacemos poco a poco y nos avala la fuerza de los hechos. Llevo más de diez años diciendo que el modelo de capitalismo financiero actual está agotado y que su lenta agonía no va a hacer otra cosa que hacernos sufrir más.

En efecto, cada vez está siendo más evidente que esta crisis responde al agotamiento de un modelo basado en el consumismo y la avaricia de unos cuantos ludópatas que se han hecho con el control de la economía, en el uso abusivo de nuestros limitados recursos naturales —y el progresivo agotamiento de algunos de ellos— en el elevado apalancamiento financiero y la especulación y en el consiguiente aumento de la deuda soberana que, apenas y con dificultades, dan más de sí.

Algunas veces —con un cierto grado de agobio y desesperanza— se nos dice que necesario reaccionar deprisa y cuanto antes. La amenaza de que, por un lado, la crisis económica actual conozca una larga duración y, por otro lado, de la proximidad, a corto plazo, de situaciones que nos conduzcan a graves desequilibrio entre la oferta y la demanda en la producción de petróleo, apuntan como muy significativamente probable, el hecho de que vayamos a sufrir una crisis sin precedentes.

Una crisis grave y de consecuencias irreparables, a menos que logremos entre todos crear las condiciones para que podamos caminar hacia una economía que sea sostenible. Una economía tan lógica y racional y tan necesaria y sobre la que tanto he escrito a lo largo de  las muchas páginas que componen este blog.

Por otro lado, hemos de tener en cuenta que esta depresión económica —una crisis tan profunda y prolongada como la que ahora estamos sufriendo— para el logro de su salida, necesita previamente poner en valor el conjunto de actividades económicas y de servicios públicos que se desarrollan nuestro modelo socioeconómico. Se trata de aligerar la carga que no es productiva de manera eficaz y eficiente y, al mismo tiempo, de desprenderse de todo aquello que es un lastre y resulta superfluo para la creación de valor.

En suma, se trata de simplificar al máximo un sistema que se ha vuelto excesivamente complejo, ineficaz e ineficiente. Por eso, la innovación sostenible y la reinvención de su economía deberán adquirir su milagroso protagonismo en un contexto de “salvémonos ante el deterioro socioeconómico de las naciones” a pesar de que, por ahora, nos falte el empuje del liderazgo, tan necesario en estos aciagos tiempos que vivimos. (Continuará)

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