Cuando informar ya no consiste en contar la verdad (II)

La grave situación de la central de Fukushima-1 ha sido debida a un colosal cataclismo sísmico —terremoto+tsunami— que ocurrió hace dos semanas y que será considerado como el accidente nuclear más grave que seguramente conoceremos a lo largo de nuestras vidas. Un accidente nuclear que fácilmente podría superar al de Chernóbil, en términos de sus impactos sobre la economía mundial, por no hablar de sus impactos sobre las decenas de millones de personas que viven cerca y a sotavento de los reactores nucleares y de sus irreversibles impactos negativos sobre el medio natural.

A comienzos de esta semana, a pesar de la tremenda importancia que, en sí, tiene este accidente nuclear, la información sobre su situación desapareció casi por completo de las primeras planas de los medios de comunicación mundiales para ser reemplazada por noticias e imágenes de la intervención militar de la Coalición Internacional en Libia. De un día para otro, y de común acuerdo, los diferentes medios de comunicación y las agencias de noticias internacionales decidieron silenciar al mundo lo que acontecía en Japón. Una prueba más del gran poder con que cuenta el lobby nuclear que ha decretado que el accidente nuclear de Fukushima tenga en las noticias un rango de interés secundario.

Sin embargo, lo que ocurría en Japón era obvio que tenía más posibilidades de ser mucho más impactante para el resto del mundo, por no hablar del propio Japón que lo que aconteciera en Libia. De cualquier modo, y pese a que las noticias eran optimistas y se decía que las labores de refrigeración iban muy bien, gracias a la inyección de cientos de toneladas de agua, el jueves pasado nos encontramos con la esperada “sorpresa” de que tres operarios de la central nuclear de Fukushima-1, que estaban trabajando como subcontratados en las tareas de refrigeración del reactor número 3 de la central nuclear, el más dañado tras el terremoto y posterior tsunami del pasado 11 de marzo, habían sido hospitalizados.

Estos tres trabajadores subcontratados por Tepco habían sufrido una radiación excesiva al extender el tendido eléctrico en el edificio de turbinas que se encuentra frente al reactor 3. La noticia de que estos trabajadores habían recibido una radiación que oscilaba entre 170 y 180 milisievert la daba la Agencia de Seguridad Nuclear de Japón. Tepco y el Gobierno japonés callaban como estatuas de cera.

Durante la semana pasada, lo poco que se publicaba quería dejarnos con la idea de que Japón iba ganando la batalla contra el accidente nuclear. Así, el lunes pasado las noticias destacaban que Japón parecía haber dejado atrás la marea en su lucha para evitar la catástrofe nuclear, había restaurado la energía en los reactores de la central nuclear de Fukushima1 y había conseguido bajar los niveles de radiación gracias a una masiva inyección de toneladas de de agua.

Aunque se estaba muy lejos de que la planta estuviera totalmente bajo control —la posibilidad de nuevas y más grandes descargas de radiación es elevada— por primera vez, los líderes japoneses expresaron su optimismo afirmando que lo peor de la crisis había terminado. Incluso, el Secretario del Gabinete de Gobierno japonés, Yukio Edano, llegó a exclamar que habían logrado un cierto nivel de éxito. Ver para creer.

La propaganda oficial no paraba de darnos buenas noticias.Tepco anunciaba que todos los reactores ya contaban con acometida eléctrica. El ministro de Defensa japonés, Toshimi Kitazawa, manifestó que, en todas las piscinas que almacenan el combustible nuclear consumido por los seis reactores, la temperatura había caído por debajo de los 100 ºC.

En definitiva, un avance clave que eliminaba los temores de que el combustible consumido pudiera explotar y arrojara grandes cantidades de radiación a la atmósfera. En suma, a tenor de lo que se informaba podía deducirse fácilmente que los niveles de radiación en torno a los reactores eran ya bajos. Lo que no era otra cosa que una gran falacia.

Sin embargo, había datos que no encajaban y que nos indicaban con claridad que las autoridades niponas mentían puesto que se trataba de hechos irrefutables que demostraban que, en la central nuclear, debía haber mucha más radiactividad que lo que las autoridades admitían.

Si hubiera sido verdad que los niveles de radioctividad eran bajos, no se entendía entonces porque no acudían los varios cientos de trabajadores de la central nuclear para ocuparse en las tareas de reparación. ¿Por qué echaron a todo el mundo fuera y nos dijeron que sólo se quedó un heroico grupo de trabajadores para realizar un trabajo que resultaría vital para recuperar el control y cuando ya dicen que lo consiguen, allí no aparece nadie?

Tiene que haber algo erróneo en la idea de que la radiactividad era muy baja, si, aunque no seamos expertos, constatamos los graves daños que sufrieron diversos reactores, la huida masiva de los trabajadores de la central, el hecho de que los helicópteros arrojaran el agua a los reactores sin apenas precisión, a bastante velocidad y desde lo más alto posible. Todas estas actuaciones son coherentes con unos niveles muy altos de radiación, no con unos niveles bajos.(Continuará)

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