Cuando informar ya no consiste en contar la verdad (y V)

Cuando en Japón hablan de terremotos y de tsunamis, en otros lugares como en Alemania, Reino Unido, Francia y España se preguntan qué pasaría si un avión cayera sobre una central nuclear. ¿Cuántas centrales nucleares soportarían la caída de un avión sobre ellas? ¿En el peor de los casos, cuáles serían los niveles de contaminación radiactiva? ¿A cuantos millones de ciudadanos afectaría? Son datos que, siendo honestos y responsables, se deberían publicar que para los que viven a menos de 80 km de una central nuclear se lo pensaran dos veces.

La pesadilla nuclear que vive Japón desde que el pasado 11 de marzo, ocurrieran el terremoto y el tsunami, también eran acontecimientos muy poco probables pero, finalmente, ocurrieron. Un atentado terrorista suicida contra una central nuclear, como el que se hizo contra las torres gemelas de Nueva York, no es algo que podamos vaticinar como improbable y, mucho menos, dadas las circunstancias actuales en las que se desenvuelve el convulsionado mundo islámico.

En el país del sol naciente, el gobierno está desbordado por todas las catástrofes que están ocurriendo. Si ya el terremoto y el tsunami dejaron una huella de miles de muertos y desaparecidos, el accidente nuclear de Fukushima ha multiplicado el rango de las desgracias.

Tepco, como ya lo denuncié en posts anteriores, no logra controlar la fuga de radiación de la central nuclear. A su vez, el Gobierno japonés confirma que la radiación continuará saliendo de la central durante meses.

A la empresa eléctrica japonesa, Tepco, responsable de la explotación de la central, se le acusa, entre otros cargos, de falta de transparencia, de lentitud en la respuesta, de no haber tenido en cuenta las advertencias de los expertos sobre los enormes riesgos que entrañaría un terremoto de alta magnitud para Fukushima1, así como de cometer numerosos errores en las labores de emergencia.

Igualmente, Tepco fue una empresa que, durante la última década, incumplió frecuentes veces la legislación en materia de seguridad nuclear, sin que el Gobierno determinara cerrarla como, en aras de la seguridad y de la responsabilidad, hubiera debido hacer. No se trata de ningún hecho aislado. Este es un caso que reiteradamente se produce en muchos países que tienen centrales nucleares.

Es una desgracia para cualquier país que sean sus propios gobernantes los que permitan que las empresas que trabajan en actividades peligrosas sean del todo irresponsables, recortando los gastos de mantenimiento en las centrales nucleares para así obtener mayores dividendos para los accionistas. Tepco ha sido acusada de no atajar con celeridad el desastre, al haber retrasado, por ejemplo, el vertido de agua de mar sobre los reactores para enfriarlos porque quedarían dañados irremediablemente.

También han sido criticadas las medidas de seguridad que tomó con sus propios empleados. Hace 10 días, tres técnicos se vieron expuestos a grandes cantidades de radiación, y dos de ellos tuvieron que ser hospitalizados con quemaduras tras meterse en agua muy radiactiva con vestimenta de protección inadecuada.

Al inicio de la crisis, los equipos no contaban con suficientes contadores Geiger para controlar la radiación y no tenían suficientes trajes de protección contra la contaminación, lo que obligó a algunos trabajadores a improvisar con nailon forros para cubrir el calzado. ¿El lucro de la empresa podría ir antes que la seguridad tanto de los ciudadanos como de los trabajadores?. Parece que con los actuales gobiernos que respiran sólo por los lobbies empresariales y financieros es algo que ocurre de manera muy corriente.

También es muy corriente meterse con Tepco, ahora que es evidente la chapuza que han estado haciendo durante años con el consentimiento del Gobierno japonés que miraba hacia otro lado. No olvidemos que a la central nuclear de Onagawa apenas le ha pasado nada y eso que está ubicada más cerca que Fukushima 1 del origen del Tsunami.

Ayer, hubo un motivo más para meterse con quien explota la central nuclear de Fukushima 1. Todo se debe a que la empresa eléctrica manifestó que, el miércoles pasado, en un sótano del edificio de turbinas del reactor 4, fueron encontrados los cadáveres de dos trabajadores que estaban desaparecidos desde el día que sucedieron el terremoto y el tsunami y que dañaron irreparablemente la central nuclear.

Sin dar lugar a ningún tipo de sonrojo y mostrando síntomas de gozar de una total impunidad, Tepco afirmó que hasta entonces no habían comunicado la noticia, por deferencia con sus familias. Una excusa que nadie se la cree pero que el Gobierno japonés se la permite porque son cómplices en todo lo que pasa.

Al arremeter un sector de la prensa contra Tepco, este sector se preguntaba por qué no habían sido encontrados los trabajadores hasta pasadas casi tres semanas del desastre y cómo era posible que fallecieran mientras realizaban chequeos en la central después de que se produjera el terremoto, cuando otros sobrevivieron.

Desgraciadamente, la desastrosa actuación de Tepco no es algo fortuito, ni casual. Responde al trato privilegiado que reciben los oligarcas y rentistas del sistema de la mayoría de los países, por parte de sus respectivos gobiernos. Este tipo de empresas oligopolistas son las que intervienen y manipulan las diferentes políticas —en especial, las energéticas y de transportes— de los gobiernos.

A estos oligarcas y a sus empresas —Tepco es un ejemplo— se les permite estar por encima del resto de los ciudadanos y se les deja actuar saltándose muchas obligaciones legales, lo que está en clara contradicción con los principios de la democracia.

La codicia de las empresas, la corrupción política y el establecimiento de poderosos lobbies que controlan los medios de comunicación y la justicia son la clave de este disparate.

El Gobierno japonés, como heredero de los anteriores, es tan culpable o más que Tepco del desastre. No se puede encomendar la seguridad pública a la iniciativa privada. Es una tarea donde la responsabilidad es única y exclusiva del gobierno.

Las más de 10.000 barras de combustible nuclear que se utilizan en la planta son un caballo difícil de dominar cuando los sistemas de refrigeración en sistema cerrado han quedado destruidos en algunos reactores. La refrigeración en sistema abierto conlleva las fugas de radiación y la expansión de la contaminación radiactiva.

¿Cuántos km2 de superficie, marina y terrestre, contaminada radiactivamente están los japoneses dispuestos a soportar? Sería una buena pregunta para hacernos. La respuesta depende del tiempo que transcurra hasta que toda esta central nuclear quede enterrada para siempre en estructuras de acero y hormigón. Naturalmente, a prueba de terremotos de máxima magnitud.

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