Japón, un país al borde de la quiebra (III)

En una entrevista reciente, el mismo ministro de Economía, Kaoru Yosano, hizo una evaluación muy franca de la situación y de cómo se podría abordar la escasez de la energía en Japón:
“Todas las empresas, las oficinas y los hogares tienen que ahorrar consumos de electricidad, pero no podemos permitir que ello afecte al sector manufacturero porque es crucial para el crecimiento económico de Japón. Por ello, las empresas productivas lo tienen más difícil mientras que las personas en casa pueden ahorrar energía mucho más fácil”.

Indudablemente, al ministro se le olvida que las cosas no son así de fáciles, por mucho que el japonés sea un pueblo muy sufrido y disciplinado. Las cosas no son iguales a cuando el ministro era niño. Cuando sólo había dos bombillas en cada hogar. Entonces, no había frigorífico, ni lavadora, ni lavaplatos, ni muchos menos, aire acondicionado por lo que el ahorro era fácil. Ahora costará bastante más y, si se hace, será muchas veces porque no hay otro remedio.

De partida, se espera que los cortes de electricidad se prolonguen de tres a cinco años. Obviamente, en este caso, la gente tendrá que acostumbrarse a ahorrar energía en casa porque, sencillamente, no habrá electricidad durante muchas horas al día, pero lo que ya es más dudoso es que deje de utilizar la plancha, el aire acondicionado, la televisión, el frigorífico, la lavadora, etc.

La región donde opera TEPCO —la empresa eléctrica que explota Fukushima 1— se enfrenta a una reducción del suministro que oscila entre un 20% y un 40%, en lo que se refiere a la capacidad de generación de electricidad. Se prevé que esta reducción de la generación eléctrica sea por un mínimo de tres meses aunque, lo más probable, es que sea por mucho más tiempo.

Para empeorar aún más las cosas, se están produciendo señales tan alarmantes en la planta nuclear de Fukushima 1 que también aquellos reactores nucleares no afectados por las explosiones e incendios de Fukushima también deberán quedar fuera de funcionamiento de forma preventiva.

En efecto, desde que la Agencia de Seguridad Nuclear e Industrial de Japón, Nisa, confirmara que se habían fundido parcialmente las barras de combustible de los reactores 1 y 3 y que, probablemente, también habría ocurrido lo mismo con el reactor 2, ya que se detectó tecnecio 99, los reactores de la central nuclear de Fukushima 1.

Estos datos fueron revelados al día siguiente de que dos robots estadounidenses dirigidos por control remoto entrasen en los reactores para medir las cifras de radiactividad, hidrógeno, temperatura y humedad. También se trataba de determinar si los trabajadores de la central podían reanudar las tareas de refrigeración. Las lecturas mostraron que el grado de contaminación radiactiva en la central nuclear era tan alto que desaconsejaban el retorno de los trabajadores.

El agua que constantemente se derrama de las piscinas de combustible gastado aumenta también la probabilidad de que ello afecte al trabajo en el resto de los reactores, al crear un empeoramiento de las ya condiciones ambientales adversas que tiene trabajar allí debido a los altos niveles de contaminación radiactiva que se han creado. Ello aconseja el cierre preventivo del resto de las plantas de la central nuclear de Fukushima 1.

Cerrar por completo la central nuclear de Fukusima 1 significa reducir la generación de electricidad en un 40% durante mucho tiempo. Lo único que se puede cuando un sistema industrial complejo queda tan hambriento de energía es simplificarlo desde las raíces. Ello implica que se realicen despidos y cierres, cortes en el suministro y, en general, una menor actividad económica de todo tipo.

Estas medidas no tendrían nada de malo si se hicieran de una manera gradual y más lenta y, además, sólo por un tiempo. Desgraciadamente, cuando se está operando en un sistema monetario basado en la deuda ocurre todo lo contrario. Con la crisis energética abierta, la deuda a contraer por Japón por fuerza ha de incrementarse sustancialmente con lo que, muy pronto, todo tipo de problemas aflorarán pronto a la superficie, y, entre ellos, la previsible quiebra soberana.

Sin garantía de crecimiento económico, las deudas no puede continuar creciendo a un ritmo exponencial. Por lo menos, no con la falsa ilusión de que estas enormes deudas contraídas podrán ser alguna vez canceladas. Esto lo sabe todo el mundo en los mercados financieros, donde, una vez que se sabe que las deudas de un determinado país no pueden ser pagadas en toda su globalidad, toda actividad económica vinculada a estas deudas del país también se convierte en sospechosa. Ésta es la otra cara de la deuda soberana y que afecta directamente a la competitividad de las empresas japonesas. El círculo vicioso del deterioro o declive económico necesitará más que un milagro para arreglarse. (Continuará)

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