La caída del neoliberalismo (IV)

El nuevo Leviatán también creó estereotipos falsos. La interpretación ideológica de la globalización, disfrazada de mundialización, se vendía como el triunfo de la economía de mercado y del neoliberalismo. Ello implicó tener que interpretar el verdadero sentido de la globalización. Para muchos expertos, el sufrimiento social no provenía de la globalización en sí, sino del regreso de una ideología que postulaba la no intervención del Estado, en lo que afectaba a los mercados, y el abandono de los más débiles a su propia suerte. De este modo, el Estado quedaba casi impotente y atado de pies y manos. Debía ser sordo y ciego para no oír y no ver cómo actuaba esa ‘mano’ no tan invisible del capitalismo.

El espejismo creado por el nuevo Leviatán perseguía, a su vez, que siguiéramos percibiendo a los mercados como como si fueran unos lugares ficticios de coordinación, cuando, en realidad, no fueron y no han sido más que lugares donde se luchaba a muerte por mejorar las relaciones de fuerza de unos contra otros y, encima, se proclamaba ufanamente que lo mejor que se podía hacer para garantizar el éxito de la globalización era que los estados no intervinieran pues eran un estorbo para el progreso. Ronald Reagan fue quien acuñó esa lapidaria frase de que el gobierno del Estado era el problema. Tal como lo dijo y donde lo dijo todo hace suponer que no lo dijo por casualidad sino para preparar una operación de gran calado que es la que nos está llevando a la fosa de la Tercera Depresión Económica como plantea Paul Krugman. Reagan no era un anarquista pero tampoco era, precisamente, un demócrata, en el verdadero sentido de la palabra.

Al menos, la democracia que perseguía Reagan, junto con otros líderes mundiales, era más bien un especie de plutocracia donde los ricos gobernaran sobre el resto. Quizás, al darle patente de corso al sector financiero, lo que Reagan perseguía fuera una democracia censitaria, donde los votos valdrían de modo muy variable, en función de la riqueza y posesiones que cada uno tuviera. Por este motivo, la globalización, al ir de la mano del Leviatán, condicionó las relaciones de fuerza entre el capital y el trabajo y causó unos sufrimientos sociales terribles.

Merece la pena recordar que estos desequilibrios sociales fueron previos al mero proceso de globalización que comenzó a partir de los años 1980. Fueron las especulaciones de índole monetaria y financiera quienes originaron estas desigualdades. La globalización, como tal, llegó después y entró como si fuera la solución a todos nuestros males. Pero entró cuando le convino al nuevo Leviatán neoliberal, para que el proceso de globalización se produjera de una manera que fuera lo más desorganizada posible.

Entonces, para escapar del caos que la ‘mano invisible’ del capitalismo había creado a propósito, se presentaría el Leviatán como el salvador de la economía mundial. Todo se hizo para que sólo el capital monopolista pudiera controlar su expansión y desarrollo para que, así, no pudiera contar con el socorro y la ayuda de ninguna institución que regulase la globalización. Tanto el FMI como el Banco Mundial fueron títeres que se movían al antojo del Leviatán.

Frente a la globalización, soy un gran defensor de la mundialización y considero, incluso, que no sería equivocado pensar que, si queremos que los países pobres dejen de serlo, la mundialización debe conllevar una limitación al crecimiento económico de los países ricos, para así ganar todos en prosperidad. Pero la mundialización como proceso de establecimiento de una economía mundo donde los estados colaborasen de manera solidaria —lo mismo que se hace en el interior de cada país— para equilibrar y repartir los niveles de riqueza y de bienestar entre los diferentes países, si alguna vez fue un sueño que tuvimos muchos idealistas, fue un proceso que nunca llegó a nacer.

En su lugar, surgió con fuerza el engendro de la globalización. Al principio, vino camuflada de mundialización. Pero, poco a poco,  fue enseñando su verdadero rostro. La globalización, lo que pretendía era controlar todo el mundo desde los centros de decisiones que tiene la plutocracia para controlar la economía mundial. Los centros neurálgicos de control deberían ubicarse en las bolsas de valores de Nuevas York, Chicago, Londres, Frankfurt,Tokyo, etc. Una vez más, la plutocracia que marca el destino de todos aquellos condenados a ser lobos esteparios se adueñó del mundo. Los diferentes gobiernos, lejos de defender la democratización de la economía y la supeditación de las finanzas a la economía real, optaron por no encargarse de organizar el proceso de mundialización y dejarlo todo a la ‘mano invisible’ del capitalismo.

Durante muchos años, la palabra clave para luchar en los mercados era la competitividad de las empresas y de los países. Pero al utilizar a tope el dumping social —y muchos con el traslado de las empresas a países donde el coste de la mano de obra era mucho más barato— la competitividad se volvió hiper-agresiva y un consumismo atroz devastó a diferentes países desarrollados y con el tiempo, no fue más que adueñarse de los territorios económicos que son de los otros aunque el precio que hubiera de pagar fuera endeudarse hasta límites alejados de un mínimo sentido de la prudencia. Así el apalancamiento y el endeudamiento se vieron cubiertos por un sistema crediticio cuya burbuja pronto estallaría.

En este desesperado juego no podía haber más que ganadores transitorios. Para que uno progresara debía destruir al otro. Era la regla de oro del nuevo Leviathan. Todos los sistemas debían organizarse de modo y manera que el éxito de unos fuera avalado por el fracaso de los demás. Así lo vemos en los sistemas educativos cuando contemplamos que se han convertido en los juegos olímpicos de la intelectualidad donde para que unos triunfen tiene que generarse tantos fracasos escolares para los otros. Lo mismo podríamos decir de los que se encuentran sin trabajo, de los que tienen que emigrar para sobrevivir a los países ricos, de los excluidos por razón del progreso técnico, etc.

El neoliberalismo no ha solucionado ninguno de los males que aquejaban a la humanidad entera allá por los años 1980. Al contrario, los ha agrandado y ahora, con la crisis, todo se ve más claro. Ha ocurrido como cuando estamos todos metidos en una piscina. Nadie sabe quien no lleva bañador y está desnudo hasta que baja el nivel de las aguas. Al bajar el nivel de las aguas con la crisis económica, el mundo está enseñado cada vez más sus miserias. Se impone un nuevo marco económico de índole sostenible si queremos encontrar la solución a nuestros graves y crecientes males. (Continuará)

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